Mujeres: Matrioska


matrioska

Y, tan cerca como está el Dia de la Mujer, desde Con Mi Toga Y Mis Tacones, este relato como regalo para todas y también como invitación a la reflexión

 

Matrioska

Sabíamos que llegaría ese momento. Llevábamos toda la vida esperándolo y demorándolo también. Fuimos atravesando etapas, y a cada una decidíamos que sería a la siguiente.

De pronto nuestra hija, alumna ya de Bachillerato, reclamaba las explicaciones que habíamos ido esquivando.

-¿No hay fotos de cuando estabas embarazada de mí, mamá?

 

Creo que conocía la respuesta desde mucho antes de hacer la pregunta, pero quiso encontrar una excusa para obligarnos a darle la información que le habíamos negado aun sin pretenderlo. Todavía era tan doloroso para mí que no supe ver que pudiera serlo para ella.

Se quedó mirándonos con sus ojos azules casi transparentes fijos en nuestras caras. Saltaba a la vista que aquellos ojos celestes, su piel clara y ese pelo tan rubio que parecía blanco nada tenía que ver con mi tez cetrina, ni con la cara morena de su padre ni los ojos castaños que ambos compartíamos con su hermano. Ella era diferente, y lo sabía. De niña, presumía de ello, tragándose nuestros cuentos de que las princesas eran así, pero conforme fue creciendo supo que las princesas no existen

Tuvo bastante paciencia conmigo y con su padre. Estoy segura de que esperaba que llegara el día en que le contáramos la verdad sobre su origen, pero la obligamos a preguntarlo. Por eso, ella vio la ocasión entre las páginas de aquel viejo álbum de fotos donde su historia empezaba en un cochecito de bebé. A diferencia de su hermano, cuyo embarazo fue objeto de fotografías en todas las fases, nada del de ella. Un detalle que no le pasó desapercibido.

Lo difícil no era decirle que no era nuestra hija biológica, sino que quisiera saber más. No éramos capaces de mentirle y no sabíamos cómo encajaría la verdad, así que optamos por un silencio cómplice que no era sino una mentira Pero había llegado el momento. Nos jugábamos nada menos que la confianza de nuestra hija.

Me fui al cuarto trastero.  En un cajón, entre las primeras sabanitas con que la cubrimos, estaba la matrioska. Una figura gastada de madera a la que la niña estaba agarrada cuando nos la dieron en adopción y a la que siguió aferrada durante muchos meses. Exactamente, hasta el momento en que pronunció por vez primera la palabra “mamá” dirigida a mí.

Con los ojos empañados, agarré la muñeca y me fui a la salita, donde mi hija me esperaba con un interrogante pintado en sus ojos azul transparente. Se la enseñé, con la esperanza de que aquel trozo de madera me facilitara las cosas

-¿Te acuerdas de ella?

Se quedó mirándola. Aun conociéndola como la conocía, no sabría decir si había recordado la figura o la había borrado por completo de su memoria. Permaneció estática durante un par de minutos eternos.

-He soñado varias veces con ella, pero no sabía qué significaba..

La hora de la verdad era inevitable, como lo era que mi hija nos juzgara a su padre y a mí por ello. Temía esa sentencia como si se tratase de la del Juicio Final. En realidad, lo era.

Natalia no era nuestra hija biológica. Ni siquiera se llamaba Natalia, aunque yo la rebauticé con ese nombre porque me parecía bonito y con reminiscencias a su tierra de origen. Su madre era una prostituta rusa a la que yo conocía por mi trabajo. Había concebido una niña que no podía mantener y yo deseaba una niña que no podía concebir. Era el trueque prefecto, o eso me pareció entonces, y quise pensar que también lo era para la madre de Natalia. Lo más complicado era la parte burocrática, que solucionamos con relativa facilidad. Teníamos contactos dispuestos a hacer la vista gorda respecto a las listas de espera, y la madre estaba dispuesta a firmar lo que fuera. Le abrimos una cuenta con un capitalito como agradecimiento para compensarle las molestias….

-¿Cómo? ¿Pagasteis por mí? ¿Me comprasteis?

Mi hija dio un portazo que retumbó en mis entrañas. El juicio final se había celebrado y su padre y yo habíamos sido condenados con la más dura de las penas: su odio. O peor, su indiferencia.

Natalia permaneció varios días encerrada en su habitación junto a la matrioskaç. Comía lo que su hermano le llevaba, pero no me quería ni ver, ni tampoco a su padre.

Algo me dolía especialmente. No era capaz de perdonarme por haber pagado una cantidad a su verdadera madre, pero no parecía guardar ningún rencor a esa madre que aceptó mi dinero. Quería explicárselo, hacerme perdonar, redimirme y recuperarla, pero ella se mantenía firme en su propósito de fustigarme con el látigo de su indiferencia. Hasta que la mediación de su hermano me consiguió una conversación con ella.

La encontré en su cama, con la matrioska en la mano. Con parsimonia, abrió por la raja de la cintura una muñeca tras otra, hasta cuatro .Faltaba la última, la chiquitita, la que no tenía raja en su cintura de madera.

-Hija, entiéndeme. Era una situación desesperada

-No -mi hija sonaba tajante- Tú pudiste elegir, ella no. Tuvo que dedicarse a la prostitución porque era mujer y pobre, y no tuvo otra opción que entregarme en adopción

-¿Cómo puedes saber eso?

-Lo que me extraña es que cómo pudiste no saberlo tú

Abandoné la habitación tras mirar hipnotizada cómo mi hija volvía a meter a sus muñecas rusas una dentro de otra sin siquiera alzar la vista hacia mí.

Ella tenía toda la razón. Debí ayudar a aquella chica en lugar de aprovecharme de sus circunstancias. No debí vivir en el engaño de que había hecho un gran gesto altruista quedándome a la niña.

Pero no me resignaba a perderla para siempre. Deseaba el indulto por encima de todo, así que decidí buscar hasta encontrar la pieza que faltaba en nuestras vidas. La muñequita que debería ocupar el centro de las entrañas de la matrioska y, por supuesto, a su propietaria.

 

Seguiré buscando hasta encontrarla. Tal vez entonces consiga cerrar el círculo

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