Más Reyes Magos: ahora sí que sí


Escoba

Ya lo sabemos de sobra. Año tras año, Los Reyes Magos llegan desde Oriente dispuestos a traernos regalos. Y nos lo enseña el cine, la televisión y el mundo del espectáculo en general, por más que Papá Noel le gane por goleada en el mundo de las pantallas, donde cada año Vuelve Santa Claus. Y aunque seamos adultos, da igual. Pongamos en marcha nuestra Fantasía y esperemos que esa noche mágica lo sea de verdad.

Desde el escenario de Con Mi Toga Y Mis Tacones ya les hemos enviado varias cartas. Una por año, son faltar ninguno: 2015, 2016 y 2017 Por más que confieso que ando un poco enfurruñada con ellos porque nunca traen todo lo que pedimos. Pero tal vez lo haga mal, así que voy a renovar mi carta a ver si este año sí que sí.

Esta vez he decidido no pedir mucho, a ver si por fin cae. Y, en lugar de la lista que tengo por costumbre, voy a empezar por algo inusual. Quiero una escoba. Pero no una escoba convencional. Tampoco una escoba como la de las brujas, para subirme en ella y salir volando, aunque de vez en cuando ganas no me faltan. Quiero una escoba mágica, como las de la película Fantasía, para barrer todo aquello que no me gusta. Tampoco pido tanto, digo yo.

Con mi escoba mágica barreré, en primer lugar, esa tragedia llamada violencia de género. Y barreré y barreré hasta que algún día pueda llevarme por delante los juzgados de violencia sobre la mujer por innecesarios. Y que nadie se preocupe porque me quede sin trabajo, que seguro que en Toguilandia tienen algo preparado para mí.

También barreré con todas mis fuerzas la corrupción, que tanto trabajo da a mis compis y tantos disgustos a la ciudadanía. Y también lo haré hasta hacer desaparecer la Fiscalía anticorrupción por falta de materia. Seguro que todo el mundo me lo agradecería.

Y barriendo, barriendo, me llevaría por delante todo el odio de que somos capaces los seres humanos. Y otra sección de fiscalía por delante, la de los delitos de odio. Y también su prima hermana, la de criminalidad informática, que tampoco haría falta porque con mi super escoba habría borrado del mapa no solo los delitos de odio cometidos a través de las redes sino todos los que se hacen ordenador mediante, especialmente la repugnante pornografía infantil.

Y como la escoba es mágica, nunca se le acaba la batería. Por eso también acabaría con cualquier delito de homicidio y asesinato, y de paso haría desaparecer la sección de jurado por falta de trabajo.

Por supuesto, no me olvidaría de barrer todo tipo de conductas delictivas al volante, que tantas familias destrozan, y dejaría sin trabajo a la sección de Seguridad Vial. Ni a los llamados accidentes de trabajo, que también hay que acabar con la siniestralidad laboral. Faltaría más. Eso sí, a unos y otros les dejaría un trabajo extra: preocuparse de que las condiciones en las que trabajamos sea las adecuadas, que ya sabemos como estamos

Tampoco estaría mal, ya puesta, venirme arriba y terminar con todo tipo de delitos, incluidos los leves, por más que nos proporcionen anécdotas jugosas. Ya nos haríamos con algún video de Chiquito de la Calzada para reir un rato. Y que el único pecador de la pradera fuera el que protagonizaba sus chascarrilos.

Pero como no solo de delitos viven las togas, seguiría barriendo hasta acabar con todos esos desacuerdos que pueblan los juzgados de familia y que envenenan las relaciones humanas. Solo celebrarían bodas y mutuos acuerdos.

Y en cuanto a los juzgados de los social, me cargaría de una barrida enérgica todos los conflictos y dejaría que se preocuparan solo de los derechos y del bienestar de los trabajadores y trabajadoras. Que además serían legión porque habría barrido antes el paro que agobia a tanta gente.

También, aunque no hiciera falta porque habría dejado poco trabajo, me cargaría enterito todo el sistema informático de la Justicia para partir de cero y tener uno nuevo. Y que en vez del roscón esperando conexión, tuviéramos roscón de Reyes todo el año.

Y así, como La Ratita presumida,  con sus tacones y todo, tralaralarita, limpio mi Justiciita. Hasta dejarla como los chorros del oro. Que cuando me pongo no tengo rival

Así que queridos Reyes Magos, Si me traeis todo esto no me harán falta la bola de cristal y la varita mágica que os pido todo los años. Aunque, por si acaso, hago una calificación alternativa y la incluyo en la carta. Y añadiré, por si las moscas, bolis que no sean verdes, grapas a juego con la grapadora, pósits a discreción un quitagrapas que no tenga que atar con un cordel para que no desaparezca.

Tampoco pido tanto. Y eso sí, pediré un aplauso para Sus Majestades de Oriente para animarlos. Que no se diga

Partidos: la liga de la Justicia


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¿ Cuántas veces habremos hecho la comparación entre lo que importa el fútbol y lo que importan otras cosas? Incluídos, por supuesto, el arte y la cultura, que hasta para crear un Ministerio los ponen juntos no vaya a ser que lo de la cultura pase desapercibido. Y claro está, el cine se ha hace eco. Y por eso podemos encontrar películas de los tipos más diversos que se dedican a ello, desde Evasión o victoria hasta Quiero ser como Beckham, pasando por Tres de la Cruz Roja y muchas más. Con el permiso, por descontado, del baseball, que todo el mundo ha visto esas pelis americanas donde los niños se sienten realizados cuando su padre entrena el equipo de la escuela y le saca a batear y ganan el partido y acaban llorando, incluido el chico fantasma de Campos de Sueños.

En nuestro teatro, los partidos que nos son más familiares son los partidos judiciales, que nada tienen que ver con balones y porterías. Y lo cierto es que, más allá de algún partidillo de jueces y fiscales contra abogados que ví en mis primeros tiempos toguitaconados –ignoro si en algún sitio se seguirán haciendo-, cualquier parecido con la práctica del balompié es pura coincidencia, empezando, claro está, por los sueldos de sus protagonistas.

Pero como todo lo que toca el fútbol parece tener interés, se me ocurrió que futbolizar de algún modo la Justicia haría que la gente se fijara más en ella. Y claro, si interesa más, interesara más también dotarla de medios adecuados. Porque si Cristiano Ronaldo o Messi no pueden jugar sus partidos en un patatal, nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Y menos aún teniendo en cuenta que ellos y algún que otro compañero se han visto obligados a hacernos una visita contra su voluntad.

He de confesar que la idea no es del todo mía. Me ayudaron, como tantas veces, las ocurrencias de algunos de mis compis a través de las redes sociales, que me proporcionan un buen filón. La cosa empezaba cuando una de mis compañeras se quejaba, por enésima vez y con más razón que un santo, del cúmulo de tomos y tomos de papel a pesar de la tan cacareada digitalización  Y, ni corta ni perezosa, nos mostraba las estanterías recién llegadas para apilarlo. Y no pude evitar hacer la gracia. Papel 0/ estanterías 1. Y es que eso del papel 0  da mucho juego. Lo malo es que siempre le ganamos por goleada.

La cosa no quedó ahí. Al día siguiente, otro compañero hacía su propia crónica de los juicios rápidos de la guardia como si del mismísimo Matías Prats de sus buenos tiempos se tratara. Aunque no recuerdo exactamente el resultado, la cuestión es que cantaba: alcoholemias 3/ conducciones sin carnet 2. Un marcador ajustado, la verdad. Aunque no tanto como el mío de esa misma mañana, que era: maltratos 3/ quebrantamientos de  medida cautelar 3. Por supuesto, la prórroga, al menos en mi caso, se jugó por la tarde, y esa vez ganaron los quebrantamientos, aunque hasta el último momento la cosa estaba reñida. De hecho, si no hubiera sido por el detenido que pasaron a última hora, en tiempo ya de descuento, nos hubiera tocado jugárnosla a penaltys.

Pensando esto, recuerdo que, en los principios de la Ciudad de la Justicia de Valencia, había unos bonitos paneles digitales que se suponía que irían anunciando el estado de los juicios que se celebraban en cada sala. Jamás lo vi en funcionamiento y un buen día ya no estaban, si que nadie sepa muy bien a dónde fueron a parar. Algún chistoso comentó que irían al aeropuerto de Castellón, donde hacían mucha falta dado su denso tráfico aéreo, pero seguro que solo es una leyenda urbana. La cuestión es que, planteados los juicios como si fueran partidos de fútbol, hubieran venido de lujo a modo de pantalla gigante. Hasta podríamos haber montado saraos a ver cuándo acaba este macrojuicio, con apuestas de si fulanito  va a declarar o no y en qué sentido. Oye, y puesta a venirme arriba, se podría montar hasta una porra on line a modo reality, incluso con una app diseñada al efecto, que no se diga. Y habilitar los correspondientes números de teléfono para votar a la acusación o a la defensa: si quieres condena marca el 0000, y si quieres absolución marca 0001. ¿Y por qué no votar a los intérpretes de nuestro teatro, al modo Operación Triunfo, como favoritos, para que se salven de las nominaciones? Y por supuesto, quien no cruce la pasarela, nominado para el juicio que viene.

Y sí, sé lo que más de uno y de una estará pensando.  Que se me está yendo la olla y que no se puede tratar a la justicia como si fuera un espectáculo televisivo. ¿Verdad? Pues algo que resulta tan obvio, es menos obvio de lo que parece, porque en esos juicios paralelos que tanto gustan de hacer los medios y los usuarios de las redes sociales hacen algo parecido. Poner verde, azul o amarillo a juez, fiscal, letrado, víctima o quien les venga en gana sin conocer los hechos ni el Derecho.

Pero, como quiera que unos y otros –el fútbol y los reallitys- tienen mucho más interés para el público, y lo que es peor, para quienes mandan, habría que planteárselo. Dar con una fórmula que haga llegar la trascendencia de nuestro trabajo. Y que el grito de Justicia sonara alguna vez más fuerte que el de goooooool. Que, al fin y al cabo, entre pena y penalty solo distan tres letras. Y a quien lo haga mal, pues tarjeta roja de quien corresponda, pero con moviola, ojo de halcón y todo.

Eso sí, que nadie se haga a la idea que una está dispuesta a cambiar los tacones por botas de tacos, que eso sí que no. Todo tiene un límite. Que aunque mi toguitaconada imagen no tenga montante económico como las de los astros del deporte, no tiene precio.

Y para acabar, el aplauso, hoy convertido en una ovación al grito de “campeones, oe” a quienes, a pesar de todo, juegan el partido de la justicia sin rendirse. Aunque a veces tengamos que tener más moral que el Alcoyano.

 

 

Gracias: lo bueno del año


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En estos días son frecuentes los programas de televisión, películas y saraos varios para rememorar el año que se va. Lo que queda del día es ya lo que queda del año, apenas nada. Y, aunque en cierto modo haya sido El año que vivimos peligrosamente, celebraremos las Campanadas a media noche y seguiremos caminando. Por siempre jamás.

Pero mis teclas se resistían a dejar a 2017 sin una despedida toguitaconada. Se la ha ganado, el pobre, con la de trabajo que nos hemos dado mutuamente. Y hoy, por una vez y sin que sirva de precedente, me guardaré la lengua viperina a buen recaudo hasta el año que viene y compartiré las cosas buenas que me han pasado, que son muchas. Porque sin las personas que os acercais cada martes y cada viernes a esta pantalla no sería posible. Pido disculpas anticipadas por ejercicio de umbralismo, pero es inevitable dar las gracias y no decir por qué.

El año empezó para mí de la mejor manera. Recién nacida mi criatura, Mar de Lija , empezaba a volar con alas propias hasta convertirse en #MarDeLijaPorElMundo. Después de la presentación en sociedad, ha recorrido varios espacios en Valencia, desde librerías como Bibliocafé, Bartebly, Samaruc (Algemesí) o Somnis de paper (Benetússer), ha estado en la Biblioteca de la Dona, y en ciudades y pueblos de la Comunidad como Cullera, Villar del Arzobispo –donde me regalaron un muro pintado en mi honor- o Requena, en Valencia, Callosa de Segura en Alicante o Borriol en Castellón y traspasando fronteras en Cáceres, Zaragoza y Teruel. También ha tenido su espacio en varias librerias, en la vida digital de Amazon , y esperemos que siga recorriendo el mundo como el baúl de la Piquer. Sin olivdar sus momentos solidarios, como en la Librería Aida y, ultimamente, en Junta Central Fallera con la asociación Alanna, aunando dos mundos a los que quiero tanto.

Pero no ha sido mi única criatura, aunque sí lo sea en solitario. Otro año más, he compartido antología con sus correspondientes peresentaciones con mis queridos compañeros de Valencia Escribe, que dimos a luz a nuestros Relatos con banda sonora, y mis igualmente queridos de Generación Bibliocafé, que estrenamos nuestro Cuánto pesa un libro. A estos colectivos añado un nuevo sueño nacido en 2017, el de las 30 Mujeres FascInantes en la Historia de Valencia, con la recién nacida editorial solidaria Vinatea, que ha sido todo un descubrimiento literario y humano. Ahora ya no podría vivir sin esas treinta deliciosas chaladas entre las que me incluyo -en lo de chalada, en lo de deliciosa está por ver-, con las que he recorrido Valencia con firmas y presentaciones.

Y todo esto esto dio lugar a otro sueño hecho realidad, el de las firmas y dedicatorias en la Feria del Libro. Atesoro preciosos momentos firmando Mar de Lija, 30 Mujeres, Relatos con Banda Sonora y Cuánto pesa un libro. Llegó un momento en que pensé seriamente alquilar una jaima para quedarme a vivir en las Feria. Y tan feliz.

Pero no solo de libros vive una toguitaconada que se precie. Y si de sueños se trata, este año viví uno de los que nunca pensé que se cumplirían: el de ser mantenedora de la Fallera Mayor de Valencia. Gracias a quienes hicieron posible que tuviera esta oportunidad de vivir algo inolvidable. Y, por qué no decirlo, de tratar de aportar mi granito de arena a la visibilización de las mujeres en el mundo de las fallas. Y gracias especialmente a Raquel, la que será mi fallera mayor ya para siempre.

Y el año me deparaba otra sorpresa agradable. El tremendo orgullo de ser designada candidata a magistrada del Tribunal Constitucional por las Cortes Valencianas. Confieso que, cuando me llamaron para proponérmelo, llegué a pensar que era una broma y a punto estuve de preguntar dónde estaba la cámara oculta. Pero fue un verdadero honor representar a la Comunidad Valenciana en la comparecencia ante el Senado y, de paso, abrir una rajita más el el techo de cristal con el que todavía andamos a vueltas las mujeres.

No fue mi última visita al Senado. Con apenas unos días de diferencia, regresé, esta vez para comparecer como experta y tratar de aportar mi granito de arena al pacto de estado contra las violencias machistas. Un nuevo honor para mí, sin duda.

Y tampoco me olvido de quienes quisieron contar conmigo para celebrar su aniversario, como feria Valencia por sus 100 años o Tyrius por sus 50. Ni de mis queridas Alanneras, que quisieron que fuera yo quien les entregara el merecido premio Bétera en Lilà por su lucha contra la Violencia de Género. Ni de quienes contaron conmigo para amadrinar sus libros, como Rosa Pastor, Susana R. Miguelez o Teresa Yusta, un gran orgullo. Con una mención especial para mi propio aniversario, las bodas de plata de mi promoción de fiscales, de cuya celebración guardo un recuerdo imborrable, por el reencuentro con compañeros y compañeras gracias, sobre todo, a nuestro fantástico número 1 y organizador Jorge.

Pero tampoco aquí acaban mis periplos toguitaconados. He tenido el placer enorme de ser invitada –y espero que hasta escuchada- para hablar de igualdad y violencia de género en los más diversos sitios, desde institutos u hospitales hasta Ayuntamientos o Institutos de la Mujer. Sin olvidarme de los Colegios de Abogados: Valencia, Oviedo, Bilbao, Zaragoza, León y su delegación de Ponferrada , Cáceres o el Consejo General de la Abogacía. Gracias de nuevo por contar conmigo.

Y hasta premios ha habido, que no nos falte de nada. Recibí encantada el primer premio de literatura breve de la Fundación Hugo Zárate y el premio de narrativa Vila de Mislata. Pero que nadie se crea que esto es llegar y besar el santo, que más bien se trata de echar muchos huevos en la cesta. De esos, algunos me dieron la alegría de ser finalista, como el certamen Beatriu Rivera del Ayuntamiento de Valencia –que ganó una querida amiga-, el de microrrelats per la igualtat de Alzira, el de Galería de cuentos de Valencia Escribe, y, varias veces, en el concurso mensual de la Radio en colectivo. A ver si este año cae el premio, que digo yo que quien la sigue la persigue.

Con Mi toga y Mis Tacones alcanzó las 260.000 visitas –guauuuu-, su página de facebook los 5200 seguidores y mi cuenta de twiter los 8000 followers. Gracias a quienes contribuis con ello a buscar un mundo más justo, donde seamos #CadaVezMasIguales. Y gracias también a los medios de comunicación que me han apoyado de uno u otro modo, dándome un espacio –Tribuna feminista, El Mundo, Confilegal, El Periodico de Aquí, Informavalencia, diario 16- o haciéndose eco de mis andanzas o de mis opiniones, por escrito, en radio o en imagen.

Y si alguien piensa que no he hecho otra cosa, se equivoca. La mayoría de mi tiempo sigo dedicándolo, con mi toga y mis tacones, a ejercer esa profesión que amo, la de fiscal. Y militando en la asociación a la que pertenezco, la UPF, y en Mujeres Juezas, otro de los felices descubrimientos del año. Y así pienso seguir, salvo que una editorial famosa convierta mi próximo libro en un best seller. O no.

Por último, no quiero olvidar el plano personal. Como cualquiera, tiene su parte agridulce. Perdí a un ser muy querido, mi tía Marina , aunque su sonrisa y su espíritu se quedaron conmigo. Ha habido gente que ha entrado en mi vida, o que ha permanecido y se ha afianzado en ella. Y también hay quien se aleja, aunque siempre habrá una oportunidad para reencontrarse. Y he celebrado el nacimiento del hijo de una querida amiga, que representa a todas esas personitas nuevas que pueblan nuesto mundo de esperanza.

El broche final vino al descubrir mi inclusión en la Wikipedia -paracerá tonto, pero qué subidón-. Y con la colaboración en un proyecto que me encanta, el de la Fundación Soledad Cazorla, amadrinando un décimo que os animo de nuevo a adquirir- y sí, ya sé que soy pesada, o mejor, tenaz-

Y 2018 se acerca lleno de proyectos, algunos de ellos a punto de caramelo.

Así que hoy el aplauso es para quienes lo haceis posible. Gracias por vuestra paciencia de leerme, de escucharme, o de darme un abrazo real o virtual. Nos vemos en 2018.

PD Espero no haberme olvidado de nadie. Si es así, disculpas anticipadas y hacédmelo saber. La pestaña de editar existe, como Teruel.

Gestos: más que una buena causa


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El mundo del espectáculo es muy amigo de la solidaridad. El hecho de tener en sus manos un instrumento tan bello y poderoso como el talento posibilita que se puedan montar funciones benéficas para cualquier loable fin, hacer donaciones de sus ganancias o servir de reclamo a iniciativas solidarias. Querer es poder.

Y por supuesto, en nuestra Toguilandia, en la medida de nuestras posibilidades, también podemos aportar nuestro granito de arena. Pero que nadie se me asuste. No se me ha pasado por la mente representar un juicio o hacer una disquisición acerca del tercero hipotecario, el delito imposible o la preterintencionalidad heterógenea. Ni vendría nadie ni tendría tirón. Acabáramos. Salvo que recogiéramos el dinero que la gente pagara por no aguantarlo.

Y aunque confieso que más de una vez me apetecería montar una Operación Triunfo toguitaconada o un Justipasión al estilo de los que hacen las cadenas de televisión por Navidad, temo que nuestro talento para cantar y bailar no esté a la altura. Como dijo Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, Nadie es perfecto.

Así que nuestras posibilidades de contribuir a una buena causa van por otro camino. Y hoy traigo una  útil y de la que me llena de orgullo formar parte. Se trata de la Lotería del Fondo de Becas Soledad Cazorla, para huérfanos y huérfanas de la violencia de género. Y, aunque ya hablé de ello, no esta de más recordar quién fue Soledad y cuáles son los fines de la fundación con la que ha seguido luchando contra la violencia machista más allá de su muerte.

Y, aunque solo eso ya sería razón más que sobrada para animar a comprar un decimito, o más, voy a dar alguna extra. Que, como decimos en Derecho, lo que abunda no daña. Así que os propongo un ejercicio de imaginación al estilo de Con Mi Toga y Mis Tacones.

Imaginemos, por un momento, que nos subimos en La Máquina del Tiempo y que, a los mandos del coche de Regreso al Futuro, aparecemos en 2037, por ejemplo. Y sigamos imaginando que allí se nos aparece Clarence Jr, el nieto del ángel de Qué bello es vivir que, como su cinematográfico abuelo, también necesita de una buena acción para ganar sus alas.

Como de tal palo tal astilla, Clarence jr. nos enseña cómo sería el mundo si en el 2017 no hubiéramos comprado el décimo en cuestión, no se hubieran sacado beneficios ni podido dar las becas a los hijos e hijas de esas madres asesinadas.

En ese paseo imaginario por el mundo, lo primero que nos muestra nuestro ángel sin alas es la cifra de niños y niñas que han muerto por causa del cáncer infantil, una de las primeras causas de muertes tempranas. Algo que no habría pasado si, unos años antes antes, una científica brillante  hubiera descubierto una cura definitiva para ese mal. Pero esa científica no pudo estudiar Biomedicina, porque, después de que su madre fuera asesinada por su ex pareja, no tuvo medios suficientes para cursar una carrera. Pidió una beca pero no alcanzaba los estudios universitarios y la fundación que podía ayudarla se había quedado sin fondos porque nadie compró la lotería solidaria que pusieron en marcha.

Lo siguiente que nos enseñaría Clarence Jr. Sería la hambruna que seguía asolando varias regiones de África. Una hambruna que  se habría paliado si una pareja de hermanos mellizos  geniales hubieran conseguido, valiéndose de su fama como cineastas, filmar una película cuyos beneficios fueron destinados a un programa para dar solución a este problema. Un programa que en 2037 no existía ya que los chicos no pudieron estudiar nunca cinematografía, ocupados en sobrevivir junto a sus otros hermanos tras la terrible muerte de su madre a manos de su padre, que luego se suicidó, dejándoles en una precaria situación económica.

También nos enseñaría los efectos del cambio climático, que no pudieron detenerse porque el investigador que hubiera dado con la fórmula para detener sus efectos no terminó el bachillerato. No le quedó más remedio que ponerse a trabajar para sobrevivir junto con sus hermanos, porque la pensión de orfandad que cobraban después de perder de un modo tan traumático a su madre no alcanzaba para más.

En el 2037 de Clarence, además, un terrible atentado tiñó de luto una de las más grandes ciudades de nuestro país, que podría ser cualquiera. Algo que se habría evitado si una verdadera heroína hubiera logrado desarticular la banda que la organizó. Pero claro, aquella muchacha nunca llegó a estudiar, ni a preparar una oposición, porque no tuvo en su día recursos para hacerlo. Tras la desgracia que asoló su vida cuando apenas tenía 14 años, en que su madre murió víctima de la violencia de género, tuvo que dejar los estudios y olvidar su sueño para poder sobrevivir.

Y, quizás lo peor de todo es que en el 2037 de nuestro ángel la Violencia de Género seguía siendo un problema como lo era cuando mataron a la madre de aquella niña que estaba llamada a ser la primera presidenta de Gobierno de nuestro país. Con ella, con su sensibilidad y su tremenda experiencia, se habría dado por fin con la clave para acabar con esta pandemia, y habría puesto en marcha medidas en la educación que erradicarían el machismo. Pero tampoco ella pudo estudiar por falta de recursos, así que nunca llegaría a ser presidenta.

Pero por suerte, Clarence Jr nos devuelve a nuestra época a tiempo de evitarlo. Con el simple gesto de contribuir con la compra de un décimo –o más- a la financiación de estas becas, podemos hacer que esos niños y niñas llamados a hacer mejor el mundo no frustren sus futuros. Ni los nuestros. Porque cualquiera podría ser víctima de cualquiera de estas tragedias que contribuirán a evitar. Así que, si no lo hacen por ellos y por ellas, háganlo por sí mismos.

Y, si por si ni hubiera bastantes argumentos para convencerles, ahí va uno extra. Miren a la niña del dibujo que ha hecho al efecto Lucía, mi hija -disculpas por el arrebato madrepantojil- y dejénse guiar. Para ella va el primer aplauso de este estreno.

     Otro aplauso, por supuesto, para la Fundación Soledad Cazorla y el espíritu que la guía. Mil gracias por estar ahí.

Y, como estoy generosa y son las fechas que son, ahí va un aplauso adicional. Pero eso sí, ése hay que ganárselo haciendo clic en el enlace y colaborando con esta lotería en la que todo el mundo gana. Y que nadie olvide que, si oye una campana al comprarlo, será porque Clarence JR., por fin, habrá ganado sus alas. ¿Le vamos a dejar sin ellas?

¿Cómo? Solo hacer clic aquí, que es el enlace al número que tengo el honor de amadrinar (Se puede dar a cualquier otro de los números, por supuesto, pero siempre hace ilusión que sea el de una)

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

 

#cuentosdeNavidad : SOS


 

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                Todavía no había llegado Navidad, pero ya tenía su regalo. Por fin convenció a sus padres para que le dieran el dinero suficiente para comprarse aquel último modelo de  móvil tan fantástico, y tenerlo antes que todas sus amigas. Aunque le costó que su madre claudicara, al final capituló. Y, a pesar de que sabía que tenía razón al decir que no lo necesitaba, que el suyo no tenía ni un año y funcionaba perfectamente, no cejó. Se rió de aquellas cursilerías sobre el espíritu de la Navidad y los Reyes Magos, con la ilusión y todas esas zarandajas. Ya era mayorcita y quería su regalo. Y, como siempre, lo había conseguido con dosis perfectamente equilibradas de zalamerías y mohines varios.

Lo que no sabía es que días antes, a muchos kilómetros de allí, una niña soñaba con esa misma caja en la mano. Para ella la Navidad no era otra cosa que tiempo de trabajo frenético. Horas y horas sentada colocando piezas en artefactos como aquél, mientras el patrón advertía que si en Navidad no estaba todo terminado no cobrarían. No sabía lo que era Navidad, ni lo que eran vacaciones o fiestas. Y no conocía más descanso que el momento en que podía levantarse de la silla y librarse de los calambres. Pero aún así, se consideraba afortunada.

Sin embargo a la dueña del móvil la ilusión le duró poco. Cuando vio en redes sociales a una de sus amigas con otro dispositivo igual en la mano, maldijo su mala suerte. Y no terminó de abrir la caja.

Si lo hubiera hecho en ese momento, hubiera descubierto que contenía algo más que ese lujoso dispositivo. Y tal vez, solo tal vez, se hubiera recriminado a sí misma.Pero como no lo hizo entonces, no pudo saber que la caja estaba cargada con un grito de auxilio. El que depositó dentro, en un descuido del patrón, aquella niña que, pese a todo, se consideraba afortunada, simplemente, porque las cosas podían ser todavía peores.

Ella, en cambio, creía en ese momento que no había nada peor que haberse visto desbancada, una vez más, por su amiga. Y por eso, ya sin ganas, rompió el papel que envolvía el paquete y rasgó la caja sin apenas mirarla. Y no se hubiera dado cuenta de nada si algo no hubiera caído junto a sus recién estrenadas deportivas de marca.

La niña había depositado todas sus esperanzas en ese momento. Y había fantaseado en cómo sería la recepcionaria del paquete. Imaginaba a una chica sensible que quedaría impresionada y que seguro que sabría hacer algo por su querida hermana.

Ella apenas hizo caso. No entendía cómo se les había colado semejante cosa a los fabricantes, ni qué narices hacía allí aquella foto descolorida en blanco y negro. Se disponía a quejarse a la empresa cuando se percató. En el reverso, tres letras reclamaban su atención. SOS. Debajo, unos garabatos que parecían una dirección desconocida. Aquello espoleó su curiosidad, y volvió a mirar la foto. Desde aquel papel, una niña de unos seis años con un vestido absurdo de novia parecía suplicar a la cámara mientras un hombre de más de sesenta la miraba con expresión lasciva. Y algo hizo clic dentro de ella.

La niña estaba preocupada por su hermanita. Era tan pequeña y tan frágil… Era la más linda de la casa, y sus padres no dudaron ni un instante cuando aquel hombre se prendó de ella. Y se la entregaron, pese a las súplicas de ella y sus siete hermanas. No la había vuelto a ver desde la boda, pero sabía que sus gritos de dolor se escuchaban por toda la aldea cada noche.

Aquellos ojos infantiles que le miraban desde el papel le habían quitado el sueño. Y por más que trató de apartarlos de su mente, fue inútil. No costaba nada intentarlo. Y quizás sería vista como una heroína por el mundo. Habló con un primo suyo periodista, que se emocionó con el tema y le dijo que lo dejara en sus manos. Y le entregó la foto, sintiendo una sensación extraña.

La niña ya había perdido la esperanza cuando algo la alertó. Esa noche, cuando volvía a casa del taller, había un revuelo enorme en toda la aldea. Allí mismo, junto a una camioneta cargada de maletas, se habían instalado unos periodistas con cámaras como las que ellas fabricaban. Se acercó a ellos con cuidado, y lo vio. El más alto llevaba en la mano una fotografía que enseñaba a todo el mundo. La foto de su hermanita que ella metió en la caja pidiendo socorro. Se atrevió a acercarse y tratar de explicarles como pudo. Después se fue a casa, jurando que no diría nada a nadie.

Días más tarde, en otro lugar del planeta, una joven veía la televisión sin poder dar crédito. Su primo periodista hacía la crónica de la llegada de una ONG a una lejana aldea de un remoto país para llevarse a una niña que había sido obligada a casarse a los seis años, y cuyo cuerpecito ya estaba molido de palizas.

La niña estaba, por fin, junto a su hermana. Aquellas personas también se habían hecho cargo de ella y se llevaban a ambas a un lugar seguro. Cuando subieron a la camioneta, vieron la fecha en la pantalla de los mandos del vehículo. Era 25 de diciembre. Navidad.

Lo que no sabía aquella niña es que el dispositivo en cuya caja metió aquel grito de esperanza había sido devuelto y reembolsado el dinero. La que fue su propietaria por un escaso tiempo lo había devuelto y donó su importe íntegro a la ONG que había realizado el rescate.

Lo sabría más tarde. Cuando, tras un largo viaje ambas pudieron conocerse y fundirse en un largo abrazo.

El periodista escribió un libro con aquella historia. Pero ninguna de las dos quiso ceder su imagen ni su nombre. Prefirieron guardar su cuento de Navidad para ellas solas.

Aguinaldo: mi regalo navideño


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No hay Navidad que se precie sin regalos. Pero, además de los regalos hay una costumbre muy nuestra que a mí siempre me ha gustado: el aguinaldo. Y como en nuestro teatro también hay tradición, me dejo por una vez al Santa Claus del cine, en todas sus entregas, para hacer mi particular aguinaldo navideño a quienes me alegrais la vida leyéndome cada martes y cada viernes.

 

El perro que odiaba la Navidad

                Erase una vez un perro llamado Happy. Era un peludo encantador que hacía honor a su nombre casi todo el año, porque, llegado el tiempo navideño, ganas entraban de llamarlo Angry, de lo hosco que se ponía.

                Su dueña creía saber la razón, y así se lo contaba a todo el mundo. El árbol de Navidad invadía su espacio, porque el abetito de colores se colocaba exactamente en el lugar que Happy consideraba suyo, el sitio donde se tendía habitualmente a hacer la siesta, y desde donde accedía a la terraza para que le diera el aire, o lo que fuera.

                Así que, en cuando Happy husmeaba el movimiento, y veía el brillo de bolas de colores, lucecitas y zarandajas varias, se convertía del Dr Jekyll a Mr Hyde. Sabía que aquel dichoso arbolito lleno de adornos cursis iba a robarle su sitio. Y de nada servía que conociera de sobra que era el rey de la casa, y que disponía de toda entera para ponerse donde le viniera en gana, ni tampoco que hubiera otra puerta de acceso a la terraza. Le habían desplazado por un simple abeto de plástico. O no.

                Eso era al menos lo que pensaba su dueña. Y lo que pensaba, por tanto, toda la familia, que se afanaba en consolarlo y hasta en darle versiones perrunas de galletas de jenjibre para compensarle su pérdida. Pero la verdad es que no tenían ni idea. No sé sabe muy bien si Happy no sabía hablar humano o no quería hacerlo, pero nunca se molestó en explicarles que la razón de su desasosiego era otra. Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que aceptaba encantado los mimos extra y las galletitas, que sería muy happy pero no tenía una sola lana de tonto.

                Así que Happy guardaba su secreto como guardaba algunos tesoros que nunca se encontraron, como aquel adorno de navidad de cristal que rompió y cuyos restos hizo desaparecer sin dejar huellas, o como los papeles de colores que envolvían a los Reyes Magos de chocolate que un día se zampó él solito, dejando que culparan al menor de los chicos de la casa. Aunque a Happy, en Navidad, le perdonaban todo.

                Lo que nadie sabía es que Happy era mucho más que un perro de lanas casi siempre encantador. Y todo porque un día, cuando apenas había dejado de ser un cachorrillo, se le apareció un señor gordo vestido de rojo y le dijo que le había elegido para ser el guardián del espíritu navideño. Nada más y nada menos. Y, con eso, le encomendó la tarea de permanecer atento para que todo el mundo estuviera feliz en aquella casa, que nadie olvidara acudir a una comida navideña ni dejara de hacer un regalo a quien correspondiera. Incluso, cuando se hizo algo más grande, le aumentó el encargo explicándole que debía ayudar a encontrar el regalo adecuado a cada cual. Y Happy, que era un perro obediente, se tomó la tarea tan en serio como merecía.

                Por eso, cada vez que veía que salían las primeras ramas del abeto de su caja de cartón, se ponía nervioso. Porque sabía que había llegado el tiempo de arrimar el hombro, o mejor, dicho, sus patitas. Y era por eso, precisamente, por lo que no se alejaba ni de noche ni de día de su sitio al lado del árbol. Porque no había mejor observatorio navideño que ése. Y, aunque la gente no lo crea, no era tarea fácil. No era sencillo evitar que los niños de la casa discutieran, pelearan por cualquier nadería o hicieran un estropicio. Y cuando crecieron, se hizo todavía más difícil evitar los disgustos, o convencerlos sin decir una palabra y sin que se dieran cuenta de que renunciaran a la acampada con concierto en estas fechas o de que se marcharan de viaje en esos días para no disgustar a sus dueños. Y todavía más difícil era el tema de los regalos. Había que ver qué olvidadizos eran, y cómo les costaba en ocasiones hacer que recordaran tener sus paquetes a tiempo.

                Cuando acababan las fiestas, con el deber cumplido, Happy volvía a su sitio, una vez desalojado el árbol, con la satisfacción del trabajo hecho. Esa satisfacción que confundían con el alivio porque el intruso de plástico verde había sido desahuciado de nuevo.

                Pero, aunque él no lo sabe, Happy no es un caso único. En todas las casas, en todos los sitios, el señor gordo del traje rojo, de uno u otro modo, elige a sus ayudantes para que, al menos por unos días, el mundo pueda ser mucho mejor. Pero nunca se lo cuentan a nadie.

 

Así que hoy, desde aquí, mi aplauso para todos los Happys que hacen del mundo un lugar más bonito, aunque solo sea por unos días. Y pido perdón por anticipado porque quizás haya resultado un poco cursi. Pero tal vez, solo tal vez, Happy alguna vez lleve toga y tacones.

Y añado un toguitaconado aplauso con guau guau extra para Yuri, cuya imagen –y quizás algo más- ha ilustrado este estreno

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Villancicos: togas que dan la nota


villancicos

Llegadas estas fechas, es inevitable. Por tierra, mar y aire llegan los sones de villancicos y canciones navideñas hasta taladrarnos las meninges. Algo que, por supuesto, no es ajeno al mundo del espectáculo, que aprovecha estas fechas para repetirnos las películas de siempre, con Papas Noeles por doquier y Christmas –que así llaman los americanos a los villancicos de toda la vida- a tutiplen. Tan es así que una de las películas navideñas por antonomasia, Blanca Navidad, lleva el título del villancico que es el leit motiv del filme., como ocurre también con Feliz Navidad, otra película con tema navideño.

Y nuestro teatro, claro está, no se libra. Por eso hoy quería hacer mi propia versión toguitaconada de los villancicos tradicionales. Con permiso de la tradición, claro. Pero es que esas letras bien merecen que les demos más de una vuelta.

Siempre me he preguntado qué hacía la Virgen peinándose mientras el mundo entero estaba pendiente de su parto, pero, sobre todo, dónde narices estarían las cortinas en un pesebre. Aunque eso de que los cabellos fueran de oro y el peine de plata fina, bien podría ser una alegoría de las galletas que adornan nuestras togas: plata para jueces y abogados fiscales y oro para magistrados y fiscales. Un detalle que la Virgen se acordara de nosotros mientras el resto del mundo se empeñaba en mirar cómo bebían los peces en el río, que menos mal que no conducen porque si no nos llenaban de inquilinos el juzgado de guardia. Ahora bien, eso de que después esté lavando y tendiendo en el romero, no sé, no sé, con la de juicios de faltas que nos han causado las coladas conflictivas entre vecinas. Aunque eso de que el romero florezca en pleno invierno supongo que hace perdonarlo todo, hasta la lejía que le ensucia la ropa a la de abajo.

También en los villancicos se resalta la importancia de los plazos procesales, aunque no lo creamos. Por eso nos dicen eso de que esta Noche es Nochebuena y mañana Navidad. Para que recordemos que son inhábiles y que María puede sacar la bota tranquila para emborracharnos. Que menuda manía tiene el señor anónimo en hacer beber a todo bicho viviente, sea el marido de María o los peces.

Aunque para recordarnos cómo estamos, nada mejor que eso de que en el portal de Belén han entrado los ratones. Una clara alegoría del estado de algunas sedes, que hasta a San José le roían los calzones, por más hubiera estrellas, sol y luna. Por eso María tenía que ir corriendo –y dale con hacerla trabajar- porque se estaban comiendo el chocolatillo, que espero que se refiera al de cacao y no  a algún tráfico de drogas para hacer trabajar al pobre LAJ de guardia haciendo una entrada y registro en el portal. Que aunque lo trajera una burra mientras uno se remendaba, rin rin, ya sabemos que por allí andaban tres camellos.

Pero no hay que preocuparse. Que viene la vieja con el aguinaldo y nos va a solucionar todos los problemas. A buen seguro que se refiere al ministro del ramo que, por fin, va a hacer una inversión en Justicia que nos quite todas las penurias. Eso sí, como si fuera una disposición adicional cualquiera, se cura en salud añadiendo que vienen los reyes por aquel camino, aunque estos solo tengan sopitas con vino para traer. Nunca la alegría es completa en la casa del pobre. Podrían traer, al menos, posits y bolis.

Y si alguien tiene alguna duda del entorno jurídico de los villancicos, no hay más que darse cuenta de la letra de uno de los más conocidos, Campana sobre campana. Porque, como hemos dicho otras veces, en nuestro entorno judicial lo que caracteriza a los jueces en la Sala de vistas es la campanilla, no el mazo de las películas. O alguien se imagina que el villancico fuera ·”mazo sobre mazo?”. ¿A que no?. Pues eso.

¿Y que me dicen de El Tamborilero?. Es evidente que se refería al sonido que hacen los usuarios de lexnet esperando a que se conecte. Tamborileando sobre el teclado a la espera de que el rosco se pare. Deben ser las rosquillas de que habla otra de las canciones navideñas. Con vino, eso sí, que la fijación es tremenda. Y el humilde zurrón no es otra cosa que el maletín donde se sigue llevando el papel, ese que tenía que ser 0 pero de eso, nada.

Y lo de Noche de Paz, noche de amor estoy segura que no es otra cosa que lo que cantan a coro jueces, fiscales, letrados, forenses, Lajs y funcionarios de guardia mientras cruzan los dedos para que no pase nada que turbe su togada Navidad.

Pero por si alguno se pone tiquismiquis y no quiere olvidar los formalismos y los latinajos, ahí está el Adeste fideles para poner el toque de cultura navideña. Que no nos falte de nada.

Así que ya sabemos. A colocarnos la toga de pastorcillos y pastorcillas y a ponernos en camino para adorar al Niño, a ver si este año tiene a bien darnos un poco del oro ese que le dejan cada año los Reyes Magos. Lo del incienso y la mirra que se la quede, no vaya a pensar que somos demasiado egoístas.

Por todo eso, hoy el aplauso lo daremos con la zambomba y la pandereta. Y los pampanitos verdes y las hojas de limón que no sé muy bien para que sirven pero seguro que hacen avío. Y va dedicado a todo el mundo, sin excepciones. Feliz navidad toguitaconada.

 

Alcohol: una copa de más


homer bebe

No hay fiesta que se precie que no vaya acompañada de sus copas y sus botellas de cava o champán, según donde estemos. Con ella se celebra haber obtenido el Oscar, o el Goya, o el premio que sea, y con ellas se consuela la decepción de no haberlo logrado. Parece que cualquier excusa es buena. Pero ello no implica que siempre sean buenas sus consecuencias. Que se lo digan si no a los protagonistas de Días de vino y rosas o Living las Vegas o le cuenten a la chica de Cita a ciegas los desastres que organizaba cada vez que daba un trago, por más que ésta acabara bastante mejor que aquellos.

En nuestro teatro tenemos que pasar más de un mal trago. Y que no se me malinterprete, que no se trata de que sus señorías anden por ahí con la petaca debajo de la toga, que ya se sabe eso de “si bebes, no pleitees” y que, como los polis de las películas, no se bebe estando de servicio, más allá de la copita que se toma una en las comidas de jubilaciones o despedida de compañeros y compañeras.

El consumo de alcohol ha sido y es una circunstancia considerada como eximente o atenuante desde la noche de los tiempos. Ya el Código anterior, y supongo que los que le precedieron, consideraban que la intoxicación plena por alcohol daba lugar a una exención de responsabilidad, que sería semi exención si era semiplena. También el alcoholismo tiene cabida en las circunstancias que rebajan la pena como enfermedad crónica que es. Y asimismo es cierto que el tratamiento de deshabituación tiene premio, en nuestro caso traducido en la posibilidad de remisión de la pena si se sigue el tratamiento a pies juntillas. Que, aunque a veces parece que se nos olvide, el fin de la pena es la reinserción.

Aunque en ocasiones no es fácil entender para el común de los mortales por qué esto, como ocurre con el consumo de drogas, puede dar lugar a una rebaja. Es más, hay hasta quien lo entiende como un reproche extra. Precisamente, si en algo se distingue a un delincuente bisoño del que tiene costumbre de transitar por Toguilandia, es en su reacción a la pregunta de si había consumido usted alcohol, drogas o estupefacientes. Los alevines de delincuentes suelen negarlo, aunque les huela el aliento a veinte kilómetros a la redonda o no puedan mantenerse en pie, porque creen que les perjudica. Los que tienen experiencia, piden que les vea el forense y análisis varios a ver si cae una atenuante por caridad. La experiencia es un grado.

Pero por supuesto, hay excepciones. Desde hace mucho tiempo, el hecho de conducir borracho constituye un delito contra la seguridad vial –antes contra la seguridad del tráfico- por sí mismo. Y ahí no valen prendas, ni atenuantes, ni nada de nada. Basta comprobar que la tasa que arroja el aparatito supera la permitida y ya se puede dar por acusado el angelito. Y la cosa no es para broma, que ya se saben los efectos dramáticos que puede tener un accidente, alcohol mediante.

No obstante dar a la cuestión la seriedad que merece, tampoco podemos olvidar la de jugosas anécdotas que nos regalan que estos juicios, celebrados habitualmente por el trámite de juicios rápidos en la guardia. Empezando por cómo llegan los investigados, si es que llegan. Porque más de una vez no han comparecido porque estaban durmiendo la mona, y además han dicho, literalmente, que esa era la razón de su retraso o incomparecencia. Claro está que si una se pone a pensar que cuando le citaron, después de dar un resultado en el aparatito que casi lo rompen, no estaban finos para enterarse de a dónde y a qué le estaban citando para el día siguiente. Y juro que alguna vez me planteo si cuando dan su conformidad a una pena están en condiciones de enterarse. Y de sus reacciones muchas veces compruebo que no.

Recuerdo un muchacho que, tras conformarse con varios años de privación del derecho a conducir vehículos a motor y ciclomotores, requerido para entregarlo, nos dijo que iba a traer el coche desde su casa, que se lo había dejado dentro. También recuerdo a otro que, una vez se hubo conformado a la misma pena, preguntaba si el camión lo podría coger, que eso no era un coche ni una amoto (sic). Pero lo mejor son las excusas peregrinas con que algunos nos obsequian: que si yo iba bien, pero había aterrizado un helicóptero en la autopista, que si me deslumbró un OVNI que venía de frente, que si me obligaron a beber pero yo no quería, que si tomo medicamentos o un colutorio -como si éstos subieran la tasa de alcoholemia-. Pero una de las mejores fue la de un señor que, con lengua de trapo, repetía “oiga, que yo no bebo, que soy Eusebio”, aunque en su DNI decía llamarse Heliodoro. Cuando descubrí que al decir “Eusebio” quería decir “abstemio”, casi me caigo de la silla. Aunque mantuve la compostura como pude, lo juro. Y sin necesidad de copazo alguno

Otra de las cosas curiosas venían en la diligencia de síntomas que se rellenaban en un formulario. Allí hacía referencia a cosas sencillas como el color del rostro o la deambulación, o a otras más complejas como la diplopia o el signo de Roemberg. En cuanto a los del rostro, siempre me acordaré de la cara que se me quedó en juicio cuando el acusado, del cual decía en la diligencia de síntomas que tenía el rostro pálido, resultó ser un senegalés de piel negra negrísima. También me acuerdo muchas veces de otro juicio donde, preguntado el agente de la guardia civil  qué entendía por mirada vidriosa, dijo, ni corto ni perezoso, que el individuo llevaba gafas. Y, para rizar el rizo, el que explicaba que la deambulación vacilante consistía en que el muchacho en cuestión le estaba vacilando. Y yo allí queriendo de repente que lo que se me tragara fuera la tierra bajo mi silla de acusación pública.

En cuanto a esos otros síntomas, una se lleva una pequeña decepción cuando sabe qué son. Lo de la diplopia no es otra cosa que lo de ver doble de toda la vida, algo que un imputado muy gracioso me discutía diciendo que lo que pasaba es que le habían hecho la prueba dos agentes iguales, que serían gemelos. Y eso del signo de Roemberg, aunque suena muy fino, no es otra cosa que esa prueba consistente en mantener el equilibrio a la pata coja, gracias a la cual un acusado llegó al juicio con la nariz rota del guantazo que se pegó intentándolo. Ni que decir tiene que uno y otro acabaron condenados sin paliativos. Como no podía ser de otro modo, claro.

Así que, como estamos en las fechas que estamos, el aplauso lo convertiré en brindis por quienes, desde las trincheras de la guardia o la sala de vistas, bregamos con estos temas como podemos. Eso sí, con una ovación extra para quienes, como es mi caso, habremos de vérnoslas con los efectos del alcohol en las guardias de Nochebuena, Navidad y Nochevieja. Que el Niño Jesús y Papá Noel nos traigan este año buenas guardias.

Desvirtualización: momentazos


desvirtualizar

Para un fan de cualquier estrella que se precie, el momento en que se encuentra con ella cara a cara es un verdadero momentazo, de esos que no se olvidan. Y es que poner cara y voz a alguien a quien se admira, se aprecia, o ambas cosas, siempre resulta inolvidable. Claro está, si no le pasa a una como a aquel pobre señor que perseguía a Fernán Gómez y se encontró con que, en vez de La lengua de las mariposas, tenía una lengua viperina de aquí te espero o Un día de furia de los que hacen historia.

Como en nuestro teatro, salvo en contadas excepciones, no somos estrellas –bastante tenemos con no estrellarnos cada día- es difícil que nos inunden el camerino de flores o vengan a nuestro encuentro pidiéndonos un autógrafo. Aunque, en cualquier caso, quien no se consuela es porque no quiere, porque ¿acaso no firmamos más autógrafos que cualquier artista en una premier?. Si me dieran un céntimo por cada firma que estampo, a buen seguro sería millonaria. Y confieso que a veces me entran ganas de firmar las notificaciones con un “Con cariño, para mi delincuente favorito” o “Para la jueza que más quiero” o, lo que es mejor, al modo La Faraona, para ese público que tanto me quiere y al que tanto debo. Así que, aviso a navegantes, ojo con las notificaciones que cualquier día se me ocurre. O no.

Pero aunque no tengamos fans, ni falta que nos hagan, sí tenemos nuestro propio modo de poner voz y cara a personas con las que nos hemos relacionado de uno u otro modo. Y sí, la vida te da La sorpresa, como a Pedro Navaja, unas veces agradable y otras no tanto

Un primer modo de desvirtualizar es el más clásico. ¿A quien no le ha pasado eso de ver a un detenido ante sus narices después de haber leído su nombre mil veces en los papeles?. Cuando una es fiscal, y despacha miles de asuntos en una u otra fase del proceso, acaba memorizando los nombres que se repiten, sobre todo, los de esos habituales  que parecen tener querencia por los juzgados y entran y salen como Perico por su casa hasta que la prisión se hace inevitable. Confieso que alguna vez me he quedado con las ganas de decirle eso de “qué ganas tenía de conocerlo”. Aunque he de decir que en estos casos, el placer no suele ser recíproco, así que mejor callarse. Cosas de la vida toguitaconada.

También me ha pasado con profesionales. Recuerdo haber descubierto hasta a qué sexo pertenecía una procuradora o abogada a quien solo conocía por los apellidos, precedidos de un “sr” que me hacían suponerles bigotes y corbata. Ahora, por suerte, ya son, al menos “sras” aunque la sorpresa de verles en persona no me la quita nadie. Al final, una cree que son un holograma o poco menos. Y no deja de ser gracioso cuando, después de una hora hablando con alguien, descubres que es el nombre que tantas veces has leído. Y a la recíproca. Que de un tiempo a esta parte también me pasa a mí eso de que alguien me diga “ah, pero tú eres la de la toga y los tacones”. Y algún día responderé, como en el anuncio, eso de “Oui, se moi” y, por supuesto, encantada de que así sea. Aunque no me llame Lou Lou.

Pero en los últimos tiempos, la auténtica desvirtualización es la que sucede por obra y gracia de las redes sociales . Quienes, con mejor o peor fortuna, navegamos por ellas con frecuencia, nos hemos visto en esa situación. Gente con la que acostumbras a interactuar a través de las redes, de repente, se vuelve real. Y he de decir que el balance del debe y el haber es más que bueno, excelente. Y eso que no tengo ni repajolera idea de contabilidad, que ya he dicho más veces que yo soy más fiscal de sangre, sexo y vísceras que de números.

Hoy en día, gracias a los grupos de whatsapp, quienes tenemos querencia por el activismo  tejemos estrechos lazos con personas a las que no hemos visto nunca. Tan estrechos que se forjan verdaderas amistades a través del teléfono móvil. Y, como si de un síndrome de abstinencia se tratara, surgen unas irrefrenables ganas de poner cara, voz y de dar un abrazo  a esos seres con los que el cariño traspasaba las teclas. Debo decir que mis experiencias en este sentido han sido fabulosas. La realidad ha superado a la virtualidad y los abrazos físicos han superado el cariño de los abrazos virtuales. No diré nombres, pero todos mis compinches desvirtualizados han respondido a mis expectativas, que ya venían altas. Y me han dejado siempre con ganas de más. Que habrá, seguro.

Y como a veces esta fiscalita toguitaconada se empeña en emular a Willy Fogg, mis periplos me han regalado experiencias entrañables. Personas que se han acercado a mí cuando he ido a una mesa redonda, a una charla, o a pasear mi MarDeLijaPorElMundo –perdón por el umbralismo- y me han dicho que tenían ganas de conocerme. Que, aunque una no tenga alfombra roja, le hacen sentirse Estrella por un día y hasta Más bonita que ninguna  -con permiso de Rocío Dúrcal-Mil gracias. Y recuerdo con especial cariño esas ocasiones en que mujeres que han sido víctimas de maltrato se han acercado a darme las gracias o a darme ese abrazo. No hay recompensa mejor al trabajo y a las ganas.

También me ha ocurrido al contrario. El hecho de reconocer a alguien a quien solo conocía de las redes y los medios de comunicación me ha hecho feliz por un instante. Ventajas de poder ser intérprete y público de un mismo escenario.

Así que hoy mi aplauso virtual para los seres reales que se han incorporado a mi vida para quedarse. Mil gracias de nuevo.

Cansinismo: ay…


ovejas dormidas

Más de una vez nos han repetido eso de que el que la sigue, la consigue. Eso les pasa a los aspirantes a artistas, de un casting a otro, de un concurso a otro hasta que, por fin, alguien les da su oportunidad, como le ocurría a los protagonistas de La la land o de la más antigua Fama. Pero entre ser perseverante y ser terco como una mula hay un espacio muy fino. Y más de una vez, a base de insistir, nos podemos convertir en Don Erre que erre. O hasta en La mula Francis, si me apuran

Nuestro teatro no podía ser una excepción y, aunque para llegar hay que usar grandes dosis de perseverancia, para mantenerse también, tratando de no traspasar el límite. O de verlo de otro modo, que también. Como hacía mi madre que siempre me ha dicho, cuando me pongo en modo inasequible al desaliento, que no sufra porque me llamen pesada, que en realidad lo que soy es tenaz. Y la verdad es que suena bastante mejor.

Pero el otro día una compañera utilizó un término que me encantó y decidí hacer mío. Previo permiso, por supuesto, que la propiedad intelectual ya se sabe lo que tiene. Y ese término no es otro que cansinismo. Gracias Sofía por la cesión.

Y es que el cansinismo es mucho más que la terquedad, aunque sean primos hermanos. Y que la tenacidad, su hermana buena. Recuerdo en mis primeros días de fiscal que, necesitada de un permiso de mi fiscal jefe para residir en una provincia limítrofe, se lo pedí confiada. Me dijo que no podía ser, aunque comprendía mis razones. Y yo, inasequible al desaliento que soy, le dije que iba a pedírselo todos los días hasta que lo pensara mejor. Así lo hice, y cada día permanecía sentada en su despacho media hora antes de empezar la jornada, preguntándole con una sonrisa si había cambiado de opinión. Y, tras un mes de asedio –hoy igual sería stalking, pero menos mal que entonces no estaba penado y que en todo caso estaría prescrito-, capituló. Cuentan las crónicas que fui la única fiscal que logró tal autorización en todo el tiempo de su jefatura, pero tal vez sea una leyenda urbana. ¿Tenacidad o cansinismo? No me contesten ahora. Háganlo al final de este estreno.

Hay cosas que entran sin duda en la categoría de cansinas. Desde antes incluso, del principio de la vida toguitaconada. Que se lo digan si no a quienes opositan, que seguro que están hasta más arriba de las narices de que les pregunten por los años que llevan estudiando, por los temas que llevan cada vez, por las horas que estudian o por los años que tienen. Y por supuesto, eso de si no descansan nunca, que por una vez no pasa nada, que exageran y bla bla bla. Y más cansinos todavía quienes cuentan que conocen un primo de una vecina del cuñado de una amiga que aprobó en unos meses.

Y eso es solo el entrenamiento, por más que sea un entreno de alto rendimiento. Después las dosis de cansinismo vienen en tandas, y hasta a granel. Quienes nos dedicamos a ser fiscales, por ejemplo, estamos hasta el gorro de que nos digan, un día sí y otro también, lo de que recibimos órdenes del gobierno, venga o no venga a cuento. Y a Dios pongo por testigo que jamás me ha sonado Teléfono rojo alguno, aunque haya quien crea que nos dicen hasta que zapatos ponernos. Y eso sí que no. Mis tacones son sagrados.

Otro de los lugares comunes, que compartimos con la carrera hermana, es la referencia al supuesto dineral que ganamos, aunque más de uno se quedaría de pasta de boniato al conocer nuestros sueldos , sobre todo los de quienes empiezan. Y también es común a ellos y a otros funcionarios eso de que nos pegamos la vida padre, trabajando de 9 a 2, como si no hiciéramos guardias ni nos lleváramos deberes para casa.

Pero, como todo no va a ser común, también he de hablar de la hartura de  los fiscales cuando, desde la carrera hermana, o de alguna que otra prima, insisten en que somos inmortales porque no podemos pasar a mejor vida, echando mano del viejo chiste. Y, ahora más que nunca, es evidente que de eso, nada. A los hechos me remito.

Supongo que, de otra parte, los Letrados y Letradas estarán hartos de que les miremos con cara de cansancio y de oirse de sus Señorías eso de “sea breve, Letrado, que tenemos más juicios”. Como si fueran los culpables de que esta Justicia nuestra siga empeñada en estar colapsada por más que trabajemos.

Y, para tratar de no olvidarme de nadie, también me referiré a la hartura de los antiguos Secretarios –y sobre todo Secretarias- Judiciales-, hoy Lajs, de que les dijeran aquello de que eran las secretarias de los jueces. Y, aunque el cambio de denominación ha ayudado a desfacer el entuerto, todavía quedan quienes mantienen esa errónea creencia.

Pero, para cansinismo del bueno, el de tertulianos de pro, todólogos y opinadores varios, a través de medios de comunicación y redes sociales que, a base de insistir, acaban aburriendo a las ovejas. Esos que cogen un tema y lo exprimen hasta dejarlo seco, no sin antes dejar claro que hay quien tan pronto se convierte en especialista en derecho constitucional o procesal, en instrumentos internacionales y convenios varios como en la forma de redactar las sentencias o un escrito de calificación. Aunque no sepan reconocer uno ni aunque se lo pongan en la cara. Y ojo, los mejores son los discutidores. Que he visto y leído más de una vez que, ante la paciente explicación de alguien que sabe del tema, insisten en que las cosas son así porque lo ha dicho en televisión el enteradillo de turno. Y se quedan tan anchos.

Y ahora, sí pueden contestar. ¿Cansinismo o tenacidad? E ahí el dilema

Pero mientras se deciden, demos el aplauso de hoy a quienes aguantan estoicamente el chaparrón sin que mengüen ni su objetividad ni sus ganas. Que no es fácil, desde luego.