Decisiones: ¿dilemas resueltos?


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Todos los momentos de la vida están marcados por la toma de decisiones. Siempre llega un punto en que el camino se bifurca en dos – o más- y hay que elegir, sin saber qué será lo adecuado. Como la que toma quien se quiere dedicar al espectáculo desde el momento en que dice eso de Mamá quiero ser artista, ante el pasmo y desespero de atribulados progenitores, que tener un hijo o hija cómicos no estaba muy bien visto en algunos momentos.

Quizás por eso la ficción ha dejado muestras de la importancia de ello, como aquella terrible opción que tenía que tomar la protagonista de La decisión de Sophie o la invitación que desde el propio título hacía la de Elígeme.

Y cómo no, desde mucho antes de ponernos la toga, incluso antes de ser capaces de subirnos a los tacones -o a los mocasines-, el camino que lleva a Toguilandia está sembrado de baldosas amarillas, como si fuéramos la mismísima Judy Garland de El Mago de Oz. Ya hablamos de ello emulando a Sahakespeare, hamleteando que es gerundio, cuando hablábamos de las dudas que jalonan nuestro camino toguitaconado.

Pero hoy, a sugerencia de Julia, lectora y ya amiga, dedicaré este estreno a las que surgen antes. A la difícil decisión, aquí y ahora, del camino a tomar y cómo llegar hasta él.

En mi tiempo, en cierto modo lo teníamos más fácil. No nos exigían tener las cosas claras tan pronto como ahora en que, si nos descuidamos, en el mismo momento de dejar el chupete habrá que saber si se quiere hacer ciencias o humanidades, y qué tipos, optativas e itinerarios para llegar al buen puerto pretendido. El problema es que se tarda mucho en saber cuál es el puerto realmente bueno para cada quien. Y hay quién, hasta con su flamante título de licenciado –ahora grado- en Derecho, aun sigue debatiéndose en qué narices hacer con su vida.

Como decía, en su día eso era más sencillo. Podíamos dejarnos llevar por la inercia, y acceder, como en muchos casos, a la carrera de Derecho por el tópico de que tiene muchas salidas. Pero hoy el problema ya no son solo las salidas, lo es también la entrada. Porque ya hay que prever muchas cosas para acceder, como una nota que permita hacer la carrera ansiada. Acompañada de un estudio milimétrico de optativas, troncales y otras zarandajas que hacen que los jóvenes se planteen el acceso a la Universidad como un cálculo estadístico. Y luego, seguir eligiendo, dónde y cómo, si un doble grado o uno sencillo. Que hemos llegado a un punto que si no se tienen al menos dos carreras no se es nadie, aunque se trate de dos cosas que tengan tan poco en común como un huevo y una castaña.

Pero sigamos la ruta. Imaginemos que ya estamos dentro. Tampoco aquí la cosa es tan sencilla como nos lo ponían antaño. Entonces los cursos tenían sus asignaturas y nuestra única obligación era aprobarlas del mejor modo posible. En mi facultad de Derecho de Valencia elegíamos entre Privado, Público o Empresa, y teníamos un par de optativas, pero era un caso excepcional, y solo eso ya nos daba más de un quebradero de cabeza. Pero ahora escogen cada asignatura en una suerte de encaje de bolillos en el que no me hubiera querido ver en su día. Confieso que una vez que tuve que matricular yo a mi hija tenía taquicardia temiendo haberme equivocado en la opción oportuna en cada caso. No sentía los dedos, por el temor a darle a la tecla errada y fastidiarle el curso.

Superado todo eso, llega lo peor. Opositar o no hacerlo, ejercer por libre o buscar colocación por cuenta ajena. Y lo que es más difícil, lograrlo. Pero vayamos por partes.

Si se decide opositar, hay que escoger a qué. Si hacer una de las consideradas «difíciles» (notarías, registros, inspección de Hacienda, abogado del estado, Juez, fiscal, Laj, entre otras) o se opta por cuerpos de gestión, de tramitación o similares. Y saber que la cosa está malica, que convocan pocas plazas, y que es posible tirarse muchos años en ello, y lograrlo o no. ¿Cómo decidirse entonces? Pues confieso que no tengo la fórmula. Pero recomiendo que, más allá de motivaciones prosaicas como lo fácil o difícil que resulte o la perspectiva de ganar más o menos dinero, pensemos directamente en el trabajo que nos espera. Es recomendable hacer una visita, o más, a Juzgados, Notarías, Registros o aquello que nos llame la atención antes de decir la última palabra. Ahora el practicum da alguna posibilidad de la que antes carecíamos. Si nos gusta, adelante. El mundo es de los valientes. Y pocas personas hay más valientes hoy en día que un opositor u opositora.

Pero no caigamos en el error de creer que elegir el ejercicio es el camino fácil. Nada de nada. También aquí hay que escoger de qué y cómo se ejerce, si abogado o procurador, si por cuenta propia o ajena, si una especialidad –si nos dejan- o cualquier cosa que caiga en nuestras manos. Y saber que a veces hay que hacer una combinación de derecho y psicología aderezada con paciencia para la que no todo el mundo está preparado. Bien tuve oportunidad de verlo en casa, con un padre abogado y enamorado de su profesión…pero que fantaseaba con tener una hija fiscal. Lo logré pero, aunque él no estaba ya conmigo, no dudo que lo vio desde donde quiera que se encuentre.

Así que ahí queda eso. No sé si sirve como consejo, pero me aventuro a darlo. Buscad vuestro camino porque sea el que os llene, que en Toguilandia esperamos ansiosos a gente con vocación y ganas.

Por eso hoy el aplauso va para quienes, pese a las dificultades, no tienen miedo en escoger la opción ansiada. Puede que no lleguen a la meta, pero el camino recorrido siempre merece la pena si se recorre con ganas. Intentarlo, ya es de valientes. Y lograrlo es posible. No lo olvidéis nunca. Palabra de toguitaconada

 

Relatividad: reescribiendo a Einstein


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Todos sabemos lo que es la relatividad. No hace falta saber formular de corrido la famosa teoría para hacerse una idea aproximada de que todo es relativo. Tampoco es necesario saberse de pe a pa la vida del científico protagonista de Einstein, o la más iconoclasta El jovencito Einstein. Ni siquiera hace falta tener Una mente maravillosa, saber ver Más allá del horizonte o ser capaz de enunciar con Hawking La teoría del todo. Sencillamente, vemos cada día que el espacio y el tiempo se perciben de forma diferente según con qué se comparen.

Eso es algo obvio en el mundo del arte. Una película, un libro, una cuadro o un espectáculo de danza pueden considerarse de una enorme repercusión si una toma como referencia un pueblo pequeño, donde todos lo han visto o leído, o considerar que la repercusión es mínima porque no ha traspasado las fronteras de ese pueblo. Todo es relativo.

En nuestro teatro, reescribimos las medidas de tiempo y espacio a diario. Tanto, que pudiera decirse que tenemos las nuestras propias. Acompáñenme si no lo creen a pasear por Toguilandia.

Empecemos con una unidad de tiempo sencilla. Un momentito, sin ir más lejos. Para el resto del mundo es un fragmento de tiempo pequeño. Pero en nuestro mundo el momentito adquiere nuevas dimensiones, del todo indeterminadas. Cuando nos dice el auxilio judicial que nuestro juicio empieza en un momentito, está haciendo referencia a un lapso de tiempo que puede abarcar desde cinco minutos hasta un par de horas. Eso es el momentito. Y no hay modo de saber si el que nos ha tocado es de los largos o cortos. Porque, precisamente, el momentito se caracteriza por vivir en la incógnita.

Algo parecido ocurre con el ratito. Cuando alguien dice que necesita un ratito para llegar a un acuerdo, hay que echarse a temblar. El ratito puede prolongarse de modo indefinido y, además, puede terminarse sin previo aviso y sin que al final haya llegado la conformidad o el acuerdo.

Y es esa misma línea, el término enseguida. Si para el común de los mortales quiere decir algo que ha de ocurrir ya mismo, no es así en nuestro caso. Ni muchísimo menos. Enseguida significa que no tenemos ni repajolera idea de cuándo va a celebrarse lo que sea, pero que no se te ocurra moverte ni un milímetro porque en cualquier momento te llaman. Eso sí, teniendo en cuenta el nuevo significado de momentito, volvemos a lo mismo. Pero ahí hay que estar. Por si acaso.

Y una advertencia. Cuidado con los diminutivos. Aquí funcionan exactamente al revés que en el resto del mundo. Cuando las horas se convierten en horitas, los minutos en minutitos y los momentos en momentitos no significa que sean más pequeños. Al contrario. Suele querer decir que te ates los machos y te resignes a esperar con la paciencia del Santo Job.

Pero no solo las unidades de tiempo varían su significado. También los adverbios lo hacen. La propia ley da la pista cuando se refiere a señalar «en el plazo más próximo posible». O cuando mide el tiempo en audiencias en vez de días. No nos engañemos. Puras maniobras de despiste, que son muy útiles para explicar que si se ha señalado un juicio «pronto» puede ser dentro de seis meses, o «un poco tarde» en dos años, sin ir más lejos. Y como usen el diminutivo, háganse con un calendario perpetuo ya. Por si las moscas.

Aunque no solo el tiempo varía. También el espacio. De hecho, hay varios agujeros negros que ninguna teoría científica ha logrado explicar. Uno de los más conocidos está en Fiscalía, o eso es lo que dicen porque, como la Niña de la curva, todo el mundo habla de ello pero nadie lo ha visto. Y sé de lo que hablo. Cuando dicen que los autos están en Fiscalía, significa que pueden estar en cualquier sitio, incluso en Fiscalía. Pero que no están en el Juzgado donde se reclaman. Y puedo asegurar sin temor a equivocarme que si estuvieran en Fiscalía todas las cosas que dicen que están, Fiscalía tendría el tamaño de la Vía Láctea por lo menos. Y eso sin exagerar.

Otro de los agujeros negros está en los calabozos. Estoy segura que en ellos hay una especie de Triángulo de las Bermudas que se traga a los Letrados y no se sabe si van a volver y cuándo lo harán. Y no miento. Lo experimento cada vez que me dicen que van a calabozos a hablar con su cliente. Y los ratitos y los momentitos cobran toda su nueva dimensión. Cuentan que en la segunda parte de El Sexto Sentido el niño dirá En ocasiones veo Letrados. Y vaya usted a saber si es cierto

Tampoco los medios de transporte se salvan de nuestra particular interpretación. Cuando alguien dice que está en el ascensor, no caigamos en el error de creer que tardará lo habitual en que éste recorre unos cuantos pisos. Nada de eso. El ascensor implica un viaje astral del que nunca se sabe cuando se regresa.

Como el misterio del autobús, sin ir más lejos. Los autobuses en los que viajan quienes han de acudir a juicio van al mismo ritmo que una peregrinación a Lourdes de rodillas, más o menos. Y algo parecido ocurre si se está aparcando. Aparcar en Toguilandia es algo así como ejercer de zahorí buscando agua, no se llega hasta que no se ha encontrado la fuente de la eterna juventud. Y no digamos si se ha de ir a renovar el ticket del parquímetro;  se tarda más que en renovar el carnet de conducir.

Y claro, las cosas son tan así, que cuando dien que ha pasado algo, una lo duda todo. Como lo que me pasó cuando una letrada de guardia avisó de que tardaría «un poquito» porque habia tenido un contratiempo. Cuando llegó, algo más tarde que un poquito, se salvó por los pelos de una monumental bronca. Cuando estábamos a punto de echar sapos y culebras por la boca, vimos que traía un vendaje en la cabeza y la señal de unos cuantos puntos. El contratiempo en cuestión fue un pedazo de golpe en la frente con la puerta de un coche, y el «poquito» que tardó lo pasó en el hospital sirviendo de lienzo de unos primoroso puntos de sutura. Pero acudió a la guardia, vaya que sí. Y durante mucho tiempo lució una hermosa señal en el nacimiento del pelo que me recordaba la anécdota, y su sentido del deber.

Eso sí, no poseemos el monopolio de estas peculiares formas de medir el tiempo y el espacio. Quienes se encargan de gestionar la Justicia también las utilizan. Por eso cuando hablan de el número de juzgados y de plazas de jueces y fiscales que han creado, de la notable reducción de la litigiosidad o de que la digitalización es un éxito, también hay que reinterpretarlo. Y pobres de nosotros si, además, empiezan a usar el diminutivo.

Un diminitivo que no emplearé para dar el aplauso, desde luego. Porque hoy dedico una enorme ovación, sin escamotear su tamaño, a quienes desde un genial hilo de twitter, me inspiraron a escribir este post. Es más, me retaron a ello. Y buena es esta toguitaconada ante un buen reto. Mil gracias.

Y un aplauso extra. El dedicado a la ilustradora de este post, Lucía Mompó Gisbert, que lo ha ideado y realizado ex profeso para mí, mi toga y mis tacones. Mil gracias más

 

Imagina: por un mundo en paz


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Hoy nuestro escenario está de luto. Mi toga es más negra que nunca, y mis tacones cambian los lunares por las rayas rojas y amarillas de la bandera catalana.

Hoy me pedía el cuerpo colgar el cartel de “cerrado por defunción”. Pero si lo hiciera ellos habrían ganado. El terror que nos quieren imponer no nos puede parar, como no nos paró en París , en Bruselas, en Berlín, en Londres  ni nos debe parar nunca.

Por eso hoy nuestro escenario abre el telón en un estreno especial. Un pequeño relato en forma de homenaje. El homenaje que no hubiera querido tener que hacer

 

IMAGINA

                Barcelona, agosto de 2027. Uno de los salones del Ayuntamiento engalanado para la celebración de una boda.

                Lleno a reventar. Los numerosos asistentes esperan la llegada de los novios con la ilusión y la emoción pintadas en sus caras. Incluso alguna lágrima se escapa de quienes ocupan las primeras filas.

                Marina y Mohammed entran en el salón cogidos de la mano. Viendo su enorme sonrisa, nadie pensaría cuánto les costó llegar hasta aquí. Pero aquí están, con una expresión en la cara que lo dice todo.

                Iniciaron su relación justo diez años antes, cuando Barcelona, Cataluña y el mundo entero lloraban las víctimas del terror que, sobre ruedas, arrasó las Ramblas, como más tarde lo haría en Cambrils y quién sabe dónde más lo habría intentado.

                Al principio no lo notaron tanto. El dolor era demasiado grande y todo el mundo trataba de sobreponerse a él de la mejor manera posible. Pero, al cabo del tiempo, cuando la herida abierta empezaba a cicatrizar, las cosas cambiaron.

                La verdad es que nadie se atrevió a rechazar a Mohammed abiertamente. Pero cada día chocaban con miradas que ponían barreras tan altas y tan duras como un muro de cemento. Tampoco nadie se atrevió a decirle a Marina con franqueza que dejara a Mohammed, pero oía constantmente recomendaciones, consejos, o expresiones que le invitaban a reconsiderar su relación. Muchas veces tuvo que tragarse las lágrimas de rabia al oir aquello de “Marina, no es el momento”, “Marina, piénsalo bien”, “Marina, hay muchos otros chicos”

                Marina permanecía callada. Mohammed así lo quería y ella respetaba sus deseos, tanto como él respetaba los suyos. También fingía que no se daba cuenta cuando algunos amigos dejaban de llamarla o no le invitaban a algunos sitios. Pero, cada vez que ocurría, juraría que oía chirriar las ruedas de aquella furgoneta maldita y el sonido de disparos en aquella tarde aciaga en Las Ramblas.

                Porque Marina estuvo allí. Como también estaba Mohammed. Todavía recuerda, como si fuera ahora, el instante en que aquel chico asustado se colaba dentro de la tienda donde ella se encontraba. Una tienda ubicada en pleno epicentro de la tragedia y que les sirvió de parapeto y refugio.

                Allí se conocieron. Allí permaneció junto a él tratando de aliviar su angustia y su impotencia. Y juntos salieron de allí después de muchas horas para no volverse a separar.

                Pero había algo más. Algo que Marina sabía y que Mohammed nunca contaba ni quería que ella lo hiciera. Su madre, Ayesha, musulmana como él, quedó tendida en el suelo de Las Ramblas para no volver a levantarse. Ella fue una de las víctimas de aquella tragedia que cambió su vida.

                Marina, al principio, le pedía que lo contase. Sufría con ese rechazo imperceptible a su raza y a su religión y pensaba que conocer su historia ayudaría a aceptarlo. Pero Mohammed fue implacable. No quería causar lástima. No quería usar la muleta que le confería el estatus de víctima para atravesar la muralla de la intolerancia y el miedo.

                Mohammed tenía razón. El, y tantas personas como él podían por sí solos hacer comprender al mundo que no hay dios ni religión que justifique aquello. Y menos aún, el suyo.

                Por suerte, el miedo poco a poco fue cediendo a la cordura, a la tolerancia y al deseo de vivir en paz. Vencieron el rechazo. Y Marina oía ahora otros consejos  distintos de aquellos que tanto le dolieron “Marina, qué chico tan fantástico” “Marina, qué buena pareja hacéis” “Marina, qué preciosa historia la vuestra”.

                Marina y Mohammed ya se han dado el sí quiero. Tras de ellos, los padres de Marina sonríen satisfechos. Pero tal vez quienes más sonríen son las hermanas de él, radiantes de alegría. Una de ellas lleva un pañuelo cubriéndole el pelo. La otra lleva la melena suelta, sujeta a un lado con una flor blanca. Y las dos están igual de hermosas, igual de felices, igual de sonrientes.

                También es idéntica la lágrima que se les escapa al escuchar la música con la que termina la ceremonia. Imagine, de John Lennon. Ellas son las únicas que, además de los novios, saben lo que aquella canción significa. En el establecimiento donde se refugiaron aquella tarde, Marina regaló a Mohammed un CD con aquella canción. Lo había comprado, como una premonición, minutos antes de que el terror sobre ruedas asolara la calle.

                La premonición de Marina y el empeño de Mohammed en seguir adelante debieron dar su fruto. Desde hace más de tres años, ningún atentado terrorista ha vuelto a abrir heridas en ciudad alguna.

 

Disfraz: no solo carnaval


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    Disfrazarse es, desde luego, algo muy normal en el mundo del espectáculo. Tan normal que, para interpretar otras vidas, es necesario adoptar la vestimenta de aquél a quien se interpreta. En ocasiones, se nota poco o se limita a adoptar la ropa de la época adecuada. En otras, La Máscara es suficiente para adoptar diferentes personalidades, y  en otros, todos los personajes la llevan, como en esos salones venecianos donde Casanova hacía gala de sus supuestos encantos. Y en el universo patrio, tenemos nuestro propio rey de los disfraces, Mortadelo, tal como pasó del tebeo a la pantalla. Sin olvidar lo importante que es el disfraz para cualquier superhéroe, desde el clásico Superman hasta la reciente WonderWoman, pasando por un montón de seres dotados de Los Increíbles superpoderes, indisolublemente unidos a su traje y su capa.

Nuestro teatro  les anda a la zaga. A veces imperceptibles y a veces menos, también los disfraces aparecen con frecuencia a uno y otro lado de estrados. Quizás mucho más de lo que somos conscientes.

En primer término, los habituales nos disfrazamos casi cada día. Nuestras togas, con o sin tacones, con o sin puñetas, son el uniforme con el que representamos nuestras funciones diarias. Pero más allá de lo evidente, mucho hay que hablar sobre disfraces y su repercusión en nuestro mundo.

La de disfraz es una agravante recogida en nuestro Código Penal, heredera de una tradición constante. Por el contrario de lo que una tiende a pensar cuando se lee, no es necesario ir vestida de lagarterana, de personaje de StarWars o de cualquiera de Los Tres Mosqueteros para que sea de aplicación. Basta con emplear cualquier artificio que impida el reconocimiento del delincuente y, por tanto, dificulte su persecución. Una gorra, un casco de motorista o un pasamontañas –lo que mi madre llamaba toda la vida “verdugo”- son lo más habitual, aunque en otro tiempo lo fuera la tradicional media para deformar el rostro, muy apreciada por Makinavaja para sus fechorías. Y, por supuesto, la famosa braga que, pese a lo que su nombre indica, no es ninguna prenda de lencería femenina sino una bufanda venida a más. Recuerdo a un detenido que, en su día, me contestó indignado, a la pregunta de si empleó una braga para cometer el atraco, que él eso lo usaba para otras cosas. Faltaría más.

Y, por supuesto, la cosa da para más de una anécdota. Me cuenta un compañero la de un habitual transeúnte de Toguilandia que se valió de una bolsa del propio supermercado que se disponía a atracar, colocada en su cabeza y con dos agujeros recortados. Ni que decir tiene que, tras gritar de semejante guisa “esto es un atraco” fue de inmediato reconocido por los parroquianos y abortada su más bien cutre acción depredatoria. Como no podía ser de otro modo.

Otra compañera me cuenta de su experiencia al hilo de un antiguo juicio de faltas en torno a un incidente surgido con el cobro a un moroso. En ese caso, en lugar de ir ataviado de cobrador del frac o de pantera rosa, el cobro lo realizaba vestido de payaso. Y con ese uniforme se presentó, ni corto ni perezoso, el día del juicio. Sin ser consciente de que estaba ante su minuto de gloria, porque tal vez nunca provocó tanta hilaridad –aunque contenida- su atuendo de clown.

Y es que los juicios de faltas nos dejaron muchas vivencias inolvidables. Como la de otra compañera que me relata cómo un juez, en una vista por falta de respeto a los agentes de la autoridad, preguntó a éstos “si iban convenientemente disfrazados”. No obstante, lo mejor fue la respuesta del agente aludido que, sin amilanarse, dijo “sí, señoría, al igual que usted va disfrazado en estos momentos con la toga”. Por supuesto el juez, apercibido de su lapsus, pidió disculpas y aclaró que, obviamente, quiso decir “uniformados”.

Pero si hay ocasiones en que la cosa puede alcanzar tintes esperpénticos, ésa es la comisión de delitos en plena celebración de Carnavales. Me cuentan un caso en que la víctima de unas puñaladas describió a su agresor como “el que iba disfrazado de oso”. Pues bien, ante tal afirmación, se procedió a efectuar la rueda de reconocimiento, con todos los comparecientes disfrazados de plantígrados. Confieso que daría de buen grado un par de tacones por haber asistido a tal reconocimiento que, además, se solventó identificando al autor.

Recuerdo que hace algún tiempo, fue noticia la asistencia de un juez al juzgado de guardia directamente desde los carnavales y con el disfraz de mosquetero que llevaba. Ignoro si es una leyenda urbana y, si no lo es, cómo acabaría la cosa, pero ahí queda.

Lo que sí me cuentan como verídico es la comparecencia de un abogado de guardia vestido de Nazareno de El Cautivo, directo de la procesión. Y claro, su patrocinado fue preso, para no desentonar.

Y las cosas no acaban en Carnavales  ni Semana Santa. A veces, la propia bisoñez de los delincuentes o aspirantes a serlo aborta sus propósitos. Tal cosa le ocurrió a un aprendiz de atracador que se encontró que, pese a lucir orgullosos junto a su compinche su capucha, fue increpado por una de las presuntas víctimas, que le preguntó si no era Ismael, el hijo de la peluquera. El compinche, desolado, le dijo “Ismael, nos han pillado”, y ahí acabó su aventura. En su momento, la avispada mujer explicó que si era capaz de reconocerlo de Nazareno, cómo no iba a hacerlo con una simple capucha. Elemental, querido Watson.

También me cuentan de una atracadora que, para realizar su fechoría en una joyería, se abasteció de un bonito disfraz, peluca rosa incluída, en la tienda de chinos cercana. Lo que no esperaba la pobre es que eso fuera precisamente su perdición, ya que el dueño de la tienda la reconoció como la compradora de las prendas con las que pretendía pasar desapercibida.

Y, del otro lado de estrados, me llega una sabrosa anécdota protagonizada por una aspirante a abogada. En un caso práctico, le plantearon el supuesto de un Letrado que, sin título que le habilitaba, actuaba como tal. Acertó al calificarlo de intrusismo pero se pasó de frenada al venirse arriba y aplicar la agravante de disfraz, razonando que, al no ser Abogado, la toga tenía tal consideración. Y bien pensado, tampoco es ninguna tontería, si no fuera porque va incluido en el tipo legal, ya que difícilmente uno pueda actuar de abogado y no portar toga en la sala de vistas.

Por todas estas historias, hoy mi aplauso va, de nuevo, para todos esos compañeros y compañeras que comparten sus vivencias. Un material impagable para seguir representando estas funciones Con Mi Toga y Mis Tacones. Y hasta soy capaz de disfrazarme de animadora y agitar mis pompones para ofrecérselo. Mil gracias.

 

Ocurrencias: tiritas y apaños


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No siempre quien quiere filmar una película o producir una obra de teatro tiene a su disposición todos los medios que quisiera. Más de una vez se ha de suplir con ingenio aquello que se quiere representar y de lo que que no se dispone. Como los cocos con los que hacían el ruido de los caballos galopando en la radio, o el sonido de agitar determinados elementos para imitar el ruido de la lluvia. La misma magia de los Efectos Especiales cuando eran más efectos y menos especiales.

En nuestro teatro, por desdicha, no podemos presumir de estar en Matrix. Más bien de un Mc Gyver al que a veces le falta incluso el chicle usado y la horquilla del pelo para fabricar cualquier cosa. Y así seguimos. Y seguiremos, me temo.

Pero como siempre hay un roto para un descosido, y a grandes desgracias, grandes remedios, Toguilandia seguro que no nos defrauda, porque está llena de seres que, desde cualquiera de los lugares del escenario y las bambalinas, andan estrujándose los sesos para poner tiritas pa esta Justicía partía.

Le he dicho más de una vez a uno de los jueces con los que trabajo que merece una Raimunda más que nadie. Y hoy, aquí y ahora, me afirmo y ratifico. Y conste que no es por su entrega, ni la calidad de sus resoluciones, aunque pudiera serlo. Es, simple y llanamente, por salvarnos la vida. Su reacción de acudir presto al hipermercado más cercano y hacerse con un ventilador de lo más tradicional ha hecho mucho por la justicia. Entre otras cosas, permitir que profesionales y justiciable podamos sobrevivir en pleno verano en una sala sin ventilación y con una climatización que no es el paradigma de la eficiencia. Y si a eso unimos el spray para los bichos y el ambientador, proporcionados por no recuerdo quién pero que también merecería ser condecorado, tenemos un claro ejemplo de cómo poner parches a una situación más o menos precaria –más bien más que menos- Raimundas, per tutti.

No es esa la única ocurrencia, ni siquiera la más original, aunque puede que la más sencilla a la par que eficiente. También hay que recordar que ese era el padre de todos los ventiladores, pero tiene hijitos de colores por doquier, repartidos por las mesas de funcionarios y funcionarias, que no han logrado alivio con la solución de cierta política consistente en hacerse una abanico doblando un folio varias veces. Y es que el calor es lo que tiene, aunque a veces sucede al contrario. Es tan fuerte el chorro de aire frío que cae desde determinados sitios que se ha organizado un sofisticado sistema de choque consistente en paraguas invertidos justo en el epicentro de la ventolera.

Si hay algo versátil en nuestro mundo, eso son las gomas. Ese pequeño adminículo de papelería que en muchos sitios ya ni se ve, pero que en nuestro caso es imprescindoble. Gomitas aparecen por todas partes, destinadas a apilar expedientes para su traslado en el inevitable carrito de supermecado y, de paso, asegurarse de que los tomos no se desparramen en una verdadera catarata de papel-no-cero. Niágara judicial, vamos, con el permiso de Marilyn. Pero tienen más utilidades: tan pronto srven para apretar un cable como para asegurarse de que un USB haga contacto. Y oye, en un momento dado, son un objeto apto para hacer el famoso nudo al pobre San Cucufato en busca de la cosa perdida y hasta para hacerse una cola de caballo.

Por supuesto, sin olvidar a los posits, uno de los bienes más preciados en nuestros juzgados y fiscalías, que tan pronto advierten que una causa tiene preso, del teléfono del informático o del ulterior trámite procesal. Junto a ellos, la grapadora y su antagonista, la desgrapadora, dotadas ambas de cierta tendencia al escapismo. De ahí que entre en juego otro cásico irrenunciable: el tipex. Con él se rotulan grapadoras, desgrapadoras y hasta sillas, que, como una se descuide, desparecen como por arte de magia. Y ello podemos unir los cordelitos, como el que une mi desgrapadora a mi cajón, para evitar tentaciones. Y, para rematar el equipo, la cinta aislante, que no sé si aisla algo, pero igual sirve para confeccionar estanterías, para sujetar una ventana rota que para hacer rudimentarios topes a las puertas.

No obstante, uno de mis recursos preferidos es el más barato de todos. No requiere nada, ni siquiera un posit ni un boli bic, sólo un poco de ritmo y ganas. Y éste no es otro que el truco consistente en agitar el toner de la impresora como si fuéramos Machin con sus maracas, cuando los folios empiezan a aparecer en blanco y gris en lugar de en blanco y negro. Así que ya saben qué se cuece si al pasar por un despacho oyen eso de ¡¡Asuucar!!.

Así que hoy, sin duda alguna, el aplauso es para quienes se las ingenian para solventar los problemas con ingenio y eficiencia. Los que ponen las tiritas en esta justicia con medios low cost. Que al menos batir fuerte las palmas no cuesta un euro.

Alias: nombres y sobrenombres


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En el mundo del espectáculo es muy común el uso de un nombre artístico, que poco o nada tiene que ver con aquel con el  que una fue bautizada o inscrita en el Registro Civil. Sea porque al nombre auténtico no hay por donde cogerlo, o porque se quiere dar un toque glamuroso, son multitud quienes no se llaman como parecen, como nuestras niñas prodigio Marisol o Ana Belén, a quienes les endosaron un nombre de pila sonoro y pizpireto para que hiciera juego con el personaje, que Pepa o Pilar no parecían bastante brillantes. Tal como le explican a la protagonista de Ha nacido una estrella, cuyo impronuniable nombre entendían que amenazaba seriamente su carrera.

Los delincuentes de ficción, por su parte, también usaban de apodos, fueran bandoleros de rancio abolengo, como El Estudiante o El Algarrobo de Curro Jiménez, o fueran protagonistas de western, como El Bueno, El Feo y El Malo o la mismísima Juanita Calamidad. Y, como la realidad supera a la ficción, ahí tenemos a El Vaquilla acercando ambos mundos.

Por supuesto que en nuestro teatro abundan los nombres y sobrenombres, los llamados alias que, antaño, acompañaban al nombre propio del delincuente como parte de su DNI y que todavía se traduce en las hojas histórico penales en el “también conocido por”. Que, además, en algunos casos, con la llegada del fenómeno de la inmigración, dan lugar a varias versiones del mismo sujeto, simplemente por la pericia o impericia del funcionario de turno a la hora de transcribir una grafía extranjera.

La verdad es que cada vez vemos menos los motes de toda la vida, esos que incluso llegaban a heredarse y a fundar verdaderas sagas entre nuestra clientela habitual, como Los Pelaos, que protagonizaron gran parte de mi paso por un partido judicial. A El Vaquilla ya citado, que tuvo su propia película o El Pera, que pasó de delincuente habitual a colaborador de las fuerzas del orden, se añaden otros como El Dioni o El Lute –también con filme propio-, motes derivados de una pronunciación un tanto sui generis de su nombre de pila, conocidos por sus diveersas “hazañas”, dentro o fuera de los límites del Código Penal.

Son muchas y muy variadas las opciones imaginativas a la hora de poner un sobrenombre. Er Mijita llamaban, según me cuenta una compañera, a un delincuente de muy baja estatura. Y cuenta otra que a un testigo lo identificaban como “Antonio, el de la olla”, a lo que ella, muy prudente, requirió más datos, por no caer en la rima fácil. Y me cuenta otra que tuvo a Los fruitis casi al completo en la cola de detenidos, habida cuenta sus alias coincidentes con la serie de dibujos animados, aunque se lamenta de que nunca encontraran a Gazpacho. Quizás habría que ponerlo en busca y captura. Como pusieron, en su dia, a un tal “El follaor”, de cuyo sobrenombre ya se desprende que convenía tenerlo bien vigilado por si las moscas.

También recuerdo, por aquellos tiempos en que los escritos se pasaban a máquina por el funcionario, en que resultó citada a juicio “la tia Aurora”. Cuál no fue la sorpresa de los presentes al decubrir que tal pariente no existía, y se trataba de algo tan prorsacico como la “Cía Aurora”, esto es, la Compañía aseguradora del conductor encartado.

Y para sobrenombres ingeniosos, uno que me contó en su día mi padre y que me ha quedado grabado. Se trataba de alguien a quien se conocía por “el Pibe”, de lo que se concluía claramente que se trataba de un paisano de Carlos Gardel. Pero la realidad era bien otra. El sujeto en cuestión nada tenia de argentino, sino de valenciano de pura cepa. De ahí que le llamaran el “Piberoig” –pimentón, en valenciano colquial- por el color rojo encendido de su cabellera, sin tener nada que ver con la tierra del tango.

No solo son los nombres inventados o buscados de propósito los que resultan curiosos. A veces el propio ya es tan pintoresco que no hace falta más. Mis generosos compañeros me aportan los de una tal Blanca Nieves, o de una mujer apellidada Pendón que tenía que vérsela con pintadas alusivas a la profesión más antigua del mundo. Y el colmo de los colmos, un imputado apellidado Cárcel, que permanece en la ídem, como si estuviera predestinado. Temblorona, Karamoko, Walt Disney, Cojoncio, Tiburcio o Ernesto Lenin, además del ya clásico Kevin Costner de Jesús, son otros de los patronímicos con los que unos padres muy poco piadosos obsequiaron a sus hijos, que no se sabe si influídos por esa circunstancia, acabaron formando parte de nuestra clientea más exqusita.

Pero no es únicamente en El lado oscuro de estrados hay sobrenombres. Me cuenta una compañera que, como en la película de Lina Morgan, a ella misma La llamaban la Madrina, sobrenombre que le puso un juez medio en broma por lo que presionaba para lograr conformidades difíciles. Y qué voy a decir yo misma, que me encuentro más de una vez con que, por lo bajini, me llaman La de la toga y los tacones y hasta la toguitaconada. Y confieso que me encanta.

Así que hoy el aplauso va a ir directamente para todos esos compañeros y compañeras que han querido compartir sus experiencias en la nomenclatura delictiva para dar vida a este post. Gracias por hacerme sonreir. Y espero que por hacer sonreir a quien lo lea.

Juicios paralelos:  togas de pega


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Muchas veces se hace realidad el dicho de que la realidad supera a la ficción. Pero el verdadero problema surge cuando se hace difícil distinguir realidad de ficción, lo que es y lo que quieren hacernos ver que es, sea o no. Lo que la verdad esconde es, en ocasiones, mucho menos llamativo de lo que parece, y entonces sale eso de que la realidad no estropee un buen titular. O una buena Primera página.

Lo de los juicios paralelos -¿o quizás para lelos?- parece que existe desde que el mundo es mundo. Mucho antes incluso de que existieran los periódicos ya andaban los juglares dando sus propias versiones de los hechos. En realidad, si no existiera el boca-oreja, Romeo y Julieta no hubieran acabado como el Rosario de la aurora. Y no tenemos más que echar un vistazo a la historia de El Crimen de Cuenca para percatarnos de los perniciosos efectos de ver más allá de lo que hay. Una historia que, por cierto, motivó una reforma procesal histórica en su momento: la introducción del recurso extraordinario de revisión.

Y sin duda alguna, aquí sí que se lleva la palma nuestro escenario. Que hay que ver la de sitios donde les gusta imitarnos, reproducirnos y hasta suplantarnos. Mucho más allá de las series de ficcion con sus juicios de la Srta. Pepis, hay un universo entero de togas de pega que recorre prensa, radio y televisión en diversos formatos, desde pseudo programas de investigación hasta magazines con todológos diplomados que tan pronto opinan sobre la separación de la famosuela de turno como sobre la última sentencia del tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y, como diría una buena amiga, tan pichis.

Como adelantaba, esto de los juicios paralelos no es nuevo, ni mucho menos. Pero conforme se extiende el mundo de la globalización audiovisual las posibilidades del circo mediático se multiplican y  se convierte en un circo de infinitas pistas. El mayor espectáculo del mundo. Pasen y vean.

Si hay un asunto que marcó un antes y un después en todo esto, creo que fue la horrible tragedia de las niñas de Alcacer. Aunque hace tanto tiempo que ni siquiera me había convertido en una toguitaconada de pleno derecho, todavía se me ponen los pelos como escarpias al recordar aquello. El regodeo en el dolor de todo un pueblo por el tremebundo asesinato de unas adolescentes, con entrevistas a amigas y familiares incluídas, fue todo un máster de lo que no se debe hacer. Y lo que siguió a aquello, con programas diarios comentando la jugada como si fuera la moviola de fútbol, un doctorado cum laude. Tanto es así, que podríamos hablar de una alcacerización de los medios de comunicación cuando el morbo traspasa todos los límites admisibles.

Pero aunque por un momento pudo parecer que se aprendió la lección, fue solo un espejismo. Y cada vez que el asunto puede generar morbo, la tentación parece ser demasiado grande para que alguien no caiga en ella. Marta del Castillo, la niña Mari Luz, el asesinato y enterramiento en cal viva de dos mujeres en Cuenca o la desaparición de Diana Quer son hitos en los que todo el mundo se cree con derecho a opinar y hasta a sentar cátedra. Y, de paso, a pasarse la actuación judicial o las labores de investigación de las fuerzas y cuerpos de seguridad por el arco del triunfo. Tal cual.

El otro día veía en televisión cómo varios tertulianos y tertulianas se refocilaban ante aquello en lo que creyeron encontrar un filón: la muerte de una niña, presuntamente, a manos de su tío de una paliza. Las desavenencias entre los progenitores, la sorpresiva llegada del padre desde el extranjero y las acusaciones mutuas, micrófono mediante, dieron carnaza suficiente para comentar mucho más allá de lo que recomienda la prudencia. Máxime, cuando hay un asunto subiudice con una menor asesinada de por medio.

Y así sigue. Hasta el infinito y más allá. Y así parece que seguirá cada vez que la realidad nos dé un nuevo bofetón con unos de esos hechos que superan la ficción y hasta la imaginación del mejor de los guionistas. Y cuando pasan, oímos cosas en tertulias y debates que nos dejan de pasta de boniato. Como, sin ir más lejos, la que escuché hace poco de labios de una abogada reconvertida en tertuliana sabelotodo: “yo no respeto una sentencia de conformidad”. Y que me dejó con mi capacidad de asombro bajo mínimos, después de haber asistido a un enconado debate sobre una “prueba testimonial” que me ha hecho repasar la ley a ver si mi ejemplar está errado.

Pero tal vez lo peor de todo es saber que hay periodistas de toda seriedad y solvencia esperando una oportunidad para demostrar cómo hacer bien su trabajo, y también me consta que los hay peleándose con sus jefes, día sí y día también, por permanecer dentro de los límites de la ética aun a costa de perder un titular glorioso.

Aunque tampoco hay que matar al mensajero. Lo mejor que podríamos hacer cuando montan un circo de ese calado, es no comprar entradas. Apagar nuestros televisores y no dar pábulo a determinadas cosas. Que no todo vale. Y a veces conviene pararse a pensar y ponerse en la piel de los  afectados por el hecho para imaginar cómo se pueden llegar a sentir ante tanto aluvión de imágenes y de comentarios irresponsables. Obviamente, tenemos derecho a la información, pero no hay patente de corso para la deformación de un noticia hasta dejarla irreconocible

Así que hoy el aplauso es doble. De una parte, para quienes ejercen su labor en los medios con responsabilidad. De otra, para quienes se niegan a ser espectadores o cómplices de determinados circos. Porque, aunque no lo creamos, nos puede tocar a cualquiera.

Y, además, una ovación extra para la autora de la imagen que ilustra este estreno, Lucía Mompó Gisbert, realizada ex profeso para nuestro teatro,

 

#UnMarDeHistorias : Alivio


FB_IMG_1501276946184(imagen cortesía de @nandogerman)

Hoy el escenario de Con Mi Toga Y mis Tacones se viste de azul marino para contar una historia, una más de #UnMarDeHistorias que existen pero que nadie conoce hasta que no ven la luz

 

ALIVIO

                Cuando me juró que volveríamos a vernos, en medio de un mar de lágrimas, desató un tsunami en mi alma. Yo también se lo juré, una vez logré destensar un poco el nudo de mi garganta.

                Confieso que cuando nos obligaron a marcharnos de allí, sentí pena, pero también sentí alivio.  Y luego me sentí culpable de sentir alivio, y más pena por sentirme culpable de sentir alivio.

                Después de fundirnos en un abrazo interminable, le dí mi regalo. Quise que se quedara con algo mío, algo que apenas tenía valor económico pero que sabía que le encantaba. Mi camiseta de color verde chillón con aquel dibujo que tanto le gustaba estampado en el pecho. Se la puso, y me apretó la mano, repitiendo la frase que yo siempre le repetía:

– Recuerda que solo un mar nos separa

                No me costó demasiado adaptarme a mi nueva vida. Después de meses viviendo en el mismo centro del infierno, tratando de ayudar y viviendo cada nuevo día como un regalo, mi trabajo en la oficina de la organización humanitaria a la que pertenecía se me antojaba un paseo en barca. Aunque, a veces, recordaba aquel abrazo, y de nuevo sentía alivio, y culpa por sentir alivio.

                 Cada vez que nos llegaban imágenes de un nuevo rescate en el mar, o de un nuevo naufragio, y veía a toda aquella gente que se jugaba la vida cruzando el mar en una barca casi de juguete, rememoraba aquel tsunami que recorrió mi cuerpo y mi alma. Y aquella vez no fue una excepción.

                Cuando vi aquellas imágenes, una sacudida me recorrió todo el cuerpo. Entre los más de cincuenta cadáveres tendidos en la playa había uno que destacaba entre todos. Una criatura vestida con una camiseta verde chillón yacía de espaldas sobre la arena. El mar había escupido su cuerpo, como muchos otros, incapaz de seguir tragando tanta tragedia Y me dio un vuelco el corazón.

                Permanecí pegada a la pantalla mientras veía aquel vídeo, aunque solo centraba mi atención en el cuerpecito exánime vestido de verde. Las secuencias se sucedían ante mis ojos llenos de lágrimas hasta el instante en que la grabación pareció adquirir nueva vida. Un voluntario recogía en sus brazos a la criatura. No se veía su cara, pero se apreciaba a la perfección su pecho. Y pude ver con toda claridad la camiseta verde chillón. No tenía ningún estampado. No era la mía. Ni rastro del delfín que adornaba la que un día regalé al otro lado del mar, ese delfín que siempre había sido mi animal favorito y que se había convertido en un símbolo de nuestra amistad.

                Y entonces, sentí alivio. Y me sentí culpable por sentir alivio. Y sentí pena por sentirme culpable de sentir alivio.

Ego: ombliguismo en la balanza


mafalda ombligo

Si hay un mundo proclive a los egos desmesurados, ése es el mundo del espectáculo. No es difícil comprender que quien pasa de  la nada al todo, del anonimato a la fama, en un golpe de suerte, llegue a creerse todopoderoso, sobre todo si de un verdadero golpe de suerte se trata, con poco o nada de trabajo detrás. El mundo de la música, por ejemplo, está plagado de pseudo cantantes que fueron flor de un día y que, aunque sacaron un tema millonario, se fueron por donde llegaron, al anonimato más absoluto o a vivir de recuerdos, como esas Chicas Picantes que dejaron de picar en cuanto se apagó su estrella, salvo la que por el camino encontró el chollo vestido de futbolista. Pero, desde luego, no es fácil sustraerse a la admiración pública, y meterse de lleno en esa Hoguera de las vanidades que a veces acaba llevando hasta Las Amistades Peligrosas.

Como en nuestro teatro, salvo alguna estrella que otra, no es fácil llegar a ser un dios mediático, no alcanzamos esos niveles de poder reclamar flores azules en un camerino repleto de bombillas iridiscentes. Pero eso no quita para que haya quien, a su nivel, acabe creyéndose dios con pandereta y actuando en consecuencia. Y eso no es bueno, desde luego.

Como quiera que los bienes con los que jugamos son muy preciados y valiosos, sean de tipo económico, o sean tan preciosos como la libertad, es comprensible que en algún momento nos sintamos presas del pánico por la trascendencia que nuestras decisiones pueden tener en muchas vidas. Pero eso jamás puede nublarnos la visión. No somos nosotros, sino la importancia de la función a la que nos debemos, lo que es importante. Algo que no debíeramos perder de vista nunca.

Desde luego, desde el punto de vista teórico es claro y meridiano. Pero del dicho al hecho hay un buen trecho y hay que hacer malabarismos entre uno y otro extremo para no caer por uno u otro lado de la pendiente. Ser demasiado discretos puede llevarnos a un indeseable efecto de lejanía de la ciudadanía. Ser demasiado visibles a un innecesario afán de protagonismo. Y la naturalidad no siempre está al alcance de nuestra toga.

No hace falta irse a grandes manifestaciones. A veces, los pequeños detalles marcan la pauta. Recuerdo en mis primeros tiempos a un magistrado que decía muy serio que “no hay mejor jurisprudencia que la propia” en una frase que, aunque aludía a la necesidad de estudiar el caso concreto sin obsesionarse por cortaypegar  sentencias del Supremo a cascoporro, podría interpretarse de otro modo.

Pero el ombliguismo, esto es, creernos el centro del mundo, es algo en lo que todo el mundo cae alguna vez. Recuerdo que mi hija, siendo muy pequeña, me espetó un día muy seria que sabía cuál era la causa de la violencia de género. Ante tan crucial descubrimiento, no pude por menos que prestarle oídos atentos, y escuchar cómo me decía cargándose de razón que la causa era que los delincuentes querían fastidiarla el día que tenía exámenes para que llamaran a la guardia a su mamá y así no pudiera ayudarla con los estudios. Y se quedó tan convencida. Pero eso, que tiene cierta gracia cuando una tiene ocho años, deja de tenerla una vez se ha crecido lo suficiente. El mundo no gira a nuestro alrededor, aunque muchas veces lo parezca.

¿Cómo encontrar entonces el equilibrio entre hacerse ver y ser demasiado visible? He ahí el quid de la cuestión. Porque no se trata de la receta sencilla de esconderse detrás de la toga sin más, sino más bien permanecer junto a ella. Siempre es recomendable una cucharadita de humildad, pero no hay que confundirla con la falsa modestia. No tenemos que ser Butragueño en sus tiempos mozos comentando sus goles y repitiendo hasta la saciedad que era cosa del equipo.

Pero, como me he animado a hablar de recetas, me aventuraré a hacer de masterchef y elaborar una, esperando que el guiso salga rico, rico, y con fundamento. El primer ingrediente sería la sensatez, traducida en hablar de lo que se sabe. Es bueno que se nos oiga, pero no hablar de cualquier cosa, como si todo el derecho estuviera a nuestro alcance. Zapatero, a tus zapatos. Y si lo tuyo es el derecho civil, o el hipotecario, no arriesgues a teorizar sobre la alevosía, menos aún si la última vez que viste un supuesto era hace diez reformas del Código Penal.

El segundo ingrediente sería la prudencia. No hay que precipitarse a comentar lo primero que se lee sin pararse a contrastar o, cuanto menos, a pensar. Hacer realidad eso de ser esclavos de las palabras. Y, si no, recordar que la Maldita hemeroteca está ahí, a un solo golpe de click de cualquier internauta.

El tercero sería la ponderación. Es innecesario estar en el candelabro, como la famosa de turno, a cualquier precio. Si tenemos un mensaje que transmitir, hagámoslo, pero si pese a todo no interesa no vayamos provocando a tirios y troyanos para organizar un zapatoste en las redes. No siempre tener muchos seguidores, o muchos aplaudidores, es señal de estar en posesión de la verdad. Como decía un tío mío, más vale tener 1 cliente de a 1000 pesetas que 1000 clientes de a peseta.

Así que no hace falta ser el muerto en el entierro ni el niño en el bautizo. Aunque de vez en cuando una dosis de umbralismo no esté mal, hay una diferencia entre el hablar de mi libro si procede al autobombo gratuito. Como todo el mundo sabe, la sal potencia el sabor del guiso, pero su exceso lo hace incomestible. Y adiós a ser la nueva masterchef toguitaconada.

Por eso hoy el aplauso es para quienes hacen del dicho de “en el término medio está la virtud” una norma de vida. Ojala llegáramos a lograrlo todos los habitantes de Toguilandia.

Despedidas: memoria y olvido    


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Hay veces que al escenario no le queda más remedio que vestirse de luto. Por más que el espectáculo haya de continuar, sus protagonistas sufren pérdidas que les tocan en lo más hondo, y no pueden cerrar la puerta y seguir adelante sin más sin echar una mirada atrás pensando en lo que quedó en el camino. Lo que el viento se llevó pero, sobre todo, lo que no se pudo llevar, un haz de Sonrisas y lágrimas que quedan Por siempre jamás.

Así que por esta vez, esta toguitaconada no centrará tanto su atención en el imperio de las togas sino en lo que hay dentro de ellas, tan adentro que difícilmente dejamos que se descubra más que en contadas ocasiones. Y ésta es una de ellas.

Hace apenas unos días despedíamos a una persona a la que quise –y aun quiero, y seguiré queriendo-  mucho: mi tía Marina. Podría decir que era una segunda madre para mí, pero no lo diré, porque las madres no tienen número de escalafón como nuestras carreras. Y porque podría parecer que decir segunda era aludir a un recambio por si me fallara la primera. Y, por suerte, nada de eso. Tengo a una madre  a la que ya he dedicado más de un estreno, y también tuve otra, siempre a su lado. Soy afortunada. Como los petit suis, a mí me daban dos.

Quizá alguien se esté preguntando qué tendrá que ver todo esto con mi toga y mis tacones. Y, aunque podría hacer valer el comodín del publico y decir, como otras veces, que este es mi escenario y puedo elegir las funciones que represento, no haré uso de ello. Porque, ella, me creais o no, es parte responsable de que esta función exista y se represente dos veces por semana, sin faltar a las tablas. Y por eso tampoco he querido que falte hoy.

Decía que es en gran parte responsable. Y, probablemente, más de lo que ella, ni nadie imagine. Pero a ella le debo mis primeros tacones de lunares, precisamente los de la imagen que he rescatado para ilustrar esta función especial. Unos tacones a juego con el traje de gitana con el que me paseaba orgullosa por su querida Granada, y con los que aprendí a pisar bien fuerte desde mi más tierna infancia. Tenía buenas maestras.

No sé si llegó a saber de esa influencia en lo que, al correr del tiempo, se convertiría en este espacio mágico. Por desdicha, cuando este blog vio la luz por vez primera, hace ya tres años, la suya, la que la iluminó siempre, empezaba a apagarse, llevándose cada día un recuerdo nuevo de los que llenaban su memoria. Pero, por más que quiso llevarse el destino que le tocó en suerte, hubo algo que no consiguió arrebatarle ni arrebatarnos: su sonrisa. Mi tía fue olvidando muchas cosas, pero jamás olvidó sonreír. Hay cosas tan fuertes que ni la más cruel de las enfermedades puede llevarse consigo.

Con esa misma sonrisa la recuerdo paseando por Granada siendo yo una cría que hablaba por los codos. Tanto que no hace mucho tiempo, cuando después de muchos años, fui a esa ciudad a “hablar de lo mío”, como ella decía, aún me regaló una preciosa anécdota. La profesora de Derecho Penal que iba a moderar la mesa en la que yo intervenía, mientras estábamos comiendo, me dijo “yo te conozco de bebé”. Cuál no sería mi sorpresa teniendo en cuenta que, por aquel entonces, ni siquiera mis hijas eran ya “bebés”. Pero ella recordaba perfectamente cómo mi tía me paseaba por allí, y cómo presumía de mí cuando me llevaba a la piscina Neptuno y la gente hacía corro para oír parlotear sin parar a aquel mico que no levantaba un palmo del suelo que era entonces yo. Tal vez fue el principio de todo, y sea ella la responsable de que, tanto tiempo después, decidiera encauzar mi vida hacia una profesión y una afición que gira en torno a la comunicación con la gente.

También esa sonrisa me acompaña en todos los recuerdos agradables de mi vida, en todas las celebraciones, en ese momento mágico de aprobar las oposiciones y empezar una vida profesional en este escenario que también le pillaba muy cerca. No podía ser de otro modo, con un marido, mi tío Juan Antonio, considerado uno de los padres de la Medicina Legal, y una familia que anda alternando las togas y las batas de médico, los códigos con el bisturí. Es difícil recordar una comida familiar donde no saliera a colación un asunto complicado, un juicio, una anécdota, una autopsia, una sentencia o cualquier precepto legal. Y tan felices.

Ignoro si allá donde estés, junto con él, con mi padre, y con aquellos que se nos han ido, podréis leer estas palabras. Pero no dudo ni por un momento que os sentaréis a la mesa y no faltará una sentencia, un juicio, una autopsia o un asunto complicado. Y que allí estarás, pisando fuerte con tus tacones, tu melena y tus pendientes largos, como a mí me han gustado siempre. Y por supuesto, con tu sonrisa, la que nunca perdiste.

Hoy el aplauso es para tí. Y, contigo, para quienes se han ido, y para quienes seguimos en este escenario toguitaconado porque es lo que querríais. Porque la vida sigue, pero el recuerdo queda para siempre.