Firma: repartiendo autógrafos


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Cuántas fans habrían dado todo por un autógrafo de su ídolo. Firmar autógrafos es algo que va estrechamente unido con el mundo del espectáculo. Todo el mundo tiene en la memoria imágenes de largas colas para conseguir la dedicatoria de actores o cantantes de éxito. Hasta de escritores, aunque los juntaletras no sean tan glamurosos, con alguna excepción, como los astros del escenario. Y cuántas obras de arte multiplican su valor si tienen una firma conocida, aunque nadie hubiera dado un duro por esa misma obra antes del momento en que Ha nacido una estrella. Y es que ese garabato que rubrica la autoría puede llegara a dar un valor enorme a las obras.

En nuestro teatro también firmamos autógrafos. Que no se diga. Probablemente, cualquiera que lleve unos años en Toguilandia ha firmado más veces que la más rutilante de las estrellas de la pantalla en toda su vida profesional. Tanto, que al final acaba convirtiéndose en un garabato deforme. Eso sí, en nuestro mundo no hay dedicatoria. Quedaría feo enviar a alguien a la cárcel “con todo mi cariño”, embargarle los bienes “con afecto” o acordar un desahucio “para que no me olvides”. No imagino un escrito de calificación o una sentencia que tuviera un “que disfrutes mucho de la lectura” aunque a veces cuesten tanto que ganas entran de ponerlo. Pero tendremos que quedarnos con las ganas.

La firma no es cualquier cosa. Es la seña de  autoría de un individuo. Tanto es así que falsificarla constituye un delito castigado con pena de cárcel. Como no podría ser de otro modo, sobre todo, si se trata de documentos importantes.

No solo quienes vestimos toga signamos con nuestra rubrica los escritos. También han de firmar quienes, en calidad de justiciable, acuden a prestar una declaración o son notificados de algo. Y ahí nos hemos encontrado más de una circunstancia curiosa.

No podemos perder de vista que, como he dicho otras veces, nuestra ley de enjuiciamiento criminal es del año de Mari Castaña. Por eso, contemplaba expresamente la posibilidad de que quien acudiera a declarar, o a juicio, no supiera firmar. Por supuesto,  no supone ningún obstáculo para la validez del acto en cuestión. Una cruz, o la huella digital valen para salvar la firma, igual que la diligencia del LAJ haciendo constar que no sabe firmar. Pero cada uno interpreta esas cosas a su modo. Recuerdo un testigo empeñado en estampar su huella palmaria. Y palmario es, desde luego, que no hacía falta. Con un dedito va que chuta.

Pero el top ten en el ranking de los firmantes pintorescos lo tiene un investigado –entonces se llamaba imputado- que nos dijo que no sabía firmar pero estaba dispuesto a estampar su huella genital. Huelga decir que no se lo permitimos. Aunque me quedé con la duda de cómo se las habría ingeniado para estampar tan íntima huella.

Aunque, bien mirado, no es tan raro que hiciera ese ofrecimiento. Tal vez el personaje en cuestión había leído en alguna diligencia judiciales eso de “firma el juez con las partes” y pensó que si el juez lo hacía, por qué no tenía que hacerlo él. Malas pasadas de la ambigüedad lingüística, sin duda.

También hay a quien se le dispara el sentido del humor en cuanto le piden que firme un documento. Y he visto firmas a nombre de Superman, de Alien y hasta de Su Majestad la reina. Y la verdad es que deben quedarse muy despagados cuando ven que nos quedamos igual ante su arrebato. Incluso recuerdo a un secretario judicial –de los de antes- que, con toda ceremonia despedía al falsario con el nombre que había puesto en su firma. “Hasta luego, sr. Superman,  ya puede irse a salvar al mundo” le dijo al citado que firmaba como tal. Y le dejó planchado, y a mí con las ganas de que se pudiera la capa y saliera volando.

Los hay que no quieren firmar, y lo dicen como si se tratara de un supremo acto de rebeldía. Menuda cara de decepción se les queda cuando se les dice, con toda tranquilidad, que no firmen, que ya se hace constar. Incluso en alguna ocasión han cambiado de idea ante el poco éxito de su pequeña rebelión.

Especialmente tiernas a este respecto son las exploraciones de menores. Las criaturitas, cuando son muy pequeñas, siempre se ponen muy nerviosas con lo de que no les sale bien la firma. Hubo una niña, de unos seis o siete añitos, que nos dijo muy triste que no sabía firmar. Le preguntamos si sabía escribir y, como dijo que sí, le explicamos que bastaba con que pusiera algo para que supiéramos que era ella quien había declarado. La niña, ni corta ni perezosa, cogió el bolígrafo y, con todo el cuidado, puso en letras mayúsculas “SOY YO”. Y es de las firmas más bonitas que he visto en mi vida, la verdad.

Hoy la tecnología ha quitado encanto al tema de las firmas. Lo de la firma digital, además de funcionar malamente, como todo en Justicia, es lo menos poético que se puede imaginar. Y confieso que yo sigo quedándome con las ganas de estampar mi garabato cuando acaba un juicio y, como se graba todo, no hay acta ni firma. Al menos nos podrían dejar firmar los CD´s aunque, tal como están los medios, no habría rotuladores permanentes con que hacerlo .

Así que hoy firmo y rubrico este estreno con el aplauso para todas esas personas que, con sus firmas peculiares, nos han proporcionado un buen rato. Porque en la variedad está el gusto.

 

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