Pasado: cola de caballo


Hoy desde nuestro escenario volvemos la mirada al pasado para contar un cuento, un cuento que es ficción pero podía ser realidad. Un cuento que nos acerca a recordar Tal como éramos y nos invita a disfrutar de Lo que queda del día. Un relato que espero que, además de gustar, remueva las tripas porque está escrito Desde el corazón

COLA DE CABALLO

(Relato incluido en la antología de Generación Bibliocafé Relatos en blanco y negro, y en mi antología Mar de lija)

                     Ayer cumplí ocho años. No sé si era por eso, pero en el colegio nos hicieron una foto a todos. Nos colocaron detrás del mapamundi que guarda el director en sus despacho para las grandes ocasiones, y desfilamos de uno en uno delante del fotógrafo.

El pobre hombre se esforzaba en que sonriéramos, pero yo no tenía ningunas ganas y me negué a hacerlo. Estaba muy enfadada porque, aunque era mi cumpleaños, mi madre no había querido cumplir mi deseo de llevar, aunque fuera por una sola vez, mi melena suelta. Como todos los días, se había empeñado en recogerme el pelo en aquella cola de caballo que tanto odiaba. Me la apretaba tanto, que hacía que mis ojos parecieran achinados. Y yo soñaba con llevar mi larga melena rubia al viento, esa melena que gustaba a todos y que era mi mayor orgullo. Pero ni siquiera por un día especial me dio el capricho. Y tampoco pedía tanto. Porque le había suplicado también que me dejara ir con el vestido de los domingos, pero eso sí que sabía que no lo conseguiría. Mi precioso vestido rosa, con lazos y todo, se guardaba para las grandes ocasiones y de ninguna manera lo iba a usar para ir a la escuela. Por eso insistí tanto en llevar, al menos, el pelo suelto. Pero nada. Ropa de diario y cola de caballo. Como debe de ser. Y no había más que hablar. Buena era mi madre.

Para acabarlo de arreglar, me obligaron a que me hiciera el retrato con mi hermano. El iba a la clase de los mayores, y era chico, y en el colegio no nos relacionábamos. Y le hacía tan poca gracia como a mí eso de posar juntos, pero mi madre había dado la orden, y eso era lo que importaba. No iba a gastarse el dinero en dos fotografías cuando podíamos ahorranos una. Y además, según ella, estaríamos muy guapos los dos juntos. Y guapos no lo sé, pero, desde luego, enfadados estábamos un rato largo. Si ella hubiera sabido que nunca llegaría a pagar el retrato, quizás no hubiera insistido tanto y nos hubiera dejado posar como nos hubiera venido en gana. Pero nunca lo sabría.

Me toqué la cabeza. Cuando palpaba aquella pelusa escasa volvía a la realidad de un solo golpe. No quedaba ni rastro de aquella melena rubia que era mi orgullo, ni había posibilidad alguna de que mi madre volviera a hacerme aquella cola de caballo que tanto odié y que ahora añoraba…

Y es que nunca volvimos a ver a mi madre. La discusión acerca del peinado con el que iría a clase es el último recuerdo que me queda de ella. Y casi el único, con esa habilidad que tiene el tiempo de difuminar las huellas del pasado hasta dejarlas borradas casi por completo.

Aquel día, poco después de que el fotógrafo dejara nuestra escuela, alguien entró en mi aula y me llamaron urgentemente al despacho del director. Recuerdo que pensé que tendrían que repetir la fotografía, que seguro que habría salido mal. Pero nada de eso. Aquel desconocido traía consigo la noticia que partiría en dos mi vida para siempre y marcaría el rumbo de mi historia.

Había habido un terrible incendio en mi casa. No sé por qué razón, lo primero que pregunté fue por el perro. Y me contestaron que había muerto. Como habían muerto también mis padres, y el abuelo que vivía con nosotros. Y, de pronto, mi hermano y yo nos habíamos quedado solos en el mundo. Pero no fui consciente de ello hasta más tarde.

A él lo trajeron a ese mismo despacho al cabo de unos minutos. Yo ya sabía lo que había pasado, pero me dolió más al oírlo de nuevo, para que mi hermano supiera lo ocurrido. Y entonces, lloramos y nos abrazamos sin saber que sería el último abrazo de nuestra vida. Y ahí se qedó para siempre congelada la imagen de sus ojos azules casi líquidos.

Lo que pasó después lo recuerdo a retazos, como una colcha de patchwork a medio hacer que necesitara la costurera que uniera las piezas. De pronto, me vi interna en un colegio de monjas, junto a muchas otras niñas, con unas hermanas que cuidaban de nosotras pero apenas nos daban cariño. O eso al menos me parecía a mí. Solo se preocupaban de que lo hiciéramos todo con corrección, desde vestirnos aquel uniforme azul marino que llegué a aborrecer, hasta comer o lavarnos con decoro y en el horario marcado. Y mucho rezar. La oración de la mañana, el Angelus, la Misa diaria, el rosario. Y a mí aquello se me hacía muy cuesta arriba, porque en mi casa nunca habían sido de mucho rezo.

Los días pasaban uno tras otro, uno igual que otro. Hasta era yo misma quien me hacía cada mañana la apretada cola de caballo con la que me peinaba mi madre, como si con ello fuera a conseguir que ella siguiera conmigo. Pero de nada servía. Ni siquiera me llevaron nunca a ver a mi hermano, el único nexo vivo con mi vida anterior.

Muchos domingos, nos hacían salir a unas cuantas elegidas al comedor grande, el que solo usaban las monjas. Ese día nos obligaban a arreglarnos y ponernos unos supuestos vestidos de fiesta que nada tenían que ver con mi vestido rosa, con lazos y todo. Y debíamos permanecer sonrientes mientras alguna pareja venía y nos pasaba revista, como si fuéramos una muñeca que hubieran de comprar. Y en esos días, me pedían que soltara mi melena rubia, que decían que era muy bonita. Pero para entonces yo ya no quería llevar el pelo suelto.

Así y todo, no tardé muchos domingos en resultar escogida, y uno de esos matrimonios me llevó a merendar con ellos. Me sacaron a la calle, y volvieron varios domingos más. Me trataban muy bien, la verdad. Tanto que, cuando me preguntaron si me gustaría quedarme con ellos para siempre, no dudé un instante en decirles que sí.

A partir de aquel día fueron mis nuevos padres, y me trataron como una verdadera hija. Como anhelaban una hija por encima de todo, yo fui el colmo de sus aspiraciones. Al principio, me portaba muy bien solo por miedo a que me devolvieran con las monjas. Pero en poco tiempo les cogí un cariño enorme, que pasó a convertirse en amor y hasta casi en devoción. Mi nueva madre me lo daba todo y yo le correspondía salvo en una cosa. Jamás le permití que me tocara el pelo, ni que me hiciera la cola de caballo con la que iba todos los días a mi nuevo colegio.

De mi vida anterior no quedó nada. Tan solo la fotografía, que me trajeron al internado a poco de ingresar allí, y que guardaba entre mis cosas como oro en paño. Desde aquel retrato en blanco y negro, me miraba mi hermano, con el que nunca volví a tener contacto. Mi hermano, del que solo recordaba aquellos ojos azules casi líquidos que apenas se veían en la fotografía. Mis nuevos padres dijeron que lo habían buscado, y que no hubo manera, pero yo nunca supo si eso era cierto. Me gustaba pensar que él también estaría con unos nuevos padres en una nueva vida, en la que iría a un nuevo colegio. Y que algún día nos encontraríamos y repetiríamos aquel abrazo que había sido el último.

Pero el tiempo fue pasando y todos fuimos fraguando nuestras nuevas vidas, y cada vez aquellos recuerdos, y aquellas promesas, quedaban un poco más lejanos. Hasta quedarse casi relegados a un rincón de la memoria que ocupa un pequeño sitio pero va perdiendo protgonismo.Sin saber que llegaría un día en que aquello volvería a ser de pronto importante. Y más que importante.

Fue en la conslta de mi médico. Allí estábamos mi madre adptiva y yo, esperando el diagnóstico como el reo espera su condena. Pero la expresión de la cara del médico nos tranqilizó. Mi enfermedad era grave, pero no incurable. Y estábamos a tiempo. Bastaría el traspalante de algún membro de la familia, que seguro que alguien sería compatible, y podríamos vencerla. Y claro está, nuestra expresión se emsombreció. El buen doctor dio por hecho que aquella mujer que se sentaba junto a mí, que me tomaba la mano como una madre, lloraba como una madre y a quien yo llamaba madre era mi madre. Y es verdad que lo era, pero no llevaba mi sangre, esa sangre que yo necesitaba y que ella no me podía dar.

Mi madre lloró mucho pensando que, además de no haberme podido peinar nunca, tampoco me podría dar lo que yo precisaba. Pero, al cabo de un rato, se tragó las lágrimas y sacó la fotografía de donde yo la tenía guardada. Y me dijo que lo encontraríamos.

Hace ya varios meses de aquello, y ni sombra de aquel hermano que un día tuve, ni de sus ojos azules casi líquidos. Y mientras, el mal se empeñaba en consumirme y los tratamientos todavía más. Mi melena pasó a mejor vida, y ahora era una pelusa rala y escasa la que cubría mi cabeza, aunque seguía sin permitirle a mi madre que me peinara, ni siquiera que me arreglara uno de los muchos pañuelos que se empeñaba en regalarme. Pero el tiempo pasaba y yo seguía en el corredor de la muerte esperando ese indulto que cada vez estaba más lejos.

Cuando ya apenas podía aguantar, entró mi madre, junto a un cura, en mi habitación. Supuese de inmediato lo que pasaba. Mi madre era my religiosa y, aunque sabía y respetaba que yo no compartiera su fe, se negaba a que yo abandonara este mundo sin que un sacerdote me diera la extremaunción. Me espantaba la idea, pero no sé si porque ya las fuerzas me habían abandonado del todo o porque le debía todas aquellas colas de caballo que jamás le dejé hacer, había decidido aceptarlo. Tampoco me haría ningún daño.

Y, cuando pensaba que la parafernalia religiosa volvería a mí como en aquellos días de internado, lo ví. Ví unos ojos líquidos de puro azules que se disolvían en un mar de lágrimas. Mi madre había conseguido, a base de tesón y ganas, localizar a mi hermano a través de la institucion religiosa donde le internaron y después de muchas indagaciones. Y allí estaba, dándome ese abrazo que teníamos pendiente y que no será el último.

Estaba muy mayor, más de los años que debía tener. La vida no le había sido fácil, pero ahí estaba, enarbolando una ajada copia de la fotografía como si de un trofeo se tratara. Ahí estaba con sus ojos azules casi líquidos y el pelo gris, recogido en una cola de caballo.

Y en ese instante supe que llegaría el momento en que yo también pudiera recoger mi cabello en un cola de caballo, pero que no lo haría. Se lo pediría a mi madre.

NOTA DE LA AUTORA: la niña y el niño de la foto son mis hermanos, esta no es su historia pero esa foto tan de la época me inspiró para contar una historia que podía pasar a a cualquiera

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