Actas: que conste


20200616_073229

Las cosas no existen si no hay alguien que deja constancia de ello. No solo hay que ser El lector o La lectora, sino que hay que contarlo, porque sin alguien que dé fe las cosas son como si no hubieran pasado. Directores o guionistas pueden tener ideas fantásticas pero sus ideas no son nada si no se plasman en una obra. La de historias que se han acabado perdiendo porque nadie las escribió…

En Toguilandia tendemos nuestros propios relatores y relatoras y su particular manera de plasmar lo que pasa. Se trata de los antiguos Secretarios Judiciales hoy Lajs  y de las antiguas actas (hoy grabaciones) Bien mirado, quizás sea de los cambios más evidentes, aunque hayan pasado ante nuestros ojos sin apenas verlas.

Confieso una vez más que este estreno no es cosa mía. O no solo mía, al menos. Una laj tuitera comentaba en relación con los manuscritos la verdaderas obras de artesanía toguitaconada que constituían las actas, y me abrió todo un mundo de recuerdos. Casi como abrir la caja de los truenos.

Cuando yo llegué a Toguilandia, como he contado más de una vez, por supuesto que nadie soñaba que alguna vez las cosas fueran a grabarse en algún tipo de soporte. Pensábamos que la escena del secretario o secretaria judicial sudando tinta para poder recoger de la forma más fidedigna posibles, además de más legible, lo que pasaba en un juicio, era algo que iba a pervivir per secula seculorum. O sea, Para siempre jamás.

Pero resultó que, como la canción, Nada es para siempre y tacita a tacita como en el anuncio de café instantáneo, las actas manuscritas se fueron yendo poco a poco hasta desaparecer. Primero fue la Ley de Enjuiciamiento Civil que descubrió en pleno año 2000, que los juicios podían grabarse, y que no hacía falta poner el radio cassette de toda la vida para ello. Luego ese vicio de grabar se extendió como una mancha de aceite y llegó un día en que ya no teníamos a nuestros secres en sala más que para las cosas del todo necesarias. He de decir que les echo de menos, aunque no eche de menos el acta manuscrita, que tenía su aquel.

Como no hay estreno sin batallita de fiscalita cebolleta, voy a ello. Cuando aterricé en Toguilandia, coincidí con algún que otro secretario judicial que hacía cosas de lo más pintorescas, dicho sea en el buen sentido y con todo el cariño. Uno de ellos llevaba siempre consigo su inseparable caja mágica, una especie de maletita de plástico con muchos compartimentos que era el no va más en adminículos de papelería. Ni que decir tiene que sufragado por el mismo, que el Ministerio nunca ha estado para caprichos. Se colocaba con sus gomas, su grapadora, y sus bolis y se ponía a tomar nota de las cosas como si no hubiera un mañana. Cuando llegaba el momento de los informes, relajaba la mano -el contenido de los informes no se recogía en el acta- y estaba quietecito mientras informaba el fiscal y al principio de los informes de abogados, pero como estos se extendieran demasiado, empezaba a dar golpecitos con el boli y la goma, de modo que alguna vez se le escapó el bolígrafo proyectado a modo de tirachinas hasta mi mesa. Confieso que me costó aguantar la compostura. Pero, gomas aparte, sus actas no tenían ni un pero. Ni un borrón, ni una palabra mal escrita. Para enmarcarlas.

El otro secretario al que me refería, que era muy simpático, no tenía ningún problema en interrumpir a quienes estuvieran declarando para, tras un protocolario “con la venia”, pedirle que repitiera, que no se puede imaginar lo difícil que es tomar nota. Y repetía, claro está. También sus actas eran fantásticas.

Una de la cosas que siempre me llamaba la atención, y que producía que el titular de la fe pública diera un respingo, es esa frase propia tan propia de película “que conste en acta”. Ni que decir tiene que todo constaba en acta, que para eso está, y no por decirlo iban a subrayarlo o ponerlo en mayúsculas. Supongo que era una manera de llamar la atención sobre algo, y que decir, “ojo al dato” como si fueran un locutor retransmitiendo un partido  quedaba peor. Pero el secretario o secretaria siempre se enfadaba, y con  razón. Bastante tenían con no dar abasto con las notas como para oírse aquello. Pero lo peor es que todavía hay quien utiliza este subterfugio, cuando ahora no hay acta como tal sino grabación. Me he quedado más de una vez con ganas de decir que las cámaras tienen por costumbre grabar de principio a fin. E igual cualquier día me lanzo, que nunca se sabe.

La verdad es que he visto todo tipo de actas. Sucintas y detalladas, con letra inglesa o mayúscula, grande o pequeña. Pero siempre he admirado a quienes elaboraban ese documento tan importante. Quizás no eran conscientes de ellos, pero resultaba esencial para poder articular un buen recurso y, desde luego, para ganarlo. Por más que una recordara lo que se dijo en tal juicio, si no estaba en el acta es como si no hubiera pasado. Y la verdad, solía estar.

Había otro momento curioso, la firma del acta. La estampaban, por supuesto, juez y fiscal, así como las partes que habían intervenido. Y el secretario o secretaria judicial para dar fe de todo aquello. O sea, para decir que era verdad. Y es que eso de dar fe tenía su punto cuando alguien no quería o no sabía firmar. O cuando se empeñaba en leer el acta completita para poder firmarla. Incluso he visto algún testigo empeñado en hacer un comentario de texto acerca de su contenido, como si aquello fuera un cine fórum o una tertulia y no un juicio. Un pequeño,placer del que nos han privado en pro de la eficiencia. Y en pro, por supuesto, de la salud de las articulaciones de las muñecas de aquellos que habían que elaborarlas, que no es moco de pavo.

Me despediré con otra anécdota de aquellos tiempos. En un juicio de faltas, un letrado esgrimía en su informe, en un pleito entre vecinos, que el secretaría había levantado el acta. Uno de los encausado se alzó muy enfadado y dijo que aquel señor no había levantado nada en todo el rato y que el acta no se había movido de encima de la mesa. Y no le faltaba razón, aunque sí un poco de comprensión lectora.

He de confesar que hoy mismo he sentido nostalgia de aquellos tiempos. Me hubiera encantado ver cómo transcribían en acta la frase de un investigado, que afrmaba que su mujer se llevó al trabajo a su hijo con riesgo de que cogiera el conorarivus. Hay que ver lo que cuesta escribirlo. Pero me quedaré con las ganas.

Solo me queda el aplauso, que va, sin duda, para los hacedores y hacedoras de las actas manuscritas. En especial, a Gloria Morchón, cuya respuesta en forma de tuit inspiró este post. Mil gracias.

También me gustaría tener un recuerdo especial para el que fue uno de mis secres favoritos, que se nos fue hace poco. Le dediqué un artículo y aquí quiero recordarlo. Va por tí, Miguel Angel.

 

 

Manuscritos: no hace tanto tiempo


20200612_165818

Los manuscritos siempre han tenido magia. A mano se escribían las obras de teatro hasta que la máquina de escribir y luego los ordenadores popularizaron la escritura mecánica. Y las publicaciones eran de manuscritos hasta que el señor Guttenberg y su imprenta vinieron a trastocarlo todo. Son muchas las películas dedicadas a ello, El manuscrito, El manuscrito secreto, El manuscrito encontrado en Zaragoza o El hallazgo del pergamino, entre otras, porque en plena era digital tienen todavía más encanto. Que se lo digan si no a esos coleccionistas capaces de pagar cantidades de dineros obscenas por un autógrafo o una dedicatoria de cualquier estrella.

En nuestro teatro la verdad es que firmamos muchos autógrafos  y, aunque su cotización nada tenga que ver con los de famosos y famosas, a veces ese autógrafo se agradece más por quien lo necesita para que se resuelva definitivamente su pleito que por el fan el de su estrella favorita. Así que nos podemos consolar pensando que tenemos algo de estrellas, como cantaba Bertín al final de aquel programa de imitaciones, Lluvia de estrellas.

Pero, además de los autógrafos, en Toguilandia hay más de un manuscrito. Y, a poco que nos remontemos en el tiempo muchos más. Cuando yo aterricé en este mundo los fiscales escribíamos a mano. Entre otras cosas, porque no teníamos ordenador -ni soñarlo- y ni siquiera una máquina Olivetti de las que eran habituales. Lo hacíamos a la vuelta del folio y, si se trataba de un escrito de más envergadura, lo escribíamos a mano para que el funcionario correspondiente lo pasara a máquina. De esas transcripciones ha nacido más de una anécdota jugosa, como la de citar a la Tía Aurora como testigo porque la funcionario no entendió la letra de la Fiscal, que pedía que se citara a la “Cía” (de seguros) Aurora.

Como decía, mi estreno toguitaconado tenía por todo material un boli. Ni siquiera cuño de “visto” porque a mi fiscal jefe no le gustaban, que decía que nos lo podía coger cualquiera y suplantarnos. Así que hasta los «Vistos» los poníamos a mano. Recuerdo que el primero que firmé, un sobreseimiento por autor desconocido de apenas dos folios, me costó tres cuartos de hora. Y es que estampar tu primera firma con trascendencia es algo muy gordo, aunque ahora no le demos importancia.

También en ese primer destino los escritos a mano suscitaron algún problema. En un lugar donde las relaciones entre judicatura y fiscalía no eran tan finas como cabría desear, cualquier cosa podría ser un problema. Y en un caso lo fue una juez que devolvía todo lo manuscrito por decir que “resultaba ilegible”. Y, aunque en algunos casos si no lo era, estaba cerca, en otros la caligrafía era digna del mejor de los monjes amanuenses. La cosa llegó al punto que nuestro fiscal jefe remitió al Tribunal Superior de Justicia los escritos de dos fiscales con una letra esmeradísima para que decidieran si eran o no legibles. Uno de ellos el mío, que si algo me enseñaron las monjas en su día fue a a hacer una letra inglesa preciosa, aunque últimamente la haya olvidado. Lo curioso fue que el Tribunal decretó que sí eran legibles, pero a nadie se le ocurrió decir que con unos ordenadores -ya existían, aunque no en Justicia-. o máquinas de escribir se hubiera solucionado. No obstante, la juez era especialmente pejiguera, cosa que se demostró cuando devolvió por ilegible un simple “Visto”. Y, como todo el mundo sabe, no hay fiscal que no sepa poner unos “vistos” `preciosos. Está en nuestro ADN.

Uno de mis compañeros me proporciona un filón fabuloso respecto a aquellos tipos de escritos. Uno de ellos es el caso de un fiscal que debía compartir con mi jefe de entonces el temor a ser suplantado, porque escribía la V de “visto” de tal tamaño que era imposible que cupiera nada más en el folio. Lo curioso es que el resto de caracteres eran de tamaño normal, lo cual causaba un efecto raro. Sin duda.

También me comenta el caso de una fiscal recién llegada a Toguilandia que escribía la siguiente ristra por cada “visto”: La fiscal  instruida debidamente del contenido de las DP XXm, evacúa el traslado conferido y dice: Visto”. Ni que decir tiene que cuando, como suele pasar, eran más de 200 los expedientes a despachar, la pobre tardaba un mundo. Así que recibió con inmenso agradecimiento el consejo de mi veterano compañero, que le dijo que bastaba un lacónico “visto”. Las articulaciones de su muñeca deben mucho a aquel compañero.

Y ojo, que además hay quien tiene sus propias extravagancias. Escribir con rotulador verde, hacerlo en los márgenes porque no cabe en el folio vuelto y hasta había quien tenía a gala no usar jamás medios mecánicos, como si fuera una hazaña digna de mencionar en el currículum

La verdad es que aunque los escritos oficiales acabaron sucumbiendo a la imprenta, para agradecimiento de todo el mundo salvo los oftalmólogos, ese documento necesario pero extraoficial llamado extracto todavía se resiste en muchos casos. El extracto es un resumen de la causa y de lo importante de la misma que se incorpora a la carpetilla para que quien vaya a juicio tenga conocimiento pleno de la misma sin necesidad de volverla a leer. Pero, como todo el mundo sabe, en la mayoría de casos, los fiscales no acudimos a los juicios que hemos calificado, sino a los que nos toca, y entonces el extracto se torna algo indispensable. Y ahí hemos pasado muchos padecimientos. Letras ilegibles, abreviaturas imposibles de entender y hasta un sistema de asteriscos y llamadas que formaban un jeroglífico tal que ni con la piedra Roseta se interpretaban. En mi caso, recuerdo el de un compañero que escribe apretando tanto el bolígrafo sobre el papel que hubieran podido leerse sus extractos al tacto, como en el Braille.

Adonde, dese luego, no ha llegado el ordenador, es al mundo maravilloso de los pósit. Aunque ya hemos hablado más veces de la positprudencia, ahí sí daría para hacer una auténtico manual de estilo. “Te lo mando porque no sé que hacer” “Al fiscal, a ver qué dice” y hasta “Espero que el Fiscal no se oponga”, dando la pista sobre qué quieren que hagamos.

Pero no todo va a ser estar conforme. Hay quien está disconforme por principio. Eso me cuenta una compañera, que ha visto con sus ojos como un colega había escrito en una vetusta ejecutoria: “El fiscal dice: me opongo”. Eso es tener claras las cosas, sí señor, y además suena como un grito de guerra zulú. Y me recuerda aquello del jurista que se oponía a todo, y en vez de “otrosí”decía “otrono”.

Y como no hay que ponerse demasiado ombliguista, recordaré algunos manuscritos provenientes de otras latitudes pero que también tienen su miga. Una compañera refresca mi memoria respecto de denuncias mano o cuestionarios para evitar matrimonios de conveniencia, que darían para varias funciones. Aunque para especies peliculeras, las cartas que recibimos de presos desde los centros penitenciarios, que no tienen desperdicio y que acaban siempre con el consabido “qué hay de lo mio”. Y, por supuesto, las peticiones manuscritas de habeas corpus, a las que me he referido en varios estrenos tanto por sus verdaderos nombres como por sus inolvidables nombres de guerra, corpus cristi o ave scorpio.

Para terminar, hemos de reconocer que los manuscritos todavía existen. Aún hay Vistos a mano, y escritos de los de “aquí te pillo aquí te mato” que no te queda otra que firmar a mano, porque en la guardia se ha estropeado el ordenador -he hecho hasta escritos de conformidad a boli- o porque en el juzgado de pueblo no tienes ni mesa ni silla ni perrito que te ladre. Y también por otras razones, que dejaré en suspense. Pero todavía hay hasta recursos de reforma a la vuelta del folio, aunque cada vez menos

Por todas estas cosas, hoy dedicaré el aplauso a todos los compañeros y compañeras que han contribuido a este estreno, y especialmente a Javier Montero, de quien partió la idea y que ha aportado jugosas anécdotas. Al César lo que es del César.

 

Racismo: ¡caracoles!


caracoles

 

En unos días en que el racismo está de plena actualidad, no olvidemos que el cine lo ha tenido siempre presente. Y no solo en sus grandes manifestaciones como sucede en 12 años de esclavitud o Arde Mississipi, sino en las pequeñas muestras, en esas en las que apenas reparamos, como la de aquellos padres de la magnífica Adivina quién viene a cenar o la hilarante Dios mío pero qué te hemos hecho.

En nuestro teatro ya hemos dedicado estrenos a los delitos de odio o a la xenofobia. Pero hoy quería regalan a quienes me leen un relato, inspirado, además, en una anécdota familiar.

Escrito en clave de humor -o, al menos, eso pretendo- es una invitación a reflexionar sobre esas cosas que decimos sin pensar.

 

 

CARACOLES

Mira que mi hermano nos lo dijo veces. Pues nada, metieron la pata a la primera de cambio. Igual hubiera sido mejor no explicar nada, que con mi familia nunca se sabía. Pero ya no había remedio.

Mi hermano había invitado a uno de sus mejores amigos a comer en casa. Se trataba de Rafik, un chico argelino que estudiaba con una beca. Era agradable, aunque tal vez un poco tímido. Pero cuando parecía que empezaba a acoplarse, llegó el desastre.

Lo que nos habían advertido es que a ellos en general, y a Rafik en particular, les molestaba mucho la palabra “moro”. Que no se nos ocurriera usarlo porque le ofenderíamos. Por supuesto, le dijimos que nos comportaríamos como las personas civilizadas que éramos. Y no le mentimos, desde luego. Éramos personas para darnos de comer aparte.

La cosa empezó regular. A mi madre no se le ocurrió mejor idea que hacer caracoles para comer. Nos encantaban, tan ricos con su toque de picante, pero había que reconocer que no era el plato ideal para obsequiar a un invitado que venía por primera vez. Por un lado, sorbíamos como si no hubiera un mañana para sacar todo aquel rico juguito del interior del caparazón, lo que no parecía muy normal. De otro, habría que ver cómo se aclaraba él para sacar la molla del bicho. Nos miraba de hito en hito, cogiendo un poco de ensalada para disimular, a la espera de que alguien le explicara cómo comer aquello. De repente, el desastre

 

-Mamá, estos caracoles no te han salido tan ricos como siempre

-Claro que no. Son una birria. Como que son todos moros…

 

Mi hermano escupió el caldo que se estaba comiendo a cucharadas, y salpicó a mi madre, a Rafik, y a algún comensal más. Mi madre, se puso alternativamente roja como la guindilla de los caracoles y blanca como la pared, y acabó llorando como una Magdalena. Mi padre, el artífice del desastre, nos miraba atónito sin saber qué había hecho. Mi tía le puso la mano en la boca al ver que se disponía a abrirla de nuevo. Rafik se levantó y se marchó.

Fui tras él. Necesitaba explicarle que mi padre era torpe, pero no quiso ofenderle, que en realidad llaman “moros” a un tipo de caracoles más pequeños y que les parecen menos sabrosos.

– O sea, peores. Porque son moros ¿no?

Quise arreglarlo y lo fastidié aún más. Sin duda alguna, he heredado la torpeza de mi padre. Ya no volví a intentar hablar con Rafik, al menos ese día. Eso sí, le supliqué a mi hermano que se lo explicara bien. Si es que volvía a dirigirle la palabra, claro.

Mi hermano no volvió a traer a Rafik, ni a hablar de él. Solo nos dijo que no nos perdonaba aquella ofensa a su amigo, que, aunque sabía que no teníamos mala intención, podríamos habernos fijado un poco, que bien que nos había advertido.

Tenía toda la razón. Yo, por mi parte, traté de volver a hablar con él y de deshacer el entuerto y, de paso, rehabilitarme como persona ante él. No quería que me consideraran una xenófoba, como tantos que había encontrado el pobre Rafik, según contaba mi hermano.

Lo conseguí. Me escuchó y supo comprenderme. Tanto, que hoy, dos años más tarde de aquella catastrófica comida, Rafik volverá a comer en casa. Les vamos a anunciar que nos casamos. Por si las moscas, le he dicho a mi madre que no haga caracoles.

Mi familia lo aceptó de buena gana. Incluso se llegó a comentar la anécdota de los caracoles en tono festivo. Todo parecía ir bien hasta que hablamos de nuestros planes de futuro. Rafik le explicaba a mi padre que él era partidario de que yo trabajara fuera de casa, desde luego, que ni se le ocurriría otra cosa

-Y entonces ¿No serás moro con ella?

 

Mi padre no tenía remedio. Pero Rafik ya se había acostumbrado a que le pasaran estas cosas. Sonrió y me dio la mano. Cuando vimos que, de postre, había helado de moras, nos dio un ataque de risa.

Covidnécdotas: cosas que pasan


20200605_161549

De vez en cuando hay que reírse o, al menos, sonreír. No hay situación de la que no se pueda sacar un punto de comedia, aunque sea agridulce, porque el humor es la mejor terapia. Así lo ha entendido siempre el mundo del cine, que ha sacado una sonrisa hasta de las situaciones más amargas. Chaplin hizo una crítica feroz al nazismo en El gran dictador, y la hizo en clave de comedia, y la vida de Cristo con toda su carga dramática dieron lugar a la desternillante y antológica La vida de Bryan. Pero no hace falta irse a acontecimientos tan trascendentes, cualquier drama puede tornarse en comedia aunque sea por unos instantes, y, si no, no hay más que ver la saga de Aterriza como puedas.

En plena desescalada, nuestro teatro no podía ser menos, desde su modestia. Así que me dedicado a recopilar anécdotas, como he hecho otras veces, sucedidas en Toguilandia durante el confinamiento o al hilo de la nueva normalidad. Temo que serán las primeras, pero no las últimas. Tiempo al tiempo.

Una de las cosas que más juego han dado ha sido, cómo no, el teletrabajo y su dudosa compatibilidad con la conciliación. Así que nos hemos encontrado todo tipo de situaciones pintorescas.

Una compañera me habla de la odisea de hacer comparecencias de prisión a través de la pantalla cuando tienes a tu lado a un bebé de año y medio. Si el tipo que mandó a prisión supiera que esa petición la hizo la fiscal dándole la manita al bebé y luchando para que no saliera en pantalla no sé qué pensaría, pero hay que dar gracias a que esas cosas no se vean nunca…o casi nunca.

Una situación parecida me cuenta un compañero, padre de un niño de 6 años, que estaba solo con él en casa cuando tenía que hacer una comparecencia de prisión por videoconferencia. Para evitarse problemas, papá fiscal dijo a su niño que iba a salir un malo en pantalla y no quería que lo viera. Lo que no calculó era lo que iba a pasar tras decir eso, porque nada más empezar el crío comenzó a reptar por el despacho, tanto entre la sillas como por debajo de la mesa. El niño buscaba un ángulo por el que asomarse para ver al malo, ante el sudor frío de su padre en ese trance. Por suerte, el malo fue a prisión antes de que el niño consiguiese verlo. O eso cree al menos su padre, claro.

Y es que, según me comenta otra compi, es difícil explicar a los niños lo que va a pasar. Porque, claro, le dices eso de “no te acerques que mamá va a hacer una cosa muy importante», y espoleas su curiosidad, produciendo el efecto contrario, por lo que no se puede hacer otra cosa que cruzar los dedos y tener mil ojos. Eso sí, cuando se acaba una respira aliviada por la tensión extra.

Las explicaciones a los niños tienen su aquel, desde luego, pero sus contestaciones aun más. Una compi a la que pilló de guardia el día que cerraron el mundo, hubo de quedarse con el móvil e ir haciendo desvíos cada cambio de guardia. Su hija debió empaparse bien de la situación porque cuando su madre le mandaba hacer deberes, la niña contestaba que ella no era la niña de guardia, que le correspondía a otra. Y se quedaba tan fresca.

A veces, no obstante, no se pueden evitar sus intervenciones. Me cuenta otra fiscal el bochorno que pasó cuando, en mitad de una videoconferencia, su hija le llamo a gritos para que fuera a ver las deposiciones de la más pequeña, en  fase de desescalada de pañal. Supongo que el resto harían como si no lo oyeran, pero es lo que hay.

Pero no solo pasan estas cosas a fiscales. Cuenta una compañera como en pleno desarrollo de la comparecencia por videoconferencia se vio desparecer de la pantalla escopetada a una letrada, y acto seguido, se escuchó un escándalo como si estuvieran destrozando la casa. Y eso debió ser, precisamente, lo que debió hacer su hijo, aunque al cabo de un momento volvió como si nada. El resto de intervinientes también fingieron que no había pasado nada. Pero seguro que se quedaron con la curiosidad.

Otra cosa que ha quedado claro tras esta pandemia es que jueces y fiscales no nacimos con la toga puesta ni la llevamos siempre. Es más, ni siquiera nuestro aspecto es el que ofrecemos en las guardias y en las salas de vista. Buena prueba de ello es la que dio mi compañera, convocada a una comparecencia de orden de protección por videoconferencia. Una vez conocidas las claves, las ingresó en el ordenador con el convencimiento de que le darían un ok o algo parecido. Cuál no sería su estupor al ver que su look pandemia, de cara lavá y moño artesanal, era visionado por, al menos, los cuatro interlocutores comparecientes. Desapareció en el acto y  cambió su aspecto de modo que está convencida de que creyeron que quien pedía la orden de protección era otra fiscal. Y no haremos que piense otra cosa ¿verdad?

Lo que me cuenta otra compañera combina ambos factores. De un lado, el look pandemia, agravado por la visión recalcitrante de la cenefa de su cocina que siempre ha odiado. Eso sí, como no hay mal que por bien no venga, ha salido del confinamiento dispuesta a cambiarla cueste lo que cueste. Pero, como además de la cenefa, tenía que soportar los gritos de sus tres hijas, decidió ir a casa de su hermana, teóricamente vacía, Y digo lo de teóricamente porque, mientras ella hacía su comparecencia, apareció por sorpresa su cuñado por detrás que, a grito pelado decía primero que olvidó el almuerzo y luego que allí había mucha gente y  que lo que estaba soltando la juez era muy largo. Y, aunque no me lo ha confirmado, estoy segura de que en ese momento mi compi añoró su cenefa y los gritos de sus niñas.

Y claro, si demás del look personal añades el de nuestras casas, la cosa se pone fina. De hecho, una amiga abogada me hablaba de las cortinas de la casa del fiscal con toda tranquilidad. No contaré más, que luego todo se sabe,

Otra cuestión es la relativa a nuestra identidad digital, por llamarla de alguna manera. Como quiera que la situación excepcional motivó que cualquier medio disponible fuera válido, muchos usamos nuestros propios ordenadores. Sin pensar que aparecemos con los nombres “de guerra” que usamos en nuestra vida civil, incluso, en algunos casos, con los de nuestras hijas e hijos, más avispados en esto de la tecnología que sus viejunos papis. Y con cosas curiosas, desde luego, en esos alias que nunca esperarían de una señora fiscal sea Pokemon o chupichurri05

Pero el look pandemia ha creado tendencia, y hay otra compañera que me cuenta de su aspecto en la comparecencia virtual. Niquelada por arriba y pandemiada por abajo. Esto es, con traje de chaqueta de cintura para arriba, pantalón de pijama y zapatillas de unicornios. Un look que no es exclusivo de fiscales, porque puedo asegurar que el juez con el que comparto mi vida hizo de esa guisa una junta de jueces aunque en su caso las zapatillas no eran de unicornios y además de chaqueta llevaba corbata, que no se diga.

Las mascarillas también han dado lo suyo para hablar. Otra fiscal amiga cuenta el numerito que montó cuando, parada por la guardia civil, recordó que no tenía mascarilla y trató de encontrarla en el coche a zarpazos y ponérsela, con lo que acabó haciendo unos aspavientos tales que es posible que la dejaran pasaran por pena, como ella dice, o hasta por risa. Nunca se sabe.

Otra compañera, ante las dificultades que con este nuevo complemento encontraba para ser identificada, acabó por apartársela de la cara y repetir por quinta vez: fiscal de guardia. El vigilante, ni corto ni perezoso, le dijo que eso era lo que tenía que hacer, quitársela y acercarse, que si no no la entendía. Vivir para ver.

A través de la videopantalla se ve de todo. Un compañero hablaba de una compareciente con dos mascarillas, pero nada comparado con la que vi yo ayer mismo, con la mascarilla al revés. Y con «al revés» quiero decir que la sujetaba con los dientes y le tapaba los ojos. Además, esta detenida, que no estaba muy fina, tosió y la juez se apartó  como si le fuera a salpicara través de la pantalla Luego pidió perdón, pero yo no podía aguantar la risa.

Otros casos no son cosa de risa, aunque puedan despertar la hilaridad,. Eso es lo que le pasó a otro fiscal que se encontró con que los comparecientes eran sordomundos, así que ya podemos imaginar como de imposible era la comunicación con mascarillas.

¿Y que decir del trámite de la última palabra que, si normalmente da para situaciones jugosas, en estos casos más aún? Pues eso, que hubo uno que, concedida la última palabra, dijo que tal como estaba la cosa, prefería que le metieran dentro de prisión, aunque se conformara. Quizás pensaba que el bicho tendría miedo de ir a prisión, con la gente que hay por allí.

Aunque no hace falta que sea la última, la primera palabra también es susceptible de mucho. Ayer mismo el detenido, que comparecía por videoconferencia desde comisaría, dijo que se acogía a su derecho a no declarar. Mientras se hacía el acta y todas esas cosas que se han de hacer, el tipo comenzó a contarlo todo al que tenía al lado, sin darse cuenta de que el micrófono estaba abierto y le oíamos todos. Su abogado, blanco como el papel, gritó “Antonio, que no declarar es no declarar, o sea, callarse la boca”. Por supuesto que hicimos como si aquello no hubiera pasado.

Pero Antonio tenía la negra. Cuando, terminada su fulgurante intervención, la jueza dijo “traíganme a X” refiriéndose al siguiente detenido, aquel pensó que hablaba con él y no con la policía y dijo, muy alterado, “oiga, que no lo conozco de nada, ¿cómo lo voy a traer?” No era su día, sin duda.

Y hasta aquí, unas cuantas covidnécdotas de las muchas que seguro han pasado. Y de lo mucho que queda por pasar, me temo. De momento, vaya por delante mi aplauso para todos y todas los que habéis contribuido con vuestras vivencias. Que la mascarilla nos acompañe.

Para informe: el comodín de la llamada


20200602_122542

 

No hay juego de cartas que no tenga un comodín. Y no hay casino que se precie sin sus mesas de cartas, un escenario muy dado a películas y obras de ficción. Sin un Black Jack en un Casino, ni es Casino ni es nada. Ni Casino Royal ni Molly´s Game serían igual. Por extensión, los comodines sirven para muchas otras cosas, pero han dado en alcanzar cierta notoriedad en los concursos de televisión, como ¿Quien quiere ser millonario?, donde el comodín de la llamada o el del público pueden sacar al concursante del apuro. ¿Y quien no ha dicho alguna vez “pasapalabra” cuando no sabía qué contestar a alguien?. Aunque he de reconocer que para títulos de concursos me quedo con uno que veía de niña, llamado Si lo sé no vengo. Hace tanto tiempo de aquello, que fue con el que se dio a conocer Jordi Hurtado. Eso sí, estaba igual que ahora, salvo el color de la montura de las gafas.

En nuestro teatro tenemos un famoso comodín del que ya hemos hablado más de una vez, el “pase al Fiscal para informe”. Es tan famoso y tan controvertido que ayer mismo teníamos una animada conversación tuitera entre jueces y fiscales que iba desde el “yo nunca he pedido informe del fiscal” hasta el “a mí me lo piden siempre”. Por supuesto que no hace falta ser Sherlock Holmes para saber de qué lado de estrados venía una y otra afirmación. Aunque, en honor a la verdad, diré que entre uno y otro extremo había multitud de grises toguituiteros y además, muy cordiales. Como debe de ser.

Cuando yo llegué a Toguilandia, allá por el Pleistoceno, fui a caer en un destino donde las relaciones entre judicatura y fiscalía no atravesaban su mejor momento. En consecuencia, de las primeras cosas que nos dijeron los veteranos -y no estoy usando el masculino genérico- a las recién llegadas -tampoco uso el femenino genérico-  era que «a los jueces, ni agua». Nada de tomarnos cafés, ni de hacer bromas ente juicio y juicio ni de dirigirnos la palabra si no era por escrito o para informar en juicio. Y, por supuesto, a recurrir todo lo recurrible, en especial los autos de incoación de Procedimiento Abreviado en cuanto les faltara un poco de motivación o de concreción en los hechos. Aclaro que era en esos momentos cuando el Tribunal Constitucional estaba fijando la doctrina al respecto y aquello tocaba bastante las narices judiciales

Ni que decir tiene que semejantes indicaciones nos dejaron de pasta de boniato. Además, en mi caso, iba a ser difícil de cumplir, ya que mi pareja era uno de aquellos jueces a los que había que condenar al ostracismo fiscal y recurrirles todo lo recurrible. Pero había quien se lo tomaba tan en serio que una juez llegó a devolver los famosos «vistos» a mano a la vuelta de la resolución para que se transcribieran a máquina. Verdad verdadera.

Por supuesto, consecuencia directa, o tal vez causa, era la respuesta a la famosa providencia “pase al fiscal para informe”, algo que no venía en la Ley de Enjuicimiento Criminal ni en nuestros apuntes de la oposición pero ha resultado ser uno de los hits de las relaciones entre jueces y fiscales. Pues bien, la consigna era que cada vez que nos remitieran aquello de “pase al fiscal para informe” respondiéramos con un lacónico “procédase conforme a Derecho”, nuestro comodín del público, o su versión más pulida: “incoado procedimiento conforme a la ley, procédase conforme al tenor de la misma”

Recuerdo una versión cañí de “pase al fiscal” que, aunque he contado alguna vez, no me resisto a traer a colación aquí. Era el traslado urgente por pósit, con un texto que decía “al fiscal cagando leches”. Por supuesto, el fiscal aludido cumplió con presteza con su cometido y pegó a su informe otro pósit donde decía “al juez por el mismo conducto”. Un juego de buena educación e ironía fina que no siempre se cumple. Todavía se recuerda en el lugar donde sucedió la que se armó cuando una causa llegó a fiscalía con un pósit donde decía “a la…. De la fiscal” -rellénese la línea de puntos como guste a cada cual- La verdad es que nunca supimos si el lapsus de enviarlo con el pósit fue tal lapsus o alguna mano lo olvidó deliberadamente. Y nunca lo sabremos.

La cuestión de la que hablábamos en nuestra conversación tuitera era a propósito de la admisión de una querella. Es cierto que en ningún sitio dice que deba pasarse para informe al Ministerio Fiscal, pero también lo es que no dice que no se pueda hacer, y puede tener fundamento en la función del fiscal de impulso procesal a que aluden varios preceptos de la LECrim. Mi experiencia personal, demás de un cuarto de siglo, es que siempre me las han pasado para informe, y que, además, yo he informado gustosa. Es más, cuando me han preguntado al respecto, mi respuesta suele ser “pásamelo para informe”. Y es cierto que es más práctico conocer desde el principio la postura de “tu fiscal” que tener que ir descubriéndola a fuerza de recursos, como si se tratara de una novela por entregas. Pero también es verdad que el sistema de la Ley era que el juez decidiera y el fiscal recurriera o no. Como siempre, estamos hablando de una ley del siglo XIX para una realidad del siglo XIX, un detalle que no es baladí.

Esto mismo vale para cualquier trámite, particularmente en fase de Diligencias Previas. El sobreseimiento suele acordarse a instancias del fiscal o, al menos tras un informe del mismo sobre si procede continuar o no con la causa. Lo cual, aunque no esté previsto en la ley es bastante práctico, sobre todo en causas en que no hay más partes personadas. Como quiera que el juez o jueza no puede seguir adelante si la fiscalía pide el sobreseimiento, salvo que haya acusación particular, es bastante razonable conocer el parecer del ministerio Público para que Su Señoría sepa a que atenerse.

Como decía, mi experiencia es que el pase al fiscal para informe es el pan nuestro de cada día. Algo que, por otro lado, hemos asumido mi juez y yo como modo de funcionar y no critico en absoluto. Por lo que veo, hay quien piensa exactamente lo contrario y dice que jamás lo hace así. Y es que al final, cada togadico tiene su librico.

Pero, con la ley en la mano, no podemos dejar de lado algo incontestable. A día de hoy, el Ministerio Fiscal no es quien instruye. Esperar a que sea el que dé cada paso en la instrucción es un modo encubierto de que lo haga, aunque en modo cutreleg, esto es, sin cobertura legal ni medios. A esto se sumó el infumable artículo 324 de la Lecrim, al que tantas maldiciones hemos dedicado, que no solo establecía límite temporal a la instrucción -6 meses prorrogables a 18- sino que convertía al fiscal en el garante del mismo, a pesar de no ser quien tiene en su poder los autos. Como he dicho en alguna ocasión, nos manda cuidar de una casa pero no nos da las llaves. Y es que es un precepto que, con los medios necesario, podría ser coherente con un sistema en que instruyera la fiscalía, pero nunca en uno en que caiga sobre los miembros de la judicatura. Esa instrucción sobre la que se sigue debatiendo a quién corresponde, con jueces y fiscales reclamando “mi tesoooro”, como ya vimos en otro estreno.

Eso si, lo que no podemos ocultar es lo bien que viene esta posibilidad cuando se avecinan determinados momentos como inspecciones -está todo en fiscalía- o cara a las vacaciones, en ese fin del mundo judicial que vivíamos cada mes de julio y cada fin de año. Ahora, como el maldito virus lo ha trastocado todo, el efecto fin del mundo pasa a ser cosa de cada día y no solo de vacaciones. O de no-vacaciones para más de uno y una, cortesía del coronavirus.

Y hasta aquí la historia de una de las providencias más famosas de Toguilandia. No quiero terminar sin llamar la atención sobre algo. Resulta llamativo que, cuando más se especifican las funciones del Ministerio Fiscal en jurisdicciones distintas a la penal, incluso en cuestiones en que su presencia no tienen demasiada justificación -como la comisión de Justicia Gratuita- la regulación de nuestra intervención en la materia donde mayoritariamente actuamos sea todavía tan difusa. Recordemos que, por el contrario de lo que muchos creen y exigen, la presencia del Ministerio Fiscal no es precisa en declaraciones de testigos e investigados, aunque pueda estar y de hecho lo esté en muchas ocasiones.

El aplauso se lo daré a quienes hacen de ella el uso razonable que suponga beneficio del justiciable. Y par mí, me pediré el comodín de la llamada, por si alguien se ha molestado. Nada más lejos de mi intención.

Y la mención extra es hoy para Nieves, señoría tuitera de la que he tomado prestada esta imagen. Me pongo al corte y confección ya mismo para imitarla

Ofrecimiento de acciones: Derecho en bandeja


bombones forrest

 

Muchas cosas se pueden ofrecer en la vida, tantas como recibir, sin duda. Las imágenes de La camarera con una bandeja de copas, pasteles o lo que sea, de La Camarera del Titanic o, por supuesto del Camarero –no vayamos a faltar a la inclusividad- son invitaciones a consumir, aunque hay otras invitaciones cinematógraficas que van más allá, como la que hace Amelie a consumir la vida. El mundo es como una caja de bombones, como le decía la madre de Forrest Gump a su hijo, en una escena que ha quedado para los anales del cine, y de la memoria colectiva. A por ellos vamos,

Pronto estaremos de vuelta a full time en Toguilandia, con eso que se llama la nueva normalidad, aunque más bien parezca la nueva anormalidad. Por eso, ya hay que volver a dedicar las funciones de nuestro teatro a algo que vaya un poco más allá de mascarillas, pantallas, pandemia y sus consecuencias. Por más que al final la cabra acabe tirando al monte.

Hoy se abre el telón para hablar del ofrecimiento de acciones, algo que a quienes vestimos toga nos parece lo más normal del mundo pero que causa estupefacción a quienes no tienen costumbre de transitar por Toguilandia.

Como sabemos, cuando alguien resulta o puede resultar perjudicado por la comisión de un delito, se le ofrecen acciones penales y civiles. Esto supone la posibilidad de personarse -otro concepto que habría que explicar- en la causa como acusación particular y reclamar una indemnización. O de hacer una u otra cosa. Vaya por delante que se puede reclamar una indemnización sin necesidad de personarse como parte, en cuyo caso lo hace si procede el omnipresente Ministerio Fiscal, o se puede personar y renunciar a la posible indemnización. Esto último, aunque es un supuesto infrecuente, no es tan inverosímil como pudiera parecer, se da de vez en cuando el delitos contra el honor donde el querellante quiere que se reponga su honor lesionado, pero decide renunciar a la indemnización, pedirla simbólica -1 €, por ejemplo- o donarlo a una ONG. Para que luego digan que no tenemos corazón.

Pero vayamos por partes. ¿Nos hemos planteado alguna vez qué entiende alguien cuando nada más sentarle en la silla – si la hay-para declarar le dicen que firme el ofrecimiento de acciones? “Pues la verdad, para ofrecerme algo me podían haber ofrecido un café, o una tila, que me hubiera venido mejor” fueron, más o menos textuales, las palabras de una mujer que había sufrido un accidente laboral y venía hecha un manojo de nervios a contarlo. Y desde luego estoy con ella, porque a veces ese ofrecimiento es tan baldío, como en los casos de insolvencia absoluta y notoria del autor del delito, que al menos el café una ya se lo llevaba puesto.

Luego está la cuestión de la personación. Recuerdo en una ocasión que la testigo víctima nos decía en el juicio que se personificó en su día pero luego se arrepintió de haberlo hecho y se tuvo que despersonificar. Aun me estoy preguntando cómo sería eso de despersonificarse, aunque a mi estas cosas siempre me traen a la cabeza el recuerdo del Superagente 86 cuyos mensajes se autodrestuían en cinco segundos. Pero no era el caso. Un buen rato tras la despersonificación, la mujer seguía allí, como el dinosaurio de Monterroso.

Y es que caemos una y otra vez en el mismo defecto, el de emplear nuestra jerga sin darnos cuenta de que para el justiciable aquello suena como si fuera swajilii. Aun no tenemos bien aprendida la lección de que deberíamos empelar un lenguaje que nos permitiera hacernos comprender, como decíamos en otro estreno, y no parecer de una secta  que habla un idioma extraño.

El ofrecimiento de acciones, además, suele venir precedido de una manida pregunta ¿Usted ratifica lo que declaró en su día? Y, con más frecuencia de lo que nos gustaría, nos encontramos con la misma respuesta. Yo no rectifico nada. He tenido incluso testigos que se han sentido ofendidos con la pregunta, y después de insistir en que no rectifican nada, han manifestado su sentimiento de honor herido al decirnos que si acaso nos creeemos que es un mentiroso. Y es que  nos costaría bien poco preguntarle si se mantiene en lo dicho o algo así en vez de cerrarnos a las fórmulas de siempre.

Todo lo anterior se refería a la forma, pero lo relativo al fondo también tiene perendengues. Lo de las acciones no sabe muy qué es quien no se dedique a este negocio y, cuando se le explica que se trata de saber si quiere una indemnización , la respuesta es casi unánime. ¿Cómo no van a quererla? Pero lo que subyace es que muchas veces la gente no entiende que no se trata de una paga del Estado, sino de algo que ha de pagarle el presunto culpable, en el caso de que deje de ser presunto y pase a ser condenado. Y siendo así, la cosa cambia. Más de una mujer que había denunciado a su pareja, cuando lo ha entendido, ha dicho que quería quitar eso de la indemnización, que seguro que acababa pagando ella porque era la única que traía dinero a casa.

Y es que si no se explican las cosas, no se entiende, Y leer una retahíla de derechos como si fueran una letanía no ayuda a entenderlo, aunque cumpla el requisito de forma que se exige. Por eso tendríamos que tomarnos en serio lo de explicar las cosas y, sobre todo, asegurarnos que las hayan entendido.

Así que hoy dedicaré el aplauso a quienes sí lo hacen, a esas personas que se aseguran que el justiciable sabe lo que le ofrecen, sean acciones o pastelitos. Que todo puede ser.

 

Crisis: de improviso


crisis

 

No sé qué tienen las crisis que son malas para todo salvo para la creatividad. Muchos autores sacaron lo mejor de su talento cuando las circunstancias eran más adversas. Una crisis existencial puede ser un filón para la inspiración. Pero hay otras crisis, las que van más allá del interior de una persona y afectan al mundo entero, esas que marcan un antes y un después. Y también son un filón de inspiración y temática. La Gran Depresión de 1929 generó obras como Tiempos modernos o Las uvas de la ira, como la que vivimos en 2008 otra como Wall Street o la apuesta. Y por supuesto, nuestra actual y enorme crisis sanitaria también tendrá su propio reflejo en el cine, como lo han tenido otras, como La Peste. Es la vida misma.

Nuestro teatro es un espacio especialmente permeable a las crisis. En toda crisis hay pérdidas económicas y riesgo de que se reflejen en pérdidas en derechos, y ahí están los tribunales para tratar de impedirlo, o para restablecerlos, en su caso. Sin embargo, parece mentira que con un papel tan importante en el guión de la recuperación de la crisis nos confieran tan poca importancia. Cuando tendríamos que ser una de las estrellas, acabamos siempre estrellados. El cuento de nunca acabar.

En Derecho, la palabra “crisis” tiene otra acepción, mucho más allá de la crisis económica que es la primera que se nos venía a la cabeza hasta que crisis sanitaria vino a dar un vuelco a nuestras prioridades. Me refiero a las crisis procesales, que es como se llaman los modos de terminación del proceso diferentes a la resolución por sentencia, como el allanamiento, el desistimiento, la renuncia o la transacción. Se trata de términos que tienen su hábitat natural Derecho Civil, pero que pueden tener su trasunto en otros campos del Derecho. Una conformidad en un proceso penal o un acuerdo en el ámbito laboral, por ejemplo, pueden producir el mismo efecto. No olvidemos que vivimos tiempos en que conviene fomentar los acuerdos. Y no es que lo diga yo, es que lo dice la propia Fiscalía General y el Consejo General del Poder Judicial en su plan de choque. Y el refranero mucho antes, por supuesto, que ya decía que más vale un mal acuerdo que un buen juicio.

Desde mi llegada a Toguilandia, hace ya más de un cuarto de siglo, solo recuerdo haber vivido los efectos de una gran crisis, la de 2008, esa que se llevó por delante empleos que parecían blindados, empresas que parecían sólidas como una roca y expectativas de vida que se fueron al traste de una manera estrepitosa. Los efectos fueron casi automáticos en el orden civil y mercantil, con reclamaciones de cantidades que nunca se cobrarían y declaraciones de concurso por doquier, y también en el laboral, por las consecuencias obvias en el terreno del empleo. Pero también lo fueron en otros a los que repercutieron de rebote, como el Derecho de Familia, que se vio inundado de peticiones de modificación de medidas para reducir pensiones que ya no podían pagarse. Recuerdo que cuando estudiaba aquellos expedientes me llevaba las manos a la cabeza comprobando con qué alegría se concedían préstamos e hipotecas en una determinada época. Por no hablar de las preferentes, que tantos disgustos dieron a más de una familia, y tantos quebraderos de cabeza a más de un juez.

Y, por la parte que me toca, tampoco puedo olvidar lo que nos tocó apechugar a a quienes cobramos una nómina del Estado. Congelaciones de sueldos y eliminación de pagas extraordinarias fueron consecuencias inmediatas de la crisis, como pasa siempre. Y, como pasa siempre, lo que se hace rápido resulta lento de recuperar, y lo paga nuestro poder adquisitivo. Además, en esa crisis hubo algo más: nos privaron de permisos y licencias. De hecho, la judicatura y la fiscalía no los recuperamos hasta el pasado año. Y la verdad es que aún no he entendido en qué podía beneficiar a la economía esta medida, que no hacía otra cosa que machacarnos un poco más. Ya habíamos sufrido otras congelaciones salariales, pero una medida de esta índole nunca antes. Y aun me gustaría que alguien me explicara para qué sirvió, teniendo en cuenta que a los sustitutos  ya los habían eliminado y que no había que cubrir nuestros permisos con ellos.

Ahora nos encontramos con una nueva crisis, la más grande e inesperada posible. Si alguien nos hubiera anticipado que algo así podía pasar, no le hubiéramos creído. Es más, nos hubiéramos burlado, como hizo algún líder mundial que luego tuvo que tragarse sus palabras al sufrir en su propio cuerpo la presencia del maldito bicho. Pero es lo que pasa cuando se habla mucho y se piensa poco. O nada.

La crisis la vamos a sufrir en muchos ámbitos, tanto quienes habitamos Toguilandia en nuestras carnes como en las repercusiones en el justiciable. Así que, como reza el dicho, que Dios nos pille confesados.

En primer lugar, ya hemos sufrido sus efectos en nuestras carnes, hasta las últimas consecuencias en esa compañera a la que el coronavirus se llevó. Y, más allá de la salud, lo vamos a notar en nuestras expectativas. Aunque no hayan fijado nada, es un secreto a voces que nuestras nóminas van a sufrir de nuevo un recorte. Aunque mayor todavía ha sido el recorte en sus ingresos que para letrados, letradas y procuradores ha supuesto el parón forzoso. Cómo me acuerdo ahora de mi madre, que insistía en que sacara una oposición para no vivir en la zozobra permanente que a ese respecto vive la abogacía.

Pero, por lo que respecta a actuaciones toguitaconadas, no hace falta ser la Bruja Lola para saber Lo que se avecina. Habrá una avalancha de juicios en el ámbito social, por si no tuvieran bastante con lo que tienen, y también civil -tanto reclamaciones como derecho de familia- y mercantil. Nada nuevo bajo el sol porque al fin y el cabo, aunque un bichejo se haya metido de por medio, se trata de una crisis económica como la copa de un pino. O, más bien, como un bosque de pinos enteros.

Y, salvo que me equivoque, que ojala así fuera, temo un repunte de asuntos de Violencia de Género, porque si durante la pandemia crecieron enormemente las llamadas al 016, acabarán teniendo su traducción jurídica. Y la desescalada y la libertad ambulatoria que implica pueden ser un riesgo añadido para las víctimas. Crucemos los dedos para que así no sea

Así que ánimo, que tendremos que supervitamineralizarnos y supervitaminarnos, como hacía el SuperRatón de mi infancia, además de armarnos de paciencia. Menos mal que la vocación de servicio público que tenemos en Justicia no hay crisis que se la lleve por delante. Por eso, el aplauso irá, una vez más, para quienes no pierden la ilusión ni las ganas, que no es poca cosa. Ni con una pandemia

Distopias: el futuro ya está aquí


 

IMG-20200522-WA0002

El Diccionario de la Real Academia define “distopía” como “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. La verdad es que es un término rotundo y a su significado, en todo o en parte, se han acercado muchas obras de teatro y cine. Una de las más recientes en su adaptación a las pantallas, El cuento de la criada, ha dado y sigue dando mucho de que hablar, pero ya desde hace mucho incluso el cine más comercial abordaba el tema en películas como la inolvidable El planeta de los simios, con todas sus secuelas y remakes de diverso valor pero nunca a su altura.

Hay que reconocer que nuestro teatro, más que de futuro, es de pasado. Y muy remoto, dicho sea de paso. Llegamos con el pie cambiado a todas las novedades. O mejor sería decir que con la reforma cambiada y la tecnología caducada. Se ha convertido en casi un sello de nuestra denominación de origen, de esos que tanto nos gusta gastar, con sus tampones y su tinta que te mancha los deditos que pareces una cría con la pintura de dedos. Aunque, eso sí, ahora, con tanto lavado de manos y tanto guante eso no va a ser problema. Quien no se conforma, es porque no quiere. Para que luego digan que me quejo de todo.

La verdad es que el panorama que se nos viene encima en Toguilandia no sé si es exactamente una distopía, un futuro imperfecto o un “te lo dije” en toda regla. Lo que no cabe duda es que es un marrón de proporciones cósmicas. Y estratosféricas, galácticas y siderales que, salvo que nos reencarnemos en Luke Skylwalker, Han Solo o la Princesa Leia según los gustos, no sé si llegamos. Lo de los robots ni me lo planteo que ya sabemos que nuestro punto débil ha sido siempre la tecnología.

Pues bien, si me dice alguien hace apenas tres meses que íbamos a encontrarnos nuestras sedes de esta guisa, lo hubiera mandado directito a la fiscalía de personas con discapacidad en busca de la resolución oportuna para regir su persona y bienes, como manda nuestro Código Civil. O a un tratamiento de deshabituación de lo que quiera que tomara. Y sin embargo, aquí estoy viendo las novedades en Toguilandia y no sé si reir o llorar. Porque por necesarias que sean, no dejan de resultar inquietantes.

Siempre he manifestado mi animadversión con la señora del anuncio, que viajaba al futuro y no tenía más ocurrencia que traernos una botella de lejía. Sin embargo, ahora me he dado cuenta que he de rehabilitar al publicista, que resultó ser un visionario. La señora traía la botella de lejía porque se ha convertido en uno de los bienes que más cotizan. Y la señora, en vez de machista como he creído siempre, era una filántropa. Aunque bien mirado, ni la futurología se libra del machismo, que al fin y al cabo la de la lejía era una mujer. Igual hay un remake del anuncio con un tipo que trae del futuro mascarillas y pantallas protectoras. Nunca se sabe.

El caso es que el aspecto que tiene Toguilandia es, como decía, inquietante. Lo primero, es que demuestra que nos aprovecharon los capítulos de Barrio Sésamo, y sabemos indicar perfectamente delante, detrás, izquierda y derecha. Porque los suelos y las paredes se han llenado de flechitas que nos indican por donde y en qué sentido circular. Y, aunque me hubiera gustado más un holograma de Coco que lo explicara, no nos podemos quejar. Todo sea por impedir el contacto físico en la medida de lo posible.

El mismo fin ha guiado a la señalización de asientos de la cinta aislante roja y blanca cuyos fabricantes deben estar dando saltos de alegría. Por fin sirve para más cosas que para acotar la zona del delito o para precintar locales..Ahora nos indican las butacas en las que nos debemos sentar para que nuestro trasero no esté pegado a ningún otro. Ni al cuerpo que lo acompañe, claro.

Por otro lado, han empezado a aparecer a diestro y siniestro esas cajitas que antes solo veíamos en los cuartos de baño públicos: los dispensadores de jabón. Eso sí, ahora reconvertidos en dispensadores de gel hidroalcohólico, el top ten de la temporada. Ríanse ustedes de las ginebras premium para hacer el gin tonic más esplendoroso, que el líquido más valorado ahora es este. Como no podía ser de otro modo. Aunque, apostillo, no sé yo lo de las marcas blancas porque hay alguno que te dejan las manos más untuosas que si hubieras amasado mantequilla.

Aunque mejor eso que los guantes, Siempre pensé que el refrán que dice lo de que el gato con guantes no caza ratones era una bobada, Ahora veo que en esto también me equivocaba. Fiscalita con guantes no sabe pasar las hojas. Paciencia, desde luego, Aunque no estaría de más que alguien nos aclarara si los guantes son recomendables o no porque he leído de todo sobre ellos y su falsa seguridad. Incómodos, desde luego, son un rato.

Pero esto no es todo. Hay otros adminículos que se han vuelto indispensables, como las fundas del micro, que nos van a quedar plastificadas como las alcachofas de los periodistas de la tele y que, según leo, advierten que nos llevemos de casa, especialmente letradas y letrados. Yo voy a hacer acopio, no vaya a pasarme luego como con el papel higiénico o la levadura.

Aunque, para mí, lo peor es la necesaria existencia de mamparas y sucedáneos como esos plastificados cutres con papel film o hasta restos de bolsas Circulaba por redes una imagen de magistrados formando sala cada uno dentro de una especie de cabina de plástico transparente. Y, aunque en principio me pareció exagerado, ahora no tanto. Visto que están haciendo test a los jueces y juezas -y solo a ellos- tendrán que estar así para que nadie les toque o no servirán de nada tan solidaria medida. Como dice un compañero, es como matar a un regimiento con dos tiros -mira que nos gusta el lenguaje bélico- Y tiene toda la razón.

Seguiremos viviendo cosas y acoplándonos a ellas de la mejor manera posible. O de la menos mala, nunca se sabe. Mientras tanto, el aplauso lo daré a quienes con su sentido del humor hacen esto más llevadero. Empezando por @imorel72, autor del tuit que ilustra este estreno. Mil gracias.

20200522_103926

 

Adaptación: las viejas novedades


IMG-20200519-WA0002

 

Para el cine, la adaptación es algo tan importante que tiene su propia categoría. En todos los certámenes cinematográficos existe el premio al mejor guión adaptado, para aquellos que consigan resultados prodigiosos del ejercicio de convertir en cine una obra literaria. Hay adaptaciones notables, como El nombre de la rosa, las hay que carecen de la magia del libro, como La historia interminable -en mi opinión, claro está- o que mejoran la novela como -también en mi opinión- La lista de Schindler. Aunque hay otro tipo de adaptación, la que consiste en adecuarse a nuevas realidades, como la transición del cine mido al sonoro que plasman Cantando bajo la lluvia o The Artist, el cambio de los Dias de radio a los de las pantallas, o de los cines de pueblo como el de Cinema Paradiso a las multisalas.

En nuestro teatro, vivimos en constante adaptación a los cambios y, aunque siempre llegamos tarde a todos ellos, como ocurrió con el teléfono móvil, la digitalización o el teletrabajo, ahora no nos queda otra que apretarnos los machos porque el coronavirus ha impuesto sus propias reglas a velocidades de vértigo.

Aunque, cuando de Toguilandia se trata, una siempre piensa que las velocidades de vértigo son más bien el vértigo a la velocidad porque aquí ya se sabe que las cosas de palacio van despacio. Por eso vamos a ser de las actividades más tardías en incorporarse a pleno rendimiento. O a todo el pleno rendimiento que en las actuales circunstancias sea posible.

La verdad es que pensar que se pueda tomar un café un una terraza pero no celebrar un juicio, resulta extraño cuanto menos. Pero también resulta extraño que los jugadores de fútbol regresen a los estadios, aunque sea sin público, y que les hayan hecho test a todos para seguridad, y que no ocurra igual con nosotros. Pero claro, donde va a parar la alegría de una camiseta de un equipo de primera con lo sombrío del negro de una toga de la Sala Primera…o de cualquier otra. Un buen ejemplo de las prioridades que tenemos y de lo que importa nuestra pobre justicia

Aunque he de hacer una aclaración, cuando hablo de equipo de fútbol de primera me refiero al masculino, que para el femenino ya han dado por finiquitada la liga. Una patada en el trasero del derecho a la igualdad que, desde luego, no se podrá resolver en un tribunal a tiempo de que resulte efectivo, porque en Toguilandia no metemos goles.

Pero hay que ser imaginativos. Podríamos celebrar los juicios en terrazas, o al aire libre, como los entrenamientos de fútbol, y asunto arreglado. Al fin y al cabo el Tribunal de las Aguas viene haciendo justicia consuetudinaria desde hace siglos al aire libre y ahí sigue, como el más antiguo, cuanto menos, de Europa. Al igual que otros como el Consejo de Hombres Buenos de la Huerta de Murcia, el Juzgado privativo de aguas de Orihuela o el Rotllet de L´Horta de Aldaia.

Desde luego, toda adaptación pasa por dos vertientes: La física y la telemática. El adecuado equilibro entre una y otra dará la clave de la recuperación y, sobre todo, del futuro. No podemos permitir que se utilice la pandemia para eternizar soluciones que nacieron con un carácter transitorio. Y de provisionalidad en Justicia tenemos un máster

Empezando por el tema físico, es evidente que mamparas, pantallas protectoras, guantes y mascarillas han venido a quedarse. Ya lanzábamos muchas preguntas al respecto en el anterior estreno, como qué hacer si alguien en Toguilandia no la llevaba, fuera magistrado o investigado. Parece que se avecina una disposición que las hará obligatorias, y asunto resuelto, al menos aparentemente. Porque ¿quién asegura que se usen bien, que sean las correctas, que se les dé un solo uso a las de un solo uso, valga la redundancia? Pues volvemos a lo de siempre, los medios. Si hay material suficiente para proporcionarlas cada día, se puede obligar a cogerlas y a deshacerse de ellas a la salida, lo que podría ser una solución, pero pasada por el tamiz del Poderoso Caballero.

En cuanto a los guantes he de confesar que a estas alturas tengo una empanada mental de tal calibre que ya no se si es mejor usarlos o no ni cómo ha de hacerse. Menos mal que lo de lavarme las manos una y otra vez lo tengo claro. Tanto, que Pilatos a mi lado sería un aficionado.

Sin embargo, una de las cosas más controvertidas es el futuro de las actuaciones telemáticas, y no tanto en el qué, porque todo el mundo está conforme que eran necesarias y hoy se ha demostrado y lo son aun más, sino en el cómo. Me explico. ¿Han venido para quedarse?

Aunque parezca viejuna, me arriesgaré a no dar un sí tajante, sino condicional. No se pude soslayar la necesidad y la utilidad de las posibilidades tecnológicas, como vimos al hablar de la blogoconferencia, pero esta nunca puede sustituir al capital humano. La tecnología es una herramienta, un medio, pero nunca un fin en sí misma. Del mismo modo que un juez o jueza utiliza un ordenador para dictar una resolución adecuada al caso, y no lo hace el ordenador con solo introducir las variantes y apretar un botón, tampoco la tecnología puede suplir el contacto humano

Y no es solo cuestión de seguridad, que también. Hay que evitar caer en la improvisación y que los sistemas en los que realizamos actuaciones judiciales sean seguros. Y ojo, seguridad no implica que vayan lentos como un caracol reumático, que a veces parecen ser sinónimos.

La distancia, las circunstancias especiales como las que vivimos, las dificultades de desplazamiento y mil cosas más pueden aconsejar un juicio en todo o en parte por videoconferencia. Y es, desde luego, un avance magnífico. Pero hay casos, como ocurre cuando hay menores o cuando la declaración de la víctima es la última prueba en que la inmediación es muy importante, porque todos los matices cuentan cuando una declaración puede por sí sola fundamentar una condena.

Sin embargo, hay muchos supuestos donde sobran trámites presenciales y falta eficacia. Así que en estos es en los que hay que avanzar aun a riesgo de que más de u día pase de con mi toga y mis tacosnes a con mi toga y mis pantuflas porque los pies no se ven. Pero no sé si sería capaz, que soy de llevar a rajatabla lo de Antes muerta que sencilla aunque sea desde casa.

Y hay otro factor que no quiero eludir. Aunque pueda resultar romántica y hasta cursi, creo que quienes trabajamos en Toguilandia necesitamos vernos, aunque sea de vez en cuando. De los compañeros y compañeras se aprende tanto o más que de la jurisprudencia, y eso no hay pantalla que la sustituya. Y un café virtual nunca puede ser un café de verdad.

Así que, como diría mi madre una vez más, el el medio está la virtud. Lo difícil es, precisamente, encontrar ese punto medio. Por eso, ahí va el aplauso, para quienes lo consiguen

Y, como ya se ha convertido en costumbre, el aplauso extra para@madebycarol, que siempre ofrece los mejores decorados para nuestras funciones

Precaución: pisando huevos


20200515_163248

 

Cada vez que alguien dice que tenga cuidado, dos cosas me vienen a la cabeza. Una, aquella copla de Perlita de Huelva que decía Precaución amigo conductor..; la otra, la frase antológica con que el jefe de la comisaría despedía a sus muchachos para las misiones el día Tengan cuidado ahí fuera. También me acuerdo mucho de esos carteles de Cuidado con el perro o con cualquier otra cosa que salían en los dibujos de Correcaminos y que, indefectiblemente, acababan con el pobre coyote machacado mientras el protagonista decía Mic mic. En cualquiera de los casos, Mejor ten cuidado. Y haz caso de las advertencias como que El amor perjudica seriamente la salud que, como dice siempre mi madre y el título de un programa de televisión, Más vale prevenir.

En estos días de coronavirus, estado de alarma, desescalada y fases varias, tener cuidado es más preciso que nunca. Lo que pasa es que lo que para unos es necesario, para otros es simple cautela, y hay para quien no es nada. De ahí la necesidad de una herramienta legislativa como el estado de alarma y unas normas claras para saber que hacer y, sobre todo, qué no hacer.

Desde luego, la cantidad de detenciones por delitos de desobediencia respecto del confinamiento y las muchas multas impuestas por saltárselo son cosas que nos dicen bien a las claras que no tenemos nada claras las cosas, valga la redundancia. Y que, por eso, no basta con decir que hay que tener cuidado sino que, para más de un cenutrio, hay que dar un empujoncito más. Lo que viene siendo el efecto de prevención del poder sancionador de las normas. O sea, que si no me comporto porque he de hacerlo, me tendré que comportar por miedo al castigo.

Aunque estemos en estado de alarma, yo no soy alarmista, lo juro. Y no porque no sea partidaria del estado de alarma que, si toca, toca, si no porque creo que hay que tener el sosiego suficiente para no asustar más de la cuenta al personal. Porque lo que si que es verdaderamente alarmante es la cantidad de cuñados virólogos por metro cuadrado en Twitter, y otras redes sociales incluido algún presidente de país poderoso que recomienda beber lejía e inyectarse rayos ultavioleta. O al revés, que ni lo se muy bien ni e importa demasiado.

He de confesar que tampoco me gusta leer continuamente mensajes apocalípticos. La verdad es que lo que está pasando ya es lo bastante gordo como para empeorarlo con teorías conspiranoicas de los iluminati, los extraterrestres o los seres del más allá, juntos o por separado. Tampoco ayudan nada los neoprofetas, otra nueva especie que ha proliferado en redes sociales, que no solo adivinan el futuro sino que reinterpretan predicciones antiguas con tal profusión que ríase usted de las velas negras de la bruja Lola y las túnicas extravagantes y las gafas del revés de Rappel

Hay que tener cuidado, sin duda, pero no hay que pasarse asustando a la gente. Tampoco hay que exigir cosas que no sean exigibles. Por ejemplo, no se pueden lanzar mensajes insultando a todo aquel que no lleve mascarilla y guantes en una vía pública, porque no es obligatorio llevarlos. Lo que sí es obligatoria es la distancia de seguridad, y a fe que hemos visto algún acto público donde esta brillaba por su ausencia. Pues bien, hay que tener cuidado de tomar ejemplo de estas insensateces. Y llevar mascarilla en los medios de transporte públicos y allá donde nos digan, pero no convertinos en el vengador enmascarador en vez de enmascarado.

Tampoco el tener cuidado nos puede convertir en policías de balcón, aunque si haya una infracción hay que comunicarla. Pero de ahí a volverse la vieja del visillo hay un buen trecho. Y menos mal que se suprimieron los juicios de faltas, porque si llegan a seguir existiendo, tendríamos un filón inacabable. No obstante, aviso a quien corresponda. Si ves una multitud o a gente saltándose la norma, corre a avisar a la policía, no a subirlo a redes. No alcanzarás la fama, pero harás un favor a todo el mundo.

Me pregunto  cómo distinguiremos en Toguilandia entre tener cuidado y pasarnos de la raya, Y también cómo tener cuidado si no hay nada regulado ni obligado Pondré un ejemplo fácil: no se puede obligar a investigados ni a testigos a llevar mascarillas si guardan la distancia de seguridad, o se la hacen guardar al indicar dónde ponerse, obviamente. ¿Podemos pedirles que se le pongan? ¿U obligarles? O, al reves, como he visto que ha pasado ¿podemos pedirles que se la quiten, aunque sea porque no entendemos bien lo que dice?.

Tampoco hay ninguna norma que obligue a profesionales a llevar guantes ni mascarilla. Incluso hay quien dice que es mejor no llevar guantes si una se lava las manos frecuentemente. Y todo eso está muy bien, pero si nos lo aclararan no estaría mal. Podría decir que es para saber a qué atenernos, pero suena mucho mejor si digo que es por seguridad jurídica. Porque en el fondo, de eso se trata, de que haya una norma aplicable.

Por último, me pregunto por algo que leí y que no sé si será fruto del cuñadismo o tenía fundamento. ¿Qué pasa con las corbatas? ¿Se siguen usando o no son nada recomendables?.

Puede que yo no sea tan lista como todos los todólogos que hay por ahí, pero estaría bien que, antes de empezar los Encuentros en la Tercera Fase toguitaconada, nos dijeran lo que debemos hacer, cómo lo debemos hacer -lo de ponerse y quitarse los guantes tiene un procedimiento tan complejo según algunos vídeos que da miedo-, y hasta dónde podemos exigir, tanto para los intérpretes fijos de nuestro teatro, como para las estrellas invitadas y los visitantes. Porque el criterio tener cuidado está muy bien, pero como norma, como que le falta algo. Igual es que yo soy pejiguera, pero no lo creo.

Así que, como el la serie, tengan cuidado ahí fuera., y también aquí dentro. De momento, mi enguantado aplauso será para quienes ponen fácil protegerse y protegernos. Porque nos jugamos mucho.

Y, por supuesto, una vez más la ovación extra para @madebycarol, por poner tan bien imágenes a las palabras