Reencuentros: Congreso de Abogacía de Violencia de Género


Los reencuentros han dado para muchas horas de cine. Los hay
gozosos, terribles, esperados y desesperantes. Hay Reencuentros y
desencuentros
amorosos, familiares, como en La gran familia española, o
amistosos, como Los amigos de Peter. Pero si algo tienen en común es la
gran cantidad de emociones y recuerdos que desatan. Y abrazos, muchos
abrazos. Todos los que estaban guardados esperando hacerse realidad.
En nuestro teatro los reencuentros son relativamente frecuentes. Y los
desencuentros, aunque esto hoy no venga al caso. Casi cada día, en los
pasillos de Toguilandia, tropezamos con alguien a quien llevábamos tiempo
sin ver. Una compañera de facultad, una amiga del colegio, un letrado con
quien no coincidías desde hace mucho o una jueza con la que no celebrabas
desde hace una eternidad. Un día a día que la pandemia nos ha hecho
valorar aun más.
Estamos en tiempo de retomar cosas. Poco a poco, y con la prudencia
que el puñetero bicho nos impone, vamos volviendo a tener actividades que
las restricciones se llevaron. Y por fin he vuelto a coger un tren para irme,
como una flecha y ajustando horarios como un sudoku, a un congreso.
En este caso era algo que me apetecía muchisimo y en el que todavía
no había tenido la fortuna de estar, el Congreso de Violencia de Género de
la Abogacía Española
. Una ocasión para aprender y para disfrutar, que todo
es importante. No vaya a ser que me digan, como decían a las niñas
empollonas de Torres de Malory, aquel internado de los libros de mi
primera adolescencia: «mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un
aburrido». Y eso sí que no.
Así que, superado el sudoku de horarios y trenes, estupendamente
cubierto por la organización del congreso, me embarcaba en el tren rumbo
a Ciudad Real. Como quiera que no aprendo y que, como buena siatodista
–no sé decir que no- quiero abarcarlo todo, otros compromisos me
impedían llegar a las ponencias del primer día. Pero no importaba, ya me
resarciría. Socialmente con la cena e intelectualmente con el trabajo del día
siguiente. Así que empecé mi periplo que casi parecía una ginkana ¿Quién
dijo miedo?.
Mi llegada había de ser directamente a la cena. Podría haber sido un
problema llegar con el aspecto adecuado para una cena de gala después de
un día de juicios, un par de cosas más y unas cuantas horas de tren. Pero
nada es imposible para fiscalita cuando se pone. Así que, aprovechando
que la cena era a unos cuantos kilómetros de la estación, optimicé el
trayecto para convertir el taxi en la cabina de teléfono de Superman. Si él
conseguía cambiarse de ropa y ponerse unas mallas con los calzoncillos por
fuera, yo no iba a ser menos, aunque con la ropa interior y exterior en sus
lugares correspondientes. Me cambié medias y zapatos –no sin mis tacones-,

cambié la bufanda de lana por un chal de lentejuelas, sustituí los pendientes
por otros de brilli brilli y me retoqué la cara en la medida que el taxi lo
permitía. Aquel hombre aun debe estar pensando en qué hacía aquella
señora agachándose y alzándose, y moviéndose a uno y otro lado en la
medida que el cinturón de seguridad lo permitía. Que ponerse divina no es
excusa para saltarse las normas.
Prueba superada. A pesar de que era casi una hora más tarde que la
hora oficial de la cena, llegué justo a tiempo. Ya dice mi madre que más
vale llegar a tiempo que rondar cien años. Y así fue. La gente estaba ya
sentada y acomodada y eso me sirvió para comprobar algo muy agradable.
Me habían guardado sitio en tres mesas diferentes. Y, llamadme tonta, pero
que hubiera tantas personas pendientes de mi llegada me hizo ilusión. Tanta
como los abrazos que a partir de ese momento repartí a diestro y siniestro.
Y que seguí repartiendo en la copita de luego, que no me quedó más
remedio porque en la cena no había tenido tiempo suficiente para socializar
con todo el mundo. Y antes muerta que quedar mal, vaya.
Al día siguiente llegó el momento de trabajar. Llevaba mi ponencia
preparada a punto de once y esta vez no me había pillado el toro y había
enviado resumen, abstract, currículum, power point, cesión de derechos y
todo lo que me pidieron. Y menos mal, porque, aunque no lo sabíamos,
había llegado el momento fundamental de la ginkana, algo así como la
prueba de eliminación de Master chef. Tocaba esmerarse para cocinar y
emplatar porque la ley de Murphy me tenía una sorpresa preparada.
Después de una fantástica presentación, que agradezco en el alma, y
una no menos fantástica primera intervención de mi mesa, me llegaba el
turno. La pantalla reproducía mi presentación y yo empezaba a hablar muy
ufana cuando el ordenador decidió declarase en huelga y el proyector le
seguía. La presentación en que tenía que apoyarme desaparecía de mi vista
y, como no tengo costumbre de llevar nada en papel, me quedaba sin suelo
bajo los pies. Pero, cómo dice un spot, para qué quiero pies si tengo alas, así
que continué como si las imágenes y el texto estuvieran allí delante. Y eso
no era lo peor. Lo peor fue hacerlo mientras varios técnicos pululaban a mi
alrededor con la sana intención de desfacer el entuerto. Y lo consiguieron,
aunque cuando apenas me quedaban unos minutos para agotar mi tiempo.
Y pasarme, nunca. La primera regla de la buena ponente es ser fiel al
tiempo asignado. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y si no es bueno,
mejor no hacerlo durar, vaya.
Pasé la prueba de eliminación, los Juegos del hambre y lo que se
presentara. Espero que con buena nota, a ver si me he ganado volver al
próximo, que me quedaron ganas. Pero yo no soy quién para calificarme. Y
como en el fondo, soy una kamikaze, fue divertido.
Aun quedaba alguna cosilla más para que no me relajara. Camino de
la comida, el GPS decidió continuar con la huelga iniciada por el ordenador

de mi ponencia y también se volvió loco, aunque esta vez con una huelga a
la japonesa. Daba indicaciones continuas y contradictorias, hasta llegó a
rayarse como los vinilos de mi juventud, y repetir la misma frase varias
veces. Pero tampoco pudo con nosotras. Llegamos a comer, como también
llegamos, con su pizca de intríngulis, al tren. Y vuelta a casa. Y al día
siguiente, guardia. La vida sigue. Pero me apetecía contarlo
Ahora solo me queda el aplauso. Y, por supuesto, se lo daré con todas
mis fuerzas a la organización del congreso, y a todas y todos los
congresistas, desvirtualizados, revirtualizados o reencontrados. Gracias por
tratarme siempre con tanto cariño. Y por enseñarme tanto, que no solo de
abrazos vive la jurista. Que no se diga

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