Ayuda: no miremos a otro lado


Hoy en nuestro escenario estrenamos una historia, un cuento para invitar a la reflexión sobre llamadas inatendidas y dejar las cosas para el último momento. Pero no quiero hacer spoiler. Que cada cual saque sus propias conclusiones

MAÑANA POR LA TARDE

  • Lo siento, Cecilia. Me encantaría quedar contigo ahora mismo, pero hoy es imposible. No sabes la de lío que tengo
  • No te preocupes, de verdad, no pasa nada. ¿Mañana puedes?
  • ¿Mañana? Pues puede ser
  • ¿Por la mañana? Es domingo
  • Por la mañana tampoco puedo, te lo juro. Pero si quieres, mañana por la tarde. ¿Sí?
  • Claro. Mañana por la tarde entonces. ¿A que hora?
  • Ya te llamo y te digo. Ahora mismo no puedo concretarte. Y ahora te dejo, que he de irme ya

Cualquiera que hubiera escuchado esa conversación telefónica, se habría dado cuenta al segundo de que la interlocutora pretendía quitarse de encima a su amiga Cecilia. Cualquiera, claro está, menos ella, que estaba convencida de que había puesto una excusa fantástica y había quedado de maravilla, y la propia Cecilia, que se negaba a creer que su amiga la estuviera despachando sin contemplaciones cuando ella le pedía ayuda.

Cecilia y Marta eran amigas desde niñas. Habían asistido a la misma clase en el colegio y en el instituto, y habían convertido noches de juerga y de estudio a partes iguales. Nunca estaban solas. Tenían un grupo de inseparables compuesto por ellas dos y dos amigas más, también compañeras de colegio, de instituto y, claro está, de correrías.

Ahora hacía tiempo que no se veían tanto y, aunque Cecilia culpaba de ello a los distintos caminos que tomaron cada una, ya que dos de ellas iban a la facultad juntas, la tercera se puso a trabajar en la tienda de sus padres y ella misma estaba estudiando la carrera a distancia, sabía que no era cierto. Fue él y solo él quien las separó. Fue él quien protestaba a diario de que quedara con ellas, quien las llamaba “zorras” y le advertía que no podía ser como ellas, quien malmetió hasta convencerla de que la daban de lado. Y ella, cegada por lo que creía que era el amor de su vida, la que se dejó convencer. Poco a poco fue espaciando sus quedadas. Al principio les ponía excusas razonables, luego se fueron volviendo más vagas e increíbles y llegó un día en que dejaron de contar con ella. Y, por supuesto a él le faltó tiempo para hacérselo ver.

  • ¿Ves? Si fueran tus amigas de verdad te llamarían. En cuanto han podido se han librado de ti. ¿Te das cuenta de que yo tenía razón?

Pero el tiempo había pasado y las cosas no eran como Cecilia pensaba. El amor de su vida se convirtió en la pesadilla de su vida. Se había quedado sola. Había creído lo que él le decía de todo el mundo y se había alejado de familia y amigos. Ni siquiera tenía compañeros de facultad, porque había elegido estudiar en la universidad a distancia. Aunque, en realidad, no se trataba de una elección voluntaria, sino una de las maniobras de él para alejarla de todo y de todos.

  • Tienes que estudiar por la UNED, Cecilia. Me he estado informando y en tu carrera tiene mucho más prestigio que la facultad de nuestra ciudad. Ah, y no te preocupes por el dinero, porque yo me hago cargo. Por ti, lo que haga falta, ya lo sabes.

Cayó en la trampa. Sus amigas no comprendieron su decisión, pero fue tan convincente cantando las virtudes de la enseñanza a distancia que no quisieron insistir. Por aquel entonces, ya hacía tiempo que se había empezado a distanciar de ellas.

Ahora estaba sola, y necesitaba urgentemente a alguien. Su madre estaba descartada, porque con ella no se podía hablar de ciertas cosas. Y su hermano, más aún. Aunque se querían, la diferencia de edad y el hecho de tratarse de un chico nunca habían propiciado una verdadera relación de confianza. Pero tenía a sus amigas. Sus hermanas, como gustaban llamarse. Sabía que se había alejado injustamente de ellas, pero sabrían entenderlo. Y perdonarle. De hecho, es lo primero que haría, pedirles perdón.

            Marta fue la primera a la que llamó. Se quedó un poco decepcionada porque no quisiera quedar ese mismo día, a pesar de que ella le había dicho lo urgente que era. Pero no quiso darle importancia. No se podía permitir el lujo de hacerlo. Así que se convenció a sí misma de que su excusa era creíble y de que su cita del día siguiente era inamovible. Pero ella necesitaba hablar con alguien antes, así que continuó con la lista, Claudia fue la siguiente

  • ¿Cecilia? Qué alegría oírte. Tenemos que vernos pronto para ponernos al día
  • Por eso te llamaba, ¿Qué tal esta tarde? ¿O esta noche? Me da igual la hora
  • De veras que lo siento, Ceci, pero hoy es imposible. Tengo un montón de cosas que hacer y una cena del trabajo a la que no me apetece nada ir, pero ya sabes, hay que cumplir
  • Pero, ¿ya no trabajas con tus padres?
  • Bueno…sí. Pero tengo que ir a eventos en su nombre, cenas de empresarios del barrio y cosas de esas… Un rollo
  • ¿Y mañana? Es domingo, podríamos quedar por la mañana
  • Uf. Por la mañana, imposible. Igual mañana por la tarde. Ya te llamo y te digo

           Claudia mentía bastante peor que Marta, pero Cecilia no quiso verlo. Incluso llegó a imaginársela en una aburrida cena de empresarios mayores y barrigudos, fumando puros y con la cara colorada de beber vino. Porque así es como era el propio padre de Claudia, propietario de una bodega de las de toda la vida.

            Solo le quedaba Elvira. Siempre fue con la que se sintió más unida, y la había dejado en último lugar como una apuesta segura. No podía pretender que después de tanto tiempo desatendiendo las llamadas, estuvieran todas a su disposición. Pero estaba convencida de que Elvira le haría un hueco, tuviera lo que tuviera que hacer. Por eso, cuando vio que no respondía al teléfono, le envió un mensaje. En cuanto lo viera, seguro que le devolvía la llamada.

            Cecilia no podía saber que, mientras tecleaba el mensaje para Elvira, ella estaba llegando a su cita de esa noche. Fue la última en acudir al bar de siempre, donde le esperaban sus amigas Marta y Claudia. Antes de sentarse, echó un último vistazo a su teléfono móvil

  • No os imagináis quién lleva llamándome toda la tarde -dijo Elvira a sus amigas- Tuve que silenciar el teléfono porque no me podía ni maquillar. Me supo mal, pero…
  • No digas más – intervino Marta- Cecilia. Te llamó Cecilia. ¿A que sí?
  • Pues sí. ¿Cómo lo has sabido?
  • También me llamó a mí, y no sabes lo peñazo que se puso con la idea de quedar hoy. Estuve a punto de decirle que viniera, pero luego pensé en la última vez que cenó con nosotras y se me quitaron las ganas- ¿Os acordáis?
  • Claro que me acuerdo, como para olvidarlo. Toda la noche cantando las maravillas de ese impresentable de Luis, mientras no dejaba de mirar el móvil y sus mensajes con cara de susto
  • Y luego, el colofón -terció Claudia- ¿Recordáis?
  • No me olvidaré nunca, Aquel imbécil llegó a recogerla, y nos dijo antes de todo. Y ella, como una tonta, no nos defendió. Ni siquiera nos miró a la cara. Yo no se lo he perdonado, no sé vosotras
  • Mujer, no seas rencorosa. Estaba muy pillada por él. Aunque luego, bien que podría haber hecho alguna llamadita disculpándose, pero nada. Yo la perdono, pero no me olvido, la verdad. No sé si seré capaz de retomar la amistad que teníamos. Porque a mí también me ha llamado.
  • No sé, como insistía tanto, yo le dije de quedar mañana por la tarde. Pero lo dejé en el aire. Aun no sé si ir o poner alguna excusa
  • Mañana por la tarde Qué casualidad

Sin haberse puesto de acuerdo, las tres habían coincidido. Habían demorado una cita que no les apetecía en absoluto, con la esperanza inconfesable de que pasara algo que les impidiera ir. Las tres amigas tenían unas enormes ganas de divertirse. Después de todo lo que habían pasado durante el confinamiento y las restricciones posteriores, había llegado el momento de desquitarse. Por fin podían salir sin mascarillas y sin que nadie les llamara la atención por acercarse demasiado. Y, claro, no estaban dispuestas a que la que fue su amiga viniera a fastidiarles el plan. No es que no la apreciaran, solo se trataba de una cuestión de prioridades. Ella había elegido en su día, y las había postergado en favor de su novio. Ahora ellas le devolvían la pelota. En realidad, no era ni siquiera una venganza. No tenían ganas de quedar con ella

  • Estoy segura que ha cortado con Luis y ahora viene con nosotras para lamerse las heridas. Me da un poco de pena, pero tampoco vamos a correr al primer silbido que dé después de cómo nos trató
  • Tienes razón. La escucharemos si hace falta, pero no hoy. Hoy ¡la noche es nuestra!

Se dieron un abrazo. El enésimo desde que habían declarado el fin oficial de la pandemia de coronavirus, hacía apenas un par de días. No había pasado ni media hora desde que llegaron cuando ya habían dado buena cuenta de un par de jarras de cerveza y se disponían a empezar la tercera, con sus jarras en la mano y los ojos brillantes

  • Por la pesada de Cecilia -dijo de pronto Marta, alzando su jarra- A ver qué rollo nos va a contar
  • ¡Por la pesada de Cecilia!
  • ¡Por Cecilia!

Las tres rieron a carcajadas. El alcohol estaba causando sus estragos y, mezclado con la alegría de la recuperación de la normalidad, formaban un cóctel explosivo. No solo en ellas sino en la gente en general se había instalado una sensación de urgencia, de vivir al día, que no sabían si se terminaría en algún momento. La pandemia dejó secuelas incluso a quienes no pasaron la enfermedad.

Mientras tanto, Cecilia seguía recorriendo el listado que guardaba en la memoria de su teléfono móvil con la esperanza de que alguien le contestara, pero era inútil. El primer sábado desde el fin de la pandemia todo el mundo tenía planes que llevar a cabo. Todos los planes que quedaron aplazados una vez y otra mientras duró la pesadilla. Esos mismos planes que a ella le faltaban.

De pronto, tuvo una idea. Tal vez a Claudia le venía bien acabar con aquella cita de negocios. Estaba segura que si llamaba y le proponía tomarse una copa con ella, le daría una excusa para escabullirse. Le pareció una idea genial. De hecho, no sabía cómo no se le ocurrió decírselo cuando habló con ella. Tomarían una copa juntas y, mañana por la tarde, cuando quedara con las demás, las cosas habrían vuelto a ser lo que eran. Llena de esperanza, apretó la tecla de llamada.

  • Claudia, te está sonando el teléfono -dijo Elvira entre risas- Baja de la mesa y te lo doy

En el punto culminante de su noche, Claudia cantaba “I Will survive” a voz en grito subida encima de la mesa del tercer bar de copas que visitaban aquella noche. El resto de gente que allí había le hacía coro y la aplaudía con entusiasmo. Las ganas de divertirse se palpaban en el ambiente. No obstante, acabó bajando a ver su teléfono, aunque, al cogerlo, ya la llamada había acabado.

  • No os lo vais a creer. Era Cecilia otra vez
  • ¿En serio?
  • En serio. Qué cansina se está poniendo, ¿verdad?

Volvió a dejar el teléfono en el interior de su bolso, sin siquiera molestarse a mirar si había dejado algún mensaje

  • Camarero, otra ronda -dijo Claudia, con una carcajada- Vamos a brindar por Cecilia

Brindaron por ella otra vez. De hecho, cuando, a regañadientes, dieron por finiquitada la noche, habían hecho hasta cinco brindis por Cecilia. La resaca del día siguiente se la deberían, en parte a ella. Sin contar las innumerables rondas de cervezas y tequilas que trasegaron, claro está.

Durmieron toda la mañana. Pasaban la noche juntas en casa de los padres de Elvira, que se habían marchado de viaje, ahora que ya era posible. Hacía tanto tiempo que no se podía pasar una noche así, que no escatimaron nada. Nada de nada. Sus cuerpos notaron la falta de costumbre y no se despertaron hasta bien pasada la hora de comer, con dolor de cabeza y la lengua convertida en papel de lija. Ninguna se apercibió de las llamadas perdidas en sus respectivos móviles que, además, se habían quedado sin batería sin que se molestaran en cargarlos.

Cuando recobraron casi por completo la compostura, después de tomar cualquier cosa del bien abastecido frigorífico de los padres de Elvira, fue esta la primera en poner en marcha su teléfono móvil, olvidado por unas horas. Apenas lo cogió, el timbre volvió a sonar. Todavía somnolienta, activó el altavoz, de modo que todas pudieron escuchar. La memoria de su dispositivo le indicaba que era Cecilia quien llamaba

  • ¿Usted es Elvira Marcos?
  • ¿Quién es? Ese es el teléfono de Cecilia, de Cecilia Ríos
  • Así es -dijo la voz, con un tono tan serio como pocas veces habían escuchado- Soy el agente de Policía Local 21125. La realizada a su teléfono es la última llamada que consta en el registro del móvil de su amiga Cecilia
  • Pero ¿qué le ha pasado?

El cuerpo de Cecilia fue encontrado en su casa sin vida. Se había tomado dos cajas enteras de somníferos. En la mesa de al lado de la cama donde murió, había dejado una nota cuidadosamente escrita:

“Perdonadme. No pude esperar a la tarde”

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