Escalafón: togas en orden


         El orden es importante, sin duda. Hay personas maniáticas del orden hasta el extremo de convertirse en un trastorno, como el protagonista de Mejor imposible, o hay casos en el que esa obsesión por el orden es parte del propio trastorno, como el de Rain man, pero sea como sea, da juego para el cine. Hay películas en que La cuenta atrás se hace en el propio título, como la sirena de 1.2.3 splash, y otros casos en que hay que ser el primero a toda costa, el Campeón. Aunque en ocasiones, ser El último de la fila, como el grupo icónico del pop español, tampoco está nada mal, la verdad.

         En nuestro teatro el orden es importante. Tanto, que el día que ingresamos en Toguilandia tras aprobar la oposición nos metieron en una lista en la que ya nos quedamos para siempre. Por supuesto, entonces fuimos al furgón de cola y poco a poco, se supone, hemos de ir escalando puestos, porque para eso se llama escalafón. Como decía un refrán castizo, “edad, dignidad y gobierno” si bien traducido a términos toguitaconados.

         En la carrera fiscal, y, por lo que sé, también en la judicial, el escalafón es la Biblia, el catálogo que determina gran parte de nuestras vidas profesionales, desde el tamaño del despacho y si este tiene ventana o no, hasta el reparto de códigos si llega alguna partida, desde los destinos hasta las vacaciones. De hecho, cuando te tocaba el despacho pequeño, oscuro y compartido, o las vacaciones que no quiere nadie, siempre algún compañero veterano te decía que aquello era buena señal porque eras joven o te espetaba un lacónico “ya cumplirás trienios”. Y, efectivamente, el inexorable paso del tiempo le dio la razón.

         El escalafón se ordena, en principio, por estricta antigüedad y, a igual antigüedad -quienes pertenecen a la misma promoción- por orden de notas, siendo, obviamente, mejor situado quien tiene notas más altas. A igualdad de nota, además, rige la edad, colocándose delante quien es mayor.

         Hasta aquí, todo claro, o, al menos eso parece. El escalafón es un criterio objetivo, y, por tanto, indiscutible. Pero todo tiene matices. ¿Es inamovible? ¿Es el criterio que lo rige todo o que debe regirlo? Pues esas son preguntas a las que trataré de contestar a continuación.

         En cuanto a su inamovilidad, es casi fija, salvo excepciones. Se pueden obtener cargos de mucha importancia, pero eso no implica que se salte el escalafón, porque la lista ahí sigue, al menos, mientras no se cambie de categoría o se varíe de situación administrativa al entrar en excedencia voluntaria -salvo por cuidado de hijas, hijos o mayores- o servicios especiales. Pero sí que recuerdo casos de variación del escalafón en la carrera judicial cuando se permitía renunciar al ascenso a magistrado. Y otros casos en que, sin variarlo, se salta la preferencia por estricta antigüedad y se valoran cosas como el conocimiento de la lengua cooficial

         Otra cuestión es el cambio de categoría. En la carrera judicial las categorías son tres: juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo -y sus equivalentes femeninos, aunque no lo diga- En la carrera fiscal se riza el rizo y nuestras categorías, asimilables a las de la judicatura son también tres, que corren paralelas a la carrera hermana: abogado fiscal, fiscal y fiscal de Sala. Las preguntas del millón son varias, y todas tan difíciles de explicar como sencillo sería de solucionar. ¿Cómo explicar a alguien ajeno que el abogado fiscal no es abogado y que los fiscales del Tribunal Supremo no son la categoría paralela a Magistrado del Tribunal Supremo sino que lo son los Fiscales de Sala? ¿Y como explicar que esos Fiscales de Sala, categoría equivalente a Magistrado del Tribunal Supremo, no necesariamente están en el Tribunal Supremo? ¿O que un fiscal decano no coincide con un juez decano? Pues es como tratar de explicar la cuadratura del círculo, con lo sencillo que sería buscar una nomenclatura sencilla y asequible.

         La otra pregunta que siempre surge es ya antigua. Si el escalafón lo determina todo, dónde están el mérito y la capacidad de que habla la Constitución para acceder a los cargos de la carrera? ¿Por qué hay cargos discrecionales y otros que se resuelven por puro escalafón? Y, especialmente ¿por qué se usa el escalafón como el comodín del público para justificar unas decisiones y se ignora olímpicamente para otras idénticas?

         Ahí lo dejo, sin olvidarme de apuntar que, de una parte, si se apela al escalafón estricto se desprecia cualquier esfuerzo y se puede fomentar el acomodamiento y, de otra, si se ignora totalmente a la hora de dar un cargo se corre el riesgo de valoraciones en exceso subjetivas. Como siempre, en el medio está la virtud.

         Por último, no me dejaré las risas que nos echamos con cargo al último escalafón publicado -ya hay una corrección en marcha- donde había fiscales inmortales de verdad, porque se les reconocían más de 4000 años de antigüedad. Y ahí siguen, en activo, como si nada.

         Hasta aquí el estreno dedicado a esa lista con la que a veces nos dan en la cabeza pero que sigue siendo imprescindible. El aplauso, para quienes consiguen llegar a ese difícil punto medio a la hora de tomar sus decisiones. En esta materia tiene un mérito extra.

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