#historiasdesuperación : A un solo clic


maleta

A un solo clic

Nunca debí aceptar ese caso. Tenía los papeles desparramados encima de la mesa de mi despacho sin que una sola idea me viniera a la cabeza. Cada vez que me enfrentaba con ellos me bloqueaba a la espera de que surgiera ese clic que me indicaba por dónde seguir para encontrar la solución más adecuada. O, al menos, el camino para llegar hasta ella. Pero nada.

Siempre había huído de estos asuntos como de la peste. Me traían demasiados recuerdos.  Pero, por alguna razón que no llegaba a alcanzar, éste fue distinto. Lo asumí por impulso. Un impulso del que me arrepentía cada vez que esparcía la documentación sobre mi escritorio.

Fui demorando su resolución hasta que no me quedó más remedio. Los plazos se agotaban y ya ni siquiera quedaba tiempo para derivar el trabajo a otro compañero. Entonces la vi, desafiando al tiempo y la memoria. La vieja maleta, que creía desaparecida desde que le pedí a la empleada doméstica que se deshiciera de ella ¿O quizás solo pensé en decírselo?

La cuestión es que me cayó encima mientras buscaba en el altillo unos viejos libros de consulta que hacía mil años que fueron desplazados por las colecciones de jurisprudencia on line, mucho más prácticas. No sé por qué pensé en acudir a ellos, ni qué hacía allí la maleta, pero ahí estaba. Y una pulsión extraña me hizo abrirla, dejando una vez más de lado mi apremiante asunto a la espera del clic que no llegaba.

En aquellos cuatro cachivaches estaba encerrada mi infancia, y parte de mi vida. Apenas unos trastos viejos que marcaban la frontera entre las dos partes de ella. Unos cuantos libros, una taza de café con la leyenda “Eres un campeón” grabada en letras rojas, un artilugio portátil para reproducir discos, un balón, varios trofeos y medallas de latón, unas viejas zapatillas de deporte, y, en el fondo, un pequeño muñeco de plástico articulado, uno de los primeros clics de la marca Playmobil del que apenas me acordaba.

Sin poderlo evitar, rompí a llorar recordando al niño que fui, a aquel niño que perdió su infancia de un día para otro y que a punto estuvo de perder mucho más cuando apenas acababa de cumplir los doce años.

Todo empezó con aquel dolorcillo extraño tras una fuerte caída en un partido de baloncesto. Por aquel entonces yo creía que sería una estrella, y también parecían creerlo alguno de mis entrenadores. Era feliz.

Mis padres, tras comprobar que el dolorcillo no remitía en varios días, me llevaron al médico. Lo que parecía una lesión sin importancia devino en la tragedia mayor que pudiera imaginar. El diagnóstico era contundente. Cáncer. Un osteocarcinoma, que exigía la amputación inmediata de parte de mi pierna derecha para intentar que no fuera a más. La noticia fue insoportable, pero todavía lo fue más la cara de mi madre al tratar de explicármelo. No dejaba de preguntarme por qué a mí pero, sobre todo, no dejaba de desear despertarme un día y que todo hubiera sido una pesadilla.

Me ingresaron en el hospital, me operaron, me sometieron a largos y dolorosos tratamientos con un cariño al que nunca supe corresponder. Me sentía tan desgraciado que no podía soportar que trataran de consolarme. No quería consuelo, quería mis amigos, mi colegio, mis partidos de baloncesto y mis tardes de parque. Quería mi vida.

Me recuperé, pero nunca recuperé mi vida. Entré en el hospital siendo un niño, y salí de él siendo un viejo prematuro, sin una pierna y sin ninguna ilusión. Cuando, muchos meses más tarde, me dieron el alta, ni siquiera me alegré. Como no me alegré tampoco cuando, tras muchos esfuerzos, curas y pruebas, conseguí adaptarme a la flamante prótesis que habían hecho expresamente para mi en un país lejano que ni siquiera recuerdo.

Sobreviví a la vida centrándome en los estudios y conseguí recuperar el tiempo perdido de lecciones y exámenes. Pero, por más que me insistieron en todas las posibilidades de practicar deporte en mis circunstancias, siempre me negué en redondo.

Y un día, la ilusión que creía perdida llamó con timidez a mi puerta. Había empezado a tomarle cierto gusto a mis estudios de Derecho y, cuando me puse la toga por vez primera, noté un cosquilleo extraño. Por un momento, hubiera jurado que sentí de nuevo mi pierna y todo lo que perdí con ella.

Mi trabajo como abogado, dedicado sobre todo a causas con un componente de justicia social, me llenaba casi por completo. O eso pensaba hasta que me cayó aquella maleta encima.

Fue en ese momento cuando, por fin, oí el clic. Era el ruido que hizo la maleta al abrirla, pero era mucho más. Conseguiría que a aquel niño de doce años le pagaran la prótesis que le había negado la sanidad pública y que no podía costearse. Un niño de doce años que se parecía demasiado al niño que fui.

Cuando, meses más tarde, nos notificaron la sentencia favorable, fui personalmente a casa de su familia con un regalo. Eran mis viejas zapatillas, las últimas que usé y que languidecían en una maleta en el altillo. Junto a ellas, una taza de café con la leyenda “Eres un campeón” y un clic de Playmobil al que faltaba una pierna porque yo se lo arranqué hacía una vida.

Ese mismo día, mi nuevo amigo y yo quedamos para empezar a ir juntos a jugar al baloncesto en silla de ruedas.

Desde entonces, no hemos faltado una sola semana al entrenamiento. Y hoy, mientras esperábamos que empezara el campeonato, me enseñó orgulloso sus zapatillas, que un día fueron mías, mientras yo tomaba un sorbo de café en una taza con la leyenda “Eres un campeón”. Apretado en su mano, un viejo clic sin pierna nos deseaba suerte con un guiño en su cara de plástico.

Poder judicial: puñeta´s house


poder judicial

Como sabe todo el mundo, el teatro es el mundo del disfraz. Actores y actrices se ponen en la piel de quien corresponda, disfraz incluído, y nos hacen creer que son lo que no son. Así que, por supuesto, se pueden disfrazar de jueces –o de lo que toque- pero eso, obviamente, no implica que lo sean, aunque haya quien llegue a creérselo e identifique al interpretado por el intérprete. El  Spencer Tracy de La Costilla de Adán no era juez sino un actor haciendo de juez, y Katharine Hepburn tampoco era abogada, sino una actriz haciendo de tal. Obvio. Aunque a veces nos lían, como cuando en alguna serie o película salía alguien “as himself” o sea, haciendo de sí mismo y desmontaba la teoría con eso que hoy llamamos cameos. Y, para rizar el rizo, hay actores o actrices que en la vida real son lo mismo que su personaje, como la neurobióloga de Big Bang Theory. Aunque, aún así, es una actriz haciendo un personaje que, casualmente, tiene el mismo título universitario y profesión que ella, pero no es ella sino su personaje. Nada es lo que parece.

¿Por qué meto todo este rollo y que tiene que ver con Toguilandia? Pues mantendré un poco la intriga y, si lo consigo, seguirán leyendo. O, al menos, eso espero.

La verdad es que este estreno tiene que ver con algo que leí estos últimos días, aunque ya hacía tiempo que creía necesario aclarar ciertas cosas respecto a jueces –y de paso a fiscales, que lo del arrimar el ascua a mi sardina lo llevo a gala-. Y no es, ni más ni menos, que explicar que no son jueces ni poder judicial todo lo que la gente cree, o se empeña en creer. Vaya, que no es oro todo lo que reluce ni poder judicial todo lo que lleva toga o puñetas.

Resulta que leía en twitter –gracias de nuevo, pajarito azul, por ser inagotable fuente de inspiración- las críticas a la elegida para ocupar el cargo de Magistrada del Tribunal Europeo de Derecho Humanos, y los comentarios irónicos al respecto de un tuitero de pro, @AngryJuez. Y, como advertía el otro día, le dije eso de “a los tacones vas”. Así que lo prometido es deuda.

Eso sí, que nadie se espere otra cosa. No voy a entrar en las razones de fondo de las críticas, sino a usar ese ejemplo para explicar algunas cosas. Decía alguien frases del siguiente tenor: que si no tenían otro representante entre los jueces para designarle a ella, así como a otro que resultó vencido, y que por qué no le habían expulsado de la carrera porque al criticador le parecía que lo merecía.  Pues bien, y empezando por el final, resulta que a esta persona nunca se le habría podido expulsar de la carrera judicial porque nunca perteneció a ella. Porque, aunque haya quien crea otra cosa, los magistrados del TEDDHH no se eligen de entre miembros del poder judicial, aunque también podría ocupar ese cargo un juez, un fiscal, o cualquier jurista de reconocido prestigio. Eso nos lleva a la contestación de la primera pregunta: no es un representante de los jueces, con lo cual, no pude usarse su ejemplo para generalizar sobre una carrera a la que nunca había pertenecido. Así que, señores criticones, protestones, y machacones, critiquen lo que quieran pero infórmense antes.

Tirando de este hilo, vamos al siguiente ejemplo, el del candidato que no resultó elegido, aunque sí había sido Presidente del Tribunal Constitucional en su día. Y a eso vengo a referirme ahora. Tampoco los miembros del Tribunal Constitucional son jueces per se, aunque entre ellos pueda haberlos, ni forman parte del Poder Judicial, aunque vistan toga y puñetas y se llamen Magistrados –y Magistradas, aunque bien poquitas, dicho sea de paso- De hecho, esta humilde toguitaconada, que nunca fue jueza, pudo haberlo sido si la hubieran votado. Aunque, en confianza, menudo marrón me quitaron de encima, viendo lo que veo en las noticias desde mi sofá. Pero, aparte de este pequeño toque de umbralismo por el que pido disculpas, eso explica todo lo que se dijo en su día acerca de su afiliación a un partido político. Los jueces –tampoco los fiscales- tenemos prohibido afiliarnos a partidos políticos. Este hombre lo estaba porque no era juez. Claro y contundente. Otra cosa es lo que se opine de ello, pero eso lo dejo para quienes me lean, usando mi privilegio de voz en off en esta función.

Quizá el lío venga porque, pese a lo que creen o quieren creer muchos, el Tribunal Constitucional no es una tercera instancia ni sus miembros forman parte del poder judicial. Las sentencias son firmes cuando no se han recurrido o se resuelto el recurso por el órgano superior del que dictó la sentencia –la Audiencia Provincial, el Tribunal Superior de Justicia o el Tribunal Supremo, según el caso-. Así que, tachen de su vocabulario eso de que la sentencia no es firme porque está pendiente un recurso ante el Constitucional o el TEDDHH porque no es así. Estos resuelven sobre supuestas vulneraciones de la Constitución o de los Derechos Humanos pero no son la tercera ni la cuarta oportunidad. Aunque en la práctica alguna vez puedan serlo si anulan la resolución porque se han vulnerado tales o cuales derechos. Y, otro dato importante, se necesitan determinados requisitos para que algo se pueda impunar ante ellos, que van mucho más allá de que la sentencia no nos guste, no nos parezca bien o no estemos de acuerdo con su contenido.

Pero como me he venido arriba, me voy a meter en otro jardín. O en dos, que no se diga. El Consejo General del Poder Judicial es el órgano de gobierno de la judicatura, pero no ejercen jurisdicción, ni tampoco son todos ellos jueces de carrera –aunque una parte de su composición sí lo son necesariamente-. Como dice la propia Constitución, el ejercicio de la potestad jurisdiccional se ejerce juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado, ni más ni menos. Que esa parte que sí proviene de la carrera judicial se elija solo por los jueces, como se hizo en un primer momento, o a través del Parlamento, como se hace ahora, es otro debate que da para varios post y al que, de momento, no voy a entrar. Aunque lo que está claro es que el sistema necesita una buena capa de chapa y pintura, sea el de los muchachos de Grease o el de Cars, aunque me temo que lo nuestro es más de Manolo y Benito en Manos a la obra.

Y, como no podía ser de otro modo, no pondré el The End de esta función de hoy sin aclarar otra cosa. El Fiscal General del Estado no es fiscal de carrera. No es requisito serlo, aunque algunos si lo han sido –los últimos FGE que eran fiscales, curiosamente o no, ni siquiera acabaron sus mandatos-. Y en cuanto al sistema de elección, también aquí vendría bien un gotelé legal. Y puesta a aclarar, aclararé que el Consejo Fiscal, sin embargo, sí está compuesto por fiscales y, salvo los miembros que lo son por su cargo –consejeros natos- los vocales electos sí se eligen únicamente entre fiscales y por fiscales. Que cada cual saque sus conclusiones.

Quizás alguien se preguntará qué hace esta fiscalita pisando los charcos de la carrera hermana. Y me explicaré. Como ocurre en todas las familias, los hermanos se pelean entre ellos, pero, cuando toca, salen a defender al hermano o la hermana cuando alguien le toca las narices. Y ahí está la cosa. Me fastidiaron las críticas a la carrera judicial por lo que haga o deje de hacer alguien que no pertenezca a ella. Que cada palo aguante su vela, oiga.

Así que sin más, hoy, por una vez y sin que sirva de precedente, mi aplauso va para los jueces  y juezas con los que trabajamos cada día. Aunque no os hagáis ilusiones, que no siempre voy a echaros flores. Que somos la carrera hermana y, como reza el dicho, Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos.

 

Corporativismo: juntos pero no revueltos


Puñetas-jueces

En todas las profesiones existe el corporativismo, esa hermanastra mala de la necesaria unión y fraternidad entre los miembros de un determinado colectivo. Y aunque el mundo del espectáculo tampoco se libra de él, también es cierto que la competencia feroz que existe en las tablas pueden llegar a diluirlo. El todos para uno de Los Tres Mosqueteros no siempre es tan para todos y más para uno, aunque llegado el momento, y alfombra roja mediante, sí que respiran unidos a la hora de hacer ciertas reivindicaciones como ocurrió contra el IVA cultural, contra la Guerra de Iraq o, recientemente, con el movimiento #MeToo y sus secuelas.

A quienes habitamos Toguilandia se nos suele acusar de corporativismo. Pero no tanto referido a toda la fauna –dicho sea con el mayor de los respetos- jurista de togados y togadas, sino más bien dentro de cada especie, y hasta subespecie. Como si fuéramos más de Las chicas con las chicas y los chicos con los chicos que del Todos a una Fuenteovejuna. Ya dedicamos sendos estrenos a la deseable unión y a los conflictos que la empañan. Los jueces defienden a jueces, fiscales a fiscales, lajs a lajs, procuradores a procuradores y abogados a abogados –y a procuradoras y abogadas, claro está-. Y así hasta el infinito y más allá en nuestra Toguilandia Story. Pero no siempre es así. Además de que no todo lo que se tilda de corporativismo lo es, que no es oro todo lo que reluce.

En primer lugar, hay que aclarar que muchas cosas que se tachan de corporativas no lo son. El hecho de que un juez o una jueza defiendan las resoluciones de otro colega, no tiene por qué ser corporativo. Puede deberse, simplemente, a que piense que tiene razón o incluso a que le parezcan buenos su argumentos auqnue no los comparta. Y no hay que tener siempre la escopeta preparada para soltar el gatillo de la sospecha.

Y si hablamos de fiscales, todavía es peor. No solo somos corporativos sino que obedecemos órdenes del Gobierno. La cantinela que nos tiene hasta las narices Y aunque de todo hay en la viña del señor, tal vez sería el momento de recordar a quien corresponda que no se puede ver todo con las gafas políticas puestas. Se puede pedir la libertad o la prisión de alguien, acusar o pedir el sobreeseimiento, sin saber siquiera a qué partido pertenece. Se lo juro, y sin cruzar los dedos ni de los pies, que los tacones no me dejan.

Y tengo para todos. También hay cierta costumbre de apiñarse en sectores, y pensar que el de enfrente está equivocado, incluso que es injusto, por la única razón de que quien defiende la tesis opuesta es un colega, aunque ni siquiera lo conozcamos. Se ve en la vida, en las salas de vista y las guardias, y también en las redes sociales que, además, cuentan con un aliado estupendo, el cuñadismo on line. La de juicios e interpretaciones que se hacen de informes y sentencias que ni siquiera se han leído. O la de juicios de valor o críticas de lo que debió poner un fiscal, por ejemplo, en su escrito de calificación, cuando esté tiene un contenido tasado del que no puede salirse.

Muy cerca y muy lejos del corporativismo está su primo bueno, el compañerismo. Este no es otra cosa que la buena voluntad de ayudar al compañero o compañera, que a veces se traduce en hacerle los juicios o la guardia, otras en pasarle jurisprudencia y otras, en tratar de explicar un fallo o una omisión que, muchas veces, no es tal. Y eso no solo está muy bien, sino que es una práctica sana y recomendable. Si hubiera un gimnasio del compañerismo, la vigorexia sería estupenda.

Pero como nada es blanco ni es negro, hay zonas grises que también existen. Una de ellas es el respeto, que se podría traducir en que, aunque se vea que un colega la ha pifiado, no entrar al trapo ni hacer leña del árbol caído, o tratar de suavizar sus consecuencias.

Otras de las zonas grises vendría dada por la propia ley. No podemos olvidar que nuestras leyes, normas deontológicas y estatutos profesionales nos impiden hablar de ciertas cosas aunque nos puedan las ganas. El secreto de sumario, sin ir más lejos, o la necesaria reserva de las actuaciones mientras están subiudice y fuera de las cuestiones sobre las que sí se nos permite informar. Y hasta opinar, oiga, que no somos de piedra ni de plástico, ni tampoco el sacerdote de Yo confieso.

El corporativismo puro existe cuando se justifica lo injustificable, cuando se reclaman o se muestran adhesiones ciegas por la sola razón de que Fulanito o Zutanita es de nuestra estirpe, dicho sea en término togados. Y eso sí que no. Más vale callar que meter la pata.

Por eso hoy envío un aviso a navegantes. Antes de afirmar alegremente que tal o cual cosa se hace por corporativismo, pensémoslo un poco. Igual leyendo y tratando de ponernos en la piel del otro nos llevamos más de una sorpresa. Y, si no, tiempo habrá de dar leña al mono, que es de goma. Pero que sea de goma de verdad, no vaya a resultar un trampantojo.

Asi que hoy el aplauso no podría ser otro que para el compañerismo y la lealtad bien entendida. Esa virtud que se practica mucho más de lo que parece. Por fortuna

Agridulzura: las dos caras del triunfo


pensativo

El mundo del espectáculo vive entre el yin y el yan. O entre la cara y la cruz de la moneda. Todo son parabienes cuando la obra es un éxito, alfombra roja, premios y  parafernalia en marcha. Y todo se vuelve llanto y rechinar de dientes cuando las expectativas se estrellan en un estrepitoso fracaso.  Ya se sabe, Más dura será la caída. Que del fracaso al éxito nada más hay un paso por más que se sea El gran showman, y de éste al olvido, ni eso, que siempre puede llegar El crepúsculo de los dioses. Y quien ayer era era héroe hoy puede convertirse en villano. Si no, que se lo digan a Woody Allen estos últimos días.

Nuestro teatro también tiene su cara B. Y aunque a veces tendemos a reducir los términos al blanco y negro del éxito o del fracaso, hay matices grises que no siempre se tienen en cuenta. Y muchas veces también, son precisamente esos matices los que nos dificultan conciliar el sueño y los que se nos quedan pegados a la piel y a las entrañas para siempre.

He de reconocer que la idea de este estreno me llegó, musas mediante, al hilo de un tuit de un compañero, @nandogerman, que respondía a la felicitación por haber logrado una contundente condena en un delito execrable. Como no encuentro mejores palabras que las suyas, las transcribo textualmente: “la satisfacción por el trabajo bien hecho no evita la profunda tristeza por la desgracia de ese niño. En el informe me costó seguir un par de veces tratando de transmitírselo al jurado”. Chapeau, querido compi. No se puede decir mejor. Y tal vez sobre el resto de este post porque esas tres líneas ya lo dicen todo. Pero me arriesgaré a escribirlo porque creo que la cuestión bien merece ser tratada. Con tu permiso, claro, que ya te dije eso de «a los tacones vas». Aviso a navegantes.

Quienes habitamos Toguilandia estamos acostumbrados a este trabajo donde, más que en muchos otros, vemos desnudarse almas cada día. Y vemos también las grandezas y las miserias del ser humano. Pero como el papel es muy sufrido, y hay que seguir adelante sin dejarnos llevar por nuestros sentimientos, a veces caemos en la inercia del reduccionismo al mero asunto jurídico. Me dan la razón o me la quitan, consigo una condena ejemplar o una absolución frustrante, me estiman en el recurso o me lo rechazan, me confirman el sobreseimiento o me abren el juicio oral.

Y no solo hablo de fiscales. A buen seguro jueces y juezas sienten esa misma sensación si les revocan aquello que tanto les costó o por el contrario se lo confirman. Y otro tanto en quienes ejercen la abogacía, con esa esquizofrenia de ser ora el defensor del acusado, ora el representante de la víctima, cuando logran una resolución conforme con los intereses de su cliente.

Pero no todo es blanco o es negro. Y, como comentaba mi compañero, se queda ahí la sensación de que, a pesar de haberse hecho justicia, la verdadera justicia hubiera sido que ese hecho terrible nunca hubiera tenido lugar. La familia del niño asesinado podrá estar satisfecha, pero jamás volverá a ser feliz. Lamentablemente, en muchos casos, podemos paliar los efectos, pero no devolver las cosas al estado que tenían antes de la tragedia. Y la alegría del triunfo y la satisfacción del deber cumplido se diluyen rápidamente.

Tras veinticinco años con mi toga y mis tacones, he tenido muchas veces esa sensación. Y la sigo teniendo, por supuesto. Si dejara de tenerla, creo que sería el momento de colgar la toga y dirigir mis taconados pasos  hacia otra dirección. Por eso, recordaré algunas de las historias que más me han impresionado, historias de las que la prensa se hizo eco en su día pero que casi todo el mundo ha olvidado, a excepción, por descontado, de aquellos a quienes esas historias les partieron la vida en dos.

Uno de ellos fue el asesinato de una chica joven por otra en el aparcamiento de una discoteca. La sensación de una vida joven y llena de futuro truncada nos partía el alma a profesionales y miembros del jurado. Se notaba en las caras. Y la de otra vida joven, la de la autora -y su entorno-, también destrozada. El juicio fue largo y doloroso, y quienes intervinimos acabamos agotados. Recuerdo la angustia en las horas –días- en que estábamos esperando el veredicto del jurado, una sensación que solo puede comprender quien la ha vivido, porque va mucho más allá que lo que se llama “gajes del oficio”. Y el subidón de escuchar ese veredicto tajante de culpabilidad. Una victoria en toda regla que, una vez la adrenalina baja al quitarse una la toga, se convierte en una sensación agridulce. Nadie devolverá la vida a aquella joven, ni volverán a verla su familia ni sus amigos. Y esa sensación barre buena parte de la alegría con que recibimos la noticia de la condena.

Otro de estos casos fue el asesinato de una mujer cometido por medio de muchas puñaladas por su pareja. Pocas cosas más incomprensibles para el ser humano que el hecho de que alguien cometa semejante atrocidad en nombre de un sentimiento llamado “amor” que nada tiene de eso. Le condenaron, sí. Incluso con la agravante de ensañamiento que tan difícil resulta de apreciar. Y sé, porque alguien me lo dijo, que mi informe supo trasladar la angustia que sufría esa mujer mientras estaba siendo asesinada. He de reconocer que me alegró saberlo. Pero también he de reconocer que esa angustia se me quedó enganchada en el alma y ahí sigue. Como me dice una buena amiga, no soy de plástico, aunque a veces pueda parecerlo.

Y, como no hay dos sin tres, y ya que he abierto la caja de los truenos, contaré otra historia en sentido inverso. Una mujer que, presuntamente, había asesinado a su pareja. La prueba era complicada y se complicó aún más durante el juicio. Así que, por más que intenté darlo todo en la vista, acabó siendo absuelta tras una costosa deliberación del jurado. Ha sido mi única absolución en un juicio de jurado pero juro que todavía me pregunto si es que yo hice algo mal o si de verdad se hizo justicia. El veredicto y la sentencia fueron impecables, pero ahí me quedará para siempre la duda. No somos de plástico, sin duda.

Recuerdo también a un compañero que lloró tras un juicio terrible y mediático. Toda la prensa se hizo eco de ello. Hubo quien, incluso, le cuestionaba por mostrarse vulnerable. Pero a mí jamás me pareció tan grande nuestra profesión que en aquellas lágrimas que supo contener hasta el final. Las togas también lloran.

Podría citar más ejemplos. Y seguro que quienes me lean añadirían otros. Y no solo en asuntos tan graves y sangrientos. Esa misma sensación agridulce nos invade cuando se logra que devuelvan a alguien el dinero estafado, o se le reconoce su derecho a cualquier otra cosa. O cuando se consigue castigar al corrupto. Pero ahí queda lo sufrido por el camino. Eso ya no se lo quita nadie.

Así que hoy el aplauso va a ir para quienes saben ser profesionales y humanos al mismo tiempo, para esas lágrimas contenidas y ese dolor que, a veces, nos acompaña en sueños. Y un agradecimiento especial a los dos compañeros a los que me he referido por recordarme por qué estamos aquí. Mil gracias.

Plasma: real vs virtual


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Ya lo hemos dicho otras veces. Si las tecnologías –me niego a llamarlas nuevas- han alterado el mundo en poco tiempo, es algo que se hace especialmente visible en el mundo del espectáculo. Es imposible pensar siquiera en una película que no cuente con adelantos que hace solo diez años ni se nos hubieran pasado por la imaginación. Vemos los móviles o los ordenadores que sacan en películas no demasiado antiguas y nos entra la risa, recordando sus tapaderitas, sus antenitas y su aspecto, tal como entonces nos reíamos de zapatófono del Superagente 86, o las cámaras ocultas de cualquier entrega antigua de James Bond o similares. No hace tanto, ni imaginábamos que algún día veríamos a la gente hablarnos tan ricamente al otro lado de una pantalla, y poder responder igual de ricamente.

Por eso, en estos días en que el plasma está tan a la orden del día que un presidente de Gobierno lo usa para hacer una rueda de prensa que no es tal, y que un político pretende ser presidente por vía telemática –que no telepática-, hay que plantearse por enésima vez si en nuestro teatro estamos preparados para la vida moderna. Y, aunque como otras veces, diré que no me contesten ahora sino después de leer el post, seguro que ya conocen la respuesta.

Ya dedicamos otro estreno a la videoconferencia  y sus múltiples avatares, incidencias y anécdotas, que seguimos viviendo cada día y dan para tantos estrenos como quisiéramos hacer. Sigo viendo, en las salas donde hay posibilidad de conectar por ella, cómo se mueven como robots al estilo C3PO al otro lado de la pantallita o como se empieza siempre por un “¿se me oye?” y se le oye, sí, pero como si fuera una voz de ultratumba que llega un minuto después que la imagen.  He hecho videoconferencias que tienen mucho de conferencia y poco de vídeo porque no llegaba la imagen, y otras donde hemos tenido que apañarnos cual Mac Gyver, poniendo un teléfono móvil en un micrófono para que hablaran por él mientras las imágenes discurrían por la pantalla tan mudas como en las películas de Charlot. Así que, a veces, acabo por no saber si estoy en la época de Tiempos Modernos o en la de La guerra de las galaxias.

Pero no daré más la tabarra con los defectos de los aparatejos que, incluso, cuando mejor funcionan, restan frescura a los testimonios y seguridad a los reconocimientos en rueda, por poner un ejemplo. Y trataré de ir un poquito más allá. Eso sí, intentando que sea plasma, y no ser plasta. Que a veces una letra cambia mucho las cosas.

¿Estamos preparados para todo esto? ¿Fallan los medios o es más bien el sistema lo que falla?. Pues, lamentándolo mucho, tendré que decir que fallan ambas cosas. Los medios no son buenos, cuando existen, pero no es solo eso. Se trata, una vez más, de que estamos anclados en un proceso pensado para dos siglos atrás, cuando todo giraba en torno a lo que sucedía en la sala de vistas y no había más. Y no solo hablo del proceso penal, cuya ley reguladora es del siglo XIX, sino de cualquier otra, aunque sea mucho más reciente. El esquema, más o menos tuneado y customizado, sigue siendo el mismo. Por eso siempre hay que acabar presentando las cosas en papel, y haciendo el informe en sala.

No voy a cuestionar la importancia de los informes y las alegaciones orales. Sería tonta, además, porque a mí me gusta hablar hasta debajo del agua. Pero tal vez habría que darle una vuelta a todo esto. O dos. Y ahora que estamos en confianza, que levante la mano quien no haya pensado alguna vez que está haciendo un informe que no vale para nada, porque está todo el bacalao vendido con las pruebas que hay. Confieso que he oído a algún juez a quien se le ha escapado, antes de celebrar un juicio, un “que pase el condenado”, y a algún otro que tenía las sentencias de faltas redactadas antes de celebrar el juicio. Y, sin perjuicio de que seguro que cambiaban lo que tenían decidido si el juicio no discurría según lo previsto, esto da la idea de la cantidad de trámites y formalismos que podrían evitarse.

No estaría mal que alguien hiciera una lista de las vistas absurdas que se celebran solo porque así obliga la ley. Y pondré algunos ejemplos, arriesgando a que alguien se lleve las manos a la cabeza. En la instrucción del procedimiento ante el Tribunal del Jurado –no me refiero al juicio- hay un montón de comparecencias presenciales que podrían ahorrarse y hacerse de otro modo. Y cuando se señala vista para algunos recursos, resulta poco más que absurdo ver como las partes repetimos oralmente lo que ya expresamos por escrito. Y hay procesos en que lo que se debate es una mera cuestión de Derecho donde la vista es prescindible. Siempre lo pienso cuando hago una vista civil por gastos extraordinarios, y estamos un buen rato alegando jurisprudencia según la cual los libros del colegio, la ortodoncia o la excursión a las Cuevas de San José o al Museo del chocolate o los adornos del traje de lagarterana son una cosa u otra. Y se pierde un tiempo y unos medios no solo preciosos sino preciados vista la situación. Añadiendo, además, que en ocasiones hay que recorrerse un montón de kilómetros para esas vistas.

Si se priorizara y se mirara esto, quedarían más tiempo y más ganas, sin la acumulación de señalamientos  que seguimos sufriendo, para aquellos procesos donde el informe es realmente importante. Empezando, sin duda, por el juicio de Jurado, donde el informe oral puede realmente determinar la absolución o la condena. Pero no solo eso. He visto juicios en los que su desarrollo me ha hecho cambiar varias veces la idea con la que llegué. Y a estos hay que dedicar las vistas.

Pero ahí seguimos. Anclados en un proceso que se pensó para otra realidad, y al que la realidad actual y el estado de la tecnología viene grande. Y me temo que nos queda por sufrirlo, tal conforme está el patio.

Así que ahora ya pueden contestar si estamos preparados. Yo, mientras, daré el aplauso de hoy a quienes siguen al pie del cañón, en persona, por videoconferencia y hasta por telepatía, caiga quien caiga. Como siempre

Apariencias: ¿engañan?


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Hay un dicho popular según el cual “las apariencias engañan”. Y la verdad es que nada más aplicable al mundo del espectáculo, donde la labor de los actores consiste, esencialmente, en ponerse en la piel de otras personas para hacernos creer que son quienes no son. Cuando lo consiguen, crean la ilusión de que a quien se está viendo en el escenario o en la pantalla es al personaje y no al actor o actriz. Tanto es así, que, a veces, la gente llega a identificarlos con el personaje, y a portarse en consonancia. Recuerdo que el actor que interpretaba a Falconetti –el malo malísimo de una serie de mi infancia llamada Hombre rico, hombre pobre– contaba en una entrevista que en una época no podía salir a la calle sin que alguien le increpara y le insultara. Y siempre ha habido actores, como Charles Chaplin, perpetuamente parapetados tras su personaje, el de Charlot. Y otras que no se pueden quitar el estigma de algún personaje que interpretaron y caló, como los niños de Verano azul o la niña de ET el extraterrestre, que seguirán con esa etiqueta por más cosas que hagan y más años que pasen.

En nuestro teatro la apariencia es -¿o parece ser?- importante. La imagen que tiene la gente de quienes lo integramos es seria, adusta y aburrida. Con un vestuario  estereotipado –aunque cada día menos-, tanto dentro como fuera del escenario. Y, aunque es claro que nuestra toga  y nuestras puñetas son el uniforme con el que se nos identifica y el que usamos en los juicios o actos oficiales, no es oro todo lo que reluce ni siempre tenemos la apariencia que la gente piensa que tenemos.

Leía el otro día una magnífica entrevista con un juez –del que, por cierto, todo el mundo habla maravillas- que vive y gasta una estética heavy (@orden_andres). De sí mismo decía que “era heavy, pero no era un juez heavy”, una definición magistral. Y acompañaba el reportaje una imagen con melena y anillos de calaveras. Chapeau. Hay que tener mucha personalidad para mantenerse fiel a sí mismo y no entrar –si no se quiere- en el estereotipo de vestir traje oscuro, camisa y corbata. O vestirnos, como decía una compañera al principio de nuestros días toguitaonados, de revisor de tren.

Al hilo de esto, contaba el magistrado que cuando se examinó pasó por el aro de cortarse la melena, adecuar su vestuario y gastar litros de gomina. Menos mal que no le pasó como a Sansón porque le sirvió y aprobó. Y esto me trajo algunos otros recuerdos a la cabeza.

Cuando nos examinamos, parece que como fumus bonis iuris –apariencia de buen derecho, como se exige en las medidas cautelares – tenemos que tener un determinado aspecto. Y que conste que esta comparación no es mía, si no cedida por @JA_RamirezAbreu, al césar lo que es del césar. Y por eso los propios preparadores nos instan a tener el aspecto más estereotipado posible para lo que se espera. En mi caso, recuerdo que me encantaba llevar unas uñas larguísimas de color rojo sangre y, si es posible, con dibujitos. Y, por supuesto, mi preparador me recomendó muy encarecidamente que me las cortara y presentara un aspecto modosito. Además, como gesticulo con las manos como un helicóptero en pleno vuelo, les iba a acabar mareando. Le hice caso, con similar resultado al juez heavy. Y, como él, volví a mis costumbres inmediatamente que me embutí en mi propia toga. Ahora informo con las uñas de colores, con anillos gigantescos y haciendo aspavientos como si no hubiera un mañana. Y tan ricamente.

También recuerdo a otro de mis compañeros, que creo que era rocker –perdóneseme mi ignorancia en tribus urbanas- pero que llevaba un tupé impresionante. Por supuesto, él también pasó por el aro de la tijera y la gomina. Y no sé si en algún momento recuperaría su estética primigenia, pero lo bien cierto es que después de varios años lo he visto pasearse con traje de chaqueta y pajarita por los pasillos de Toguilandia.

Y no soy la única. Me comenta en twitter –gracias tuiteros por vuestras ideas- @Kinotofukasuka que su predecesora en el cántico de temas llevaba el pelo como Morticia Adams de largo pero con unas raíces a la altura de las orejas, gafas con celo, ropa grande…un número (sic) Falta por saber si la muchacha llegó a atravesar la línea que distingue a los beati (así llamaba mi profesor de Derecho Romano a quienes aprobaban) de los que no lo son.

La cosa llega hasta límites curiosos. Muchos de los chicos tenían un solo traje de chaqueta, comprado por sus mamás a los solos efectos de dar buena imagen al tribunal. Como no estaban las cosas para dispendios, el traje era el único hiciera el tiempo que hiciera. Y recuerdo ver sudar la gota gorda a más de uno examinándose en el mes de julio en plena ola de calor con un blazier de lana azul marino -con sus inevitables botones dorados-  a punto de que le diera un parraque. En su caso, no perdió la estética formalita, y continua vistiendo trajes de chaqueta aunque adecuados a la temperatura y mucho menos uniformados.

También hay quien se planta. Sé de buena tinta de un opositor –hoy LAJ- que, pese a mis recomendaciones, dijo “yo nunca uso corbata y no me voy a poner”. Y cumplió. Y aprobó además. Y sigue cumpliendo su consigna.

Así que, como decía, no es oro todo lo que reluce ni el hábito hace al monje. Hemos de vestir con dignidad, pero no es necesario cambiar la personalidad de cada cual para ser un buen juez, fiscal o lo que se presente. ¿Cuáles son los límites? Que cada cual decida.

Por todo esto y por mucho más –como dice la canción- mi aplauso va hoy para quienes practican la fidelidad en sí mismos, sean jueces, fiscales o torneros fresadores. Porque quien es fiel a sí mismo difícilmente sea infiel a la profesión que ha elegido. Mientras tanto, yo seguiré también fiel a mi toga, mis tacones, mis uñas brillantes y mis inseparables gafas de sol a modo de diadema. Porque yo lo valgo.

Im(precisión): ¿hilando fino?


hilando

En el mundo del arte existe algo que se conoce como “licencias poéticas” –aunque no se trate de poesía- para justificar algún desacuerdo o falta de fidelidad con la realidad con tal de que la obra resulte atractiva. No está mal, cuando viene al caso, aligerar un rollo filosófico, histórico o jurídico que podría aburrir al espectador, aunque pueda resultar superficial para quien si está versado en tal o cual tema. Pero no hay que pasarse de rosca, o la cosa pierde credibilidad y hasta su atractivo. No se puede pasar por alto el reloj de muñeca del que tantas veces se hablado en uno de los remeros de Ben Hur aunque yo nunca lo ví –y creo que es una leyenda urbana-. Ni tampoco, relacionando nuestros dos mundos, reproducir juicios en los que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, como vimos en el estreno dedicado a las series de televisión.

Y, como quiera que nuestro teatro está cada día más en el candelero –o en  el candelabro, como acuñó la famosuela de turno- y somos pasto de titulares , opiniones, o ríos de tinta o de plasma, muchas veces encontramos cosas que a quienes transitamos por Toguilandia nos dejan de pasta de boniato. ¿Tendrían que hacérselo mirar o hilamos demasiado fino?. No me contesten ahora, háganlo después del post.

Aunque los ejemplos son muchos, he recogido unos cuantos de la vida diaria, de esos que vemos en prensa o tele o de los que me he encontrado en el trabajo.

Hay algo que trae a mal traer a quien escribe de tribunales. Se trata de la diferencia entre procesado, investigado, imputado, sospechoso o culpable, con su «presunto» delante si toca.  Y es que aunque gusta mucho escribir eso de “se ha decretado el procesamiento de Fulanito por tal cosa”, la realidad es que en la inmensa mayoría de los casos no es correcto, porque procesados solo lo son quienes han cometido, presuntamente, un delito al que la ley atribuye pena de prisión superior a nueve años o de otra naturaleza de duración aun mayor. Pero claro, suena mucho mejor decir esto que explicar que “se ha dictado auto de incoación de procedimiento abreviado”, porque la versión B), el llamado «auto de imputación», tampoco existe en la ley, por más que en algún asunto mediático o complejo se haya dictado. Y ni que decir tiene que, tras el cambio de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que sustituyó el término “imputado” por el de “investigado” suena todavía peor. A ver cómo explicamos que, tras la instrucción, se ha dictado auto de investigación. Porque cualquiera preguntaría ¿Y que han estado haciendo hasta ahora, si no era investigar?, o ¿cómo han investigado para declarar investigado a alguien?. Y con razón. Yo también me lo pregunto, y se lo sigo preguntando al legislador que tuvo la feliz idea.

Pero las perlas salen de las ostras mediáticas por doquier. Así oí en estos días, oí algo que me dejó estupefacta: “el imputado se acogió a su derecho a no testificar”. No hay que ser un lince para deducir que quien testifica es el testigo, y si es imputado, obviamente, no puede serlo. Y que, para acabarlo de rematar, ni se llama ya “imputado” ni el derecho a no testificar existe. Lo que existe es el derecho a no declarar contra sí mismo y a no declararse culpable para quienes comparecen en calidad de detenidos, investigados o procesados, según el caso.

Ahí no queda la cosa. Otro compañero me apuntaba que ese mismo día había escuchado esto: “el asesino confeso no declaró” ¿Mande? Me pregunto cómo podía ser confeso –salvo que se hable en términos religiosos- si no abrió la boca, si adivinaron por telepatia o por un medio desconocido. La explicación también es sencilla: pudo declarar en comisaría y confesar, y luego no hacerlo en el juzgado. Pero no deja de resultar chocante la frasecita.

Y, hablando de investigados y sus declaraciones, también recogí otra que me gustó mucho: «el  acusado mantuvo que fue homicidio y no asesinato». Mire usted, salvo que el acusado Zutanito fuera letrado e hiciera un alegato como tal, no veo yo al presunto analizando las circunstancias que transforman el homicidio en asesinato. Pudo decir que no le pilló de sorpresa, que no se ensañó o que no cobró precio, pero hasta ahí. Y aun me parece mucho. Pero igual era muy listo listisímo, o se había ilustrado en la twiteroteca, que nunca se sabe.

También hace nada oia otra frase lapidaria: “la detenida quedó en libertad sin cargos pero conserva la calidad de investigada”. Vamos a ver. Aparte de que la libertad con cargos o sin ellos no existe como tal en nuestras leyes, si lo entendemos en el sentido de que no se tiene nada contra esa persona, obviamente, no podría seguir como investigada. Salvo que se cometiese una prevaricación y se presumiese, además de ella. Lo correcto sería que quedó en libertad provisional pero en calidad de investigada.

Y hablando de libertad provisional y su contraria, la prisión provisional o preventiva, ahí va otra perla. “El Tribunal Supremo ha decidido que la prisión preventiva no es revisable”. Me lo expliquen. Lo que ha decidido es revisar la decisión de otro órgano –porque es, precisamente, revisable- y no cambiar el criterio. O sea, que la ha revisado, ergo no se puede decir que no sea revisable. Más bien se trata de tiempos verbales: ha revisado y ha decidido mantenerla. Y punto pelota.

Y cómo no, al hilo del tan traído y llevado artículo 155 de la Constitución, otra maravilla. Decían que, desde que entró en vigor el pasado año el artículo 155 la situación en Cataluña era así o asá. ¿Entrada en vigor? ¿Qué me he perdido? Si este artíículo, como la Constitución enterita, entró en vigor en 1978, nada menos. Lo que ocurrió ahora es que se aplicó. Y se aplicó, precisamente, porque estaba en vigor.

Pero no se vayan todavia, que aún hay más. Calentita me traigo otra joya de hoy mismo. Parece ser que, según el informativo, cierto señor fugado trataba de “pactar su vuelta a España con el juez”. Que ya es, no sé si por parte del señor o de quien lo cuenta. Pero lo mejor viene ahora: “el juez ni siquiera quiso atenderle y le derivó a su secretaria”. ¿Cooomorrrrr?. ¿Cuántas veces habremos dicho que los jueces no tienen secretaria? –ni secretario-. O era una Letrada de la Administración de Justicia –antigua secretaria judicial, que no secretaria del juez- y ni se han enterado del cambio de nombre ni de que se trataba precisamente de evitar eso , o era una funcionaria. O bien, sres de los informativos, confiesan inmediatamente dónde hay que ir para pedirse un secretario o secretaria particular, que yo también quiero.

Así que, llegado el momento, dejo al público la decisión de si hilamos fino cuando nos quejamos. Si somos como la Bella Durmiente con su huso y su rueca, o llevamos algo de razón. Y, por supuesto, decida el respetable el aplauso merecido. O no. Pero no nos manden a hilar puñetas, que ya tenemos.

Y por cierto, seguiremos hilando en más estrenos, que éste se quedó corto.

Omisión: lo que hace no hacer


ignorar

El mundo del espectáculo se caracteriza por un hacer constante. Se hacen películas, obras de teatro, se montan ballets o se organizan conciertos o exposiciones. De poco sirve el talento si no se exhibe al público. Y allá quedarán, escondidas en un rincón, tantas obras anónimas que no vieron la luz, como nunca la habría visto Harry Potter y todas sus secuelas si la hija de uno de los lectores de una editorial no hubiera descubierto el manuscrito en el maletín de su padre.  Lo que nunca nos dijimos se queda para siempre sin decir. Y, a veces, se puede hacer mucho no haciendo.

La omisión tiene un papel muy importante en las funciones que se desarrollan en nuestro teatro. Además de ser un tema infumable de la oposición –al menos así lo recuerdo de mis tiempos de opositora-, tanto en su modo directo como indirecto puede dar lugar a varios delitos. Lo que se llama delitos de omisión pura, como la omisión del deber de socorro o la omisión del deber de denunciar delitos; o de comisión por omisión, como ocurre cuando se imputa a unos padres por homicidio por no haber alimentado a su hijo. Y, aunque estos son los ejemplos típicos, hay otros más sutiles, como sería hacer la vista gorda ante cualquier desmán que se estuviera cometiendo ante nuestras narices. Como dice el refranero, tan culpable es el que hace como el que consiente.

Y, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Que los olvidos también tienen en el Derecho Civil sus consecuencias, como ocurre cuando no se menciona a un heredero forzoso en un testamento. Lo que se llama preterición intencional o errónea, que no desheredación. Que aquí para desheredar a alguien hay que hacer las cosas como toca y con unos motivos concretos, que van mucho más allá de los caprichos de cualquier Angela Channing para decidir quién iba a heredar los viñedos de Falcon Crest.

Pero no todas las cosas son tan evidentes. Ni todas las omisiones se ven tan claras, ni es fácil distinguirlas de los meros despistes. Si alguien no te da los buenos días o no te felicita las Navidades, por ejemplo, no siempre quiere decir que te desee un mal día o que quiera que pases las peores navidades del mundo. Pero si se lo desea a todas las personas con las que se cruza y no a tí, ahí ya se puede empezarse una a mosquear. Y ojo, no hace falta un good morning a ritmo de claqué como el de Cantando bajo la lluvia –aunque no estaría nada mal, desde luego-, basta con un saludito amable. Y mutatis mutandi, como nos gusta decir cuando usamos latinajos , esto vale para todo. Y para todos.

Sin duda, la versión light de la omisión es el ninguneo. Cuando se ningunea a alguien puede causar simplemente disgusto o estupor, como al chico del anuncio del aire acondicionado, o puede causar algo más grave. Incluso en casos extremos podría llegar a ser un bulliyng en el ámbito escolar o laboral por prescindir siempre y deliberadamente de determinada persona. Y hasta un caso de discriminación clarísima. Pero eso ya son palabras mayores.

¿Pero qué pasa con otras clases de omisión o ninguneo? Algunas de las que vemos y padecemos a diario.  Pues lo malo es que no pasa nada, aunque debería de pasar, y mucho. Y no quiero con esto hacer un juego de palabras, que ya se sabe que con las cosas de comer no se juega.

En nuestro teatro estamos más que acostumbrados a que  nos olviden.. Se olvidan de la Justicia en los presupuestos, se olvidan a la hora de hacer campañas electorales y hasta se olvidan los encuestados del barómetro del CIS -que no conozco a ninguno, pero deben existir-. Y claro, también se les olvida dotarnos de medios o crear plazas. Y al final, resultamos ser el hijo que no se menciona en el testamento porque el terrateniente cacique quería darle todo a su hijo preferido. Será por eso que la Justicia es la hermanita pobre y Hacienda el heredero rico y bien alimentado.

Pero, como pasa siempre, luego llega el tío Paco con las rebajas y todo el mundo acaba en uno u otro momento en los tribunales. Y ahí es donde llega el llanto y el rechinar de dientes. Que si tardamos mucho, que si nos falta especialización, que si se hace mal esto o aquello. Y es que yo, cuando oigo esto, siempre me acuerdo de la canción. Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité…

Habrá que buscar una solución para Toguilandia. Podríamos ponernos las togas de colores fosforescentes para resultar más visibles, o dar los buenos días cantando como los protagonistas de un musical. Pero no sé si lo veo. Hay quien cree que el negro de las togas favorece y nos arriesgamos a desafinar. Así que usemos nuestro instrumento, la palabra. Y no dejemos de quejarnos hasta que por fin nos hagan caso. Y si no lo hacen porque tengamos razón, que lo hagan al menos por pelmas.

Y  mientras tanto, lo que no voy a omitir es el aplauso. El que merecen quienes día a día trabajan por la Justicia a pesar de esas carencias que no son otra cosa que omisiones. Voluntarias o no. Eso se lo dejo al público para que sea quien lo juzgue

 

Más Reyes Magos: ahora sí que sí


Escoba

Ya lo sabemos de sobra. Año tras año, Los Reyes Magos llegan desde Oriente dispuestos a traernos regalos. Y nos lo enseña el cine, la televisión y el mundo del espectáculo en general, por más que Papá Noel le gane por goleada en el mundo de las pantallas, donde cada año Vuelve Santa Claus. Y aunque seamos adultos, da igual. Pongamos en marcha nuestra Fantasía y esperemos que esa noche mágica lo sea de verdad.

Desde el escenario de Con Mi Toga Y Mis Tacones ya les hemos enviado varias cartas. Una por año, son faltar ninguno: 2015, 2016 y 2017 Por más que confieso que ando un poco enfurruñada con ellos porque nunca traen todo lo que pedimos. Pero tal vez lo haga mal, así que voy a renovar mi carta a ver si este año sí que sí.

Esta vez he decidido no pedir mucho, a ver si por fin cae. Y, en lugar de la lista que tengo por costumbre, voy a empezar por algo inusual. Quiero una escoba. Pero no una escoba convencional. Tampoco una escoba como la de las brujas, para subirme en ella y salir volando, aunque de vez en cuando ganas no me faltan. Quiero una escoba mágica, como las de la película Fantasía, para barrer todo aquello que no me gusta. Tampoco pido tanto, digo yo.

Con mi escoba mágica barreré, en primer lugar, esa tragedia llamada violencia de género. Y barreré y barreré hasta que algún día pueda llevarme por delante los juzgados de violencia sobre la mujer por innecesarios. Y que nadie se preocupe porque me quede sin trabajo, que seguro que en Toguilandia tienen algo preparado para mí.

También barreré con todas mis fuerzas la corrupción, que tanto trabajo da a mis compis y tantos disgustos a la ciudadanía. Y también lo haré hasta hacer desaparecer la Fiscalía anticorrupción por falta de materia. Seguro que todo el mundo me lo agradecería.

Y barriendo, barriendo, me llevaría por delante todo el odio de que somos capaces los seres humanos. Y otra sección de fiscalía por delante, la de los delitos de odio. Y también su prima hermana, la de criminalidad informática, que tampoco haría falta porque con mi super escoba habría borrado del mapa no solo los delitos de odio cometidos a través de las redes sino todos los que se hacen ordenador mediante, especialmente la repugnante pornografía infantil.

Y como la escoba es mágica, nunca se le acaba la batería. Por eso también acabaría con cualquier delito de homicidio y asesinato, y de paso haría desaparecer la sección de jurado por falta de trabajo.

Por supuesto, no me olvidaría de barrer todo tipo de conductas delictivas al volante, que tantas familias destrozan, y dejaría sin trabajo a la sección de Seguridad Vial. Ni a los llamados accidentes de trabajo, que también hay que acabar con la siniestralidad laboral. Faltaría más. Eso sí, a unos y otros les dejaría un trabajo extra: preocuparse de que las condiciones en las que trabajamos sea las adecuadas, que ya sabemos como estamos

Tampoco estaría mal, ya puesta, venirme arriba y terminar con todo tipo de delitos, incluidos los leves, por más que nos proporcionen anécdotas jugosas. Ya nos haríamos con algún video de Chiquito de la Calzada para reir un rato. Y que el único pecador de la pradera fuera el que protagonizaba sus chascarrilos.

Pero como no solo de delitos viven las togas, seguiría barriendo hasta acabar con todos esos desacuerdos que pueblan los juzgados de familia y que envenenan las relaciones humanas. Solo celebrarían bodas y mutuos acuerdos.

Y en cuanto a los juzgados de los social, me cargaría de una barrida enérgica todos los conflictos y dejaría que se preocuparan solo de los derechos y del bienestar de los trabajadores y trabajadoras. Que además serían legión porque habría barrido antes el paro que agobia a tanta gente.

También, aunque no hiciera falta porque habría dejado poco trabajo, me cargaría enterito todo el sistema informático de la Justicia para partir de cero y tener uno nuevo. Y que en vez del roscón esperando conexión, tuviéramos roscón de Reyes todo el año.

Y así, como La Ratita presumida,  con sus tacones y todo, tralaralarita, limpio mi Justiciita. Hasta dejarla como los chorros del oro. Que cuando me pongo no tengo rival

Así que queridos Reyes Magos, Si me traeis todo esto no me harán falta la bola de cristal y la varita mágica que os pido todo los años. Aunque, por si acaso, hago una calificación alternativa y la incluyo en la carta. Y añadiré, por si las moscas, bolis que no sean verdes, grapas a juego con la grapadora, pósits a discreción un quitagrapas que no tenga que atar con un cordel para que no desaparezca.

Tampoco pido tanto. Y eso sí, pediré un aplauso para Sus Majestades de Oriente para animarlos. Que no se diga

Partidos: la liga de la Justicia


justicia_sobre_futbol

¿ Cuántas veces habremos hecho la comparación entre lo que importa el fútbol y lo que importan otras cosas? Incluídos, por supuesto, el arte y la cultura, que hasta para crear un Ministerio los ponen juntos no vaya a ser que lo de la cultura pase desapercibido. Y claro está, el cine se ha hace eco. Y por eso podemos encontrar películas de los tipos más diversos que se dedican a ello, desde Evasión o victoria hasta Quiero ser como Beckham, pasando por Tres de la Cruz Roja y muchas más. Con el permiso, por descontado, del baseball, que todo el mundo ha visto esas pelis americanas donde los niños se sienten realizados cuando su padre entrena el equipo de la escuela y le saca a batear y ganan el partido y acaban llorando, incluido el chico fantasma de Campos de Sueños.

En nuestro teatro, los partidos que nos son más familiares son los partidos judiciales, que nada tienen que ver con balones y porterías. Y lo cierto es que, más allá de algún partidillo de jueces y fiscales contra abogados que ví en mis primeros tiempos toguitaconados –ignoro si en algún sitio se seguirán haciendo-, cualquier parecido con la práctica del balompié es pura coincidencia, empezando, claro está, por los sueldos de sus protagonistas.

Pero como todo lo que toca el fútbol parece tener interés, se me ocurrió que futbolizar de algún modo la Justicia haría que la gente se fijara más en ella. Y claro, si interesa más, interesara más también dotarla de medios adecuados. Porque si Cristiano Ronaldo o Messi no pueden jugar sus partidos en un patatal, nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Y menos aún teniendo en cuenta que ellos y algún que otro compañero se han visto obligados a hacernos una visita contra su voluntad.

He de confesar que la idea no es del todo mía. Me ayudaron, como tantas veces, las ocurrencias de algunos de mis compis a través de las redes sociales, que me proporcionan un buen filón. La cosa empezaba cuando una de mis compañeras se quejaba, por enésima vez y con más razón que un santo, del cúmulo de tomos y tomos de papel a pesar de la tan cacareada digitalización  Y, ni corta ni perezosa, nos mostraba las estanterías recién llegadas para apilarlo. Y no pude evitar hacer la gracia. Papel 0/ estanterías 1. Y es que eso del papel 0  da mucho juego. Lo malo es que siempre le ganamos por goleada.

La cosa no quedó ahí. Al día siguiente, otro compañero hacía su propia crónica de los juicios rápidos de la guardia como si del mismísimo Matías Prats de sus buenos tiempos se tratara. Aunque no recuerdo exactamente el resultado, la cuestión es que cantaba: alcoholemias 3/ conducciones sin carnet 2. Un marcador ajustado, la verdad. Aunque no tanto como el mío de esa misma mañana, que era: maltratos 3/ quebrantamientos de  medida cautelar 3. Por supuesto, la prórroga, al menos en mi caso, se jugó por la tarde, y esa vez ganaron los quebrantamientos, aunque hasta el último momento la cosa estaba reñida. De hecho, si no hubiera sido por el detenido que pasaron a última hora, en tiempo ya de descuento, nos hubiera tocado jugárnosla a penaltys.

Pensando esto, recuerdo que, en los principios de la Ciudad de la Justicia de Valencia, había unos bonitos paneles digitales que se suponía que irían anunciando el estado de los juicios que se celebraban en cada sala. Jamás lo vi en funcionamiento y un buen día ya no estaban, si que nadie sepa muy bien a dónde fueron a parar. Algún chistoso comentó que irían al aeropuerto de Castellón, donde hacían mucha falta dado su denso tráfico aéreo, pero seguro que solo es una leyenda urbana. La cuestión es que, planteados los juicios como si fueran partidos de fútbol, hubieran venido de lujo a modo de pantalla gigante. Hasta podríamos haber montado saraos a ver cuándo acaba este macrojuicio, con apuestas de si fulanito  va a declarar o no y en qué sentido. Oye, y puesta a venirme arriba, se podría montar hasta una porra on line a modo reality, incluso con una app diseñada al efecto, que no se diga. Y habilitar los correspondientes números de teléfono para votar a la acusación o a la defensa: si quieres condena marca el 0000, y si quieres absolución marca 0001. ¿Y por qué no votar a los intérpretes de nuestro teatro, al modo Operación Triunfo, como favoritos, para que se salven de las nominaciones? Y por supuesto, quien no cruce la pasarela, nominado para el juicio que viene.

Y sí, sé lo que más de uno y de una estará pensando.  Que se me está yendo la olla y que no se puede tratar a la justicia como si fuera un espectáculo televisivo. ¿Verdad? Pues algo que resulta tan obvio, es menos obvio de lo que parece, porque en esos juicios paralelos que tanto gustan de hacer los medios y los usuarios de las redes sociales hacen algo parecido. Poner verde, azul o amarillo a juez, fiscal, letrado, víctima o quien les venga en gana sin conocer los hechos ni el Derecho.

Pero, como quiera que unos y otros –el fútbol y los reallitys- tienen mucho más interés para el público, y lo que es peor, para quienes mandan, habría que planteárselo. Dar con una fórmula que haga llegar la trascendencia de nuestro trabajo. Y que el grito de Justicia sonara alguna vez más fuerte que el de goooooool. Que, al fin y al cabo, entre pena y penalty solo distan tres letras. Y a quien lo haga mal, pues tarjeta roja de quien corresponda, pero con moviola, ojo de halcón y todo.

Eso sí, que nadie se haga a la idea que una está dispuesta a cambiar los tacones por botas de tacos, que eso sí que no. Todo tiene un límite. Que aunque mi toguitaconada imagen no tenga montante económico como las de los astros del deporte, no tiene precio.

Y para acabar, el aplauso, hoy convertido en una ovación al grito de “campeones, oe” a quienes, a pesar de todo, juegan el partido de la justicia sin rendirse. Aunque a veces tengamos que tener más moral que el Alcoyano.