Contundencia: la tercera c


contundencia

No hay dos sin tres. Si en los dos anteriores estrenos hablábamos de claridad y concisión, hoy le ceden el protagonismo a la contundencia, la tercera c. Porque a la tercera va la vencida.
Y es que en el teatro y en la vida, la contundencia es tan necesaria para dar un mensaje como el sol para que empiece el día. Imaginemos que en la crónica de un estreno o en la invitación para asistir al mismo se dijera que tal vez se celebre en lugar de hacer constar día y hora. O una crítica de cine donde se nos dijera que la película no es buena, ni mal sino todo lo contrario. Hamletear está bien, pero depende de cuándo. Y si se ha de transmitir una decisión, una petición o un mensaje, ha de hacerse en términos precisos. Con contundencia. Sin que deje al espectador entre el Ser o no ser.
Si algo ha de ser contundente en nuestro mundo, ese algo es, sin duda alguna, la sentencia. El paradigma de la decisión por antonomasia. Y sobre todo, su fallo o parte dispositiva. Porque, reconozcámoslo o no ¿quién no empieza a leer por esa parte? Te llega la notificación y corres a buscar el regalito que lleva el huevo de pascua –que me gustan mucho más que los kínder sorpresa- o el roscón de reyes. Sin saber a ciencia cierta si te va a tocar el muñequito o el haba, y te va a tocar, encima, pagar el del año siguiente. Suspense en estado puro., vaya.
Aunque lo peor de todo llegaría si esa sorpresa no supiéramos si es buena o mala, favorable o desfavorable. Si la muñeca es una adorable Pepona o se convertirá en la novia de Chucky, El muñeco diábolico o en uno de esos payasos endemoniados que tan de moda están. ¿Podemos imaginar una sentencia donde diga qe quizás condena, o que tal vez estima la demanda? Desde luego que no. Pero si que hay algunas que dejan flecos como si se tratará del vestuario de Chicago o Cotton Club. Y toca acudir a la consabida aclaración. U otras que suscitan las dudas a la hora de ejecutarlas. Por suerte, no suele ocurrir, pero a veces pasa. Y, por lo general, por causa de las prisas, del corta y pega y sobre todo, de ese colapso que impide en ocasiones prestar tanta atención como se desearía.
Pero si hay algo que siempre me llamó la atención en las sentencias, es esa fórmula del “debo condenar y condeno”. Que me recuerda al Suárez de la Transición, que podía prometer y prometía. Pero que no deja de ser una redundancia. ¿Acaso no se condena cuando se debe? Claro que si, como en cualquier otro trabajo. Porque, por más fantasía que le eche, no consigo imaginar a un albañil diciendo que debe enladrillar y enladrilla, o a la dependienta de una panadería dándonos la barra de a cuarto a la voz de debo vendérsela y se la vendo. Así que tal vez sería el momento de plantearse modernizar algunas fórmulas de estilo. O tal vez es solo cosa mía.
Y como en todas partes cuecen habas, no solo hablaremos de sentencias. Otra de las cosas que me llama la atención en escritos de acusación o calificaciones, sean del fiscal o de la acusación particular, son esas coletillas indeterminadas que dicen: “en caso de que se dicte sentencia condenatoria”, procédase a la revocación de la suspensión, a la cancelación de las medidas o a lo que sea. ¿No es un poco contradictorio solicitar sin condiciones una pena y luego sembrar la duda?. Pues no señor. Yo si pido una condena, la pido con todos sus complementos. Sin plantear que exista otra probabilidad. Acabáramos.
Y ahí entramos en ese universo insondable que son los Otrosi. Un “además” dicho en fino. Y de los que en muchos casos hacemos uso y abuso. He visto escritos hasta con más de diez otrosi, que aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para pedir cualquier cosa. Y enturbian la contundencia de la petición. Y cuando es así, siempre me viene a la cabeza la broma de un magistrado que siempre decía: “y respecto al otrosi, otro no”. Ignoro si llegó alguna vez a utilizarlo, pero seguro que ganas lo le faltaron.
¿Y que decir de los “suplicos”?. Ya sé que queda muy respetuoso y muy formal pero quizás habría que plantearse cambiarlo por un sencillo “solicito”, igual de formal y educado pero sin esa connotación cuasi servil que poco casa con la realidad del siglo XXI. Pero igual son cosas mías también. Lo importante es que sean contundentes a la hora de pedir y, si no superan en extensión al cuerpo del escrito, pues mejor que mejor.
Así que también el aplauso es hoy contundente. Dedicado a quienes hacen bien sus trabajo, con toga o sin ella, con puñetas o sin ella. Plas, plas, plas, plas.

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