Los reencuentros han dado para muchas horas de cine. Los hay gozosos, terribles, esperados y desesperantes. Hay Reencuentros y desencuentros amorosos, familiares, como en La gran familia española, o amistosos, como Los amigos de Peter. Pero si algo tienen en común es la gran cantidad de emociones y recuerdos que desatan. Y abrazos, muchos abrazos. Todos los que estaban guardados esperando hacerse realidad. En nuestro teatro los reencuentros son relativamente frecuentes. Y los desencuentros, aunque esto hoy no venga al caso. Casi cada día, en los pasillos de Toguilandia, tropezamos con alguien a quien llevábamos tiempo sin ver. Una compañera de facultad, una amiga del colegio, un letrado con quien no coincidías desde hace mucho o una jueza con la que no celebrabas desde hace una eternidad. Un día a día que la pandemia nos ha hecho valorar aun más. Estamos en tiempo de retomar cosas. Poco a poco, y con la prudencia que el puñetero bicho nos impone, vamos volviendo a tener actividades que las restricciones se llevaron. Y por fin he vuelto a coger un tren para irme, como una flecha y ajustando horarios como un sudoku, a un congreso. En este caso era algo que me apetecía muchisimo y en el que todavía no había tenido la fortuna de estar, el Congreso de Violencia de Género de la Abogacía Española. Una ocasión para aprender y para disfrutar, que todo es importante. No vaya a ser que me digan, como decían a las niñas empollonas de Torres de Malory, aquel internado de los libros de mi primera adolescencia: «mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un aburrido». Y eso sí que no. Así que, superado el sudoku de horarios y trenes, estupendamente cubierto por la organización del congreso, me embarcaba en el tren rumbo a Ciudad Real. Como quiera que no aprendo y que, como buena siatodista –no sé decir que no- quiero abarcarlo todo, otros compromisos me impedían llegar a las ponencias del primer día. Pero no importaba, ya me resarciría. Socialmente con la cena e intelectualmente con el trabajo del día siguiente. Así que empecé mi periplo que casi parecía una ginkana ¿Quién dijo miedo?. Mi llegada había de ser directamente a la cena. Podría haber sido un problema llegar con el aspecto adecuado para una cena de gala después de un día de juicios, un par de cosas más y unas cuantas horas de tren. Pero nada es imposible para fiscalita cuando se pone. Así que, aprovechando que la cena era a unos cuantos kilómetros de la estación, optimicé el trayecto para convertir el taxi en la cabina de teléfono de Superman. Si él conseguía cambiarse de ropa y ponerse unas mallas con los calzoncillos por fuera, yo no iba a ser menos, aunque con la ropa interior y exterior en sus lugares correspondientes. Me cambié medias y zapatos –no sin mis tacones-,
cambié la bufanda de lana por un chal de lentejuelas, sustituí los pendientes por otros de brilli brilli y me retoqué la cara en la medida que el taxi lo permitía. Aquel hombre aun debe estar pensando en qué hacía aquella señora agachándose y alzándose, y moviéndose a uno y otro lado en la medida que el cinturón de seguridad lo permitía. Que ponerse divina no es excusa para saltarse las normas. Prueba superada. A pesar de que era casi una hora más tarde que la hora oficial de la cena, llegué justo a tiempo. Ya dice mi madre que más vale llegar a tiempo que rondar cien años. Y así fue. La gente estaba ya sentada y acomodada y eso me sirvió para comprobar algo muy agradable. Me habían guardado sitio en tres mesas diferentes. Y, llamadme tonta, pero que hubiera tantas personas pendientes de mi llegada me hizo ilusión. Tanta como los abrazos que a partir de ese momento repartí a diestro y siniestro. Y que seguí repartiendo en la copita de luego, que no me quedó más remedio porque en la cena no había tenido tiempo suficiente para socializar con todo el mundo. Y antes muerta que quedar mal, vaya. Al día siguiente llegó el momento de trabajar. Llevaba mi ponencia preparada a punto de once y esta vez no me había pillado el toro y había enviado resumen, abstract, currículum, power point, cesión de derechos y todo lo que me pidieron. Y menos mal, porque, aunque no lo sabíamos, había llegado el momento fundamental de la ginkana, algo así como la prueba de eliminación de Master chef. Tocaba esmerarse para cocinar y emplatar porque la ley de Murphy me tenía una sorpresa preparada. Después de una fantástica presentación, que agradezco en el alma, y una no menos fantástica primera intervención de mi mesa, me llegaba el turno. La pantalla reproducía mi presentación y yo empezaba a hablar muy ufana cuando el ordenador decidió declarase en huelga y el proyector le seguía. La presentación en que tenía que apoyarme desaparecía de mi vista y, como no tengo costumbre de llevar nada en papel, me quedaba sin suelo bajo los pies. Pero, cómo dice un spot, para qué quiero pies si tengo alas, así que continué como si las imágenes y el texto estuvieran allí delante. Y eso no era lo peor. Lo peor fue hacerlo mientras varios técnicos pululaban a mi alrededor con la sana intención de desfacer el entuerto. Y lo consiguieron, aunque cuando apenas me quedaban unos minutos para agotar mi tiempo. Y pasarme, nunca. La primera regla de la buena ponente es ser fiel al tiempo asignado. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y si no es bueno, mejor no hacerlo durar, vaya. Pasé la prueba de eliminación, los Juegos del hambre y lo que se presentara. Espero que con buena nota, a ver si me he ganado volver al próximo, que me quedaron ganas. Pero yo no soy quién para calificarme. Y como en el fondo, soy una kamikaze, fue divertido. Aun quedaba alguna cosilla más para que no me relajara. Camino de la comida, el GPS decidió continuar con la huelga iniciada por el ordenador
de mi ponencia y también se volvió loco, aunque esta vez con una huelga a la japonesa. Daba indicaciones continuas y contradictorias, hasta llegó a rayarse como los vinilos de mi juventud, y repetir la misma frase varias veces. Pero tampoco pudo con nosotras. Llegamos a comer, como también llegamos, con su pizca de intríngulis, al tren. Y vuelta a casa. Y al día siguiente, guardia. La vida sigue. Pero me apetecía contarlo Ahora solo me queda el aplauso. Y, por supuesto, se lo daré con todas mis fuerzas a la organización del congreso, y a todas y todos los congresistas, desvirtualizados, revirtualizados o reencontrados. Gracias por tratarme siempre con tanto cariño. Y por enseñarme tanto, que no solo de abrazos vive la jurista. Que no se diga
A veces, más de las que una quisiera, es difícil hacerse creer. A las dificultades de las víctimas, especialment4e de determinados delitos, se han dedicado varias películas y series de televisión, entre las que ahora me viene a la cabeza una peli que ya tiene tiempo, Acusados, y una serie de hace poco, Creedme
En nuestro teatro, la credibilidad de las víctimas es algo que se cuestiona más veces de las que debería. Por más que profesionales de la medicina forense nos repitan que el dictamen sobre credibilidad de una persona adulta en plenas facultades es inútil, porque pude fabular o decir la verdad como cualquier persona, seguimos encontrándonos de vez en cuando con ese tipo de peticiones.
Pero no se trata de ningún dictamen pericial. El testimonio de la víctima es en muchos casos, la única prueba para enervar la presunción de inocencia y aunque el Tribunal Supremo tiene dicho desde hace mucho tiempo -mucho antes de la ley integral contra la violencia de género- que ese testimonio puede ser suficiente para enervar la presunción de inocencia, el requisito de verosimilitud sigue planeando sobre las víctimas junto con el miedo a no ser creídas
Hoy nuestra función trae consigo un relato sobre eso, un relato que fue seleccionado para su publicación en la Antología del I Certamen de relato corto Acen.
LA MALA MEMORIA´-
–Entonces, ¿quién le hizo eso es su novio?
-Era mi novio. Pero…
-Venga, no se ponga así. Todo el mundo sabe que las mujeres a veces exageran
´-Pero él me violó
–Vamos, vamos. Váyase a casa y seguro que hacen las paces y el día de mañana me lo agradece
A pesar de su mala memoria, el agente de policía A-27 nunca olvidaría la última frase que escuchó de la mujer aquella noche. Sobre todo, porque la siguiente vez que vio aquellos labios estaban tan amoratados como sus ojos, y fríos como el resto de su cuerpo.
Hacía ya diez años de aquello, pero el agente de policía A-27 todavía lo recordaba. A pesar de que en sanatorio donde le trataban se quejaban de su mala memoria.
Le costaba recordar su nombre, pero nunca olvidó el de aquella mujer que, noche tras noche, se le aparecía en sus pesadillas para recordarle que no la había creído.
Hablando se entiende la gente. Eso es, al menos, lo que nos han enseñado y lo que en mayor o menor medida hacemos cada día, en el ocio y en el negocio. Todo el mundo de cierta edad recuerda la famosa reunión previa a salir a las calles a patrullar de Canción triste de Hill Street cuyo lema, “tengan cuidado ahí fuera”, se ha convertido en un clásico. Y, cómo no, las reuniones de Los Angeles de Charlie con Boslie y el invisible Charlie, donde les explicaban el caso a resolver. Y otro tanto cabe decir de otras series sobra profesiones, como Urgencias, Hospital central, Periodistas, Lou Grant o House. Lo dicho: hablando se entiende la gente. O no.
En nuestro teatro las reuniones son tan frecuentes que en algunos casos están institucionalizadas. Sin ir más lejos, en la carrera fiscal las Juntas de Fiscales son uno de los órganos de nuestra estructura, contemplados como tal en el Estatuto Orgánico. Hay Juntas de Fiscales en todas las Fiscalías, y también las hay de carácter sectorial, o por secciones. Y su celebración periódica es obligatoria.
No obstante, no podemos perder de vista que la estructura y funcionamiento de la carrera fiscal data de un tiempo totalmente diferente al nuestro. Entonces no había macrofiscalías y las reuniones donde todo el mundo hablara y diera su opinión eran posibles. De hecho, el Estatuto preveía una periodicidad mensual que en mi primer destino se despachaba con una formalidad. Quien hacía las funciones de secretario o secretaria –el más moderno del escalafón- rellenaba nuestro vetusto libro de actas encuadernado en piel, con sus filos dorados y todo, con un lacónico “Reunidos los señores reseñados al margen –siempre se ponía “señores” porque cuando se hizo el Reglamento no había señoras en la carrera- tratan de asuntos de su interés. Y punto pelota. Aunque siempre recuerdo que alguien decía que deberíamos poner “reunidos los señores reseñados pierden el tiempo con estas cosas mientras su casillero lleno espera”. Y no le faltaba razón. A veces la burocracia exaspera.
Pero las Juntas de fiscales son muy útiles cuando pasan de una mera formalidad. Asuntos de importancia como reformas legales y repartos de trabajo necesitan de su concurso. Y más de una enemistad feroz se ha fraguado a raíz de una intervención en una junta, sobre todo si de reparto de trabajo se trata. Y es que con las cosas de comer no se juega.
En ocasiones son absolutamente trascendentales. A este respecto hay que destacar la Junta convocada al amparo del artículo 27, cuando un fiscal no está de acuerdo con la orden de un superior. Un mecanismo legal que la gente desconoce y que nos permite tener la autonomía que mucha gente niega que tengamos. No somos corderitos obedientes, desde luego.
Por otro lado, y aunque quizás es en la Fiscalía donde la Junta tenga más valor, no somos la única institución que se reúne. La carrera hermana tiene sus Juntas de Jueces, presididas por el Decano o Decana, en las que deciden cuestiones de importancia y que también están previstas en su norma correspondiente, la Ley orgánica del poder judicial. Y las salas, aunque no las llamen juntas, se reúnen a deliberar en secciones o en pleno. A este respecto no puedo olvidar un programa de televisión de hace mucho tiempo llamado Tribunal Popular, donde un magistrado jubilado hacía de juzgador de un proceso entre dos partes que acudían a la televisión en sustitución del juzgado. Lo mejor era cuando este Magistrado pronunciaba con voz pomposa un “me retiro a deliberar” y él solito, consigo mismo y con su mecanismo, tomaba la decisión. Siempre me quedé con las ganas de saber cómo deliberaba sin nadie más con quien hacerlo. Peor la gente se lo tragaba encantada de la vida.
Por supuesto, en el resto de profesiones toguitaconadas también se reúnen. Aunque no he asistido a ninguna, imagino que en los bufetes múltiples se reunirán para tomar decisiones de trascendencia, como hacían en La ley de Los Angeles o en Ally Mc Beal. Si no, me llevaría una decepción enorme.
Ahora, además, los avances tecnológicos, espoleados por las necesidades que la pandemia impuso, han hecho proliferar las reuniones por medios telemáticos. Una buena opción, aunque hay que reconocer que la falta de contacto directo quita mucha gracia a eso de las reuniones. Menos mal que siempre hay anécdotas al respecto, como las que comentábamos al hablar de las covinécdotas. Descubrir que el interlocutor trajeado en realidad lleva pantalón de pijama –o, lo que es peor, no lleva- , asistir a los paseos de niños o mascotas por detrás de la pantalla o la llegada de cualquier visitante inesperado dan un poco de color a estas reuniones, generalmente aburridas con ganas.
Aunque hay otra utilidad de las reuniones, una que todo el mundo conoce pero no todo el mundo reconoce. Se trata de las reuniones como excusa. Desde el “estoy reunida” que usa una amiga mía como estado de whatsapp, a la consigna con que secretarias, funcionarios o cualquiera que coja el teléfono excusan nuestra ausencia o nuestra negativa a atender a quien se trate. Reuniones que, además, se presumen de duración indeterminada para que sirvan a su propósito de hacer desistir al comunicante. Aunque los hay que son inasequibles al desaliento y no se conforman con que alguien “esté reunido”. Y ante semejante insistencia, que Dios nos pille confesados.
Para acabar, contaré una anécdota propia de los tiempos en que yo era una niña y mi padre ejercía en nuestra casa. Me dijo que si llamaba el señor Fulanito, dijera que él estaba reunido y que llamara otro día. Yo, muy aplicada, tomé nota menta pero coincidió que, cuando llamó el señor Fulanito, mi padre estaba haciendo esas cosas que nadie podía hacer por él. Y yo, ni corta ni perezosa, le solté al susodicho: mi papá me ha dicho que le diga que está reunido, pero está solo en el cuarto de baño. La cara de mi padre fue un poema. Y la del ínclito, al otro lado del auricular, no llegué a verla pero la imagino.
Y con esto, se cierra el telón por hoy. Pero porque la función se ha acabado, no porque esté reunida. Aunque no me olvido del aplauso, dedicado esta vez a todas las personas que más de una vez han tenido que soportar una de esas reuniones plúmbeas con paciencia infinita. Ni el santo Job lo habría hecho mejor.
Todo el mundo tiene sentimientos. Incluso en los casos más graves de psicópatas, siempre hay alguna cosa que les remueve por dentro, aunque sea la maldad. Recordemos si no la cara de disfrute del Hannibal Lecter de El silencio de los corderos o el perverso juego del criminal de Seven. Pero, quitados estos casos, la mayoría de personas albergamos en algún momento sentimientos de amor, compasión, lástima o cualquiera de estos que se relacionan directamente con el corazón. Y sentimos, también, remordimientos cuando creemos que una acción nuestra ha repercutido negativamente en los demás. Incluso cuando albergamos sentimientos de Venganza o Revancha.
En nuestro teatro también gastamos de todo eso. Los remordimientos, a uno y otro lado de estrados, son moneda frecuente y a menudo acaban por aflorar. Y si no lo hacen de día, lo hacen por la noche, en nuestras pesadillas . Es lo que tiene la condición humana.
He hecho, como otras veces, una pequeña cuestación entre mis compañeros y compañeras en redes para que me cuenten si alguna vez han sentido ese pinchazo del remordimiento. Medio en broma, medio en serio, me dice una compañera que los siente todos los días, a lo que otro responde que depende del nivel de autoexigencia de cada cual. Y, aunque pueda parecer exagerado, no andan del todo desencaminados.
Hemos de reconocer que tenemos un trabajo donde se ventilan asuntos de gran importancia. La vida humana, sin ir más lejos, es protagonista de los juicios más duros con los que nos encontramos. Y la libertad es un bien precioso del que tenemos la llave cada vez que nos ponen un detenido a nuestra disposición. Nada más y nada menos.
A veces me pregunto si con el tiempo perdemos la perspectiva de algo tan importante y llegamos a normalizar tanto nuestra función que no nos impresiona. Es un riesgo, sin duda. Ya hablamos en otro estreno de la rutina y del peligro que entraña, síndrome de born out incluído. Pero yo siempre trato de hacer un ejercicio que no por sencillo de contar resulta fácil: ponerme en la piel del otro. Se trata de utilizar la empatía, por supuesto, pero no solo la más obvia, que es la que nos identifica con las víctimas, sino algo más complicado, ponernos en la piel del culpable. Por qué hizo lo que hizo y en qué circunstancias. Y cómo habríamos reaccionado de hallarnos en su lugar. Hablamos a la ligera de esas criaturas que son “carne de cañón” pero no siempre somos capaces de imaginarnos en esa situación. Es difícil, no lo niego, pero el resultado merece la pena. No se trata de tener compasión sino de hacer justicia. O, como dijo Concepción Arenal, de odiar el delito y compadecer al delincuente.
Pero, incluso cuando ponemos toda la carne en el asador para hacer así las cosas, pueden no salir como pensábamos, o írsenos de las manos. Y entonces es cuando llegan los remordimientos. Como los que han sufrido más de uno y más de una cuando el detenido al que has ingresado en prisión se quita la vida. Una píldora difícil de tragar.
Los supuestos más extremos a este lado del espectro serían los errores judiciales, que, aunque sean muy pocos, haberlos, haylos. Me viene a la cabeza ahora el conocido caso del asesinato de Rocío Wannikoff y la condena, tanto jurídica –la juzgó el tribunal del jurado- como social, que padeció por ello una mujer cuya inocencia se demostró más tarde. O el de los asesinatos de mujeres de Vora Riu, en Castellón, por los que sufrió en primer término prisión preventiva un hombre que luego resultó no ser el culpable. Qué difícil debe ser gestionar todo esto. De día, y sobre todo, de noche.
Desde otro punto de vista, otros de los casos que afectan nuestra tranquilidad son los relacionados con la violencia de género. De una parte, esas mujeres que sabes que son víctimas pero se niegan a denunciar, respecto de las cuales, sin más prueba, no puedes hacer mucho más que quedarte con el corazón en un puño y pedir a toda la corte celestial que no le pase nada. Y también están esos casos donde él acaba matándola a pesar de haber adoptado alguna medida. No somos infalibles, pero no serlo, en esos casos, se lleva muy mal. Fatal.
Un compañero me cuenta un caso que me pone los pelos como escarpias, y que recuerda a la perfección pese a haber pasado tropemil años, e intervenido en tropemil juicios. Se trataba de una niña sistemáticamente violada por su padre que, no solo hubo de sufrir tal cosa sino también el rechazo de su familia. El juicio en aquel entonces se celebró sin ninguna medida de protección para ella, que se veía obligada a declarar a escasos metros de su padre que, para más inri, estuvo en todo momento arropado por su familia, mientras ella solo contaba con el respaldo de las dos monjas que le acompañaban. Dice mi compañero que jamás olvidará la cara de aquella niña y sus ataques de ansiedad. Y no es para menos.
El otro asunto que me cuenta es el de un homicidio presuntamente cometido a bordo de un vehículo del que se acusaba a conductor y copiloto. Como quiera que la defensa no se planteó otra estrategia que la negación para ambos, no hubo discusión posible sobre el concurso de voluntades con el copiloto, que resultó condenado por el jurado. Tuvieron que pasar 10 años y varios recursos para que fuera finalmente absuelto por falta de prueba por lo que a su participación atañía, quedando la condena solo para el autor material. Otro supuesto difícil de olvidar, aunque fuera por otras razones
Y no creamos que solo en el lado puñetero de Toguilandia hay remordimientos. Me he encontrado, a lo largo de mi carrera, con varios casos en que los propios autores manifestaban tener remordimientos por sus hechos, aunque una nunca llega a saber del todo si eso es cierto o es simplemente una estrategia para lograr el favor del tribunal o algún beneficio penitenciario.
También hay otros asuntos donde ocurre exactamente lo contrario, el autor dice no arrepentirse ni tener remordimientos. El más llamativo, uno que me contaron en mis primeros días toguitaconados. Se trataba de un hombre acusado, y condenado, por matar a su hermano. El tipo lo reconoció, y admitió la condena de varios años de prisión sin pestañear. Dijo que lo merecía, pero que su hermano también merecía morir por lo que había hecho sufrir a su madre. Es más, repitió que si volviera a nacer lo volvería a hacer, y se negó a pedir ni a disfrutar de ningún tipo de beneficios penitenciarios. Otro asunto para no olvidar.
Y con esto, se cierra el telón por hoy. Nuevamente pediré el aplauso para todos mis compañeros y compañeras que contribuyen con sus experiencias a estos estrenos. Recordemos lo importante qué es lo que hacemos cada día. Tal vez por eso como recuerda otra compañera, hay quienes todavía vemos en nuestras pesadillas el día del examen que nos dio el pasaporte a Toguilandia.
La clase social es algo que se refleja, en todas partes, nos guste o no. Nuestros derechos serán los mismos, pero la realidad no siempre lo es, y eso se ve claramente en cine y teatro. Entre La pequeña cerillera de Dickens, o la pobreza de Las cenizas de Ángela a la Alta sociedad hay un mundo. Y los ejemplos podían ser miles, en un extremo y otro. C’est la vie
En nuestro teatro debiéramos decir que no hay reflejo de clase social alguna. Pero eso sería tanto como vivir en Los mundos de Yupi y no asomar siquiera la cabeza para que un soplo de realidad nos estropee nuestro particular planeta. Y eso no es posible
La clase social, o, más bien, la clase económica marcada por el poder adquisitivo, se nota a uno y otro lado de estrados. Aunque en algunos casos, no tanto como venden, o como quieren vender.
Se dice hasta la saciedad que quienes formamos parte de Toguilandia, especialmente jueces y fiscales, tenemos un árbol genealógico florido y ascendientes con una cuenta corriente no solo florida sino floreciente. He leído poco menos que sin apellidos compuestos y rimbombantes, era difícil entrar en esto. Pero se equivocan. Aquí hay de todo, como en botica, como ya contamos en el estreno dedicado al tesón. De hecho, las últimas estadísticas recién salidas de la escuela Judicial desvelan que lo de que la mayoría descendemos de rancio abolengo toguitaconado es una leyenda urbana, y la mayoría viene de ámbitos donde nadie había oído eso de “visto para sentencia” más que en las películas.
No obstante, no seré yo quien peque ahora de ingenua y me quede en esos Mundos de Yupi de los que antes hablaba. Hay que reconocer que unas circunstancias económicas favorables o, al menos, no demasiado adversas, son casi imprescindibles para llegar a ser juez o jueza o fiscal –también para ser Inspector de Hacienda o Registrador de la Propiedad, aunque de eso nadie hable- Me refiero a la posibilidad no solo de pagar un preparador sino de poderse permitir no trabajar durante un numero indeterminado de años. Y sí, hay becas –pocas- y algún ofrecimiento de preparación gratuita, pero no es la regla general. Como tampoco lo es aprobar mientras se trabaja, aunque haya un puñado de valientes que así lo hicieron y lo lograron, ante quienes hay que quitarse el sombrero. Pero de admitir una obviedad como esta a describirnos a todos como hijos de papá sin más mérito que nuestra herencia hay un mundo. La carrera judicial y la fiscal están llenas, y cada vez más, de gente de toda procedencia, que ha llegado con su esfuerzo, y con el esfuerzo de sus familias para hacerlo posible.
Donde quizás es más evidente la influencia de la clase social o, más bien, socioeconómica, es al otro lado de estrados. Los delincuentes habituales pertenecen en muchos casos a familias donde la delincuencia ha sido un modo de vida y es difícil salir del círculo. En algunos ambientes desestructurados y faltos de recursos, la delincuencia, generalmente menor, se convierte en una salida a la que muchos llegan por inercia. Cuando a esto se suman adicciones, el coctel está servido. Porque, aunque hay quien afirma que las drogas igualan a las personas, no es del todo cierto. Aunque el sufrimiento sea el mismo, e incluso los hechos a los que la adicción lleve, no son las mismas las posibilidades de deshabituación y rehabilitación según la familia de cada cual. Es lo que hay.
Ahora bien, reconocer ciertas realidades no nos debe llevar a caer en el estereotipo. No se puede estigmatizar al pobre porque lo sea ni tampoco al rico, ni mucho menos asignarles el binomio delincuencia/honradez según su procedencia. Nada más lejos de la realidad, Y cada día más.
Hay, por ejemplo, un tipo de delitos que requieren que el autor pertenezca a determinada clase privilegiada. Hablo de los delitos de corrupción, que tanto han azotado a nuestro país durante una época. Es evidente que si no se ostenta una situación determinada de poder, no se pueden cometer estos delitos. Lamentablemente, aunque he visto peleas entre indigentes con terribles resultados por una esquina donde mendigar, esto nunca sería tráfico de influencias.
Otra realidad preocupante es la que pretende enlazar la condición de inmigrante con la de delincuente. La constante y machacona alusión a los menores no acompañados con el despersonalizante acrónimo de “menas” para acusarles de todo tipo de delitos es algo que vemos a diario. Y, como dice el refrán, injuria, que algo queda. Así que estas personas en condiciones tan difíciles ven aumentar esas dificultades por el hecho de señalarles como delincuentes. Y aquí, como siempre, de todo hay.
Por último, hay que hablar de esos delitos respecto de los que siempre hay alguien que dice “fue condenado, pero…” o, por decirlo de otro modo, lo que algunos llaman “delitos de personas normales”. He oído varias veces expresiones parecidas en las que, aunque subyace una discriminación y clasismo importante, mucha gente se identifica. El tipo paradigmático de estas situaciones sería el de los delitos contra la seguridad vial, en los cuales el elenco de posibles autores es amplísimo. Por suerte, y a base de campañas de concienciación, poco a poco desaparece esa permisividad social para este tipo de delitos. La gravedad de las consecuencias así lo imponía.
Sin embargo, otro caso donde aun no se ha dado ese paso de conciencia social completa es en la violencia de género. Todavía escuchamos con frecuencia a personas que dicen que conceptúan estas condenas como injustas o que, directamente, niegan la existencia de estos delitos. Y si a eso sumamos quienes tildan directamente a todas las mujeres de mentirosas y de interponer, un día tras otro, denuncias falsas , el motivo de preocupación está servido. Y el trabajo por hacer, también.
Por todo esto hoy pido el aplauso para todas las personas que luchan porque la igualdad sea un hecho, a uno y otro lado de estrados, sin que la clase social o económica suponga nada más que un dato estadístico. Gracias por marcar el camino
El conocimiento de nuestro cuerpo es fuente frecuente de obras de arte, ya lo contaba visualmente Rembrandt en la Lección de anatomía. Y es que Nuestro cuerpos y nuestras almas son el principio y el fin de todo. En el mundo del cine, la anatomía se usa tanto en sentido figurado, como en Anatomía de un asesinato, como en un sentido tan real que una confusión en un cerebro conservado u otro da lugar a una obra maestra como El jovencito Frankenstein. Sin olvidar que el Frankenstein que le precedió, tanto en su versión literaria como en las versiones cinematográficas, nunca hubieran existido sin esos laboratorios donde se estudiaba el cuerpo humano.
En nuestro teatro la anatomía tiene mucha más influencia de lo que a primera vista pudiera parecer, y en los más diversos ámbitos. Y no me refiero, por supuesto, al cuerpo serrano de Sus Señorías ni del resto de habitantes de Toguilandia. Faltaría más.
Cuando una habla de anatomía y Derecho, lo primero que se suele venir a la cabeza es ese acto de anatomía patológica que forma parte de nuestro escenario y que es la autopsia, realizada en nuestro caso por el médico forense correspondiente, a quienes ya dedicamos uno de los primeros estrenos. La autopsia, además del dato esencial del momento y causa de la muerte, nos puede decir muchas cosas. Aunque, llegada a este punto, no puedo dejar de referirme a algún titular de periódico de esos que afirman muy ufanos que la autopsia desveló que el cadáver estaba muerto. Pobre forense en otro caso. Tampoco me resisto a rememorar una famosa leyenda urbana de nuestro mundo, esa en la que le preguntan al forense como supo que la víctima estaba muerta y responde que porque su cerebro estaba conservado en un frasco a varios metros del cuerpo. Ignoro si sucedió alguna vez o es una réplica judicial de la historia del perro y la mermelada de Ricky Martin, que todo el mundo conoce pero que nadie vio. Pero a mí esta me gusta mucho más. Entre un frasco de mermelada y uno con un cerebro, no hay color.
El lugar del cuerpo determina muchas cosas, incluso la propia existencia del delito o la tipificación del mismo. Cuando hablamos de asesinatos u homicidios intentados, uno de los criterios indicativos del ánimo de matar es el lugar de la herida, aunque luego la víctima haya sobrevivido. Resulta evidente que clavar un cuchillo en el pecho o el abdomen denota que el autor le tenía ganas a la víctima, y que tenía intención de mucho más que de darle un susto. Cuando, por el contrario, le ataca en una pierna o un brazo, y luego resulta que muere desangrado, por una infección o por cualquier otra razón, habrá que presumir que en principio su intención no era homicida. Por supuesto que no es el único indicio, sino que hay que combinarlo con otros, como el arma utilizada, para decidir si quería matar o lesionar, pero es obvio que la parte de la anatomía atacada ya nos dice mucho.
Otro tipo de delitos donde la anatomía cumple un papel fundamental, son los de carácter sexual. A nadie se le escapa que tocar los pechos, meter mano en los órganos genitales o penetrar vaginalmente es algo que tiene un clarísimo ánimo lúbrico. Pero con otros casos no está tan claro, como ocurre con las palmadas en el trasero o, como dice alguna vetusta sentencia, donde la espalda pierde su casto nombre.
Si hablamos de penetración, la cosa se pone más complicada de lo que parece. Más allá de la clásica penetración vaginal, y de la penetración anal, que siempre fueron delito aunque la segunda era considerada en otro tiempo un abuso deshonesto que luego se convirtió en violación, hay otros casos dudosos. La penetración bucal se introdujo en el Código a finales del siglo pasado, planteándose para el supuesto tipo de introducir el miembro viril en la boca de la víctima. Pero, como quiera que se quiso ampliar el tipo penal de la agresión sexual a la penetración de objetos, se daba la circunstancia curiosa de que, interpretado al pie de la letra, introducir un objeto en la boca de alguien se considerase violación. Por supuesto, la jurisprudencia primero y la ley después, corrigieron esta disfunción, como no podía ser de otra manera. Y otro tanto cabría decir de la penetración digital. Aquí, más que nunca, cada cosa en su sitio y cada sitio en su cosa.
También es importante el lugar del cuerpo afectado cuando se trata de delito de lesiones. Aunque el criterio fundamental en el tipo básico sea la existencia o no de tratamiento médico, además de la primera asistencia –algo tan complicado que merecería su propio estreno-, hay determinadas lesiones que por el lugar del cuerpo y por el resultado merecen mayor sanción. Sería el caso de las lesiones que causan perjuicio estético, sobre todo cuando son en la cara u otro lugar bien visible del cuerpo. También sería el de las mutilaciones en las que, ojo, hay que distinguir si se trata de órgano o miembro principal, un criterio tan escurridizo que hay que ir a la casuística para determinar la trascendencia. Me viene a la cabeza ahora el caso de una bailaora de flamenco que, pese a haber perdido una mínima parte del dedo, insistía, y con razón, en lo principal que era para ella porque en su trabajo el movimiento de las manos es esencial.
Pero, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, aunque a mi fiscalita interior le pase como a la cabra, que siempre va al monte. Para determinar la responsabilidad civil que da lugar a una indemnización de daños y perjuicios, fuera de los supuestos penales, hay que determinar muy bien la parte del cuerpo afectada y la repercusión en su funcionalidad en el caso concreto. Pensemos, si no, en todas esas modelos que aseguran sus piernas, su trasero y hasta sus pechos, o en el lucro cesante de la lesión en un pie de un jugador de fútbol de esos que cobran cantidades obscenas.
Así que, como vemos, el cuerpo humano sirve para mucho más que lucir el palmito o torturarnos en las clases de ciencias naturales. Puede resultar un mapa y hasta un GPS para llevarnos a la determinación de los hechos y de su consecuencia jurídica. Por eso, y como no podía ser de otra manera, el aplauso es hoy para quienes lo leen y lo interpretan. Como dice la canción, sin ellos –y ellas- no somos nada.
Hay familias que nunca dejan de crecer. Y llegan a ocho criaturas, como aquella serie de televisión de mi adolescencia, Con ocho basta, o hasta forman un coro como los Trapp de Sonrisas y lágrimas. Las criaturas crecen y crecen, aparecen una, dos, tres… y hasta ocho. Y llega El octavo pasajero, que no siempre ha de ser Alien.
No sé cuántos pasajeros tiene nuestro teatro, ni cuántos puede llegar a tener, a la vista de las largas colas que cada día veo en la entrada de la Ciudad de la Justicia. Lo que sí que sé es que, a lo tonto a lo tonto, mis criaturas crecen, y acabar de ver la luz la octava, Els cabells molt rulls. Ocho, Ahí es nada.
El cabells molt rulls es uno de esos libros que habían nacido antes de que escribiera una sola letra. Desde que me hice cargo de la coordinación de los delitos de odio en mi fiscalía, pensé que, al igual que hiciera en su día con Caratrista, tenía que contar un cuento destinado a la infancia para concienciar sobre este tema. Y, sin que me diera cuenta, Malika, mi protagonista, estaba empezando a cobrar forma.
Els cabells molt rulls es una historia escrita en valenciano para personas desde 8 o 10 años en adelante. Y digo “en adelante” porque me consta que hay adultas a quienes ha encantado, empezando por mi propia madre. O desde antes de los 8 años, porque con solo ver las magníficas ilustraciones de @madebycarol es suficiente para hacerse una idea.
Cuenta la historia de una niña, Malika, que llega desde muy lejos en patera, en un duro viaje donde perdió a su madre, y que, tras su estancia en diversos centros, es adoptada por una pareja homosexual que le adoran y a quienes adora. Pero un acontecimiento en principio rutinario cambia las cosas y saca a relucir los prejuicios que lastran nuestra sociedad, entre ellos, la homofobia y el racismo. No contaré más porque hacerme spoiler a mí misma sería para matarme.
Aunque lo importante no es tanto el argumento sino lo que subyace dentro, la importancia de luchar contra los prejuicios y por la igualdad desde los primeros años de nuestra vida. O ese es, al menos el propósito.
Pero Malika no está sola ahora. Además de sus padres en el cuento, tuvo unos padrinos de excepción el día de su bautizo, en la feria del libro de Valencia. Nada menos que Enric Morera, president de les Corts Valencianes, y Lucia Beamud, concejala de igualdad. Y, por supuesto, su otro padre, el editor de Vincle, Manolo Gil, siempre dispuesto a secundar mis ocurrencias. Sin que faltara la compañía de Carolina Lázaro, más conocida como @madebycarol la dibujante -aunque sería mejor decir la maga- que lee mi mente y transforma mis ideas en preciosos dibujos.
La historia de Malika, como contamos en la presentación, toma su nombre de una frase de una conocida nana tradicional, una nana que me cantaba mi madre, Mareta. También había nacido el título antes de que el texto existiera. Mi protagonista tenía que tener “els cabells molt rulls”, el cabello muy rizado en castellano, como la muñeca de la canción.
El nombre de la niña se lo cogí prestado a una mujer que conocí en una presentación, que, cuando me pidió que se lo dedicara a ella, Malika, el nombre que significa “reina” y que se usa en varios lugares, no sabía la huella que me dejaría su nombre. Eso sí, le pedí prestado su nombre para mi protagonista, y me lo dejó. Ahora le debo una nueva dedicatoria, esta vez de su pequeña tocaya.
Ahora Els cabells molt rulls es la pequeña de mis criaturas. Pero estoy segura que todavía vendrán más. Ojalá sirva para, además de entretener, para aprender de eso tan importante que es la igualdad. Porque la lucha contra la discriminación y los delitos de odio no se acaba cuando una deja la toga colgada en el despacho.
Y ahora solo queda el aplauso. Hoy se lo doy, sin duda, a mi pequeña protagonista, Malika, que encarna a todas esas personas que sufren la discriminación y la intolerancia. Y añado una ovación extra para sus padrinos de lujo, y para todas las personas que vinieron a acompañarnos en el día de su presentación en sociedad. Mil gracias
Ah, y que no se me olvide. Si queréis tener a Malika, aquí podéis encontrarla, además de en liberías y similares, aquí mismito. A un solo clic
Hay muchas películas sobre juicios. Y todavía hay más series de televisión, de todos los tiempos, desde la ya mítica Ironside hasta The Good Fight, pasando por La ley de los Angeles, Ally Mc Beal, o las nacionales Turno de oficio o Anillos de oro, sin olvidarme de las recientes Hierro o Ana Tramel. Los juzgados son plato de gusto para las cámaras, y aunque han dado lugar a obras maestras como Matar a un ruiseñor, 12 hombres sin piedad o Testigo de cargo, de todo hay en la viña del señor. Lo que no se puede negar es su influencia en el imaginario colectivo.
En nuestro teatro necesitamos bien poco de a ficción para encontrar historias de todo tipo, desde las más hilarantes a las más dramáticas. Siempre he pensado que si un guionista se sentar a lo largo de una sola mañana en una sala de vistas o en un juzgado de guardia, encontraría tantas historias como para ganar el Oscar unas cuantas veces.
Ya hemos comentado en varios estrenos que la cultura -o incultura- jurídica bebe de las fuentes anglo sajonas, que nada tiene que hacer nuestra patria campanilla al lado de un buen mazo para llamar al orden, y dónde va a comprarse nuestra sobria toga con el pelucón y las chorreras. Y así todo. Ya hablamos de series de ficción y también de películas y hoy la cosa va un poco de lo mismo, aunque dándole la vuelta. ¿Nos han acabado influyendo las películas americanas en nuestros juicios en lugar de ocurrir al revés? He ahí el quid de la cuestión.
Hay un ejemplo que inclinaría la balanza a una respuesta positiva sin ningún género de dudas. Ya lo hemos visto más veces, y antes hacía referencia a ello, pero es inevitable. En el proceso español, nunca se vio mazo alguno. Las normas y la costumbre eran ajenos a semejante cosa hasta que empezamos a verlo en películas y televisión. No hay un solo cuadro o representación de ningún tipo donde aparezca. Lo nuestro era una campanilla con la que se llamaba al orden o se anunciaba la audiencia pública que, en honor a la verdad, ha desaparecido de la mayoría de salas, salvo algunas Audiencias muy tradicionales- Sin embargo, los jueces y juezas de las nuevas hornadas tienen mazo. Siempre aparece algún amigo o pariente que se lo regala cuando aprueba o para tener un detalle. De verdad o a modo decorativo, de abrecartas o pisapapeles, pero ahí están abriéndose paso. Y dejando a las pobres campanillas olvidadas. Y menos mal que no ha pasado otro tanto con la peluca en relación con nuestro birrete. Aunque confieso que algún juez aquejado de alopecia galopante me ha dicho que le gustaría llevarla. Mucho más barato que un viaje a Turquía.
El otro día veía una serie de televisión española donde es el tribunal del jurado quien juzga un delito de inducción al suicidio, un tipo penal que no se encuentra entre la magra lista atribuida al jurado . Hablaban, además, de delito de perjuirio, de que el acusado no podía mentir, o de la posibilidad de que los testigos declaren cuando les viniera en gana. Por supuesto, abogado y fiscal se dedicaban a investigar en el lugar de los hechos cogidos de la manita, mientras el juicio estaba en marcha, aunque luego llega otra fiscal que retira la acusación a mitad de la práctica de la prueba, con un par. Y, para acabarlo de arreglar, el juicio acaba con un sobreseimiento porque las partes lo acuerdan. Cuando es de primero de Derecho -y de elemental de sentido común- que los juicios solo acaban con sentencia, aunque sea absolutoria, y que las partes poco pueden decir ante un delito perseguible de oficio.
Pero el problema no sería más que una anécdota graciosa -o cabreante, según el caso- si no fuera porque luego los clientes exigen a sus letrados y el justiciable a todo el mundo toguitaconado que nos comportemos como los personajes. Pobre de la abogada que no consiga un sobreseimiento a mitad de jurado, o que no logre que el fiscal se retire por la cara.
De hecho, me atrevo a decir que en ocasiones hay alegatos excesivamente ampulosos y largos por parte de letradas y letrados -generalmente de fama y caché- que parecen dirigirse más bien a impresionar a sus clientes que a lograr el convencimiento de un tribunal que lo tiene todo claro tras la práctica de la prueba. Cuántas veces me quedo con ganas de tomar la palabra y emular a Baltasar Gracián con lo de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y lo malo, ni te digo.
Anécdotas aparte, lo que realmente preocupa, por no decir que enoja y entristece al mismo tiempo, es que los productores de una serie de televisión española -sea esta o cualquiera, que ejemplos hay a punta pala- no pierdan ni un minuto de su vida en asesorarse como es debido. Y remarco el “como es debido” porque, según me contó una amiga, la protagonista dijo en una entrevista que tenían un estupendo asesoramiento jurídico. Pero, o no era estupendo, o no le harían ni puñetero caso, no fuera que la realidad les estropeara un buen guion. Lo peor es que con una simple llamada a alguien que conociera un poco Toguilandia, se hubieran ahorrado muchos gazapos. Pero o no interesa la realidad, o la justicia, o ambas. Es lo que hay.
La verdad es que siempre me pregunto si los juicios americanos serán como los pintan en las películas, porque si no son fieles a la realidad en España, tal vez allí tampoco. Y es que de ver a Marlene Dietrich como testigo a Chus Lampreave como testiga hay un mundo. Aunque si tuviera que elegir no sé con cuál de las dos me quedaría.
Ahora, como en toda película, sea americana, española o de donde sea, hay que acabar bajando el telón. Y dando, por supuesto, el aplauso, que hoy va dedicado a esa gente del cine y la tele que sí se preocupan en ser fieles a la realidad, aunque no les quede tan aparente. Gracias por respetarnos.
(relato incluído en la Antología «Los hilos de la vida», libro solidario coordinado por Lute Pérez a favor de la Asociación de Alzheimer de El Vendrell)
Cuando me lanzaron el reto, dudé si aceptarlo. Hoy no dejo de dar gracias por haberlo hecho. Aquella decisión, en apariencia intrascendente, cambió mi vida.
Era difícil para una adolescente que, como toda adolescente que se precie, se creía adulta, tomar una decisión así. Parecía fácil, pero solo de imaginármelo me entraban sudores fríos. Pero pudo más mi curiosidad y hasta mi soberbia. Aquel pretencioso amigo de mis padres, que se daba ínfulas de saberlo todo, no iba a ganarnos la partida. Si él se creía en posesión de la verdad, había llegado el momento de demostrarle que no era así y que las jóvenes de hoy en día no éramos una panda de descerebradas solo pendientes de la ropa que nos ponemos y de las fotos que nos hacemos por el móvil
Esa fue la razón por la que acepté y por la que, además, conseguí arrastrar conmigo a mi prima Ester, mi compañera de fatigas. Le daríamos una lección a aquel tipo que pretendía enmendarnos la plana, a nosotras y a nuestros padres, diciendo que no nos sería posible aguantar sin nuestros móviles ni ningún tipo de acceso a Internet durante quince días en el pueblo de nuestros abuelos, donde íbamos todos los veranos a pasar una temporada.
Después de pasado el tiempo, he de confesar que, además de mi afición a los retos, hubo algo más que me movió a hacerlo. El tipo en cuestión, un conocido de nuestros padres, se había empecinado en sostener que la sociedad actual no tenía valores, que no respetábamos nada y que tanta libertad no había traído más que problemas a la sociedad, incluida, según él, la liberación de las mujeres, que nunca debieron salir de su ámbito natural, las labores domésticas y el cuidado de los niños. Le faltó decir aquella manida frase de que “con Franco se vivía mejor” aunque, según me contaron más tarde, la usaba con frecuencia.
Dicho y hecho. Al día siguiente, a la hora del desayuno, mi prima Ester y yo nos desprendimos de todo vestigio tecnológico y entregamos mansamente nuestros teléfonos móviles y nuestras tabletas. La noche anterior habíamos aprovechado para despedirnos de nuestras amistades reales y virtuales, analógicas y digitales. Según lo pactado, nos limitamos a explicar que habíamos decidido pasar unos días libres de tecnologías a modo de desintoxicación y que estábamos en el pueblo por si alguien quería venir a vernos, pero que no nos buscaran por redes, y ni siquiera en el móvil, porque no estaríamos conectadas. Tampoco teníamos en la casa teléfono fijo, con lo que la desconexión sería total. Y, aunque lo negué, reconozco que sentí vértigo en el momento en que me desprendía de mi teléfono móvil y lo ponía en manos de Don Braulio, el maestro jubilado del pueblo, que se había enterado de nuestro reto y quería seguirlo desde primera fila.
Como si de una aventura se tratara, Ester y yo hicimos una cuidadosa planificación de nuestras actividades para los siguientes quince días. Habíamos decidido incluir la televisión entre los dispositivos prohibidos, para evitar apoltronarnos en el sofá viendo un programa tras otro. Y habíamos cometido un error terrible que íbamos a pagar caro: no nos habíamos llevado ningún libro convencional. Tanto a Ester como a mí nos gustaba leer, pero nos habíamos adaptado al EBook y hacía mucho que no pasábamos las páginas de un libro de papel. Así que aquel entretenimiento también estaba descartado. No nos quedaba otro remedio que valernos de nosotras mismas y de lo que teníamos a nuestro alrededor
Ideamos un plan de excursiones de la mejor manera que supimos. No nos imaginábamos que nos iba a resultar tan difícil, sin contar con Internet para auxiliarnos. Descubrimos, entre la sorpresa y la tristeza, que aquel pueblo en el que llevábamos veraneando los dieciséis años de nuestras vidas era un total desconocido para nosotras. Nos dimos cuenta que, más allá de la plaza del Ayuntamiento, de la discoteca-pub, la calle de los bares, la piscina y el polideportivo, no sabíamos adonde ir. Y eso nos sucedía en un paraje conocido en todo el país por su riqueza paisajística, por sus montes, sus bosques, su río y su vegetación, que le habían convertido en una zona muy demandada para el turismo rural.
Empezamos dando una vuelta por los alrededores más pegados al pueblo. Apenas habíamos andado un par de kilómetros cuando llegamos al cementerio. Lo conocíamos, aunque solo habíamos estado un par de veces. La primera, cuando hacía tres veranos, falleció nuestro abuelo y la última, más reciente, cuando el verano anterior un amigo de la pandilla de nuestros hermanos mayores se mató estampando su moto contra un árbol.
Como teníamos tiempo de sobra, nos entretuvimos bastante con cada lápida, con cada nicho, con cada inscripción, con cada fotografía esmaltada. Nos llamaba la atención la diferencia entre aquellas tumbas llenas de flores frescas y aquellas que parecía que nadie había visitado desde hacía años, pasando por aquellas cuya profusión de flores de plástico nos devolvía al sentido práctico de la vida. Con un pequeño escalofrío, comentamos las veces que se repetían nuestros propios apellidos entre los habitantes de aquel mundo de mármol y tierra.
La verdad es que el cementerio daba una sensación de abandono que reduplicaba la inquietud que un sitio así despertaba ya de por sí. La falta de cuidados y la sequía que venía repitiéndose en los últimos años hacían que apenas hubiera vegetación, y que la que había estuviera seca. Una lástima porque, según contaba nuestra abuela cada vez que iba a visitar la tumba del abuelo, aquel cementerio antes era como un vergel, lleno de flores. Más que un cementerio parecía el Jardín Botánico, decía siempre.
¿Qué se les ha perdido por aquí, señoritas?
La voz cansada del enterrador nos hizo dar un respingo. De edad indefinida y vestido con un guardapolvos de color igual de indefinido, parecía ser parte del entorno. Con gesto triste, nos contó que apenas le quedaban unos días para jubilarse, y que nadie le sustituiría. Ya no había trabajo apenas
¿Saben? Ahora entre la moda de las incineraciones y los recortes de presupuesto, apenas tenemos nada que hacer. Las plantas que un día adornaban esto como un precioso jardín fueron muriendo, y yo no daba abasto para cuidarlas desde que despidieron a Jacinto, el jardinero, y lo sustituyeron por una empresa que viene una vez cada quince días, además del día antes al Día de todos los Santos y al de la Virgen de agosto, la patrona del pueblo. A mi también me sustituirán por una empresa que venga una vez cada quince días, aunque la verdad es que ahora pasan meses enteros sin un solo entierro.
¿Y eso? –le pregunté, curiosa-
Apenas queda gente en el pueblo. Y tampoco queda gente de la que vive fuera pero quiere ser enterrada aquí. Ahora la gente es una desapegada. A nadie le importa que le entierren con sus mayores
Nos dio pena aquel hombre enjuto, que parecía disfrutar de un trabajo, cuanto menos, peculiar. Nos habló del pueblo, de sus muertos y de sus vivos como si fueran una misma cosa. Nos habló del vergel que antes era el cementerio, convertido ahora en un secarral por mor de la sequía y el descuido. Se nos pasó la tarde volando. Cuando ya nos íbamos, nos dijo algo que espoleó nuestra curiosidad.
– ¿No han visitado la parte de detrás del cementerio? Yo, de ustedes, no me marcharía sin echar un vistazo
Le hicimos caso pero, a primera vista, no vimos nada que llamase nuestra atención. Una pared lisa custodiada por un par de cipreses y poco más. No sabíamos a qué ser refería aquel anciano, hasta que nos dimos cuenta que lo que buscábamos estaba mucho más cerca de lo que hubiéramos pensado. Casi a junto a mis pies, crecía orgulloso un rosal de flores blancas, junto a otras flores que no supimos identificar. Nada tenía que ver con el resto del paisaje árido y casi devastado que rodeaba el cementerio. La tierra que circundaba las flores estaba fresca y oscura y hasta me hubiera atrevido a decir que estaba removida hacía poco. ¿Qué hacía aquella tierra fértil en medio de una sequedad tan absoluta? ¿Era la naturaleza, o la mano del hombre la que había colocado aquellas flores?
– Señoritas, veo que han dado con ello –dijo, enigmático, el enterrador- Ahora váyanse que voy a cerrar la tapia y cuando la noche cae aquí no se ve ni un alma. O tal vez se ven demasiadas…
Nos fuimos con la duda acerca de la tierra fresca y las flores. Al día siguiente alteraríamos nuestros planes y comenzaríamos por allí.
Una vez en casa, preguntamos a la bisabuela, sin mucha fe. Desde que el bisabuelo se marchó, su memoria cada día flaqueaba más, y la edad no ayudaba. A veces, ni siquiera nos reconocía ni a mi ni a Ester, o nos confundía con otras personas. Pero no costaba nada intentarlo.
Bisabuela, ¿tú sabes qué había en la parte de detrás del cementerio? ¿por qué hay flores solo en un trozo, si el resto es tierra seca?
María, has venido… -la abuela sonrió- Has vuelto de tus flores
Abuela, soy Ester. Y ella es Rosana. No hay ninguna María por aquí
Has vuelto…
Nos quedamos de piedra con aquella reacción de mi abuela, pero mi madre no nos dejó insistir. Dijo que debíamos dejar a la abuela en paz. Y juraría que también mi madre se puso nerviosa con el tema.
Estábamos agotadas cuando nos metimos en la cama. Ni una sola vez nos habíamos acordado de nuestros teléfonos móviles
Los siguientes días no fueron tan fructíferos en hallazgos ni tan entretenidos. Permanecimos un buen rato en el cementerio y en su parte posterior, así como por los alrededores, a la búsqueda de alguna pista de aquella rareza de las flores. No hicimos ningún progreso, más allá de confirmar que en toda la contornada era el único rosal vivo y que las otras flores no existían en muchos kilómetros a la redonda A punto estuve de cortar una, pero Ester me hizo desistir. Decía que era algo así como una profanación. Y me convenció.
No obstante, nuestras excursiones estaban resultando bastante entretenidas, y aunque hay que reconocer que alguna vez nos hubiera gustado tener a mano nuestro móvil para inmortalizar algunos momentos, en general no los habíamos echado en falta. Ni nosotras mismas lo podíamos creer.
Quizás parte de la culpa de ello la tenían la dichosa tierra fértil de la tapia del cementerio. Nos habíamos obsesionado con aquello hasta el punto de que no veíamos el momento de volver. Además, estábamos casi seguras que el viejo enterrador quería que escarbáramos en aquello, no sé exactamente con qué fines. Su insistencia, cada vez que pasábamos por allí, lo delataba.
Así que, al final, nos decidimos. Madrugamos, cogimos un par de palas y algunas herramientas del jardín de mi tío, y nos fuimos a la parte de atrás del cementerio dispuestas a descubrir el misterio. No dijimos nada a nadie. Teníamos algo más que la intuición de que podría ser importante. La reacción de mi abuela, la de mi madre, y las indirectas del enterrador parecían dar inequívocas pistas en ese sentido.
Fue curioso. Yo siempre había pensado que cavar debía ser muy difícil y costoso, pero hacerlo en la tierra de aquella zona resultó casi tan sencillo como hacerlo en la arena de la playa, con mi cubo y mis palitas como cuando éramos niñas. Ester compartía la misma sensación que yo, aunque ella, un poco más cauta, insistía en que aquello no era normal, que debía haber algún motivo para que cavar allí fuera coser y cantar
– A lo mejor alguien lo ha preparado todo porque quiere que descubramos algo
Los acontecimientos no tardaron en darle la razón. Apenas llevábamos cavando un cuarto de hora sin demasiado esfuerzo cuando encontramos un hueco enorme en la tierra, que parecía haber sido removida hacía poco y colocada a propósito. Me palpitaba el corazón en una mezcla entre miedo y curiosidad. A Ester se le saltaban las lágrimas y hablaba con nerviosismo. Acordamos que una se quedaría fuera y la otra entraría en el hueco y que,, si hacía falta, lo haríamos por turnos. No hizo falta. En cuanto me agaché, lo vi. Un objeto extraño, cubierto de tierra, pero fácilmente localizable. Parecía algo así como una piruleta, o una raqueta de tenis en miniatura. Nos miramos, con los ojos brillantes de emoción
– Quizás no deberíamos tocarlo
No hicimos ni caso a nuestras propias aprensiones. Con cuidado, le quitamos la tierra hasta darnos cuenta de qué era aquel objeto. Se nos saltaron las lágrimas
– ¡Es un sonajero!
Nos preguntábamos cómo había llegado aquel sonajero hasta allí, y a quién pertenecía. ¿Estaría allí enterrado el cadáver de algún niño muerto en extrañas circunstancias? ¿Lo habrían puesto allí para confundirnos? ¿O era una mera casualidad, un capricho del destino?
En cualquier caso, aquello ya sobrepasaba lo que podíamos hacer. Teníamos que poner el hallazgo en conocimiento de las autoridades, y antes, de nuestros padres. Recogimos nuestros bártulos, guardamos nuestro tesoro con cuidado y nos dispusimos a regresar. Cuando cruzábamos por la puerta del cementerio, una voz conocida nos sobresaltó
– ¿Lo habéis encontrado?
Asentimos con la cabeza y él sonrió. Fue la última vez que lo vimos.
Cuando supimos qué era todo aquello, ya habíamos recuperado nuestros móviles y regresado a nuestra vida habitual. Pero el policía que nos atendió y se quedó nuestro pequeño tesoro cumplió la promesa que nos hizo de que seríamos las primeras en conocer el resultado de las investigaciones.
Aquel sonajero tenía dueño. Pertenecía a un niño que nació en 1936, recién empezada la Guerra Civil. Su madre fue fusilada en el paredón de al lado del cementerio junto con nueve personas más, les acusaban de agitadores y criminales por el mero crimen de que ellos o sus familias pertenecían a un sindicato. Cuando Ester y Rosana conocieron el nombre de aquella joven madre, no podían creerlo. Se trataba de María, una prima de la que nadie volvió a hablar en la familia. Aquella María con la que confundió a Ester cuando le preguntaron por las flores del cementerio,
Al parecer, alguien pagaba al viejo enterrador para que mantuviera fresco y florido el lugar donde pensaban que estaban enterrados María y sus nueve compañeros de infortunio. El era quien lo había dispuesto todo para que ellas dieran con el sonajero y, a su vez, se pudieran hacer las gestiones para la exhumación de aquella fosa. Pero nunca pudimos saber quién era la persona que le hacía aquel encargo. El enterrador murió apenas unos días después de que se encontrara el sonajero.
Hoy, un año más tarde, he ido con mi prima Ester al lugar donde está enterrada María. Llevamos unas flores y un paquete con el que hemos de cumplir un encargo muy especial. Allí hemos podido, por fin, entregar su sonajero a nuestro tío Lucas, cuya existencia ignorábamos. El era aquel bebé cuya madre fue fusilada en aquel negro día del año 37, y que se llevó consigo el sonajero de su niño para estar ceca de él hasta el último momento.
No fue difícil conocer la historia. Me bastó con seguir mi intuición y mostrarle el sonajero a mi bisabuela
María, otra vez estás aquí. ¿Has visto que mayor está el niño?
Mi bisabuela murió antes de que cumpliéramos aquel encargo. Cuando se fue, ya ni siquiera me confundía con María. Pero, por la sonrisa con que nos obsequió en el último momento, supimos que se iba en paz, con la satisfacción que quien ha saldado una deuda que llevaba a rastras toda su vida
Cuando, al día siguiente, nos pidieron una foto que hubiera inmortalizado el momento, nuestra respuesta fue la única posible
El maltrato dentro de la casa, con carácter general, ha sido objeto de muchas obras de cine y literatura. Lamentablemente, ocurre porque está tan presente en nuestras vidas que no es posible sustraerse de ello. Y no hace falta hablar de filmes impresionantes sobre maltrato infantil o hechos desgarradores –basados en hechos reales- como los que se narraban en Crimen en familia. Hay películas tan inocentes como Cenicienta o Blancanieves que ya lo describen, porque ¿qué otra cosa era aquellos a lo que sometían a las protagonistas hermanastras y madrastra?
En nuestro teatro, por desgracia, la violencia doméstica es muy habitual, en cualquiera de sus versiones. Maltrato en la pareja, de padres a hijos, de hijos a padres y de cualquier otro tipo, que abarcan todo el catálogo de ilícitos penales imaginables, desde los delitos contra la vida hasta los relativos a la libertad sexual, pasando por cualquier otro. La casuística es tan amplia como imaginarse pueda.
Lo primero que me gustaría explicar, en este estreno toguitaconado, es la diferencia entre violencia doméstica y de género, una diferencia que no por trillada deja de ser necesaria de concretar. La Violencia de género, tal como se concibe en nuestra ley integral, tiene lugar dentro de la pareja o entre quienes lo han sido, siempre que la ejerza el varón sobre la mujer. Aunque hay que aclarar que otras fuentes legislativas como el Convenio de Estambul o nuestro propio Pacto de Estado la amplían a todos los delitos que se cometan contra las mujeres por el hecho de serlo, como ocurre con delitos como la mutilación genital femenina, los matrimonios forzados o los atentados contra la libertad sexual. Pero a día de hoy nuestro Código Penal y nuestras leyes procesales –por la competencia del juzgado de violencia sobre la mujer- aun no lo han asumido, aunque es de suponer que en un período medio de tiempo habrá de que ponerle el cascabel a ese escurridizo gato.
Por su parte, la Violencia doméstica es toda la que ocurre en el seno de la casa o la familia, entendida en el sentido amplio que incluye a familiares por afinidad, como la relación entre las hermanastras y Cenicienta de la que hablaba antes, o la de Blancanieves con su madrastra y verdugo. Así pues, puede entenderse que la Violencia de género –en su acepción de la ocurrida dentro de la pareja- es una especie de la violencia doméstica. Aunque también cabe entender que no es una clase sino que tiene especificidad propia, criterio más coherente con la concepción de la violencia de género como violencia sobre la mujer por el hecho de serlo. Sea como sea el criterio que se elija, lo que hay que dejar bien claro son dos cosas. La primera, que tiene una especificidad que requiere una normativa propia, y, la segunda, que esa normativa propia en modo alguno significa que se desprotejan los otros tipos de violencia doméstica, respecto a los que cabe, incluso, la tan llevada y traída orden de protección, que no es un invento del feminismo sino que se reguló antes que la violencia de género, en 2003, para todo el ámbito de la violencia doméstica.
Dicho esto, habrá que entrar en harina. Y la harina no es ente caso otra que muchos tipos de maltrato, entre los que es especialmente doloroso el maltrato infantil. Cuando yo daba mis primeros pasos en Toguilandia, recuerdo que mi madre me preguntaba si era verdad aquello que sacaban en la tele sobre niños maltratados por sus propios progenitores, porque le parecía inconcebible. Y, aunque a mí también pudiera habérmelo parecido en algún momento, no tardé un nanosegundo en descubrir la triste realidad y responderle en consecuencia. Todas las personas que habitamos Toguilandia hemos tenido casos escalofriantes de criaturas apalizadas, quemadas con cigarrillos o abandonadas sin alimento e incluso asesinadas. Un bautismo de fuego especialmente duro, pero inevitable. Ahora mismo me vienen a la cabeza varios casos, porque pase el tiempo que pase, es difícil olvidarlos. Pero del que más me acuerdo es del asesinato de un bebé por su madre, cuya condena logré, y respecto del que luego tuve que soportar una circunstancia, cuanto menos, curiosa. Uno de esos haters que se amparan en un cobarde anonimato, me espetaba en redes, como hacen casi a diario, que no perseguía los delitos cometidos por mujeres sobre sus hijos, y me lanzaba a la cara virtual un recorte sobre ese caso que, precisamente, había llevado yo, Por supuesto, no le respondí, amparada en la máxima de no alimentar al troll, pero desde luego que me quedé con las ganas.
Precisamente, esto me lleva a otra de las cosas que quería explicar. Las mujeres no somos seres de luz, y las feministas no tenemos por postulado que todas las mujeres lo sean. Las mujeres tenemos tantas luces y tantas sombras como cualquiera, y el hecho de perseguir la violencia de género no impide a nadie perseguir otros delitos. Por más que se empeñen en decir lo contrario. Acusamos a madres que matan o maltratan a sus hijos cuando así sucede, aunque aprovecho también para recordar que, a pesar de unas estadísticas manipuladas que circulan por ahí, en modo alguno son más las mujeres que matan a sus hijos que los hombres que lo hacen. Y son igual de reprochables y se les castiga igual. Algo que por obvio que parezca hay que repetir casi a diario.
En la frontera entre este tipo de maltrato y la violencia de género está la violencia vicaria de la que ya hemos hablado más de una vez. Se trata de la que ejercen los padres contra sus propios hijos e hijas al utilizarlos como instrumento para dañar a la madre. Los ejemplos dolorosos nos vienen a la cabeza enseguida con los rostros de las pequeñas Anna y Olivia, Rut y José Bretón y tanto otros.
Otra faceta importante de este poliedro de la violencia doméstica es el maltrato en la pareja diferente de la violencia de género. Hablo del maltrato en parejas homosexuales o el de la mujer sobre el hombre. Quede claro que se castiga con la misma dureza y se aplica la misma agravante de parentesco. Y que, además pueden otorgarse las mismas medidas cautelares, como la orden de protección a la que hice referencia antes.
Y, por supuesto, otra de las partes más dolorosas es el maltrato de los hijos o hijas a sus progenitores o ascendientes. Por desgracia, quienes llevan menores saben mucho más de eso de lo que les gustaría. Y, aunque no siempre sea así, en estos casos hay problemas sociales de fondo que los juzgados difícilmente pueden resolver. Entre estos supuesto, los de madres maltratadas por hijos drogadictos que se debaten entre soportar ese infierno o denunciarlo y dejar a su hijo abandonado a su suerte sin sitio donde vivir y en el más absoluto desamparo.
Por último, no me olvido de los atentados sexuales que sufren muchas niñas y niños durante su infancia por parte de familiares muy próximos por consanguinidad o por afinidad, esto es, sean padres o padrastros. Y el mundo de silencio en el que viven esa tortura que puede marcar sus vidas para siempre.
Hasta aquí el estreno de hoy. Solo pretendía dar unas pinceladas sobre algunos de los hechos que más nos marcan en nuestras carreras jurídicas. Por eso el aplauso es para quienes día a día se enfrentan a estos casos con entereza y profesionalidad. Aunque luego les cueste el sueño. Algo que no siempre se valora como debería.