Imitaciones: copias de andar por casa


         Una de las disciplinas artísticas más conocidas es la de hacer imitaciones. Sean con tintes cómicos como dramáticos, hay muchas personas que triunfan copiando a alguien famoso. Un auténtico filón para programas de televisión como Lluvia de estrellas o Tu cara me suena. Aunque a veces no hay que cantar no bailar, sino que basta con estar, cuando de personajes como el mímisimo Franco se trata, como nos cuentan en Espérame en el cielo.

En nuestro teatro `podría parecer que eso de los imitadores no va con nosotros, pero solo podría parecerlo. En todas partes cuecen habas. O, mejor, en togas partes.

Recuerdo que en mi primer destino nos quedamos de pasta de boniato con un tipo que se mimetizaba de tal manera con sus compañeros de prisión, que llegaba a autoinculparse del crimen que aquel hubiera cometido. Ignoro qué recibiría a cambio, ya que el imitado podía exculparse a costa de este, que tenía tantas condenas que una más le saldría gratis. Pero como dice el refrán tanto va el cantarito a la fuente que al final se rompe. Y eso le pasó a nuestro camaleónico preso, que quiso abusar tanto de su imitación con asunción de culpa que a la tercera vez empezamos a sospechar y se descubrió el pastel.

Aunque no todos los imitadores son tan profesionales ni tienen tan sofisticados propósitos. En mis periplos por poblaciones de mi Comunidad Autónoma haciendo juicios de faltas me encontré con algunos casos francamente curiosos. Había una señora en un pueblo a la que todos llamaban Sara Montiel y que, francamente, se parecía bastante a la diva. Tanto que si hubiera declarado por videoconferencia seguro que hubiera puesto una media delante de la cámara como decían que hacía Saritísima para que no se le notaran las arrugas. Pero no dejaba de ser pintoresco verla aparecer por los juzgados -era de las habituales- vestida de lentejuelas y plumas desde las 9 de la mañana. Y, puro en mano, canturreando que Fumando espero, claro

Cambiando de tercio y metiéndole de lleno en el campo de la ternura, no puedo olvidarme de aquel buen hombre ingresado en un centro psiquiátrico que se colocaba la bata a modo de capa de armiño y emulaba -que no imitaba- a lo que él creía que era el rey, con su cetro y todo. Y eso sí, mientras se le llamara Majestad, todo iba bien. Y le llamábamos así, que no nos costaba nada.

En cualquier caso, la mayoría de las imitaciones tienen un toque de humor. Y en nuestro teatro no podíamos ser menos. Por eso uno de los hits más usados es el “alguien ha matado a alguien” del maestro Gila. Con esa frase nos despachábamos mi compañera y yo con frecuencia cuando nos tocaba algún asunto complicado y andábamos perdidas. Y, aunque no nos encontráramos, al menos nos reíamos un poco, que siempre viene bien.

Pero si hay alguien en este país que ha sido imitado y requeteimitado por cualquiera, ese el Chiquito de la Calzada. Más de una vez he visto usar lo de Pecadorrr -o Pecador de la pradera- para hablar sobre un investigado fuera de su presencia. Y, por supuesto, todo el mundo ha caído alguna vez en la tentación de soltar un “No puedorrr” si los juicios se eternizan o la guardia se pone cuesta arriba. Es lo que tiene haber nacido después de los dolores.

Aunque hay que reconocer que una de las imitaciones que mejor se nos daba, aun inconscientemente, es la de los Hermanos Marx y su famoso camarote, cuando empiezan a aparecer detenidos en la guardia o se llena la sala de vistas por culpa de algún juicio mediático. Ganas entran de emular a Groucho y decir los de “y dos huevos duros”

Y hablando de Groucho, cuántas veces no nos habremos acordado de él y de su parte contratante de la primera parte. Cuánta razón tenía a la vista de la percepción que el justiciable tiene de alguno de nuestros escritos.

En otros casos, se me vienen canciones a la cabeza. La de veces que le habría cantado a algún habitante de Toguilandia -sea juez, fiscal, LAJ, letrada o lo que quiera- que presume de listillo eso de que “cuando tú vas, yo vuelvo de allí”, como si me hubiera poseído Chenoa. Y ni que decir tiene que en esas horas de pasillo interminables, cuando un juicio se retrasa, me ha parecido oír por lo bajini “Y yo sigo aquí, esperando que…” cual si Paulina Rubio se hubiera colado en nuestro teatro

Confieso que, a veces, cuando el acusado suelta excusa tras excusa a cuál más intragable, muero de ganas de emular a Loquillo y decir que la culpa fue del cha cha cha, aunque imitar en este caso es difícil, dado el medio metro de estatura, además de algún otro detallito, que nos diferencia.

Sin embargo, me sigue dando mucha pena y a veces mucho miedo, por mucho tiempo que lleve en esta jurisdicción de Violencia de Género, oír en primera persona de boca de un detenido refiriéndose a su pareja un “sin ti no soy nada” o “no puedo vivir sin ti”. En este contexto, más que romántico suena amenazante. Y lo peor es que a veces lo es

Y hasta aquí estas pequeñas pinceladas de algunas cosas que imitamos casi sin querer., o sin querer queriendo. De modo que no veo mejor manera de cerrar el telón que usar a los Looney Toons para decir que “esto es to, esto es todo, amigos”- Eso sí. No me olvido del aplauso. Y lo doy hoy a todos y todas las protagonistas de mis anécdotas. Sin ellos y ellas yo sin que no soy nada

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