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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Climatología: anticiclones y borrascas


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Desde que el mundo es mundo, el tiempo atmosférico tiene mucho que ver en nuestras vidas. Imaginemos lo que suponía para el hombre primitivo cada lluvia o cada carencia de ella, tener cosecha y alimentarse o no hacerlo, nada menos. Y, aunque hemos avanzado mucho desde entonces, la Madre Naturaleza nos sigue recordando que, hagamos lo que hagamos, ella siempre tiene la última palabra.

Por supuesto el mundo del espectáculo no es ajeno a ello, tanto por fuera como por dentro. Un estreno puede echarse a perder por una tormenta o una helada, y más de una vez hemos visto en la alfombra roja a ateridas actrices –ellas siempre van escotadas y sin abrigo- a quienes a buen seguro el photocall les costó una pulmonía. Sin olvidar la cantidad de títulos que nos recuerdan los avatares meteorológicos o los tienen por argumento, desde Lo imposible a La tormenta perfecta, de Las nieves del Kilimanjaro o Cumbres Borrascosas. Y aún hay más. Si echamos atrás la cinta de nuestros recuerdos, comprobaremos la cantidad de escenas dramáticas que se desarrollan bajo la lluvia. O menos dramáticas, claro, porque se puede desde estar Cantando bajo la lluvia a tener Lluvia en los zapatos.

Aunque no lo parezca, en nuestro teatro también afecta la climatología. Pensemos si no en todos esos pueblos de nuestra España que se quedan aislados por la nieve o las tormentas, y lo difícil que les resulta acceder al juzgado, a la cabeza de partido judicial donde está la sede o a la capital de provincia donde tengan el juicio de que se trate. Que aunque en mi tierra no es habitual lo de las nevadas, de lluvias torrenciales sabemos un rato, y hemos vivido días en que no se podía llegar al juzgado como no fuera en helicóptero o canoa – de tenerlos a mano, claro-. Y, como de muestra vale un botón, citaré dos ejemplos muy claros. Uno, el de la “pantaná” de Tous, un juicio largo y complejo que todavía se recuerda por estos lares por un hecho cuyos efectos aún se dejan sentir. El otro, totalmente diferente, es el del hallazgo de los cuerpos de las niñas de Alcácer, en una zona anegada por las lluvias que determinó las dificultades del levantamiento de cadáver y la toma de vestigios.

Pero no todo van a ser cosas tremebundas. El clima también da a la gente excusas para las cosas más pintorescas, fundamentalmente en el modo de vestir. Recuerdo cuando llevaba el juzgado de una zona de costa, las frecuentes apariciones del justiciable en chanclas y  hasta en bañador, como si en vez de al Juzgado se fueran a la playa a darse un chapuzón. Y también a la gente que, sin cortarse un pelo, le echa la culpa al tiempo de cualquier cosa. Los hay que dicen que llegan tarde porque llovía, hacía sol o niebla. Por descontado, a esos siempre les recuerdo que el Ministerio Fiscal se teletransporta, y que, con su toga de superheroína, no le afectan el frío o el calor, los atascos ni los vendavales, y que otro tanto ocurre con su señoría, el laj o los letrados o letradas , que milagrosamente si hemos conseguido llegar a tiempo. Será que el sol no luce igual para todos.

Y no es que seamos inmunes al frío o al calor. Este último, especialmente, nos hace sufrir mucho, hasta el punto que ya mereció su propio estreno. La de veces que, en pleno mes de julio, me hubiera arrancado la toga a bocados si la canícula me hubiera dejado fuerzas para ello. Y, aunque hay veces que se exime de llevar toga, teóricamente no se puede, y recuerdo que en mi primer destino sancionaron a un juez por celebrar sin toga. Lo que no dijeron nunca es la sanción que podría haber caído de hacerlo con ella, en una sala sin ventanas y a lo largo de una mañana con más de cuarenta grados. Seguro que no pasaba una inspección de salubridad en el trabajo. Como no la pasarían tampoco esas sedes con goteras en las que se tienen que poner cubos en cuanto el cielo decide descargar. Y así siguen.

Pero además de los avatares meteorológicos físicos, están los metafóricos, que en Toguilandia dan para mucho. ¿O acaso nadie más que yo ha sentido como un verdadero terremoto sacudía hasta los cimientos del edificio cuando nos hemos encontrado con una revelación inesperada, una acusado que no era o un testigo que afirmaba en pleno juicio que el señor que se sienta en el banquillo no es el que cometió el delito? A mí me ha pasado, desde luego, y juro que noté temblar el suelo, que hubiera querido que se abriera y me tragara, en una ocasión en que, en un juicio por robo en el buffet de un hotel en que todo parecía estar muy claro, la testigo fundamental, empleada del establecimiento, me dijo : “pero si este no puede ser, que le faltan tres palmos” aludiendo a que el acusado apenas llegaba al metro y medio de estatura mientras que el autor había sido un mozalbete con una estatura propia de militar en la NBA.

También he sentido en mis carnes, como imagino que muchos de quienes me estén leyendo, cómo la tormenta se avecinaba en forma de relámpagos furibundos, cuando al juzgado que despachamos le avisan de una inspección. En ese mismo momento, rayos y truenos en forma de lluvia de expedientes llegan a fiscalía y nos inundan, literalmente, hasta que no podemos sacar cabeza. Algo parecido al síndrome del fin del mundo que se produce, sin faltar nunca, cada fin de año y cada inicio de vacaciones, como ya veíamos en otro estreno, y que consiste en que, temiendo que el mundo se termine, entran las prisas y hay que tener todo despachado o, al menos, lo más lejos posible.

Y, como no todos los fenómenos meteorológicos son violentos, no podemos olvidar la lluvia fina, sirimiri, o como quiera que se llame al continuo goteo de procedimientos. Eso sí, en nuestro caso ni pertinaz sequía ni nada parecido. Mientras las cosas sigan como están –esto es, mientras sigamos con los mismos medios y más trabajo- el pantano de nuestras mesas de despacho siempre está a punto del desbordamiento. E incluso a veces el trabajo crece a un ritmo que el papel llega en forma de verdaderos aludes, por lejos que estemos de la montaña y la nieve.

Así que hoy, cojamos los paraguas para soportar el aguacero de aplausos a quienes, llueva o haga sol, con nieve o sin ella, logran que los ríos de expedientes no se desborden y lleguen a buen puerto. Por más que la tormenta perfecta en forma de escasez nos ronde continuamente.

Ingeniería horaria: juegos malabares


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    El tiempo es esencial en cualquier ámbito de la vida. Y, por supuesto, también lo es en el mundo del espectáculo. Acertar con el momento de un estreno, con la duración de una película o con los horarios de exhibición pueden trazar el límite entre el éxito y el fracaso. Al tiempo se dedican muchos títulos, desde Las horas hasta 24 horas desesperadas, desde un día de furia a 9 semanas y media, de La vuelta al mundo en 80 días a El año en que vivimos peligrosamente. Y en la literatura, ni que decir tiene con 100 años de soledad encabezando la lista.

  En nuestro teatro, como ya dijimos en otro estreno, tenemos nuestra propia teoría de la relatividad  a la hora de contar el tiempo. Un momento nunca es un momento, ni cinco minutos duran exactamente cino, ni enseguida corresponde a que se hagan las cosas de inmediato. También tenemos nuestro reloj propio, el que marca los plazos procesales que tanta importancia tienen. Pero no son esos los únicos pulsos que le echamos al tiempo.

Nuestra función, como otras muchas, tiene que contar para desarrollarse correctamente con un mecanismo de imprecisión que, a decir de mi compañera @escar_gm, se pude definir como ingeniería horaria. Y si no, díganme como definirian los juegos malabares de cada día, que ni en el Gran Showman los hacían más complicados. Tanto que, a veces, en vez de juegos malabares podrían ser los Juegos del hambre y hasta Juego de tronos, aunque sea exagerando un poco. O no.

El caso es que a veces -¿o siempre?- nos sentimos como si el señor Din Don se hubiera escapado de La Bella y la Bestia para reírse de nosotros, o como si tuviéramos que hacer la competencia al mismísimo conejito de Alicia en el País de las Maravillas. Porque organizar la agenda, la logística, el horario familiar y las extraescolares propias y ajenas dan para volverse loca, si una ya no viene así de serie.

Confieso que cada día, cuando suena el despertador del móvil con su musiquilla machacona -¿qué fue de los despertadores de campana como Dios manda?- me entran ganas de aplastarlo. Y, aunque no llego a eso, reconozco que más de una vez lo apago para comprobar al cabo del rato, con el susto correspondiente, que me he dormido un poco más de lo debido y que ya empiezo el día A contratiempo, es decir, con la lengua fuera. Y eso si sale todo conforme se ha planeado minuciosamente, que si no…

Quienes transitamos por Toguilandia –y ya sé que quienes transitan por otros mundos también- llevamos un ritmo enloquecido. Juicios, guardia, conciliación familiar, algún que otro intento de ocio o de hobby que se frustra más de un día, y vuelta a empezar. Pero hasta ahí, vale. El problema viene cuando alguna pieza del edificio cuidadosamente planificado cede, y, con el efecto dominó, corremos el riesgo de que se nos desmorone la construcción como a una niña haciendo castillitos con bloques.

Es algo que pasa muchas veces. ¿A quien no le ha ocurrido cuando, de repente, un juicio se alarga tanto que le descuadra la organización? Porque, aunque mucha gente no lo sepa, no tenemos horario de oficina y si el juicio sigue hasta las mil y monas, ahí seguimos, con nuestras tripas haciendo ruido y nuestro móvil a punto de estallar para tratar de recolocar las piezas. Si hay que recoger nuestros retoños del cole, de la clase de ballet o de la de macramé o bailes regionales y el juicio se alarga, pues va a ser que no llegamos. Y ojo, que como el juego de las palabras encadenadas, si de esa salida de clase teníamos que ir a la del otro retoño, que gusta más del dibujo, de aprender ikebana o de las prácticas de acrobacias circenses, pues que tampoco llegamos. Menos mal que, para estos menesteres están las super abuelas –también los super abuelos- , super heroínas que tienen el poder de acudir a donde hagan falta, sea para hacer un disfraz de calamar, para recoger a un niño con fiebre o para ser acompañantes de cumple en un parque de bolas. Y menos mal que existen, porque si no no queda otra que echar mano del plan b, canguros a discreción.

Otro tanto ocurre cuando entre la dichosa causa con preso, con tomos, o con ambas cosas que llega en el momento más inoportuno. Por ejemplo, cuando nos íbamos al día siguiente de vacaciones. O cuando, en esta misma circunstancia, nos sorprenden con un señalamiento que da al traste con nuestras esperanzas de unos días de asueto. O a mendigar a un compañero o compañera, o a anular el viaje tocan. No queda otra.

Y, aun si todo sale según lo previsto, tampoco es fácil. Aunque conciliar conciliamos como podemos, más de uno y más de una nos hemos encontrado con expedientes embellecidos por los lápices de colores de nuestras criaturas, o decorados con lamparones de papilla y hasta de café. Y no es porque les demos café a los niños, sino porque lo necesitamos para mantenernos despejadas en las horas que le robamos al sueño. Y lo que cuesta borrar el circulito dichoso, el dibujo de colorines o el lamparón de papilla, como si no tuviéramos más cosas que hacer.

Y después están las extraescolares. Y no solo las de nuestras hijas e hijos, sino también las nuestras. Esos días en que una se compromete a dar una charla en una asociación, una clase en una Facultad o cualquier otra cosa y luego, cuando se percata que no llega, se pregunta a sí misma por qué tiene que ser víctima de ese extraño y nuevo mal llamado siatodismo. El Siatodismo consiste en la imposibilidad de decir que no a nada, y se caracteriza porque quienes lo padecemos vamos por ahí como pollos sin cabeza por culpa de un virus extraño que nos impide pronunciar la palabra “no” y que bloquea nuestros cuellos hasta hacerlos incapaces de moverse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en ese gesto universal de negación que todo el mundo reconoce. Y yo, la verdad, ahora que estamos en confianza y que nadie nos oye, confieso que estoy contagiada del virus del siatodismo en una de sus cepas más virulentas. Y lo malo es que no se conoce vacuna.

Pero así son las cosas. Y así seguirán mientras nadie asuma que necesitamos más medios y más plazas para paliar un poco todos esos imponderables para los que ya no tenemos sustitutos con que contar. Es lo que hay.

Así que hoy el aplauso es para quienes hacen ingeniería horaria para llegar a todo. Y para quienes somos víctimas de nuestro propia siatodismo. Que no decaiga.

 

Retos: preguntas sin respuesta


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   Los retos son tema recurrente en el mundo del cine, del teatro y de la literatura. Desde Don Quijote hasta Los Tres mosqueteros, no hay obra de época que se precie sin que aparezca alguien velando armas, arrojando el guante, escogiendo padrinos o citándose al amanecer por una deuda de honor, por el favor de un dama o por cualquier quíteme estas pajas. Y no solo en su versión directa. También en la versión metafórica, consistente en enfrentarse al mundo por la razón que sea. Desde Duelo de titanes hasta Duelo al sol, pasando por todos lo duelos que imaginarse pueda.

En nuestro teatro, en realidad, hacemos duelos a diario. Eso sí, no usamos más armas que la palabra ni más padrinos que quienes visten toga, aunque a veces diríase que se ven volar los puñales a poco que una se fije.

Pero, además de duelos, tenemos nuestros propios retos. Los que se plantea cada cual en el modo de desarrollar su trabajo, en cada guardia, en cada juicio, con cada víctima o con cada investigado. Y otros, que nos vienen impuestos desde fuera. Y se trata de decidir si se recoge o no el guante, y cómo se hace.

Recuerdo en un ocasión que un investigado –imputado de entonces- pillado in fraganti atracando una gasolinera, nos decía muy convencido que él no había sido. Para reforzar su versión, insistía en que él no mentía jamás, porque su religión se lo prohibía. Por supuesto que la faca albaceteña  con la que acariciaba el cuello del sufrido gasolinero le parecía pecata minuta, y llegó a retarnos a que encontráramos a una sola persona que demostrara que alguna vez había mentido. Pero hete tú aquí que, como no debemos ser buena gente, no aceptamos su reto y entendimos que el testimonio del pobre empleado que aún no se había quitado el miedo dele cuerpo, y la aprehensión del arma nos parecieron suficiente para meterle en la cárcel. Cosas que pasan en nuestro mundo puñetero.

Aunque, por supuesto, hay otros retos más sutiles. Sin ir más lejos, hace unos días, un mandamas retaba al mundo entero a encontrar algún o alguna fiscal que no estuviera encantado de la vida con su reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, concretamente, con la limitación del tiempo de instrucción del artíuclo 324. Y parece que aquí sí aceptamos el reto y más de uno y de una nos esforzamos en encontrar, en persona o en redes, a tan raro ejemplar. Y, lamento decir que la búsqueda, pese a ser más difícil que encontrar a Wally, no dio el resultado deseado, Seguimos no solo sin encontrar a fiscal alguno, sino que tampoco ha aparecido abogado, procurador, juez, laj o cualquier otro habitante de Toguilandia a quien le haya gustado el invento. Así que habrá que oficiar a Paco Lobatón para que continúe con las pesquisas oportunas. O tal vez a Iker Jimenez, que nunca se sabe.

Otro reto interesante es el de la digitalización. O, mejor dicho, el de la presunta digitalización, y conste que con lo de “presunta” no me quiero referir a la presunción de inocencia, que los únicos inocentes fuimos quienes nos creìmos que esto iba en serio. De hecho, quien haya encontrado al fiscal contento con la reforma procesal a la que antes aludía, tiene ante sí otro reto: el de hallar al operador jurídico contento con Lexnet . Y, de paso, que busque al Papel 0, que es como la chica de la curva: todo el mundo ha oído hablar de ella pero nadie la ha visto. Porque, a día de hoy, ya es un dato que después de la implantación de la llamada “justicia digital” que iba a eliminar el papel, se ha multiplicado el gasto en tóner y en folios. Y no, no es broma. Como no lo es que seguimos necesitando grapadoras y otros adminículos de papelería, y no son precisamente para grapar las pantallas de nuestros sufridos ordenadores, por más que de vez en cuando nos asalten las ganas de arrojarla contra ellas mientras el dichoso circulito no deja de dar vueltas con la leyenda «espere un momento…»

Y, como me vine arriba, les contaré otro reto que me planteó mi hija, todavía menor de edad. Me decía que por qué en las papeletas que metemos en las urnas en las elecciones nos deberían obligan a poner, como en los exámenes del instituto, “justifica tu respuesta”. Si eso fuera así, podría incluso haber un subapartado para quienes trabajamos en Toguilandia, y que tuviéramos que hacer referencia a las mejoras presentes, pasadas o futuras de aquellos a quienes confiamos nuestro voto. No estaría mal, desde luego. Aunque mucho me temo que, si así fuera, la jornada de reflexión debería alargarse a una semana o un mes para dar con la respuesta adecuada. Por no hablar del momento de la votación, que podría durar un par de días. Y ni así.

Y hasta aquí llegan los retos por hoy. Pero seguro que a quien tenga la paciencia de leerme se le ocurrirán otros muchos. Por eso, hoy el aplauso es para quienes cada día saltan los obstáculos que nos ponen en el camino y continúan planteándose el hacer justicia como el reto nuestro de cada día. Que no es poca cosa.

 

Cuento fallero: contra la violencia de género


 

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Nuestro teatro se pone peineta, pero no olvida que, mientras disfrutamos de las cosas bellas, hay mujeres que siguen sufriendo cada día ese drama de la violencia de género.

En honor a ellas el escenario de Con Mi Toga Y mis Tacones quiere estrenar este cuento, creado ex profeso para una subasta solidaria a favor de la Asociación Alanna que se celebró gracias a la ayuda de la Junta Central Fallera y amadrinado por ls Falleras Mayores de Valencia de 2018.

 

LA FALLERA MEJOR

Después de tanto tiempo esperando que llegara la ocasión, lo había conseguido. Su sueño de ser fallera mayor de su querida falla se había hecho realidad cuando ya casi pensaba que no llegaría nunca. Estaba feliz y pletórica de emoción. Sin saber todavía que su sueño se convertiría en pesadilla.

La Junta donde la nombraron fue, finalmente, menos emocionante de lo que ella se había imaginado cada vez que había soñado con aquel momento. Tal vez sus expectativas eran muy altas, pero no sintió la alegría arrebatadora que debería de haber sentido. Y, aunque aun no se atrevía a reconocerlo, ella sabía por qué.

El. Su chico, su pareja. Había ido a abrazarlo y la había rechazado. Y, ademas, tenía una expresión en su cara que le hizo sentir un escalofrío de los pies a la cabeza. No obstante, no quiso que el momento se echara a perder. Y trató de quitarle importancia aunque no podía olvidarlo.

No tardó ni un instante en descubrir que su intuición no le engañaba. Esa misma noche, cuando, como hacía siempre, él le acompaño a casa, tuvieron una enorme discusión. El la recriminó por dar besos a todo el mundo, en particular a los chicos de la falla. Ella no comprendía nada. Eran sus amigos, los amigos que tenían desde que eran unos críos y se conocieron en la falla. Ella lloraba, y cuando le preguntó si no se alegraba por su nombramiento, él estalló como una mascletá de gritos. Incluso llegó a temer que, si no llega a marcharse, él le hubiera golpeado. Le decía que ahora se luciría delante de todos con escotes pronunciados, que la mirarían, que no le haría caso a él, que estarìa con otros hombres y que él la quería para él solo, como debía de ser.

Se fue a la cama con un nudo en la garganta y otro en el corazón. Intentaba explicarse qué le pasaría, que habría bebido demasiado, que tendría un mal día y lo había pagado ella. Pero a lo largo de toda una noche de insomnio, no logro creérselo. Y, de repente, fue recordando escenas que había borrado de su memoria. Días en que él había inventado cualquier excusa para no salir con sus amigas, veces en que le reclamaba su móvil para mirar los mensajes, aquella vez en que tuvo que cambiarse de vestido porque la falda le parecía demasiado corta, sus frecuentes e inexplicables arrebatos de mal humor. Pero, después de darle mil y una vueltas a la cabeza, pensó que él la quería tanto que tenía miedo de perderla. Con esa idea se convenció y miró hacia adelante. Seguro que él ya lo había comprendido y se arrepentiría. Y todo volvería a ser como siempre.

No se equivocó. Al día siguiente él pareció en su casa con un enorme ramo de flores y le pidió disculpas por su comportamiento. Juró que no volvería a hacerlo y aseguró que estaba muy contento y orgulloso de que ella fuera Fallera Mayor. Y ella le creyó

La pesadilla, sin embargo, no había hecho más que comenzar. Cada acto al que acudía, cada exaltación, cada cena, era peor que la anterior. Si él iba con ella, no dejaba de hacer comentarios despectivos y de quejarse, si no iba, no dejaba de llamarla al móvil y enviarle mensajes. Dónde estaba, con quién, envíame una foto para comprobarlo, vuelve a casa. Poco a poco, ella fue dejando de disfrutar de su reinado y muchas veces dejaba de ir a algunos actos con tal de evitarse la pelea. Se consolaba pensando en su Presentación en la que, a buen seguro, él estaría contento a su lado.

El día se acercaba y ella aún pensaba que entonces cambiaría todo. Y cambió, desde luego. Pero no en la forma en la que ella deseaba.

La semana anterior a su Exaltación sus amigas le prepararon una fiesta sorpresa. Ella acudió sin saber adonde iba, creyendo que no era más que un cafecito ente amigas. Lo pasaron de maravilla, y llegó de madrugada a casa. El la esperaba en el portal, con la misma expresión en su cara que le había visto el día de nombramiento. La agarró del brazo y le pidió que le enseñara el traje de valenciana para la Presentación. Ella obedeció, sin saber muy bien qué pretendía. Entonces, él la empujó y, con unas tijeras que llevaba consigo, comenzó a hacer cortes en el vestido hasta dejarlo destrozado. Después, con los ojos inyectados en sangre, puso las tijeras en el cuello de ella, mientras le decía que si se movía la mataría. Ella permaneció quieta, muerta de miedo, mientras él usaba las mismas tijeras para cortarle el pelo hasta dejarla casi calva. Y, como ella no dejaba de suplicarle que le dejara, le empujó con todas sus fuerzas. Ella cayó, inconsciente, al suelo, donde languidecían los retales de su precioso vestido de fallera.

Cuando su madre regresó a casa, ella ya no estaba. Alguien llamó a la policía, y la ambulancia se la llevó al hospital

Las heridas de su cabeza resultaron superficiales pero las del alma eran muy graves. Ya no habría Presentación, ni vestidos, ni moños, ni nada. Adiós a todo lo que habìa soñado. Al día siguiente, ya en su casa, le pidió a su madre que presentara su renuncia a ser Fallera Mayor.

El sábado en que tenía que haber sido su presentación, escuchó música desde su casa. Cerró la puerta para no oírla. Probablemente, otra la habría sustituído en su cargo. Pero su madre insistió en que saliera al balcón, y la llevó a la fuerza.

No podía creer lo que estaba viendo. Toda su comisión estaba allí, y gritaban su nombre. Y eso no era lo más llamativo. Todas las chicass llevaban trajes de fallera pero no estaban peinadas. Se habían cortado el pelo y lo llevaban como el de ella, casi calvas. Nuca en la vida habrá una comisión tan hermosa, aunque ninguna llevara peinetas ni agujas

La Presentación fue el acto más inolvidable de su vida. Con un vestido que había hecho entre todas, estaba más preciosa que si llevara el mejor espolín de seda. Ese día supo que no estaba sola ni lo estaría nunca. Y recuperó las fuerzas que había perdido para mirar hacia adelante con la alegría y la esperanza que le habían arrebatado. Y, por supuesto, fue la mejor Fallera Mayor de la historia

(fotografía de la Falla Na Jordana 2012, que representa una máquina para acabar con la violencia de género, cedida generosamente por Francisco M Prieto. Mil gracias)

 

Justicia Fallera: haciendo la puñeta


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Otro año más, cambiamos la toga por el traje de fallera, que llega marzo y ya toca. Y si ya plantamos una falla, la quemamos, echamos cohetes y fallereamos, esta vez  montaremos nuestra propia comisión de falla toguitaconada, contando la vida de una falla en clave puñetera. Que no se diga.

Empezaremos por la apuntà, que consiste en el momento en que, a partir del 20 de marzo, la gente se hace de una u otra comisión fallera. La nuestra se desarrolla en dos actos, como si fuera un a propòsit –una pieza de teatro corta relativa a fallas-. La primera leva, el día en que una se matricula en la Facultad de Derecho, que sería algo así como apuntarse a la comisión infantil. La segunda, ya adulta, cuando decidimos hacer una oposición o nos colegiamos, según cual sea la opción profesional elegida. Y a partir de ahí, la cosa ya no tiene remedio, ya nos han enganchado. Y, como en cualquier buena falla que se precie, no se limita a los cuatro días de Fallas, qué va. La peineta, como la toga, nos acompaña de continuo aunque no las llevemos puestas. Y hay que ir a los actos, pagar las cuotas, trabajar por la falla y todo lo que se presente. Igual que en nuestra comisión justicieta.

Empezado el ejercicio, el primer acto es el Nombramiento. Ahí ya se van desvelando los nombres y los cargos de cada uno de los intérpretes de nuestra función fallera. El día del examen de la oposición o de la prueba correspondiente en cada carrera, si se supera, empezará a desvelar las incógnitas y a revelar quiénes y en qué papel nos incorporamos a Toguilandia. Ahora sí que sí. Ya no hay marcha atrás. Ya eres juez o fiscal, laj o forense, procuradora o abogada. A prepararse toca para La que se avecina

Otro de los momentos clave es la Exaltación, que también se llama presentación. Es el acto solemne en el que se inviste a la fallera mayor de los atributos de su cargo, y se presenta a su corte de honor y a toda la comisión. Un acto comparable con nuestras juras, ese momento tan importante en que juramos o prometemos realizar bien y fielmente –ahí es nada- las obligaciones de nuestro cargo. Con las lagrimitas de nuestras familias y todo, que no es moco de pavo haber llegado hasta ahí. E incluso con las meteduras de pata pertinentes, que, de vez en cuando, alguien jura o promete,todo a la vez, que no se diga. Pero es un acto hermoso. Y, como curre en las Fallas, no es más que el principio.

A partir de ahí, enganchados al carro, el ejercicio empieza a precipitarse . Y, cómo no, el primer escollo con el que tropieza es la financiación. Las comisiones falleras lo solucionamos, o lo intentamos, por medio de venta de lotería, sponsors, publicidad, alquilando barras de bebidas o puestos de buñuelos y churros y, por supuesto, con alguna subvención que otra y también con los premios económicos por las actividades realizadas. Pero en Toguilandia no nos lo ponen fácil. Imaginemos por un momento que pudiéramos hacer algo así. Podríamos añadir una participación de lotería de Navidad a las negociaciones para conformar o llegar a acuerdos, aunque si se trata de la jurisdicción de menores tal vez sería mejor del sorteo del Niño. También podríamos hacer una rifa de una cesta, en la que en vez de jamón, vino y turrón, hubiera posits, bolígrafos y grapadoras. Y quizás fuera posible añadir una financiación extra agregando un mensaje publicitario en nuestras togas, y repartir turnos de barra del puesto de bebidas y de churros, aunque antes tendrían que incluir en los cursos de formación un apartado relativo a repostería y coctelería, que, aunque a veces las cosas salgan hechas un churro, no creo que nos los quitaran de las manos. Eso sí, lo de las subvenciones, olvidémoslo, que ya tenemos experiencia en eso de reclamar inversiones y quedarnos mirando para Cuenca, por no hablar de premios, que aquí solo se reciben testarazos si alguien mete la pata pero nadie reconoce el trabajo bien hecho en condiciones más que mejorables.

Pero, con todo, plantamos nuestras fallas cada día, en las guardias, en los juicios, en las declaraciones, en los despachos y fuera de ellos, en esa sucursal que tenemos en nuestras propias casas, adonde llegan los expedientes cargados en maletas y no a través de las ondas informáticos por mucho que nos digan. Con su resultado hacemos nuestra particular Ofrenda, que no es de flores, sino de escritos, dictámenes e informes acabados.

Y, por supuesto, con el cansancio a cuestas, llegamos a la Cremà, la traca final de cada pleito, con su sentencia firme tras todo el recorrido procesal. Y, como las fallas, las hay que queman bien, con un espectáculo fantástico, y las hay que las hacen a trompicones, con o sin sus castillos artificiales para celebrar la culminación de la fiesta.

Ya sé que quien haya llegado hasta aquí se estará preguntando quién es la fallera mayor, quién ha presidido la falla y quiénes forman la directiva, para poder hacer balance del ejercicio fallero toguitaconado. Pero eso lo dejo a la imaginación de cada cual. Que le ponga los moños y la peineta a quien crea merecerlo, y que critique la gestión de nuestra particular comisión puñetera.

Para acabar, como hacemos cada 19 de marzo cuando todo ha acabado, o cuando todo empieza, según se mire, el brindis, que hoy sustituye al aplauso. Hoy está dedicado, una vez más, a quienes cada día trabajan en esto pese a obstáculos, petardos, atascos y churros varios. Y eso, sí, un recuerdo extra para quienes en estos días, con toga o sin ella, en casa o en el exilio, nos acordamos de nuestra tierra, Valencia, y, por supuesto, para @madebycarol1 , que, una vez más, me ha cedido su deliciosa ilustración.

 

Frases lapidarias: las otras sentencias


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Cuántas veces habremos repetido frases del teatro, del cine o de sus protagonistas, que han pasado a formar parte de nuestro lenguaje diario. Ponemos a Dios por testigo como Escarlata, nos lanzamos hasta el Infinito y más allá como los protagonistas Toy Story, nos amontonamos en el camarote de los hermanos Marx y pedimos dos huevos duros, o más madera, según el caso, y nos consolamos con eso de que Nadie es perfecto como en Con faldas y a lo loco.  También aludimos a que algo huele a podrido en Dinamarca, aunque la corrupción no esté en el país nórdico, o nos preguntamos si ser o no ser emulando a Hamlet, nos lanzamos a empresas en común diciendo que lo hacemos todos a una, Fuenteovejuna, o que somos Todos para uno y uno para todos, como si fuéramos los mismísimos Tres Mosqueteros y, de vez en cuando, suspiramos exclamando que La vida es sueño. Y eso son solo algunos ejemplos de ficción, aunque, cuando los intérpretes hacen de sí mismo, es Groucho Marx quien se lleva el gato al agua con su conocida frase, más lapidaria que nunca, “perdone que no me levante”, destinada a servirle de epitafio.

En nuestro teatro no somos tan ingeniosos, ni muchísimo menos. Pero de vez en cuando, oímos cosas que acaban convirtiéndose en un clásico, para bien o para mal. Pedir un corpus cristi por un habeas corpus, o un auto de escarmiento o una orden de alojamiento en vez de alejamiento, que no llegamos a saber si se aloja al investigado para escarmentarle o es la víctima quien quedó escarmentada por darle alojamiento en su día.

También cobraron carta de naturaleza los juicios de flautas por la faltas, o los ya famosos levitos  por delitos leves, que suenan mucho más bonitos, dónde va a parar. Y no hace nada, sin ir más lejos, me comentaba un compañero en la guardia que no sabía si ponerse oportuno o importunar, en referencia a ese pequeño resquicio del principio de oportunidad que ahora existe en los delitos leves, o ese más que resquicio en el proceso de menores.

Hace unos días, oí a un investigado en la guardia decir algo así como que no tenía por qué estar a merced de una señora que tenía distorsiones cognitivas con él. Me quedé, haciendo uso de otra frase que uso mucho, que si me pinchan no sangro, sin saber si la señora aludida era quien le había denunciado o la juez que le preguntaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando acabó su discurso diciendo que eso era como si dijera que iba a rajar  a la fiscal, con lo cual, la que suscribe, echó hacia atrás su silla por si las moscas, y se quedó sin saber qué narices serían eso de las distorsiones cognitivas. Pero, citando nuevamente a Escarlata, a Dios pongo por testigo de que lo de las distorsiones cognitivas me lo quedo para mí para siempre, que suena de maravilla.

Otras de las ocasiones que dan mucho de sí son las negociaciones en busca de un acuerdo. Hubo una vez que, tras un rato de tira y afloja entre abogados y la fiscal, parece que la cosa llegaba a buen puerto. Pero nuestro gozo en un pozo, porque el interrogado dijo que no y que no, ante la cara de estupefacción de su abogado. Todo se aclaró -o no- cuando al final nos explicó que no podía decir que sí, que no estaba confirmado porque se salió antes del colegio de curas, pero que sí que había tomado la Primera comunión.

Aunque confieso que una de mis frases favoritas, y que he utilizado durante mucho tiempo como un guiño entre colegas no es mía, es de Gila. Alguien ha matado a alguien. El santo y seña con el que he entrado en más de un juicio, claro está, antes de ponerme la toga, que después soy muy formalita, como está mandado.

También nuestro vestuario da para más de alguna de aquellas frases. Recuerdo en una ocasión en que un acusado se refirió a una compañera diciendo “aquella señora del batín negro es muy lista”, lo cual le valió a la compañera meses de sobrenombre como la del batín negro. Eso sí, como de verdad era muy lista, sacó el juicio adelante y el muchacho acabó condenado, por obra y gracia de la señora del batín.

Así que ahí queda eso. Como nos drían en las pelis, juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, eso sí, no hablaré sin la presencia de mi abogado, otro clásico.

Pero no dejaré este estreno visto para sentencia sin el aplauso pertinente. El que dedico hoy a cada una de las personas que, voluntaria o involuntariamente, nos hacen sonreír con sus frases lapidarias.

Día de la mujer: avanzando


BOMBERA

Como cada año, mi toga, mis tacones y yo misma seguimos conmemorando el Día de la Mujer.

Para ello, esta vez he querido rescatar un relato que hice para el libro de fiestas de los bomberos de Valencia, y que me agradecieron con un generoso reconocimiento en un acto el pasado año siempre guardaré en mi memoria.

Hoy, como regalo por este día, lo quería compartir con quienes me honrais leyéndome cada semana.

 

Relato publicado en el libro de fiestas de Bomberos de Valencia 2017

IDEAS DE BOMBERA

 

    Apenas quedaba tiempo. Cada gota de aquel maldito artilugio conectado a su brazo era como cada grano de su viejo reloj de arena, descontando las horas, los minutos, los segundos. Decidió tomarlo con calma. No podía hacer otra cosa. La vida marcaba su inexorable rumbo y las personas poco teníamos que hacer para escapar a nuestro destino. O tal vez sí.

              Casi sin darse cuenta, se sumió en un sueño narcótico que le transportó a otra época. Y esta vez no quiso resistirse más. Le dejó entrar por la rendija donde se meten los sueños, y se dejó llevar.

              Se vió a sí misma con ocho años, su uniforme del colegio y su mochila cargada a la espalda, volviendo a casa como cada día. Y, al doblar la esquina, todo se volvió humo. Apenas se distinguía el edificio de su casa, y tampoco se podía acercar más. Un montón de gente se apiñaba junto a su portal, sin dejar apenas vislumbrar la cinta roja y blanca con que habían acordonado la zona. Su edificio, su portal, su casa. Y su ventana. De allí es donde salía el humo. Le empezaron a escocer los ojos y ya no supo mucho más. Alguien la cogió de la mano y se la llevó lejos, a pesar de sus protestas. No quería marcharse. No sin comprobar que su mamá estaba bien. Solo quería ir con ella, pero nadie le contaba nada. Solo le decían que se tranquilizara y fuera una niña valiente, que todo iba a ir bien. Pero ella no quería ser valiente. Solo quería ser una niña y dormir acunada por su madre, como tantas veces, y despertarse en su cuarto con sus muñecas. Tampoco pedía tanto.

     Pero no pudo ser. Le explicaron algo sobre un terrible accidente, y la llevaron a casa de sus tíos que, aunque se empeñaban en ser cariñosos con ella, no le reportaban ningún consuelo. Al fin y al cabo, no había tenido apenas relación con ellos. A su padre no le gustaba demasiado la vida social, y su madre había acabado por limitar su vida a un mundo maravilloso en que solo existían ellas dos. Un mundo en el que ni él, ni sus gritos ni sus golpes tenían cabida.

     Se empeñaron en que les contara lo que había pasado el día anterior. Pero no pensaba decirlo. Le había prometido a su madre que nunca contaría a nadie esas cosas, y no pensaba faltar a su palabra. Solo quería verla, saber cómo estaba, y volver a aquel mundo privado en que nada importaba. Pero por más que preguntaba, seguían sin constestarle. Pasó la noche en vela, en aquel cuarto prestado que le era tan ajeno, hasta que, cuando ya casi era de día, sonó el teléfono.

     Aguzó el oído. Escuchó a su tía llorar y, tras un minuto que pareció una eternidad, fue junto a ella y le dijo que su madre estaba en el hospital, que estaba muy malita pero que pronto podría verla y todo iría bien. Y quiso que fuera verdad.

     Su tía no mintió. Y aunque no tan pronto como hubiera querido, su madre se recuperó. Había sufrido graves quemaduras en el cuerpo, pero luego sabría que más graves aún fueron las del alma. A su padre no volvería a verlo, aunque eso más la alivió que otra cosa. Pero le dolió el corazón cuando supo que el bombero que había logrado rescatar a su madre del infierno había muerto. Y entonces tomó la decisión más importante de su vida.

     Pasaron los días, los meses, los años. Su madre apenas tenía secuelas y había cambiado por completo. Ya no vivían solo para ellas. Ya no tenía miedo a salir de casa, ni a alzar la voz, ni a ponerse guapa. Juntas iban a todas partes, pensando que aquel incendio se llevó consigo mucho más que su casa. Ya no necesitaban aislarse en un mundo privado porque el mundo les pertenecía. Aunque nunca dejaron de recordar a aquel héroe que las devolvió a la vida.

     Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su vida, le dijo a su madre lo que tenía claro desde aquel día lejano en que volvía a su casa con su uniforme y su mochila. Ella sería bombera. Y salvaría a la gente no solo de las llamas sino de una vida de pesadilla como la que ellas habían tenido. Pero su madre, como siempre que tenía alguna de sus ocurrencias, le dijo aquello de que las suyas eran ideas de bombera, que ninguna mujer se dedicaba a aquello.

     Pero a ella no le importó lo más mínimo. Si no había ninguna, ella sería la primera. Y seguro que tras de ella vendrían otras muchas. Y ella les esperaría con los brazos abiertos para poder dedicarse a la profesión más hermosa del mundo, la que un día salvó la vida de su madre y también la suya.

     Se preparó concienzudamente. Se enfrentó a la oposición de mucha gente, y hasta las burlas. Se machacó el cuerpo para preparar las pruebas físicas y se peló los codos para estudiar todo el temario. Y, mientras tanto, se acordaba de cuando en cuando de aquel héroe y le llevaba flores al cementerio. Las flores que nunca le llevó a aquella otra lápida donde estaban los restos del hombre que quiso acabar con la vida de su madre. Su padre. El que todavía aparecía en sus pesadillas.

 

     El sonido del monitor la sacó de sus sueños. El gotero seguía su curso. Su madre, a su lado, le recordaba lo orgullosa que estaba de ella. Logró lo que anhelaba. Ser una de las primeras mujeres bomberas de nuestro país. Ahora ya eran más, aunque todavía quedaba un largo camino. Solo 10 mujeres entre 400 hombres en toda la Comunidad Valenciana, y solo dos en los cargos más altos en todo el país. No podía haberle hecho más feliz cumpliendo con aquellas ideas de bombera.

     El gotero terminó su contenido. Vinieron a por ella y se la llevaron en una camilla. La suerte estaba echada.

Cuando volvieron a llevarla a la habitación, su madre seguía allí, con lágrimas en los ojos.

Todo había ido bien. Había dado a luz a un niño precioso. Y, por supuesto, no podría tener otro nombre. Se llamaría Salvador, como aquel bombero que les salvó la vida. Y quizás algún día, él también volvería loca a su madre con sus ideas de bombero.

 

Fantasmas: la amenaza constante


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Los fantasmas, en su versión dulcificada o en la más terrorífica, son una constante en el mundo del cine. Desde el entrañable Casper hasta el almibarado Ghost, pasando por Atrápame ese fantasma, los imprescindibles Cazafantasmas o el remake navideño Los fantasmas atacan al jefe, esos seres más o menos invisibles o decididamente visibles con su sábana blanca y sus cadenas llenan nuestras pantallas con frecuencia.

En nuestro teatro no hay fantasmas tan visibles, desde luego, aunque de vez en cuando se vea a alguien pavoneándose con su toga tanto que me da la sensación de que oigo arrastrar las cadenas y hasta el rechinar de dientes. Pero, al margen de esos fantasmas, tenemos otros mucho más reales y terroríficos que nos persiguen desde la noche de los tiempos.

El primero de ellos es una constante en la vida de los estudiantes y, especialmente, de los opositores. El fantasma de las reformas . Seguro que cualquiera que se haya encerrado a estudiar sabe de lo que hablo. Una sale de su zulo y, mientras en el tiempo tasado para comer y respirar, enciende la tele, o echa un vistazo a prensa, redes sociales, foros o lo que sea,  se enciende la alarma. Ni no ni no ni no ni noooo. Alerta máxima, Opositor hundido. Van a cambiar el Código penal, el Código Civil, la ley de Enjuiciamiento Civil o Criminal o cualquier otra ley gorda y pesada. Y, de repente, entran sudores fríos y se aparece un reloj imaginario descontando todo el tiempo que hemos dedicado a memorizar semejantes tochos y tirándolo a un cubo de basura no menos imaginario. La verdad es que solo de recordarlo se me ponen los pelos de punta. Y, aunque también para quienes ya vestimos toga es un Impacto, no es comparable al Abismo que supone para quienes opositan.

Es verdad que esas alertas, a veces, se hacen realidad. Recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Derecho y luego de opositora se hablaba con insistencia del futuro Código Penal –andábamos co texto refundido del 73, que más que refundido era tuneado, costumizado y parcheado del del 44-, y que hasta había temas dedicados al Proyecto de 1982 y a la Propuesta de Anteproyecto de 1983, cuyo texto memoricé hasta el punto de que aun recuerdo algunos párrafos. Y tanto decían cada vez que, como Pedro y el lobo, acabé por no creerlo y pellizcarme un par de veces cuando vi publicado el Código nuevo en el 95, afortunadamente para mí, cuando ya había aprobado. Recuerdo como una pesadilla revisar y requeterevisar miles de ejecutorias, pero siempre me consolaba pensando que menos mal que me pilló ya con mi toga y mis tacones puestos.

Otro de los fantasmas sigue ahí, azotándonos con sus cadenas un día sí y otro también. Y ese fantasma no es otro que la famosa instrucción para los fiscales, de la que ya me hablaban mis profesores en primero de Derecho, antes de que fuera consciente de que era algo que me iba a afectar tan directamente. Se ha dicho y se sigue diciendo de todo al respecto, y se han emitido opiniones contrarias y favorables con todo tipo de argumentos. No entraré yo en ello más allá de decir que es un modelo que se sigue en la mayor parte de nuestro entorno jurídico, por lo que no tendría nada de extraño sino todo lo contrario, pero que sin medios y una ley adecuada una acaba pensando eso de Virgencita, que me quede como estoy, que miedo me dan las ocurrencias low cost que tan de moda se han puesto en Toguilandia.

Otro fantasma constante en la vida de nuestros compañeros de la abogacía es, según me cuentan, el de una posible privatización del turno de oficio . Una posibilidad que usan casi como una amenaza cada vez que se quejan, con toda justicia, de las condiciones en que desempeñan tan esencial cometido. Virgencita, ni se te ocurra mover un solo dedo.

También es recurrente, aunque más real, el de una posible privatización del Registro Civil  que, tras varias prórrogas como si estuviéramos en la Champion, ahí sigue. Y ojo que no nos pase también en esto como con otras cosas, y nos pille también, como a Pedro y el lobo, de improviso. Miedo me da.

Pero no son los únicos fantasmas. Hay algunos que se repiten de vez en cuando, como el de que van a hacernos fichar a jueces y fiscales como a los funcionarios. Aunque creo que ya se ha abandonado esa idea, porque el día que se computen las horas de oficina habrá que colgar la toga en la puerta del juzgado, y no llevarse un solo expediente a casa en nuestros trolley . Y eso no creo que convenga a nadie.

Para acabar, están los fantasmas buenos, esos que dicen que van a llegar pero no llegan nunca. Entre ellos, la enésima promesa de recuperar el poder adquisitivo perdido en nuestros sueldos , de aumentar la retribución del turno de oficio, de crear un montón de plazas de jueces, fiscales o lajs, o, incluso, de devolvernos los permisos que nos arrebataron a la vez que a los funcionarios pero que no hemos recuperado a la vez que ellos, al igual que derechos tan obvios como la ampliación de la baja de paternidad.

Y lo peor de todo viene cuando esos fantasmas se hacen realidad en su peor versión, como ha ocurrido con la famosa digitalización , que ha creado más problemas de los que ha solucionado. Ese sí que ha sido un fantasma de los malos de verdad, propio del más elaborado género de terror. Que tiemble Nosferatu ante Lexnet y sus secuelas.

Así que hoy el aplauso, más que para los fantasmas, será para quien sigue adelante sin sucumbir al terror. Y como no, para la Virgencita que permita que me quede como estoy cuando haga falta.

 

Expectativas: Descontando hasta cinco


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Las expectativas son algo muy personal. Cuando se pone toda la ilusión en algo, toda la carne en el asador y se concentra toda la energía, siempre se espera que todo vaya sobre ruedas, que la ilusión no se venga abajo, la carne no se queme y la energía no se disperse. Y a veces ocurre. Todo sale según lo esperado y una se va a dormir satisfecha.

Pero a veces las cosas salen tan bien, que se superan las expectativas, y una se va a dormir no solo satisfecha sino con una sonrisa pintada en la cara que no se la despintan ni con toneladas de aguarrás. Y eso es precisamente lo que me ha ocurrido con el estreno de mi primera novela, Descontando hasta cinco.

Lo que ocurrió en el precioso salón del Casino de Agricultura de Valencia el 22 de febrero de 2018 fue Algo para recordar, y para recordarlo Por siempre jamás. Y me gustaría compartirlo con quienes os asomáis cada semana a leer mis aventuras y cuitas toguitaconadas.

En un salón lleno hasta la bandera, sonaron los acordes de Lo imposible, tocados al chelo en directo, llenando de magia el entorno. A continuación, una a una, maravillosas bailarinas encarnaban el espíritu de la novela, Descontando hasta cinco con sus cuerpos.

A partir de ahí, esa mesa donde me arroparon como nadie Mauro Guillén, mucho más que mi editor  -Mauro siempre pone la red para que esta trapecista se lance al vacío-, y Ana Durán, periodista , amiga y muchas cosas más. Pocos escritores se encontrarán tan a gusto en el bautizo de su criatura como estuve yo.

No quise hacer spoiler entonces y no lo haré ahora. Pero sí quisiera contar algunas cosas para quienes no estuvieron presentes en persona aunque sí en espíritu. Porque noté su presencia y su cariño incluso físicamente.

Como dije, un buen día decidí escribir una novela. La idea me andaba rondando algún tiempo, así que todo estaba ahí, solo quedaba escribirlo. Y eso es lo que hice en verano. Los personajes cobraban vida propia en el papel, y se apoderaron de mí hasta el punto que me entraban ganas de leer lo que todavía no estaba escrito. Esa novela negra que no sé si al final es negra o se quedó solo en gris marengo, que una no puede acabar de desprenderse nunca de su tinte optimista. Un crimen, una trama de intriga y una historia de amistad como telón de fondo. Y el tema de la violencia de género latiendo a través de las páginas, de las que solo desvelaré una frase, la que consta en la propia reseña y que creo que resume el mensaje “Todas podemos ser víctimas”. El resto ahí queda, para quien tenga ganas de leerlo, que, por supuesto, espero que sea mucha gente. Faltaría más.

Y, para la criatura, un traje de bautizo maravilloso. Una portada magnífica obra de Vicente Greus, a quien no tengo suficientes palabras para agradecer como puso imagen a lo que yo tenía en la cabeza, y un aperitivo fantástico, el prólogo de mi querida amiga y periodista Loreto Ochando. No se puede ser más afortunada. Y, para acabar de aderezar el guiso, la corrección de Teloseditamos, que es tan buena en cada nota que pone que a una le entran ganas de equivocarse para que la corrijan, y el apoyo de Bibliocafé, con José Luis, como siempre, como librero de cabecera.

Pero nada sería una presentación sin su público. Amigos y amigas por doquier, desde las que aprendieron a leer conmigo en el colegio, hasta las que comparten cada dia sus redes sociales y su amistad, algunas venidas desde muy lejos. Mi familia, siempre a mi lado, y aunque esta vez mi madre solo trajo el corazón, juro que también la vi en la sala. Compañeros y compañeras de trabajo, periodistas, letrados, compinches de vida y de aventuras que traían distintos retazos de mi vida y hasta gente a la que jamás había visto. Gracias por este regalo inolvidable. Y gracias también por el apoyo desde medios de comunicación y desde redes sociales. No sé si lo merezco, pero haré todo lo posible por merecerlo.

Disculpas por anticipado por el momento cursi, pero cuando una ve superadas sus expectativas hasta ese punto, es inevitable que la posea el espíritu de Mimosín y los Osos amorosos hasta dispararle los niveles de azúcar. No es para menos.

Ahora solo falta que la novela os haga disfrutar. Y también pensar un poco, que nunca viene mal. Ojala lo consiga.

Y cómo no, el aplauso hoy es para todas las personas que en persona o en espíritu estuvieron acompañándome en este viaje. Mil gracias.

Y para quien quiera, ya en Amazon

Y también en la librería on line de Bibliocafé

https://www.bibliocafe.es/tienda/descontando-hasta-cinco/

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Alcoholismo: más que un problema


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Hoy en con mi toga y mis tacones estamos de resaca tras la inolvidable presentación de Descontando hasta cinco, que pronto tendrá su propio estreno. Así que, mientras llega, aprovecharé para contaros un cuento, que ojalá haga pensar a más de uno y de una sobre un tema más frecuente de los que se piensa

 

Relato finalista del certamen de cuentos 2017 de Valencia Escribe

EL KARMA EN LA LAVADORA

 

No sé en qué maldito momento se me ocurriría consultar con ella. Ni sé en qué estaría yo pensando para acudir a aquello que siempre había considerado patrañas. Cualquiera que me conociera pondría el grito en el cielo. Yo, tan equilibrada, tan cerebral, tan ponderada siempre, dejándome llevar a un mundo de chacras, auras y buenas vibraciones. A buen seguro que pensarían que me había vuelto loca. Y tal vez no irían demasiado desencaminados.

El caso es que, aunque decidí, una vez recobrada mi supuesta cordura, hacer caso omiso de todas aquellas cosas, su frase no se me iba de la cabeza. Y así andaba, de un lado para otro, sin poder evitar que repiqueteara en mi cerebro. “Tienes el karma para meterlo en la lavadora”. Y no había modo de quitarme aquello de mi cabeza.

El karma en la lavadora. Me perseguía al ir al trabajo, al estar en casa, al jugar con mis hijas, al tratar con mis amigos y hasta cuando estaba dormida. El karma en la lavadora.

Tal vez eso fue lo que me hizo pensarlo dos veces antes de pegar un grito a aquella pobre chica de la ventanilla del Banco, que no tenía ninguna culpa del desaguisado en que me encontraba. O al encargado del puesto de frutas, que me dio más manzanas podridas que sanas. O al taxista que me había demostrado que el camino más corto entre dos puntos no era la línea recta. O a la teleoperadora que se empeñaba en venderme un producto que yo no quería porque aquél era su trabajo. O a mi hija pequeña, que no había sacado tan buenas notas como yo esperaba. La maldita frase me perseguía y me impedía desfogarme a gusto. Y mi legendario carácter explosivo se había convertido en una balsa de aceite casi a mi pesar.

Y la culpa de aquello no la tenía yo, ni siquiera aquélla que me perforó la meninge con la frasecita de marras. La culpa, en realidad, la tenía el destino, o lo que quiera que fuese, que me llevó a aquella mesa donde, con gesto reverencial, me habían entregado una sentencia de muerte. O tal vez de vida. Y posiblemente el quid de la cuestión estuviera desde siempre ahí, sin siquiera saberlo. En decidirme a poner de una vez el karma en la lavadora. Y no era tan facil como parecía.

Me había construido una buena vida. O, al menos razonablemente buena. Una situación económica bastante holgada para quien no tenía vicios caros ni caprichos excesivos, una par de hijas estupendas, un par de divorcios no tan estupendos pero no demasiado traumáticos y un trabajo que me gustaba. Unos pocos amigos y muchos más conocidos que contribuían a hacer agradable tanto el ocio como el negocio, y una ambición moderada que me permitía ascender en el trabajo sin pisar callos ni dejar cadáveres a mi paso. Una existencia aparentemente envidiable. O casi.

Pero un buen día algo pasó que dio la vuelta a mi vida como un calcetín. Y donde antes había orden empezó a reinar el caos. Empecé a olvidar cosas, a dejar tareas a medias, a perder el interés por todo. Le iba quitando importancia hasta que un día sonó una voz de alarma tan fuerte como la sirena de los bomberos en pleno incendio, Olvidé recoger a mi hija a la vuelta de una de sus asignaturas extraescolares. Y ahí se quedó la criatura varias horas hasta que un alma caritativa la trajo a casa.

Accedí a ir al médico, tras muchos ruegos de mis mejores amigas. Cuando, después de varios exámenes y muchas preguntas me espetó su diagnóstico, no podía creerlo. Me esperaba que me hablara de una depresión, de algún tipo de alteración e incluso de alguna enfermedad degenerativa e incurable. Pero nunca aquello. Y menos con aquella cara circunspecta, que parecía culparme de lo que me estaba pasando.

Yo era una alcohólica. Lo soltó tal cual, sin anestesia. Y de nada sirvió que yo replicara e intentara convencerle de lo contrario. Fue implacable. Era cierto que todas las noches me tomaba un par de copitas de whisky mientras veía la tele, y también que últimamente también lo hacía depués de comer. Y que a media mañana me gustaba almorzar con un par de cervezas y tomarme un par de vasos de vino con la comida. Y es posible que más de una noche hubiera tomado alguna copa de más cuando salía de fiesta, pero ¿quién no lo hacía?. Pero no hubo manera. Su sentencia era ésa.

A partir de ahí, mis amigas más íntimas comenzaron a darle la razón. Cuando se lo contaba indignada, me recordaban episodios que yo había olvidado, y me trataban con condescendencia. Nadie entendía que yo no podía tener ese problema. Eso les pasaba a otros. A esos borrachos que andaban arrastrando sus miserias de bar en bar, que se caían a la puerta de los portales y hasta dormían en cajeros. Yo no era una de ellos.

Por eso fui a hablar con aquella mujer. Y me soltó lo del karma en la lavadora. Y en ello andaba, cuando me di cuenta que, cada vez que pensaba en ello, mi impulso inmediato era ir a buscar una copa. De lo que sea. Pero el impulso era más fuerte que yo. Y cada vez necesitaba más cervezas, más copas de vino o más whiskys para acallar esa voz.

Hasta el día que aparecí allí. Sin saber cómo había llegado, me desperté en una cama de hospital hecha un asco, con la lengua convertida en una pedazo de papel de lija y el estómago tan revuelto que parecía que se iba a escapar de mi cuerpo. Y la cabeza llena de martillos pilones que, entre golpe y golpe, me seguían repitiendo aquello del karma en la lavadora.

Asumí la terapia, y también la vergüenza. Aunque seguía sin estar convencida de que aquello me estuviera pasando a mí. A pesar del dolor físico y a pesar de las ganas enormes de sumergirme en el sopor de un buen cóctel. Pero sería una buena chica y cumpliría, y a mi regreso a la vida desde aquel centro les demostraría a todos que podía controlar aquello. Yo no era una alcohólica. Solo tenía que encontrar la lavadora donde meter aquel maldito karma.

En el centro redescubrí mi afición por la pintura, algo que me gustó de niña y había dejado abandonado. Según decían, no se me daba nada mal. Por eso, comencé a regalar a mis hijas, y a los pocos amigos que venían a verme algunos de mis cuadros. Era lo único que me entretenía en aquel centro donde ni siquiera sabía muy bien qué pintaba. O sí. Porque pintar, pintaba. Y mucho. Y, aunque yo no quisiera creerlo, mucho más que cuadros. Y seguían pasando los días y los cuadros, los días y los cuadros. Y seguía oyendo una y otra vez aquello del karma en la lavadora.

Hasta que llegó aquel día. Por fin me dejaron salir, aunque solo fuera por unas horas, de aquel centro. Por fin me había puesto un bonito vestido y mis añorados zapatos de tacón, y me había maquillado. Y en el momento en que me ofrecían una copa de cava, noté una sacudida en mi cerebro, y la rehusé con elegancia, cambiándola por un refresco.

Ante mí, mi obra maestra, expuesta en una galería de arte de las más prestigiosas de la ciudad. Una de mis amigas la hizo llegar a un conocido, y ahora lucía mucho más orgullosa que su autora, a pesar de mi precioso traje y mis zapatos de tacón.

Mi cuadro, “el karma en la lavadora”, se vendió casi de inmediato. Y juraría que al llevárselo su nuevo dueño oí por fin centrifugar aquella dichosa máquina, coincidiendo con la sacudida de mi cerebro.

Jamás he vuelto a probar una sola gota de alcohol.

En cuanto al karma, no descarto pintar una lavadora de repuesto.