Clase social: juicio o prejuicio


                La clase social es algo que se refleja, en todas partes, nos guste o no. Nuestros derechos serán los mismos, pero la realidad no siempre lo es, y eso se ve claramente en cine y teatro. Entre La pequeña cerillera de Dickens, o la pobreza de Las cenizas de Ángela a la Alta sociedad hay un mundo. Y los ejemplos podían ser miles, en un extremo y otro. C’est la vie

                En nuestro teatro debiéramos decir que no hay reflejo de clase social alguna. Pero eso sería tanto como vivir en Los mundos de Yupi y no asomar siquiera la cabeza para que un soplo de realidad nos estropee nuestro particular planeta. Y eso no es posible

                La clase social, o, más bien, la clase económica marcada por el poder adquisitivo, se nota a uno y otro lado de estrados. Aunque en algunos casos, no tanto como venden, o como quieren vender.

                Se dice hasta la saciedad que quienes formamos parte de Toguilandia, especialmente jueces y fiscales, tenemos un árbol genealógico florido y ascendientes con una cuenta corriente no solo florida sino floreciente. He leído poco menos que sin apellidos compuestos y rimbombantes, era difícil entrar en esto.  Pero se equivocan. Aquí hay de todo, como en botica, como ya contamos en el estreno dedicado al tesón. De hecho, las últimas estadísticas recién salidas de la escuela Judicial desvelan que lo de que la mayoría descendemos de rancio abolengo toguitaconado es una leyenda urbana, y la mayoría viene de ámbitos donde nadie había oído eso de “visto para sentencia” más que en las películas.

                No obstante, no seré yo quien peque ahora de ingenua y me quede en esos Mundos de Yupi de los que antes hablaba. Hay que reconocer que unas circunstancias económicas favorables o, al menos, no demasiado adversas, son casi imprescindibles para llegar a ser juez o jueza o fiscal –también para ser Inspector de Hacienda o Registrador de la Propiedad, aunque de eso nadie hable- Me refiero a la posibilidad no solo de pagar un preparador sino de poderse permitir no trabajar durante un numero indeterminado de años.  Y sí, hay becas –pocas- y algún ofrecimiento de preparación gratuita, pero no es la regla general. Como tampoco lo es aprobar mientras se trabaja, aunque haya un puñado de valientes que así lo hicieron y lo lograron, ante quienes hay que quitarse el sombrero. Pero de admitir una obviedad como esta a describirnos a todos como hijos de papá sin más mérito que nuestra herencia hay un mundo. La carrera judicial y la fiscal están llenas, y cada vez más, de gente de toda procedencia, que ha llegado con su esfuerzo, y con el esfuerzo de sus familias para hacerlo posible.

                Donde quizás es más evidente la influencia de la clase social o, más bien, socioeconómica, es al otro lado de estrados. Los delincuentes habituales pertenecen en muchos casos a familias donde la delincuencia ha sido un modo de vida y es difícil salir del círculo. En algunos ambientes desestructurados y faltos de recursos, la delincuencia, generalmente menor, se convierte en una salida a la que muchos llegan por inercia. Cuando a esto se suman adicciones, el coctel está servido. Porque, aunque hay quien afirma que las drogas igualan a las personas, no es del todo cierto. Aunque el sufrimiento sea el mismo, e incluso los hechos a los que la adicción lleve, no son las mismas las posibilidades de deshabituación y rehabilitación según la familia de cada cual. Es lo que hay.

                Ahora bien, reconocer ciertas realidades no nos debe llevar a caer en el estereotipo. No se puede estigmatizar al pobre porque lo sea ni tampoco al rico, ni mucho menos asignarles el binomio delincuencia/honradez según su procedencia. Nada más lejos de la realidad, Y cada día más.

                Hay, por ejemplo, un tipo de delitos que requieren que el autor pertenezca a determinada clase privilegiada. Hablo de los delitos de corrupción, que tanto han azotado a nuestro país durante una época. Es evidente que si no se ostenta una situación determinada de poder, no se pueden cometer estos delitos. Lamentablemente, aunque he visto peleas entre indigentes con terribles resultados por una esquina donde mendigar, esto nunca sería tráfico de influencias.

                Otra realidad preocupante es la que pretende enlazar la condición de inmigrante con la de delincuente. La constante y machacona alusión a los menores no acompañados con el despersonalizante acrónimo de “menas” para acusarles de todo tipo de delitos es algo que vemos a diario. Y, como dice el refrán, injuria, que algo queda. Así que estas personas en condiciones tan difíciles ven aumentar esas dificultades por el hecho de señalarles como delincuentes. Y aquí, como siempre, de todo hay.

                Por último, hay que hablar de esos delitos respecto de los que siempre hay alguien que dice “fue condenado, pero…” o, por decirlo de otro modo, lo que algunos llaman “delitos de personas normales”. He oído varias veces expresiones parecidas en las que, aunque subyace una discriminación y clasismo importante, mucha gente se identifica. El tipo paradigmático de estas situaciones sería el de los delitos contra la seguridad vial, en los cuales el elenco de posibles autores es amplísimo. Por suerte, y a base de campañas de concienciación, poco a poco desaparece esa permisividad social para este tipo de delitos. La gravedad de las consecuencias así lo imponía.

                Sin embargo, otro caso donde aun no se ha dado ese paso de conciencia social completa es en la violencia de género. Todavía escuchamos con frecuencia a personas que dicen que conceptúan estas condenas como injustas o que, directamente, niegan la existencia de estos delitos. Y si a eso sumamos quienes tildan directamente a todas las mujeres de mentirosas y de interponer, un día tras otro, denuncias falsas , el motivo de preocupación está servido. Y el trabajo por hacer, también.

                Por todo esto hoy pido el aplauso para todas las personas que luchan porque la igualdad sea un hecho, a uno y otro lado de estrados, sin que la clase social o económica suponga nada más que un dato estadístico. Gracias por marcar el camino

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