Remordimientos: nadie se libra


                Todo el mundo tiene sentimientos. Incluso en los casos más graves de psicópatas, siempre hay alguna cosa que les remueve por dentro, aunque sea la maldad. Recordemos si no la cara de disfrute del Hannibal Lecter de El silencio de los corderos o el perverso juego del criminal de Seven. Pero, quitados estos casos, la mayoría de personas albergamos en algún momento sentimientos de amor, compasión, lástima o cualquiera de estos que se relacionan directamente con el corazón. Y sentimos, también, remordimientos cuando creemos que una acción nuestra ha repercutido negativamente en los demás. Incluso cuando albergamos sentimientos de Venganza o Revancha.

                En nuestro teatro también gastamos de todo eso. Los remordimientos, a uno y otro lado de estrados, son moneda frecuente y a menudo acaban por aflorar. Y si no lo hacen de día, lo hacen por la noche, en nuestras pesadillas . Es lo que tiene la condición humana.

                He hecho, como otras veces, una pequeña cuestación entre mis compañeros y compañeras en redes para que me cuenten si alguna vez han sentido ese pinchazo del remordimiento. Medio en broma, medio en serio, me dice una compañera que los siente todos los días, a lo que otro responde que depende del nivel de autoexigencia de cada cual. Y, aunque pueda parecer exagerado, no andan del todo desencaminados.

                Hemos de reconocer que tenemos un trabajo donde se ventilan asuntos de gran importancia. La vida humana, sin ir más lejos, es protagonista de los juicios más duros con los que nos encontramos. Y la libertad es un bien precioso del que tenemos la llave cada vez que nos ponen un detenido a nuestra disposición. Nada más y nada menos.

                A veces me pregunto si con el tiempo perdemos la perspectiva de algo tan importante y llegamos a normalizar tanto nuestra función que no nos impresiona. Es un riesgo, sin duda. Ya hablamos en otro estreno de la rutina y del peligro que entraña, síndrome de born out incluído. Pero yo siempre trato de hacer un ejercicio que no por sencillo de contar resulta fácil: ponerme en la piel del otro. Se trata de utilizar la empatía, por supuesto, pero no solo la más obvia, que es la que nos identifica con las víctimas, sino algo más complicado, ponernos en la piel del culpable. Por qué hizo lo que hizo y en qué circunstancias. Y cómo habríamos reaccionado de hallarnos en su lugar. Hablamos a la ligera de esas criaturas que son “carne de cañón” pero  no siempre somos capaces de imaginarnos en esa situación. Es difícil, no lo niego, pero el resultado merece la pena. No se trata de tener compasión sino de hacer justicia. O, como dijo Concepción Arenal, de odiar el delito y compadecer al delincuente.

                Pero, incluso cuando ponemos toda la carne en el asador para hacer así las cosas, pueden no salir como pensábamos, o írsenos de las manos. Y entonces es cuando llegan los remordimientos. Como los que han sufrido más de uno y más de una cuando el detenido al que has ingresado en prisión se quita la vida. Una píldora difícil de tragar.

                Los supuestos más extremos a este lado del espectro serían los errores judiciales, que, aunque sean muy pocos, haberlos, haylos. Me viene a la cabeza ahora el conocido caso del asesinato de Rocío Wannikoff y la condena, tanto jurídica –la juzgó el tribunal del jurado- como social, que padeció por ello una mujer  cuya inocencia se demostró más tarde. O el de los asesinatos de mujeres de Vora Riu, en Castellón, por los que sufrió en primer término prisión preventiva un hombre que luego resultó no ser el culpable. Qué difícil debe ser gestionar todo esto. De día, y sobre todo, de noche.

                Desde otro punto de vista, otros de los casos que afectan nuestra tranquilidad son los relacionados con la violencia de género. De una parte, esas mujeres que sabes que son víctimas pero se niegan a denunciar, respecto de las cuales, sin más prueba, no puedes hacer mucho más que quedarte con el corazón en un puño y pedir a toda la corte celestial que no le pase nada. Y también están esos casos donde él acaba matándola a pesar de haber adoptado alguna medida. No somos infalibles, pero no serlo, en esos casos, se lleva muy mal. Fatal.

                Un compañero me cuenta un caso que me pone los pelos como escarpias, y que recuerda a la perfección pese a haber pasado tropemil años, e intervenido en tropemil juicios. Se trataba de una niña sistemáticamente violada por su padre que, no solo hubo de sufrir tal cosa sino también el rechazo de su familia. El juicio en aquel entonces se celebró sin ninguna medida de protección para ella, que se veía obligada a declarar a escasos metros de su padre que, para más inri, estuvo en todo momento arropado por su familia, mientras ella solo contaba con el respaldo de las dos monjas que le acompañaban. Dice mi compañero que jamás olvidará la cara de aquella niña y sus ataques de ansiedad. Y no es para menos.

                El otro asunto que me cuenta es el de un homicidio presuntamente cometido a bordo de un vehículo del que se acusaba a conductor y copiloto. Como quiera que la defensa no se planteó otra estrategia que la negación para ambos, no hubo discusión posible sobre el concurso de voluntades con el copiloto, que resultó condenado por el jurado. Tuvieron que pasar 10 años y varios recursos para que fuera finalmente absuelto por falta de prueba por lo que a su participación atañía, quedando la condena solo para el autor material. Otro supuesto difícil de olvidar, aunque fuera por otras razones

                Y no creamos que solo en el lado puñetero de Toguilandia hay remordimientos. Me he encontrado, a lo largo de mi carrera, con varios casos en que los propios autores manifestaban tener remordimientos por sus hechos, aunque una nunca llega a saber del todo si eso es cierto o es simplemente una estrategia para lograr el favor del tribunal o algún beneficio penitenciario.

                También hay otros asuntos donde ocurre exactamente lo contrario, el autor dice no arrepentirse ni tener remordimientos. El más llamativo, uno que me contaron en mis primeros días toguitaconados. Se trataba de un hombre acusado, y condenado, por matar a su hermano. El tipo lo reconoció, y admitió la condena de varios años de prisión sin pestañear. Dijo que lo merecía, pero que su hermano también merecía morir por lo que había hecho sufrir a su madre. Es más, repitió que si volviera a nacer lo volvería a hacer, y se negó a pedir ni a disfrutar de ningún tipo de beneficios penitenciarios. Otro asunto para no olvidar.

                Y con esto, se cierra el telón por hoy. Nuevamente pediré el aplauso para todos mis compañeros  y compañeras que contribuyen con sus experiencias a estos estrenos. Recordemos lo importante qué es lo que hacemos cada día. Tal vez por eso como recuerda otra compañera, hay quienes todavía vemos en nuestras pesadillas el día del examen que nos dio el pasaporte a Toguilandia.

2 comentarios en “Remordimientos: nadie se libra

  1. Qué bien escribes y cuánto sentimiento transmites. Apostaría algo a que eres una excelente persona. Es un placer leerte.
    (Quítale la tilde a «incluido», que se te ha colado la muy condenada).

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