Dudas: entre el sí y el no


Hamletcraneo

La duda eterna es motivo recurrente del teatro. Hamlet, y su Ser o no Ser forman parte indisoluble de la vida no sólo entre los habitantes de la farándula, sino en la cultura universal. Y es que, aunque cuando uno vea la función desde su butaca y todo parezca milimetrado y decidido al segundo, el director ha tenido que tomar una serie de determinaciones entre todas las que se planteaban. Qué guión, qué decorado, qué vestuario, qué actores y mil detalles más son la receta del éxito de una buena obra. Si se falla en la elección de cualquiera de ellos, el invento puede irse al garete, y una elevada tragedia convertirse en una opera bufa en un nanosegundo.

También nos pasa en nuestro teatro. Y más, si cabe. Una decisión tomada en sentido erróneo puede llevar el procedimiento al desastre, y adiós a ese final feliz que todos deseamos. Incluso con resultados terribles, como nos puede ocurrir cuando no se otorgó una orden de protección a una víctima de violencia de género, y luego acabó siendo asesinada. Que es muchas menos veces de lo que parece, pero pasar, pasa. Por desgracia. Y nadie que no esté en nuestra piel puede imaginar cómo se vive eso.

Pero no todos los casos son tan dramáticos. Desde que ingresé en esta secta de la toga y los tacones, e incluso desde que sólo era una aspirante a ello,  he tenido que vivir hamleteando constantemente. Primero, qué carrera escogía, una vez decidido qué especialidad, qué optativas, qué master ahora. Después, ese difícil “qué hago con mi vida”: ejercer, estudiar oposiciones, y en ese caso cuál. ¿Me hago juez, fiscal, notario, registrador, LAJ, funcionario, técnico…? ¿O lo mando todo a la porra y me dedico a bailar, a escribir o a la cría del calamar salvaje? Y esa duda que atormenta a los opositores que llevan cierto tiempo: ¿ha llegado el momento de tirar la toalla?. Todo un mundo de vacilaciones que no harán sino anticipar nuestra vida togada, con puñetas o sin ellas.

Así que cuando una ya se ha ganado el derecho a hacer volar y valer su toga, y cree que todo el monte es orégano, pues resulta que esa duda se instala y se vuelve una constante compañera de fatigas. Cartesianita, a su servicio. Acusar o sobreseer, absolver o condenar, recurrir o aquietarse son parte del leit motiv de nuestra vida diaria, la banda sonora de nuestra película. Y ojo, que aunque entre el negro y el blanco hay muchos matices de gris, en nuestro mundo el gris no existe más allá de la imagen que muchos tienen de nosotros.

Pero si hay una duda que nos corroe el alma, ésa es la de pedir prisión o no pedirla, de una parte, y acordarla o no hacerlo, por otra. Porque aunque muchos piensan que ésa es una decisión del juez y a él le toca comerse ese marrón, las cosas no son tan sencillas como parecen. Y la prisión necesita, como requisito ineludible, una petición de parte acusadora, las más de las veces, del fiscal. Y sin esa petición ya puede estar Su Señoría convencido de que el imputado -o encausado o investigado o cómo quieran llamarlo- mató a Manolete, y a Kennedy de paso,  no puede meter al sujeto entre rejas. Y ese peso se instala en las conciencias, porque tan duro es encarcelar a quien pueda no resultar culpable, como no hacerlo respecto de quién luego resulte ser un criminal terrible y reincida en sus fechorías. Que es muy bonito eso de que el estado de derecho prefiere un culpable en la calle que un inocente en la cárcel, pero a la hora de la verdad, la cosa cuesta. Porque nada es tan fácil ni tan claro cómo nos cuentan en el cine. Como aquello de Presunto inocente. Que se le cuenten si no al protagonista de Cadena Perpetua, o mucho tiempo atrás, al clásico Conde de Montecristo.

Cada firma supone una toma de decisión tremenda. No solo del juez o del fiscal, también la del abogado y la de todos los que intervienen. De nosotros depende, en un momento dado, que un asunto siga o se pare, prospere o fracase. En definitiva, que se haga o no Justicia.

Sin embargo, esas dudas que nos tienen con el alma en vilo no parecen afectar a otros. A ésos que son responsables de que se pongan en marcha medidas sin medios para llevarlas a cabo, a los que no dudan en dar tijeretazo sin pensar en las consecuencias, a los que ponen y quitan personal  y medios -más bien quitan que ponen- sin parase a pensar un minuto, o a los que se llenan la boca presumiendo de leyes y no las dotan de presupuesto alguno. Esos no conocen a Cartesianita, está claro. O si la conocen, ignoran su existencia, o la mandan de copas con su Pepito Grillo, que debió de abandonarles hace ya mucho tiempo.

Así que hoy la ovación va, sin dudas en este caso, para todos aquellos que han de debatirse en el ser o no ser antes de tomar una decisión, y la asumen, como asumen las noches de insomnio que a veces las acompañan. Porque con sus decisiones es con lo que se hace la justicia. Aunque no paseen con la toga en volandas Código en ristre…O tal vez sí, que nunca se sabe.

 

 

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3 pensamientos en “Dudas: entre el sí y el no

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