Ironía: la máscara


         No es fácil definir la ironía, pero todo el mundo la ha usado alguna vez. Hay personas que la usamos constantemente. De hecho, entender la ironía o los dobles sentidos constituye un hándicap para personas con determinados trastornos, de los que el cine ha hecho uso con magníficos resultados, como el caso de Rain Man o Forrest Gump. En otras ocasiones, son los propios títulos los que tienen una gran carga de ironía, con frases como Los mejores años de nuestras vidas. Sin olvidar, por supuesto, personajes que hacen de la ironía su santo y seña como el mismísimo Hannibal Lecter de El silencio de los corderos.

En nuestro teatro utilizamos la ironía más de lo que nos damos cuenta. Obviamente, las leyes no la usan, aunque hay disposiciones que parecen hacerlo, como aquella época en que se puso de moda decretar leyes con grandes objetivos que incluían una disposición adicional según la cual la ley en cuestión no supondría ninguna dotación de medios personales ni materiales. Y, aunque, por desgracia, no era ironía, más valía tomarlo así.

La ironía no siempre se entiende por sus destinatarios. Por ejemplo, yo cada vez que alguien alega que ha llegado tarde por circunstancias como el tráfico, le digo eso de “claro, es que el Ministerio Fiscal se teletransporta”, pero no siempre pillan la ironía. Tampoco la pillan cuando, ante excusas relacionadas con los niños, digo que las mías nacieron con 12 años y la ESO acabada.

A veces, ni siquiera ellas -que ni nacieron con 12 años ni con la ESO acabada- entienden mis cosas. Cuando eran pequeñas y se impacientaban porque la comida no estaba hecha, siempre les decía lo mismo, ante sus demandas de que nos diéramos prisa. Poniéndome delante del microondas, lo jaleaba al grito de “¡microondas, microondas!” mientras daba palmas. Ni que decir tiene que nunca da resultado, pero convirtió en un gag familiar desde el día en que sus amigos fueron testigos del numerito y lo celebraron.

En Toguilandia son tantas las oportunidades de usar la ironía que no es fácil sustraerse a ello. En ocasiones, es la mejor fórmula para no perder los estribos, como me cuenta un compañero que, ante la pregunta del acusado de maltrato sobre qué hubiera hecho él si llega a su casa y la comida no está hecha, le respondió con su mejor sorna: para esos casos tengo Fabada Litoral. Un crack, mi compañero.

También recuerdo a una juez que, harta de que todos los detenidos dijeran que los productos robados los habían encontrado en el contenedor, les dijo, muy seria: “qué suerte tienen todos, yo cada día miro en el contenedor, y nuca encuentro nada de eso”. Una postura parecida es la que adoptó otro juez que, como quiera que en una pelea recíproca ambos se negaran a hablar ni a decir más allá que los múltiples arañazos de su cara se los causó cayendo al suelo, le preguntó muy tranquilo si el suelo era de alambre de espino.

El hecho de conocer o no a alguien también da mucho juego a la ironía. En un juicio de faltas, Su Señoría, cansado de que el denunciado le tuteara sin ningún respeto, le preguntó si acaso comían sopas juntos, aunque el ínclito no debió entenderlo a juzgar por su cara de asombro. Y en otro caso donde la testigo negaba conocer a la acusada, la llamó reiteradamente Pepi a pesar de que figuraba como Maria José, por lo que la abogada, en el colmo del sarcarsmo, le preguntó si se trataba de otra persona, porque a la tal Maria José había dicho no conocerla.

Por supuesto, no es la única abogada que saca respuestas ingeniosas de la chistera, Me cuenta otra que, ante la pregunta de su cliente sobre si sabía qué era el aviso que le había llegado de Correos, le dijo que se perdió la clase de magia de la Facultad. Una clase que, por cierto, también me perdí yo, y debió ser donde repartían varitas mágicas y bolas de cristal.

Y no solo en Toguilandia usamos la ironía. Una amiga periodista, se encontró con que alguien le dijo que era una puta y una hija de puta. Lejos de enfadarse, respondió muy tanqula que no se metieran con el negocio familiar, con lo que les había costado hacerse un huevo en el mercado.

Las profesiones sanitarias también tienen lo suyo. Me cuentan que en Urgencias una señora dijo que tenía dolor en una mama y que su médico le había dicho por teléfono que fuera a Urgencias a que le exploraran. La facultativa hizo su tarbajo, pero no se cortó un pelo a la hora de lamentar en voz alta por el médico que tenía teléfono pero no manos. Y hablando de pechos, me acuerdo la genialidad de la contestación de una mujer que, ante la insinuación de su pareja -ya ex de que se pusiera “más tetas”, le dijo: ¿Qué con dos no tienes bastante?. Sublime.

No obstante, no todo el mundo entiende la ironía, aunque le pongan subtítulos. No la entienden quienes, merecedores de un 0 en civismo y otro en solidaridad, aparcan en las plazas de las personas con discapacidad y son preguntadas por alguien que sí las necesita si su discapacidad es el cerebelo. Y con razón

Por otro lado, la vida tiene situaciones en donde la ironía es casi el único recurso. Encontrarse en una cola a alguien que pregunta “estás haciendo cola” solo merece contestarse con un irónico “no, espero el bus”. Y en una cola del mercado, precisamente, se encontraba mi madre cuando una vecina le dijo muy seria que a ella el pescado le gustaba bueno, a lo que mi progenitora, ni corta ni perezosa, le respondió que a ella le gustaba podrido, por eso hacía cola.

Otras veces, el tomarse las cosas al pie de la letra da lugar a situaciones irónicas. Cuentan que un tipo con un ojo de cristal solía quitárselo y lanzarlo cada vez que alguien decía eso de “echa un ojo a esto”. No sé si es una leyenda urbana, pero habrá que ver la cara de quien lo presenciara Como también habría que ver la cara de una niñata que, venida arriba en una discusión con un “tú no sabes quién es mi padre”, se encontró con una respuesta a su medida: “pues ya tenemos algo en común tu madre y yo”.

Para acabar, un caso que más que ironía parece sacado de un chiste de esos de “el colmo de..” y que también me aportan por redes. El caso de una chica que, contratada para labores de coaching y fomentar el trabajo de equipo, fue despedida por fomentar las reuniones de equipo. Ironía pura,

Y, hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso es, como no, para todas las personas que, desde redes sociales y desde la vida, han colaborado para hacerlo posible. Mil gracias.

2 pensamientos en “Ironía: la máscara

  1. Muy buenas .. Me he reido mucho con tu entrada en el blog y estoy completamente de acuerdo. La ironìa y el sentido del humor son bàsicos en la vida y en esta profesiòn tan rìgida,pues al fin y la cabo el derecho trata sobre las cosas del diario vivir.Me quedo por aquì y voy a compartir tu blog con mis compañeros de carrera… ¡Ah! me presento,me llamo Elena,aunque todos me dicen Helen,tengo 51 años,soy española pero vivo en Ecuador desde hace once ( la crisis del ladrillo y eso me hizo cruzar el charco en el 2010). Actualmente estoy cursando segundo semestre de Derecho y con todas las ganas e intenciòn de ejercer. Gracias por brindarnos un espacio tan educativo y la vez tan divertido. Un saludo.

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