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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Historia: Algo para recordar


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El estreno de hoy es en forma de cuento. Dijo un filósofo (Jore Agustín Nicolás Ruiz de Santallana) que el pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla

Pues bien , un relato sobre un episodio poco conocido de nuestra historia, que, ademá fue finalista del concurso de relato histórico del Museo L´Iber

 

LA MUJER QUE NUNCA HABÍA PROBADO UNA MANZANA

 

-Tenemos que ir al hospital

-Pero ¿por qué? Si no le pasa nada

-No le pasa nada aún. Pero le pasará. Lo dijeron muy claro. Nada de frutas, tiene una alergia terrible. ¿O es que no te acuerdas?

-Me acuerdo, sí. Pero la veo tan tranquila que me cuesta creerlo

-Vamos, por dios, no vayamos a tener un disgusto

Yo les oía desde lejos sin hacer mucho caso. Había estado merendando con unas amigas y me había zampado un trozo de tarta de manzana que me había sabido a gloria. Pero había cometido la torpeza de contarlo, y el personal del centro de día se había asustado. Mis hijos habían dejado bien anotado en mi ficha que padecía alergia a la fruta, algo que yo había sabido desde siempre. Aunque, por más que daba vueltas a la cabeza, no recordaba ningún episodio en que me hubiera pasado nada por ingerir fruta. Es más, no recordaba haber probado una pieza de fruta jamás. Salvo los deliciosos pedacitos de manzana dentro de la porción de tarta que me acababa de comer.

No me resistí cuando me llevaron al hospital, aunque sí que protesté un poco. Mi hija apareció en la misma puerta de Urgencias llegada desde Dios sabría dónde. Tenía cara de agobio.

-¿Estás bien, mamá? ¿no te ahogas, ni tienes sarpullido, ni nada?

-Como una rosa, hija

Sabía que ardía en deseos de echarme la bronca. Que, si no fuera porque el susto no le cabía en el cuerpo, me estaría riñendo por haberme dado el capricho de comer lo que no debía. Pero, desde que cumplí los ochenta años, había decidido que haría lo que me viniera en gana el tiempo que me quedara de vida. Ya había pasado bastante obedeciendo a mi padre primero y a mi marido después, y me había ganado el pasaporte a un poco de libertad.

Por las caras que ponían mi hija y mi yerno cualquier diría que, en lugar de unos pedacitos de manzana, me hubiera pimplado una botella entera de lejía. Con semejante cara de angustia y mi nada desdeñable edad, no tardaron un nanosegundo en atenderme. La médica me miraba con gesto extraño, que yo hubiera dicho que era divertido si no fuera por la vigilancia estrecha de mi hija, convertida en cancerbera. Estoy segura que abortó la sonrisa de aquella doctora en un par de ocasiones.

Me examinó de arriba abajo, me palpó por delante y por detrás y me sacó sangre, y no dejó de mirarme en ningún momento

-Estoy a la espera del resultado de los análisis, pero yo no veo nada

-Es que yo no noto nada –insistí, riéndome- Nada de nada

-Esperaremos entonces. Pero, de momento, no tiene nada. Quédense en la sala de espera hasta que les llame

Esperé junto con mi hija, que cada vez estaba más desconcertada. Si no fuera porque la conocía bien, hubiera dicho que esperaba a que me retorciera de dolor o tuviera convulsiones para demostrar que tenía razón ella. No tardaron demasiado en decir mi nombre por megafonía, y volvimos a entrar en la consulta

-Óigame, ¿Usted está segura de que tiene alergia a la fruta?

-De toda la vida me han dicho eso mis padres. No recuerdo haber tomado una pieza jamás. Y no será por falta de ganas

-Pues, si era así, está curada. Ha sido un milagro –dijo guiñando un ojo- ¿no?

-Eso será

Así es como me contó mi madre aquel episodio, protagonizado por mi querida abuela, tal como ella lo relataba. Diez años hacía de aquello y no quedaba ni rastro de la que fue. La memoria le fue abandonando poco a poco hasta dejarle vacía la mente. Y ahora era cuando el cuerpo ya empezaba a acusar la maldita enfermedad del olvido, de modo que no nos quedó otro remedio que ingresarla en un centro adecuado a sus circunstancias, a pesar de las reticencias de mi madre.

Fui yo quien me encargué de la ingrata tarea de vaciar lo que fue la casa de mi abuela y, antes, de sus padres. Hube de tirar centenares de trastos y de cosas inservibles. Mi abuela, con ese sentido del ahorro que se les quedó pegado a la piel en los duros tiempos de posguerra, era incapaz de tirar nada. Fue por eso por lo que descubrí algo que estoy segura que ella no veía desde hacía mucho tiempo. Era una vieja caja de cartón, algo más grande que las de zapatos, donde se amontonaban, sin orden ni concierto, fotografías, recortes de periódico, tarjetas postales, algunas entradas de cines de reestreno y cartas con su sobre incluido. Todo un tesoro.

Me senté en el suelo a examinar todo aquello hasta que perdí por completo la noción del tiempo. Imágenes en blanco y negro de distintos momentos me contaban no solo la historia de mi abuela y su familia, sino la de toda una generación, la de un país. Las iba clasificando por fechas hasta que un recorte de prensa me llamó la atención, Una pareja sonreía a la cámara del fotógrafo ante un puesto de fruta donde destacaban, delante de todo, unas apetitosas cajas con manzanas. En la misma página, en la parte de abajo, una fotografía de aquel mismo puesto de fruta totalmente destrozado y, junto a ella, una panorámica de un edificio asolado por lo que parecía un bombardeo.

Tuve que ponerme las gafas de cerca para leer aquello. El paso del tiempo había borrado parte de la ya pequeña tipografía. Pero, sin ninguna duda, podía verse que se trataba de un periódico del 26 de mayo de 1938. La noticia que relataba era el bombardeo del Mercado Central de Alicante, acaecido en aquella fecha y mucho menos famoso que el de Guernica. Sus víctimas no tuvieron la oportunidad de ser inmortalizadas y reivindicadas por los pinceles de Picasso, a pesar de que hubo bastantes más muertos, casi trescientos, según pude saber tras hacer las oportunas averiguaciones. Llegué a conocer casi todo lo que había publicado sobre ese terrible episodio de a Guerra Civil española, pero me faltaba un dato por descubrir: qué narices tenía qué ver aquello con mi familia y qué hacía aquel recorte de periódico en la caja con los recuerdos.

 

De pronto, una idea loca me asaltó. ¿Y si aquella sonriente pareja de fruteros tuvieran relación familiar con mi abuela? ¿Tendría algo que ver con aquella historia de la alergia a la fruta que, tras toda una vida creyendo que existía, resultó no padecer? El corazón se me desbocaba. Hice una foto al recorte con mi teléfono móvil y traté de ampliarla cuanto podía, pero no se distinguían los rasgos. Tampoco se decía nada del nombre de aquella pareja, aunque en el toldo de la parada parecía leerse algo así como “Frutas Calabuig”. No había, desde luego, ni rastro de nadie apellidado Calabuig en mi árbol genealógico. O al menos eso creía.

Se había hecho tarde. Me metí el recorte en el bolso y me marché a casa, con la desazón enganchada en mi cuerpo y en mi mente. Dormí mal y, a mitad noche, tomé una decisión. Era una locura, pero debía de hacerlo. Si no lo intentaba, jamás me lo perdonaría.

Comencé una investigación en toda regla. Fui a hemerotecas y archivos públicos, busqué en varios libros y en Internet y hasta contacté con un historiador afincado en Inglaterra, padre de una amiga de una amiga mía. Me ayudó para saber dónde buscar. Y, a cada paso que daba, me invadía la sensación de que estaba en el camino correcto

Al día siguiente de concluir mis pesquisas, fui a la residencia donde estaba ingresada mi abuela. Le estampé dos sonoros besos, que ella recibió con una sonrisa ausente, e hice lo que había ido a hacer. Saqué la foto de mi bolso y se la enseñé a mi abuela mientras cruzaba los dedos, expectante, con el deseo de que se moviera algo en su desestructurada mente. De un modo inconsciente, le apreté la mano y noté que ella apretaba la mía mientras, con voz apenas audible, canturreaba lo que parecía una nana, una nana que yo nunca antes oí. Tras ver su reacción supe que había hecho lo correcto.

En aquel bombardeo de la aviación fascista, en plena Guerra Civil, hubo cerca de trescientas víctimas. Entre ellos, el matrimonio Calabuig, flamantes dueños de la parada de frutas que aparecía en el periódico. Tras mucho rebuscar en archivos, pude saber que se habían casado en 1933, en plena República. Por fin lo pudieron hacer después de que él se divorciara de su anterior mujer, que ignoro quien sería, gracias a la ley de 1931. Encontré una inscripción de nacimiento de Eusebio Calabuig que hacía constar en una nota marginal la palabra “divorciado” escrita con elaborada letra inclinada. El mismo año de la boda nació una niña, inscrita como Concepción Calabuig Montes, los apellidos de su padre y de su madre. Comparé la fecha de ese documento, una partida de bautismo, con la partida de nacimiento que encontré en el doble fondo de un armario de casa de mi abuela que yo ignoraba hasta entonces que existiese. La fecha era la misma, pero la inscrita había perdido su apellido, sustituido por un vulgar “Expósito”. En una nota al pie, se hacía constar que aquel documento era duplicado del original, desparecido en el incendio de los archivos municipales.

No tardé en atar cabos. Aquella niña debió ser la hija de los fruteros, declarada con posterioridad ilegítima porque no era válido el divorcio de su padre. Muertos sus padres en el bombardeo, iría a parar a alguna institución y acabó siendo adoptada por una familia que nunca le dijo la verdad sobre su origen. Una familia que, incluso, inventó una alergia a la fruta para que la niña no tuviera relación con nada que le recordara su vida anterior. El pasado debía ser borrado a toda costa.

En un primer momento, había dudado de hacer lo que hice. Pero lo que sucedió eliminó todas mis dudas. Cuando le mostré la fotografía del periódico, mi abuela se convirtió en una niña de cinco años, una niña que cantaba una nana mientras me apretaba la mano y me obligaba a moverla hacia delante y hacia detrás, en un baile imaginario.

-Mami, papi –les decía con lengua de trapo mientras llenaba de babas el recorte- ¿dónde estabais? Por fin habéis venido a buscarme.

Mi abuela murió aquella noche. Tenía pintada en su cara una sonrisa que yo nunca le conocí, ni siquiera en sus mejores momentos. Era la misma sonrisa que lucía la joven frutera del recorte de periódico de mayo de 1938.

 

Mujeres: sagas en femenino


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Ya sabemos que las sagas son un filón para el mundo del cine, porque lo hemos tratado otras veces. Pero no era de esas sagas de las que quería hablar, sino de esas películas protagonizadas por mujeres y que se suponen destinadas al público femenino aunque si las viera todo el mundo -y además, las interiorizara- otro gallo nos cantara. Thelma y Louse, Tomates verdes fritos, Entre amigas, Magnolias de acero, Armas de mujer, Mujercitas… Distintos modos de tratar la relaciones entre mujeres, siendo familia de sangre o, aun sin serlo, con ese vínculo especial que convierte en familia a quienes biológicamente no lo son.

Por eso en este estreno quería hablaros de mi Nancy, cuya foto, convenientemente toguitaconada, ya ha paseado por este escenario, como símbolo de esas sagas de mujeres y de muchas cosas más. ¿Queréis una entrada? Pues que se abra el telón.

Esa muñeca es mucho más que una muñeca. Es el símbolo de muchas cosas importantes, y eso es lo que quería compartir hoy.

Cuando se abrió el telón de este teatro por primera vez, la imagen del blog era otra. No muy diferente, pero sí algo. Elaboré un collage de portada del blog con varias fotos, entre ella una de una muñeca Nancy como la de mi infancia que aparecía vestida con toga y puñetas y rodeada de libros jurídicos y una imagen de la justicia. La encontré en Internet, donde aparecía como libre -es posible que fuera la foto de una foto- y la usé para mi blog. Es más, como ya ha prescrito, confesaré que con la mejor de las intenciones la estuve usando como foto de perfil en Facebook durante bastante tiempo sin ningún problema.

Pues bien, en cuanto el blog comenzó a tener una cierta repercusión -de nuevo, mil gracias- recibí un mensaje a través del Messenger del mismo. La que se decía ser dueña de la imagen -no me molesté en comprobarlo- me requería de muy malos modos para que la retirara de inmediato “o emprendería acciones legales” contra mí. Le respondí enseguida disculpándome y diciéndole que no tenía ningún inconveniente en citarla y enlazar su blog, que pretendía ser un homenaje a la muñeca de nuestra infancia, pero del modo más agrio posible rechazó mis disculpas y por toda respuesta me dio un ultimátum. Reconozco que me quedé de pasta de boniato por las formas, y, aunque pensé que si alguien podría reclamar derechos sería la empresa Famosa, fabricante de la muñeca, que no me constaba que supiera ni reclamara nada, eliminé la imagen de inmediato. La verdad es que a día de hoy le estoy agradecida, porque eso me hizo animarme a rescatar una foto de mi hija cuando era pequeña con la toguita que le confeccionó mi madre para una fiesta de disfraces, que es la imagen que tiene desde entonces el blog y con la que ha trascendido a su ya cerca del medio millón de visitas. Además propició la historia que os voy a contar.

Ni que decir tiene que el tema de la Nancy togada me supuso un sofoco de proporciones importantes. Fue entonces cuando mi madre, como si yo nunca hubiera dejado de ser la niña que fui, me consoló diciendo que no me preocupara, que daríamos con una solución. Le dije que ya había cambiado la imagen y sonrió enigmáticamente diciendo que no se refería a eso.

Dicho y hecho. Buscó en el altillo y sacó a la luz la Nancy de mi infancia. No una muñeca igual, sino esa, la que había traído mi padre tras uno de sus viajes vestida de azafata. Mi padre, del que ya he hablado en otros estrenos, era abogado ejerciente en varios colegios de abogados -y cotizante, que entonces no había colegiación única, por cierto- y viajaba con cierta frecuencia, y nunca se olvidaba de traerme un regalo.

Como mi madre -de la que también he hablado- era modista, hizo un patrón y se puso a confeccionar una toga a medida para la muñeca, elaboración de puñetas a ganchillo incluida -sabe que no me gustan las de puntilla, manías mías-. Mientras tanto mi hermana se dedicaba a hacerle el lifting a Nancy, a untarla de crema y ponerle mascarilla en la melena para que estuviera estupenda. Y mi hija pequeña, con material de manualidades, le hizo unos zapatos de tacón de lunares como los de la portada, trabajo nada sencillo porque la muñeca Nancy tiene los pies planos, a diferencia de Barbie.

Ellas tres junto con mi hija mayor, que también estaba en el ajo y había escogido la ropa que Nancy llevaría debajo de la toga -ya sabéis que yo no me visto de revisor de tren- me presentaron a mi Nancy toguitaconada para que se me pasara el disgusto. Y mi madre añadió que así vería la causante del sofoco que la mía era mucho más bonita. Y lo era, desde luego. Y mucho más auténtica, porque lleva el trabajo de tres generaciones de mujeres unidas por un mismo fin.

Con esta pequeña historia solo quería, además de compartir algo bonito con la gente que me leéis, mostrar un ejemplo de la colaboración entre mujeres, de la unión y el trabajo, de la ilusión compartida, del querer es poder y, por qué no decirlo, de esa cosa preciosa llamada sororidad. Y aunque aquí el fin era uno, vale para cualquier propósito. Incluido el resarcimiento por el soponcio, mucho mejor que una indemnización de daños y perjuicios en toda regla.

Y al hilo de ello, enlazaré otra historia, parecida pero totalmente diferente. En otra ocasión, compartí en mi time line una imagen que me gustó de una muñequita que comprobé libre de derechos. Me contestó alguien diciéndome que ese era un dibujo de su amiga @madebycarol y le dije si podía ponerme en contacto con ella. Me dio su contacto y yo hablé con ella, la felicité por su dibujo y le dije si quería que borrara mi tuit o prefería que lo mantuviera citándola y alabando su trabajo como merecía. Optó por lo segundo y me invitó a conocer su obra. De inmediato, comenzamos una colaboración que empezó por hacerme un dibujo de una fiscalita toguitaconada con sus zapatos de lunares y que ha seguido con muchas ilustraciones más. Hoy en día somos buenas amigas y ha sido la ilustradora de dos de mis libros, y seguimos con proyectos en común. Me gusta contar esta historia por contraposición a la otra porque las cosas pueden tener distintos finales según se comporten los personajes del cuento. Y los nuestros se merecieron un final feliz, que se ha prolongado más allá. Otra saga de mujeres.

No me queda otra cosa hoy que dar el aplauso a todas esas mujeres de todas las generaciones que siguen luchando por lo que quieren. Y a las protagonistas de historia en especial. Sobre todo, a mi Nancy y a quienes hicieron posible esta historia.

Toguireyes Magos: insistimos


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No hay Noche de Reyes sin roscón, y sin todo lo que acompaña al roscón. Y, aunque cuando de películas se trata, conocemos más a Papá Noel por influencia del cine americano, no podemos olvidarnos de Los Tres Reyes Magos y la historia de la Natividad en la que tanto tuvieron que ver que se convirtió en una tradición, la de regalarnos cosas, que cualquier excusa es buena, y más si se trata de criaturas. Siempre recordaremos la cara del Carlitos de Cuéntame ante su Madelman -Dios mío, yo tenía uno igual- o al Chencho perdido de La Gran Familia ante los regalos del Padrino José Luis López Vázquez

Pero claro está que no se puede reclamar si antes no se ha pedido, y en eso consiste precisamente el cuasi contrato que tenemos con los Reyes. Hemos de redactar nuestra carta y, si es conforme, ellos vienen con el pedido. Ahora bien, los requisitos de este negocio jurídico no son moco de pavo. Nada de contratos de adhesión con claúsulas abusivas. La causa es nuestro comportamiento, porque si no nos hemos portado bien durante el año, nos traerán carbón. El consentimiento existe desde que aceptamos la existencia de los Reyes Magos como portadores de regalos por encima de Papá Noel -habría que examinar si hay,exclusividad, en cuyo caso haber recibido algo de Santa Claus anularía el contrato con Sus Majestades- Y la forma, desde luego, es bien conocida: tres Reyes de distintas procedencias montados en camellos y precedidos de sus pajes con los que, a buen seguro, tienen suscrito un contrato de trabajo como trabajadores fijos discontinuos, ya que solo reparten en este época.

En nuestro escenario hemos escrito nuestras cartas todos los años, sin fallar ni uno. Pero, o no debimos explicarnos bien, o los Reyes Magos no tenían su día cuando hicieron el reparto, pero se dejaron muchas cosas en el tintero. Pero como la perseverancia es una gran virtud, hagamos gala de ella e insistamos, a ver si de paso se da cuenta de que somos de los mejorcito del mundo mundial y nos lo merecemos todo, todo y todo.

Empezaré, para no variar, por algo que pido todos los años y que espero haber acumulado puntos suficientes para lograrlo, como hacía Don Pantuflo con Zipi y Zape hasta lograr su ansiada bici. Me refiero, cómo no, a mi bola de cristal y mi varita mágica. Con la primera espero adivinar lo que va a pasar en un futuro con esa persona que viene a denunciar, si su vida corre riesgo o no, y la segunda la usaré para ponerle remedio. Qué falta nos haría en muchos juzgados, y en especial en los juzgados de violencia sobre la mujer en los que tan difícil nos lo ponen esas mujeres que, por miedo, por dependencia, o por cualquier otra causa, se niegan a declarar contra su agresor. Que, por cierto, bien estaría que nos trajeran por Reyes una revisión del precepto que establece la dispensa a declarar, que ya le toca.

Y, al hilo de esto, voy a recordaros lo que os pedía mi buen amigo Alvaro Botías en su carta a los Reyes que eran tres cosas, a una por Rey. La primera era esperanza para poder seguir luchando, frente a los obstáculos, por la igualdad. La segunda, un buen saco de gafas moradas para ver la realidad en que vivimos y poder hacer posible esa igualdad. La tercera era cariño y apoyo para los seres queridos de las mujeres asesinadas este año. Ya puesto, os sugiero que una buena causa es la lotería solidaria para becas de estudio para sus huérfanos y huérfanas, que, aunque ya tuvo su propio estreno, no está de más recordar.

He pedido, como siempre, ayuda a mis compis, y traigo sus peticiones para que los Reyes no se olviden de nada. He de reconocer que entre mis preferidas está la de un compañero que dice, literalmente, que pide como las misses, la paz en el mundo. Aunque luego se viene arriba y añade que desea que no haya quien escupa sangre para que otro viva mejor. No puedo por menos que sumarme y aplaudir.

   Otras peticiones se hacen directamente al legislador o, mejor dicho, a los Reyes de Oriente para que se las transmitan. Entre estas está la que es un clamor entre todos los juristas y especialmente entre los fiscales: que deroguen el maldito plazo del artículo 324 LECrim y su bomba lapa incorporada. También hay quien pide, con mucho tino, que se meta mano al sistema de nombramiento del Fiscal General del Estado y que, cuanto menos, sea propuesto y cesado por el Parlamento. Otra compañera, también muy atinada, pide la ampliación del catálogo de las motivaciones que dan lugar al delito de odio, que no se nos queden fuera cosas como la aporofobia. Y me sumo al propósito de otra de mis compis, que avancemos en transparencia y comunicación, que no estaría mal llegar al siglo XXI. Yo, por mi parte, añado el anhelo de que se cumpla lo que prevé el Convenio de Estambul y el pacto de estado respecto de la violencia de género, que solo se trata de aplicar normas ya existentes. A ver que tal se entienden sus majestades con quienes controlan la fábrica de leyes y hay un poco de suerte.

Otro grupo importante de peticiones son las que afectan a la carrera fiscal propiamente, pero podrían hacerse extensivas a otras. No son cosas extravagantes, más bien básicas, como que haya concursos de traslado con cierta frecuencia, que se regulen como Dios manda las sustituciones y no sean una chapucilla, que nos quiten de encima el cáliz de hacer los estadillosy que a la hora de productividad valoren la calidad y no la cantidad, que no somos máquinas de hacer churros. Y puestos a pedir, que recuperemos la capacidad adquisitiva perdida en tiempos de los recortes. Aunque lo más importante, y que resume todo esto, es la petición de otro compañero “una miajita de respeto”. Te lo dice too y no te dice na, vaya

Y visto lo visto, se entienden peticiones más prosaicas como cortinas para unas compañeras que tapan el sol con carpetillas, un colchón en condiciones para la guardia de menores para otra -incluso, una almohada, si no es abusar- o calefacción para esos sitios donde les salen carámbanos en las puñetas de la toga. Me solidarizo, además con otra fiscal que soporta una servidumbre de paso de cuarto de baño en su despacho, porque yo lo sufrí por mucho tiempo y aseguro que es bastante incómodo. Y ojo. Una vez más, bolis que no sean verdes y pósits. Lo de los Códigos me dice otra compañera que lo deja estar porque no quiere pasarse. Y no me extraña, que sé de buena tinta de un juzgado cuyos Códigos, entre otras cosas, perecieron en un incendio y que, al pedir la reposición, se han encontrado con la respuesta de que los tiene en Internet, Verdad verdadera.

No obstante, siempre hay escépticos, así que hay quien opta `por lo de Virgencita, que me quede como estoy, y quien quiere cambiarlo todo, por eso de Peor imposible. Pero ya sabemos que el punto medio está la virtud. El verdadero problema es encontrarlo.

Por último, no quiero acabar la carta sin el encargo de mis amigos y amigas que se dedican a la abogacía, y que cada día demandan condiciones dignas para el turno de oficio. Pues bien, hacer el favor de hablar con quien sea para dárselas, que ya se las merecen, por lo que trabajan y por la insistencia.

Y con esto acabo mi carta. Y ya os digo, queridos Reyes Magos, que os adelanto el aplauso como si de arras se tratara, pero ya podéis devolverlo si no cumplís. Eso sí, si lo hacéis, jamás habréis escuchado mayor ovación. Os lo aseguro

PD (NO HAY CARTA SIN ELLA) ¿Podéis traerme una cosa extra para mí? No es gran cosa, pero me hace mucha ilusión que mis libros estén en escaparates de toda España. Por favor, por favor, por favor

 

 

Balance: adiós 2019, hola 2020


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Las tradiciones son importantes en la vida, y por eso, siempre que sean buenas, no hay que saltárselas. Y, desde luego, pocas tradiciones más arraigadas como la de hacer balance del pasado año y poner en marcha los propósitos para el año venidero. La Nochevieja siempre es una bonita ocasión para películas en las que hay Algo para recordar, pasen en El Apartamento, en Sunset Bulevard o en el mismísimo Poseidon. Y si no, que se lo digan a Bridget Jones, que bien tomaba nota en su Diario.

En mi universo toguitaconado y sus alrededores no podemos ser menos, así que voy a tratar de compartir un pequeño balance de las cosas que me ha traído el año. Espero no olvidar nada importante, pero si así fuera ya sabéis, mensajito y edito, que para eso soy el ama y señora de este escenario.

Empezaré por el final, ese apartado sobre propósitos que luego resultan ser incumplidos. Pues bien, eureka. Cumplí con los básicos, no por típicos menos costosos: dejé de fumar y me apunté al gimnasio -en mi caso es academia de ballet, que cuenta casi más- Y, qué narices, saco pecho para contarlo, que no todo el mundo lo consigue

Y ahora, vamos al lío, que no nos vayan a dar las uvas contando batallitas. Una de las partes más importantes del año ha sido personal, aunque una nunca puede deslindar del todo los aspectos de su vida. Acompañar a mi hija como Fallera Mayor de nuestra falla de siempre, Cádiz Denia, ha sido una experiencia maravillosa. Por ella y por todo lo que nos ha rodeado, empezando por la familia y acabando por ese grupo de gente que ha aparecido en mi vida con peineta y se han quedado en ella aunque no la lleven ya puesta. Ser la mantenedora -para los iniciados en el mundo fallero, equivale a hacerle un discurso de exaltación- de mi hija, y poderle regalar una visión de nuestra fiesta desde el compromiso por la igualdad ha sido maravilloso. Y compartir cada instante con ella, más. Gracias a todas las personas que han formado parte de este sueño.

En el terreno profesional, ha sido un año crucial. Con el vértigo que da la responsabilidad pero la fuerza que da la ilusión, asumí un nuevo reto: ser la fiscal delegada de delitos de odio -dicho como toca, fiscal delegada de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación, ahí es nada-, una nueva tarea en un campo en el que hay mucho que hacer pero mucho de lo que enriquecerse. En este poco tiempo, además de ponerme las pilas, ya he tenido la oportunidad de contactar con gente fantástica que lucha cada día por hacer de este un mundo mejor. Espero estar a la altura. Y aprovecho para aclarar, una vez más, que no he dejado de estar en la Sección de Violencia sobre la Mujer, esto es, de ser fiscal de Violencia de género. Acabáramos.

Lo que sí dejé, sin embargo, después de 10 años, fue la Portavocía de la Fiscalía provincial. Está claro que la duquesa de Alba puede con muchos títulos, pero una fiscalita de a pie no da para tanto. Ha sido una década bregando con los medios de comunicación, una labor intensa, con cosas buenas y malas. Me quedo, desde luego, con las buenas, con la gente que he conocido, y con el máster de comunicación que han supuesto estos años. Lo malo lo dejo archivado, aunque sea un sobreseimiento provisional que ya se sabe que quien olvida sus fallos está condenado a repetirlos -ya sé que era la historia y los pueblos, pero así me quedaba niquelado- Gracias por este tiempo.

En lo que a cursos se refiere, he tenido la inmensa suerte de pasearme por lo largo y ancho de la geografía española, empezando por mi querido Colegio de Abogados de Valencia y mi no menos querido de Cáceres, el primer colegio de fuera de mi entorno que apostó por mí. Así como es de ser bien nacida ser agradecida, no me olvido de colocarlo en lo más alto de mi particular ranking. Este año, además, he visitado por vez primera el Colegio de Abogados de Granada -ya he repetido- y el de Sevilla y he vuelto al de Barcelona -también soy repetidora- y al de Madrid. También he visitado universidades, tanto en Valencia como en Castellón y Alicante, y muchos Ayuntamientos y asociaciones de nuestra comunidad como el de Alfafar, Catarroja, Onda, Villar del Arzobispo, Alzira o Jérica, entre otros, además del de Valencia. Y tampoco me olvido de otras instituciones, como la Guardia Civil en Huesca. Soy afortunada de ser recibida siempre con tanto cariño.

Y, como no solo de trabajo vive fiscalita, he tenido una activa vida como escritora. Y, por supuesto, he vivido las consecuencias de esta vida de escritora en presentaciones varias, allá donde han querido y ha sido posible. Este año vio la luz una de mis criaturas más mimadas, porque es la más pequeñita y la más delicada, Caratrista, una novela infantil/juvenil escrita en valenciano, que aborda temas como la violencia de género y el acoso, era mi ilusión desde hacía tiempo. La colaboración con editorial Vincle la hizo posible y en la Feria del libro hicimos su bautismo de fuego. Hoy va por su segunda edición, espera su próxima traducción al castellano y muchos niñas y niñas la han leído, por su gusto o porque ha sido lectura obligada en varios institutos. Esperemos que la obligación se haya vuelto devoción y que la lectura obligada no se vuelva odiada. Y ya saben, cuando quiera, compartimos con la protagonista unas ensaimadas con mucho azúcar, como le gustan, y hablamos del libro. No sería la primera vez, que ya me he estrenado en talleres para niños y adolescentes y me ha encantado la experiencia. Lo he vivido en la Feria del Libro, en la Plaza del LLibre en Valenciá, y en Paterna, y ya tengo fechas para repetir. Caratrista se ha venido conmigo a la feria del libro, a la feria del Llibre de Pobla de Vallbona,  a Gandía, a Paiporta, a Massamagrell y a Paterna, y sigue con la maleta preparada para viajar en cuanto la llamen. Sé de buena tinta que tiene citas preparadas para el año próximo. Tenedle preparada la merienda.

Pero no ha sido la única de mis criaturas que ha viajado. Hemos seguido presentando Remos de plomo, Balanza de género y hasta Descontando hasta cinco en Alzira, Carcaixent, Villar del Arzobispo, Teruel, Granada, Cáceres, Sevilla, Barcelona, Madrid, Puerto de Sagunto, Massamagrell, Aldaia, Petrés, Jérica, El Perelló, Alcásser, Faura, Moncada, Alfafar, Mislata, Rute (Córdoba), Paterna, Paiporta, Pobla de Vallbona.

No he dejado -faltaría más- mi actividad como escritora de relatos en antologías. Y este año mis historias han formado parte de la de Valencia Escribe “A punta de relato”, de las de Generación Bibliocafé “Valencia CF, un sentiment en paraules” y “Juegos y juguetes”, de las de Descriu y Scito editores “Ucronies” y “Un viatge intransferible”, de “Femenino plura”, de varias escritoras coordinadas por Lute Pérez y de alguna colaboración más pendiente de publicación, incluso en el extranjero. Muy especial ha sido participar con mi relato sobre Maria Cambrils en el poemario que le dedicó Ana Noguera, a quien agradezco que contara conmigo, como también le agradezco que contara conmigo para su premiado llibret a la Falla del Forn de Alzira

Otra de mis actividades de este año ha sido la de prologuista, un verdadero honor para mí. Lágrimas negras, de Lute Pérez, En clave de igualdad, de Alvaro Botías y Textos y texturas, de Lu Hoyos y Evelyn Carrell han sido obras que he tenido el placer de amadrinar con mis letras. Soy muy afortunada, la verdad, y aún hay alguna pendiente de ver la luz.

Y si de amadrinar libros y escritores se trata, mi balance no puede ser mejor, porque este año he hecho dos presentaciones muy especiales. La de Rosa Montero en la feria del Libro, una experiencia indescriptible por la calidad literaria y humana de Rosa, a la que admiro desde hace tiempo, y la de Sucedió en Ruzafa, de Víctor Iñurria, una persona muy especial para mí que fue uno de los regalos más bonitos, cuando el pasado de mi familia vino a visitarme en su persona.

He disfrutado, además, de experiencias nuevas y enriquecedoras, como la de participar como ponente en el Salón del Autor o en Valencia Negra, y también la de impartir un curso on line maravilloso, el de perspectiva de género organizado por Feminicidio.net. Y no me olvido, por descontado, la maravillosa vivencia de impartir un taller literario como el que he hecho con Bibliocafé, con una deliciosa antología, “Ultravioleta”, como resultado. He sido jurado de premios literarios y también periodísticos, como el delitos de odio de la Policía local, estrenando mis nuevas responsabilidades. También he sido, una vez más, madrina de la lotería solidaria de la Fundación Soledad Cazorla, algo de lo que me siento especialmente orgullosa.

Tampoco he dejado de lado mi participación en medios de comunicación. El Mundo sigue contando conmigo para mi columna de opinión semanal, y también El Periódico de Aquí. Además, he colaborado en otros medios como El Plural, Público, Revista Libertalia o Tribuna Feminista, y contestando a quienes desde sus medios han querido saber cosas de mí. Siempre es un lujo que cuenten con una.

Para el final, el apartado de premios, como guinda del pastel . Este año he sido finalista del Carolina Planells de Paiporta de narrativa contra la Violencia de Género, del premio de narrativa corta Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia y del de relato histórico del Museo L´Iber, todos ellos con sus respectivas antologías publicadas o por publicar. Y repetí el ser finalista del premio al mejor blog de 20 Minutos por este espacio toguitaconado, que advierto que ganaré el año próximo, que a la tercera va la vencida.

No me olvido de un reconocimiento maravilloso: el que me hizo ACREM por mi aportación a la lucha por la igualdad. Gracias a Paqui, a la organización, y a Alicia y Ángeles y también a Javier por currárselo tanto. Gracias por hacerme feliz.

Por supuesto, no me puedo dejar en el tintero a mi ángel de la guarda de la ilustración, Gracias Carolina (madebycarol) por tenerte siempre dispuesta a secundar mis locuras.

Y hasta aquí, mi resumen. En la parte negativa, la pérdida de dos compañeros que se nos fueron y alguna cosilla más que prefiero no nombrar por no dar el gusto a quienes pretender dar el disgusto. Así que, menos para estos últimos, mi aplauso para todas las personas que habéis formado parte de mi vida y os habéis asomado por mi escenario. El 2020, más. Y, sin hacer demasiado spoiler, ya anuncio alguna cosita que viene en camino: un libro, seguro, y algún premio que podría estar en camino. No digo más que dicen en el mundo del espectáculo que si se cuenta se gafa, y eso sí que no.

¡¡¡¡¡¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!!!!!!!

PD. Perdonad el momento umbralismo pero quería compartirlo con todos mis amigos y amigas que me leéis, porque os considero así.

Madrinas: los milagros existen


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– ¿Jura o promete guardar y hace guardar fielmente la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico?

– Prometo

Estaba muy emocionada. Tanto, que de milagro no juro y prometo a la vez, a pesar de las veces que habíamos bromeado con el tema. Pero me temblaban tanto las piernas y la voz, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por mantener la compostura. Había costado mucho llegar hasta ahí, pero allí estaba. Era el momento por el que había peleado con uñas y dientes

Cuando me planteé estudiar la oposición, me miraron como si me hubiera salido un cuerno rosa en mitad de la frente. Las niñas como yo no estudiaban oposiciones. Ya tenía bastante mérito que hubiera conseguido terminar la carrera de Derecho como para ahora embarcarme en esto. Era el momento de ponerme a buscar un trabajo para mantenerme a mí y a mi hermano. Me decían que tenía que recordar que estábamos solos en el mundo. Como si una cosa así necesitara de recordatorios…

No obstante, se equivocaban todas aquellas voces. No estaba sola. Tenía mi madrina que sabía que no me fallaría. Quizás por eso, porque daba lo que necesitaban a las niñas solas como yo, la llamaban Soledad. Yo nunca la vi pero, aunque había quien decía que estaba muerta, para mí siempre estuvo muy viva.

 En nombre de ella me costearon el Bachiller, y después la carrera, a partir del día en que pasó todo. Una vez asumí que mi madre nunca regresaría a mi lado y que mi padre se pudriría en una cárcel, no me quedó otra que continuar con mi vida. Y eso nunca hubiera sido posible sin mi madrina.

   He de confesar que ni un solo día dejé de echar de menos a mi madre y, aunque traté de borrar de mi mente la imagen de su cuerpo ensangrentado y cosido a puñaladas mientras se llevaban esposado a mi padre, seguí viéndola en sueños. En mis pesadillas siempre me pedía que la salvara, pero yo nunca llegaba a tiempo.

Traté de no fallar a aquella madrina invisible que alegraba mi vida con sus toques de varita. Y, como siempre cumplí, no dudé en acudir a ella para contarle cuál era mi sueño: seguir estudiando hasta conseguir mi plaza. Y no me defraudó.

 Aproveché la beca y me dejé los codos, las pestañas y casi la vida estudiando, pero en un tiempo récord lo conseguí. Ahora estaba ahí, viendo como se hacía realidad

– Cumplimentado su juramento como jueza, pasará a ejercer en el Juzgado de Violencia Sobre la Mujer de X

Mi hermano, dese el público, sonreía con cara de satisfacción. Y, aunque la gente creía que estaba solo, le acompañaban dos personas. Mi madrina y mi madre estaban a su lado, orgullosas de mí. Hasta juraría que oí a mi madrina Soledad diciendo algo

– Niña ¿Y cómo no escogiste fiscal?

 Me reí, sin que nadie entendiera por qué, porque sé que me lo perdona. Por fin podía ayudar a otras mujeres que pasaran por lo que pasó mi madre.

 A partir de ese día, mi madre no volvió a aparecer en mis sueños pidiendo ayuda.  Apareció de nuevo, eso sí, pero lo hizo de otro modo. Dando las gracias.

Este pequeño cuento solo quiere ser una fábula de lo que pude conseguirse con iniciativas como la Lotería de la Madrina. LaFundación Soledad Cazorla trabaja todo el año para conseguir becas de estudios para huérfanos y huérfanas de Violencia de Género, porque así lo dejo dicho en su testamento Soledad Cazorla, la que fue primera fiscal de sala de Violencia sobre la Mujer y un referente para quienes nos dedicamos a esto.

Por eso os invito, un año más, a colaborar con estos décimos solidarios. Podéis hacerlo por ella o por los niños y niñas a los que la violencia de género dejó sin madre. O podéis hacerlo por vosotros mismos, porque tal vez el día de mañana vuestra hermana o vuestra hija necesiten una jueza o una fiscal formada y vocacional como nuestra protagonista, que se hubiera perdido de no existir estas becas. Ojala no lo necesiten nunca, pero da seguridad saber que están ahí.

¿Nos ayudais?

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

Basta con dar clic en el enlace y esta vez el aplauso os lo doy yo. Y lo uno al que le doy a @madebycarol por ilustrar una vez más este milagro

Delitos navideños: ¿jojojojo?


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La verdad es que una se da cuenta de la cantidad de películas que se hacen con motivo, causa o efectos navideños cuando, llegadas estas fechas, comprueba que a determinadas cadenas de televisión les ha dado para emitir una cada día desde principios del mes de noviembre. A las conocidas Feliz Navidad (mi preferida, sobre un hecho real sucedido en el frente en la Primer Guerra Mundial), Qué bello es vivir, La gran familia y sus secuelas,  Love Actually y las sucesivas versiones de Papá Noel, hay que sumar la reciente Last Chritsmas y toda una cantidad de cintas que no tendremos tiempo ni estómago que tragar.

Que nadie se me asuste, que aún no he sufrido una sobredosis de glucosa por el consumo de polvorones, y tampoco he consumido tanto cava que me impida sostenerme sobre mis tacones, con toga o sin ella. Qué va, si entre guardia y guardia apenas da tiempo a nada. Eso sí, me dio por pensar el lado jurídico de la Navidad. Y creo que será algo muy distinto de lo que estáis pensando. Pero tendréis que seguir leyendo para comprobarlo.

Por supuesto, la Navidad tiene sus cosas características, también en Toguilandia. El consumo de alcohol, que multiplica la frecuencia de delitos contra la seguridad vial, la forzada convivencia, que convierte la vida familiar en un polvorín donde violencia de género o doméstica latente puede estallar, las cenas familiares, que exasperan los ánimos hasta poder incurrir en cualquier tipo de delitos de expresión contra el cuñado de turno -eso más antes que ahora, que la destipificación de muchas faltas nos ha quitado mucho juego- o la concurrencia de gente, que convierte a algunos lugares en paraíso de carteristas, son algunos de los delitos propios de estas fechas. Pero hay mucho más, sin duda. Y mucho más pintoresco.

¿Alguien se ha planteado la de delitos que nos pasan desapercibidos en las típicas estampas navideñas? Porque la cosa tiene tela. Veámoslo si no.

Empezaremos  por el Nacimiento tradicional, el que da origen a la Navidad de toda la vida. Lo primero que debería llamarnos la atención es que María y José debían ser unos sinpapeles, que estaban precisamente en vías de regularización cuando llega el parto. Y, por supuesto, la conducta de los dueños de la posada que, a pesar de la tripa de María, se niegan a alojarlos, podría ser un claro ejemplo de omisión del deber de socorro. Y hay que ver, mucho hablar de Herodes y poco de estos posaderos que casi impiden que nazca el Niño Jesús con su falta de empatía.

Luego está el tema del pesebre, que no es poca cosa. Eso de tomar posesión así, a las bravas, del recinto, podría ser, sin duda, una usurpación de inmueble. Eso sí, con una eximente de estado de necesidad del tamaño de un piano de cola, y aún me quedo corta- Y lo de tener al niño en pañales, con un frío que pela, ojo, que podría haber llevado a sus padres derechitos a los Servicios Sociales. Y si no, mirad cualquier Belén, ¿por qué ellos van con túnica, manto y toda la parafernalia y el niño con un pañalito de nada? Y sí, sí, podrán decir que como es Dios, todo lo puede y ni se constipa ni pasa frío, pero a ver como pruebas eso en un tribunal.

Después está la cuestión de toda esa gente que viene a adorar al Niño. Ojo cuidado, que ahí hay mucha tela que cortar. Empezando por el dichoso tamborilero. Que me perdone Raphael, pero lo de ese niño es delito contra el medio ambiente, por contaminación acústica de todas todas, tanto rompopompon no supera un medidor de decibelios seguro.

¿Y lo de la lavandera, y los pastores, trabajando en festivo y de noche? Seguro que lo hacen en negro, sin seguridad social y sin declarar nada. Y no es que haya que ir contra ellos, pobrecitos, que ya tiene bastante con lo que tienen, pero me apuesto lo que sea a que había un empresario ganadero o textil aprovechón. Que no hemos inventado nada.

¿Y los Reyes Magos? Vienen de lejanos países, sin visado ni nada, y traen materiales preciosos sin pasar por aduana. Se intuye el delito de contrabando a la legua, vamos. Y lo del oro está claro, pero lo del incienso y la mirra pudiera ser que fuera la tapadera de sustancias estupefaciontes o algo parecido. ¿O acaso conocéis a alguien que haya necesitado mirra alguna vez? Y no olvidemos la cuestión de los camellos, que hacerlos llegar desde tan lejos roza el delito de maltrato de animales si no se integra plenamente en él.

Quizá estéis pensando que exagero, con eso de los Reyes y los animales, pero de eso nada. ¿Cómo calificaríais, si no, el hecho de hacer trabajar a los pobres animales todas las noches del 5 al 6 de enero cargados de regalos para ir de acá para allá llevando paquetes a los niños y niñas del mundo? ¿A que tengo razón?

Y si vamos a Papá Noel, la cosa todavía se pone más grave. En primer lugar, tiene una factoría donde se hace trabajar a menores y elfos noche y día para fabricar los juguetes. Delito contra los derechos de los trabajadores y delitos contra los derechos de la infancia sin duda alguna. Pero no se conforma con eso. Luego agarra a unos renos y también los explota, haciéndoles volar arrastrando un trineo cargado de paquetes. Más delito de maltrato animal. Y no se conforma con eso, qué va. Comete un montón de allanamientos de morada entrando en todas las casas, y encima se plimpla el cava que le dejan, con lo cual al cabo de varias casas la conducción de trineo bajo los efectos de bebidas alcohólicas está cantada.

Me dicen, además, que hay una leyenda urbana según la cual los Reyes Magos, que defienden que llegaron primero con eso de prior tempore potior iure, han contratado un detective para que localice a ese impostor de Papá Noel que les está robando el puesto. Y no es que yo quiera meter cizaña, que soy muy fan de los Reyes Magos, pero eso huele de lejos a delito de coacciones.

Así que, ahí lo dejo. Si veis que, llegado el momento, no han aparecido ni Papá Noel ni los Reyes a dejar sus regalos, no los pongáis en busca y captura. Mirad en la comisaria más cercana, que igual están allí. Y, si os parece injusto, ya sabéis que tenemos en procedimiento de habeas corpus para tratar de remediarlo. Y podres de quienes estén de guardia para resolverlo. Aunque siempre cabe alegar amistad íntima o enemistad manifiesta -según hayan o no gustado sus regalos- para tratar de inhibirse. Igual cuela.

Ahora voy a preparar la pandereta y la zambomba para dar el aplauso. Dedicado hoy a todo el mundo que, de uno u otro modo, forma parte de nuestro teatro. Felices fiestas.

 

 

#cuentosdeNavidad : el coche de bomberos


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EL COCHE DE BOMBEROS

 

En su día, me dolió mucho internar a mi padre. Pero estábamos solos en el mundo y no me quedó otro remedio, por más críticas que recibiera. Y él estuvo de acuerdo.

Las críticas se incrementaban cada Navidad desde entonces. La gente a la que normalmente no le importaba un ápice mi vida, me preguntaba si iba a casa de mis padres a celebrar las fiestas. Cuando les decía que no existía tal casa y que mi padre estaba solo en una residencia, hacían un mohín de reproche con el que me arrojaban su superioridad moral a la cara.

No sabían ni sabrían nunca que mi padre odiaba la Navidad como ninguna otra cosa en el mundo. Se preocupó de explicármelo bien claro desde el primer momento en que, todavía con lengua de trapo, le pregunté por los Reyes Magos

– Por aquí nunca han pasado los Reyes Magos. Ni pasarán, como no sea por encima de mi cadáver.

No abrí la boca, pero no pude contener las lágrimas. Esa misma noche, mi padre, cuando vino a arroparme, me lo contó todo

– Cuando yo era niño, pedía cada año para Reyes un coche de bomberos, Me portaba estupendamente durante todo el año, ayudaba a mis padres, sacaba buenas notas y nunca hacía trastadas. Pero los Reyes nunca me dejaban otra cosa que una camiseta interior o unos calzoncillos

– ¿Y tú, ¿qué pensabas?

– Yo no entendía nada. No podía comprender como todos mis compañeros del colegio, hasta los más zotes y los que peor se portaban, tenían sus regalos de verdad, y yo nunca tenía nada de lo que había pedido.

– ¿Y por qué no te traían nada? -pregunté con mi inocencia infantil- ¿Lo llegaste a saber?

– Hija mía, todo eso es una estafa, una tomadura de pelo. No hay Reyes Magos para los niños pobres, y en mi casa éramos pobres de solemnidad. Los Reyes Magos no existen, son los padres de cada niño y cada niña quienes les compran los juguetes y luego fingen que ha sido cosa de magia

– ¿De verdad?

– De verdad, hija mía. Por eso jamás tuve mi coche de bomberos. Por eso, año tras año, mis padres se quedaban mirándome con cara de infinita tristeza mientras yo decía de mala gana lo que me gustaba la ropa interior. Nadie sabe la rabia con la que llegaba al cole al día siguiente, para contar, una vez más que, aunque tuviera las mejores notas de la clase, no merecía mi ansiado coche de bomberos.

Aquella historia me impresionó desde pequeña. Me crié con la convicción de que todo aquello de la Navidad y los Reyes Magos eran patrañas. Me consta que mi madre intentó en algún momento cambiar aquello, pero no tuvo tiempo. Murió cerca de esas fechas siendo yo muy niña, y aquello le sirvió a mi padre para condenar para siempre al ostracismo a las fiestas navideñas y todo lo que conllevan.

Durante mi infancia tuve tentaciones de reprochárselo alguna vez, de pedirle que hiciéramos como en las demás casas, pero, cuando lo insinuaba, él sacaba a colación su coche de bomberos y a mí no me quedaba otro remedio que darle la razón.

Hoy, día de Navidad, voy a ir a recoger a mi padre para comer juntos, quiera o no quiera. Estoy segura de que por una vez podré convencerlo para que haga una excepción a sus principios.

– Ven, papá. Tengo algo para ti

– Hija -refunfuñó- Ya sabes que a mí no me vas a ganar con pamplinas navideñas. Aun no soy tan viejo como para no darme cuenta

– Tú ven y mira

Puedo jurar que he visto en la cara de mi padre al niño que fue. Por un instante, se le han borrado las arrugas de la cara y le brillan los ojos como debieron brillarle un día muy lejano

– Sube, papá.

He ido hasta la residencia en el coche de bomberos con el que acabo de empezar a trabajar. Fue dura la preparación y más duro el examen, pero aquí estoy, con mi flamante uniforme de bombera y llorando a mares al ver la cara de mi padre

Hermandad: sea por un día


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Llegan estas fechas, y hay algo inevitable: las cenas de empresa o de trabajo -aunque en algunos casos sean comida- Un preludio de lo que va a ocurrir luego en casa de cada cual. Un escenario proclive, según las películas, a ligoteos e historias varias, que yo nunca veo en las nuestras, no sé si porque mis compis son muy sosos o yo soy una pardilla que no me entero de nada de lo que sucede a mi alrededor. O ambas cosas. Pero nada que ver con esas fiestas que se veían en El diario de Bridget Jones y sus secuelas, o en Fiesta de empresa. Unas veladas que pretenden ser, al menos un solo día al año, Noche de paz. Si fueran falleros, se llamarían Sopar de Germanor, como decía ayer mismo una compañera.

En nuestro teatro, aunque no sea una empresa en sentido estricto, también hay eso que se llama «cenas de empresa». Podríamos llamarlo “comida del trabajo”, que es más propio, pero la verdad es que puede confundirse con una “comida de trabajo” y dejar la hermandad a un lado para ponerse a seguir currando. Y eso sí que no. Así que, sean comidas o cenas, se llamen «de empresa» o «del trabajo», lo importante es que se trata de los ágapes que compartimos con los compañeros y compañeras del trabajo por motivo de la Navidad. Y ahí puede pasar de todo.

Como todo tiene su vertiente judicial, contaré para empezar algunas anécdotas presenciadas desde mi toga y mis tacones por otros intérpretes de nuestro teatro. Aunque parezca mentira, he visto alguna que otra cena de empresa que acababa con una visita a Toguilandia. Las más frecuentes, por desgracias, las que derivan del consumo excesivo de alcohol  en combinación con el uso de vehículos a motor, una pareja que nunca debe entablar relaciones. No olvidemos el eslogan de aquel viejo spot “Si bebes no condussscashh”, un fantástico consejo. En el mejor de los casos, puede suponernos una condena. En el peor, un accidentes de consecuencias imprevisibles. No hay que jugársela.

También hay cosas bastante más pintorescas. Recuerdo en una ocasión en que todos los asistentes a una cena de empresa acudieron en tropel a denunciar en el juzgado que les habían birlado todas las prendas de abrigo mientras brindaban con cava por una feliz navidad. Al parecer, algún espabilado aprovechó el momento de hermandad para ir al improvisado guardarropa -un perchero sin vigilancia- y aprovisionarse de prendas suficientes para montar una bien surtida parada en algún mercadillo o hacer un top manta versión outfit. La verdad es que, aunque a las víctimas no pareció hacerles gracia, tenia su aquel verles en pleno mes de diciembre en mangas de camisa o en vestidito de tirantes sin una triste chaqueta o chal que llevarse a los hombros. Menos mal que mi tierra no es demasiado fría, porque no quiero ni pensar que esto ocurra en la jurisdicción de un juzgado de esos donde nieva con frecuencia. A buen seguro que, además de la causa por hurto, tendrían varias demandas en que resolver sobre los daños y perjuicios causados por gastos de hospital después de la más que segura neumonía.

Y, cuando llegan estas fechas, me acuerdo siempre de un juicio de faltas donde varios familiares habían acabado como el rosario de la aurora por causa de una herencia. Como quiera que en el juicio se dijeron de todo menos cosas bonitas, sin que les importara un pimiento la anonadada presencia de abogados, fiscal y juez, este último interrumpió el bochornoso espectáculo de cruce de insultos para decir, aprovechando que estábamos en plenas fiestas navideñas, una frase que debiera pasar a los anales de las navidades judiciales. Dijo su Señoria: ya veo que su familia también se junta por Navidad, pero ni su tono ni las dependencias de este Juzgado son lo adecuado para hacerlo. Y los dejó tan planchados a todos, que no abrieron más la boca y se quedaron mirando las tiras de espumillón que colgaban de las paredes como si se les fuera a aparecer trepando por ellas el mismísimo Niño Jesús.

Otros de los clásicos navideños por excelencia, es el juego del amigo invisible. Esa práctica que, aun con distintas variantes, consiste en que se hacen y se reciben regalos de alguien a quien le has tocado por sorteo entre un grupo de personas con algo en común. Pueden ser las amigas del cole, el grupo de coros y danzas donde una hace sus pinitos, la familia o hasta el trabajo. Y si regalarle algo a ese cuñado que solo ves dos veces al año -y te sobran tres- es difícil, hacerlo con compañeros de trabajo debe ser la pera limonera. Aunque en nuestro caso, se puede simplificar mucho, debido a una administración de justicia que nos lo pone fácil. ¿Por qué digo esto? Pues, como muchos y muchas habréis adivinado, porque, dadas nuestras carencias, un taco de posit, un boli que no sea verde, o unas grapas que casen con la grapadora pueden ser un regalo estupendo. Y oye, si se tiene maña, hasta unas etiquetas nuevas para señalar las causas urgentes o las causas con preso y sustituyan el rayote con rotulador o las reutilizadas que van perdiendo trozos. Por supuesto, del tema informático no hablamos, que estamos tratando de la germanor y no hay que alterarse, no vaya a despertarse El grinch que algunos llevan dentro

Así que ahí lo dejo. Campana sobre campana y sobre campana una, asómate a la ventana, que está el aplauso en la cuna. Y ya sé que no era así, pero no me he podido sustraer al espíritu navideño para darle esa ovación a quienes organizan estos saraos, porque mira que tiene  mérito. Y que menos que reconocérselo

Como reconozco, una vez más, el de mi querida amiga e ilustradora de cabecera @madebycarol2, que siempre da con la imagen adecuada y, además tiene  la generosidad de prestármela. Mil gracias una vez más

 

Cumpleaños: soplando velas


 

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Lo confieso, soy de la generación del Cumpleaños feliz de Parchís, esa cancioncilla que siempre aparece cuando alguien cumple años y le quieren homenajear. Para quien no lo sepa, sobre todo por razón de edad, cuando dice eso de “te desean tus amigos de Parchís” no se refiere a una peña que se dedica al dado y las fichas, sino a un  grupo musical de la época. También soy del Feliz, feliz en tu día, amiguita que Dios me bendiga, que cantaba Fofó en Los payasos de la Tele en un tiempo en que todavía pensaba que Susanita tiene un ratón fue escrita para mí. Ya he comentado otras veces que películas dedicadas al cumpleaños hay para todos los gustos y de todos los géneros, desde el terrorífico Cumpleaños sangriento hasta el drama social de Mamá cumple cien años pasando por Familia, Aniversario y hasta Feliz no cumpleaños, como hacía Alicia en el País de las Maravillas.

   Hoy es mi cumpleaños. La verdad es que es la primera vez que celebro el mío y no el del blog. Pero es que no solo soy yo. Mis otras yos, Fiscalita y Taconita -recordad que hay una leyenda urbana según la cual soy una de tres trillizas– me han dicho que si no lo celebrábamos se enfadaban. Y enfadar a tus voces interiores puede ser peligroso. Se pueden poner a gritar y una corre el riesgo de que le estalle la meninge. Y eso sí que no.

Ahora bien, una vez cumplido el trámite de felicitarme y felicitarlas, habrá que ir al lío, que nuestro teatro sigue ahí, esperando abrir el telón para dar su función. Y es que aquí también tenemos cumpleaños. Unos buenos, otros malos y otros regulares. De todo hay en botica, o mejor dicho, en toguica. Y vamos a ver algunos de los que más me acuerdo, por una razón u otra.

Desde luego, no voy a perder mi oportunidad para seguir reivindicando el fin de un precepto que nunca debió existir, el tristemente famoso artículo 324 de la Lecrim, que limita el tiempo de instrucción, ese que hace que juristas en general y fiscales en particular vivamos con el temporizador de una bomba de relojería a punto de estallar en forma de impunidad, mientras presuntos corruptos y otros malandrines pasean esa impunidad y se quedan tan pichis. He perdido la cuenta de las promesas de derogación de esa norma que ya lleva más de cuatro años torturándonos, y, lo que es peor, ya he perdido la cuenta también de los bloqueos que esa derogación ha sufrido, incluso por quienes luego se lamentan de que algunos se salgan de rositas. El juego político, que a veces tiene más de juego que de política entendida como bien común.

Y es que hay que insistir es el de nuestra ancianita, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ya ha cumplido más de un  siglo -es de 1882- y ya no puede más la pobre entre achaques y cicatrices de todas las intervenciones que ha venido sufriendo a lo largo de su historia en forma de reformas. La pobre ya no da más de sí, las heridas se le infectan y los huesos se le rompen, y está esperando como agua de mayo su jubilación, bien ganada. No podemos olvidar que se trata de una ley procesal pensada para cuando se iba a juicio en diligencia, que se tiene que aplicar en plena era digital.

También aprovecharé la oportunidad para reclamar la modificación de otro de sus preceptos, el 416, referido a la dispensa a declarar de determinados parientes. En los casos de violencia doméstica y de género -sobre todo en esta última- está resultando un herramienta apta para cavar la tumba de algunas víctimas. Así que a ver si hacemos algo mientras se prepara a la criatura para la jubilación.

Por otro lado, tenemos otro ancianito que se conserva bastante mejor. El Código Civil, también centenario, nos ha resultado con buenos genes y aguanta los achaques de la edad con bastante entereza. También ha sufrido sus operaciones pero, o quienes hicieron las cirugías fueron mejores profesionales, o la materia prima era de mejor calidad. El caso es que ahí está.

Mucho más joven es, sin embrago, su  primo el Código Penal  que está a punto de cumplir sus bodas de plata. La verdad es que de momento resiste bien, y eso que no debe ser nada fácil estar en boca de todo el mundo, y ser al primero que quieren meter mano en cuanto surge el descontento. Que sufrido es el pobre, con esa constante manía de modificarlo por cualquier cosa. Como resulta tan barato…

Y cómo no olvidarnos de la Constitución, cuyo cumpleaños celebramos hace poco. Ya va teniendo sus años (más de cuarenta) y aguanta como una jabata. Solo un par de retoques estéticos y ahí sigue, inasequible al desaliento, a pesar de las manazas que tantas veces quieren manipularla o quedársela para sí. Por muchos años, guapa.

Acabaré recordando un aniversario agridulce. El de laderogación de las tasas judiciales, por el que tanto luchamos, pero que nos dejó un fleco que perdura. Continúan teniendo que pagarlas oNG y Pymes y parece haberse olvidado el tema o quedarse aparcado. Y no es poca cosa.

Y no me quiero olvidar de un aniversario especial, por importante y doloroso. Tal día como hoy Ana Orantes era asesinada por su marido, y con su muerte, la lucha contra la Violencia de Género despegó de un modo imparable. Solo pido que no demos ni un paso atrás ni borremos jamás a Ana de nuestra memoria

Y ahora ya llegó el momento de pedir mi regalo. Por mi cumple, quiero unas leyes nuevecitas que sustituyan esos artículos de la ley de enjuiciamiento criminal que no aguantan más, y eso ya, mientras preparan la residencia donde llevar a la ley completa. También quiero una justicia con medios y, sobre todo, que la clase política nos tome en serio. Además, por encima de todo, quiero que la igualdad ante la ley sea más que papel mojado, que no vamos a ser pobres hasta para pedir. Y bueno, si de paso queréis regalarme un jamón, genial O unos cuantos posits y bolis que no sean verdes, que siempre vienen  bien.

El aplauso lo dejaré en suspenso. Me espero a darlo a quien lo merezca cuando veo que me han llegado los obsequios que pido. Que para una vez que pido para mí….

Y no se me olvida. Gracias una vez más a @madebycarol2 por el regalazo de esta ilustración para mi cumple.

 

Ataques gratuitos: lo innecesario


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¿Quién no recuerda a Estela Reynolds en La que se avecina repitiendo una y otra vez eso de “Qué ataque más gratuito”? Como ocurre tantas veces, la ficción cómica no es más que una caricatura de la realidad, no tan cómica. Casi todo el mundo ha sido atacado alguna vez de un modo totalmente innecesario. Y, cuando del mundo de la farándula se trata, donde todo se amplifica incluidas las envidias, mucho más. Ya decía la misma Este Reynolds eso de Qué sola estoy.

  En nuestro teatro, los ataques gratuitos, como las meigas, existen, aunque no siempre sean evidentes o se vean con tanta claridad, y aunque no siempre se quiera reconocer.

Seguro que cualquiera de las personas que transitamos por Toguilandia hemos sufrido alguna vez la experiencia en mayor o menor medida. El juicio oral, por ejemplo, es un lugar proclive a estas cosas. Y lo de “en estrictos términos de defensa” un comodín muy útil para llamar al adversario de todo menos bonito. Y bien está defender al cliente, pero no está tan bien que eso se convierta en una pelea de gallos, aunque sea de gallos con toga. A ver si en vez de arrojarse artículos del Código, se arrojan los propios Códigos. Hay que ir con cuidado.

Sus Señorias tampoco se libran de cometer este error, y he visto en alguna ocasión a un Magistrado mandar a un abogado de muy malos modos a la facultad por ignorante. En un caso, en que se trataba de una persona mayor, me resultó especialmente violento y doloroso. La verdad es que se trata de una excepción, pero cuanto daño hacen esas excepciones que confirman la regla del buen y educado trato en estrados.

Además están las bien conocidas peleas fratricidas entre jueces y fiscales. Ya he contado alguna vez que las carreras hermanas, como todos los hermanos, se quieren pero se pelean  mucho y con mucha energía.. Normalmente no pasa de ahí, de una competición a ver quién es quién más trabaja, quien peor lo pasa y quién es más sacrificado. Pero, alguna vez, de unas a otras señorias se dirigen unas perlas que son un verdadero ejemplo de lo que nunca se debe hacer entre compañeros. Ahora mismo me están viniendo a la cabeza las declaraciones que sobre el Ministerio Fiscal hacía una juez de pose altiva, gafas de sol y sempiterno maletín de ruedines que hace que se despierten mis peores instintos. O, mejor dicho, los peores instintos de mi fiscalita interior.

Hay otras veces donde estos ataques gratuitos e innecesarios suceden allende la sala de vistas, pero por causas relacionadas con la misma o que se creen relacionadas. Recuerdo una vez que un periodista, para criticar la suspensión de una vista por un asunto mediático, llegó a insinuar que era por un capricho de la fiscal, que poco menos que había elegido aquellas fechas a propósito para operarse, que hay que ver qué cosas tenemos las fiscales. Aquello, que así contado parecía una frivolidad, resultó ser una enfermedad grave que ella había ocultado a su familia y que acabó enterándose por esa mala praxis -por no decirlo de un modo más grueso- del periodista en cuestión. De nuevo, la excepción que confirma la regla hace más daño a la profesión que años de buenas maneras. Ah, por cierto, mi compañera está a día de hoy estupendamente, por fortuna.

Algunas de estas cosas ocurren apelando a la vida familiar o íntima del injustamente vivlipendidado. Sea revelando detalles que desea que no se conozcan, sea desvelando la identidad de quien ha elegido -pudiendo hacerlo- permanecer en el anonimato o sea, directamente, pasando al insulto o a la ofensa directa, dejan al aludido en una situación de impotencia muy frustrante. O entra en el barro y hace que se remueva más un tema del que no quiere que se hable, o permanece en un elegante silencio que hace que siempre haya alguien que exclame eso de “el que calla, otroga”. Y ojo, en la vida, pero sobre todo en redes sociales, el que calla no otorga nada, simplemente se niega a entrar en el juego de quien pretende ofender. Tampoco el que calla tiene muchas más opciones, porque normalmente quienes actúan de ese modo no quieren debatir sino discutir, no quieren dialogar sino atacar. Sea por lo que dices, por lo que creen que dices, o por lo que quieren creer que dices.

Hace nada me ha pasado. Y esto no es como las drogas, que se va aumentando el umbral de tolerancia. Aquí duele siempre, y más bien se desarrolla la capacidad de encajar el dolor sin que se note, Especialmente cuando el ataque viene de personas con las que siempre te has portado bien.

Pero, como todas las cosas tienen dos lados la cara B de estos tragos amargos son las otras personas. Esas que están ahí, quizás silentes, quizás agazapadas, pero saltan como un resorte en cuanto ven el ataque. Las que nunca fallan, por amistad, porque ven la injusticia o, normalmente, por una conjunción de ambas cosas. Como la «princesa del pueblo», con su «yo por mi hija maaaaaaaaato»  pero en versión toguitaconada.

Decía Luther King que temía más el silencio de los buenos que el grito de los malos. Pues, ya que no podemos evitar el grito de los malos, no caigamos en el silencio de los buenos. o más literalmente ,” No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los … Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”  Precisamente para esos que no se callan ante la injusticia va hoy el aplauso. Gracias por estar ahí.