Ratos muertos: todo el tiempo perdido


         Que El tiempo es oro no es algo que vaya a descubrir yo ahora. Muchas películas y obras literarias emplean medidas de tiempo en sus propios títulos. Lo que queda del día, 24 horas desesperadas o 9 semanas y media son algunos de los títulos. Lo que no nos cuentan es qué hacían sus protagonistas entre toma y toma, entre descanso y descanso, entre rodaje y rodaje, ni si tienen esos ratos muertos que tanto desesperan. Porque en todas partes cuecen habas. Y si no que se lo digan a Proust, todo el día En busca del tiempo perdido

En nuestro teatro, los ratos muertos son tantos que están más vivos que muertos. Solo diré que el santo Job no aguantaría algunas de las cosas que nos toca aguantar. Pero no nos queda otra. Con razón se dice que la paciencia es una gran virtud.

Uno de los ratos muertos más desesperantes es el momento ruedita. Seguro que cualquiera que transite por Toguilandia sabe de lo que estoy hablando, pero para quienes tengan la suerte de no haberlo experimentado, les diré que se trata de todo el tiempo que transcurre entre el momento que encendemos el ordenador o cualquiera de sus aplicaciones –particularmente las de Justicia como Fortuny, Lexnet o similares- y el instante real en que se conecta, que suele venir amenizado por una ruedecita que gira y gira como si fuera un hámster, pero sin gracia. Sin ninguna puñetera gracia.

Otro de los ratos muertos es el de la llamada en espera . Aunque ya le dedicamos un estreno, bien está recordar lo exasperante que resulta tratar de comunicar con algún sitio, generalmente alguna institución u órgano público, y encontrarte con la voz metalizada que te dice que en unos momentos serás atendida. Y una porra. Su concepto de “unos momentos” difiere una vida del mío, igual que difiere su concepto de entretenerse con una melodía y perforar las meninges a base de repetir una y otra vez el mismo sonsonete. He sabido de personas que han llegado a odiar canciones que adoraban antes en cuanto les han torturado unas horitas poniéndosela como tono de espera. Por supuesto, estas cosas suceden cuando existe prisa porque hay un plazo para presentar alguna cosa y nos falta un dato esencial al que solo podemos acceder por esa llamada.

No obstante, entre los ratos muertos más desesperantes se encuentran los que suceden en el juzgado de guardia. El tiempo de espera para que traigan un detenido, para que llegue el intérprete del idioma que se trate, peor cuanto más raro es el idioma, o en que llegue el abogado o abogada que anda como pollo sin cabeza del juzgado a la comisaría es frustrante. Porque se podían hacer muchas otras cosas y no siempre se puede por falta de instalaciones y medios. Y que conste que peor es para quien va como pollo sin cabeza que para quienes esperamos.

También hay casos donde el pollo sin cabeza es el fiscal, por más que le extraña a la gente. En muchos casos llevamos guardias de más de un juzgado y, cuando los planetas se alinean y la Ley de Murphy  hace de las suyas, nos llaman de los más lejanos al mismo tiempo. Y entonces esperan los demás. Y no siempre con la paciencia que deberían.

Pero, para que nadie me llame corporativista, me pondré en la piel de quienes ejercen la abogacía porque de ratos muertos saben un rato. Como se de mal una sentada de señalamientos, se ven en el brete de esperar horas hasta que le toca el turno a su juicio. Y, aunque quienes estamos haciendo esos otros juicios no podemos hacer nada más que eso, celebrar los juicios anteriores, hay que entender que desesperen.

Otras veces pasa lo contrario. Se trata de señalar con un tiempo prudente entre juicio y juicio y, entre suspensiones y conformidades, pasamos nuestros buenos ratos mirando al horizonte. Porque, generalmente, no es tanto tiempo como para ir a nuestro despacho, ni tan poco como para que no se note.

Por último, hablaré de uno de los ratos muertos que más estrés causa. El que esperamos quienes hemos participado en un juicio con jurado a la sentencia. Juro que a veces, es como un parto. Y el bebé no siempre es como nos hubiera gustado.

No me olvido del justiciable, claro está. Si es difícil en muchos casos comprender los ratos muertos que nos hace pasar un sistema no tan eficiente como nos gustaría, para ellos es imposible. Echar tropemil horas para que un juicio luego se suspenda, o para que le digan que ha habido conformidad y que su testimonio no hacía falta no es plato de buen gusto. Y hay que explicárselo muy bien para que lo entiendan, Y, por supuesto, ser humildes y pedir disculpas, aunque la culpa no sea nuestra. O no lo sea del todo, que no es cuestión de tirar la piedra y esconder la mano.

Ahora ya solo queda el aplauso. Y esta vez está dedicado, obviamente, a todas las personas que, desde dentro o fuera de estrados, se han visto obligadas a esperar más de lo razonable y no han escupido sapos y culebras por la boca. Porque el buen gesto siempre lo facilita todo. Hasta los ratos muertos.

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