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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Futuribles: fuera de control


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Cuántas veces habremos visto películas de ciencia ficción en que nos pintan el futuro de uno u otro modo, y hemos pensado eso de Vaya mentira. Seguro que lo pensaron los coetáneos de Julio Verne, sin saber que iba a ser posible hacer 20.000 leguas de viaje submarino o La vuelta al mundo en 80 días. Lo contaba en clave de comedia el protagonista de Regreso al futuro, cuando, en su viaje por el tiempo, descubría que un actor de cine -Ronald Reagan- era presidente de los Estados Unidos y pensaba que algo había fallado en las predicciones. Ni pensar quiero lo que diría si hubiera sabido del actual presidente, ero, como diría el protagonista de El médico, esa es otra historia y tendrá que ser contada en otro momento.

En nuestro teatro los futuribles son frecuentes. Tanto, que a veces parece que vivimos más de futuribles que de presentes, aunque echando un vistazo a algunas cosas estemos en realidad en el pasado. No sería este mal lugar para rodar el Ministerio del tiempo, aunque no ahora, claro. Ahora toca confinamiento para poder despegar luego. Y, si hay que hacerlo, se hace bien

En momentos como estos, en que una ley que creía que nunca podría leer en el BOE, nos mantiene en nuestras casas -salvo los servicios necesarios, por supuesto- podemos aprovechar para replantearnos muchas cosas. Y, por descontado, para hacérselas replantear a quien corresponda, una vez se hayan recuperado del tremendo terremoto que el coronavirus ha supuesto.

Aprovecho este inciso para hacer una confesión. Nunca me había planteado presentarme a fiscal jefa ni nada parecido pero, visto lo visto, hice bien. Porque menudo marrón del 15 se están comiendo, dicho sea en términos carcelarios. Ha habido días de hasta tres notas de servicio de mi fiscalía, más otras tantas de la Fiscalía General del Estado, más las de Decanato, el Tribunal Superior de Justicia, la Comunidad Autónoma, el Ministerio de Justicia y el Consejo General del Poder Judicial. Una verdadera locura. Y, por más que reciban críticas, que las recibirán, hay que ser solidaria. Si no les alcanza el coronavirus, igual les da una crisis de ansiedad o un brote psicótico. Porque la cosa está que arde.

Pero vayamos al lío, a esos futuribles de los que yo quería hablar hoy. Con el aburrimiento, le da a una por dar vueltas a la cabeza, que ir empijamada todo el día en vez de toguitaconada es lo que tiene. Hace nada, estábamos a la greña jueces y fiscales por quién iba a llevar lainstrucción  Me imaginaba a ambas carreras disputándose un cofre imaginario al tiempo que, como Gollum, gritábamos eso de “mi tesoooro”. Las disputas fueron tan encendidas que algún compañero incluso decidió hacer un ERTE de redes sociales para no seguir discutiendo. ¿Y ahora qué? Pues que ni para ti ni para mí, que a la vuelta no estará el patio para reformitas integrales. Bastante haremos con ponernos al día porque eso del teletrabajo, como ya dije, es una buena idea pero con unos medios escasos no es tan fácil como pintan.

Y aquí viene el segundo futurible a plantearnos. Hemos hablado muchas veces de carencia de medios, de la decrepitud de las leyes y hay que seguir reivindicando. Pero hay muchos más. Esto es un bofetón para darnos cuenta que el sistema está caduco y que, ni siquiera la digitalización tiene pies ni cabeza mientras la estructura judicial y el modo en que están concebidas las actuaciones judiciales sigan como están. Porque al final el papel no desparece, y acaban duplicándose los esfuerzos en lugar de ahorrarlos. No repetiré los absurdos en que se ha incurrido en algunos casos, pero es el mejor momento para darse cuenta y ponerle solución. Solo dejaré caer un detallito de nada: me están hablando en las notas e instrucciones de teletrabajo, pero, hasta el día en que decretaron el estado de alrama, continuábamos utilizando faxes y cuños. Verdad verdadera.

Otro futurible que nos ha atropellado es el de los plazos  y, en especial, el dichoso límite de instrucción que tantos dolores de cabeza nos ha dado. Y mucho más, porque ha sido la causa de absoluciones en procesos de corrupción y en otros muchos que nunca sabremos. ¿Qué se ganaba con ese límite? Pues aquí está, todo suspendido porque las cosas no pueden ser de otra manera. Y si se ganó algo, ahora se fue al garete. Otra cosa para pensar, reformas eficientes acompañadas de medios que les hagan juego. El papel es muy sufrido, pero no es más que eso. Y hoy lo sabemos más que nunca

En definitiva, esta vez no va a ser más que cuestión de tiempo, y de mucha paciencia. Pero aprovechemos esta lección de vida que nos dan las circunstancias, y que nos recuerda que por más que lo creamos las cosas no están bajo nuestro control absoluto. Y apliquémosla a lo que sucede en nuestro escenario, a nuestro mundo de togas y puñetas, Es hora de darse cuenta que, cuando hemos necesitado ser modernos, es cuando nos hemos dado cuenta de lo antiguos que somos, cuando hemos necesitado eficiencia hemos tropezado con la realidad de muchos trámites absurdos. Pero, como soy optimista, que sea como el refrán, que nunca es tarde si la dicha es buena. O mejor aún, el de más vale llegar tarde que rondar cien años. Porque por ahí por ahí va la cosa, siglo arriba siglo abajo.

Que no se diga que un bicho verde acabó con nosotros. Pero que nos sirva de lección. No estábamos preparados.

Así que hoy vuelvo a dedicar el aplauso a quienes, en guardias y otros servicios imprescindibles, están ahí dando el callo y arriesgando por prestar esos servicios.Vuelvo a pedir que se cuiden, que no puede faltarnos nadie a la vuelta.

Y ovación extra una vez más a @madebycarol por hacer más bonitas las cosas con sus ilustraciones. Gracias otra vez

Confinamiento: no desesperemos


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El cine no está hecho para claustrofóbicos. No son una ni dos, sino muchas, las películas que transcurren en una habitación, sea Una habitación con vistas o La habitación del pánico. Pero el verdadero problema no existe cuando hay libertad de movimientos, sino cuando el encierro, sea en una habitación, en una casa, en un sótano o en una buhardilla, no son voluntarios sino impuestos por las circunstancias, como ocurría en El diario de Ana Frank o El pianista. Afortunadamente, nuestras circunstancias no son tan terribles como las de ambos protagonistas ni nuestro enemigo es el ejército nazi sino un bicho microscópico contra el que todavía estamos buscando armas. Pero saldremos de esta, y veremos la luz al final de El túnel.

Recuerdo bien que, cuando estudiaba la oposición, me encontraba con frecuencia con preceptos que creía que no iba a aplicar nunca que, incluso, me parecían ridículos. ¿Rebelión y sedición? Anda ya, ¿quién iba a aplicar eso?, pensaba yo. Está visto que como jurista puedo ganarme la vida, pero como pitonisa sería un auténtico fracaso. Con la ilusión que me haría ponerme ante la bola de cristal, con un pañuelo de moneditas tintineando y un loro parlante haciéndome los coros. Pero ni en eso hubiera sido original, que ya ha habido una Señoría que me ha robado la idea, como todo el mundo pudo leer en la prensa no hace mucho.

Pues bien, otra de las cosas que pensaba que no vería nunca aplicar era lo de los estados de alarma, excepción y sitio que estudiábamos en Derecho Constitucional como uno de los supuestos de restricción de los derechos fundamentales. Y, desde luego, nunca se me hubiera venido a la cabeza que fuera por otra cosa que no fuera una guerra, el peligro de una invasión o algo parecido.

Pero, como la realidad siempre supera a la ficción, viene con sus cosas a desbaratar todo lo que pensábamos. Ya hubo otro caso de declaración del estado de alarma, el que se declaró en 2010 por la huelga de los controladores aéreos. Recuerdo cómo, ingenuas de nosotras, comentaba con mi entonces fiscal jefa, cuando coordinábamos la labor de la portavocía -que yo ejercía entonces- que estábamos ante un hecho histórico, que no volveríamos a vivir nunca. Obviamente, tampoco ella se ganaría la vida como adivina, salta a la vista.

Lo que supone el estado de alarma no lo voy a desgranar aquí, que ya han sido muchos y muy variados los comentarios, estudios y opiniones al respecto, aunque me quedo con el análisis, sentencia en mano, de mi compañera @escar_gm. Pero sí que diré algo, destinado sobre todo a quienes se empeñan en fastidiarnos la vida con sus vaticinios apocalípticos. El estado de alarma es, en realidad, un oxímoron. Lo que pretende es tomar medidas para no alarmar más de lo necesario y que no sea preciso pasar a los otros estados excepcionales previstos en nuestra norma suprema, que son los que de verdad alarman.

Pero eso sí, haré unos pequeños apuntes de lo que, a mi juicio, no se debe hacer, que hay quien, por si no fuera bastante con pasar varios días encerrados, pretende amargárnoslos. Y para cenizos ya tenemos más que de sobra, no hace falta más adhesiones al club. No hagamos caso a todos aquellos que pintan el más negro panorama con tal de ganarse unos cuantos likes con el más irresponsable ejercicio de cortavenismo posible. Tampoco lo hagamos a quienes inventan historias o dan con remedios milagrosos: ni hacer gárgaras, ni tomar agua caliente, ni ponerse un lazo rojo en el pelo o morado en salva sea la parte va a servir de nada. Si les gusta, que lo hagan, pero no lo vendan como el remedio infalible, que va a ser que no.

Tampoco deben buscarse culpables, ni mucho menos hacer bromas con algunos contagios, por mal que puedan caernos las personas contagiadas. En cuanto a culpables, tiempo habrá de investigar lo que haga falta, pero ahora es necesario arrimar el hombro y no darse de trompicones con él. Y conste que hablo de hombro virtual, que real nunca a menos de un metro, que no sea diga.

También debemos rechazar de plano toda aquella expresión que atribuya nuestros males a una determinada raza. Y que nadie piense que exagero, que de eso nada. En un primer momento, la gente se separaba de los chinos y, por extensión, de cualquier persona con rasgos orientales, como si fueran a contagiarles aunque no hubieran estado en China desde hacía años. Fue muy ilustrativo el comentario de un empresario chino con muchos años en España que decía “que la gente sepa que el virus está en China, no en los chinos”. Por desgracia, el bicho llegó a España y a Dios pongo por testigo que he oído las cosa más peregrinas Una amiga me decía que le habían rechazado de algunos sitios porque su apellido es italiano, aunque su padre ha vivido aquí desde los cinco años. Pero lo más rocambolesco fue lo de una señora en la peluquería -antes del estado de alarma, que nadie sea susceptible- que contaba muy seria su teoría de que aquello tenía que ver “con los moros” que estaban a salvo porque sus mujeres están tapadas con velo. Hilarante, si no fuera por lo que subyace, racismo puro y duro. Como el que he llegado a leer en algunos comentario referidos al pueblo gitano, que también está sufriendo un intolerable rechazo en estos días. Así que tengamos cuidado, que no se inocule el virus de la xenofobia, que ya tenemos bastante virus con el de la coronita

Y, volviendo al principio, otra de las cosas que me parecían marcianas cuando estudiaba, era la referencia a las penas de extrañamiento, confinamiento y destierro, que contemplaba el antiguo Código Penal. Y, mira por donde, aquello de confinamiento que parecía tan viejuno es, en la versión remasterizada, y combinada con el que creíamos insólito estado de alarma, lo que nos tiene en casa sin salir. Porque así ha de ser.

Así que solo me queda correr detrás de las abejas del fundo ajeno, encontrar el tesoro oculto, que se forme una isla y mute un cauce y localizar la famosa reja remetida para que ocurran todas esas cosas que pensé que nunca ocurrirían de aquello que estudiaba. Pero ahora ya no me pillan y no digo lo de esta agua no beberé, que luego todo se sabe.

Aprovechemos el encierro para estudiar aquello que siempre quisimos, para leer los libros que siempre quedaron pendientes, para conversar con nuestra familia, para reforzar los vínculos, para aprender a usar herramientas para comunicarnos desde la distancia, para desarrollar nuestros talentos ocultos y, sobre todo, para reflexionar sobre esa lección que nos da el mundo. Que no tenemos todo controlado aunque a veces hayamos pensado que sí.

Pensé que nunca diría esto, pero qué ganas de toguitaconarme otra vez para hacer esos juicios plúmbeos, esa diligencias de rutina, o esa cosas a las que acudíamos arrastrando los pies. Ahora es el momento de valorar lo que tenemos, y que no solo merece la pena nuestra labor en Toguilandia por los asuntos que dan caché. Y aprovechemos también para confirmar que el sistema procesal es una castaña pensada para otro siglo y que no aguanta ni una semana sin un presencialismo obsoleto y absurdo. Que también hay que decirlo

Solo me queda el aplauso que dedico hoy a quienes no han tenido más remedio que ir al trabajo, como servicio público que somos. Aunque nos falten guantes o mascarillas, que no nos falten las ganas. Cuídense mucho, por dios.

La ovación extra es, una vez más, para @madebycarol por su fantástica ilustración, Mil gracias de nuevo

Teletrabajo: de todo lo posible y lo imposible


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  La libertad de movimientos, o su pérdida, han sido tema de muchas películas. Unas, por supuesto, hacen referencia a reclusiones forzosas, como Cadena perpetua, pero otras, tanto o más inquietantes, aluden a situaciones en las que sus protagonistas no salen de casa por motivos diferentes a un encierro físico. La agorafobia atenazaba a los personajes de Copycat o Musarañas y otro tipo de problemas  impedían salir a los niños de Los otros. Y es que poder ir a donde una quiera está muy bien, pero hay veces en que hay que restringir esa libertad en pro de otro bien, como ocurre en caso de Epidemia

Ya dedicaba el estreno anterior al Coronavirus y su incidencia en Toguilandia, pero hay que insistir en ello, ya que la cosa es más seria de lo que parecía en un primer momento. Aunque lo más probable es que nadie supiera la verdadera trascendencia de lo que estaba empezando a pasar hasta que estuvo encima. Y, como hemos comentado en Valencia, muy grave tiene que ser para que se haya llevado por delante nuestras queridas Fallas.

Pero, como siempre hay un roto para un descosido, hay que buscar soluciones en vez de entretenerse en lamentarse. Y, una vez más, en Toguilandia lo hacemos todo tarde y mal. O, simplemente, no lo hacemos porque, como reza el dicho, lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Empezaba la cascada de reacciones con un Decreto de nuestra Fiscal General recomendando encarecidamente que los y las fiscales optáramos por el teletrabajo, dejando la presencia física para los casos absolutamente ineludibles o urgentes, como las guardias o los juicios con preso. Hasta ahí, todo impecable y tan lógico que parece no tener discusión. Pero como sabemos, en Toguilandia, la distancia más corta entre dos puntos nunca es la línea recta y las cosas nunca son tan sencillas como parecen.

Veamos si no. Lo del teletrabajo de fiscales molaría mucho si fuera posible. Y no solo hoy, sino desde hace mucho. Pero choca con la realidad hasta darse de trompicones. Y ello por varias razones que diseccionaré como si de una intervención quirúrgica se tratara, que no se diga. Con mascarilla y todo

El primer incoveniente es el reparto. ¿Cómo llegan las causas hasta la mesa del fiscal? Pues, obviamente, de manos de un funcionario que a su vez lo ha recibido de la valija que ha repartido en auxilio judicial y que ha remitido otro funcionario del juzgado. De ahí, tras el registro hecho por el funcionario o funcionaria de gestión o tramitación, nos llega y calificamos o emitimos el informe que sea, que hemos de imprimir forzosamente tras haberlo intriducido en el programa. Nuevamente lo recoge un funcionario que lo lleva al visado, y de ahí a otro funcionario que le da salida para que llegue al juzgado, donde recorre un periplo similar hasta llegar manos del juez o jueza, que resuelve -cuando no lo hace el LAJ dentro de sus competencias- O sea, que si la causa, con su papel, sus grapas y su fotocopias, se repartiera a nuestras casas para el teletrabajo, habría de tener, cuanto menos, cuatro traslados más los que correspondan una vez entren en los dominios de Sus Señorías. Y, por descontado, a un transportista expandiendo virus de un lado a otro.

Todo esto, que sería un argumento estupendo para El Club de la comerdia -estoy viendo al monologuista de turno contando los traslados- sería muy gracioso si no fuera porque no tiene ni pizca de gracia. Porque cuando pensamos que el contenido de esos papeles que van y vienen son nuestros derechos, la cosa se pone seria. Y no es para menos.

En cualquier caso, es la prueba evidente de la ineficiencia de un sistema que, inventado para el siglo XIX, revienta en el XXI por sus costuras. Como ya he dicho alguna vez, un AVE circulando por las estrechas vías de un tren de cercanías. Y así, en muchos casos, la tan cacareada digitalización  no ha sido otra cosa que duplicar el trabajo: además de hacerlo en papel y con palotes como toda la vida, se introduce en un programa informático, para que el Gran Hermano sepa lo que hacemos. Y claro, es entonces cuando hay que decir eso de que el sistema no nos sirve a nosotros, sino que somos nosotros quienes acabamos siendo esclavos del sistema. Ojala esta crisis sirva al menos para replantearnos que la digitalización es mucho más que meter datos en un archivo informático.

Pero eso no es todo. Que va. Por parte del Consejo General del Poder Judicial no han perdido la oportunidad de protagonizar su propia película en esta historia. Y no es otra que Murieron con las togas puestas, a la vista de sus múltiples y cada vez más marcianos comunicados. Ha habido un momento de la mañana del día X en que, mientras colegios, universidades, Parlamento fiestas populares -ay, mis Fallas…- y hasta cafeterías y discotecas, el Consejo General del Poder Judicial, con una terquedad que ni Paco Martínez Soria en Don Erre que Erre, insistía en que nada de dar directriz ninguna, y que cada juez podía ponderar las circunstancias y decidir la suspensión, que sería sometida al visto bueno del Consejo. No deja de llamar la atención lo prolijo de las instrucciones para cosas tan fantásticas como rellenar la estadística y lo laxo para cosas como salvar vidas, ahí es nada. Eso sí, nos explicaba como lavarnos las manitas divinamente para, con ellas bien limpitas, arriesgarnos a lo que venga por tierra, mar y aire porque, recordemos, aun no está clara la foma de contagio. Mi querida @natalia_velilla ha hecho un tuit sobre los jueces zombies que era muy ilustrativo al respecto. Porque el humor que no falte, por negro que sea.

Y, aunque por fin parecen haber entrado en razón -probablemente ayudados por los miles de tuits, los escritos de las asociaciones judiciales, de fiscales y de Lajs, de la abogacía y el propio sentido común – y han suspendo toda la actividad salvo la de urgencia. Pero, para llegar a eso, no se han privado de un periplo que causaba estupor, por no llamarlo de otro modo. Primero que no, luego que cada juez decida, después que solo en algunos sitios, para acabar diciendo que es lógico lo que se pedía. Como diría Gila, teléfono en ristre: buenas, ¿está la Justicia?, que se ponga.

Ahora llega el momento de demostrar que el teletrabajo, como los Reyes Magos, no existe. Lo malo es que no son los padres. Lo que sí existe, y ha existido siempre, es lo de llevarse trabajo a casa, algo que hemos hecho desde los tiempos del maletín al trolley. Pero eso no es lo mismo que teletrabajo, como no es igual que los escolares tengan deberes para casa que el hecho de organizar clases on line.

Así que, llegado lo inevitable. Que al menos nos sirva para comprobar que tal como se hacen las cosas, no se pude prescindir de un presencialismo de cuños y fotocopias francamente obsoleto.

Mientras tantos, no olvidemos el aplauso para todas las personas que, desde la primera línea de fuego, combaten la emergencia. Personal sanitario o de emergencias, fuerzas y cuerpos de seguridad y, en nuestro caso, todos y cada de los que sirven en estos momentos losjuzgados de guardia. Animo y gracias

 

Virus: prevención o miedo


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Todo el mundo ha visto películas o series de televisión sobre epidemias, enfermedades y contagios, un buen tema que da mucho de sí. Películas como Contagio o Ebola o series como La peste ponen en imágenes algo tan atávico como inevitable: el pánico colectivo que estas cosas suscitan, tan contagioso o más que la enfermedad misma. Tan presente en todo tipo de géneros que hasta el atormentado vampiro protagonista de la saga de Crepúsculo había fallecido, a principio de siglo, de la mal llamada gripe española, que no tenía más vinculación con nuestro país que la nacionalidad de los diarios que hablaban de ella, que ya entonces existía la manipulación de la información.

En estos días es inevitable hablar del coronavirus, o Covid19, del que lo único que podemos decir es, como Sócrates, que solo sabemos que no sabemos nada. Vivimos, eso sí, un sobresalto permanente del que cada día –y hasta cada hora- hay un nuevo capítulo, como si de un folletín por entregas se tratara. Y, como en los culebrones, el guión se va improvisando y transmitiéndolo por el pinganillo. Solo que, en este caso, en vez de los amores y desamores de Alberto Washington Fernando con Luzmila Gwendoline de la Anunciación, se trata de nuestra salud.

Como no podía ser de otra manera, el coronavirus ya ha tenido su incidencia en Toguilandia. Y lo que te rondaré, morena, que parece que esto no ha hecho más que empezar.

Hace unos días, leía que un juzgado de Madrid suspendía sus actuaciones momentáneamente por una sospecha de contagio y hace nada, aquí mismito, en la Ciudad de la Justicia de Valencia se paralizaba la puesta a disposición de detenidos porque algo hizo pensar que uno de los que había en calabozos podría tener el virus, así que se paralizó esa actividad hasta que, al cabo de cinco horas, los análisis confirmaron que se trataba de una falsa alarma. Por suerte, y de momento, claro. A modo de anécdota –o no- diré que las detenidas sí que pasaban, ya que están separados los hombres de las mujeres y no había habido contacto, que se supiera.

La historias que corrieron al respecto fueron muchas y variadas. La verdad es que ignoro por qué se disparó la alarma de que uno de los detenidos pudiera padecer a enfermedad, pero pronto empezaron los rumores de que era un listillo que pensaba que con pronunciar la palabra “coronavirus” se le iban a abrir las puertas de la libertad cual si se tratará de Alí Babá gritando Abrete Sésamo. Una vez más, claro, su gozo en un pozo.

Me acordaba yo entonces de mis tiempos de Facultad, donde cada dos por tres teníamos avisos de bomba que hacían que nos desalojaran y montaran todo el dispositivo para concluir que, también en este caso, había sido una falsa alarma. La mayoría de veces coincidían con exámenes, lo que hacía pensar que alguien no se sabía la lección y quería lograr un aplazamiento del examen por el sindicato de las prisas. Y ojo, que hasta había profesores que se empeñaban en hacer igualmente la prueba “bajo su responsabilidad”. No triunfaron porque, por más responsabilidad que asumieran, como fuera verdad, la cosa no tendría remedio.

  El propio código penal contemplaba como delito el aviso falso de bomba, aunque la reforma de 2015 cambió el precepto para ampliarlo en el sentido de abarcar cualquier falso aviso que movilice los servicios sanitarios o de emergencias. Igual es que el legislador poseía el mismo poder que Los Simpson o Astérix y Obelix para predecir el futuro, y ya sabía la que se nos vendría encima un lustro después. De nuevo, Iker Jiménez encontraría tema para su Nave del Misterio –que no del Ministerio, y menos aun Fiscal- en Toguilandia.

También me he acordado de aquel precepto del contagio intencionado de enfermedades, que parecía muy moderno en los primeros tiempos del SIDA, y que ahora está ahí como congeladito el pobre. Igual se reactiva ahora para quienes nos peguen un estornudo en plena cara o para que denuncien a cascoporro los hipocrondríacos que se crean víctimas de un complot. Tiempo al tiempo.

Todavía no han empezado a notarse algunos efectos –o no los he notado yo, al menos- que no tardarán, sean verdad o mentira. En nada podrían empezar a provocar problemas las citaciones y notificaciones, y testigos o acusados citados no llegar porque les han impedido cruzar determinada frontera o les han retenido en cualquier sitio en una cuarentena que, hasta hace poco, nos parecía propio de las novelas de Robin Cook y no de nuestra realidad diaria. Y, por supuesto, la picaresca podría entrar en acción y, aunque no estuvieran en ese caso, acogerse a ello, que hecha la ley hecha la trampa. Como las tarjetitas de los padres que llevábamos al colegio diciendo eso de “mi hija Susanita no asistió ayer porque estaba malita” y que en más de un caso se hubieran calificado como falsedad en documento si se hubieran denunciado. Hay una leyenda urbana de un niño al que pillaron cuando falleció su quinta abuela, porque los profesores le llevaban la cuenta, pero no sé cuanto hay de realidad en ello. En todo caso, seguro que en la jusrisdicción de menores han visto más de una de esas.

Pero, volviendo al coronavirus dichoso, acaban de cancelar las clases en colegios, institutos y facultades de algunos lugares, Madrid nada menos entre ellos. Así que habrá que entender que otra incidencia en Toguilandia, la de los cursos de formación inicial o continua que, como conté en su día, son algo más que turismo judicial. Y no quiero ser susceptible, pero quienes tenían alergia a aprender eso de la perspectiva de género ya tienen una excusa nueva como la cosa se alargue. Aunque igual son cosas mías y está toda la judicatura como loca esperándolos. Ojala así fuera.

Así que así seguimos, minuto-resultado, como si de un acontecimiento deportivo se tratara. Tal vez se exagere, o tal vez nos quedemos cortos, solo el tiempo lo dirá. O quizás la cosa no haya hecho más que empezar. Pero no puedo evitar acordarme de la que nos liaron con la gripe A, con la que hicieron su agosto los fabricantes de gel desinfectante, y luego no fue nada. Pero, como dice el refrán, mejor prevenir que curar. Eso sí, si hay algo seguro, es que en unos años algún miembro de la familia Alcántara se contagiará de COVid19 en el Cuéntame del futuro, que siempre les pasa todo, y que dedicarán muchos minutos en el Donde estabas entonces dedicado a este año. Y si no, al tiempo. Que voy a competir a pitonisa con Los Simpsons.

Y hasta aquí, coronavirus mediante, el estreno de hoy. El aplauso lo voy a dedicar, de una parte, a los y las profesionales que se enfrentan cada día a estas cosas y de otra, a quienes con la sensatez por bandera, evitan el pánico, sin olvidarme de quienes emplean el sentido del humor porque siempre he admirado mucho a la gente que saca chistes de cualquier cosa en un nanosegundo. Porque, aunque la cosa no sea para tomarla a broma, una broma sin mala intención nunca hizo daño a nadie.

Y, por supuesto, no me olvido de la ovación para @madebycarol, autora, una vez más, de la ilustración de este estreno

#Heroínas


trenza

 

 

La trenza

 

– Y en el pelo… ¿Qué te parece si te hago una trenza? Te quedaría divina con ese traje de novia

– No, una trenza no. Cualquier cosa menos una trenza

Fue oír esa palabra y venírseme el mundo abajo. O arriba, según se mirara.

Ella me lo decía siempre. Nunca debía entrar a su cuarto si le había visto peinada con una trenza. Y yo la obedecía como hacía siempre. Era mi hermana mayor, el modelo al que yo aspiraba. Tan guapa y tan segura siempre de sí misma que, a su lado, sentía que todo iría bien,

Nos llevábamos ocho años, casi nueve, pero ella se comportaba como la madre que nunca tuve. Murió cuando yo apenas andaba, sin que llegara nunca a saber cómo ocurrió. Era un tema tabú en casa, tan doloroso que era innombrable. Eso fue lo que me dijeron siempre.

Papá trataba de suplirla, pero, a decir de mi hermana, no lo lograba. Yo no estaba en condiciones de saberlo porque no la conocí, pero bastaba con que ella lo dijera para creerlo a pies juntillas.

Aquel día ella llevaba una trenza, nuestro código secreto `para no entrar en la habitación bajo ningún concepto. Papá, como ocurría siempre que me daba el aviso, estaba con ella. Pero yo necesitaba con urgencia algo que se quedó en el cuarto de mi hermana, y, tras mucho pensarlo, me decidí a entrar. Solo sería un momento y me marcharía sin molestar.

No llegué a tiempo. Mi hermana, peinada con una trenza apretada, yacía en el suelo mientras mi padre lloraba con un cuchillo en la mano.

No tardé mucho en entenderlo, lo justo para conseguir zafarme de él, que me bajaba las bragas, y ver la llegada de unos policías tras tirar la puerta abajo.

Ella se había decidido a denunciar los abusos a los que, casi cada día, la sometía. Esos que soportaba en silencio y de los que me protegía con una simple trenza en el pelo. Y lo hizo, según me explicaron más tarde, en el momento en que él le dijo que se había cansado de ella y empezaría conmigo.

Respiré. Los recuerdos me apretaban tanto como aquella última trenza en el cabello de mi hermana.

Hoy lleva, como siempre, su melena castaña al viento mientras, desde su silla de ruedas, me toma la mano para acompañarme como madrina el día de mi boda.

Feliz: estreno de “No me obligues”


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Cuánto gustan en el cine y la tele las comedias sobre familias que crecen y crecen… La familia y uno más, Doce fuera de casa, Con ocho basta, Sonrisas y lágrimas y hasta Ana y los siete son buena muestra de ello. Las familias crecen y los sitios se acoplan a las nuevas necesidades. Sin que falte, eso nunca, la celebración.

También en nuestro teatro la familia crece. Pero que nadie se me asuste que no lo hace con niños ni niñas reales -abstenerse de comentar, por favor- sino con nuevas criaturas, que vienen a hacer compañía a sus hermanas Mar de lija, Descontando hasta cinco, Remos de plomo, Balanza de género y Caratrista. Además no quise que las criaturas se lleven mucho tiempo, que luego no pueden salir juntas a la feria del libro, las presentaciones y esas cosas de escritores que nunca pensé que pasarían en mi vida.

Como soy muy lista, y además, como buena madre, conozco a mis hijitos literarios, estoy segura que, entre sus hermanas, con la que mejor se va a llevar es con Descontando hasta cinco, porque tienen muchas cosas en común. Ambas son novelas, tienen la misma prologuista, y han sido amadrinadas por voces señeras de la radio valenciana. Comparte además con ella y varias de sus hermanas la corrección por parte de Teloseditamos -tan fantástica que dan ganas de equivocarse- y es de la misma editorial que Remos de plomo, Talón de Aquiles. Por supuesto, como todos los hermanos, tienen cosas en común y cosas que les diferencian. Y lo que tiene en común con Balanza de género y Caratrista es a una persona muy especial, Carolina Calvo (madebycarol) que con sus lápices ya ha mejorado muchos de los estrenos de nuestro teatro.

Pero no quiero contar más, que las novelas están para leerlas, y si hacer spoiler es una faena por parte de cualquiera, hacerlo por parte de la autora es una auténtica estupidez. Como tirarse piedras a su tejado, y no están las cosas para eso. Así que me dedicaré a contar el evento de presentación, si es que consigo de una vez que se me borre de la cara esta sonrisa bobalicona que llevo instalada desde el día 28 de febrero de 2020, uno de esos días que quedaran en mi memoria como uno de los momentazos de mi vida.

   La cosa empezaba regular. El encargado del local me decía muy solícito que había decidido que, en vez de los 100 asientos que tiene de aforo la sala, él había decidido, motu proprio -y no de su propio motu como he escuchado en Toguilandia alguna vez- ampliar el número de butacas y que fueran 150. Entre en pánico. Faltaban apenas veinte minutos y solo estábamos allí la bailarina y la pianista encargadas de la perfomance, el librero y tres o cuatro personas, mientra el móvil no dejaba de vibrar con mensajes de personas que se disculpaban por no traer el cuerpo que afirmaban que su corazón estaba allí. Yo no pensaba otra cosa que no fuera que a ver si lográbamos sentar todos esos corazones y llenábamos los asientos, pero, de pronto, la cosa empezó a cambiar

Los primeros en llegar, he de decir, fueron una pareja a la que no veía desde hace mucho, mucho tiempo. Cuando me recordaron que yo fui la niña que llevó la trata en su boda, casi muero de un ataque de ternura, o de un coma diabético entre la dulzura del momento y el recuerdo del merengue, que me vuelve loca. Luego, uno tras otro, se apiñaban para que, incluso antes de la presentación, firmara el libro. Me pellizqué un par de veces para asegurarme que no estaba soñando y, como esto no es una película, las marcas de las uñas que me dejé siguen dando buena muestra de ello.

Empezamos. Cuando me dí cuenta de que había hasta gente de pie, fue el momento en que se me pintó en la cara esa sonrisa de la que hablaba al principio, la que no se me borra de la cara. Y no era para menos. Un comienzo excepcional, dulce y pausado según el tuit de un periodista presente en la sala, con un fragmento de la perfomance Mujeres en construcción a cargo de Susana y Simona, bailarina y pianista respectivamente. Y claro, con tan hermoso principio, las cosas solo podían ir bien

A Juan Magraner, cuya voz nos acompaña cada día en la Cadena Ser, no pudo más que darle las gracias. Gracias por ser mi amigo, por haber tardado menos de un nanosegundo en dejarse atracar para presentarme y gracias muy especialmente por ser un aliado constante y efectivo en la lucha por la igualdad y contra la violencia de género. La presentación que hizo aunó todos estos factores y dejó a todo el mundo, como tuiteó Fani Grande, con las ganas de escribir un libro para que él lo presentara. También he de agradecerle a Juan que representara a Ana Durán, madrina de mi anterior novela, que no pudo acompañarnos en persona.

Loreto Ochando, autora de un prólogo tan contundente que el editor decidió que formara parte de la contracubierta y de la reseña de presentación además de amiga, tampoco se le pude pedir nada más. Amistad, desparpajo, sentido del humor y lucha por la igualdad todo en uno. ¿Alguien da más?

Luego, aquí esta humilde toguitaconada, dijo lo que pudo sobre su criatura. Suerte que las madres siempre tenemos palabras para nuestro hijitos, porque sino me habría quedado sin ellas. Y es que la cosa no fue para menos. Casi me disloco la muñeca a base de firmas, casi me disloco la mandíbula a nace de sonrisas, y caso me disloco el alma a base de felicidad. Perdón por la cursilada pero, qué narices, tengo bula, que era mi día.

Y, como guinda del pastel, acabo con una referencia a esa campaña de la Generalitat por el 8 de marzo de la que he formado parte. No sé si lo merezco, pero es una ilusión enorme trrtar de acercar a la infancia referentes femeninos. Por eso acabo con esta foto que tanto me gusta, por umbralista que parezca. De nuevo me acojo a la bula de ser mi día.

Aunque no me olvido del aplauso. El que dedico a todas las personas que me acompañasteis, en persona o en espíritu- A la próxima no me dejéis sin abrazo ¿eh?

PD Aquí dejo el enlace de la editorial de No me obligues, por si alguien no lo encuentra

Y también en Amazon

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Mujeres: Matrioska


matrioska

Y, tan cerca como está el Dia de la Mujer, desde Con Mi Toga Y Mis Tacones, este relato como regalo para todas y también como invitación a la reflexión

 

Matrioska

Sabíamos que llegaría ese momento. Llevábamos toda la vida esperándolo y demorándolo también. Fuimos atravesando etapas, y a cada una decidíamos que sería a la siguiente.

De pronto nuestra hija, alumna ya de Bachillerato, reclamaba las explicaciones que habíamos ido esquivando.

-¿No hay fotos de cuando estabas embarazada de mí, mamá?

 

Creo que conocía la respuesta desde mucho antes de hacer la pregunta, pero quiso encontrar una excusa para obligarnos a darle la información que le habíamos negado aun sin pretenderlo. Todavía era tan doloroso para mí que no supe ver que pudiera serlo para ella.

Se quedó mirándonos con sus ojos azules casi transparentes fijos en nuestras caras. Saltaba a la vista que aquellos ojos celestes, su piel clara y ese pelo tan rubio que parecía blanco nada tenía que ver con mi tez cetrina, ni con la cara morena de su padre ni los ojos castaños que ambos compartíamos con su hermano. Ella era diferente, y lo sabía. De niña, presumía de ello, tragándose nuestros cuentos de que las princesas eran así, pero conforme fue creciendo supo que las princesas no existen

Tuvo bastante paciencia conmigo y con su padre. Estoy segura de que esperaba que llegara el día en que le contáramos la verdad sobre su origen, pero la obligamos a preguntarlo. Por eso, ella vio la ocasión entre las páginas de aquel viejo álbum de fotos donde su historia empezaba en un cochecito de bebé. A diferencia de su hermano, cuyo embarazo fue objeto de fotografías en todas las fases, nada del de ella. Un detalle que no le pasó desapercibido.

Lo difícil no era decirle que no era nuestra hija biológica, sino que quisiera saber más. No éramos capaces de mentirle y no sabíamos cómo encajaría la verdad, así que optamos por un silencio cómplice que no era sino una mentira Pero había llegado el momento. Nos jugábamos nada menos que la confianza de nuestra hija.

Me fui al cuarto trastero.  En un cajón, entre las primeras sabanitas con que la cubrimos, estaba la matrioska. Una figura gastada de madera a la que la niña estaba agarrada cuando nos la dieron en adopción y a la que siguió aferrada durante muchos meses. Exactamente, hasta el momento en que pronunció por vez primera la palabra “mamá” dirigida a mí.

Con los ojos empañados, agarré la muñeca y me fui a la salita, donde mi hija me esperaba con un interrogante pintado en sus ojos azul transparente. Se la enseñé, con la esperanza de que aquel trozo de madera me facilitara las cosas

-¿Te acuerdas de ella?

Se quedó mirándola. Aun conociéndola como la conocía, no sabría decir si había recordado la figura o la había borrado por completo de su memoria. Permaneció estática durante un par de minutos eternos.

-He soñado varias veces con ella, pero no sabía qué significaba..

La hora de la verdad era inevitable, como lo era que mi hija nos juzgara a su padre y a mí por ello. Temía esa sentencia como si se tratase de la del Juicio Final. En realidad, lo era.

Natalia no era nuestra hija biológica. Ni siquiera se llamaba Natalia, aunque yo la rebauticé con ese nombre porque me parecía bonito y con reminiscencias a su tierra de origen. Su madre era una prostituta rusa a la que yo conocía por mi trabajo. Había concebido una niña que no podía mantener y yo deseaba una niña que no podía concebir. Era el trueque prefecto, o eso me pareció entonces, y quise pensar que también lo era para la madre de Natalia. Lo más complicado era la parte burocrática, que solucionamos con relativa facilidad. Teníamos contactos dispuestos a hacer la vista gorda respecto a las listas de espera, y la madre estaba dispuesta a firmar lo que fuera. Le abrimos una cuenta con un capitalito como agradecimiento para compensarle las molestias….

-¿Cómo? ¿Pagasteis por mí? ¿Me comprasteis?

Mi hija dio un portazo que retumbó en mis entrañas. El juicio final se había celebrado y su padre y yo habíamos sido condenados con la más dura de las penas: su odio. O peor, su indiferencia.

Natalia permaneció varios días encerrada en su habitación junto a la matrioskaç. Comía lo que su hermano le llevaba, pero no me quería ni ver, ni tampoco a su padre.

Algo me dolía especialmente. No era capaz de perdonarme por haber pagado una cantidad a su verdadera madre, pero no parecía guardar ningún rencor a esa madre que aceptó mi dinero. Quería explicárselo, hacerme perdonar, redimirme y recuperarla, pero ella se mantenía firme en su propósito de fustigarme con el látigo de su indiferencia. Hasta que la mediación de su hermano me consiguió una conversación con ella.

La encontré en su cama, con la matrioska en la mano. Con parsimonia, abrió por la raja de la cintura una muñeca tras otra, hasta cuatro .Faltaba la última, la chiquitita, la que no tenía raja en su cintura de madera.

-Hija, entiéndeme. Era una situación desesperada

-No -mi hija sonaba tajante- Tú pudiste elegir, ella no. Tuvo que dedicarse a la prostitución porque era mujer y pobre, y no tuvo otra opción que entregarme en adopción

-¿Cómo puedes saber eso?

-Lo que me extraña es que cómo pudiste no saberlo tú

Abandoné la habitación tras mirar hipnotizada cómo mi hija volvía a meter a sus muñecas rusas una dentro de otra sin siquiera alzar la vista hacia mí.

Ella tenía toda la razón. Debí ayudar a aquella chica en lugar de aprovecharme de sus circunstancias. No debí vivir en el engaño de que había hecho un gran gesto altruista quedándome a la niña.

Pero no me resignaba a perderla para siempre. Deseaba el indulto por encima de todo, así que decidí buscar hasta encontrar la pieza que faltaba en nuestras vidas. La muñequita que debería ocupar el centro de las entrañas de la matrioska y, por supuesto, a su propietaria.

 

Seguiré buscando hasta encontrarla. Tal vez entonces consiga cerrar el círculo

Juicio: momento estrella


juicio

La vida de cualquier obra de arte es, o puede ser, más o menos larga, pero tiene su momento estrella. El estreno o la exposición marcan el límite entre el todo y la nada, y son, sin duda, la puerta de entrada al éxito. O al menos son la puerta grande, aunque hoy en día haya otras puertas laterales que se agrandan por momentos, como las redes sociales o las plataformas digitales. Pero, sea cual sea modo, lo esencial es que se muestre al mundo, que exista ese acto donde todo lo realizado hasta entonces cobre sentido. Esas cosas que podemos ver en todas las películas, que son muchas, dedicadas a artistas, como Carvaggio, Picasso, Miró o Rembrant,

Nuestro teatro también tiene su momento estrella, sin duda, que no es otro que el juicio oral en sí mismo. Algo de lo que hemos hablado en diferentes estrenos, según el tipo de procedimiento –faltas, jurado, conformidades– pero que no ha tenido su propia premiere, Y ya le tocaba, la verdad.

El juicio oral es el astro rey de la fase de enjuiciamiento, que empieza con los preparativos para su celebración, tales como citaciones, notificaciones y, sin duda, los escritos de calificación y termina con la sentencia. Esta, y no otra, es o debería ser la reina absoluta de la función de los miembros de la judicatura. Y, como he dicho más de una vez, no es que lo diga yo, es que lo dice la Constitución cuando se refiere a ellos diciendo eso de “juzgando y haciendo ejecutar los juzgado”. Así que de cosas como el Registro Civil Registro Civil  se encargan los jueces pero no tendrían por qué hacerlo si no lo dice la ley porque no forma parte de la labor jurisdiccional.

Esto, que está claro respecto del Registro Civil, lo está un poco menos respecto de la instrucción, como ya contaba en un estreno reciente porque, tras el enésimo anuncio de un gobierno de que van a llevar la instrucción los fiscales se han desatado rayos y centellas en redes sociales y fuera de ellas. Y yo que, como Santo Tomás, hasta que no lo vea no lo creeré, dejaré este tema aparcado para el momento. Ya le hemos dado bastantes vueltas, y acabaremos mareándonos.

Vayamos, pues, al juicio. Ya sé que he roto más de un mito contando que lo que se ve en las películas americanas no es lo que aquí sucede, ni nos levantamos cuando llega el juez al grito de “preside el Honorable Juez x”, ni se jura alzando la mano ni poniéndola encima de la Biblia a la pregunta de acerca de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -aquí con decir lo de la verdad una vez nos basta, no como a los  los yankis que han de decírselo tres veces- . Y, por supuesto, no llevamos peluca, aunque he oído decir a alguno que le gustaría llevarla par disimular así las entradas…y hasta las salidas. Pero va a ser que no.

En nuestro proceso penal, la forma en que se desarrolle el juicio depende de la clase de procedimiento ante el que nos hallemos aunque en esencia, los trámites son los mismos, con la excepción del jurado.

Los juicios empiezan con la lectura de los escritos de conclusiones provisionales de las partes, donde generalmente el Fiscal acusa y la defensa pide la absolución, aunque puede no ser así. Como ya he dicho otras veces, el Ministerio Fiscal defiende la legalidad así que pude darse el caso -y se da- de que esos escritos de conclusiones se formulen en sentido absolutorio y solo sustente la acusación la acusación particular y/o la popular. He de confesar que, aunque formalmente han de leerse esos escritos, más de una vez se pasa por alto, si las partes están suficientemente informadas, o se leen tan deprisa que no hay quien se entere. Pero también hay que reconocer que es un tanto absurdo que nos tengan que leer algo cuya copia tenemos delante. ¿O no?

Antes de ese momento hay un trámite que en muchos casos es un mero requisito formal pero en otros tiene mucha enjundia: las cuestiones previas. Pido perdón por la comparación pero para mí son como La habitación del pánico en que todo puede pasar y todo por sorpresa. Tan pronto  pueden pedir testigos como alegar una prescripción, una cosa juzgada o aportar varios tomos de documentación. Te mueres del susto porque sabes que Su Señoría va a tardar un nanosegundo en darte la palabra para que informes al respecto, y, como toda buena sorpresa, no se puede tener preparada, así que a veces pasamos verdaderos apuros, por más cara de seguridad y aplomo que pongamos. Es verdad que cosas como la prescripción, si los hechos sucedieron en el año de la picor, puede intuirse que va a ser traída al terreno de juego, pero otras nos dejan totalmente outside. Aunque disimulemos de maravilla. O no.

Pero retomemos. Después de leer -o no- los escritos, llega el juicio propiamente dicho, que empieza, como no puede ser de otro modo, por los testigos. Estos han de haber sido propuestos y citados en los escritos o en las cuestiones previas, en cuyo caso han de traerse puestos y ser admitidos por el Juez o jueza. Por supuesto que no cabe cualquier testigo y en cualquier momento, sino que tiene que ser alguien relacionado con lo que se juzgado y hacerse en el momento procesal oportuno. Lo cual no quiere decir otra cosa, y siento destrozar otro mito, que aquí no vale ese testigo sorpresa que llega en el último momento y que atraviesa la sala contoneándose para desesperación del abogado que creía que la cosa era pan comido. Pues no, aquí no hay pan comido que se le atragante a nadie porque todo está previsto y más que previsto. Un proceso que pude parecer más rígido y bastante menos entretenido pero que es, sin duda y por suerte, más garantista.

Tras los testigos vienen los peritos, categoría en la que entran médicos forenses que hacen la autopsia, los profesionales que analizan restos de sangre o de otros fluidos, quienes determinan si una sustancia es droga, o si el ADN es del acusado, o estudian las huellas dactilares o las balas que se han disparado, por poner un ejemplo. Y aquí, en muchos casos, sí que nos acercamos a lo que hemos visto en algunas pelis. Ver a un buen perito informar es, para los legos en su ciencia, un momento apasionante que, además, pude inclinar la balanza de la culpabilidad en uno u otro sentido.

No está de más, llegados a este punto, hacer una precisión. A testigos y peritos se les oye y, aun mejor, se les escucha. No se les audiciona, como me dijeron hoy, que me los imaginaba haciendo una audición como si aspiraran a entrar en Operación Triunfo, ni tampoco se les audita, que iríamos aviados si les tuviéramos que hacer una auditoría a cada uno. Y los audio tampoco se audicionan, se oyen, como toda la vida.

Luego la cosa baja de nivel y llega el momento de la prueba documental. Como si fuera una cantinela aprendida, en la inmensa mayoría de los casos decimos eso de “por reproducida” que no quiere decir otra cosa que se deben tener en cuenta los documentos que ya están en la causa. Lógico. Salvo que se impugnen y les den la razón. Más lógico aún.

Por último llega el trámite de informes. Hay que reconocer que el informe, donde el Ministerio Fiscal y las representaciones de cada parte exponen lo que se ha probado en el juicio, y por qué piden esta o aquella condena, son en muchos casos una letanía que sirve para poco porque  ya estaba todo el bacalao vendido. Tal vez deberíamos dar una vuelta a esto. En el Tribunal del Jurado, sin embargo, el informe es esencial puesto que, al dirigirnos a personas legas en Derecho, hemos de explicarles nuestras conclusiones en base a lo que han visto. Se sea partidario o no, hacer un juicio de jurado es un gran experiencia para cualquier jurista. La recomiendo.

Por último, señalaré un detalle que muchas veces pasa desapercibido pero que puede ser muy importante. ¿Quién mantiene el orden el la sala, si algo o alguien se sale de madre? Pues, sin duda alguna, el juez, jueza, presidente o presidenta del tribunal, encargado de una cosa que recibe un nombre horroroso, policía de las vistas, pero que en román paladino consiste en mantener el orden. Y eso tanto en el sentido procesal, impidiendo preguntas impertinentes o trato inadecuado como respecto del público que, a veces, es para darles de comer aparte, haciendo afirmaciones o negaciones con la cabeza, dándose golpes de pecho y hasta levantando una mano como si aquello fuera una tertulia televisiva donde cualquiera pudiera tomar la palabra. Y para eso está la policía de las vistas, para explicar, entre otras cosas, que un juicio se parece a Sálvame como a un huevo a una castaña. Y si no es que algo falla.

Y hasta aquí el estreno de hoy. Se cierra el telón justo en el momento de la sentencia, pero antes toca dar el aplauso. Y hoy va dirigido, obviamente, a quienes intervienen en los juicios nuestros de cada día sin perder la paciencia, el humor ni los  nervios. Ahí queda eso.

 

Monopolios: ¿de quién es la instrucción?


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   La investigación es la niña bonita del mundo de la literatura, el cine y la televisión. Pocas cosas con mayores expectativas de éxito que una buena novela negra, una saga de investigación o una serie sobre jueces y tribunales. Da igual que se trate de una encantadora ancianita como la Miss Marple de Agatha Christie o la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, de un tipo pintoresco con abrigo de capelina a cuadros y pipa como Sherlock Holmes o de unas más o menos glamurosas Angeles de Charlie en cualquiera de sus versiones. Y eso sin hablar de las parejas de investigadores en que la tensión de encontrar al asesino combina con la tensión sexual a las mil maravillas, como  Remington Steel o Luz de luna, pistoletazo de salida para Pierce Brosnan y Bruce Willis o la setentera MacMillan y esposa, con un Rock Hudson que quitaba el hipo. Aunque nada como aquella Canción triste de Hill Street cuyo mítico “tengan cuidado ahí fuera” era el santo y seña de mis primeros días como fiscal.

En nuestro teatro, lo que la gente conoce comúnmente como investigación se llama instrucción y, aunque ya tuvo su propio estreno cuando este escenario apenas daba sus primeras funciones, creo que ha llegado el momento de volver a hablar de ello, hoy que todo el mundo lo hace como si acabara de descubrir la pólvora. Pero la pólvora ya existía desde hace muchos muchos años

Lo primero que hay que destacar es, una vez más, el lenguaje. Qué manía tenemos en Toguilandia de darles vueltas a las cosas para ponerles distintos nombres y acaben liando a todo el mundo. Y, más que en quienes por aquí transitamos, el legislador, sea quien sea. Porque claro, cuando ya todo el mundo había asumido que lo que se entiende cono investigar se llama instruir y acaba en la imputación o no de una persona, nos trajeron una reforma donde la instrucción se sigue llamando igual pero la persona a la que finalmente se atribuye o no el delito se llama investigado, así que la instrucción,  si en vez de acabar con una imputación, acaba con una investigación -el imputado se llama ahora investigado- resulta que acaba donde debía empezar, o sea, investigando. Y, para rizar más el rizo, resulta que se recibe declaración en calidad de investigado a alguien para, si se acaba sobreseyendo, no investigarlo, que es como se debería decir si adoptamos la nomenclatura coherente con la incoherencia lingüística de esa reforma. Y es que, claro, cuando se mezclan la política con lo tribunales, lío habemus. Y en este cambio el motivo estaba en las líneas rojas para ocupar cargos públicos: si no se puede estar imputado, quitamos de la ley la palabra “imputado” y problema resuelto. Sin contar que la patata caliente venía a nuestro teatro. Menos mal que, digan lo que digan, entre bambalinas seguimos hablando de imputación e imputados, que así nos entendemos.

Pero hoy quería ir más allá de precisiones lingüísticas. La nueva legislatura nos ha soltado así, como quien no quiere la cosa, la primera perla jurídica de la temporada: que antes de fin de año la instrucción recaerá en los fiscales. Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros, dan ganas de decir. Aunque si luego una sigue leyendo -un ejercicio muy recomendable, por cierto- se encuentra con que lo que se dice es que estará en marcha la ley para operar el cambio. Algo que tampoco es raro, porque no había más que sacar de algún cajón del Ministerio alguno de los proyectos que al respecto se plantearon.

Puede ser que alguien piense que estoy exagerando, que ya está aquí la agonías de la toguitaconada diciendo que eso ya lo sabía ella, mira que listilla. Pues podría no decirlo, pero no me resisto a no comentar algunas cosas que he sacado del baúl de los recuerdos de Internet, cual Karina toguitaconada: he encontrado un artículo mío que habla de la instrucción al fiscal como un tema ya debatido de 2010, y otros de varios años más tarde, de 2014   y de 2016; y otro compañero me cuenta que él ya estuvo en una reunión defendiendo la instrucción del fiscal en 1996. Que no ha llovido ni nada.

Pero llueva, truene o relampaguee, siempre pasa lo mismo. Surgen un montón de voces indignadas ante la idea de que estos monigotes ignorantes que somos los fiscales vayamos a poner nuestras contaminadas zarpas en el sacrosanto tesoro de la instrucción. “No pueden darle la instrucción a los fiscales” o peor, “vade retro, Satanás, van a quitar la instrucción a los jueces”. Seguro que lo hemos leído, y menudo error de bulto alimentamos con ello ¿Por qué? Pues porque no se puede dar lo que no se tiene, y los jueces no son los dueños de la instrucción, así que no pueden dárnosla. Es más, como no les pertenece, no se la pueden quitar, aunque haya quien insista en ello, clamando eso de “mi tesoro” como si esto fuera El Señor de los bolillos. Y ojo, que muchos de los que defienden a capa y espada tal cosa no llevan instrucción desde hace mucho tiempo.

Tengamos seriedad. ¿Qué pasa si instruye la fiscalía? ¿Va a haber una Apocalipsis total? ¿Se va a juntar el mar y el cielo, como en el bolero de Los Panchos? Pues nada de eso, porque en el resto de Europa, salvo un país además de España, se hace así y aun no se ha quebrado a pedacitos, brexit aparte, claro. ¿Es que en el resto de Europa los fiscales son súper ideales de la muerte y aquí somos unos mindundis -que no mismunidis– que no sabemos dar un paso sin que nos llame el Gobierno? Pues no, pero a veces así lo creen. Yo recuerdo como cada vez que pasa algo en Francia el Fiscal da una rueda de prensa donde explica todo y aplaudimos encantados, y aquí, a poco que un -o una- fiscal salga a hacer una declaración los mismos que aplaudían entusiasmados se le echan encima hablando de filtraciones, de parcialidad y del Infierno redivivo

No nos pongamos dramáticos. O sí, pero por otras cosas. Los problemas de la instrucción son dos, y ninguno de ellos es que los fiscales no estamos preparados, que ya me gustaría ver a mí a Mc Gyver ejerciendo en las condiciones que los hacen algunos compañeros.

Por un lado, y una vez más, un problema de medios, que paso a explicar en términos sencillos. Si yo, como fiscal, tengo para auxiliarme en mi despacho de trabajo a media funcionaria -y tengo suerte- y en un juzgado de instrucción hay un juez y cuanto menos cinco funcionarios, o hacen un traspaso de personal y despachos, o las cuentas no salen. Si además tengo que recibir declaraciones con todas las personas que intervienen en ella en mi despacho -y eso que soy de las privilegiadas con despacho individual- seguro que se nos aparece el espíritu de Groucho Marx para decirnos que salgamos de su camarote de inmediato. Y dos huevos duros, por supuesto. Y así todo. Una persona y media con el espacio físico que ocupan una persona y cuarto no pueden hacer el trabajo que hoy hacen ocho o diez personas.

El  segundo problema es del mismo cariz, aunque incluso más peliagudo ¿Cómo reestructuramos las carreras judicial y fiscal para que se inviertan los términos, que hoy son más del doble que nosotros? Difícil, y más con las relaciones de amor/odio que nos caracterizan. Y eso que, en principio, en cuanto a preparación, nada lo impediría, porque es la misma oposición con el mismo aprobado. Aunque se empeñen en hacer creer que a los fiscales nos ponen un chip que nos impide movernos sin que nos lo mande el Gobierno de turno.

Sin embargo, no veo problema alguno en cómo se configura la carrera fiscal. Puesto que se hace por ley, se modifica la ley como haga falta, y listo. Vendría además de cine para modernizar este rancio estatuto orgánico de 1981, por no hablar del Reglamento, de 1969, donde ni siquiera prevé que podamos estar de baja maternal porque no había mujeres en la carrera cuando se promulgó. Ni democracia, por cierto. Así que la ocasión la pintan calva.

Y ahora, seamos realistas ¿Va a afectar en algo a la vida diaria de las personas que sea yo, o cualquiera de mis compañeros, quienes instruyan? ¿Vamos a aplicar otra ley, otra Constitución? Pues no, trabajaremos en las trincheras como hacemos cada día, ajenos a lo que se rumia en despachos ministeriales donde hace mucho que no pisan un juzgado y seguiremos adelante sin otro objetivo que dar el mejor servicio a la ciudadanía, que no es poca cosa.

Y si alguien tiene alguna duda, que mire el ejemplo de la jurisdicción de Menores, donde desde hace mucho tiempo es el fiscal quien instruye y no solo no se ha acabado el mundo sino que dan un ejemplo de dedicación y especialización constante.

Así que hoy el aplauso va dirigido a quienes han entendido que lo importante es hacer Justicia, y no pelearse por ella. Porque no pertenece a nadie que no sea el pueblo, a quien nos debemos. Con instrucción o sin ella. Aunque, como acabo de leer a un compañero, con esto de la instrucción me veo emulando a Jennifer López cantando eso de «¿El anillo pa cuando?»

 

 

Divertimento: más blabadurías


carcajadas

Aunque a veces se piense otra cosa, el mundo del arte se nutre de todo tipo de cosas, con mayor y menor carga de profundidad. Cuando de cine o teatro hablamos, hay quien entiende que si no se trata de obras dramáticas, donde se reflexiona mucho y se llora aun más, la cosa no tiene suficiente valor. Y olvidan que hacer reír es, muchas veces, mucho más difícil que hacer llorar, y suele ser menospreciado por añadidura. Hay que valorar mucho las comedias, y pensar que, en realidad, no son tan ligeras como pudiera parecer. Como decía Chaplin en El Gran dictador “pensamos demasiado y sentimos muy poco”, y en ocasiones, nos perdemos el sentido de las frases que juegan con el malentendido. Hoy ilustraré este estreno dedicado al Divertimento con dos de ellas: “no me acuerdo de olvidarte”, de Memento y “Nadie es perfecto” de Con faldas y a lo loco. Así que, parafraseando El imperio contraataca, riamos o no riamos, pero no lo intentemos.

No hace mucho dedicaba un estreno a las Blabladurías, dichos retorcidos hasta la hilaridad, de la mano de la familia Abadía. Me quedó mucha pluma en el tintero y prometí un bis si me lo pedían, así que, como lo prometido es deuda, ahí va un poco más de retorcimientos lingüísticos sacados de mi experiencia o de las de los autores del Pájaro de paragüero que se ha convertido en un imprescindible en mi vida. Tanto cuando me toguitacono como cuando no lo hago.

Confieso que recordé esta promesa cuando el otro día, por casualidad, leí unas impagables palabras de una política, hablando de uno de nuestros derechos fundamentales: la libertad de cátedra es la de los catedráticos. Y se quedó tan pichi Como ficha de dominó me quedé, como decía una vecina que no tenía ni idea de que el dicho venía del latín –como chupa de domine– y no tenía nada que ver con el juego de mesa rey en los casinos de los pueblos de España. Pero confieso que me encantó la respuesta que de inmediato, le dieron: pues claro que sí, y la libertad de expresión es de los expresionistas y la de circulación de los círculos. Chapeau. Lástima que esta respuesta no llegara a verla a tiempo aquella aspirante a miss que explicaba que sus escritores favoritos eran los expresionistas porque se expresaban muy bien. Como ella misma, en su misma mismidad, sin ir más lejos.

Y si de mismidades hablamos, hoy mismo, releyendo las blabaladurías, en particular la de los perros de Ubeda, recordé algo que le pasó a una amiga en el colegio. Mi amiga se apellidaba como el pueblo de Jaén pero no conocía en absoluto su orografía, visto lo visto. Y resulta que, cuando su profesora le dijo a otra compañera que contestaba con algo diferente a la que le preguntaban que no se fuera por los cerros de Úbeda, aquella contestó muy enfadada que aunque sacara muchos ceros, no estaba bien que se rieran de ella. Y tenía razón, solo que entre cerros y ceros hay algo más que una r.

Pero seguiremos hablando de estas cosas, sobre todo las que pasan en nuestro teatro, como esos escritos donde en el relato de hechos se habla de “maniatar de pies y manos”, cuando, o se ata, o se maniata y piesata, porque si no nos quedamos cortos, dicho sea A mato groso. Y ojo que hablo de escritos de acusación, y no de escrotos de acusación, como consta en algún sitio y ha dado que pensar a más de uno y de una. Se trate del Misterio Fiscal…o del de la Santísima Trindad, vaya.

Hace apenas unos días, me hablaba una compañera en el café de una señora que vino a contarle que tenía una hipoteca nobiliaria. Mi compañera, entusiasmada porque de esa seguro que salía en las páginas de blanco y negro del Hola al decidir sobre la hipoteca de la marquesa del Potet, vio sus ilusiones marchitadas al enterarse que era una simple hipoteca de un bien mueble, como más de uno habrá supuesto.

También leía en twitter hace nada sobre el derecho de tonteo y retracto, una verdadera joya jurídica que aun no ha sido objeto de tesis doctoral, pero que lo merece sin duda. Y, si no es así, que tire de la manta con todo el equipo y nos veremos a la cara -curiosa mezcla de mirarse a la cara y verse las caras que no sé como interpretar- y conste que no lo digo para adornar la píldora a nadie que no siempre se puede estar en lo más alto de la cresta de la ola. Esté la píldora adornada o hecha unos zorros.

Pero es que parece que no, pero a veces es más difícil encontrar escritos -no escrotos, repito- bien redactados que enhebrar una aguja en un pajar. Y si no, que se lo digan a aquel que nos explicaba que no se enteró con todos los detalles porque se leyó el texto así, en horizontal, y que lo hizo sin quererlo ni beberlo. Intento imaginarme al tipo tumbado tan largo cual era, en horizontal bebiéndose un texto, pero es complicado. Aunque, como todo se soluciona, que no se preocupe, que en menos  que canta un rayo el asunto está arreglado, faltaría más, a pesar de que podrían pasar horas hablando del sexo y de los ángeles. Y eso a pesar de que aquella chica no fuera su prototipo.

Y ahora ya, voy bajando el telón de este estreno, que donde hay patrón, que manden al marinero. Por supuesto, para despedirme lo haré con una frase antológica: muchas gracias y perdonad las disculpas. Que no se diga, que a bien educada no me gana nadie

Y no olvidemos el aplauso, que no puede ser para nadie más que para quienes me proporcionan estas cosas, desde redes sociales -aunque sean cuentas seudónimas– desde la vida nuestra de cada día y desde este desternillante libro de los Abadía. Y, si apetece un tris, no hay más que pedirlo, y abriremos el melón de las Blabadurías de nuevo.