Pasarelas: vía libre


Man crossing Hussaini bridge

         En el mundo del espectáculo las cosas no siempre son invariables. Los bailarines se convierten en actores, los actores en directores, los directores en productores y algunos, varias cosas a un tiempo. Clint Eatswood o Robert Redford, por ejemplo, cruzan la pasarela entre actor y director con soltura, como los propios Puentes de Madison que el primero dirigió. Que bien importantes son los puentes. Y si no, que se lo digan a los protagonistas del Puente sobre el río Kwuai, cuyo silbidito se nos ha quedado en la meninge para siempre.

         En nuestro teatro también hay pasarelas, puentes.. y hasta puertas giratorias. En varios sentidos. Unos buenos, y otros no tanto, como todo en la vida.

         Comentaba con una amiga letrada sobre las pasarelas imaginarias que existen entre las distintas especialidades del derecho. Esas veces en que, aún siendo una teróricamente especialista, después de mucha dedicación y muchos años, acaba cruzando el Rubicón y pasando a la otra orilla. Ella decía que desde el Derecho de familia, en el que se movía con relativa comodidad, hubo de cruzar a la parte del Derecho penal. En mi caso fue exactamente al contrario. Desde mi amado Derecho Penal, y por mor de esa tragedia llamada Violencia de género , me vi estudiando Derecho Civil, que casi no tocaba desde los tiempos de la oposición. Porque en Derecho no hay compartimentos estancos, sino más bien vasos comunicantes. Y hay que asumirlo. Y cruzar la pasarela con elegancia, sobre los tacones y con la toga puesta. Faltaría más.

         Pero hay otras pasarelas que no son tan pacíficas. Más bien se asemejan a aquel famoso Puente sobre Aguas turbulentas que tantas veces hemos tarareado. Son las famosas puertas giratorias. Esas por las que se pasean de la justicia a la política y viceversa, y que tan mala imagen dan en ocasiones. Y por las que se va de la actividad pública a la privada y de aquélla a ésta. Y ojo, no se trata de negar a nadie el derecho a cambiar de actividad por alguien que satisfaga más sus aspiraciones, no, sino hacerlo con todas las garantías para que esos paseos no resulten sospechosos.

         Y aquí no acaban los pasos fronterizos. Hay otro que aun no nos hemos atrevido a cruzar y que en el resto de nuestro entorno está tan paseado como la cola del metro en hora punta. Y que no debería tener más dificultad. Me refiero a la posibilidad de tener vía libre entre las carreras judicial y fiscal, y también, llegado el caso, con la de Letrados de la Administración de Justicia –otrora Secretarios judiciales, que aún no me acostumbro-. Si hacemos la misma oposición y tenemos la misma preparación, carece de sentido que no podamos pasar de uno a otro lado. Así ocurre, por ejemplo, en la jurisdicción militar en España, y en todas las jurisdicciones en la mayoría de países de Europa. Y no pasa nada. Y también viene ocurriendo con el llamado turno tercero –y antes ocurría con el turno cuarto- respecto de juristas de reconocido prestigio. Sólo es cuestión de una regulación transparente y con las debidas garantías.

         Así que no tengamos miedo. Hay fronteras que se pueden traspasar relajadamente. Aunque otras hayan de pasarse haciendo equilibrios, y algunas otras debieran estar valladas, o colocadas en una línea roja.

         Por eso, el aplauso para todos los transeúntes de las fronteras permitidas. La diversidad enriquece.

Metáforas: togas y tropos


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¿Qué sería del mundo sin la poesía? ¿Qué sería de nosotros si, de vez en cuando, alguien no embelleciera nuestra vida con una pincelada de lirismo?

Es evidente que el espectáculo nunca funcionaría sin esa magia. De hecho, en verso eran gran parte de las obras en el pasado, y en verso siguen siendo muchas obras fantásticas llevadas incluso al cine. Mucho ruido y pocas nueces, La vida es sueño, y hasta obras cómicas como La venganza de Don Mendo. Y qué decir de quienes las componen, protagonistas de muchas otras obras, como Muerte de un poeta y la inolvidable El club de los poetas muertos, que enseñó a toda una generación lo que significa carpe diem, mucho más bonito que un sencillo “vive al día”.

Y en verso o en prosa, esa lírica impregna las funciones y las llena de tropos y metáforas. Evidentes, y no tanto. Como aquel Allegro ma non troppo de una jovencísima Penélope Cruz.

En nuestro teatro, aunque parezca mentira, también tenemos nuestra poesía. Aunque a veces quienes la aporten queden tan ocultos como Cyrano de Bergerac, que a priori no parecen casar bien tropos y trapos, metáforas y togas. Eso sí, igual los tacones ayudan un poquito.

El caso es que metáforas hallamos en todas partes. Tengo una amiga, sin ir más lejos, que suele comparar muy acertadamente la ley de enjuiciamiento criminal a una colcha de patchwork, hecha a trozos, parches y retales. A punto, por cierto, de que le revierten las costuras. Y el procedimiento se asemeja en ocasiones a un enorme dinosaurio como los de Noche en el Museo, arrastrándose como puede el pobrecito, y causando destrozos a su paso casi sin darse cuenta, como ocurre cuando el tema se burocratiza demasiado y llegan cosas tan tristes como la llamada victimización secundaria, que no es otra cosa que machacar a una ya machacada victima a base de hacerla comparecer y declarar una y otra vez.

Y como éste, miles de símiles pueblan sin darnos cuentas salas de vistas y juzgados, como esos procuradores corriendo como el conejito de Alicia en el País de las maravillas o abogados que hacen de padre, madre y hermano mayor de sus clientes, o de bomberos, llegado el caso.

Pero si hay una comparación que me gusta más que cualquier otra, ésa es la del tren. Varias veces he defendido que nuestra regulación procesal es como un raíl por el que tiene que correr el proceso. Y que, habida cuenta la vetustez de nuestra ley de enjuiciamiento criminal, estábamos ante las vías de un tren de cercanías por las que pretendían hacer circular un AVE. Y descarrila, claro. No podría ser de otro modo. Que los tiempos de Asesinato en el Orient Express pasaron hace mucho, aunque la justicia española parece no haberse enterado.

Y es que el otro dia tuve una experiencia que me recordó este tropo. A bordo del AVE, precisamente, y con la virtual pero real compañía de unas buenas amigas que me aliviaron el trance. Hete tú aquí que viajaba de vuelta a mi tierra tras una reunión en la villa y corte cuando el tren en cuestión paró en seco, nadie sabe aún con qué motivo –o más bien quien lo sabía lo calló-. Tras unos breves minutos que parecieron más, el ferrocarril cambió el sentido de la marcha, y empezó a ir marcha atrás. Y sí, ya sé que los trenes no van marcha atrás y pueden ir en ambos sentidos, pero ésa era la sensación. Los árboles que veía por la ventana discurrían en sentido opuesto del que debían: íbamos para atrás. Y como mis amigas se empeñaban en explicarme eso de dos máquinas a los dos extremos del tren, permanecía atenta a ver si distinguía a un maquinista corriendo de una lado a otro del vehículo. Pero nada. O no existía, o llevaba muy bien eso de ir de incógnito. Y nada, nada de retrovisores. Los maquinistas son muy listos y deben tener muchos ojos.

El viaje transcurrió entre señales de interrogación. Nadie explicó nada, aparte de una somera referencia por megafonía a un leve retraso en la llegada. Pero, mientras duró el trayecto, y animada por la inestimable compañía de mis amigas virtuales ya reales, vislumbramos el símil. Aquel tren era como nuestra pobre justicia, que pretende incrustar realidades avanzadas en un sistema rancio. Que tan pronto parece correr a toda máquina como se para en seco. Que marcha hacia atrás, salvando las dificultades y que, a base del esfuerzo de quienes trabajan en ella, consigue milagrosamente llegar a su destino. Con un poco de retraso, sí, pero casi a tiempo. Un tren al que cada vez le ponen más vagones sin aumentar el personal ni los medios. Nuestro tren.

Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para todos aquellos que consiguen que nuestro tren llegue a destino. Pero hoy una ovación especial para esas amigas virtuales ya reales que me acompañaron de viaje en la metáfora. Va por vosotras.

Mentiras: las patas cortas


Pinocho

Dice el refrán que las mentiras tienen las patas muy cortas. Pero bien es verdad que el teatro, a veces, consiste precisamente en eso: una gran mentira que, a veces, sirve para mostrar una gran verdad. Aunque no siempre, claro.

Lo que sí es cierto es que los actores, por su profesión, están más preparados para poder disfrazar de verdad una mentira. Y que la misma mentira ha sido protagonista de más de una película, como Secretos y mentiras o Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Y qué decir de los mentirosos, encabezados por el histriónico Mentiroso compulsivo, del que vemos réplicas un día sí y otro también por nuestro teatro. Y por supuesto, del insustituible Pinocho y su nariz extensible

Pero también dice el refranero que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Y ahí radica en parte nuestra labor, en pillarlos. Y en darles su merecido, vaya. Elemental, querido Watson.

Pero en nuestro escenario, como en la vida misma, hay mentiras y mentiras. Mentiras grandes y mentiras pequeñas. Mentirolas y mentirijillas. Y cada una tiene su efecto, según su tamaño y sus consecuencias. Como la vida misma. Que no es igual salir en Sálvame presumiendo de haber tenido una noche de pasión con el primo segundo del penúltimo expulsado de Gran Hermano Tropemil que acusar de corrupción a cualquier alto cargo. Suponiendo que una cosa u otra sean mentira, que visto lo visto, ambas son igual de posibles.

En nuestro teatro, hay mentiras y falsedades –forma más fina y técnica de llamarlas- a capazos. Tanto que a veces dan ganas de andar por ahí tarareando, moviendo toga y tacones, eso de “vamos a contar mentiras, tralará…”. Pero claro, nos hemos de quedar con las ganas.

Y es que en el Derecho español el imputado –investigado, sospechoso, encausado o como quiera que se llame- tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí mismo y a no responder a todas o algunas de las preguntas que se le hagan. Y no es infrecuente que no responda a las preguntas de la acusación, o a las del fiscal, pero sí a las de su abogado. Y menuda cara de tonta se le queda a una haciendo constar las preguntas en acta, y que nadie conteste. Pero es su derecho y hay que respetarlo, faltaría más.

Por eso mismo, no se le recibe juramento o promesa –como si se recibe a los testigos, salvo excepciones- por lo que, obviamente, no puede cometer delito de perjurio, como en otros ordenamientos. Aunque lo hayamos oído una y mil veces en las películas. Ya vimos que hay miles de leyendas y mitos () que provienen de yanquilandia y aquí no se aplican. Que no somos Perry Mason ni Alli McBeal, ni estamos en el Juzgado de Guardia de la desternillante serie.

Fruto de ese derecho, hemos oído las versiones más peregrinas de las cosas, desde cuchillos que se clavan solos hasta que una cogorza de padre y muy señor mío nos la pretendan hacer pasar por los efectos de una alergia, por no hablar de las amnesias repentinas y selectivas que hacen que los acusados se olviden de todas las cosas que les perjudican y recuerden hasta el más mínimo detalle las que les favorecen. Y ojo, que la invocación a la prisión parece aguzar su ingenio, y los he visto que en ese trance se sacan de la chistera cosas como que tienen claustrofobia y no pueden ir a tal sitio. Palabrita del Niño Jesús. O se empeñar en repetir que su religión les impide mentir y que es rigurosamente cierto que la cartera que le pillaron escondida la llevaba para ver las fotos que tenía su dueña y luego devolvérsela. Y qué decir de esos contenedores que están llenos de cosas que se encuentran nuestros «clientes». Tanto es así que recuerdo a una juez de guardia que, harta de oir a uno tras otro detenido explicar que la cartera o el bolso robado lo encontraron en la basura, les respondía diciendo que tenían mucha suerte, que ella había empezado a buscar en los contenedores y nunca encontraba nada.

Pero si quien miente es un testigo, eso es otro cantar. Si lo hace en juicio, y le pillamos, cargará con una imputación por falso testimonio. O por una de acusación y denuncia falsa si miente al interponer la denuncia, o de simulación de delito si lo que hace es fingir ser víctima, como los listillos que se inventan un robo para cobrar el seguro y encima hay gente que les ríe la gracia. Y si, lo que se hace es confeccionar un documento falso, pues se le perseguirá por falsedad, y además por estafa si con ello engaña a alguien y le saca un dinero. Y hasta decir mentiras respecto a alguien puede castigarse, como calumnia –si le atribuye la comisión de un delito- o como injuria, aunque en este último caso la última reforma permite no seguir adelante si la ofensa no es demasiado grave. Los levitos –herederos de los juicios de faltas– es lo que tienen.

Así que mejor no mentir. Que, como ya dije, las mentiras tienen las patas cortas y se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Por eso, el aplauso de hoy va destinado a quienes hacen precisamente eso: desenmascarar al mentiroso. Porque a veces de ello depende el final feliz de la función.

Más anécdotas: remake


CLICKS SANITARIOS

Ya advertíamos algunos estrenos atrás, en el último que hablamos de la anecdotología tribunalera (más anécdotas) como dicen en los dibujos animados: no se vayan todavía, aún hay más… Y lo bien cierto es que, casi más que una advertencia, sonaba a amenaza. Y hete tú aquí que no tomaré mi toga y mis tacones en vano, y cumplo con lo dicho. Faltaría más.

Así que en nuestro teatro tampoco van a faltar los remakes, esas nuevas versiones de obras antológicas o muy taquilleras que alguien entiende que merece la pena versionar. Entre las primeras, King Kong o Sabrina tuvieron su clon al cabo de varias décadas. Entre las segundas, Tres solteros y un biberón o Bienvenidos al Norte tuvieron su réplica en versión americana. Así que aquí no seremos menos y tendremos nuestro remake del anecdotario judicial, que estamos que lo tiramos. Y muchos compañeros de los diversos ámbitos jurídicos me han dado material suficiente para que el mismísimo King Kong se dé un buen atracón. En versión original o remozada. Solo espero que el gigantesco simio no acabe con la chica de la toga y los tacones.

En las anteriores entregas ya decíamos que no solo de juicios vive el jurista. Pues bien, tampoco viven solo de juristas los tribunales, y alguna de las más sabrosas anécdotas vienen de la mano de esos personajes con bata blanca que habitan nuestro mundo llamados médicos forenses. De sus dictámenes se obtiene más zumo que de las mejores naranjas, y vale la pena exprimirlo.

En mi primera etapa profesional me contaba una juez la sorpresa mayúscula que se llevó al ver que el forense se dirigía a uno de los internos en una residencia de las que visitaban como “Majestad”. El interno en cuestión respondía sólo a ese tratamiento, así que el galeno decidió que la mejor manera de tratarlo era siguiéndole la corriente, y que la juez hizo lo propio. Y como quiera que no sabía bien qué hacer, se mantuvo silente hasta que el forense sacó unas monedas para preguntar al explorado. Cuando le preguntó por el valor de las mismas, se enfadó. Y la razón no era otra que porque no había salido nada favorecido en la moneda, que no le cogieron su perfil bueno. Una anécdota tierna que siempre recuerdo desde el respeto y el cariño.

Pero no siempre los dictámenes forenses nos presentan caras tan amables. Estupefacta está todavía una buena amiga magistrada ante el informe forense que determinaba que aquel hombre, con una azada clavada en mitad de la frente, estaba vivo porque tenía el cráneo inusualmente grueso. Es decir, lo que se dice la cabeza dura, como habría de explicar a un jurado. Porque claro, ante un tribunal lego las cosas han de explicarse en un lenguaje llano. Y eso hizo una forense amiga que, requerida una y otra vez por el magistrado presidente para que empleara un lenguaje coloquial para describir las lesiones, acabó diciendo que “le habían hecho pupa”.

Aunque a veces, el lenguaje coloquial es lo que tiene. Y el empleo por las partes de un lenguaje demasiado coloquial puede dar lugar a situaciones comprometidas. Como la que padeció un compañero que tuvo que aguantar la risa mientras el sujeto explicaban como metía la flauta en el bujero.

Pero menos mal que están los forenses en muchos casos. Porque ellos mejor que nadie pueden desvirtuar de un modo técnico afirmaciones tan peregrinas como algunas que hemos tenido que escuchar. Como la de un imputado por clavarle un puñal en la espalda a su pareja que se empeñaba en explicarnos que fue ella quien voluntariamente se arrojó sobre el cuchillo y se lo clavó, o la de otro que pretendía justificar las lesiones procedentes de un mordisco en la vagina de la víctima diciendo que en el momento se le desprendió la dentadura postiza. Por fortuna, una y otra víctima salieron con vida del trance y uno y otro imputado dieron con sus huesitos en prisión, pese a sus rocambolescos embustes. Como debe de ser.

Así que espero que el remake haya sido exitoso. Y que no haya errado la terminología, no vaya a ser que incurra en un cunnilingus, como llamó alguien en pleno juicio a un lapsus linguae ante el pasmo de los presentes. Que a punto estuvieron de que les diera un simposium, que es como una señora denominaba al síncope que sufrió tras los hechos.

Y hasta aquí llegó la riada, como dicen en mi tierra. Pero aún quedan balas en la recámara, así que estemos preparados, que el jinete cabalgará de nuevo y desenfundará una nueva entrega. Siempre, claro está que el respetable no se haya cansado y me niegue su aplauso.

Eso sí, no priven de él a todos los generosos compañeros que me proporcionaron material y siguen haciéndolo. De ellos es el mérito.

Discriminación: sin mi toga y con tacones


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         No siempre los artistas están trabajando. A veces, se dan un descanso, como todos. Pero como la cabra siempre tira al monte, acaban volviendo a lo que más les gusta, el espectáculo. Porque no hay nada mejor para relajarse que disfrutar del arte y del escenario, aunque sea fuera de él y desde el patio de butacas. Y saber sacarle todo el jugo.

         También en nuestro teatro nos tomamos a veces un kit kat y, entre expediente y expediente, aprovechamos para quitarnos la toga –aunque no los tacones- y disfrutar un rato. Y esos cursos que a veces nos llevan, maleta en ristre, a cambiar de escenario, son la mejor excusa.

         Y eso es lo que hice hace nada. Aprovechar, hacerme con la mejor compañía y, sin mi toga y con tacones, irme a ver un buen musical. En este caso, Priscila, Reina del Desierto. Con boa incluída, faltaría más. Que ya se sabe que antes muerta que sencilla, como cantaba aquella María Isabel que la televisión catapultó a la fama y de la que hoy poco se sabe.

         El autocar Priscila y sus estrambóticas ocupantes nos encandilaron desde el primer momento. Cantamos, bailamos y disfrutamos como si no hubiera un mañana. Como si no fuéramos los personajes lejanos de nuestro teatro, ésos tan serios y adustos que muchos creen que somos, esos que pelean porque las cosas no funcionan y no pueden hacer el trabajo como quisieran. Igual que ese vehículo del musical, que, a trancas y barrancas, consigue llevar a sus ocupantes hasta su destino. A base de ganas. Ni más ni menos que como nosotros.

         Pero, como he dicho otras veces, pocos colectivos más comprometidos que los artistas. Y pocos medios para transmitir como el arte. Por eso, entre los estrafalarios vestidos, las plataformas y el zapato de tacón gigante con el que todavía sueño, nos enseñan muchas más cosas.

         Porque el mundo de Priscila nos muestra que otro mundo es posible. Que todos somos iguales y debemos seguir peleando porque así sea. Y que, en nuestro teatro, también hacemos nuestra representación para conseguir que todas las Priscilas del mundo puedan vivir en paz.

         Cuando ví en las tablas cómo una de las protagonistas era humillada, y hasta apalizada por ser diferente, pensé que lo que se desarrolla ente nuestros ojos de espectadores no es muy distinto de lo que hacemos cuando somos nosotros quienes protagonizamos la función. Porque también nosotros nos enfrentamos a esos hechos y perseguimos los crímenes de odio. Que no son otra cosa que perseguir a quien no respeta a los demás por ser diferentes, y defender a toda costa la igualdad como base de nuestra convivencia.

         Con toga y tacones, o con boa y plataformas, todos viajamos en ese gran vehículo que es nuestro mundo, y juntos hemos de llevarlo a buen puerto. O a buen casino, como los protagonistas, a dar nuestro espectáculo. E, igual que el niño de la obra, el ciudadano pueda estar satisfecho de nosotros, y de nuestro trabajo.

         Así que hoy el aplauso va a ser grande y especial. Para todos los que luchan porque desaparezca la discriminación desde nuestro teatro. Pero hoy, muy especialmente, para Priscila, sus intérpretes y todos los que participan en la función, porque nos hicieron pasar una noche fantástica y porque prestaron toda su colaboración para que este estreno fuera posible en Con Mi Toga y Mis Tacones. Porque con su trabajo de cada noche contribuyen a la igualdad entre todas las personas. Mil gracias por este regalo. Por la representación y también por la reflexión.

         Que el autocar de Priscila no se pare nunca.

Libertad sexual: el peor trago


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         Si hay un tema que da juego en obras de teatro y cine, ése es el de los delitos contra la libertad sexual. Violaciones y abusos de todo tipo son objeto de las escenas más desgarradoras, y cualquiera no recuerda a la Jodie Foster de Acusados o alguna escena de Princesas. O, algo que me impresionó en mi infancia, la violencia sexual y los abusos combinadas con lo que hoy llamamos crímenes de odio –que también tendrán su propio estreno- de series antológicas como Raíces u Holocausto. La maldad del ser humano elevada a la enésima potencia.

         En nuestro teatro, muchas más veces de las que quisiéramos el guión viene escrito sobre estos parámetros. Y entonces los protagonistas tenemos que afinar nuestra interpretación, porque de ella puede depender que se llegue a un final feliz. Que, no pudiendo ser borrar los hechos, será la condena del culpable. Si lo es, claro, que para eso está el juicio.

         Cuando en ocasiones digo que los juicios de violación son mis favoritos, la gente me mira raro. Pero, una vez asumido que una, bajo su toga y sobre sus tacones, lleva a una marcianita dentro, no me asusta. Son Derecho Penal en estado puro, hecho y prueba, e infinitas dosis de empatía que tampoco pueden nublar la objetividad. Una verdadera oportunidad para conseguir la nominación a ese Oscar que en nuestro caso no es otra cosa que el servicio a la justicia. Nada menos.

         Y hoy, desde la posición de voz en off que muchas veces me arrogo con mi toga y mis tacones puestos, traigo la voz de una víctima, contando una historia. Es ficción, pero construída con retazos de la realidad de muchas victimas. Así que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia..o no.

         Ahí queda eso. Dejen los aplausos para el final, como homenaje a todas las víctimas

Relato ganador del 3er premio del Concurso Literario “Mujeres” de la Malvarrosa (Valencia) en 2012.

¿Y A TI NO TE DUELE?

  • ¿Y a ti no te duele?

Aún resuena a veces en mi mente la pregunta formulada por mi amiga Inés, cuando apenas acabábamos de cumplir once años. Y siempre pienso que en ese preciso momento fue en el que dejamos de ser niñas para ingresar de golpe en el complicado mundo de los adultos.

A lo que Inés se refería al preguntarme era, nada menos, a si mi padre me hacía daño cuando me tocaba. Yo, inocentemente, le pregunté cómo le tocaba, y qué parte del cuerpo, y la contestación me dejó helada, pero más helada aún me dejó la cara de Inés cuando yo le dije que ni mi padre, ni ningún otro padre que yo conociera, tocaba así a su hija. Inés no lloraba, ni se quejaba, ni siquiera suspiraba, sólo me miraba una expresión de estupefacción tal que se quedó grabada en mi mente para siempre.

Nunca más hablamos del tema, pero a partir de ese día algo entre nosotras cambió. Seguimos, como habíamos hecho hasta entonces, compartiendo la Nocilla de su almuerzo, intercambiando gomas para el pelo y hablando de chicos y también de exámenes, pero nunca volvimos a mencionar a su familia. Inés eludía deliberadamente el tema, y yo tampoco quise preguntarle. Incluso, cuando con otras compañeras surgía una conversación relacionada con nuestros respectivos padres, yo misma cambiaba de tema para evitarle a Inés un mal trago. No supe hacer más, creía que ésa era la manera de ayudar a mi amiga.

Porque Inés y yo éramos amigas desde siempre, amigas para siempre, con ese concepto de la eternidad propio de la adolescencia que sólo dura unos pocos años, o incluso sólo meses. Y continuamos siendo inseparables, aunque jamás volviéramos a hablar de lo que cada una de nosotras descubrió aquel día, recién cumplidos los once años.

Con el paso del tiempo, Inés aprendió a encontrar mil excusas para evitar pasar las noches en su casa, y tan pronto pernoctaba en la mía con el pretexto de estudiar, como se apuntaba a todo tipo de campamentos, cursillos y jornadas de convivencia de cualquier naturaleza que fuera. Y así iba pasando el tiempo.

Hasta que llegó el día que tenía que llegar. No sé qué pasaría exactamente, aunque mi imaginación se había formado una idea bastante aproximada, pero la gota debió colmar el vaso y la tormenta estalló. Teníamos ya catorce años cuando recibí una llamada de Inés.

  • Ya está. Lo he hecho.

             No necesité que dijera más para saber que se había decidido a contarlo todo y a tomar medidas. No quiso que fuera a estar con ella, al menos en ese momento, aunque sí es cierto que más tarde la acompañé y la apoyé de la única manera que sabía: permaneciendo a su lado.

                Inés había denunciado a su padre. El escándalo fue mayúsculo, puesto que él era un hombre bien situado y de enorme prestigio y el tema no tardó en saltar a las portadas de los periódicos. A Inés la vapulearon, dejando entrever en muchos casos la sombra de la duda sobre su persona, y sometiéndola a una exposición pública para la que nadie está preparado, menos aún si sólo se tienen catorce años. Pero ella se mantuvo firme, y el asunto siguió adelante, y se celebró un juicio donde su padre acabó condenado, aunque a mucha menos pena de la que yo pensaba que merecía.

                Apenas pocos días después del aquél en que Inés me llamó diciendo que ya lo había hecho, ella y toda su familia se mudaron a otra ciudad. Ya se habían marchado cuando se celebró el juicio y, para entonces, Inés y yo habíamos dejado de ser compañeras de colegio y, por supuesto, de vernos a diario, aunque seguimos manteniendo contacto y se alojó en mi casa todos aquellos días que debió comparecer ante el tribunal.

                Una vez acabado el juicio, Inés y yo continuamos manteniendo el hilo que nos unía a pesar  de la distancia por teléfono y por carta pero, poco a poco, las llamadas y las cartas fueron espaciándose cada vez más hasta que, casi sin darnos cuenta, llegó un momento en que perdimos definitivamente el contacto.

                La perdí de vista y ya no supe más de ella en mucho tiempo y, aunque al principio la recordaba constantemente y la echaba de menos, el inexorable paso de los días fue difuminando esa amistad eterna que un día nos unió hasta desaparecer casi por completo.

                Habían pasado doce años cuando volví a saber de ella, por mera casualidad. Fue cuando me llegó un correo electrónico referente a una campaña de recogida de firmas para salvar a una mujer de la pena capital, a la que había sido condenada en un país árabe. Cuando leí el nombre de la organización que aquella mujer encabezaba “¿Y a ti no te duele?” supe de inmediato que se trataba de Inés. Seguí leyendo y descubrí que había centrado su vida en crear y desarrollar una organización que ayudara a niñas violadas por sus padres en todo el mundo. En uno de sus viajes, en un país donde semejante barbarie es frecuente, organizó un grupo de apoyo para que las niñas que habían padecido semejante atrocidad pudieran salir adelante, ya que muchas de ellas incluso eran rechazadas por sus propias familias. Ése fue su delito, y por eso mi amiga Inés estaba encarcelada y condenada a muerte.

                Firmé la petición y yo misma me dediqué en cuerpo y alma a conseguir que todas las instancias posibles se interesaran por el caso de Inés e intervinieran para liberarla. Y la verdad es que conseguí una repercusión enorme. Sólo esperaba que sirviera de algo…

                Hoy, cuando han pasado tres meses desde que recibí aquel correo electrónico, he vuelto a ver a Inés. Hablaban de ella en televisión, mostrando una fotografía algo borrosa, y lo hacían para anunciar que finalmente la presión internacional había conseguido que la trajeran de vuelta a España. No he podido evitar llorar todas las lágrimas que no había derramado desde aquel día en que me preguntó “¿y a ti no te duele?”.

                Ahora me dispongo a comenzar una iniciativa para proponer a Inés como candidata al Nobel de la Paz. Quizás sea algo disparatado, pero entre todas quizás consigamos que ninguna niña haya de preguntar a su amiga “¿y a ti no te duele?”. Porque hoy conozco la respuesta que en su día no supe darle: a mí sí que me duele.                      

Secreto: shhhhs


SCRETO

Por contradictorio que parezca, no todo es público ante el público. Hay cosas que se guardan más sigilosamente que el Tercer misterio de Fátima. La última entrega de Harry Potter, por ejemplo. O, hace nada, la nueva entrega de la saga Milennium, para cuya escritura han sometido al autor a condiciones, cuanto menos, pintorescas, como escribirlo en un lugar desconocido a todo el mundo y sin acceso a internet. ¿Y qué decir de romances secretos, tanto en la ficción como en la vida real?. Un filón para cualquier paparazzi conseguir que dejen de ser secretos que supone a veces cantidades astronómicas.

El secreto es también el leit motiv de muchas obras, desde Top Secret a la Flor de mi Secreto, desde Secretos y Mentiras hasta Anacleto, agente no tan secreto. Y desvelar el secreto siempre acaba haciendo más atractiva la película.

En nuestro escenario, también tenemos nuestros secretos. Grandes y pequeños, oficiales y extraoficiales. Y el secreto de sumario, esa invocación casi mágica que a todos pone nerviosos y hace salivar a más de un periodista.

Pero vayamos por partes. Y empecemos por los pequeños secretos, esas cosillas que todos sabemos pero nadie reconoce. Entre ellos, aparte de los cotilleos acerca de los protagonistas que, como en todos los ámbitos, corren por los pasillos y cambian de versión conforme van yendo de boca en boca, los secretillos profesionales. Prácticas o costumbres que a veces usamos y que, generalmente, están encaminadas a suplir con ingenio lo que es un secreto a voces: que es un milagro que con los medios que tenemos podamos sacar las cosas adelante. Pero como quiera que salen, no desvelaré nada más, no se me vaya a echar encima nadie. No querría que los secretos dejen de serlo.

Y luego está el secreto oficial. El externo y el interno, el extrínseco y el intrínseco, como se dice de modo rimbombante. Algo así como el de primera y de segunda división. Importantes ambos, faltaría más. Que menudos sustos ha dado más de una vez un equipo de segunda a los galácticos equipos de primera división. El secreto interno sería el de siempre, el común y corriente, equivalente a la reserva o sigilo que todos debemos guardar respecto a los procedimientos en los que somos parte o en los que actuamos como profesionales. El que tiene sus límites en los derechos de los que intervienen, esencialmente la intimidad o el honor, y la necesidad de que la investigación no se vaya al garete. Y que hoy en día es tan difícil de guardar a rajatabla, que los móviles son una tentación muy grande y permiten grabar juicios, declaraciones y cualquier cosa. Y luego vemos lo que vemos en la prensa.

Pero el gran secreto de nuestro teatro es el secreto de sumario. Algo de lo que todo el mundo habla y de lo que no todo el mundo sabe. Y es que no es otra cosa que una declaración del juez por la que establece que ese procedimiento tiene un secreto reforzado sobre cualquier otro, que concierne a todo lo que se refiere a la investigación y que tiene, además, un plazo de tiempo limitado –un mes, prorrogable- Aunque que nadie crea que eso implica que no se pueda decir nada de nada. Determinadas circunstancias, como la situación de prisión o libertad en que queda el imputado, pueden contarse y de hecho así lo dice la propia Fiscalía General del Estado. Como he dicho alguna vez ante un compañero asustado porque le preguntaban al respecto, es secreto de sumario, no secreto de confesión. Acabáramos. Que somos profesionales de la justicia, no Montgomery Clift en Yo Confieso.

Y ahí está parte del intríngulis de la cosa. Ese supersecreto nos afecta a los que intervenimos, no a terceros. De modo que si un periodista se entera de algo comprendido en este secreto y lo publica, no está vulnerando nada. Lo vulnerará, en su caso, quien se lo haya hecho llegar si era de los obligados a guardar sigilo. Otra cosa es su sensatez o su buen criterio a la hora de desvelar datos que puedan perjudicar a la investigación, pero ésa es otra historia. Y si el periodista desvelara quien fue su fuente, incurriría en la revelación de otro tipo de secreto: el secreto profesional. Nada menos

Eso sí, a partir del momento del juicio oral, las actuaciones serán públicas. No vamos a hacer una representación sin espectadores, claro. Aunque con una excepción, los juicios a puerta cerrada, que es como se hacen algunos procesos cuando entran en juego los derechos de personas especialmente vulnerables, como los menores. En ese caso, la representación está restringida a un pequeño grupo de público, el que está relacionado con ella. Porque siempre hay que proteger a quien más necesitado está de protección.

No obstante, llevar la obligación del sigilo hasta sus últimas consecuencias ha supuesto en ocasiones circunstancias cuanto menos pintorescas. Como lo que me ocurrió una vez que, preguntado un asustado policía en prácticas por el juez y la fiscal sobre un detalle del atestado, nos dijo que no nos lo podía decir porque era secreto. Y como de ahí no lo sacábamos, le dijo al final el juez que levantaba el secreto –que él mismo había decretado- por un tiempo y así podía contárnoslo todo. Y se quedó más tranquilo, vaya que sí. Por supuesto, terminada su declaración, le dijimos que volvía a existir el secreto que jamás se alzó. Pero eso sí, guardadme el secreto.

Así que vaya hoy el aplauso para todos los que, con su profesionalidad, impiden que se vaya al traste la investigación y el trabajo. Porque a veces el trabajo secreto merece un reconocimiento público

Y más anécdotas: flash back


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Después de la pausa, asumo de nuevo el riesgo de continuar con la saga. Que me gusta vivir Al límite y hasta poder recordar El día que vivimos peligrosamente. Así que, como de recordar se trata, vuelco a usar esa técnica del flash back tan usada en el cine y me tiro a la piscina una vez más. Ajústense los cinturones y, como si de los Amantes pasajeros se tratara, emprendamos el vuelo. Y aterriza como puedas. Seguimos con una nueva entrega de Cómo ser jurista y no morir en el intento. De risa, en este caso, espero.

Y, como no solo de juicios vive el togado, nuestras anécdotas llegan a traspasar la sala de vistas y el juzgado de guardia. Que cuando uno menos se lo espera salta la liebre. Y si no, que se lo cuenten a una compañera que, apenas recién llegada a la carrera, se encontró con una llamada que hizo que le entrara un terror propio de las más reputadas películas del género. Le advertían de la publicación de una conocida revista satírica en cuya portada aparecía el actual monarca en actitud no demasiado digna, a pesar del secuestro de la revista, y del problema enorme que iba a tener puesto que por su culpa la portada había visto la luz en el territorio de su jurisdicción –un pueblo de Alicante- ya que ella no había procedido a secuestrarla como hicieron en el resto de España. La pobre se puso tan pálida que Los Otros eran morenitos a su lado. Ni que decir tiene que aun se están riendo de ella por tragarse aquello, ya que la cosa no era sino un trasunto fiscal de las novatadas, digno de cualquier entrega de una saga universitaria americana. Los Albóndigas en Fiscalía, vaya.

Pero es que en cuanto rondan los chicos de la prensa los nervios se disparan y se llegan a temer cosas increíbles. Como me ocurrió en una ocasión en que, estando de guardia, me llamó el juez muy preocupado porque se le había presentado en el juzgado una señora que decía ser famosa –a fe que lo era, salvo el juez la conocía toda España- pretendiendo que se suspendiera la emisión de un programa que iba a rodarse porque sabía que iban a desvelar su flirteo con otro personaje no menos famoso. Pese a que solo contaba con la palabra de la famosa en cuestión, y tras hacerle una detallada explicación telefónica de sus andanzas amorosas, me seguía preguntando si no podríamos suspender el programa. Le respondí que si así lo hacía no creía que su madre –la del juez- se lo perdonara, que seguro que vería el programa. Y ahí quedó la cosa. En efecto, el programa se hizo, el invitado desveló en directo el affaire de la famosa y fueron portada de muchas revistas. Ni que decir tiene que nadie se planteó siquiera la actuación del juez, por descontado. Ni de esta fiscal tampoco.

Pero es que un juez siempre es un juez. Quizás por eso, uno de los habituales de uno de los juzgados que llevé en mi primer destino, nos contaba que su mujer y él se querían mucho, pero no sabía por qué el juez del otro juzgado les separó. Menudo capricho, el de Su Señoría. Claro, que entonces no existía el divorcio exprés, que algunos toman tan al pie de la letra como una señora que, según me cuentan, acudió al juzgado a pedir el fin del matrimonio que habían celebrado el día anterior. U otra, que, según hemos podido leer en la prensa, se divorció nada menos que de sí misma. Eso sí, no llegó a tener los problemas que muchas veces vemos a la hora de liquidar el patrimonio de la pareja, que no son moco de pavo. Y algunos discuten por todo, como en un asunto que acabó sin acuerdo porque los ya  excónyuges seguían enzarzados por la propiedad de un curioso bien: nada menos que el vídeo de la boda.

Y si los jueces, los fiscales y los abogados dan para mucho flash back hilarante, no son los únicos. La aparición de un intérprete origina en muchos casos situaciones pintorescas, por decirlo de algún modo. Desde ese famoso intérprete de chino –no sé si es uno solo que tiene el don de la ubicuidad o se trata de varios- que, tras diez minutos de animada cháchara en su lengua materna con su compatriota detenido, acaba traduciendo como “dice que no”. Y ya está. Pero no es fácil su función, y como ni siempre se les encuentra tan rápido como quisiéramos –y no por su culpa-, a veces los propios afectados se arriesgan a entendernos con lo poco que saben de español, con el compromiso de que procuraremos hacerlo fácil, aunque no siempre lo cumplimos. Y en esa tesitura, me cuenta una compañera la cara de pasmo que se le quedó al pobre cuando el letrado empezó la pregunto con un “diga no ser cierto..”. Quizás por eso, siempre hay alguien que trata de facilitar las cosas, incluso acudiendo al conocido recurso de hablar a gritos, y separando mucho las sílabas, como hacía Alfredo Landa a las suecas en las películas de los 70. Y, en una de esas, otro compañero se encontró que a la pregunta de US-TED-ME-EN-TIEN-DE  se vio respondido con un SOY-DE-A-RAN-JUEZ en el mismo tono.

Y es que, como decía, los intérpretes han aportado mucho a la anecdotología judicial. Hasta los que van de incógnito, como le sucedió a otra compañera que, tras comprobar que en una reyerta entre ciudadanos pakistaníes todos trataban de dar su versión menos uno, se encontró que aquel pobre al que nadie hacía caso era el intérprete, esperando su turno. Y ojo, que hasta en esto hay intrusismo. Aun recuerdo que, en un juicio de faltas la denunciante, rusa, dijo que entendía español pero que le acompañaba un amigo que le traduciría si en alguna cosa tenía dificultad. Llegado el caso, el voluntario se vio obligado a intervenir y, cuál no fue nuestra sorpresa al comprobar que utilizaba el mismo idioma que el interrogado de Aranjuez y su voluntarioso preguntante. Cosas de saber idiomas, vaya.

Y, como decían los dibujos animados, esto es todo, amigos. Aunque solo sea por esta vez. Que siempre cabe un remake o un spin of, y seguro que no tarda, dadas las valiosas aportaciones de tantos compañeros. Para ellos es hoy el aplauso y el agradecimiento. Porque conseguir una sonrisa no tiene precio. Y , al igual que mi toga y mis tacones, seguro que el público de nuestro teatro también sabe agradecerlo.

Igualdad: el largo camino


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Nos hemos acostumbrado a ver mujeres y hombres en el teatro. Actores y actrices, sobre todo y, en una más pequeña parte, guionistas o directoras, y también figurinistas, maquilladoras o técnicas de luces o sonido. Pero no siempre fue así. En esos tiempos remotos de Shakespeare enamorado hasta los papeles femeninos eran representados por hombres. Y hubo que andar un largo camino para conseguir hacernos visibles, aunque aún queda un trecho por recorrer. Los propios títulos, como Todos los hombres del Presidente o Doce hombres sin piedad dicen mucho de por dónde van los tiros, y hasta una obras con un papel femenino importante, como el de  Demi Moore de Algunos hombre buenos, tienen un título con evocaciones más bien masculinas. Y, aunque a mí me gusta más eso de Tacones Lejanos o Mujeres al borde de un ataque de nervios, el cine no es sino un trasunto de la realidad. Una realidad que sigue pagando más a los actores que a las actrices, y que dificulta a estas la obtención de papeles lucidos conforme se hacen mayores, algo que no sucede a sus colegas del otro sexo.

¿Y qué ocurre mientras en nuestro escenario? Pues más de lo mismo. Corregido y aumentado, además. Que no hay más que echar un vistazo a la fotografía de la apertura del curso judicial para que a una se le caiga el alma a los pies. Y la toga y los tacones, que protestan como nunca.

Ya vimos en otro estreno (Mis tacones) lo que nos costó a las mujeres meternos en este mundo. No lo logramos hasta el siglo XX y, aunque las abogadas empezaron antes (en 1922), jueces, fiscales o médicos forenses no lo logramos hasta la década de los 70. Hace nada, como quien dice, aunque ya ha llovido bastante. Pero no estamos todo lo presentes que deberíamos, o no cómo deberíamos. Solo basta con mirar la foto. Y es que nuestra presencia cede conforme se ascienden escalones.

Por suerte, somos muchas las mujeres togadas . Cada vez más. De hecho, las últimas promociones de Jueces, Fiscales y Letrados de la Administración de Justicia –otrora secretarios judiciales- cuentan con una abrumadora presencia femenina. Sin embargo, solo una de los 18 presidentes de Tribunal Superior de Justicia es una mujer a día de hoy –la de mi tierra, precisamente- y eso es para hacérselo mirar.

Cuando yo aterricé en esta carrera, hace más años de los que quisiera pero menos de los que parece, llegué junto a otras dos compañeras directamente de la Escuela Judicial –así se llamaba entonces también para los fiscales- y nos encontramos con una fiscalía en donde no había ninguna mujer. Incluso hubo quien dijo que habían mandado niñas en lugar de fiscales, vaya. Y, aunque no haga tanto tiempo, todavía había quien preguntaba por el fiscal y se sorprendía al vernos a nosotras. Claro que, solo unos años antes, otra compañera tenía que pelear por explicar que era la fiscal, o la fiscala, si lo preferían, pero que era ella misma, no la mujer de ningún señor fiscal. Y aun así había quien lo veía nada claro. También recuerdo a una jueza, que tenía que explicar muchas veces que la Decana era ella, no el compañero del Juzgado de al lado, porque eso era lo que solían dar por sentado.

Y no hemos cambiado tanto, vaya que no. Es cierto que es un gran paso que ya varias mujeres magistradas del Tribunal Supremo, alguna en los más codiciados puestos, y  lo es más, si cabe, tener una Fiscal General del Estado por primera vez en nuestra historia. Pero no echemos las campañas al vuelo. Todavía son excepción, no regla general.

Y es que en lo nuestro también el techo de cristal existe. Aunque seamos más y el sueldo sea el mismo. Porque seguimos siendo mayoritariamente nosotras quienes, llegado el caso, pedimos las excedencia por cuidado de los hijos, o sacrificamos nuestro avance profesional por los problemas que la conciliación o la falta de ella, nos causa. Y así seguimos. He contado más veces el caso de una compañera que, llamada a ostentar un alto cargo, fue preguntada por un periodista por cómo se organizaría para compatibilizarlo con sus hijos, mientras que al compañero varón que estaba en el mismo caso le preguntaba por sus objetivos profesionales.

Incluso he oído cosas como que “cobramos un sueldo de hombre” o “hazte fiscal, que es más cómodo para una mujer”. De gente que está trabajando, con toga pero sin tacones, por supuesto. Y cuya identidad guardaré celosamente por eso de que se dice el pecado pero no el pecador.

Ojala no tarde mucho en llegar el día en que haya que buscar con lupa a las mujeres en la fotografía –hay dos detrás, casi escondidas junto a la puerta-. Y para ese día me guardo el aplauso de hoy.

Plantillas: tablas de salvación


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No siempre es fácil estar al pie del cañón. El público exige una función tras otra, y los empresarios teatrales aprietan hasta el límite para que los artistas den todas las representaciones posibles, porque el espectáculo debe continuar. A veces, sin tiempo a descansar, o a repasar los guiones, o a preparar la actuación. Hay que salir a escena como sea. Aunque se sientan Con el agua al cuello.

Pero ya se sabe, a situaciones extremas, soluciones desesperadas. Houston, tenemos un problema. Pero esto no es la NASA, ni el Apolo 13, ni el momento de Atrapa la bandera. Y ahí es donde entra nuestro protagonista de hoy, plantillas, modelos o recursos a los que echar mano. Esos truquillos que tienen los actores para salir adelante cuando olvidaron su papel, o el guionista cuando el cerebro se le secó de ideas y el tiempo apremia. Lugares comunes, a veces. Ayudas, muletas o soluciones. Algo así como el vetusto apuntador escondido en su concha, o el pinglanillo con el que van chivando a los actores conforme van rodando. Como esos culebrones donde contaban que rodaban diez capítulos por día sin haber siquiera leído una vez el texto. Pero ahí estaban Luis Alfredo y Cristal dándolo todo, vaya que sí, una sobremesa tras otra.

En nuestro teatro no tenemos apuntador, ni pinglanillos. Ya me hubiera gustado en más de una ocasión, cuando la otra parte te pilla en un renuncio y no tienes ni la más repajolera idea de si aquello ha prescrito, si hay una prueba ilícita o qué narices dice la ley X, la Instrucción Y o la sentencia salida anteayer sobre la materia que una no vio jamás. Pero nada. Hay que improvisar y salir lo más dignamente posible. Y tratando de no meter una morcilla, y que, de hacerlo, se note lo menos posible. Echando mano de toga, tacones y vergüenza torera. Y, como no, de las tablas, que tanto ayudan.

Pero si hay una tabla de salvación famosa en el mundo entero, ésas son las plantillas que tantas veces usamos. Un salvavidas que para sí hubieran querido en el Titanic o en La Aventura del Poseidón. Porque, como decía, a grandes problemas, soluciones desesperadas. Así que, cuando Los problemas crecen, a mayor ritmo que la serie de televisión, y las mesas se llenan por culpa de esa enfermedad crónica llamada mesofobia , viene divinamente echar mano de esos modelos. Que, además, están ahí desde la noche de los tiempos, y, aunque crean algunos que es culpa de la fiebre de la cortaypegamanía, su existencia data de allá donde se pierde la memoria. Porque sea con Olivetti y papel de calco o con los ordenadores de penúltima generación –a nosotros nunca nos llega la última-, o sea, incluso, a mano -que de eso los fiscales sabemos un rato largo-, los modelos son necesarios. Y pobres de nosotros si no estuvieran.

Pero las plantillas en sí no son malas. Lo que puede no ser bueno es el uso que se haga de ellas. O mejor dicho, el abuso. Porque sería tonto repetir cada vez tecleando eso de “el Fiscal, evacuando el traslado conferido…” –horrible palabro ese de “evacuar, por cierto, que ya deberíamos ir cambiándolo-, “Vistos los autos por Su Señoría…”, o “Niego la correlativa del Ministerio Fiscal”, por poner algún ejemplo. El problema viene cuando se convierte en una plantilla también el contenido, que de todo hay en la villa del Señor. Pero lo que es bien cierto es que hay “resoluciones de modelo” para resolver asuntos de modelo, o sea, exactamente iguales. Que haberlos, haylos.

La mayoría tratamos de hacer las cosas lo mejor posible. Pero cuando los expedientes nos inundan y amenazan con caérsenos encima, no nos queda otra que tratar de echar mano de lo que se pueda. Plantillas, resoluciones anteriores en asuntos parecidos sobre los que escribir se convierten en un recurso no solo útil sino imprescindible. Aunque a veces pasa lo que pasa. Y, como las prisas no son buenas consejeras, pues ha habido ocasiones en que un juez se ponía en libertad a sí mismo –y menos mal que no me puse en prisión, me dijo-, que una mujer acaba divorciándose de ella misma, o que se acusa al abogado o al procurador o hasta se cita al testigo de otro juicio porque se deslizó su nombre de un escrito anterior. Y nadie se da cuenta hasta que quien inicia el interrogatorio –el Fiscal, normalmente- pregunta como quien no quiere la cosa eso de “Cuéntenos lo que recuerde de los hechos…” y se ve sorprendido con que de esos hechos, nada. Pero nada de nada.

Así que seamos justos, que de eso va nuestro teatro. Y no queramos ser más papistas que el Papa. Los modelos no sólo vienen bien, sino que son útiles y necesarios. Para usar, no para abusar. Por eso, el aplauso es hoy para quien realiza sus resoluciones, escritos, calificaciones o dictámenes, con modelos o sin ellos, del modo más exquisito posible, dadas las circunstancias. Y la lluvia de tomates, por supuesto, para quien hace que esas circunstancias sean mucho más difíciles de lo que debieran. Que para algunos, la tomatina de Buñol se va a quedar en una minucia.