No hay dos sin tres, según un conocido dicho y, cómo no, el título de una película. Tres eran tres las hijas de Elena, dice la canción, y tres son Los Angeles de Charlie, Los tres superpolicías o Las tres mellizas. También hay varias obras que han llegado hasta su tercera parte y, aunque segundas partes nunca fueron buenas para el refranero, nada dice de las terceras que, como El padrino o la saga de La guerra de las galaxias, poco tiene que envidiar de la primera.
Hoy el protagonista de este dicho es este propio blog. Después de contar tantas cosas sobre nuestro teatro, ha llegado el momento de que sea el mismo el protagonista de un estreno. Y cómo no, si hay que ir se va, y se hace a lo grande, que no se diga.
Después de tres nominaciones a los premios al mejor blog de 20 minutos, el pasado 7 de octubre le llegó el gran día. Si, como contaba en anteriores ediciones ya era un subidón ver esa portada a la que tanto cariño le tengo ocupando todo el escenario, el subidón se volvió superlativo al escuchar que Con Mi Toga Y Mis Tacones había sido galardonado con el premio al mejor blog en categoría personal. Y ojo, que quedó entre los tres finalistas al mejor de todas las categorías. Ahí es nada.
Habrá quien se pregunte por qué categoría personal un blog jurídico. Es decir, qué hace un blog como tú en un sitio como este, como la canción. Pero todo tiene su explicación. En las anteriores ediciones, el blog concursaba en la categoría de blogosfera, es decir, algo así como las selecciones de “resto del mundo” cuando juega un partido benéfico y se trata de un batiburrillo de jugadores de diferentes procedencias. Pero despareció dicha categoría, y no había otra con un encaje más propio que la personal. Y ahí que fue a para al blog con su toga puesta y subido a sus tacones. Cómo no.
Es cierto que llama la atención que un blog jurídico vaya a un certamen de blogs de todo tipo, con lo dados que somos en Toguilandia en no salirnos de nuestro mundo. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Pero también hay quien no encaja este espacio toguitaconado en el casillero de blogs jurídicos, porque no hace sesudas reflexiones acerca del dolo eventual ni el homicidio preterintencional, ni casa bien con el tercero hipotecario o la enfiteusis y, por supuesto, no comenta ni cita las últimas sentencias del Tribunal Supremo. Pero precisamente eso era lo que pretendía cuando, un día ya lejano hace más de cinco años decidí abrir por vez primera el telón de este escenario
Quise hacer un blog que hablara de Derecho, sin que entrara en los esquemas de los blogs jurídicos, que ya hay muchos y muy buenos. Pretendía explicar el Derecho a no juristas con un lenguaje que también gustara a juristas. Y demostrar, sobre todo, que los temas jurídicos pueden ser divertidos sin perder credibilidad. Y también que el Derecho es mucho más que aburridas leyes y jurisprudencia. Esto es, que tiene alma, un alma que pude llevar a llorar o a reír, según el caso. O a ambas cosas a un tiempo, como la propia vida.
No sé si lo he logrado. Lo que sí sé ahora es que a un jurado le ha parecido que tiene la suficiente personalidad y calidad para premiarlo, y eso me hace muy feliz. Por mí, y por todas esas personas que, cada martes y cada viernes, me seguís.
Si algo le reprocho a este espacio toguitaconado es haberme robado la personalidad. No son pocas las personas que, cuando me ven en la guardia o en juicio, me identifican como “la de los tacones”. El otro día escuché como una abogada le decía a otra, cuando le preguntaba qué fiscal estaba en sala, que la de la toga y los tacones. Y he de confesar que me encanta, aunque ahora a ver quién se atreve a ir en deportivas por la vida. Mil gracias por eso y por tantas cosas.
Hoy el blog y yo somos felices. Algo que, lejos de llevarnos a cerrar página, nos da fuerzas para seguir adelante. Quedan muchas cosas por contar, muchas personas por concienciar y muchos temas que explicar. Queda mucho espacio para luchar por la igualdad en cualquiera de sus versiones, y por contar historias que remuevan mentes y almas. Y aquí seguiremos siempre que haya un público dispuesto a leernos.
Mil gracias a @madebycarol por sus preciosas ilustraciones y su generosidad y, con ella, a todas las personas que han contribuido con sus imágenes o con sus ideas. Esto no habría sido posible sin sus aportaciones.
Así que hoy, como he hecho otras veces, me desdoblo en dos y hago de voz en off para dar el aplauso al blog, a sus protagonistas y a sus lectores y lectoras. Y, por supuesto, a 20 minutos por considerarlo merecedor de este premio y darnos esta alegría. Seguimos adelante. Y por mucho tiempo, por supuesto, mientras el público quiera
Hoy, en nuestro escenario, un relato que es mucho más que una historia. Una invitación a la reflexión.
Ligera de equipaje
Nunca pensó que su vida entera cabría en una maleta. Y no en una maleta grande, ni siquiera mediana, sino en una de esas tan pequeñas que hasta las compañías aéreas más pejigueras la hubieran aceptado como equipaje de mano si no fuera por las dos orejitas negras que sobresalían, dibujando a la perfección la cara de una Minnie Mouse sonriente con su enorme lazo rojo de lunares. Tan sonriente como ella en ese mismo momento.
La maleta era de su hija. O, mejor dicho, había sido de su hija, cuando todavía la necesitaba. La niña fue a la vez su alegría y su tormento, su fuerza y su debilidad, su talón de Aquiles y su muleta. El crecimiento de Angela había ido marcando los tiempos de su vida hasta haberla dejado carente de sentido, ahora que se había marchado. Por eso se decidió, después de tanto tiempo, a poner punto y final a una historia que llevaba encallada desde siempre en unos eternos puntos suspensivos. Por eso, también, sacó del altillo la maleta de Disney que le regalaron a la niña por su Primera Comunión y que tanto le gustaba hasta el día que dijo que era demasiado mayor para usarla, y decidió que sería el perfecto continente para el imperfecto contenido de su vida.
Nunca le había gustado hacer el equipaje, pero esta vez lo estaba disfrutando. Con parsimonia, elegía cada una de las cosas que se llevaría a esa nueva vida que estaba ansiosa por empezar. Hasta se descubrió a sí misma con una sonrisa que hacía años que no ejercitaba al descartar un montón de detalles que hasta hacía nada le hubieran parecido imprescindibles.
Mientras acariciaba las orejitas de Minnie y abría la cremallera de la maleta, se dio cuenta que cada una de las cosas importantes de su vida había estado marcada por la vida de Angela, incluso antes de que naciera.
Abrió el cajón de la cómoda, ese que nunca se atrevía a mirar. Allí vio el primer parte médico de una sucesión imparable, que dudaba si describir como un rosario o como un Vía crucis. Fechado hacía más de veinte años y con una caligrafía intrincada y casi borrada por el paso del tiempo, era el testigo mudo de la primera paliza, la que él le dio cuando estaba embarazada de la niña. Hasta entonces, solo -¿solo’- había habido insultos, amenazas, y algún empujón que otro que le había dejado un hematoma en el cuerpo y una cicatriz en el alma. No sabía si fue porque era el primero o porque no se lo esperaba, aquel bofetón fue el que más le dolió de todos.
Llegó a plantearse denunciarlo, pero en aquella época era impensable. De hecho, llegó a ir hasta la puerta de una comisaría donde un policía entrado en años y en carnes le dijo con condescendencia que se volviera a casa, que seguro que su marido estaba arrepentido y podría conocer el dulce sabor de la reconciliación. No hubo tal, pero no le importó demasiado. En realidad, una vez supo que el riesgo para la vida de su pequeña estaba superado, todo le dio igual.
A partir de ahí, su vida se convirtió en un descenso en caída libre. Se hizo la idea de que el mundo solo giraba en el espacio de tiempo que mediaba entre una paliza y la siguiente. Al principio, se esforzaba porque todo estuviera en orden, porque no faltara un detalle que le hiciera enfadarse y estrellar su furia contra ella. Sus comidas eran las mejores, su casa la más limpia, sus armarios los más ordenados, su bebé la más bonita y la mejor vestida. Pero daba igual, si se arreglaba le recriminaba porque se acicalaba demasiado y seguro que quería llamar la atención de otros hombres Si no se maquillaba, era porque no le quería, porque no se esforzaba en estar guapa para él.
Hiciera lo que hiciera, estaba perdida. Llegó un momento en que deseaba que estallara su arrebato de furia, que le pegara ya y acabara pronto, porque lo peor de todo era la angustia de esperar que en cualquier momento le cayera la golpiza. Y vuelta a empezar.
Se acostumbró a aquello como si se tratara de algo normal. Es más, llegó a pensar que era algo normal, e incluso a creer que lo merecía. Hasta aquel día. El día que le puso la mano encima a su pequeña Angela. Ese día todo cambió para siempre.
La niña estaba probándose el vestido de Primera Comunión. De hecho, la fotografía enmarcada de ese día era una de las pocas cosas que ella había metido en la maleta de Minnie Mouse que era el fin y el principio de todo. Angela quiso emular el anuncio de una conocida marca de detergente de la época, un anuncio con el que madre e hija se reían mucho, en el que la protagonista vertía una taza entera de chocolate sobre el inmaculado vestido de organdí, pero no pasaba nada porque el milagroso detergente quitaría la mancha en un santiamén. Así que la niña comenzó a girar como una peonza como hacían en el spot televisivo mientras su madre se reía a carcajadas. El padre las vio y, sin que ninguna de las dos supiera que fuerza demoníaca le había poseído, arrojó la copa de coñac que estaba tomando sobre el vestido banco, y a continuación le propinó a la niña un bofetón tan fuerte que se golpeó contra los azulejos de la cocina. La boca comenzó a sangrarle, y el vestido se tiñó de rojo, de un rojo que no hubo detergente milagroso que borrara. De aquel vestido de anuncio solo quedó la fotografía enmarcada que ella guardó.
Angela no pudo hacer la Primera Comunión con sus compañeras de colegio. Mientras ellas cantaban “Con flores a María”, ella apenas podía encontrar un espacio de su cuerpo donde no hubiera un cardenal, un corte o una herida. Comulgó un par de meses más tarde, con un vestido corto de nido de abeja y el hueco visible en la boca del lugar que una vez ocupó un diente.
Habían cambiado de residencia. Se mudaron a un pueblo a más de 100 kilómetros, que para ella estaba tan lejano como la Luna, La visita del médico a la niña, y las cosas que dijo aquel hombre, advirtiéndoles que de repetirse algo así pondría los hechos en conocimiento de la policía, motivaron la Diáspora, y a el le dieron la excusa perfecta para aislarlas un poco más cada día. Ahora ni siquiera tenían a la familia para acudir si pasaba algo. Solo se tenían la una a la otra y, en medio, un muro de miedo. Ni siquiera hablaban de ello.
El tiempo fue pasando. Y mientras que ella se había resignado a su suerte, como si tuviera un callo en la dermis de la vida, Angela cada día se rebelaba más. Llegó a enfadarse con su madre porque no reaccionaba ante los continuos desmanes de aquel hombre que todo el mundo decía que era su padre pero que a ella se le antojaba un monstruo. Y le reprochaba no haber hecho nada por ella misma y, sobre todo, por sacarle a ella de aquel ambiente opresivo y doloroso. Aun tardó un tiempo en descubrir que tal vez para su madre fuera tarde, que tantos años y tantos golpes minaron sus fuerzas hasta dejarla exhausta.
Cuando cumplió la mayoría de edad, Angela se fue de casa. Antes de hacerlo, intentó por todos los medios que su madre la acompañara, que se marcharan juntas y empezaran de nuevo. Su madre le juró que lo pensaría, pero al final no se decidió, y Angela no le perdonó que no lo hiciera.
Lo que la niña ignoraba es que aquella noche en que le suplicaba a su madre que la acompañara, la escena había tenido un testigo, alguien que se coló sin invitación y que permaneció agazapado sin ser visto. El lo oyó todo, y esperó con paciencia a que la niña terminara y se marchara a su habitación para montar el segundo acto de aquella función
-No se te ocurrirá marcharte, ni llevártela a ella -gritaba él, encendido de furia-
-Pero… ¿Por qué no dejas que nos marchemos a nuestro pueblo? No contaremos nada a nadie, podemos venir a verte los fines se semana. Te dejaré si quieres comida para toda la semana
-¿Qué dices, loca? ¿Qué te has creído? A mí no me deja nadie-un sonoro bofetón selló sus palabras- Nadie. ¿Me has oído?
Se quedó acurrucada junto al sillón con cuyas patas se había golpeado al caer tras el empujón de él. Quería llorar, pero no le quedaban lágrimas. Quería removerse, pero tampoco le quedaban fuerzas.
-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo
-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.
-Pues, ya sabes
-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo
-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.
-Pues, ya sabes
No pudo hacer nada. Ni siquiera pudo oponer resistencia a que aquella noche el practicara sexo con ella. O más bien contra ella. Esa noche, ni siquiera fue capaz de decirle que no quería. Aunque no hiciera falta.
Angela se marchó de casa un mes después de ser mayor de edad. Su madre consiguió hacerse con algún dinero para darle, pero se le rompía el corazón de pena por perder a su niña, no solo en la distancia sino en el respeto
-Mamá, te lo digo por última vez. Vente, vámonos juntas
-No puedo, hija. De verdad que no puedo. Algún día lo entenderás…
-No lo entenderé nunca, mamá -dijo agria- Si no te vienes, es porque no quieres. Y porque no me quieres. Quédate con él, si es lo que prefieres
-Hija, por Dios
-Cualquier día te matará. Y yo no quiero estar aquí para verlo
Ni siquiera cogió los billetes que le tendía, preparados en un sobre. Abrió la boca un par de veces, a punto de desvelarle las amenazas con que él la tenía retenida. Pero volvió a cerrar la boca sin pronunciar palabra. Sabía que él era capaz de cumplir sus advertencias. Al menos, que ella pudiera librarse de su yugo.
No volvió a saber de Angela en mucho tiempo. Su marido le prohibió ni siquiera mencionarla
-Esa niña esta muerta y enterrada. Que nadie vuelva a pronunciar su nombre en esta casa ni en mi presencia
-Pero…
-¿Lo has oído bien? Quiero que quites todas las fotos y todo lo que de ella quede en esta casa. Está muerta. ¿lo entiendes?
-Sí -dijo con un hilo apenas audible de voz-
-No me obligues a…
No le dejó acabar la frase, Sabía lo que venía a continuación, y le daba pánico solo oírlo.
Quitó todos los retratos, y tuvo que enseñarle a él como se deshacía de ellas. Él se encargó personalmente de que fueran al basurero y de ahí al vertedero. Solo pudo conservar la foto con el vestido que nunca usó. Su pequeño tesoro.
Tampoco hubo manera de comunicar con ella. No dejó seña ninguna, y no volvió a aquella casa, ni al pueblo del que un día se marcharon. Ningún pariente, ninguna amiga sabía nada de ella ni le daba ninguna pista. Era como si se la hubiese tragado la tierra, y aquella ausencia le dolía más que cada paliza, que cada golpe. Se tocó la cicatriz que le cruzaba la mejilla de parte a parte y volvió al presente. A su maleta con cara de ratoncita de dibujos animados. Y sonrió otra vez.
Escogió con cuidado la ropa que iba a meter en la maleta. En realidad, casi ninguna de sus prendas tenía especial valor económico ni sentimental que mereciera la pena preservar. Se trataba de ropa cómoda y funcional sin ninguna personalidad.
Sus zapatos, sin embargo, eran cosa aparte. Con un celo que apenas recordaba haber tenido alguna vez, sacó de su armario un par de zapatos. Eran de color rojo, de modelo salón, de tacón de aguja. Los había comprado para Angela, para regalárselos en un cumpleaños que nunca llegaron a celebrar juntas. Aunque usaban el mismo número, nunca los usó. Prefería mantenerlos intactos en su caja dorada, envueltos en papel de seda, esperando en día en que se reencontraran con su Cenicienta.
Cada año, por su cumpleaños, la recordaba de una manera especial. Cocinaba una tarta de manzana, su preferida, y ponía una velita con la esperanza de alguna vez fuera ella quien viniera a soplarla. También guardaba todas aquellas velitas consumidas que, año a año, habían ido marcando el tiempo de separación de su hija. Las había metido en la maleta, pero optó por sacarlas. No quería ocupar sitio con cosas tristes. Demasiada tristeza había ocupado su vida.
Acarició de nuevo los zapatos rojos. Esta vez sí. Esta vez irían a parar a los pies de su dueña. Aun no podía creerlo. Limpió con cuidado la lágrima que había caído sobre el charol rojo, para que continuaran impecables.
De reojo, miró la pantalla de su móvil y comprobó q2ue no había ninguna señal que alertara de nada. Todavía recordaba palabra por palabra aquella llamada que lo cambió todo. Y la recordaría toda su vida.
-¿Es usted María Ángeles Romero Castillo?
-Sí, señora, dígame. ¿quién es usted?
-¿Tiene una hija llamada Angela Martínez Romero? ¿Es así?
-Si, si -decía ella con nerviosismo- ¿Le ha pasado algo?
-No. Bueno, sí. Siéntese, y le cuento. Es una larga historia.
Se sentó y escuchó con atención a aquella extraña, que resultó ser la trabajadora social de un hospital de una provincia limítrofe. Su hija estaba ingresada allí. Estaba bien cuidada pero no tenía a nadie cerca, y, después de mucho insistirle, había dado las señas de su madre
-Pero ella, ¿cómo está? ¿Qué tiene? ¿Se encuentra bien?
-Será mejor que se lo diga ella
-Sí, sí, dígale que se ponga -decía esperanzada-
-Ahora mismo no está a mi lado. Pero será mejor que venga y comprueba como está en persona. Me ha dado permiso para que la llame
-¿De verdad que quiere verme? ¿Está segura?
-De verdad
No dudó ni por un momento lo que tenía que hacer. Cogió el primer autobús que salía hacia allí y se plantó en aquel hospital. Ni siquiera se molestó en dejar un mensaje en su casa, ni darle a él ninguna explicación. Nunca había pensado que aquel olor aséptico y penetrante le parecería el mejor de los perfumes.
El abrazo con su hija fue largo, prolongado y húmedo por las lágrimas derramadas y las no derramadas desde hacía tanto tiempo. Antes de ponerse al día, la miró y algo punzante le atravesó el corazón.
Su niña estaba débil. Respiraba con dificultad y tenia unas ojeras muy pronunciadas. Las redondeces de las caderas que tantos quebraderos de cabeza le habían causado habían desaparecido, y habían sido sustituidas por piel y huesos. Su niña no estaba bien, por más que se empeñara en decir lo contrario.
Lo que más la alertó, sin duda, fue el pañuelo que llevaba en la cabeza. El signo equívoco de que de su abundante melena castaña no quedaba ni rastro. La interrogó con la mirada
-Sí, mamá, es lo que imaginas. Tengo cáncer. Cáncer de mama
-¿Y…cómo? ¿qué? -no sabía cómo hacerle la pregunta que la quemaba por dentro- ¿cuánto…?
-¿Si me voy a morir? Pues sí, como todo el mundo. Pero no tengo la más mínima intención de que sea ahora. Aunque hay un bichito -dijo señalándose el pecho- empeñado en ponérmelo difícil, no me va a ganar
-Claro que no, hija. Y menos ahora que está tu madre contigo-trató de sonreír- Ya te puedes ir yendo a otro lado, bicho, aquí no tienes nada que hacer.
Le debía una vida de explicaciones. Pero, sobre todo, le debía una vida de abrazos, de mimos y hasta de riñas. Pero en ese momento lo único que deseaba con todas sus fuerzas es que no fuera demasiado tarde.
Después del reencuentro, de ponerse al día en besos y abrazos, llegó el momento de conocer la verdadera situación de Angela. Habló con la trabajadora social que la había avisado, y juntas fueron a hablar con las doctoras que se encargaba de ella. Sufría, según le dijeron, un tipo de tumor muy agresivo, pero pensaban que lo habían cogido a tiempo, aunque en estas cosas nada era seguro.
Lo que sí era seguro es que, en cualquier caso, a Angela le quedaba por delante un largo y duro tiempo de tratamiento, y que necesitaría a alguien a su lado. Por eso, cuando vieron que aquella chica estaba sola, que nadie la acompañaba, decidieron tomar cartas en el asunto. Y, al parecer, habían acertado. Tanto la madre como la hija parecían estar esperando el empujón que uniera otra vez lo que había quedo roto tiempo atrás.
Había llegado el momento de la verdad, y no tuvo ninguna duda. La trabajadora social le dio las señas de varios hostales cercanos donde podía quedarse para estar con Angela mientras estuviera ingresada. Luego, ya verían
.Hija, tengo que ir a casa a recoger mis cosas
-Pero ¿seguro que vas a volver?
-¿Tú quieres que vuelva?
-Más que nada en el mundo
-Entonces, volveré
-¿Y te quedarás conmigo?
Para siempre, hija. Para siempre
Cuando aquel mismo día regresó a casa, ya sabía que sería la última vez que pusiera los pies en aquel lugar donde tan desgraciada había sido. Aquel bicho que se había infiltrado en el cuerpo de su hija había hecho una faena extra: le había dado las fuerzas suficientes para tomar la decisión que debía haber tomado tanto tiempo atrás.
No le dio ninguna explicación mientras, con toda parsimonia, iba eligiendo las pocas cosas que se llevaría en su maleta de Minie Mouse. Sabía que, más bien pronto que tarde, él aparecería demandando explicaciones, exigiendo que le hiciera la comida, o la cena, o cualquier otra cosa que se le ocurriera.-
.-¿Se puede saber dónde has estado? ¿Y por qué has vuelto tan tarde? -reclamaba él a gritos- ¿De dónde vienes?
-De ningún sitio que te intereses – respondió ella con una seguridad que le pasmó a sí misma-
-¿Y dónde leches vas? -dijo mirando la maleta-
-Me voy. Se acabó
-No puedes irte -él, de pronto, cambió el tono exigente por otro lastimero- No me dejes así, somos una familia
-No aguanto más. Tenía que haberme ido antes
-Puedo cambiar -suplicaba- Dame una oportunidad. No puedo vivir sin ti
-Ya es tarde. Adiós
Mientras cerraba las orejitas de Minnie Mouse, oía como él empezaba a gritar de nuevo. Bramaba que no pararía hasta dar con ella, que la buscaría, que la obligaría a volver a su lado. La mataría. De la cárcel se sale, del cementerio, no. La maldita frase que tantas veces había escuchado. Pero ahora parecía no producir ningún efecto sobre ella.
Se instaló en el hostal cercano al hospital que le recomendaron. Antes de dejar su maleta, pasó a ver a su hija. Quería que supiera que había vuelto, como le prometió, y que era para siempre. Quería estar con ella ahora que la necesitaba, devolverle todo el tiempo perdido.
Angela estaba tumbada en la cama, conectada a un gotero, aunque despierta
– Mamá, qué pronto has vuelto
– Te lo prometí, ¿no?
– Y esa maleta, es la mía -se río- Solo a ti se te ocurre pasearte por ahí con una maleta de Minnie
– Pues a mí me gusta
– Y a mí, mamá. Y a mí
Todo saldría bien. Estaban seguras de ello
Al cabo de pocos días, tenían que operar a Angela. Madre e hija se fundieron en un abrazo antes de que entrara en el quirófano. Ambas pensaban que el destino, que tan esquivo les había sido, no les iba a jugar ahora la mala pasada de separarlas.
Y el destino no les falló. Meses más tarde, Angela abandonaba el hospital, con su equipaje en una maleta de Minnie Mouse y calzada con unos preciosos zapatos de tacón de color tojo
Juntas fueron al despacho de un abogado, donde, por fin, se libraron de las cadenas que las habían atenazado tanto tiempo.
Mientras su madre firmaba el convenio de divorcio, Angela hubiera jurado que Minnie Mouse le guiñaba un ojo desde su maleta.
Todas las personas tenemos nuestras preferencias. Nuestra peli favorita, nuestra canción, nuestro libro y hasta nuestra persona predilecta. Los seres humanos no somos planos y a veces, no tenemos problemas en mostrar nuestras debilidades. Hasta Mi villano favorito es el título de toda una saga de películas. Aunque no es siempre fácil decidirse, por eso hay títulos que te instan a hacerlo, como Elígeme.
En nuestro teatro también tenemos nuestras debilidades, nuestras filias y nuestras fobias. Cuando me preguntan, suelo decir que mis juicios favoritos son las violaciones, no porque me resulte agradable la materia sino porque me gusta emplearme a fondo en un tema donde la prueba que se desarrolla en juicio es fundamental. Medio en broma medio en serio, suelo decir que yo soy fiscal de sangre, sexo y vísceras, por contraposición a otros compañeros y compañeras que se inclinan más por las cuestiones económicas. Y es que un buen asesinato también me pirra, lo confieso, hasta el punto que una de mis hijas dice que le da miedo la cara de disfrute que pongo cuando hablo de estos temas. Y es que no es fácil para alguien ajeno a Toguilandia entender que se disfrute al hablar de puñaladas o penetraciones, por ponet un ejemplo.
He de confesar que este estreno trae causa de una pequeña iniciativa que hice en redes, invitando a que me contaran sus preferencias en materia de juicios. Me ha abrumado la cantidad de respuestas, que agradezco en el alma, y trataré de desvelar qué pensamos los juristas, que de todo hay en la viña del señor.
Hay quien, con un toque de humor, se decanta por lo práctico. Así, una abogada amiga me dice que sus preferidos son aquellos en que la fiscalía retira la acusación. Otra, en similar sentido, se inclina por aquello donde la parte demandada no se presenta. Y la verdad es que esos juicios gustan a cualquiera. Bueno, bonito…y no siempre barato.
En cuanto a materias, hay quien se inclina directamente por lo penal, e incluye lo que venga, sobre todo, dice una compañero fiscal y se adhiere otra, si se enfrenta a una buena defensa. Sin embargo, ganan por goleada los aficionados al derecho civil, aunque el contencioso también tiene sus fans, y lo laboral. Que no se diga
En cuanto a jurisdicciones, también hay muchas respuestas que se inclinan por la de menores y por lo relativo a personas vulnerables, incluida la discapacidad. Sin embargo, la violencia sobre la mujer ha recibido menos votos, aunque me encantó el de quien expresó sus preferencias por las comparecencias de orden de protección. En este caso, me adhiero al letrado.
Y, entando en materias concretas, los juicios con jurado son muy del gusto toguitaconado, a lo que yo misma me sumo. Otras materias penales con cierta popularidad son la libertad e indemnidad sexual, la imprudencia, el tráfico de drogas, las estafas, los delitos económicos, la siniestralidad laboral –en sus múltiples vertientes- o el asesinato –cuanto más complejo, mejor-. Hay quien también disfruta cuando se discute sobre imputabilidad y sus causas, y quien dirige sus preferencia en función del procedimiento, desde quienes adoran los sumarios hasta quienes lo que adoran son los delitos leves, que también tiene su puntito.
En el campo penal, también me ha llamado la atención la frase de una persona que hace hincapié en que le gustan los juicios donde se juzga a los acusados y no a las víctimas, elección a la que me uno. Me entristece, sin embargo, que nadie haya manifestado su favoritismo por los delitos de odio. Menos mal que sé que es una preterición involuntaria o errónea, y aquí estoy yo para defenderlos.
En el orden civil, los hooligans son legión, y, entre todas las materias, es la de familia la que no tiene rival, seguida, aunque de lejos, por las sucesiones y por las herencias, con lo que gustaban cuando veíamos en la tele Falcón Crest o Dinastía.
Pero para gustos hay colores. Me llama la atención que a una fiscal le guste especialmente el procedimiento de derecho al honor, pero así es. Y junto a este, temas variados, mezclados con el mercantil algunos de ellos, como la competencia desleal y la propiedad industrial, los contratos de distribución y de franquicia, el exequatur, la responsabilidad extracontractual –bastante votada-, los relacionados con la empresa, alimentos, arrendamientos, propiedad horizontal, compraventa, liquidación del régimen matrimonial, declarativos de dominio, defectos en la construcción o interdictos de retener y recobrar. Hasta las reclamaciones de cantidad o los verbales de tráfico tienen su público.
También hay quien elige, como pasaba el Penal, en función del procedimiento, y el ordinario es el que más agrada. Además, me comenta un juez que le gustan especialmente las audiencias previas por su contenido jurídico, aunque no siempre se valoran como deben.
En materia administrativa o contencioso administrativa, la extranjería tiene mucho predicamento, como debe de ser. No siempre somos capaces de pensar los intereses tan importantes que hay en conflicto.
Y no me olvido del laboral. Despidos y derechos fundamentales son de lo más valorado, aunque me encanta la apreciación de otra Señoría, que encamina sus gustos hacia materias especialmente novedosas, como han sido en su momento los ERTES por Covid. Y es que tener la oportunidad de hacer cosas nuevas y seguir estudiando nos da la vida y nos ayuda a no perder la ilusión que, a veces, parece querer escaparse por la rendija que le abre la rutina.
Y hasta aquí este pequeño esbozo de nuestras preferencias que tal vez deben dejar ojiplático a quien no visite nuestro mundo con frecuencia. También en Derecho vale el refrán de “sobre gustos no hay nada escrito”
Ahora solo queda el aplauso. Que es, sin duda, para todo el mundo Twitter que ha colaborado con sus aportaciones. Mil gracias por contarlo, y por entregaros a esas materias nada fáciles. Me declaro fan vuestra.
Como fan soy de @madebycarol, autora de la ilustración de hoy y de otras muchas, para la que pido la ovación extra
-Mamá, ¿por qué se lo llevan, si es un hombre bueno?
-Hija, es tan difícil de explicar que no sé si voy a tener palabras
-Pues inténtalo, mamá. Necesito saberlo
El hombre a quien se llevaban era médico. Uno de los pocos que podían llamarse así oficialmente por aquel entonces. Enseñaba Medicina en la Universidad y su fama y buen hacer eran tales que llegó a ser el médico personal del rey. No obstante, nunca perdió la humanidad ni se dejó arrastrar por fama ni oropeles. Atendía a cualquiera que necesitara sus servicios, fuera noble o plebeyo, amo o siervo, rico o pobre, hombre o mujer.
Pero nada de eso le sirvió cuando vinieron a buscarlo. O tal vez se dejó ver demasiado y despertó envidias inoportunas. Se lo llevaban en el nombre de Dios, en el nombre de un dios que habían jurado no tomar en vano. La Inquisición procedía contra aquel hombre sabio y bueno por una sola razón, porque alguien había denunciado que seguía practicando el judaísmo, a pesar de haberse convertido hacía mucho a la religión cristiana.
Se dejó llevar sin oponer resistencia. Sabía que aquello iba a ocurrir desde el aciago día en que aprehendieron a su amada esposa y la trasladaron a un lugar del que no regresó jamás. Sabía que si ella caía, él sería el próximo. Solo rezaba a su dios, fuera el que fuera, para que sus hijos no corrieran la misma suerte. O la misma desgracia
No hubo piedad, no perdón, ni remisión posible. Primero ardió ella en la hoguera, después de obligarla a procesionar por toda la ciudad con el sambenito que la estigmatizaba como hija del diablo tras meses de torturas. Más tarde, le tocó el turno a él. Ninguna de todas aquellas personas a las que tan bien trataron se atrevió a decir una palabra en su favor. Temían que el fuego de la hoguera les alcanzase si abrían la boca.
-No fueron el único caso. Por desgracia, la Inquisición mató y torturó a un montón de personas inocentes
-¿En el nombre de Dios?
-En el nombre de un dios que jamás aceptaría eso.
La película terminó. La madre y la hija se dieron un largo abrazo. Ambas tenían los ojos llenos de lágrimas.
-Menos mal que esas cosas ya no pasan
Tras la película, la televisión emitía un avance informativo con una noticia de urgencia. Los talibanes se habían hecho con todo el control de Afganistán. Las imágenes de mujeres tapadas de pies a cabeza, de obras de arte destruidas, y de dolor y llanto eran estremecedoras. El locutor recordaba que las mujeres no podrían estudiar, ni trabajar, ni siquiera salir a la calle sin que les acompañara un varón
– Por desgracia, siguen pasando, hija. Puede cambiar el nombre del dios, pero no cambian las personas que usan su nombre como excusa para la barbarie.
Hablar en sentido figurado es algo común en cualquier ámbito, y más todavía en el artístico. Aunque confieso que nunca vi. la película, siempre me intrigó el título de Sentados al borde de la mañana con los pies colgando, tal vez más sugerente que el propio filme, que poca gente recuerda. En otros casos, el uso de ese lenguaje metafórico se hace echando mano de frases más conocidas, como Al filo de la noticia o Al filo de lo imposible. Y es que con un buen título tenemos buena parte del trabajo hecho.
En nuestro teatro no damos titulares. Pero son muchos los medios que los dan a costa nuestra, porque nuestra capacidad de generar noticias es casi infinita. Como infinita es, también, nuestra paciencia a la hora de soportar y explicar determinados lugares comunes que usan y abusan de ese lenguaje metafórico.
Seguro que todo el mundo ha leído alguna vez eso de “tumbar una sentencia” o cualquier otra resolución judicial. El Tribunal Supremo, según esos titulares, se pasa el día tumbando cosas, como si en vez de estar impartiendo justicia estuviera en una caseta de feria de tiro al blanco. Pero que no se confíe y agarre bien la escopeta, que hay ciertos tribunales europeos que de vez en cuando afinan la puntería y les tumban a ellos. Así que entre unas cosas y otras, todo el día a la bartola.
Pero no solo de tumbar viven las togas. Ni de la escopeta del pim pam pum de la feria toguitaconada. Hay veces que lo que hacen es dar un palo, o un varapalo, que, para el caso, quieren referirse a lo mismo. Que no es otra cosa que revocar una resolución después del recurso correspondiente interpuesto en tiempo y forma. Con lo sencillo que sería explicarlo así y no hacer que nos imaginemos a los magistrados y magistradas –pocas, pero las hay- dando mamporros a diestro y siniestro como si fueran los protagonistas de una película de Bud Spencer.
Y ojo, que los golpes no vienen siempre del mismo lado. Leía el otro día, no sin una sonrisa complaciente –confieso- que el fiscal había zarandeado al tribunal. Pero que no cunda el pánico, que ningún fiscal perdió la paciencia más de lo permitido y se fue cara al tribunal. Lo sucedido no era otra cosa que el hecho de que recurría una resolución con la que no estaba de acuerdo alegando las razones por las que lo hacía que, mira tú por donde, fueron asumidas por la sala correspondiente. Me daban ganas de poner la foto de una de esas chicas ligeras de ropa que salen entre un asalto y otro de los combates de lucha libre poniendo Fiscal 1, tribunal 0.
Aunque nuestros zarandeos no siempre dan resultado, El otro día leía que la fiscal reprochaba no se qué cosa al juez. Pero no nos vengamos arriba. Aunque la imagen de una fiscal con los brazos en jarras riñendo al juez y castigándole sin postre es muy atractiva, tampoco era el caso. Se trataba de un sencillo recurso de nuevo. Y nada más. Lo mismo que ocurre con los famosos tirones de orejas a los tribunales o fiscales, que tanto gustan a la prensa
Claro está, que el dicho periodístico de que “no dejes que la realidad te estropee un buen titular” se cumple a pies juntillas en Toguilandia. Harta estoy de explicar que esa frase grandilocuente de que “el fiscal investiga” cuando se pone una denuncia y se incoan unas Diligencias de Investigación de Fiscalía, no responde a la realidad. Lo que quiere decir es que se ha interpuesto una denuncia en Fiscalía y que hemos hecho lo que establece la ley, incoar un procedimiento, que puede acabar con un archivo incluso desde el primer momento. Es verdad que la nomenclatura legal no ayuda, y entre llamarlo diligencias de investigación y llamar al imputado de toda la vida investigado antes de haberle investigado realmente, la confusión está servida. Pero no hay que sacar punta de un lápiz sin mina.
Y cómo gusta sacar pecho de que el juez ha admitido un recurso o una denuncia, como si pudiera hacer otra cosa. Diferente es si lo estima o no, pero eso es harina de otro costal Como lo es también que el fiscal condene, como llegó a decir una famoso nada más había recibido el escrito de acusación del Ministerio Fiscal. O al contrario, que digan que el juez acusa. Algo que me recuerda a aquel juez que tuvo un desliz al decir que pasara el acusado y dijo “que pase el condenado”. No hace falta ser Einstein para adivinar el contenido de la sentencia.
Dejo par el final una de mis preferidas, aportada por un compañero. Ese medio de comunicación que, tras decir que el caso está bajo secreto de sumario, añade en grandes titulares de colorines, “pero le ofrecemos la exclusiva de la declaración”. Como si del próximo divorcio de una famoso se tratara, oiga. Que no nos falte de na.
La verdad es que cuando leo estas cosas no puedo dejar de comparar lo que ocurre con otras materias. Con la pandemia, todo el mundo se convirtió en epidemiólogo, como con la erupción –que no erección, como leí el otro día entre carcajadas- del volcán en vulcanólogo, y emplean o tratan de emplear su jerga sin complejos. A nadie se le ocurriría decir que la pandemia ha tumbado muchas vidas ni que la lava ha dado un varapalo a los habitantes del lugar, porque sería inaceptable. Pero cuando de Derecho se trata, todo vale. Porque, como sabemos, todo el mundo tiene en su interior, además de un seleccionador de fútbol, un jurista de pro.
Así es que hoy voy a dar el aplauso en un doble sentido. El primero de ellos, a quienes desde sus togas han colaborado, aun sin saberlo, a escribir este post y por supuesto a mis compañeros y compañeras Con sus aportaciones. Y, el otro, a quienes desde la prensa sí saben respetar nuestro trabajo y transmitirlo de forma adecuada. Porque generalizar nunca es bueno.
La ovación extra es para el autor de la viñeta, Vicente Parra, que me la ha prestado amablemente por la intermediación de su hijo, directamente de su cuenta de Instagram. Mil gracias
Poderoso caballero es Don Dinero. Ya lo decía Quevedo, y ya lo sabe cualquiera, desde que el mundo es mundo. Lo de “contigo, pan y cebolla” puede estar bien en algunos casos, pero indudablemente está mejor si, además de pan y cebolla, se mejora el pack con alguna cosa más. Por eso, hasta en las familias mejor avenidas, surgen graves problemas cuando el poderoso caballero se mete de por medio. Ocurre con las herencias y que, si no, se lo digan a cualquiera de los protagonistas de aquellas series de lujo y enredo como Falcon Crest o Dinastía, donde los testamentos y las desheredaciones eran continuas. O a los personajes de rupturas matrimoniales tremendas como la de La guerra de los Rose o Bajo el mismo techo.
En nuestro teatro, el dinero no solo es protagonista destacado de jurisdicciones como la civil o la mercantil, sino que irrumpe con fuerza en otras, como ocurre con la jurisdicción penal en casos de corrupción o estafas gigantescas. Pero tal vez donde más duele es cuando se incardina en esa jurisdicción penal con parte civil que el la de Violencia sobre la Mujer o en todas esas materias que se sitúan en sus aledaños sin que sepamos cuál es su sitio exacto. De eso es precisamente de lo que va este este estreno.
No hace falta ser Sherlock Holmes para adivinarlo, ya que en el título he hecho un spoiler como una casa. Hoy la cosa va de violencia económica. Pero ojo, que no es oro todo lo que reluce. Empezando por la propia denominación.
Por “violencia económica” venimos entendiendo lo que en realidad sería “violencia de género económica”, con esa economía de palabras que a veces nos gusta tanto. Pero ni siquiera eso explica convenientemente el término. Si hablamos en términos de Derecho Penal, lo de referirnos a “violencia” quizás es cogerlo demasiado por los pelos. Utilizando el latinajo adecuado, “violencia” existe cuando se emplea la vis física -fuerza física- a diferencia de la intimidación, que es la vis compulsiva. Se ve claramente diferenciado en tipos como el robo, que distingue entre robo con fuerza y con violencia, o la violación, donde la existencia de violencia o intimidación tenía una trascendencia capital. Así que, salvo que se le quite a la ex el bolso de un tirón, es difícil hablar de “violencia” en sentido estricto en estos casos. La única solución es acudir al artículo 1 de la Ley integral contra la violencia de género y usar este concepto para luego añadirle el apellido “económica”. O “patrimonial”, que casi me gusta más. Tal vez “maltrato patrimonial” fuera jurídicamente más correcto, pero parece que lo de “violencia económica” ya va asentándose. Y bienvenido sea, se llame como se llame, si sirve para dar solución a este problema.
El Tribunal Supremo ya se ha subido al carro y, por vez primera, ha utilizado el término “violencia económica” referido a un delito de impago de pensiones, en una sentencia de marzo de 2021. No obstante, hay que aclarar que, aunque la nota de prensa oficial sacaba pecho diciendo que se consideraba “una forma de violencia económica”, la sentencia solo dice “una especie de violencia económica”. Y en Derecho, como sabemos, los matices son importantes. No obstante, es un paso adelante y así hay que reconocerlo.
Pero también hay que reconocer que el supuesto que utiliza es el más fácil, el del impago de pensiones -generalmente, para manutención de la prole-, un tipo penal reconocible por su objetividad y que está tipificado con toda claridad en el Código Penal. Basta dejar de pagar 2 meses consecutivos o 4 no consecutivos para cometerlo, siempre que conste, como en cualquier otro delito, el dolo o intención. Eso sí, como en Derecho no nos gusta hablar del todo claro, en ningún momento se le llama “impago de pensiones” sino “abandono de familia”. Y, para quien no lo sabe, ver una acusación por abandono de familia les recuerda a aquellas historias donde un tipo se iba a comprar tabaco y no volvía jamás, dejando tirada a la mujer, los hijos y hasta el periquito. Un concepto fruto de otra época, por suerte.
Y es que la violencia de género económica, como recordaba el otro día la letrada con la que tuve el honor de compartir ponencia al respecto, viene de hace mucho. Y no hace tanto vivíamos una época donde estaba institucionalizada y admitida, porque ¿qué era si no la licencia marital, que privaba a las mujeres de cualquier independencia a la hora de tomar decisiones sobre su patrimonio? Pues no era otra cosa que un instrumento para perpetuar la situación de poder del varón sobre la mujer, del que podía usar y abusar con la bendición del sistema. Y no olvidemos que hasta 1975 estuvo ahí, como una forma más de sojuzgar a las mujeres.
Hoy en día alguien podría pensar que todo eso acabó. Pero, como dice la ciencia, la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma, y esa forma de maltratar sin necesidad de poner una mano encima se ha transformado. No hay más que darse una vuelta por los Juzgados de Familia o por las secciones civiles de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer para comprobarlo. Hecho que difícilmente se pueden incardinar en tipos penales, pero que tienen virtualidad suficiente para perpetuar el maltrato.
Sin ánimo de exhaustividad, por supuesto, hablaré de algunos de los que vemos con frecuencia y que hacen que se me abran las carnes de importancia. Además, por supuesto, de los impagos.
La querulancia continua es uno de los más dañinos. El maltratador se dedica a discutir jurídicamente cualquier cosa con respecto de las hijas e hijos. Si les llevan a judo o ballet, si necesita ortodoncia o gafas, si se va de excursión o campamento, en lugar de abonar su parte, discute su procedencia con un juicio que obliga a la víctima a perder más horas de sueño y de vigilia con sus visitas a los tribunales de las que debiera. También otra estrategia es la de no pagar lo debido hasta que le requieren para ello en el juicio correspondiente. Más horas perdidas y más desasosiego.
Los retrasos intencionados también son otro instrumento de tortura. No se llega a cometer delito alguno, pero obligan a la víctima a tener que suplicarle que pague a su debido tiempo para poder a su vez, abonar las facturas que nunca se retrasan. Y así es imposible romper el lazo. O más bien el nudo corredizo.
En ocasiones, las presiones son tantas que las mujeres firman cualquier acuerdo económico, por más que les perjudique, con tal de no seguir batallando. No es infrecuente que esas presiones estén relacionadas con temas de custodia o visitas, utilizados como moneda de cambio para obtener sustanciosas rebajas de la deuda. Más de una vez he sabido -o más bien intuido-, por la puerta de atrás, de rebajas económicas vinculadas a promesas de no pedir la custodia compartida o la ampliación del régimen de visitas. No es la regla general, pero es más habitual de lo que me gustaría. Y por supuesto que de probarse sería un delito de coacciones, pero cuando entran en juego estas cosas es difícil probar nada.
Para último me dejo esos casos que parecen tan claros y son tan oscuros. Los de descapitalización de la cuenta común previa a la separación, o los de ponerse en una situación de insolvencia para evitar pagar la pensión. Casos donde el alzamiento de bienes podría parecer claro pero no siempre lo está. Y, sobre todo, la mujer no está dispuesta a meterse en más pleitos.
Aquí bajo el telón hoy. Tal vez me he extendido demasiado pero el tema lo merece y yo me vengo arriba. El aplauso hoy se lo daré al Colegio de Abogados de Valencia por proponerme este tema tan interesante para sus jornadas autonómicas. Disfruté tanto al prepararlo que no podía dejar de compartirlo. Gracias.
Que El tiempo es oro no es algo que vaya a descubrir yo ahora. Muchas películas y obras literarias emplean medidas de tiempo en sus propios títulos. Lo que queda del día, 24 horas desesperadas o 9 semanas y media son algunos de los títulos. Lo que no nos cuentan es qué hacían sus protagonistas entre toma y toma, entre descanso y descanso, entre rodaje y rodaje, ni si tienen esos ratos muertos que tanto desesperan. Porque en todas partes cuecen habas. Y si no que se lo digan a Proust, todo el día En busca del tiempo perdido
En nuestro teatro, los ratos muertos son tantos que están más vivos que muertos. Solo diré que el santo Job no aguantaría algunas de las cosas que nos toca aguantar. Pero no nos queda otra. Con razón se dice que la paciencia es una gran virtud.
Uno de los ratos muertos más desesperantes es el momento ruedita. Seguro que cualquiera que transite por Toguilandia sabe de lo que estoy hablando, pero para quienes tengan la suerte de no haberlo experimentado, les diré que se trata de todo el tiempo que transcurre entre el momento que encendemos el ordenador o cualquiera de sus aplicaciones –particularmente las de Justicia como Fortuny, Lexnet o similares- y el instante real en que se conecta, que suele venir amenizado por una ruedecita que gira y gira como si fuera un hámster, pero sin gracia. Sin ninguna puñetera gracia.
Otro de los ratos muertos es el de la llamada en espera . Aunque ya le dedicamos un estreno, bien está recordar lo exasperante que resulta tratar de comunicar con algún sitio, generalmente alguna institución u órgano público, y encontrarte con la voz metalizada que te dice que en unos momentos serás atendida. Y una porra. Su concepto de “unos momentos” difiere una vida del mío, igual que difiere su concepto de entretenerse con una melodía y perforar las meninges a base de repetir una y otra vez el mismo sonsonete. He sabido de personas que han llegado a odiar canciones que adoraban antes en cuanto les han torturado unas horitas poniéndosela como tono de espera. Por supuesto, estas cosas suceden cuando existe prisa porque hay un plazo para presentar alguna cosa y nos falta un dato esencial al que solo podemos acceder por esa llamada.
No obstante, entre los ratos muertos más desesperantes se encuentran los que suceden en el juzgado de guardia. El tiempo de espera para que traigan un detenido, para que llegue el intérprete del idioma que se trate, peor cuanto más raro es el idioma, o en que llegue el abogado o abogada que anda como pollo sin cabeza del juzgado a la comisaría es frustrante. Porque se podían hacer muchas otras cosas y no siempre se puede por falta de instalaciones y medios. Y que conste que peor es para quien va como pollo sin cabeza que para quienes esperamos.
También hay casos donde el pollo sin cabeza es el fiscal, por más que le extraña a la gente. En muchos casos llevamos guardias de más de un juzgado y, cuando los planetas se alinean y la Ley de Murphy hace de las suyas, nos llaman de los más lejanos al mismo tiempo. Y entonces esperan los demás. Y no siempre con la paciencia que deberían.
Pero, para que nadie me llame corporativista, me pondré en la piel de quienes ejercen la abogacía porque de ratos muertos saben un rato. Como se de mal una sentada de señalamientos, se ven en el brete de esperar horas hasta que le toca el turno a su juicio. Y, aunque quienes estamos haciendo esos otros juicios no podemos hacer nada más que eso, celebrar los juicios anteriores, hay que entender que desesperen.
Otras veces pasa lo contrario. Se trata de señalar con un tiempo prudente entre juicio y juicio y, entre suspensiones y conformidades, pasamos nuestros buenos ratos mirando al horizonte. Porque, generalmente, no es tanto tiempo como para ir a nuestro despacho, ni tan poco como para que no se note.
Por último, hablaré de uno de los ratos muertos que más estrés causa. El que esperamos quienes hemos participado en un juicio con jurado a la sentencia. Juro que a veces, es como un parto. Y el bebé no siempre es como nos hubiera gustado.
No me olvido del justiciable, claro está. Si es difícil en muchos casos comprender los ratos muertos que nos hace pasar un sistema no tan eficiente como nos gustaría, para ellos es imposible. Echar tropemil horas para que un juicio luego se suspenda, o para que le digan que ha habido conformidad y que su testimonio no hacía falta no es plato de buen gusto. Y hay que explicárselo muy bien para que lo entiendan, Y, por supuesto, ser humildes y pedir disculpas, aunque la culpa no sea nuestra. O no lo sea del todo, que no es cuestión de tirar la piedra y esconder la mano.
Ahora ya solo queda el aplauso. Y esta vez está dedicado, obviamente, a todas las personas que, desde dentro o fuera de estrados, se han visto obligadas a esperar más de lo razonable y no han escupido sapos y culebras por la boca. Porque el buen gesto siempre lo facilita todo. Hasta los ratos muertos.
No es fácil definir la ironía, pero todo el mundo la ha usado alguna vez. Hay personas que la usamos constantemente. De hecho, entender la ironía o los dobles sentidos constituye un hándicap para personas con determinados trastornos, de los que el cine ha hecho uso con magníficos resultados, como el caso de Rain Man o Forrest Gump. En otras ocasiones, son los propios títulos los que tienen una gran carga de ironía, con frases como Los mejores años de nuestras vidas. Sin olvidar, por supuesto, personajes que hacen de la ironía su santo y seña como el mismísimo Hannibal Lecter de El silencio de los corderos.
En nuestro teatro utilizamos la ironía más de lo que nos damos cuenta. Obviamente, las leyes no la usan, aunque hay disposiciones que parecen hacerlo, como aquella época en que se puso de moda decretar leyes con grandes objetivos que incluían una disposición adicional según la cual la ley en cuestión no supondría ninguna dotación de medios personales ni materiales. Y, aunque, por desgracia, no era ironía, más valía tomarlo así.
La ironía no siempre se entiende por sus destinatarios. Por ejemplo, yo cada vez que alguien alega que ha llegado tarde por circunstancias como el tráfico, le digo eso de “claro, es que el Ministerio Fiscal se teletransporta”, pero no siempre pillan la ironía. Tampoco la pillan cuando, ante excusas relacionadas con los niños, digo que las mías nacieron con 12 años y la ESO acabada.
A veces, ni siquiera ellas -que ni nacieron con 12 años ni con la ESO acabada- entienden mis cosas. Cuando eran pequeñas y se impacientaban porque la comida no estaba hecha, siempre les decía lo mismo, ante sus demandas de que nos diéramos prisa. Poniéndome delante del microondas, lo jaleaba al grito de “¡microondas, microondas!” mientras daba palmas. Ni que decir tiene que nunca da resultado, pero convirtió en un gag familiar desde el día en que sus amigos fueron testigos del numerito y lo celebraron.
En Toguilandia son tantas las oportunidades de usar la ironía que no es fácil sustraerse a ello. En ocasiones, es la mejor fórmula para no perder los estribos, como me cuenta un compañero que, ante la pregunta del acusado de maltrato sobre qué hubiera hecho él si llega a su casa y la comida no está hecha, le respondió con su mejor sorna: para esos casos tengo Fabada Litoral. Un crack, mi compañero.
También recuerdo a una juez que, harta de que todos los detenidos dijeran que los productos robados los habían encontrado en el contenedor, les dijo, muy seria: “qué suerte tienen todos, yo cada día miro en el contenedor, y nuca encuentro nada de eso”. Una postura parecida es la que adoptó otro juez que, como quiera que en una pelea recíproca ambos se negaran a hablar ni a decir más allá que los múltiples arañazos de su cara se los causó cayendo al suelo, le preguntó muy tranquilo si el suelo era de alambre de espino.
El hecho de conocer o no a alguien también da mucho juego a la ironía. En un juicio de faltas, Su Señoría, cansado de que el denunciado le tuteara sin ningún respeto, le preguntó si acaso comían sopas juntos, aunque el ínclito no debió entenderlo a juzgar por su cara de asombro. Y en otro caso donde la testigo negaba conocer a la acusada, la llamó reiteradamente Pepi a pesar de que figuraba como Maria José, por lo que la abogada, en el colmo del sarcarsmo, le preguntó si se trataba de otra persona, porque a la tal Maria José había dicho no conocerla.
Por supuesto, no es la única abogada que saca respuestas ingeniosas de la chistera, Me cuenta otra que, ante la pregunta de su cliente sobre si sabía qué era el aviso que le había llegado de Correos, le dijo que se perdió la clase de magia de la Facultad. Una clase que, por cierto, también me perdí yo, y debió ser donde repartían varitas mágicas y bolas de cristal.
Y no solo en Toguilandia usamos la ironía. Una amiga periodista, se encontró con que alguien le dijo que era una puta y una hija de puta. Lejos de enfadarse, respondió muy tanqula que no se metieran con el negocio familiar, con lo que les había costado hacerse un huevo en el mercado.
Las profesiones sanitarias también tienen lo suyo. Me cuentan que en Urgencias una señora dijo que tenía dolor en una mama y que su médico le había dicho por teléfono que fuera a Urgencias a que le exploraran. La facultativa hizo su tarbajo, pero no se cortó un pelo a la hora de lamentar en voz alta por el médico que tenía teléfono pero no manos. Y hablando de pechos, me acuerdo la genialidad de la contestación de una mujer que, ante la insinuación de su pareja -ya ex de que se pusiera “más tetas”, le dijo: ¿Qué con dos no tienes bastante?. Sublime.
No obstante, no todo el mundo entiende la ironía, aunque le pongan subtítulos. No la entienden quienes, merecedores de un 0 en civismo y otro en solidaridad, aparcan en las plazas de las personas con discapacidad y son preguntadas por alguien que sí las necesita si su discapacidad es el cerebelo. Y con razón
Por otro lado, la vida tiene situaciones en donde la ironía es casi el único recurso. Encontrarse en una cola a alguien que pregunta “estás haciendo cola” solo merece contestarse con un irónico “no, espero el bus”. Y en una cola del mercado, precisamente, se encontraba mi madre cuando una vecina le dijo muy seria que a ella el pescado le gustaba bueno, a lo que mi progenitora, ni corta ni perezosa, le respondió que a ella le gustaba podrido, por eso hacía cola.
Otras veces, el tomarse las cosas al pie de la letra da lugar a situaciones irónicas. Cuentan que un tipo con un ojo de cristal solía quitárselo y lanzarlo cada vez que alguien decía eso de “echa un ojo a esto”. No sé si es una leyenda urbana, pero habrá que ver la cara de quien lo presenciara Como también habría que ver la cara de una niñata que, venida arriba en una discusión con un “tú no sabes quién es mi padre”, se encontró con una respuesta a su medida: “pues ya tenemos algo en común tu madre y yo”.
Para acabar, un caso que más que ironía parece sacado de un chiste de esos de “el colmo de..” y que también me aportan por redes. El caso de una chica que, contratada para labores de coaching y fomentar el trabajo de equipo, fue despedida por fomentar las reuniones de equipo. Ironía pura,
Y, hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso es, como no, para todas las personas que, desde redes sociales y desde la vida, han colaborado para hacerlo posible. Mil gracias.
Hoy en nuestro escenario estrenamos una historia, un cuento para invitar a la reflexión sobre llamadas inatendidas y dejar las cosas para el último momento. Pero no quiero hacer spoiler. Que cada cual saque sus propias conclusiones
MAÑANA POR LA TARDE
Lo siento, Cecilia. Me encantaría quedar contigo ahora mismo, pero hoy es imposible. No sabes la de lío que tengo
No te preocupes, de verdad, no pasa nada. ¿Mañana puedes?
¿Mañana? Pues puede ser
¿Por la mañana? Es domingo
Por la mañana tampoco puedo, te lo juro. Pero si quieres, mañana por la tarde. ¿Sí?
Claro. Mañana por la tarde entonces. ¿A que hora?
Ya te llamo y te digo. Ahora mismo no puedo concretarte. Y ahora te dejo, que he de irme ya
Cualquiera que hubiera escuchado esa conversación telefónica, se habría dado cuenta al segundo de que la interlocutora pretendía quitarse de encima a su amiga Cecilia. Cualquiera, claro está, menos ella, que estaba convencida de que había puesto una excusa fantástica y había quedado de maravilla, y la propia Cecilia, que se negaba a creer que su amiga la estuviera despachando sin contemplaciones cuando ella le pedía ayuda.
Cecilia y Marta eran amigas desde niñas. Habían asistido a la misma clase en el colegio y en el instituto, y habían convertido noches de juerga y de estudio a partes iguales. Nunca estaban solas. Tenían un grupo de inseparables compuesto por ellas dos y dos amigas más, también compañeras de colegio, de instituto y, claro está, de correrías.
Ahora hacía tiempo que no se veían tanto y, aunque Cecilia culpaba de ello a los distintos caminos que tomaron cada una, ya que dos de ellas iban a la facultad juntas, la tercera se puso a trabajar en la tienda de sus padres y ella misma estaba estudiando la carrera a distancia, sabía que no era cierto. Fue él y solo él quien las separó. Fue él quien protestaba a diario de que quedara con ellas, quien las llamaba “zorras” y le advertía que no podía ser como ellas, quien malmetió hasta convencerla de que la daban de lado. Y ella, cegada por lo que creía que era el amor de su vida, la que se dejó convencer. Poco a poco fue espaciando sus quedadas. Al principio les ponía excusas razonables, luego se fueron volviendo más vagas e increíbles y llegó un día en que dejaron de contar con ella. Y, por supuesto a él le faltó tiempo para hacérselo ver.
¿Ves? Si fueran tus amigas de verdad te llamarían. En cuanto han podido se han librado de ti. ¿Te das cuenta de que yo tenía razón?
Pero el tiempo había pasado y las cosas no eran como Cecilia pensaba. El amor de su vida se convirtió en la pesadilla de su vida. Se había quedado sola. Había creído lo que él le decía de todo el mundo y se había alejado de familia y amigos. Ni siquiera tenía compañeros de facultad, porque había elegido estudiar en la universidad a distancia. Aunque, en realidad, no se trataba de una elección voluntaria, sino una de las maniobras de él para alejarla de todo y de todos.
Tienes que estudiar por la UNED, Cecilia. Me he estado informando y en tu carrera tiene mucho más prestigio que la facultad de nuestra ciudad. Ah, y no te preocupes por el dinero, porque yo me hago cargo. Por ti, lo que haga falta, ya lo sabes.
Cayó en la trampa. Sus amigas no comprendieron su decisión, pero fue tan convincente cantando las virtudes de la enseñanza a distancia que no quisieron insistir. Por aquel entonces, ya hacía tiempo que se había empezado a distanciar de ellas.
Ahora estaba sola, y necesitaba urgentemente a alguien. Su madre estaba descartada, porque con ella no se podía hablar de ciertas cosas. Y su hermano, más aún. Aunque se querían, la diferencia de edad y el hecho de tratarse de un chico nunca habían propiciado una verdadera relación de confianza. Pero tenía a sus amigas. Sus hermanas, como gustaban llamarse. Sabía que se había alejado injustamente de ellas, pero sabrían entenderlo. Y perdonarle. De hecho, es lo primero que haría, pedirles perdón.
Marta fue la primera a la que llamó. Se quedó un poco decepcionada porque no quisiera quedar ese mismo día, a pesar de que ella le había dicho lo urgente que era. Pero no quiso darle importancia. No se podía permitir el lujo de hacerlo. Así que se convenció a sí misma de que su excusa era creíble y de que su cita del día siguiente era inamovible. Pero ella necesitaba hablar con alguien antes, así que continuó con la lista, Claudia fue la siguiente
¿Cecilia? Qué alegría oírte. Tenemos que vernos pronto para ponernos al día
Por eso te llamaba, ¿Qué tal esta tarde? ¿O esta noche? Me da igual la hora
De veras que lo siento, Ceci, pero hoy es imposible. Tengo un montón de cosas que hacer y una cena del trabajo a la que no me apetece nada ir, pero ya sabes, hay que cumplir
Pero, ¿ya no trabajas con tus padres?
Bueno…sí. Pero tengo que ir a eventos en su nombre, cenas de empresarios del barrio y cosas de esas… Un rollo
¿Y mañana? Es domingo, podríamos quedar por la mañana
Uf. Por la mañana, imposible. Igual mañana por la tarde. Ya te llamo y te digo
Claudia mentía bastante peor que Marta, pero Cecilia no quiso verlo. Incluso llegó a imaginársela en una aburrida cena de empresarios mayores y barrigudos, fumando puros y con la cara colorada de beber vino. Porque así es como era el propio padre de Claudia, propietario de una bodega de las de toda la vida.
Solo le quedaba Elvira. Siempre fue con la que se sintió más unida, y la había dejado en último lugar como una apuesta segura. No podía pretender que después de tanto tiempo desatendiendo las llamadas, estuvieran todas a su disposición. Pero estaba convencida de que Elvira le haría un hueco, tuviera lo que tuviera que hacer. Por eso, cuando vio que no respondía al teléfono, le envió un mensaje. En cuanto lo viera, seguro que le devolvía la llamada.
Cecilia no podía saber que, mientras tecleaba el mensaje para Elvira, ella estaba llegando a su cita de esa noche. Fue la última en acudir al bar de siempre, donde le esperaban sus amigas Marta y Claudia. Antes de sentarse, echó un último vistazo a su teléfono móvil
No os imagináis quién lleva llamándome toda la tarde -dijo Elvira a sus amigas- Tuve que silenciar el teléfono porque no me podía ni maquillar. Me supo mal, pero…
No digas más – intervino Marta- Cecilia. Te llamó Cecilia. ¿A que sí?
Pues sí. ¿Cómo lo has sabido?
También me llamó a mí, y no sabes lo peñazo que se puso con la idea de quedar hoy. Estuve a punto de decirle que viniera, pero luego pensé en la última vez que cenó con nosotras y se me quitaron las ganas- ¿Os acordáis?
Claro que me acuerdo, como para olvidarlo. Toda la noche cantando las maravillas de ese impresentable de Luis, mientras no dejaba de mirar el móvil y sus mensajes con cara de susto
Y luego, el colofón -terció Claudia- ¿Recordáis?
No me olvidaré nunca, Aquel imbécil llegó a recogerla, y nos dijo antes de todo. Y ella, como una tonta, no nos defendió. Ni siquiera nos miró a la cara. Yo no se lo he perdonado, no sé vosotras
Mujer, no seas rencorosa. Estaba muy pillada por él. Aunque luego, bien que podría haber hecho alguna llamadita disculpándose, pero nada. Yo la perdono, pero no me olvido, la verdad. No sé si seré capaz de retomar la amistad que teníamos. Porque a mí también me ha llamado.
No sé, como insistía tanto, yo le dije de quedar mañana por la tarde. Pero lo dejé en el aire. Aun no sé si ir o poner alguna excusa
Mañana por la tarde Qué casualidad
Sin haberse puesto de acuerdo, las tres habían coincidido. Habían demorado una cita que no les apetecía en absoluto, con la esperanza inconfesable de que pasara algo que les impidiera ir. Las tres amigas tenían unas enormes ganas de divertirse. Después de todo lo que habían pasado durante el confinamiento y las restricciones posteriores, había llegado el momento de desquitarse. Por fin podían salir sin mascarillas y sin que nadie les llamara la atención por acercarse demasiado. Y, claro, no estaban dispuestas a que la que fue su amiga viniera a fastidiarles el plan. No es que no la apreciaran, solo se trataba de una cuestión de prioridades. Ella había elegido en su día, y las había postergado en favor de su novio. Ahora ellas le devolvían la pelota. En realidad, no era ni siquiera una venganza. No tenían ganas de quedar con ella
Estoy segura que ha cortado con Luis y ahora viene con nosotras para lamerse las heridas. Me da un poco de pena, pero tampoco vamos a correr al primer silbido que dé después de cómo nos trató
Tienes razón. La escucharemos si hace falta, pero no hoy. Hoy ¡la noche es nuestra!
Se dieron un abrazo. El enésimo desde que habían declarado el fin oficial de la pandemia de coronavirus, hacía apenas un par de días. No había pasado ni media hora desde que llegaron cuando ya habían dado buena cuenta de un par de jarras de cerveza y se disponían a empezar la tercera, con sus jarras en la mano y los ojos brillantes
Por la pesada de Cecilia -dijo de pronto Marta, alzando su jarra- A ver qué rollo nos va a contar
¡Por la pesada de Cecilia!
¡Por Cecilia!
Las tres rieron a carcajadas. El alcohol estaba causando sus estragos y, mezclado con la alegría de la recuperación de la normalidad, formaban un cóctel explosivo. No solo en ellas sino en la gente en general se había instalado una sensación de urgencia, de vivir al día, que no sabían si se terminaría en algún momento. La pandemia dejó secuelas incluso a quienes no pasaron la enfermedad.
Mientras tanto, Cecilia seguía recorriendo el listado que guardaba en la memoria de su teléfono móvil con la esperanza de que alguien le contestara, pero era inútil. El primer sábado desde el fin de la pandemia todo el mundo tenía planes que llevar a cabo. Todos los planes que quedaron aplazados una vez y otra mientras duró la pesadilla. Esos mismos planes que a ella le faltaban.
De pronto, tuvo una idea. Tal vez a Claudia le venía bien acabar con aquella cita de negocios. Estaba segura que si llamaba y le proponía tomarse una copa con ella, le daría una excusa para escabullirse. Le pareció una idea genial. De hecho, no sabía cómo no se le ocurrió decírselo cuando habló con ella. Tomarían una copa juntas y, mañana por la tarde, cuando quedara con las demás, las cosas habrían vuelto a ser lo que eran. Llena de esperanza, apretó la tecla de llamada.
Claudia, te está sonando el teléfono -dijo Elvira entre risas- Baja de la mesa y te lo doy
En el punto culminante de su noche, Claudia cantaba “I Will survive” a voz en grito subida encima de la mesa del tercer bar de copas que visitaban aquella noche. El resto de gente que allí había le hacía coro y la aplaudía con entusiasmo. Las ganas de divertirse se palpaban en el ambiente. No obstante, acabó bajando a ver su teléfono, aunque, al cogerlo, ya la llamada había acabado.
No os lo vais a creer. Era Cecilia otra vez
¿En serio?
En serio. Qué cansina se está poniendo, ¿verdad?
Volvió a dejar el teléfono en el interior de su bolso, sin siquiera molestarse a mirar si había dejado algún mensaje
Camarero, otra ronda -dijo Claudia, con una carcajada- Vamos a brindar por Cecilia
Brindaron por ella otra vez. De hecho, cuando, a regañadientes, dieron por finiquitada la noche, habían hecho hasta cinco brindis por Cecilia. La resaca del día siguiente se la deberían, en parte a ella. Sin contar las innumerables rondas de cervezas y tequilas que trasegaron, claro está.
Durmieron toda la mañana. Pasaban la noche juntas en casa de los padres de Elvira, que se habían marchado de viaje, ahora que ya era posible. Hacía tanto tiempo que no se podía pasar una noche así, que no escatimaron nada. Nada de nada. Sus cuerpos notaron la falta de costumbre y no se despertaron hasta bien pasada la hora de comer, con dolor de cabeza y la lengua convertida en papel de lija. Ninguna se apercibió de las llamadas perdidas en sus respectivos móviles que, además, se habían quedado sin batería sin que se molestaran en cargarlos.
Cuando recobraron casi por completo la compostura, después de tomar cualquier cosa del bien abastecido frigorífico de los padres de Elvira, fue esta la primera en poner en marcha su teléfono móvil, olvidado por unas horas. Apenas lo cogió, el timbre volvió a sonar. Todavía somnolienta, activó el altavoz, de modo que todas pudieron escuchar. La memoria de su dispositivo le indicaba que era Cecilia quien llamaba
¿Usted es Elvira Marcos?
¿Quién es? Ese es el teléfono de Cecilia, de Cecilia Ríos
Así es -dijo la voz, con un tono tan serio como pocas veces habían escuchado- Soy el agente de Policía Local 21125. La realizada a su teléfono es la última llamada que consta en el registro del móvil de su amiga Cecilia
Pero ¿qué le ha pasado?
El cuerpo de Cecilia fue encontrado en su casa sin vida. Se había tomado dos cajas enteras de somníferos. En la mesa de al lado de la cama donde murió, había dejado una nota cuidadosamente escrita:
Las mentiras y las falsedades forman parte de la vida. Y, al igual que de la vida, forman parte del mundo del espectáculo: No es extraño que algún artista organice un montaje sobre un supuesto amor o cualquier otra cosa para atraer la atención de los medios y ganar fama. Y todavía lo es menos que esos montajes sean el argumento de una película, como Quiz show o El show de Truman. Y es que, como cantaba el bolero, La vida es puro teatro.
En nuestro teatro, esos tejemenes tienen su traducción jurídica en los delitos contra la Administración de justicia. Y entre ellos, hay que destacar el falso testimonio, la denuncia falsa y la simulación de delito que, aunque parezcan iguales, no son lo mismo. Lo que no existe en nuestro Derecho es el delito de perjurio, al que se refieren muchas películas porque en Norteamérica sí es delito. Pero aquí, faltar al juramento o promesa de decir verdad es, para testigos, un delito de falso testimonio, y para acusados, nada, puesto que ni declaran bajo juramento ni tienen obligación de decir verdad. Y, a decir verdad, y valga la redundancia, quienes habitamos Toguilandia hemos visto mentir como bellacos a más de uno.
Acerca de las denuncias falsas, se han vertido ríos de tinta. Y los que quedan por verter, sobre todo, a raíz de determinados hechos puntuales, como ha sucedido estos días con la supuesta agresión homófoba, que parece no ser ni agresión ni homófoba. Ahora bien, lo primero que hemos de destacar es la vieja historia del hombre que muerde al perro. Es una excepción, llamativa pero excepción, y no borra ni hace desaparecer el problema que supone la homofobia y el aumento de las agresiones de este cariz.
La cuestión de las denuncias falsas no es nueva. Muy al contrario, se trata del látigo con el que nos fustigan día sí y día también a quienes luchamos contra la violencia de género. Hay un sector empeñado en pintar a las víctimas de violencia de género como unas mentirosas compulsivas, malvadas y ruines, que quieren destrozar la vida de sus parejas inventándose una agresión, unas amenazas o cualquier otro maltrato. Lástima que no podamos darles la razón afirmando que no hay mujeres asesinadas, ni apalizadas, pero las cifras cantan. Los asesinatos de género siguen, y también la violencia vicaria y el maltrato. Ya me gustaría que sus denuncias fueran falsas y no hubiera cadáveres sobre los que llorar.
No obstante, no se puede negar que existan. Todo el mundo recuerda aquel episodio de la mujer que denunció haber sido agredida por su pareja con pegamento en la vagina. Pero no podemos convertir la excepción en regla y precisamente que se condene a la culpable, pública y judicialmente, demuestra que lo que es realmente falso es ese empeño en repetir que no perseguimos las denuncias falsas. Las perseguimos porque es nuestro trabajo y nada hay más dañino que dar armas al contrario.
Diferentes de las denuncias falsas, aunque el acervo popular las ponga en el mismo saco, son los hechos constitutivos de simulación de delito. En estos, una persona finge haber sido víctima de un hecho delictivo, aunque no lo atribuya a persona determinada. Sería, precisamente, el caso de la inexistente agresión homófoba de que hablaba antes.
Lo curioso de estos casos es que, según sea el tema, las conclusiones que sacan algunos son diferentes. Si se trata de violencia de género, o de delitos de odio, se pasa directamente a cuestionar la legislación que protege a las víctimas y la regulación del delito. Sin embargo, cuando se tata de otros delitos, no ocurre nada de eso
El ejemplo más típico es el de quine denuncia falsamente -o, mejor dicho, simula- un robo para cobrar el seguro. Algo muy frecuente en caso de móviles, en que se disfraza una pérdida de robo con esa intención de cobrar de la aseguradora. Pues bien, a pesar de ser supuestos numerosos, nadie cuestiona el precepto que castiga el robo ni la ley de contrato de seguro.
Otro caso, muy de moda, es el de las okupaciones, que tomo prestado a un tuitero generoso. A pesar de que se ha armado una alarma mediática totalmente desproporcionada respecto a este delito, y de que gran parte de los supuestos que nos cuentan no son sino impago de rentas o molestias vecinales, se continúa exigiendo un castigo ejemplar para los culpables. Y no solo eso, también un supuesto pintoresco de un montaje ha sido objeto de atención mediática, pero nadie ha cuestionado la ley que castiga la usurpación de inmuebles. Más bien al contrario, nos siguen torpedeando con anuncios de alarmas respecto a los que -llamadme malpensada- a quien se le saltan las alarmas es a mí.
No son los únicos ejemplos. Otra tuitera contaba el ejemplo de un político que fingió un secuentro por parte de ETA en los tiempos duros del terrorismo, que en modo alguno implicó que se pusiera en duda la efectividad de la legislación antiterrorista, sin perjuicio del castigo del mentiroso, claro.
Por último, quería hacer una puntualización. Hay quien confunde que una denuncia sea falsa con que, según él, ese hecho no debiera castigarse. Y ahí empieza el rosario de “lo que hizo no fue nada” que tanto daño hace.
Y con esto cierro el telón por hoy. Y la boca, porque hay temas de los que una podía hablar horas y horas. Pero ahora toca el aplauso. Y hoy va dedicado, como homenaje, a todas esas víctimas cuyo testimonio se cuestiona injustamente.