#historiasdesuperación : A un solo clic


maleta

A un solo clic

Nunca debí aceptar ese caso. Tenía los papeles desparramados encima de la mesa de mi despacho sin que una sola idea me viniera a la cabeza. Cada vez que me enfrentaba con ellos me bloqueaba a la espera de que surgiera ese clic que me indicaba por dónde seguir para encontrar la solución más adecuada. O, al menos, el camino para llegar hasta ella. Pero nada.

Siempre había huído de estos asuntos como de la peste. Me traían demasiados recuerdos.  Pero, por alguna razón que no llegaba a alcanzar, éste fue distinto. Lo asumí por impulso. Un impulso del que me arrepentía cada vez que esparcía la documentación sobre mi escritorio.

Fui demorando su resolución hasta que no me quedó más remedio. Los plazos se agotaban y ya ni siquiera quedaba tiempo para derivar el trabajo a otro compañero. Entonces la vi, desafiando al tiempo y la memoria. La vieja maleta, que creía desaparecida desde que le pedí a la empleada doméstica que se deshiciera de ella ¿O quizás solo pensé en decírselo?

La cuestión es que me cayó encima mientras buscaba en el altillo unos viejos libros de consulta que hacía mil años que fueron desplazados por las colecciones de jurisprudencia on line, mucho más prácticas. No sé por qué pensé en acudir a ellos, ni qué hacía allí la maleta, pero ahí estaba. Y una pulsión extraña me hizo abrirla, dejando una vez más de lado mi apremiante asunto a la espera del clic que no llegaba.

En aquellos cuatro cachivaches estaba encerrada mi infancia, y parte de mi vida. Apenas unos trastos viejos que marcaban la frontera entre las dos partes de ella. Unos cuantos libros, una taza de café con la leyenda “Eres un campeón” grabada en letras rojas, un artilugio portátil para reproducir discos, un balón, varios trofeos y medallas de latón, unas viejas zapatillas de deporte, y, en el fondo, un pequeño muñeco de plástico articulado, uno de los primeros clics de la marca Playmobil del que apenas me acordaba.

Sin poderlo evitar, rompí a llorar recordando al niño que fui, a aquel niño que perdió su infancia de un día para otro y que a punto estuvo de perder mucho más cuando apenas acababa de cumplir los doce años.

Todo empezó con aquel dolorcillo extraño tras una fuerte caída en un partido de baloncesto. Por aquel entonces yo creía que sería una estrella, y también parecían creerlo alguno de mis entrenadores. Era feliz.

Mis padres, tras comprobar que el dolorcillo no remitía en varios días, me llevaron al médico. Lo que parecía una lesión sin importancia devino en la tragedia mayor que pudiera imaginar. El diagnóstico era contundente. Cáncer. Un osteocarcinoma, que exigía la amputación inmediata de parte de mi pierna derecha para intentar que no fuera a más. La noticia fue insoportable, pero todavía lo fue más la cara de mi madre al tratar de explicármelo. No dejaba de preguntarme por qué a mí pero, sobre todo, no dejaba de desear despertarme un día y que todo hubiera sido una pesadilla.

Me ingresaron en el hospital, me operaron, me sometieron a largos y dolorosos tratamientos con un cariño al que nunca supe corresponder. Me sentía tan desgraciado que no podía soportar que trataran de consolarme. No quería consuelo, quería mis amigos, mi colegio, mis partidos de baloncesto y mis tardes de parque. Quería mi vida.

Me recuperé, pero nunca recuperé mi vida. Entré en el hospital siendo un niño, y salí de él siendo un viejo prematuro, sin una pierna y sin ninguna ilusión. Cuando, muchos meses más tarde, me dieron el alta, ni siquiera me alegré. Como no me alegré tampoco cuando, tras muchos esfuerzos, curas y pruebas, conseguí adaptarme a la flamante prótesis que habían hecho expresamente para mi en un país lejano que ni siquiera recuerdo.

Sobreviví a la vida centrándome en los estudios y conseguí recuperar el tiempo perdido de lecciones y exámenes. Pero, por más que me insistieron en todas las posibilidades de practicar deporte en mis circunstancias, siempre me negué en redondo.

Y un día, la ilusión que creía perdida llamó con timidez a mi puerta. Había empezado a tomarle cierto gusto a mis estudios de Derecho y, cuando me puse la toga por vez primera, noté un cosquilleo extraño. Por un momento, hubiera jurado que sentí de nuevo mi pierna y todo lo que perdí con ella.

Mi trabajo como abogado, dedicado sobre todo a causas con un componente de justicia social, me llenaba casi por completo. O eso pensaba hasta que me cayó aquella maleta encima.

Fue en ese momento cuando, por fin, oí el clic. Era el ruido que hizo la maleta al abrirla, pero era mucho más. Conseguiría que a aquel niño de doce años le pagaran la prótesis que le había negado la sanidad pública y que no podía costearse. Un niño de doce años que se parecía demasiado al niño que fui.

Cuando, meses más tarde, nos notificaron la sentencia favorable, fui personalmente a casa de su familia con un regalo. Eran mis viejas zapatillas, las últimas que usé y que languidecían en una maleta en el altillo. Junto a ellas, una taza de café con la leyenda “Eres un campeón” y un clic de Playmobil al que faltaba una pierna porque yo se lo arranqué hacía una vida.

Ese mismo día, mi nuevo amigo y yo quedamos para empezar a ir juntos a jugar al baloncesto en silla de ruedas.

Desde entonces, no hemos faltado una sola semana al entrenamiento. Y hoy, mientras esperábamos que empezara el campeonato, me enseñó orgulloso sus zapatillas, que un día fueron mías, mientras yo tomaba un sorbo de café en una taza con la leyenda “Eres un campeón”. Apretado en su mano, un viejo clic sin pierna nos deseaba suerte con un guiño en su cara de plástico.

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