Más erratas: entre Diego y digo


         Ya lo hemos visto otras veces. Los errores no solo existen, sino que más de una vez dan lugar a equívocos graciosos. O peligrosos, según los casos. El cielo se equivocó, como muestra de lo primero y Error médico, de los segundos, son dos buenos ejemplos. También lo serían los errores científicos que convierten a Dr. Jekyll en Mr Hyde, al Increíble Hulk en La masa o al Frankenstein de El jovencito Frankenstein en el monstruito que conocemos.

En nuestro teatro, también cometemos errores, sin duda. Pero más que de los nuestros, el estreno de hoy tratará sobre los que se cometen sobre asuntos de nuestra incumbencia. Erratas de las que ya hablamos, pero de las que algunas quedaron en el tintero y otras acaban de aparecer y no podían ser silenciadas.

El primero y más reciente error de este tipo, nos afecta a los fiscalitos y fiscalitas especialmente. Se trata de un error de bulto de nuestro escalafón recién publicado, acompañado, además, de otros errores de menos bulto que, al lado de este, son pecata minuta. Como hizo ver mi compañero Javier Montero nada más publicarse, hay fiscales con una antigüedad de 4070 años. Un verdadero récord teniendo en cuenta, además, lo bien que se conservan, que ni siquiera están en situación de jubilación. De ser cierto, estarían al día del Código Hammurabi, lo cual es una suerte. Y en la carrera fiscal sin explotar este fenómeno. Ahora entiendo aquello del chiste de que nos llaman Los inmortales.

Otro error tan reciente como llamativo es el que ilustra este estreno, también publicado en el BOE . Se trata, nada más y nada menos, que la aplicación al pie de la letra del dicho de todos conocido: donde digo digo, digo Diego. Exactamente lo que establecía la corrección de errores cuya imagen vemos. Una verdadera joya, comparable a la famosa errata de la publicación de la Ley orgánica del Poder Judicial, en que el inoportuno baile de una J donde debía haber una P dio lugar a más de un chascarrillo.

Pero no son los únicos. De la cuenta de Twitter de @imorel72, al que agradezco su cesión, saco estupendos ejemplos que me alegran el día cada vez que los leo. Un escrito de “prueba diabólica”, sin ir más lejos. Lástima que no citaran a Lucifer para ratificarlo. O quizás sí.

También es reciente la publicación en un diario de un hecho jurídico insólito. La primera sentencia que admite a trámite una demanda, nada más y nada menos, O lo que es lo mismo, el mundo al revés: las sentencias empiezan en lugar de terminar el proceso.

Más lejanas en el tiempo, pero igualmente hilarantes, son esas noticias que hemos leído más de una vez, que dicen lindezas como que “la autopsia demostró que el cadáver estaba muerto” o que “murió antes de hacerle la autopsia”. Y menos mal, porque si no pobre forense, menudo susto, capaz de hacer que el autopsiado acabe siendo él, pero de un infarto. O de un simposium, como me dijo una vez una testigo

Pero es que hay muertos muy peligrosos. Si el Cid ganó batallas después de muerto, no fue el único. Leo en un titular impagable que “25 muertos causaron tornados en Tennessee”. Claro que Tennessee no es Cuenca, y así cualquier cosa es posible, y aunque no tengan Casas colgadas tienen muertos con vida propia.

A veces el error no es otro que repetir lo obvio, como un titular que hablaba de las huellas digitales de los dedos de las manos, o la referencia a la nieve blanca o la lluvia húmeda, como si pudieran ser de otra manera. En realidad, se trata de pleonasmos, como el tan utilizado de “valorar positivamente”, como si valorar, que es dar valor, se pudiera hacer de otro modo. No obstante, parece que la RAE está por la labor, y leo que subir arriba y bajar abajo han sido admitidas como propias del habla coloquial. Que, justamente, no es la que se habla en coloquios. Paradojas de la lengua.

Y hasta aquí la función de hoy. El aplauso se lo doy, sin duda, a esas fiscales que a los 4070 años de antigüedad están como una rosa, y al famoso Diego. Como decían en las cartas de antaño, que Dios les guarde muchos años.

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