Regalos: algo para recordar


REGALOS

Si hay una imagen típica del mundo del teatro, ésa es la del camerino repleto de flores de admiradores, mientras la estrella se cambia displicente, en bata de raso y chinelas de marabú, detrás del biombo junto a su espejo rodeado de bombillas. Y, cuando la cosa sube a su nivel más alto, hasta brillantes, que decía Marilyn que son los mejores amigos de las chicas. Algo machista y estereotipado pero todo un clásico.

Aquí nuestro teatro difiere de medio a medio. Los jueces, los fiscales, los Letrados de la Administración de Justicia y los funcionarios públicos en general no podemos admitir regalos en consideración a nuestro oficio, ni mucho menos, como agradecimiento por un servicio prestado. Aceptarlos nos llevaría a incurrir en un delito y, aunque en otros sectores de la administración esta norma se relaja por consideración a la costumbre, nosotros los llevamos a rajatabla. Ya he hablado alguna vez de una amiga magistrada que se negó obstinadamente a coger las toallas primorosamente bordadas a punto de cruz con sus iniciales por una señora que estaba tan contenta por lo bien que la habían tratado, para disgusto de la pobre señora que se fue pensando que su hacendosa obra no había sido del gusto de Su Señoría. Y los sudores fríos que nos entran cuando alguien aparece con su mejor intención con un enorme ramo de flores o una caja de bombones, que siempre compartimos corriendo para despersonalizar el regalo y convertirlo en un reconocimiento a todo el juzgado, la fiscalía o la oficina de que se trate. ¿Exagerados? Quizás. Pero más vale curarse en salud que no está el horno para bollos

Pero, como sabemos, no todos los regalos son cosas materiales ni se compran en las tiendas. Los mejores llegan un día sin esperarlo y no se cambian por nada.

Como el que recibió el pasado 25 de Noviembre una buena amiga abogada, en forma de llamada de teléfono de quien fue su clienta, y que se acordaba un día como aquel de ella por ayudarla a salir de la situación de malos tratos que la estaba matando en vida.

O como el que contaba otro amigo abogado, en forma del testimonio del que fue un día menor infractor y hoy era un adulto totalmente insertado en la sociedad y feliz de contarlo en público.

O el que refería un juez que consistía en la cara de satisfacción de aquellos que afectados por las malditas acciones preferentes habían recuperado su dinero.

O la cara de unos padres que, en el Juzgado de guardia, daban las gracias por haber sacado a s hija de na relación tóxica, a pesar de que ella no quiso denunciar.

O el guiño que nos cuenta otra amiga abogada y bloggera, cando sus clientes la llaman “mi abogá”.

El otros día, esta toguitaconada recibió un abrazo de alguien a quien no conocía. Era una mujer que fue maltratada, pero a la que jamás había visto. Cuando me dijo que tenía ganas de conocerme porque sabía de mi trabajo y le había ayudado, se me hizo un nudo en la garganta. Aun lo llevo puesto, pero me sabe a gloria. No hay nada como una regalo así, como el que supone cruzarme, de vez en cuando, con una mujer que un día fue víctima de violencia y hoy tiene una vida plena y, desde lejos, me saluda con una sonrisa. La María de la que hablé en otro estreno . Mi María.

Son estos regalos lo que dan valor a esta profesión. Lo que hacen que una se sienta en Un lugar llamado milagro, gritando al mundo, al menos por un instante, eso de Que bello es vivir, o que La vida es bella.

Así que hoy el aplauso va por todos los que nos hacen esos regalos. Y, por supuesto, por todos los que lo merecen. No hay diamante que supere eso.

 

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