Decisiones: Ligera de equipaje


Hoy, en nuestro escenario, un relato que es mucho más que una historia. Una invitación a la reflexión.

Ligera de equipaje

                  Nunca pensó que su vida entera cabría en una maleta. Y no en una maleta grande, ni siquiera mediana, sino en una de esas tan pequeñas que hasta las compañías aéreas más pejigueras la hubieran aceptado como equipaje de mano si no fuera por las dos orejitas negras que sobresalían, dibujando a la perfección la cara de una Minnie Mouse sonriente con su enorme lazo rojo de lunares. Tan sonriente como ella en ese mismo momento.

                  La maleta era de su hija. O, mejor dicho, había sido de su hija, cuando todavía la necesitaba. La niña fue a la vez su alegría y su tormento, su fuerza y su debilidad, su talón de Aquiles y su muleta. El crecimiento de Angela había ido marcando los tiempos de su vida hasta haberla dejado carente de sentido, ahora que se había marchado. Por eso se decidió, después de tanto tiempo, a poner punto y final a una historia que llevaba encallada desde siempre en unos eternos puntos suspensivos. Por eso, también, sacó del altillo la maleta de Disney que le regalaron a la niña por su Primera Comunión y que tanto le gustaba hasta el día que dijo que era demasiado mayor para usarla, y decidió que sería el perfecto continente para el imperfecto contenido de su vida.

                  Nunca le había gustado hacer el equipaje, pero esta vez lo estaba disfrutando. Con parsimonia, elegía cada una de las cosas que se llevaría a esa nueva vida que estaba ansiosa por empezar. Hasta se descubrió a sí misma con una sonrisa que hacía años que no ejercitaba al descartar un montón de detalles que hasta hacía nada le hubieran parecido imprescindibles.

                  Mientras acariciaba las orejitas de Minnie y abría la cremallera de la maleta, se dio cuenta que cada una de las cosas importantes de su vida había estado marcada por la vida de Angela, incluso antes de que naciera.

                  Abrió el cajón de la cómoda, ese que nunca se atrevía a mirar. Allí vio el primer parte médico de una sucesión imparable, que dudaba si describir como un rosario o como un Vía crucis. Fechado hacía más de veinte años y con una caligrafía intrincada y casi borrada por el paso del tiempo, era el testigo mudo de la primera paliza, la que él le dio cuando estaba embarazada de la niña. Hasta entonces, solo -¿solo’- había habido insultos, amenazas, y algún empujón que otro que le había dejado un hematoma en el cuerpo y una cicatriz en el alma. No sabía si fue porque era el primero o porque no se lo esperaba, aquel bofetón fue el que más le dolió de todos.

                  Llegó a plantearse denunciarlo, pero en aquella época era impensable. De hecho, llegó a ir hasta la puerta de una comisaría donde un policía entrado en años y en carnes le dijo con condescendencia que se volviera a casa, que seguro que su marido estaba arrepentido y podría conocer el dulce sabor de la reconciliación. No hubo tal, pero no le importó demasiado. En realidad, una vez supo que el riesgo para la vida de su pequeña estaba superado, todo le dio igual.

                  A partir de ahí, su vida se convirtió en un descenso en caída libre. Se hizo la idea de que el mundo solo giraba en el espacio de tiempo que mediaba entre una paliza y la siguiente. Al principio, se esforzaba porque todo estuviera en orden, porque no faltara un detalle que le hiciera enfadarse y estrellar su furia contra ella. Sus comidas eran las mejores, su casa la más limpia, sus armarios los más ordenados, su bebé la más bonita y la mejor vestida. Pero daba igual, si se arreglaba le recriminaba porque se acicalaba demasiado y seguro que quería llamar la atención de otros hombres Si no se maquillaba, era porque no le quería, porque no se esforzaba en estar guapa para él.

                  Hiciera lo que hiciera, estaba perdida. Llegó un momento en que deseaba que estallara su arrebato de furia, que le pegara ya y acabara pronto, porque lo peor de todo era la angustia de esperar que en cualquier momento le cayera la golpiza. Y vuelta a empezar.

                  Se acostumbró a aquello como si se tratara de algo normal. Es más, llegó a pensar que era algo normal, e incluso a creer que lo merecía. Hasta aquel día. El día que le puso la mano encima a su pequeña Angela. Ese día todo cambió para siempre.

                  La niña estaba probándose el vestido de Primera Comunión. De hecho, la fotografía enmarcada de ese día era una de las pocas cosas que ella había metido en la maleta de Minnie Mouse que era el fin y el principio de todo. Angela quiso emular el anuncio de una conocida marca de detergente de la época, un anuncio con el que madre e hija se reían mucho, en el que la protagonista vertía una taza entera de chocolate sobre el inmaculado vestido de organdí, pero no pasaba nada porque el milagroso detergente quitaría la mancha en un santiamén. Así que la niña comenzó a girar como una peonza como hacían en el spot televisivo mientras su madre se reía a carcajadas. El padre las vio y, sin que ninguna de las dos supiera que fuerza demoníaca le había poseído, arrojó la copa de coñac que estaba tomando sobre el vestido banco, y a continuación le propinó a la niña un bofetón tan fuerte que se golpeó contra los azulejos de la cocina. La boca comenzó a sangrarle, y el vestido se tiñó de rojo, de un rojo que no hubo detergente milagroso que borrara. De aquel vestido de anuncio solo quedó la fotografía enmarcada que ella guardó.

                  Angela no pudo hacer la Primera Comunión con sus compañeras de colegio. Mientras ellas cantaban “Con flores a María”, ella apenas podía encontrar un espacio de su cuerpo donde no hubiera un cardenal, un corte o una herida. Comulgó un par de meses más tarde, con un vestido corto de nido de abeja y el hueco visible en la boca del lugar que una vez ocupó un diente.

                  Habían cambiado de residencia. Se mudaron a un pueblo a más de 100 kilómetros, que para ella estaba tan lejano como la Luna, La visita del médico a la niña, y las cosas que dijo aquel hombre, advirtiéndoles que de repetirse algo así pondría los hechos en conocimiento de la policía, motivaron la Diáspora, y a el le dieron la excusa perfecta para aislarlas un poco más cada día. Ahora ni siquiera tenían a la familia para acudir si pasaba algo. Solo se tenían la una a la otra y, en medio, un muro de miedo. Ni siquiera hablaban de ello.

                  El tiempo fue pasando. Y mientras que ella se había resignado a su suerte, como si tuviera un callo en la dermis de la vida, Angela cada día se rebelaba más. Llegó a enfadarse con su madre porque no reaccionaba ante los continuos desmanes de aquel hombre que todo el mundo decía que era su padre pero que a ella se le antojaba un monstruo. Y le reprochaba no haber hecho nada por ella misma y, sobre todo, por sacarle a ella de aquel ambiente opresivo y doloroso. Aun tardó un tiempo en descubrir que tal vez para su madre fuera tarde, que tantos años y tantos golpes minaron sus fuerzas hasta dejarla exhausta.

                  Cuando cumplió la mayoría de edad, Angela se fue de casa. Antes de hacerlo, intentó por todos los medios que su madre la acompañara, que se marcharan juntas y empezaran de nuevo. Su madre le juró que lo pensaría, pero al final no se decidió, y Angela no le perdonó que no lo hiciera.

                  Lo que la niña ignoraba es que aquella noche en que le suplicaba a su madre que la acompañara, la escena había tenido un testigo, alguien que se coló sin invitación y que permaneció agazapado sin ser visto. El lo oyó todo, y esperó con paciencia a que la niña terminara y se marchara a su habitación para montar el segundo acto de aquella función

-No se te ocurrirá marcharte, ni llevártela a ella -gritaba él, encendido de furia-

-Pero… ¿Por qué no dejas que nos marchemos a nuestro pueblo? No contaremos nada a nadie, podemos venir a verte los fines se semana. Te dejaré si quieres comida para toda la semana

-¿Qué dices, loca? ¿Qué te has creído? A mí no me deja nadie-un sonoro bofetón selló sus palabras- Nadie. ¿Me has oído?

                  Se quedó acurrucada junto al sillón con cuyas patas se había golpeado al caer tras el empujón de él. Quería llorar, pero no le quedaban lágrimas. Quería removerse, pero tampoco le quedaban fuerzas.

-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo

-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.

-Pues, ya sabes

-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo

-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.

-Pues, ya sabes

                  No pudo hacer nada. Ni siquiera pudo oponer resistencia a que aquella noche el practicara sexo con ella. O más bien contra ella. Esa noche, ni siquiera fue capaz de decirle que no quería. Aunque no hiciera falta.

                  Angela se marchó de casa un mes después de ser mayor de edad. Su madre consiguió hacerse con algún dinero para darle, pero se le rompía el corazón de pena por perder a su niña, no solo en la distancia sino en el respeto

-Mamá, te lo digo por última vez. Vente, vámonos juntas

-No puedo, hija. De verdad que no puedo. Algún día lo entenderás…

-No lo entenderé nunca, mamá -dijo agria- Si no te vienes, es porque no quieres. Y porque no me quieres. Quédate con él, si es lo que prefieres

-Hija, por Dios

-Cualquier día te matará. Y yo no quiero estar aquí para verlo

                  Ni siquiera cogió los billetes que le tendía, preparados en un sobre. Abrió la boca un par de veces, a punto de desvelarle las amenazas con que él la tenía retenida. Pero volvió a cerrar la boca sin pronunciar palabra. Sabía que él era capaz de cumplir sus advertencias. Al menos, que ella pudiera librarse de su yugo.

                  No volvió a saber de Angela en mucho tiempo. Su marido le prohibió ni siquiera mencionarla

-Esa niña esta muerta y enterrada. Que nadie vuelva a pronunciar su nombre en esta casa ni en mi presencia

-Pero…

-¿Lo has oído bien? Quiero que quites todas las fotos y todo lo que de ella quede en esta casa. Está muerta. ¿lo entiendes?

-Sí -dijo con un hilo apenas audible de voz-

-No me obligues a…

                  No le dejó acabar la frase, Sabía lo que venía a continuación, y le daba pánico solo oírlo.

Quitó todos los retratos, y tuvo que enseñarle a él como se deshacía de ellas. Él se encargó personalmente de que fueran al basurero y de ahí al vertedero. Solo pudo conservar la foto con el vestido que nunca usó. Su pequeño tesoro.

Tampoco hubo manera de comunicar con ella. No dejó seña ninguna, y no volvió a aquella casa, ni al pueblo del que un día se marcharon. Ningún pariente, ninguna amiga sabía nada de ella ni le daba ninguna pista. Era como si se la hubiese tragado la tierra, y aquella ausencia le dolía más que cada paliza, que cada golpe. Se tocó la cicatriz que le cruzaba la mejilla de parte a parte y volvió al presente. A su maleta con cara de ratoncita de dibujos animados. Y sonrió otra vez.

Escogió con cuidado la ropa que iba a meter en la maleta. En realidad, casi ninguna de sus prendas tenía especial valor económico ni sentimental que mereciera la pena preservar. Se trataba de ropa cómoda y funcional sin ninguna personalidad.

Sus zapatos, sin embargo, eran cosa aparte. Con un celo que apenas recordaba haber tenido alguna vez, sacó de su armario un par de zapatos. Eran de color rojo, de modelo salón, de tacón de aguja. Los había comprado para Angela, para regalárselos en un cumpleaños que nunca llegaron a celebrar juntas. Aunque usaban el mismo número, nunca los usó. Prefería mantenerlos intactos en su caja dorada, envueltos en papel de seda, esperando en día en que se reencontraran con su Cenicienta.

Cada año, por su cumpleaños, la recordaba de una manera especial. Cocinaba una tarta de manzana, su preferida, y ponía una velita con la esperanza de alguna vez fuera ella quien viniera a soplarla. También guardaba todas aquellas velitas consumidas que, año a año, habían ido marcando el tiempo de separación de su hija. Las había metido en la maleta, pero optó por sacarlas. No quería ocupar sitio con cosas tristes. Demasiada tristeza había ocupado su vida.

Acarició de nuevo los zapatos rojos. Esta vez sí. Esta vez irían a parar a los pies de su dueña. Aun no podía creerlo. Limpió con cuidado la lágrima que había caído sobre el charol rojo, para que continuaran impecables.

De reojo, miró la pantalla de su móvil y comprobó q2ue no había ninguna señal que alertara de nada. Todavía recordaba palabra por palabra aquella llamada que lo cambió todo. Y la recordaría toda su vida.

-¿Es usted María Ángeles Romero Castillo?

-Sí, señora, dígame. ¿quién es usted?

-¿Tiene una hija llamada Angela Martínez Romero? ¿Es así?

-Si, si -decía ella con nerviosismo- ¿Le ha pasado algo?

-No. Bueno, sí. Siéntese, y le cuento. Es una larga historia.

Se sentó y escuchó con atención a aquella extraña, que resultó ser la trabajadora social de un hospital de una provincia limítrofe. Su hija estaba ingresada allí. Estaba bien cuidada pero no tenía a nadie cerca, y, después de mucho insistirle, había dado las señas de su madre

-Pero ella, ¿cómo está? ¿Qué tiene? ¿Se encuentra bien?

-Será mejor que se lo diga ella

-Sí, sí, dígale que se ponga -decía esperanzada-

-Ahora mismo no está a mi lado. Pero será mejor que venga y comprueba como está en persona. Me ha dado permiso para que la llame

-¿De verdad que quiere verme? ¿Está segura?

-De verdad

No dudó ni por un momento lo que tenía que hacer. Cogió el primer autobús que salía hacia allí y se plantó en aquel hospital. Ni siquiera se molestó en dejar un mensaje en su casa, ni darle a él ninguna explicación. Nunca había pensado que aquel olor aséptico y penetrante le parecería el mejor de los perfumes.

El abrazo con su hija fue largo, prolongado y húmedo por las lágrimas derramadas y las no derramadas desde hacía tanto tiempo. Antes de ponerse al día, la miró y algo punzante le atravesó el corazón.

Su niña estaba débil. Respiraba con dificultad y tenia unas ojeras muy pronunciadas. Las redondeces de las caderas que tantos quebraderos de cabeza le habían causado habían desaparecido, y habían sido sustituidas por piel y huesos. Su niña no estaba bien, por más que se empeñara en decir lo contrario.

Lo que más la alertó, sin duda, fue el pañuelo que llevaba en la cabeza. El signo equívoco de que de su abundante melena castaña no quedaba ni rastro. La interrogó con la mirada

-Sí, mamá, es lo que imaginas. Tengo cáncer. Cáncer de mama

-¿Y…cómo? ¿qué? -no sabía cómo hacerle la pregunta que la quemaba por dentro- ¿cuánto…?

-¿Si me voy a morir? Pues sí, como todo el mundo. Pero no tengo la más mínima intención de que sea ahora. Aunque hay un bichito -dijo señalándose el pecho- empeñado en ponérmelo difícil, no me va a ganar

-Claro que no, hija. Y menos ahora que está tu madre contigo-trató de sonreír- Ya te puedes ir yendo a otro lado, bicho, aquí no tienes nada que hacer.

Le debía una vida de explicaciones. Pero, sobre todo, le debía una vida de abrazos, de mimos y hasta de riñas. Pero en ese momento lo único que deseaba con todas sus fuerzas es que no fuera demasiado tarde.

Después del reencuentro, de ponerse al día en besos y abrazos, llegó el momento de conocer la verdadera situación de Angela. Habló con la trabajadora social que la había avisado, y juntas fueron a hablar con las doctoras que se encargaba de ella. Sufría, según le dijeron, un tipo de tumor muy agresivo, pero pensaban que lo habían cogido a tiempo, aunque en estas cosas nada era seguro.

Lo que sí era seguro es que, en cualquier caso, a Angela le quedaba por delante un largo y duro tiempo de tratamiento, y que necesitaría a alguien a su lado. Por eso, cuando vieron que aquella chica estaba sola, que nadie la acompañaba, decidieron tomar cartas en el asunto. Y, al parecer, habían acertado. Tanto la madre como la hija parecían estar esperando el empujón que uniera otra vez lo que había quedo roto tiempo atrás.

Había llegado el momento de la verdad, y no tuvo ninguna duda. La trabajadora social le dio las señas de varios hostales cercanos donde podía quedarse para estar con Angela mientras estuviera ingresada. Luego, ya verían

.Hija, tengo que ir a casa a recoger mis cosas

-Pero ¿seguro que vas a volver?

-¿Tú quieres que vuelva?

-Más que nada en el mundo

-Entonces, volveré

-¿Y te quedarás conmigo?

Para siempre, hija. Para siempre

Cuando aquel mismo día regresó a casa, ya sabía que sería la última vez que pusiera los pies en aquel lugar donde tan desgraciada había sido. Aquel bicho que se había infiltrado en el cuerpo de su hija había hecho una faena extra: le había dado las fuerzas suficientes para tomar la decisión que debía haber tomado tanto tiempo atrás.

No le dio ninguna explicación mientras, con toda parsimonia, iba eligiendo las pocas cosas que se llevaría en su maleta de Minie Mouse. Sabía que, más bien pronto que tarde, él aparecería demandando explicaciones, exigiendo que le hiciera la comida, o la cena, o cualquier otra cosa que se le ocurriera.-

.-¿Se puede saber dónde has estado? ¿Y por qué has vuelto tan tarde? -reclamaba él a gritos- ¿De dónde vienes?

-De ningún sitio que te intereses – respondió ella con una seguridad que le pasmó a sí misma-

-¿Y dónde leches vas? -dijo mirando la maleta-

-Me voy. Se acabó

-No puedes irte -él, de pronto, cambió el tono exigente por otro lastimero- No me dejes así, somos una familia

-No aguanto más. Tenía que haberme ido antes

-Puedo cambiar -suplicaba- Dame una oportunidad. No puedo vivir sin ti

-Ya es tarde. Adiós

Mientras cerraba las orejitas de Minnie Mouse, oía como él empezaba a gritar de nuevo. Bramaba que no pararía hasta dar con ella, que la buscaría, que la obligaría a volver a su lado. La mataría. De la cárcel se sale, del cementerio, no. La maldita frase que tantas veces había escuchado. Pero ahora parecía no producir ningún efecto sobre ella.

Se instaló en el hostal cercano al hospital que le recomendaron. Antes de dejar su maleta, pasó a ver a su hija. Quería que supiera que había vuelto, como le prometió, y que era para siempre. Quería estar con ella ahora que la necesitaba, devolverle todo el tiempo perdido.

Angela estaba tumbada en la cama, conectada a un gotero, aunque despierta

– Mamá, qué pronto has vuelto

– Te lo prometí, ¿no?

– Y esa maleta, es la mía -se río- Solo a ti se te ocurre pasearte por ahí con una maleta de Minnie

– Pues a mí me gusta

– Y a mí, mamá. Y a mí

Todo saldría bien. Estaban seguras de ello

Al cabo de pocos días, tenían que operar a Angela. Madre e hija se fundieron en un abrazo antes de que entrara en el quirófano. Ambas pensaban que el destino, que tan esquivo les había sido, no les iba a jugar ahora la mala pasada de separarlas.

Y el destino no les falló. Meses más tarde, Angela abandonaba el hospital, con su equipaje en una maleta de Minnie Mouse y calzada con unos preciosos zapatos de tacón de color tojo

Juntas fueron al despacho de un abogado, donde, por fin, se libraron de las cadenas que las habían atenazado tanto tiempo.

Mientras su madre firmaba el convenio de divorcio, Angela hubiera jurado que Minnie Mouse le guiñaba un ojo desde su maleta.

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