Metáforas: togas y tropos


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¿Qué sería del mundo sin la poesía? ¿Qué sería de nosotros si, de vez en cuando, alguien no embelleciera nuestra vida con una pincelada de lirismo?

Es evidente que el espectáculo nunca funcionaría sin esa magia. De hecho, en verso eran gran parte de las obras en el pasado, y en verso siguen siendo muchas obras fantásticas llevadas incluso al cine. Mucho ruido y pocas nueces, La vida es sueño, y hasta obras cómicas como La venganza de Don Mendo. Y qué decir de quienes las componen, protagonistas de muchas otras obras, como Muerte de un poeta y la inolvidable El club de los poetas muertos, que enseñó a toda una generación lo que significa carpe diem, mucho más bonito que un sencillo “vive al día”.

Y en verso o en prosa, esa lírica impregna las funciones y las llena de tropos y metáforas. Evidentes, y no tanto. Como aquel Allegro ma non troppo de una jovencísima Penélope Cruz.

En nuestro teatro, aunque parezca mentira, también tenemos nuestra poesía. Aunque a veces quienes la aporten queden tan ocultos como Cyrano de Bergerac, que a priori no parecen casar bien tropos y trapos, metáforas y togas. Eso sí, igual los tacones ayudan un poquito.

El caso es que metáforas hallamos en todas partes. Tengo una amiga, sin ir más lejos, que suele comparar muy acertadamente la ley de enjuiciamiento criminal a una colcha de patchwork, hecha a trozos, parches y retales. A punto, por cierto, de que le revierten las costuras. Y el procedimiento se asemeja en ocasiones a un enorme dinosaurio como los de Noche en el Museo, arrastrándose como puede el pobrecito, y causando destrozos a su paso casi sin darse cuenta, como ocurre cuando el tema se burocratiza demasiado y llegan cosas tan tristes como la llamada victimización secundaria, que no es otra cosa que machacar a una ya machacada victima a base de hacerla comparecer y declarar una y otra vez.

Y como éste, miles de símiles pueblan sin darnos cuentas salas de vistas y juzgados, como esos procuradores corriendo como el conejito de Alicia en el País de las maravillas o abogados que hacen de padre, madre y hermano mayor de sus clientes, o de bomberos, llegado el caso.

Pero si hay una comparación que me gusta más que cualquier otra, ésa es la del tren. Varias veces he defendido que nuestra regulación procesal es como un raíl por el que tiene que correr el proceso. Y que, habida cuenta la vetustez de nuestra ley de enjuiciamiento criminal, estábamos ante las vías de un tren de cercanías por las que pretendían hacer circular un AVE. Y descarrila, claro. No podría ser de otro modo. Que los tiempos de Asesinato en el Orient Express pasaron hace mucho, aunque la justicia española parece no haberse enterado.

Y es que el otro dia tuve una experiencia que me recordó este tropo. A bordo del AVE, precisamente, y con la virtual pero real compañía de unas buenas amigas que me aliviaron el trance. Hete tú aquí que viajaba de vuelta a mi tierra tras una reunión en la villa y corte cuando el tren en cuestión paró en seco, nadie sabe aún con qué motivo –o más bien quien lo sabía lo calló-. Tras unos breves minutos que parecieron más, el ferrocarril cambió el sentido de la marcha, y empezó a ir marcha atrás. Y sí, ya sé que los trenes no van marcha atrás y pueden ir en ambos sentidos, pero ésa era la sensación. Los árboles que veía por la ventana discurrían en sentido opuesto del que debían: íbamos para atrás. Y como mis amigas se empeñaban en explicarme eso de dos máquinas a los dos extremos del tren, permanecía atenta a ver si distinguía a un maquinista corriendo de una lado a otro del vehículo. Pero nada. O no existía, o llevaba muy bien eso de ir de incógnito. Y nada, nada de retrovisores. Los maquinistas son muy listos y deben tener muchos ojos.

El viaje transcurrió entre señales de interrogación. Nadie explicó nada, aparte de una somera referencia por megafonía a un leve retraso en la llegada. Pero, mientras duró el trayecto, y animada por la inestimable compañía de mis amigas virtuales ya reales, vislumbramos el símil. Aquel tren era como nuestra pobre justicia, que pretende incrustar realidades avanzadas en un sistema rancio. Que tan pronto parece correr a toda máquina como se para en seco. Que marcha hacia atrás, salvando las dificultades y que, a base del esfuerzo de quienes trabajan en ella, consigue milagrosamente llegar a su destino. Con un poco de retraso, sí, pero casi a tiempo. Un tren al que cada vez le ponen más vagones sin aumentar el personal ni los medios. Nuestro tren.

Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para todos aquellos que consiguen que nuestro tren llegue a destino. Pero hoy una ovación especial para esas amigas virtuales ya reales que me acompañaron de viaje en la metáfora. Va por vosotras.

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