Tablas: igualdad en el tablero


Ya sabemos, por series como Gambito de dama, que el ajedrez puede poner sobre el tablero la lucha por la igualdad. Pero no era algo nuevo

Hoy, comparto mi relato incluido en la antología Visibilizarte (dirigida por Esther Tauroni) inspirado en la obra de Sofonisba Anguissola de 1955 Lucía, Minerva y Europa Anguissola jugando ajedrez

Doble ataque con dama

Mi hermana Europa tenía la virtud de llamar siempre la atención, aunque ella solía decir que era más bien un defecto. No tiene ni idea de lo que supone sentirse transparente, que era exactamente como me sentía yo siempre.

No era fácil ser la hermana de todas aquellas artistas maravillosas, como la pequeña Lucía y Sofonisba, verdaderos genios de la pintura, y la propia Europa, que también pintaba de maravilla, aunque parecía más interesaba en otras cosas.

Entre tanto talento, a mí no me quedó otro remedio que dedicarme a escribir, algo mucho menos lucido que lo que hacían ellas. Porque yo, al contrario que mis hermanas, solo tenía de diosa el nombre, Minerva.

No obstante, nunca se nos ocurrió competir entre nosotras. Hemos estado siempre tan unidas como las circunstancias aconsejaban. Y las circunstancias no eran otras que un mundo de hombres y para hombres, un mundo en el que a las mujeres nos quedaban las migajas de lo que ellos dejaban.

Las Anguissola no nos dejaríamos pisotear. No en balde nuestros padres se habían molestado en proporcionarnos la mejor educación posible. Nos casaríamos si era nuestro gusto, pero solo en ese caso. Yo sabía que Europa lo haría pronto porque ella es así, y valora más otras cosas que el talento artístico, pero Sofonisba, no. Ella y sus pinceles están llamadas a grandes cosas. Y yo pienso estar ahí para contarlas.

Muchas son las cosas que hemos de agradecer a nuestros padres, sin duda. Hemos sido unas privilegiadas por poder tener formación y cultura y por poder dedicarnos a ello, y debemos agradecérselo a diario. Pero también nos dieron otros tesoros como esta afición al ajedrez que compartimos y que hace que pasemos tardes deliciosas compitiendo entre nosotras.

La del cuadro fue una de aquellas tardes maravillosas. Lo fue tanto que mi hermana mayor quiso inmortalizarla, aunque el pretendiente de Europa se negó a salir en el retrato, como Sofonisba le insinuó. Aquel tipo arrogante y vanidoso quiso venir a darnos una lección, y acabó siendo él quien la recibió. Aunque he de confesar que Lucía y yo planeamos reírnos de él desde el principio, porque no nos gustaba nada para nuestra hermana, y temíamos que sucumbiera a sus encantos y zalamerías.

Cuando vino a visitarnos, preparamos con mucho cuidado la escena. Como él presumía de ser un gran jugador, dejamos en un sitio estratégico nuestro querido tablero de ajedrez, de ébano y marfil, de modo que llamara la atención del hombre sin que él se diera cuenta.

Mordió el anzuelo, y apenas llevaba una hora en nuestra casa cuando nos propuso echar unas partidas. Lucía, Sofonisba y yo fingimos que nos hacíamos de rogar, mientras Europa asentía emocionada. Todo salía según el guion que habíamos previsto.

El pobre incauto creía que nos iba a impresionar

-Señoras les dejaré ventaja -decía- Jugaremos varias partidas entre nosotros y quien gane será el campeón

-O la campeona ¿no?

Lucía me guiñó un ojo al contestarle. Aunque todavía era una niña, manejaba las piezas del tablero con una maestría e inteligencia que era difícil de creer a su corta edad. Pero es que mi pequeña hermana lo hacía todo bien.

Por supuesto, no permitimos que nos dejara ventaja alguna. Aun así, el pretendiente fue abatido una vez y otra en cada una de las partidas. Su amada Europa estuvo a punto de dejarse ganar, pero al final le pudo el orgullo, que él mismo incentivó con su torpeza

-Para ser mujer, juegas muy bien

Esa frase fue su codena a muerte en la partida. Mi hermana hizo una jugada maestra, aunque muy arriesgada, el doble ataque con dama, y con ella escribió la suerte de su contrincante.

El pretendiente se fue de nuestra casa para no volver jamás, pero ni Europa ni nosotras le echamos de menos. Era un pésimo jugador de ajedrez. Pero ese no era su peor defecto. Lo peor que pudo hacer es despreciar la inteligencia de las mujeres.

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