Ya advertí en un anterior estreno que la saga continúa, como tantas en el cine. Y aunque no sea Indiana Jones ni Harry Potter, ni viva La Guerra de las Galaxias ni Star Trek ni tenga las obtusas relaciones familiares de El Padrino, tomaré mi nave y, cual James Bond, afrontaré la Misión Imposible de acometer nuevas entregas de este tema sin que decaiga el interés. Que si ellos pueden, por qué yo no. Espero no eternizarme como El secreto de Puente Viejo, coétanea, por cierto, a nuestra ley de Enjuiciamiento Criminal. Que nunca está de más recordarlo.
Ya vimos que Las Togas también ríen , y no hace falta que insista en ello. Somos humanos y tenemos sentimientos . Y si hay algo que haga reír al respetable son las tomas falsas, ésas que reproducen el material guardado y desechado, normalmente porque los actores se equivocan o son presas de un súbito e incontenible ataque de risa.
Pues bien, nosotros no tenemos esa suerte. Nuestro espectáculo siempre es en riguroso directo, y si hay ataques de risa, hay que templarse como una buenamente pueda, encaramarse a los tacones, ajustarse la toga y seguir adelante. Que no queda otra. Y ojo, que a veces las situaciones son de lo más pintoresco. Especialmente en los juicios, donde se desarrolla la función de hoy.
Y es que en juicios se ve de todo. Desde un personaje que, para demostrar que llevaba dentadura postiza y ahí se quedaban los vapores alcohólicos no tuvo ningún problema en sacársela de la boca y esgrimirla cual trofeo, hasta otro que, tras parecer con un atuendo propio de Matrix, firmó el acta como The last northern warrior, no sin antes espetar un “nos veremos”. Y es que el cine marca mucho. Quizás por eso, un compañero, que presenció como un letrado trataba de saltar la cola de compañeros en trance de conformidad para susurrarle al fiscal un “Qué me ofrece”, no pudo resistir la tentación de responderle con un “Descabalga forastero..” al más puro estilo John Wayne.
Pero es que las esperas son largas y a veces el que espera desespera. Como le sucedió a una imputada que, harta de aguardar para entrar a juicio, dijo que se iba porque tenía mucha plancha. Porque, claro está, hay cosas que a uno le hacen perder la loción del tiempo, o le dejan vitrificado de puro espanto, o se enfadan hasta el punto de ponerse como un obelisco. Y eso si lo recuerdan, porque algunos no recuerdan nada porque estaban híbridos el día de autos. Es lo que tiene.
Aunque, pase lo que pase, hay que aguantar el interrogatorio. Y muchas veces, la cosa se pone cuesta arriba desde el principio. Porque los interrogados se arman un lío y no saben cómo dirigirse a nosotros. Su Santidad, Su señorita o Mi señoría son algunas de las cosas que nos dicen. Pero no siempre son tan formalistas. Que hay quienes se empeñan en utilizar el tuteo y, advertidos con un educado “hábleme de usted”, se descuelgan contando su vida y milagros , incluso, acercándose a la mesa y preguntando “Qué quieres que te diga de mí”. Como lo cuento. Y es que la puesta en escena no es fácilmente comprensible para todo el mundo, y me cuenta una compañera que hace tiempo, en uno de sus primeros juicios, el testigo subió hasta el estrado y, requerido por la juez con un gesto de las manos para que bajara, hizo su propia interpretación, agachándose poco a poco como si estuviera bailando Paquito el Chocolatero o algún tema de King Africa.
Y, aunque parezca mentira, hay cosas que parecen intrascendentes y que de pronto toman una importancia inusitada en sala. Y una de ellas es, al parecer, el estado civil de la señora fiscal. Porque otra compañera me refiere que aludían a ella como la señorita fiscal, nada menos. Y a mí, en mi primer juicio, la mujer de ochenta años víctima de violación se negaba a contarme lo sucedido porque eso no se podía contar a una mujer soltera. Y hube de prometerle que tenía novio y pronto me casaría para conseguir que hablara, aun a regañadientes, que a ella eso no le parecía bien que lo escuchara. Acabáramos.
Los móviles, de otra parte, han supuesto una fuente inagotable de anécdotas, ya que las más variadas alarmas suenan en el peor momento, a pesar de las advertencias de que se apaguen. Recuerdo un juicio por un intento de asesinato varias veces interrumpido por las más variopintas melodías. Tan pronto sonaba un impagable “Dame veneno, que quiero morir, dame veneno”, como aparecía “El del medio de los chichos” o Los Amaya empeñados en “Decidle a ella que vuelva”.
Y, si hay algo que hace difícil mantener la compostura son los malos entendidos en los interrogatorios. Me cuentan que una juez, ante la afirmación de que la interrogada era una lumi, preguntó si era que le gustaban los muñecos infantiles que salían en televisión. Ante la respuesta de que no, que era una lumi «de verdad», creyó entender aquello. Y supuso que se trataría de la persona que estaba dentro de Lucanero, Lupita y sus amigos. Y lo peor es que así lo dijo, alto y claro. Como el whisper XL. Solo hubiera faltado que, como le sucedió a otro compañero con una bailarina cubana a la que interrogaba, le respondiera que su vida privada era solo de ella. Que todo es posible.
Así que ahí queda eso. No se vayan todavía, aún hay más… O mejor, esperen a la siguiente entrega. Y mientras aplauden, como dijo Superatón, no olviden supervitaminarse y mineralizarse.











