Entender las cosas en su completa literalidad ha dado más de una vez lugar a situaciones hilarantes, incluso si esa forma de entender las cosas viene de una enfermedad o trastorno como el caso de Rain man o de Forrest Gump, dos películas muy celebradas, y con razón. Y es que interpretar las cosas Al pie de la letra tiene su aquel.
Nuestro teatro es campo abonado para equívocos y malentendidos, dada nuestra afición a utilizar una argot que solo entendemos en Toguilandia, y ni siquiera todos. Hay que tener una integración absoluta en la secta toguitaconada para no haber caído nunca en un equívoco . Pero quienes realmente lo deben pasar fatal son las personas que visitan nuestro escenario y nos oyen hablar sin saber muy bien de qué va la cosa.
Hay una anécdota que contaba mi preparador y siempre me hizo gracia. No sé si es una leyenda urbana o responde a la realidad, pero contaba que en los tiempos de Maricastaña iban en un coche el fiscal jefe de la audiencia territorial (así se llamaba entonces) y el teniente fiscal cuando les paró la Guardia Civil por saltarse un semáforo. El Fiscal Jefe trató de identificarse y explicar quién era, pero le ignoraron. Pero en cuanto el copiloto dijo que era el Teniente fiscal se cuadraron al grito de “a sus órdenes mi teniente”, Y es que ellos no sabían, como no sabe mucha gente, que nuestra terminología tiene unas reminiscencias militares de lo más curioso.
Otra anécdota que me gusta contar respecto a esto es una que me sucedió a mí siendo mi hija pequeña. Le dije que no podía ir al parque porque tenía que calificar .hacer escritos de calificación o acusación, para los legos-. Mi hija me dijo muy tranquila: pues ponles un 10 a todos y vamos a jugar. Tonta de mí, que no le hice caso.
También suceden situaciones pintorescas cuando, antes de entrar en Toguilandia y siendo opositores , decimos que vamos a cantar. A todo el mundo nos han preguntado a continuación si estábamos en un coro o estudiábamos solfeo. Y bien que nos hubiera gustado entonces, que reducir la vida al tiempo que media entre cante y cante al preparador de temas era bien triste,
Estos no son, sin embargo, más que ejemplos de situaciones a las que da lugar nuestra ambigua nomenclatura. Pero qué se puede esperar, si a hacer algo tan feo como algunos juicios lo llamamos “celebrar”. Y eso no es nada, si tenemos en cuenta que los verbos “ejecutar” y “liquidar” están a la orden del día en nuestro vocabulario, y relacionados, además, con el cumplimiento de las penas. Yo confieso que he visto más de un reo palidecer al decir que había que esperar a la ejecución o a que se liquidase la condena. Y todo eso, por haber perdido el juicio. Con razón se entiende como un sinónimo en “enloquecer” en el lenguaje popular.
Por otro lado, parece que alguien tenía un especial empeño en utilizar vocablos escatológicos y entre «evacuar» el trámite y «deponer» los testigos parece un chiste marrón de los que les gustan a los niños pequeños en vez de un acto judicial. Por no hablar de eso de “excitar el celo” de Ministerio Fiscal o hacer las famosas preguntas sugestivas, que siempre se lían con las “sugerentes”
Pero ¿quién nos va a entender, si hablamos de “levantar un cadáver” y lo primero que te dicen es que no toquen nada y lo dejen como está, que ni que fuera Lázaro? Y cuando a la muerte se le llama en los partes “exitus” cuando en realidad es un “fracasus” como la copa de un pino.
¿Cómo le voy a explicar a mi madre, que me decía que señalar estaba mal, que aquí lo que está mal es no señalar? ¿Cómo le digo que pronunciar la palabra “impertinente” no es insultar sino denegar una pregunta, o que un mandamiento es un papel para ir al banco y no una orden?
Y eso no es nada, si nos ponemos con el tema de las resoluciones judiciales. Que auto no es un vehículo automóvil era lo primero que nos decía mi preparador al empezar a preparar el caso práctico –lo había entonces- y no era ninguna tontería. Lo siguiente era saber que las diligencias no eran coches de caballos, aunque a veces se anduviera con tanta lentitud como en ellos, y que la providencia no bajaba de cielo sino que se escribía por el juez.
También hay que hacer entender a la gente que estar en sala no es encontrarse tomando un café a casa de un amigo, sin duda como guardar sala no es permanecer allí como un vigilante. Pero tal vez una de las cosas que más cuesta explicar es que la gente sepa que interponer una demanda te convierte en actor, aunque jamás hayas tocado el método Stanislawsky, pero si eres mujer no eres actriz sino actora. Aunque te dediques a la albañilería, al macramé o a los bailes regionales.
Para acabar, mi expresión literal favorita en Toguilandia: firmará el juez con las partes. Ahí lo dejo.
Y, hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, para todos aquellos que, con sus malentendidos, nos hacen asomar una sonrisa, con lo caras que son en Toguilandia
El orden es importante, sin duda. Hay personas maniáticas del orden hasta el extremo de convertirse en un trastorno, como el protagonista de Mejor imposible, o hay casos en el que esa obsesión por el orden es parte del propio trastorno, como el de Rain man, pero sea como sea, da juego para el cine. Hay películas en que La cuenta atrás se hace en el propio título, como la sirena de 1.2.3 splash, y otros casos en que hay que ser el primero a toda costa, el Campeón. Aunque en ocasiones, ser El último de la fila, como el grupo icónico del pop español, tampoco está nada mal, la verdad.
En nuestro teatro el orden es importante. Tanto, que el día que ingresamos en Toguilandia tras aprobar la oposición nos metieron en una lista en la que ya nos quedamos para siempre. Por supuesto, entonces fuimos al furgón de cola y poco a poco, se supone, hemos de ir escalando puestos, porque para eso se llama escalafón. Como decía un refrán castizo, “edad, dignidad y gobierno” si bien traducido a términos toguitaconados.
En la carrera fiscal, y, por lo que sé, también en la judicial, el escalafón es la Biblia, el catálogo que determina gran parte de nuestras vidas profesionales, desde el tamaño del despacho y si este tiene ventana o no, hasta el reparto de códigos si llega alguna partida, desde los destinos hasta las vacaciones. De hecho, cuando te tocaba el despacho pequeño, oscuro y compartido, o las vacaciones que no quiere nadie, siempre algún compañero veterano te decía que aquello era buena señal porque eras joven o te espetaba un lacónico “ya cumplirás trienios”. Y, efectivamente, el inexorable paso del tiempo le dio la razón.
El escalafón se ordena, en principio, por estricta antigüedad y, a igual antigüedad -quienes pertenecen a la misma promoción- por orden de notas, siendo, obviamente, mejor situado quien tiene notas más altas. A igualdad de nota, además, rige la edad, colocándose delante quien es mayor.
Hasta aquí, todo claro, o, al menos eso parece. El escalafón es un criterio objetivo, y, por tanto, indiscutible. Pero todo tiene matices. ¿Es inamovible? ¿Es el criterio que lo rige todo o que debe regirlo? Pues esas son preguntas a las que trataré de contestar a continuación.
En cuanto a su inamovilidad, es casi fija, salvo excepciones. Se pueden obtener cargos de mucha importancia, pero eso no implica que se salte el escalafón, porque la lista ahí sigue, al menos, mientras no se cambie de categoría o se varíe de situación administrativa al entrar en excedencia voluntaria -salvo por cuidado de hijas, hijos o mayores- o servicios especiales. Pero sí que recuerdo casos de variación del escalafón en la carrera judicial cuando se permitía renunciar al ascenso a magistrado. Y otros casos en que, sin variarlo, se salta la preferencia por estricta antigüedad y se valoran cosas como el conocimiento de la lengua cooficial
Otra cuestión es el cambio de categoría. En la carrera judicial las categorías son tres: juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo -y sus equivalentes femeninos, aunque no lo diga- En la carrera fiscal se riza el rizo y nuestras categorías, asimilables a las de la judicatura son también tres, que corren paralelas a la carrera hermana: abogado fiscal, fiscal y fiscal de Sala. Las preguntas del millón son varias, y todas tan difíciles de explicar como sencillo sería de solucionar. ¿Cómo explicar a alguien ajeno que el abogado fiscal no es abogado y que los fiscales del Tribunal Supremo no son la categoría paralela a Magistrado del Tribunal Supremo sino que lo son los Fiscales de Sala? ¿Y como explicar que esos Fiscales de Sala, categoría equivalente a Magistrado del Tribunal Supremo, no necesariamente están en el Tribunal Supremo? ¿O que un fiscal decano no coincide con un juez decano? Pues es como tratar de explicar la cuadratura del círculo, con lo sencillo que sería buscar una nomenclatura sencilla y asequible.
La otra pregunta que siempre surge es ya antigua. Si el escalafón lo determina todo, dónde están el mérito y la capacidad de que habla la Constitución para acceder a los cargos de la carrera? ¿Por qué hay cargos discrecionales y otros que se resuelven por puro escalafón? Y, especialmente ¿por qué se usa el escalafón como el comodín del público para justificar unas decisiones y se ignora olímpicamente para otras idénticas?
Ahí lo dejo, sin olvidarme de apuntar que, de una parte, si se apela al escalafón estricto se desprecia cualquier esfuerzo y se puede fomentar el acomodamiento y, de otra, si se ignora totalmente a la hora de dar un cargo se corre el riesgo de valoraciones en exceso subjetivas. Como siempre, en el medio está la virtud.
Por último, no me dejaré las risas que nos echamos con cargo al último escalafón publicado -ya hay una corrección en marcha- donde había fiscales inmortales de verdad, porque se les reconocían más de 4000 años de antigüedad. Y ahí siguen, en activo, como si nada.
Hasta aquí el estreno dedicado a esa lista con la que a veces nos dan en la cabeza pero que sigue siendo imprescindible. El aplauso, para quienes consiguen llegar a ese difícil punto medio a la hora de tomar sus decisiones. En esta materia tiene un mérito extra.
Hoy desde nuestro escenario volvemos la mirada al pasado para contar un cuento, un cuento que es ficción pero podía ser realidad. Un cuento que nos acerca a recordar Tal como éramos y nos invita a disfrutar de Lo que queda del día. Un relato que espero que, además de gustar, remueva las tripas porque está escrito Desde el corazón
Ayer cumplí ocho años. No sé si era por eso, pero en el colegio nos hicieron una foto a todos. Nos colocaron detrás del mapamundi que guarda el director en sus despacho para las grandes ocasiones, y desfilamos de uno en uno delante del fotógrafo.
El pobre hombre se esforzaba en que sonriéramos, pero yo no tenía ningunas ganas y me negué a hacerlo. Estaba muy enfadada porque, aunque era mi cumpleaños, mi madre no había querido cumplir mi deseo de llevar, aunque fuera por una sola vez, mi melena suelta. Como todos los días, se había empeñado en recogerme el pelo en aquella cola de caballo que tanto odiaba. Me la apretaba tanto, que hacía que mis ojos parecieran achinados. Y yo soñaba con llevar mi larga melena rubia al viento, esa melena que gustaba a todos y que era mi mayor orgullo. Pero ni siquiera por un día especial me dio el capricho. Y tampoco pedía tanto. Porque le había suplicado también que me dejara ir con el vestido de los domingos, pero eso sí que sabía que no lo conseguiría. Mi precioso vestido rosa, con lazos y todo, se guardaba para las grandes ocasiones y de ninguna manera lo iba a usar para ir a la escuela. Por eso insistí tanto en llevar, al menos, el pelo suelto. Pero nada. Ropa de diario y cola de caballo. Como debe de ser. Y no había más que hablar. Buena era mi madre.
Para acabarlo de arreglar, me obligaron a que me hiciera el retrato con mi hermano. El iba a la clase de los mayores, y era chico, y en el colegio no nos relacionábamos. Y le hacía tan poca gracia como a mí eso de posar juntos, pero mi madre había dado la orden, y eso era lo que importaba. No iba a gastarse el dinero en dos fotografías cuando podíamos ahorranos una. Y además, según ella, estaríamos muy guapos los dos juntos. Y guapos no lo sé, pero, desde luego, enfadados estábamos un rato largo. Si ella hubiera sabido que nunca llegaría a pagar el retrato, quizás no hubiera insistido tanto y nos hubiera dejado posar como nos hubiera venido en gana. Pero nunca lo sabría.
Me toqué la cabeza. Cuando palpaba aquella pelusa escasa volvía a la realidad de un solo golpe. No quedaba ni rastro de aquella melena rubia que era mi orgullo, ni había posibilidad alguna de que mi madre volviera a hacerme aquella cola de caballo que tanto odié y que ahora añoraba…
Y es que nunca volvimos a ver a mi madre. La discusión acerca del peinado con el que iría a clase es el último recuerdo que me queda de ella. Y casi el único, con esa habilidad que tiene el tiempo de difuminar las huellas del pasado hasta dejarlas borradas casi por completo.
Aquel día, poco después de que el fotógrafo dejara nuestra escuela, alguien entró en mi aula y me llamaron urgentemente al despacho del director. Recuerdo que pensé que tendrían que repetir la fotografía, que seguro que habría salido mal. Pero nada de eso. Aquel desconocido traía consigo la noticia que partiría en dos mi vida para siempre y marcaría el rumbo de mi historia.
Había habido un terrible incendio en mi casa. No sé por qué razón, lo primero que pregunté fue por el perro. Y me contestaron que había muerto. Como habían muerto también mis padres, y el abuelo que vivía con nosotros. Y, de pronto, mi hermano y yo nos habíamos quedado solos en el mundo. Pero no fui consciente de ello hasta más tarde.
A él lo trajeron a ese mismo despacho al cabo de unos minutos. Yo ya sabía lo que había pasado, pero me dolió más al oírlo de nuevo, para que mi hermano supiera lo ocurrido. Y entonces, lloramos y nos abrazamos sin saber que sería el último abrazo de nuestra vida. Y ahí se qedó para siempre congelada la imagen de sus ojos azules casi líquidos.
Lo que pasó después lo recuerdo a retazos, como una colcha de patchwork a medio hacer que necesitara la costurera que uniera las piezas. De pronto, me vi interna en un colegio de monjas, junto a muchas otras niñas, con unas hermanas que cuidaban de nosotras pero apenas nos daban cariño. O eso al menos me parecía a mí. Solo se preocupaban de que lo hiciéramos todo con corrección, desde vestirnos aquel uniforme azul marino que llegué a aborrecer, hasta comer o lavarnos con decoro y en el horario marcado. Y mucho rezar. La oración de la mañana, el Angelus, la Misa diaria, el rosario. Y a mí aquello se me hacía muy cuesta arriba, porque en mi casa nunca habían sido de mucho rezo.
Los días pasaban uno tras otro, uno igual que otro. Hasta era yo misma quien me hacía cada mañana la apretada cola de caballo con la que me peinaba mi madre, como si con ello fuera a conseguir que ella siguiera conmigo. Pero de nada servía. Ni siquiera me llevaron nunca a ver a mi hermano, el único nexo vivo con mi vida anterior.
Muchos domingos, nos hacían salir a unas cuantas elegidas al comedor grande, el que solo usaban las monjas. Ese día nos obligaban a arreglarnos y ponernos unos supuestos vestidos de fiesta que nada tenían que ver con mi vestido rosa, con lazos y todo. Y debíamos permanecer sonrientes mientras alguna pareja venía y nos pasaba revista, como si fuéramos una muñeca que hubieran de comprar. Y en esos días, me pedían que soltara mi melena rubia, que decían que era muy bonita. Pero para entonces yo ya no quería llevar el pelo suelto.
Así y todo, no tardé muchos domingos en resultar escogida, y uno de esos matrimonios me llevó a merendar con ellos. Me sacaron a la calle, y volvieron varios domingos más. Me trataban muy bien, la verdad. Tanto que, cuando me preguntaron si me gustaría quedarme con ellos para siempre, no dudé un instante en decirles que sí.
A partir de aquel día fueron mis nuevos padres, y me trataron como una verdadera hija. Como anhelaban una hija por encima de todo, yo fui el colmo de sus aspiraciones. Al principio, me portaba muy bien solo por miedo a que me devolvieran con las monjas. Pero en poco tiempo les cogí un cariño enorme, que pasó a convertirse en amor y hasta casi en devoción. Mi nueva madre me lo daba todo y yo le correspondía salvo en una cosa. Jamás le permití que me tocara el pelo, ni que me hiciera la cola de caballo con la que iba todos los días a mi nuevo colegio.
De mi vida anterior no quedó nada. Tan solo la fotografía, que me trajeron al internado a poco de ingresar allí, y que guardaba entre mis cosas como oro en paño. Desde aquel retrato en blanco y negro, me miraba mi hermano, con el que nunca volví a tener contacto. Mi hermano, del que solo recordaba aquellos ojos azules casi líquidos que apenas se veían en la fotografía. Mis nuevos padres dijeron que lo habían buscado, y que no hubo manera, pero yo nunca supo si eso era cierto. Me gustaba pensar que él también estaría con unos nuevos padres en una nueva vida, en la que iría a un nuevo colegio. Y que algún día nos encontraríamos y repetiríamos aquel abrazo que había sido el último.
Pero el tiempo fue pasando y todos fuimos fraguando nuestras nuevas vidas, y cada vez aquellos recuerdos, y aquellas promesas, quedaban un poco más lejanos. Hasta quedarse casi relegados a un rincón de la memoria que ocupa un pequeño sitio pero va perdiendo protgonismo.Sin saber que llegaría un día en que aquello volvería a ser de pronto importante. Y más que importante.
Fue en la conslta de mi médico. Allí estábamos mi madre adptiva y yo, esperando el diagnóstico como el reo espera su condena. Pero la expresión de la cara del médico nos tranqilizó. Mi enfermedad era grave, pero no incurable. Y estábamos a tiempo. Bastaría el traspalante de algún membro de la familia, que seguro que alguien sería compatible, y podríamos vencerla. Y claro está, nuestra expresión se emsombreció. El buen doctor dio por hecho que aquella mujer que se sentaba junto a mí, que me tomaba la mano como una madre, lloraba como una madre y a quien yo llamaba madre era mi madre. Y es verdad que lo era, pero no llevaba mi sangre, esa sangre que yo necesitaba y que ella no me podía dar.
Mi madre lloró mucho pensando que, además de no haberme podido peinar nunca, tampoco me podría dar lo que yo precisaba. Pero, al cabo de un rato, se tragó las lágrimas y sacó la fotografía de donde yo la tenía guardada. Y me dijo que lo encontraríamos.
Hace ya varios meses de aquello, y ni sombra de aquel hermano que un día tuve, ni de sus ojos azules casi líquidos. Y mientras, el mal se empeñaba en consumirme y los tratamientos todavía más. Mi melena pasó a mejor vida, y ahora era una pelusa rala y escasa la que cubría mi cabeza, aunque seguía sin permitirle a mi madre que me peinara, ni siquiera que me arreglara uno de los muchos pañuelos que se empeñaba en regalarme. Pero el tiempo pasaba y yo seguía en el corredor de la muerte esperando ese indulto que cada vez estaba más lejos.
Cuando ya apenas podía aguantar, entró mi madre, junto a un cura, en mi habitación. Supuese de inmediato lo que pasaba. Mi madre era my religiosa y, aunque sabía y respetaba que yo no compartiera su fe, se negaba a que yo abandonara este mundo sin que un sacerdote me diera la extremaunción. Me espantaba la idea, pero no sé si porque ya las fuerzas me habían abandonado del todo o porque le debía todas aquellas colas de caballo que jamás le dejé hacer, había decidido aceptarlo. Tampoco me haría ningún daño.
Y, cuando pensaba que la parafernalia religiosa volvería a mí como en aquellos días de internado, lo ví. Ví unos ojos líquidos de puro azules que se disolvían en un mar de lágrimas. Mi madre había conseguido, a base de tesón y ganas, localizar a mi hermano a través de la institucion religiosa donde le internaron y después de muchas indagaciones. Y allí estaba, dándome ese abrazo que teníamos pendiente y que no será el último.
Estaba muy mayor, más de los años que debía tener. La vida no le había sido fácil, pero ahí estaba, enarbolando una ajada copia de la fotografía como si de un trofeo se tratara. Ahí estaba con sus ojos azules casi líquidos y el pelo gris, recogido en una cola de caballo.
Y en ese instante supe que llegaría el momento en que yo también pudiera recoger mi cabello en un cola de caballo, pero que no lo haría. Se lo pediría a mi madre.
NOTA DE LA AUTORA: la niña y el niño de la foto son mis hermanos, esta no es su historia pero esa foto tan de la época me inspiró para contar una historia que podía pasar a a cualquiera
En tiempos como esto no es fácil encontrar a gente que lleve el optimismo a ultranza. Los tiempos que nos ha tocado vivir lo han puesto difícil no obstante lo cual siempre hay personas dispuestas a ver la botella medio llena. El problema es a veces pasarse, y arriesgarse a que le digan a una que vive en Los mundos de Yupi, un título de programa que ha pasado a la posteridad como sinónimo de ingenuidad, aunque hay quien lo emplea sin haber visto un solo capítulo. Cosas de la edad, de haber vivido en el Barrio Sésamo o con Los Chiripitifláuticos, otros hitos de nuestra infancia. Sin olvidar, por supuesto, a la rompedora y archirecordada Bola de Cristal. Así que, remedando a aquella Leticia Sabater de las primeras pesadillas, Al mediodía, alegría. O a la tarde, o a la noche, según cuando se lean estas líneas. Es lo que tiene ver El lado bueno de las cosas.
En nuestro teatro, parece difícil no dejarse abatir por las circunstancias. Retrasos, falta de medios y una pandemia con su confinamiento y sus medidas para acabarlo de arreglar son un caldo de cultivo óptimo para el pesimismo como veíamos en un reciente estreno. Y, aunque siempre hay quien pone su buena dosis de buenrollismo , se hace cuesta arriba. Yo reconozco que pertenezco a esa rara especie de personas capaces de ver el lado bueno de las cosas. Aunque confieso que en realidad no soy yo, sino una parte de mí, una de mis múltiples personalidades . Siempre tengo cerca de mi oreja a una Susi positiva dispuesta a ponerse las gafas de color rosa, o a una Taconita a la que le gusta el lado amable y sensible. Aunque se ponen a temblar cuando asoma mi lado Terminator. O lo que hay quien conoce como Fiscalita Destroyer. Cuidado con ella.
No obstante, hoy quería hablar del optimismo, de esas personas que son capaces de ver la parte buena a todo. Cuando surge el tema, siempre me viene a la cabeza algo que me pasó con mi hija pequeña, reina del optimismo. Era una de las pocas veces en que un trabajo del colegio no le había ido bien y, en vez de enfadarse, como yo esperaba, me dijo: “es una buena noticia, así todo lo que haga va a ser mejorar”. Esto es moral y lo demás son cuentos, como la de aquel equipo de fútbol, el Alcoyano, que ha quedado en la memoria colectiva porque, según cuentan, cuando perdía por muchos goles de diferencia y solo quedaba un minuto, oyó decir a su entrenador “venga, que aún podemos ganarles”.
Llevando estas premisas a Toguilandia, recuerdo a una abogada tan optimista que cuando condenaban a su cliente decía que era una gran oportunidad para poder estudiar para interponer un recurso. O a otro que, si le salía una resolución adversa, decía, como mi hija, que era una buena noticia porque a partir de ahí cualquier estimación, aunque fuera parcial, sería motivo de celebración.
Por su parte, hay que ser muy optimista para pensar que esas cosas de las que nos hablan siempre pero nunca se cumplen un día se harán realidad. Cosas como una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal , la digitalización de la Administración de Justicia o unas condiciones dignas en cuanto a medios personales y materiales.
Como en el fondo soy Susi positiva y me conformo con poco, a veces sueño con montañas de posits y de bolígrafos que no sean verdes, con grapadoras a las que no haya que poner el nombre o con poder elegir el color del fosforito con que quiero subrayar mis fotocopias y me pongo contenta. Para que luego digan.
En realidad, necesitamos mucho más que optimismo para ir adelante en muchas situaciones. Y no solo por falta de medios, sino especialmente en esas situaciones tan duras en que se nos queda enganchada en el alma la impotencia de no poder haber hecho más por esa víctima.
Pero no me pondré ceniza, que hoy tocaba hablar de optimismo. Y tenemos un capital humano digno de todas las celebraciones del mundo. Con toga y sin ella, con puñetas o sin ellas, pero con la ilusión intacta para tratar de hacer cada día Justicia con mayúsculas.
A ellos y ellas va dedicado el aplauso de hoy. Y lo mejor, que no hace falta optimismo para localizarles. Se encuentran enseguida.
No podemos negar la importancia que tiene el vestuario para juzgar la calidad de una película u obra de teatro. De ello depende en gran parte su éxito. Y no solo de eso. La ambientación, el maquillaje o la caracterización junto con el vestuario son tan importantes que tienen su reflejo en todos los grandes premios cinematográficos. Sean películas de época, de guerra, o futuristas, la vestimenta adecuada es gran parte de la fórmula del éxito. Recordemos a Ben Hur, a cualquiera de las numerosas películas sobre la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española o los trajes espaciales o de robots del futuro. Aunque, por elegir, yo me quedo con dos momentos del cine en que de la nada sale un traje maravilloso. El vestido que Escarlata O’Hara hace con las cortinas en Lo que el viento se llevó, y el que se confecciona Carmen Maura en Ay Carmela con la tela de un colchón.
En nuestro teatro la vestimenta tiene una gran importancia. Tanta que no es la primera vez que dedicamos un estreno a la misma. Ya se habló del vestuario , con la toga y las puñetas como elementos estrella, y también del maquillaje Pero quedaron algunas cosas en el tintero. Y hoy quería traerlas, con un matiz nuevo, el de vestimenta, y las aportaciones de varios compis tuiteros que valen su peso en oro.
Contaba mi compañero y amigo Javier Montero una anécdota muy divertida que, aunque parezca de hacer varios siglos, no es de hace tanto. Decía que fue a Fiscalía un fiscal con su traje de chaqueta oscuro e impoluto y una igualmente impoluta camisa blanca con una suave estampado de finas rayas verticales, y fue recibido con gesto torcido por su fiscal jefe. Tras examinar su vestimenta, le preguntó si acerca de si el fiscal iba a trabajar o a hacer deporte, como si lo de las rayas fueran el no va más del atuendo deportivo. Hablamos de la década de los 60, pero, aunque las cosas han cambiado mucho, todavía nos queda mucha caspa por limpiar. Y es que no olvidemos que el Reglamento del Ministerio Fiscal todavía es el de 1969 y, aunque muchos preceptos han devenido inaplicables por inconstitucionales y obsoletos, su lectura nos hará sonreír a más de uno y una. Sin ir más lejos, nadie se planteaba que algo tan escandaloso como una mujer irrumpiera en la carrera fiscal.
Pero hay anécdotas más actuales que también tienen su miga. Una forense a la que me une una relación muy personal suele contar que un día le llamaron la atención por ir a informar a Sala con pantalones, a pesar de que estaba de guardia y mal casa levantar un cadáver o hacer una autopsia con ir vestida de domingo. Por supuesto, explicó la circunstancia y pudo informar. Le aceptaron la justificación, pero a regañadientes.
A decir de otro compañero, cuenta la leyenda que un fiscal aparció en vaqueros y camiseta a presentarse ante el fiscal jefe. Ante la sorpresa de este, el fiscal bisoño le respondió: no te preocupes, que son de marca. Y es que hay quien desde el primer momento tiene personalidad. Por llamarlo de un modo fino.
También me cuentan casos de aquellos tiempos no tan lejanos en que nos miraban de cabo a rabo cuando íbamos a jurar el cargo. De hecho, otro compañero comenta que uno de los cuatro fiscales que iban hacerlo recibió una reprimenda del presidente de la Audiencia. La cosa, sin embargo, no tuvo más trascendencia porque con el tiempo el ínclito llegó a ser fiscal jefe. Y es que ya se sabe, renovarse o morir.
Lo que yo recuerdo, y que ya conté en su día, es que en mis primeros tiempos de fiscal me veía obligada a vestir de revisor de tren. Traje de chaqueta entre negro, azul marino y gris, con su camisa blanca –aunque me atreví, oh osadía, a que tuviera rayitas-, medias y discretos zapatos de tacón. Poco a poco fui subiendo el tono de trajes y tacones, y hasta me animé a llevar vestido o pantalones. Hoy, la verdad es que llevo hasta vaqueros para trabajar, aunque si tengo que ir a sala procuro ir orgánica. Aunque lo de “guardar sala” y volver a disfrazarme de revisora de tren no lo haya vuelto a hacer.
También cuenta una abogada que, en su día, se llevó alguna reprimenda de Su Señoría a causa de no llevar corbata con su tripa de embarazada, porque decía que “la toga y la corbata habían de llevarse con dignidad”. Como si fuera indigno el embarazo y el magistrado hubiera nacido de una coliflor. Pero, por fortuna, al menos en eso hemos avanzado. O eso espero. Y por cierto, el hijo de mi amiga hoy ya tiene edad de llevar toga, como también la tiene mi hija, aunque no sea ese el camino que ha elegido. La de la fotografía que ilustra este estreno es la única toga que llevará
Por su parte, me recuerda una letrada de la administración de Justicia que en el 2014 el Consejo de Ministros aprobó un anteproyecto de reforma de la LOPJ que establecía como obligación para los LAJ “el incumplimiento del deber de vestir y comportarse con el decoro adecuado a su función”. Insuperable hablar de “decoro” en pleno siglo XXI. Si vamos al diccionario, se define como comportamiento adecuado y respetuoso correspondiente a cada categoría y situación” algo que, la verdad, no hacía falta decirlo Como si los laj vinieran cada día en pijama o traje de baño, vaya.
No obstante dio para muchas risas, y no era para menos. Entre otras cosas porque los indecorosos –y las indecorosas, faltaría más- eran solo los LAJ. Según aquel texto, como ese decoro no afectaba a jueces y fiscales, nos podríamos permitir el lujo de ir en deshabillé bajo nuestra negra toga, y nadie nos sancionaría. Como hacía aquel inolvidable protagonista de la serie Juzgado de guardia.
La cuestión es que estas cosas, que parecen rancias y arcaicas, a veces no lo son tanto. Todavía quedan señorías que no miran demasiado bien a un letrado sin corbata o a una fiscal minifaldera. Y, por regla general, ya sabemos bien cómo hemos de vestirnos. Máxime en épocas como la presente en que el covid justifica la ausencia de toga. Hay que ponerse decorosos, que ya no hay batín negro para taparnos.
No me despediré sin aludir a un nuevo fenómeno respecto de la vestimenta causado por la pandemia, con sus secuelas de confinamiento y teletrabajo. Cuidado con lo que llevamos que, con la creencia de que solo se nos ve de cintura para arriba, nos podemos arriesgar a levantarnos y que se descubra el pastel. Así me cuenta que le pasó a una compañera, con pantalón de pijama pero impecable camisa blanca, peinado y maquillaje. Mientras hacía una videoconferencia así ataviada, la llamó su hijo y, levantándose como un resorte, olvidó que la parte inferior de su vestuario no era tan impecable. Y aun tuvo suerte. Estoy segura que en más de un caso podría ser peor.
No me queda más que el aplauso para bajar el telón de hoy. Y va dirigido, sin duda, a los compañeros fiscales, forense, letrada y laj que me han prestado sus vivencias. Mil gracias una vez más.
La vida está llena de preguntas. De hecho, preguntar es casi siempre la única manera de llegar a la verdad. Hay preguntas amables e incómodas, incisivas y laxas, buenas y malas, pero lo mejor o lo peor de las preguntas está en las respuestas. Si no se responde a La gran pregunta, siempre quedará La duda y será peor el remedio que la enfermedad. Por eso los guiones de cine están llenos de preguntas. Y a darles respuesta es a lo que debe dedicarse el público.
En nuestro teatro la pregunta es una de las herramientas esenciales. Y el interrogatorio es el medio para hacer valer esa herramienta, cuya formulación o ausencia de ella puede traer consigo una absolución o una condena. Así de simple y así de importante.
Al modo de hacer el interrogatorio, o, mejor dicho, de no hacerlo, se dedican varios preceptos de nuestra ley de enjuiciamiento criminal, cuando dice que las preguntas no deben ser capciosas ni sugestivas -ojo, no confundir con sugerentes, que más de una anécdota ha ocasionado- bajo riesgo de ser declaradas impertinentes. Y aquí encontramos una buena pista del estado de la cuestión. La ley está pensando en todo momento en salvaguardar los derechos del investigado o acusado, pero en modo alguno los de las víctimas. Porque nuestro derecho procesal, fechado en el siglo XIX, giraba en torno al reo y sus derechos, sin conceder ningún protagonismo a la víctima más que como un simple testigo.
Pues bien, esta es la ley por la que nos regimos en la actualidad, nuestra vetusta LEcrim , que revienta por las costuras de tanto parche. Pero es la que regula un procedimiento tan garantista como obsoleto en su parte práctica, y es la que nos vemos obligados a seguir los habitantes de Toguilandia.
En estricto cumplimiento de la ley se hallaba un fiscal interrogando a la víctima de ese repugnante fenómeno que viene conociéndose como “manadas” cuando estalla la bomba, que recorre como un terremoto desde las redes sociales hasta los medios de comunicación de todo pelaje. El interrogatorio se tilda como duro y poco empático, y se pone la diana de la culpa sobre un fiscal que no hace más que hacer su trabajo, en vez de sobre unos presuntos violadores que son quienes están siendo juzgados. Y sin cuya acción esa víctima no lo sería ni padecería victimización primaria ni secundaria
Hay que recordar a todo el mundo que el fiscal en cuestión no está de parte de los violadores ni en contra de la víctima. Es más, pide para ellos la máxima pena. De esto se infiere otra de los detalles fundamentales de esta historia, que él cree a la víctima. Y la cree tanto que mantiene su tesis y acusa a sus presuntos violadores. Hasta ahí todo debería estar bien.
Pero algo pasa. Alguien reproduce en redes sociales ese escalofriante interrogatorio donde, no hay que ocultarlo, la víctima se rompe, y comienza el linchamiento. ¿A los violadores? ¿A un sistema que obliga a la víctima a declarar una y mil veces? ¿A quiénes durante más un siglo no han conseguido ponerse de acuerdo para cambiar una ley? No. Al fiscal que pide la condena. Lo que viene conociéndose como matar al mensajero.
A estas alturas de la función, habrá quien me tildará de corporativista. No lo soy, y no me he cortado un pelo en dar mi opinión cuando ha sido contrario a algo que haya pasado en Toguilandia. Aunque sí reconozco que el compañerismo -distinto del corporativismo- me impediría poner a nadie que hace nuestro trabajo a los pies de los leones, porque no es mi estilo. Y porque también me pongo en la piel del compañero que ve su nombre y su prestigio arrastrado por el fango, a pesar de que está tratando de atar una durísima condena para unos violadores.
Eso, por supuesto, no me priva de tener empatía con esa víctima y con todas. Como debe de ser, aunque nadie nos enseñe nada al respecto, ni en el examen, ni en la escuela ni el desarrollo de nuestro trabajo. Ojalá nos la inocularan en vena, la verdad, junto a una dosis de perspectiva de género, de la que tampoco nos habló nadie en su día.
Pero, como de revictimización estamos hablando, lanzaré una pregunta al vuelo. ¿Qué revictimiza más, las preguntas de alguien a quien se tilda de poco empático, o la repetición de ese interrogatorio de modo que cualquier persona, incluida ella y los suyos, tiene su testimonio a un solo clic de ordenador, con el riesgo de opinadores y haters varios? Desde luego, si a mí, como víctima, me hubiera molestado el interrogatorio, me molestaría también su reproducción hasta el infinito.
No obstante, hay que remarcar algo importante. Mientras la ley sea la que es, no nos queda otra que hacer preguntas que pueden resultar duras. De ello depende una ulterior condena. Y, sin duda, creo que la víctima preferirá esa condena que una absolución por un interrogatorio amable. Porque, además, empezaría la cadena de recursos y la vuelta a empezar.
El problema no es este ni otro fiscal, es una ley que obliga a la víctima a declarar varias veces y a hacerlo en un entorno hostil, y que es muy garantista con el investigado pero a veces olvida a la víctima. Y contra eso hemos de luchar todos y todas. Pero culpar al fiscal es errar el tiro.
Además, temo otra consecuencia perversa. Este tipo de acciones virales pueden suponer el efecto contrario al pretendido, que las mujeres desconfíen y dejen de denunciar. Y flaco favor estaríamos haciendo entonces, desde luego.
Por supuesto que todo esto que digo respecto del fiscal, valdría igual en el caso de letrados y letradas, más si cabe si les toca bailar con la más fea, esto es, ser defensa, siempre y cuando realicen su trabajo del modo honrado y digno que suelen hacerlo.
Lo que ocurre es que muchas veces hay que explicar las cosas para que se entiendan. Y respirar antes de tirar la piedra. A este respecto contaré algo que me pasó y que puede ser ilustrativo. Organizamos una reunión entre representantes de fiscalía y de víctimas, con mi querida asociación Alanna, con la que colaboro siempre que puedo. Cuando les pregunté qué cosas les molestaban de nuestro parecer, me hablaron de una pregunta que oyen con frecuencia, que por qué no denunciaron antes. Les expliqué que no estábamos cuestionándolas, sino pidiéndoles que expliquen las razones que les impidieron hacerlo antes, sea miedo, desconocimiento o dependencia del tipo que sea, para que se entienda y se evite el riesgo de quitar importancia a las cosas. Ellas lo entendieron, y ya no se sienten cuestionadas si les hago esa pregunta. Yo las entendí también y aprendí, y a partir de entonces si hago esa pregunta explico por qué lo hago y les reitero que no las cuestiono. Ambas salimos ganando.
Lo que necesitamos no son linchamientos públicos, sino cambios legislativos y medios que den confianza a las víctimas y no le produzcan más sufrimiento. Y a este equipo es al que debemos apuntarnos, y en el que me van a encontrar siempre. ¿Quién más se apunta?
Por eso hoy mi aplauso es, en primer término, para todas las víctimas. Y, por supuesto, para todas las personas que trabajamos para que se condene a quien las convirtió en víctimas, a pesar de la incomprensión con la que chocamos más de una vez. No perdamos el norte. El culpable de una violación es el violador, y es ahí donde está el enemigo.
La ovación extra se la doy a Gregorio Mº Calleja, del que tomo prestada la imagen que ilustra el estreno, una crónica de una violación del año 1901 de un diario llamado Dinastía. Habla por sí sola.
La negatividad es un mal común. A veces lo disfrazan de objetividad, pero los cenizos proliferan, especialmente en circunstancias como las que estamos. El pesimismo, primo hermano del “ya te lo dije”, puebla hasta los títulos de las películas más aparentemente buenrollistas; si no, que me expliquen un título como Nunca digas nunca jamás, versión fina del “se venía venir” de toda la vida. Pero, para pesimismo de pata negra, el de distopías como El planeta de los simios, El día después o Blade runner o, si de series hablamos, El cuento de la criada. Y eso por citar unas pocas, que si nos ponemos intensos no hay quien nos gane.
Nuestro teatro no solo no escapa de ese pesimismo, sino que a veces pretende liderarlo. Y no digo que nuestra carencia de medios sempiterna, unida al eterno ninguneo, no anime a ello, pero andémonos con ojo o en nada estamos cortándonos las venas en una ceremonia colectiva, con toga y tacones. Y eso sí que no.
Ya hablamos en otro estreno del malrollismo y de la cantidad de cenizos por metro cuadrado que encontramos. Y eso que esa función toguitaconada la estrenamos en septiembre de 2019, cuando nada hacía presagiar la que se nos venía encima. Aunque alguna premonición sí debí tener, porque lo ilustré con un rollo de papel higiénico que dibujé yo misma. Quién me iba a decir a mí que en unos meses se convertirían en artículos de lujo, casi al borde del estraperlo.
Así que, si entonces habían malrollistas, ahora han proliferado como hongos, ayudados por el ritmo de propagación del maldito bicho, al que se agarran como rémoras. Así, aquello que describía entonces como el yomasismo, esto es, que lo que te pase a ti no es nada si lo comparamos con lo mío, coloniza Toguilandia y el mundo entero. Y aquí pasa como con el cuento del lobo, que corremos el riesgo de que no nos hagan caso.
Me explico. No es que yo quiera quitar importancia al drama de la pandemia. Nada de eso. Pero hay que reconocer que hay quienes se agarran a ella para extender su pesimismo y su afán de protagonismo. Si tu hija se contagió, la suya lo hizo con síntomas peores, y si conoces a alguien ingresado, conocerán más y serán más cercanos. Y, por supuesto, si les quedaron secuelas, las suyas serán mucho perores. Faltaría más. Como si no fuera suficientemente trágica la realidad como para adornarla.
Otra especie que ha proliferado son un ente abstracto llamado “los expertos” cuya cita antecede, normalmente, una frase profética y apocalíptica. “Los expertos dicen que la pandemia no acabará”, “los expertos auguran graves secuelas” y cosas similares que solo con matices responden a la realidad. Pero, como reza el dicho, no dejes que la realidad te estropee un titular.
Por supuesto, esto tiene su propia subespecie toguitaconada. Siempre hay alguien que augura que jamás nos recuperaremos del retraso acumulado por el confinamiento o que la crisis triplicará los asuntos. Olvidan el pequeño detalle de que el retraso pandémico de algunos tribunales viene de antes, de cuando pedíamos medios y nos ignoraban, y no de un bicho, por feo y contagioso que sea.
Muchas veces recuerdo una frase de mi hija, cuando era pequeña y no quería ir a una excursión. La obligué a ir y cuando volvió, como quiera que reconoció que lo había pasado bien, se apresuró a añadir “·pero el año que viene seguro que no me lo paso bien”. Pues es síndrome del malrollismo es el que tiene más de una togada y de un togado. “Hoy los juicios han empezado a tiempo”, dice alguien, y el cenizo que responde “sí, ya verás como mañana, no”. O bien “la sentencia nos ha dado la razón” respondido con un rápido “pues ya verás la apelación”, sin saber ni siquiera si se ha recurrido, Y así, hasta el infinito y más allá, con covid o sin él. Verdad verdadera,
En cualquier caso, siempre hay alguna anécdota que alegra las cosas, por pesimistas que se pongan. Me contaba un compañero que el otro día se encontró con lo contrario al pesimismo COVID en un detenido. Al angelito le habían trincado con las manos en la masa de una caja registradora, aunque el botín no era para echar cohetes. Ante la pregunta de sí se quedó los 100 euros que había en la caja, el tipo dijo que, si lo llega a saber ni lo intenta, que ya vendrán tiempos mejores cuando el bicho se vaya. No creo que el comerciante víctima de su acción depredatoria opine lo mismo. Así que el vaso medio lleno o medio vacío una vez más.
Cuando me topo con cenizos, siempre me viene a la cabeza una tira de Mafalda, donde mi tocaya Susanita, mostrando un dedo vendado, decía “me he hecho un daño que no te quiero ni contar”, a lo que Mafalda respondía con un “pues no me lo cuentes, entonces” tan obvio como anticenizos.
Así que hoy, obviamente, el aplauso es para la patrulla anticenizos, herederos de la frase de Mafalda. Esas personas que no se dejan vencer por el pesimismo. Gracias por estar ahí
El cansancio es humano. Hay situaciones que nos dejan Sin aliento, sea porque No hay salida, sea porque se es Demasiado joven para morir. Por supuesto, el cine, el teatro, la literatura y todas las artes reflejan esta faceta tan frecuente como humana. Que, por cierto, en ocasiones pasa de ser un sentimiento a cruzar los umbrales de la enfermedad. El síndrome de la fatiga crónica o fibromialgia también ha dado lugar a su propia película Unrest. Un tema difícil que algún día analizaremos con más calma. De momento, ahí lo dejamos apuntado.
En nuestro teatro el cansancio no solo existe, sino que es un enemigo al acecho, como ya vimos en otro estreno. Y también vimos la diferencia entre estar cansado y ser cansino, que parecen iguales, pero no lo son. El cansinismo también tuvo su propia función.
Pero, aunque las personas cansinas causan más de una fatiguilla, no es de esa de la que quería hablar hoy. La de hoy es una fatiga grande, con mayúsculas tan grandes como agotadora es la sensación que causa. En los tiempos que corren esta fatiga ha encontrado su sitio ideal, con una situación que parece que no se acaba nunca. La fatiga pandémica ha tomado posesión en Toguilandia como en todos los ámbitos y hay que atarse los machos para poder con ella.
No obstante, la fatiga existía antes de que el coronavirus se instalara en nuestras vidas. Ya existía a uno y otro lado de estrados, por supuesto. Por eso no puedo dejar de recordar una anécdota que me contó mi tutor cuando me ponía la toga por vez primera para ir a Sala. Contaba la historia de un acusado al que, como quiera que parecía presentar algún problema con la bipedestación -cojeaba un poco-, le preguntaron por si estaba bien. El hombre dijo que le dolía un poco la pierna al estar en pie, así que el presidente de la sala le dijo que se pusiera de un modo que estuviera más cómodo. El tipo, ni corto ni perezoso, se tumbó tan largo cual era en el banquillo de los acusados, ante la cara de estupefacción de magistrados y fiscal, y el firme de deseo de su letrada de que se la tragara la tierra, claramente reflejado en su mirada. Pero él, sin ningún empacho, soltó: “es que últimamente estoy muy fatigado”, Y tan pichi, oiga. La que creo que no se ha repuesto todavía es su pobre letrada, debutante en aquel tribunal.
Anécdotas aparte, lo de a fatiga pandémica es para tomarlo muy en serio. La verdad es que nos descompone todos los esquemas que habíamos manejado desde la infancia. Cuando era pequeña -y no tan pequeña- mi madre siempre me decía aquello de que estudiara con dedicación durante la semana, que ya disfrutaría del fin de semana como premio. Cliché que se repetía cuando, ya adulta, comencé a trabajar y cuando obtuve el carnet de madre y empecé las primeras prácticas con ms hijas. Y funcionaba, hasta que un bicho microscópico lo volvió todo el revés. De repente, el trabajo se convierte en lo único. No hay acicate ni compensación en ocio. No lo hubo durante el confinamiento, en el que seguimos trabajando en los juzgados de guardia de toda España sin que nadie dudara de nuestra esencialidad, ni lo hay después con la eterna desescalada, en la que nadie ha dudado de nuestra no esencialidad al no tenernos en cuenta en el calendario de vacunación. Pero seguimos y seguiremos.
Es, desde luego, agotador. Y, además, hay que añadir a esa sensación de fatiga permanente por la que cualquier cosa parece que cuesta el doble y hasta el triple, entre mascarillas, distancia y miedo. Un día y otro, como una versión particular de aquel Día de la marmota de Atrapados en el tiempo.
Pase lo que pase, ahí estaremos. Porque, aunque no tengamos el aliciente de poder salir luego a cenar, a tomar una copa o a dar una vuelta por el monte con un grupo de personas que supere los límites, tenemos otro tan importante o más. El servicio público. Algo que hemos interiorizado tanto que a veces olvidamos contar.
Por eso, es evidente que el aplauso de hoy es para todos y todas las trabajadoras de la justicia que, contra viento y marea, con medidas o sin ellas y con una fatiga cada vez más grande, siguen ahí al pie del cañón. Gracias.
Y gracias también a @madebycarol por prestarme, una vez más, su talento y su ilustración
Ya sabemos, por series como Gambito de dama, que el ajedrez puede poner sobre el tablero la lucha por la igualdad. Pero no era algo nuevo
Hoy, comparto mi relato incluido en la antología Visibilizarte (dirigida por Esther Tauroni) inspirado en la obra de Sofonisba Anguissola de 1955 Lucía, Minerva y Europa Anguissola jugando ajedrez
Doble ataque con dama
Mi hermana Europa tenía la virtud de llamar siempre la atención, aunque ella solía decir que era más bien un defecto. No tiene ni idea de lo que supone sentirse transparente, que era exactamente como me sentía yo siempre.
No era fácil ser la hermana de todas aquellas artistas maravillosas, como la pequeña Lucía y Sofonisba, verdaderos genios de la pintura, y la propia Europa, que también pintaba de maravilla, aunque parecía más interesaba en otras cosas.
Entre tanto talento, a mí no me quedó otro remedio que dedicarme a escribir, algo mucho menos lucido que lo que hacían ellas. Porque yo, al contrario que mis hermanas, solo tenía de diosa el nombre, Minerva.
No obstante, nunca se nos ocurrió competir entre nosotras. Hemos estado siempre tan unidas como las circunstancias aconsejaban. Y las circunstancias no eran otras que un mundo de hombres y para hombres, un mundo en el que a las mujeres nos quedaban las migajas de lo que ellos dejaban.
Las Anguissola no nos dejaríamos pisotear. No en balde nuestros padres se habían molestado en proporcionarnos la mejor educación posible. Nos casaríamos si era nuestro gusto, pero solo en ese caso. Yo sabía que Europa lo haría pronto porque ella es así, y valora más otras cosas que el talento artístico, pero Sofonisba, no. Ella y sus pinceles están llamadas a grandes cosas. Y yo pienso estar ahí para contarlas.
Muchas son las cosas que hemos de agradecer a nuestros padres, sin duda. Hemos sido unas privilegiadas por poder tener formación y cultura y por poder dedicarnos a ello, y debemos agradecérselo a diario. Pero también nos dieron otros tesoros como esta afición al ajedrez que compartimos y que hace que pasemos tardes deliciosas compitiendo entre nosotras.
La del cuadro fue una de aquellas tardes maravillosas. Lo fue tanto que mi hermana mayor quiso inmortalizarla, aunque el pretendiente de Europa se negó a salir en el retrato, como Sofonisba le insinuó. Aquel tipo arrogante y vanidoso quiso venir a darnos una lección, y acabó siendo él quien la recibió. Aunque he de confesar que Lucía y yo planeamos reírnos de él desde el principio, porque no nos gustaba nada para nuestra hermana, y temíamos que sucumbiera a sus encantos y zalamerías.
Cuando vino a visitarnos, preparamos con mucho cuidado la escena. Como él presumía de ser un gran jugador, dejamos en un sitio estratégico nuestro querido tablero de ajedrez, de ébano y marfil, de modo que llamara la atención del hombre sin que él se diera cuenta.
Mordió el anzuelo, y apenas llevaba una hora en nuestra casa cuando nos propuso echar unas partidas. Lucía, Sofonisba y yo fingimos que nos hacíamos de rogar, mientras Europa asentía emocionada. Todo salía según el guion que habíamos previsto.
El pobre incauto creía que nos iba a impresionar
-Señoras les dejaré ventaja -decía- Jugaremos varias partidas entre nosotros y quien gane será el campeón
-O la campeona ¿no?
Lucía me guiñó un ojo al contestarle. Aunque todavía era una niña, manejaba las piezas del tablero con una maestría e inteligencia que era difícil de creer a su corta edad. Pero es que mi pequeña hermana lo hacía todo bien.
Por supuesto, no permitimos que nos dejara ventaja alguna. Aun así, el pretendiente fue abatido una vez y otra en cada una de las partidas. Su amada Europa estuvo a punto de dejarse ganar, pero al final le pudo el orgullo, que él mismo incentivó con su torpeza
-Para ser mujer, juegas muy bien
Esa frase fue su codena a muerte en la partida. Mi hermana hizo una jugada maestra, aunque muy arriesgada, el doble ataque con dama, y con ella escribió la suerte de su contrincante.
El pretendiente se fue de nuestra casa para no volver jamás, pero ni Europa ni nosotras le echamos de menos. Era un pésimo jugador de ajedrez. Pero ese no era su peor defecto. Lo peor que pudo hacer es despreciar la inteligencia de las mujeres.
Ya lo hemos visto otras veces. Los errores no solo existen, sino que más de una vez dan lugar a equívocos graciosos. O peligrosos, según los casos. El cielo se equivocó, como muestra de lo primero y Error médico, de los segundos, son dos buenos ejemplos. También lo serían los errores científicos que convierten a Dr. Jekyll en Mr Hyde, al Increíble Hulk en La masa o al Frankenstein de El jovencito Frankenstein en el monstruito que conocemos.
En nuestro teatro, también cometemos errores, sin duda. Pero más que de los nuestros, el estreno de hoy tratará sobre los que se cometen sobre asuntos de nuestra incumbencia. Erratas de las que ya hablamos, pero de las que algunas quedaron en el tintero y otras acaban de aparecer y no podían ser silenciadas.
El primero y más reciente error de este tipo, nos afecta a los fiscalitos y fiscalitas especialmente. Se trata de un error de bulto de nuestro escalafón recién publicado, acompañado, además, de otros errores de menos bulto que, al lado de este, son pecata minuta. Como hizo ver mi compañero Javier Montero nada más publicarse, hay fiscales con una antigüedad de 4070 años. Un verdadero récord teniendo en cuenta, además, lo bien que se conservan, que ni siquiera están en situación de jubilación. De ser cierto, estarían al día del Código Hammurabi, lo cual es una suerte. Y en la carrera fiscal sin explotar este fenómeno. Ahora entiendo aquello del chiste de que nos llaman Los inmortales.
Otro error tan reciente como llamativo es el que ilustra este estreno, también publicado en el BOE . Se trata, nada más y nada menos, que la aplicación al pie de la letra del dicho de todos conocido: donde digo digo, digo Diego. Exactamente lo que establecía la corrección de errores cuya imagen vemos. Una verdadera joya, comparable a la famosa errata de la publicación de la Ley orgánica del Poder Judicial, en que el inoportuno baile de una J donde debía haber una P dio lugar a más de un chascarrillo.
Pero no son los únicos. De la cuenta de Twitter de @imorel72, al que agradezco su cesión, saco estupendos ejemplos que me alegran el día cada vez que los leo. Un escrito de “prueba diabólica”, sin ir más lejos. Lástima que no citaran a Lucifer para ratificarlo. O quizás sí.
También es reciente la publicación en un diario de un hecho jurídico insólito. La primera sentencia que admite a trámite una demanda, nada más y nada menos, O lo que es lo mismo, el mundo al revés: las sentencias empiezan en lugar de terminar el proceso.
Más lejanas en el tiempo, pero igualmente hilarantes, son esas noticias que hemos leído más de una vez, que dicen lindezas como que “la autopsia demostró que el cadáver estaba muerto” o que “murió antes de hacerle la autopsia”. Y menos mal, porque si no pobre forense, menudo susto, capaz de hacer que el autopsiado acabe siendo él, pero de un infarto. O de un simposium, como me dijo una vez una testigo
Pero es que hay muertos muy peligrosos. Si el Cid ganó batallas después de muerto, no fue el único. Leo en un titular impagable que “25 muertos causaron tornados en Tennessee”. Claro que Tennessee no es Cuenca, y así cualquier cosa es posible, y aunque no tengan Casas colgadas tienen muertos con vida propia.
A veces el error no es otro que repetir lo obvio, como un titular que hablaba de las huellas digitales de los dedos de las manos, o la referencia a la nieve blanca o la lluvia húmeda, como si pudieran ser de otra manera. En realidad, se trata de pleonasmos, como el tan utilizado de “valorar positivamente”, como si valorar, que es dar valor, se pudiera hacer de otro modo. No obstante, parece que la RAE está por la labor, y leo que subir arriba y bajar abajo han sido admitidas como propias del habla coloquial. Que, justamente, no es la que se habla en coloquios. Paradojas de la lengua.
Y hasta aquí la función de hoy. El aplauso se lo doy, sin duda, a esas fiscales que a los 4070 años de antigüedad están como una rosa, y al famoso Diego. Como decían en las cartas de antaño, que Dios les guarde muchos años.