Justicia Fallera: haciendo la puñeta


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Otro año más, cambiamos la toga por el traje de fallera, que llega marzo y ya toca. Y si ya plantamos una falla, la quemamos, echamos cohetes y fallereamos, esta vez  montaremos nuestra propia comisión de falla toguitaconada, contando la vida de una falla en clave puñetera. Que no se diga.

Empezaremos por la apuntà, que consiste en el momento en que, a partir del 20 de marzo, la gente se hace de una u otra comisión fallera. La nuestra se desarrolla en dos actos, como si fuera un a propòsit –una pieza de teatro corta relativa a fallas-. La primera leva, el día en que una se matricula en la Facultad de Derecho, que sería algo así como apuntarse a la comisión infantil. La segunda, ya adulta, cuando decidimos hacer una oposición o nos colegiamos, según cual sea la opción profesional elegida. Y a partir de ahí, la cosa ya no tiene remedio, ya nos han enganchado. Y, como en cualquier buena falla que se precie, no se limita a los cuatro días de Fallas, qué va. La peineta, como la toga, nos acompaña de continuo aunque no las llevemos puestas. Y hay que ir a los actos, pagar las cuotas, trabajar por la falla y todo lo que se presente. Igual que en nuestra comisión justicieta.

Empezado el ejercicio, el primer acto es el Nombramiento. Ahí ya se van desvelando los nombres y los cargos de cada uno de los intérpretes de nuestra función fallera. El día del examen de la oposición o de la prueba correspondiente en cada carrera, si se supera, empezará a desvelar las incógnitas y a revelar quiénes y en qué papel nos incorporamos a Toguilandia. Ahora sí que sí. Ya no hay marcha atrás. Ya eres juez o fiscal, laj o forense, procuradora o abogada. A prepararse toca para La que se avecina

Otro de los momentos clave es la Exaltación, que también se llama presentación. Es el acto solemne en el que se inviste a la fallera mayor de los atributos de su cargo, y se presenta a su corte de honor y a toda la comisión. Un acto comparable con nuestras juras, ese momento tan importante en que juramos o prometemos realizar bien y fielmente –ahí es nada- las obligaciones de nuestro cargo. Con las lagrimitas de nuestras familias y todo, que no es moco de pavo haber llegado hasta ahí. E incluso con las meteduras de pata pertinentes, que, de vez en cuando, alguien jura o promete,todo a la vez, que no se diga. Pero es un acto hermoso. Y, como curre en las Fallas, no es más que el principio.

A partir de ahí, enganchados al carro, el ejercicio empieza a precipitarse . Y, cómo no, el primer escollo con el que tropieza es la financiación. Las comisiones falleras lo solucionamos, o lo intentamos, por medio de venta de lotería, sponsors, publicidad, alquilando barras de bebidas o puestos de buñuelos y churros y, por supuesto, con alguna subvención que otra y también con los premios económicos por las actividades realizadas. Pero en Toguilandia no nos lo ponen fácil. Imaginemos por un momento que pudiéramos hacer algo así. Podríamos añadir una participación de lotería de Navidad a las negociaciones para conformar o llegar a acuerdos, aunque si se trata de la jurisdicción de menores tal vez sería mejor del sorteo del Niño. También podríamos hacer una rifa de una cesta, en la que en vez de jamón, vino y turrón, hubiera posits, bolígrafos y grapadoras. Y quizás fuera posible añadir una financiación extra agregando un mensaje publicitario en nuestras togas, y repartir turnos de barra del puesto de bebidas y de churros, aunque antes tendrían que incluir en los cursos de formación un apartado relativo a repostería y coctelería, que, aunque a veces las cosas salgan hechas un churro, no creo que nos los quitaran de las manos. Eso sí, lo de las subvenciones, olvidémoslo, que ya tenemos experiencia en eso de reclamar inversiones y quedarnos mirando para Cuenca, por no hablar de premios, que aquí solo se reciben testarazos si alguien mete la pata pero nadie reconoce el trabajo bien hecho en condiciones más que mejorables.

Pero, con todo, plantamos nuestras fallas cada día, en las guardias, en los juicios, en las declaraciones, en los despachos y fuera de ellos, en esa sucursal que tenemos en nuestras propias casas, adonde llegan los expedientes cargados en maletas y no a través de las ondas informáticos por mucho que nos digan. Con su resultado hacemos nuestra particular Ofrenda, que no es de flores, sino de escritos, dictámenes e informes acabados.

Y, por supuesto, con el cansancio a cuestas, llegamos a la Cremà, la traca final de cada pleito, con su sentencia firme tras todo el recorrido procesal. Y, como las fallas, las hay que queman bien, con un espectáculo fantástico, y las hay que las hacen a trompicones, con o sin sus castillos artificiales para celebrar la culminación de la fiesta.

Ya sé que quien haya llegado hasta aquí se estará preguntando quién es la fallera mayor, quién ha presidido la falla y quiénes forman la directiva, para poder hacer balance del ejercicio fallero toguitaconado. Pero eso lo dejo a la imaginación de cada cual. Que le ponga los moños y la peineta a quien crea merecerlo, y que critique la gestión de nuestra particular comisión puñetera.

Para acabar, como hacemos cada 19 de marzo cuando todo ha acabado, o cuando todo empieza, según se mire, el brindis, que hoy sustituye al aplauso. Hoy está dedicado, una vez más, a quienes cada día trabajan en esto pese a obstáculos, petardos, atascos y churros varios. Y eso, sí, un recuerdo extra para quienes en estos días, con toga o sin ella, en casa o en el exilio, nos acordamos de nuestra tierra, Valencia, y, por supuesto, para @madebycarol1 , que, una vez más, me ha cedido su deliciosa ilustración.

 

Frases lapidarias: las otras sentencias


frases lapidarias

Cuántas veces habremos repetido frases del teatro, del cine o de sus protagonistas, que han pasado a formar parte de nuestro lenguaje diario. Ponemos a Dios por testigo como Escarlata, nos lanzamos hasta el Infinito y más allá como los protagonistas Toy Story, nos amontonamos en el camarote de los hermanos Marx y pedimos dos huevos duros, o más madera, según el caso, y nos consolamos con eso de que Nadie es perfecto como en Con faldas y a lo loco.  También aludimos a que algo huele a podrido en Dinamarca, aunque la corrupción no esté en el país nórdico, o nos preguntamos si ser o no ser emulando a Hamlet, nos lanzamos a empresas en común diciendo que lo hacemos todos a una, Fuenteovejuna, o que somos Todos para uno y uno para todos, como si fuéramos los mismísimos Tres Mosqueteros y, de vez en cuando, suspiramos exclamando que La vida es sueño. Y eso son solo algunos ejemplos de ficción, aunque, cuando los intérpretes hacen de sí mismo, es Groucho Marx quien se lleva el gato al agua con su conocida frase, más lapidaria que nunca, “perdone que no me levante”, destinada a servirle de epitafio.

En nuestro teatro no somos tan ingeniosos, ni muchísimo menos. Pero de vez en cuando, oímos cosas que acaban convirtiéndose en un clásico, para bien o para mal. Pedir un corpus cristi por un habeas corpus, o un auto de escarmiento o una orden de alojamiento en vez de alejamiento, que no llegamos a saber si se aloja al investigado para escarmentarle o es la víctima quien quedó escarmentada por darle alojamiento en su día.

También cobraron carta de naturaleza los juicios de flautas por la faltas, o los ya famosos levitos  por delitos leves, que suenan mucho más bonitos, dónde va a parar. Y no hace nada, sin ir más lejos, me comentaba un compañero en la guardia que no sabía si ponerse oportuno o importunar, en referencia a ese pequeño resquicio del principio de oportunidad que ahora existe en los delitos leves, o ese más que resquicio en el proceso de menores.

Hace unos días, oí a un investigado en la guardia decir algo así como que no tenía por qué estar a merced de una señora que tenía distorsiones cognitivas con él. Me quedé, haciendo uso de otra frase que uso mucho, que si me pinchan no sangro, sin saber si la señora aludida era quien le había denunciado o la juez que le preguntaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando acabó su discurso diciendo que eso era como si dijera que iba a rajar  a la fiscal, con lo cual, la que suscribe, echó hacia atrás su silla por si las moscas, y se quedó sin saber qué narices serían eso de las distorsiones cognitivas. Pero, citando nuevamente a Escarlata, a Dios pongo por testigo de que lo de las distorsiones cognitivas me lo quedo para mí para siempre, que suena de maravilla.

Otras de las ocasiones que dan mucho de sí son las negociaciones en busca de un acuerdo. Hubo una vez que, tras un rato de tira y afloja entre abogados y la fiscal, parece que la cosa llegaba a buen puerto. Pero nuestro gozo en un pozo, porque el interrogado dijo que no y que no, ante la cara de estupefacción de su abogado. Todo se aclaró -o no- cuando al final nos explicó que no podía decir que sí, que no estaba confirmado porque se salió antes del colegio de curas, pero que sí que había tomado la Primera comunión.

Aunque confieso que una de mis frases favoritas, y que he utilizado durante mucho tiempo como un guiño entre colegas no es mía, es de Gila. Alguien ha matado a alguien. El santo y seña con el que he entrado en más de un juicio, claro está, antes de ponerme la toga, que después soy muy formalita, como está mandado.

También nuestro vestuario da para más de alguna de aquellas frases. Recuerdo en una ocasión en que un acusado se refirió a una compañera diciendo “aquella señora del batín negro es muy lista”, lo cual le valió a la compañera meses de sobrenombre como la del batín negro. Eso sí, como de verdad era muy lista, sacó el juicio adelante y el muchacho acabó condenado, por obra y gracia de la señora del batín.

Así que ahí queda eso. Como nos drían en las pelis, juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, eso sí, no hablaré sin la presencia de mi abogado, otro clásico.

Pero no dejaré este estreno visto para sentencia sin el aplauso pertinente. El que dedico hoy a cada una de las personas que, voluntaria o involuntariamente, nos hacen sonreír con sus frases lapidarias.

Día de la mujer: avanzando


BOMBERA

Como cada año, mi toga, mis tacones y yo misma seguimos conmemorando el Día de la Mujer.

Para ello, esta vez he querido rescatar un relato que hice para el libro de fiestas de los bomberos de Valencia, y que me agradecieron con un generoso reconocimiento en un acto el pasado año siempre guardaré en mi memoria.

Hoy, como regalo por este día, lo quería compartir con quienes me honrais leyéndome cada semana.

 

Relato publicado en el libro de fiestas de Bomberos de Valencia 2017

IDEAS DE BOMBERA

 

    Apenas quedaba tiempo. Cada gota de aquel maldito artilugio conectado a su brazo era como cada grano de su viejo reloj de arena, descontando las horas, los minutos, los segundos. Decidió tomarlo con calma. No podía hacer otra cosa. La vida marcaba su inexorable rumbo y las personas poco teníamos que hacer para escapar a nuestro destino. O tal vez sí.

              Casi sin darse cuenta, se sumió en un sueño narcótico que le transportó a otra época. Y esta vez no quiso resistirse más. Le dejó entrar por la rendija donde se meten los sueños, y se dejó llevar.

              Se vió a sí misma con ocho años, su uniforme del colegio y su mochila cargada a la espalda, volviendo a casa como cada día. Y, al doblar la esquina, todo se volvió humo. Apenas se distinguía el edificio de su casa, y tampoco se podía acercar más. Un montón de gente se apiñaba junto a su portal, sin dejar apenas vislumbrar la cinta roja y blanca con que habían acordonado la zona. Su edificio, su portal, su casa. Y su ventana. De allí es donde salía el humo. Le empezaron a escocer los ojos y ya no supo mucho más. Alguien la cogió de la mano y se la llevó lejos, a pesar de sus protestas. No quería marcharse. No sin comprobar que su mamá estaba bien. Solo quería ir con ella, pero nadie le contaba nada. Solo le decían que se tranquilizara y fuera una niña valiente, que todo iba a ir bien. Pero ella no quería ser valiente. Solo quería ser una niña y dormir acunada por su madre, como tantas veces, y despertarse en su cuarto con sus muñecas. Tampoco pedía tanto.

     Pero no pudo ser. Le explicaron algo sobre un terrible accidente, y la llevaron a casa de sus tíos que, aunque se empeñaban en ser cariñosos con ella, no le reportaban ningún consuelo. Al fin y al cabo, no había tenido apenas relación con ellos. A su padre no le gustaba demasiado la vida social, y su madre había acabado por limitar su vida a un mundo maravilloso en que solo existían ellas dos. Un mundo en el que ni él, ni sus gritos ni sus golpes tenían cabida.

     Se empeñaron en que les contara lo que había pasado el día anterior. Pero no pensaba decirlo. Le había prometido a su madre que nunca contaría a nadie esas cosas, y no pensaba faltar a su palabra. Solo quería verla, saber cómo estaba, y volver a aquel mundo privado en que nada importaba. Pero por más que preguntaba, seguían sin constestarle. Pasó la noche en vela, en aquel cuarto prestado que le era tan ajeno, hasta que, cuando ya casi era de día, sonó el teléfono.

     Aguzó el oído. Escuchó a su tía llorar y, tras un minuto que pareció una eternidad, fue junto a ella y le dijo que su madre estaba en el hospital, que estaba muy malita pero que pronto podría verla y todo iría bien. Y quiso que fuera verdad.

     Su tía no mintió. Y aunque no tan pronto como hubiera querido, su madre se recuperó. Había sufrido graves quemaduras en el cuerpo, pero luego sabría que más graves aún fueron las del alma. A su padre no volvería a verlo, aunque eso más la alivió que otra cosa. Pero le dolió el corazón cuando supo que el bombero que había logrado rescatar a su madre del infierno había muerto. Y entonces tomó la decisión más importante de su vida.

     Pasaron los días, los meses, los años. Su madre apenas tenía secuelas y había cambiado por completo. Ya no vivían solo para ellas. Ya no tenía miedo a salir de casa, ni a alzar la voz, ni a ponerse guapa. Juntas iban a todas partes, pensando que aquel incendio se llevó consigo mucho más que su casa. Ya no necesitaban aislarse en un mundo privado porque el mundo les pertenecía. Aunque nunca dejaron de recordar a aquel héroe que las devolvió a la vida.

     Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su vida, le dijo a su madre lo que tenía claro desde aquel día lejano en que volvía a su casa con su uniforme y su mochila. Ella sería bombera. Y salvaría a la gente no solo de las llamas sino de una vida de pesadilla como la que ellas habían tenido. Pero su madre, como siempre que tenía alguna de sus ocurrencias, le dijo aquello de que las suyas eran ideas de bombera, que ninguna mujer se dedicaba a aquello.

     Pero a ella no le importó lo más mínimo. Si no había ninguna, ella sería la primera. Y seguro que tras de ella vendrían otras muchas. Y ella les esperaría con los brazos abiertos para poder dedicarse a la profesión más hermosa del mundo, la que un día salvó la vida de su madre y también la suya.

     Se preparó concienzudamente. Se enfrentó a la oposición de mucha gente, y hasta las burlas. Se machacó el cuerpo para preparar las pruebas físicas y se peló los codos para estudiar todo el temario. Y, mientras tanto, se acordaba de cuando en cuando de aquel héroe y le llevaba flores al cementerio. Las flores que nunca le llevó a aquella otra lápida donde estaban los restos del hombre que quiso acabar con la vida de su madre. Su padre. El que todavía aparecía en sus pesadillas.

 

     El sonido del monitor la sacó de sus sueños. El gotero seguía su curso. Su madre, a su lado, le recordaba lo orgullosa que estaba de ella. Logró lo que anhelaba. Ser una de las primeras mujeres bomberas de nuestro país. Ahora ya eran más, aunque todavía quedaba un largo camino. Solo 10 mujeres entre 400 hombres en toda la Comunidad Valenciana, y solo dos en los cargos más altos en todo el país. No podía haberle hecho más feliz cumpliendo con aquellas ideas de bombera.

     El gotero terminó su contenido. Vinieron a por ella y se la llevaron en una camilla. La suerte estaba echada.

Cuando volvieron a llevarla a la habitación, su madre seguía allí, con lágrimas en los ojos.

Todo había ido bien. Había dado a luz a un niño precioso. Y, por supuesto, no podría tener otro nombre. Se llamaría Salvador, como aquel bombero que les salvó la vida. Y quizás algún día, él también volvería loca a su madre con sus ideas de bombero.

 

Fantasmas: la amenaza constante


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Los fantasmas, en su versión dulcificada o en la más terrorífica, son una constante en el mundo del cine. Desde el entrañable Casper hasta el almibarado Ghost, pasando por Atrápame ese fantasma, los imprescindibles Cazafantasmas o el remake navideño Los fantasmas atacan al jefe, esos seres más o menos invisibles o decididamente visibles con su sábana blanca y sus cadenas llenan nuestras pantallas con frecuencia.

En nuestro teatro no hay fantasmas tan visibles, desde luego, aunque de vez en cuando se vea a alguien pavoneándose con su toga tanto que me da la sensación de que oigo arrastrar las cadenas y hasta el rechinar de dientes. Pero, al margen de esos fantasmas, tenemos otros mucho más reales y terroríficos que nos persiguen desde la noche de los tiempos.

El primero de ellos es una constante en la vida de los estudiantes y, especialmente, de los opositores. El fantasma de las reformas . Seguro que cualquiera que se haya encerrado a estudiar sabe de lo que hablo. Una sale de su zulo y, mientras en el tiempo tasado para comer y respirar, enciende la tele, o echa un vistazo a prensa, redes sociales, foros o lo que sea,  se enciende la alarma. Ni no ni no ni no ni noooo. Alerta máxima, Opositor hundido. Van a cambiar el Código penal, el Código Civil, la ley de Enjuiciamiento Civil o Criminal o cualquier otra ley gorda y pesada. Y, de repente, entran sudores fríos y se aparece un reloj imaginario descontando todo el tiempo que hemos dedicado a memorizar semejantes tochos y tirándolo a un cubo de basura no menos imaginario. La verdad es que solo de recordarlo se me ponen los pelos de punta. Y, aunque también para quienes ya vestimos toga es un Impacto, no es comparable al Abismo que supone para quienes opositan.

Es verdad que esas alertas, a veces, se hacen realidad. Recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Derecho y luego de opositora se hablaba con insistencia del futuro Código Penal –andábamos co texto refundido del 73, que más que refundido era tuneado, costumizado y parcheado del del 44-, y que hasta había temas dedicados al Proyecto de 1982 y a la Propuesta de Anteproyecto de 1983, cuyo texto memoricé hasta el punto de que aun recuerdo algunos párrafos. Y tanto decían cada vez que, como Pedro y el lobo, acabé por no creerlo y pellizcarme un par de veces cuando vi publicado el Código nuevo en el 95, afortunadamente para mí, cuando ya había aprobado. Recuerdo como una pesadilla revisar y requeterevisar miles de ejecutorias, pero siempre me consolaba pensando que menos mal que me pilló ya con mi toga y mis tacones puestos.

Otro de los fantasmas sigue ahí, azotándonos con sus cadenas un día sí y otro también. Y ese fantasma no es otro que la famosa instrucción para los fiscales, de la que ya me hablaban mis profesores en primero de Derecho, antes de que fuera consciente de que era algo que me iba a afectar tan directamente. Se ha dicho y se sigue diciendo de todo al respecto, y se han emitido opiniones contrarias y favorables con todo tipo de argumentos. No entraré yo en ello más allá de decir que es un modelo que se sigue en la mayor parte de nuestro entorno jurídico, por lo que no tendría nada de extraño sino todo lo contrario, pero que sin medios y una ley adecuada una acaba pensando eso de Virgencita, que me quede como estoy, que miedo me dan las ocurrencias low cost que tan de moda se han puesto en Toguilandia.

Otro fantasma constante en la vida de nuestros compañeros de la abogacía es, según me cuentan, el de una posible privatización del turno de oficio . Una posibilidad que usan casi como una amenaza cada vez que se quejan, con toda justicia, de las condiciones en que desempeñan tan esencial cometido. Virgencita, ni se te ocurra mover un solo dedo.

También es recurrente, aunque más real, el de una posible privatización del Registro Civil  que, tras varias prórrogas como si estuviéramos en la Champion, ahí sigue. Y ojo que no nos pase también en esto como con otras cosas, y nos pille también, como a Pedro y el lobo, de improviso. Miedo me da.

Pero no son los únicos fantasmas. Hay algunos que se repiten de vez en cuando, como el de que van a hacernos fichar a jueces y fiscales como a los funcionarios. Aunque creo que ya se ha abandonado esa idea, porque el día que se computen las horas de oficina habrá que colgar la toga en la puerta del juzgado, y no llevarse un solo expediente a casa en nuestros trolley . Y eso no creo que convenga a nadie.

Para acabar, están los fantasmas buenos, esos que dicen que van a llegar pero no llegan nunca. Entre ellos, la enésima promesa de recuperar el poder adquisitivo perdido en nuestros sueldos , de aumentar la retribución del turno de oficio, de crear un montón de plazas de jueces, fiscales o lajs, o, incluso, de devolvernos los permisos que nos arrebataron a la vez que a los funcionarios pero que no hemos recuperado a la vez que ellos, al igual que derechos tan obvios como la ampliación de la baja de paternidad.

Y lo peor de todo viene cuando esos fantasmas se hacen realidad en su peor versión, como ha ocurrido con la famosa digitalización , que ha creado más problemas de los que ha solucionado. Ese sí que ha sido un fantasma de los malos de verdad, propio del más elaborado género de terror. Que tiemble Nosferatu ante Lexnet y sus secuelas.

Así que hoy el aplauso, más que para los fantasmas, será para quien sigue adelante sin sucumbir al terror. Y como no, para la Virgencita que permita que me quede como estoy cuando haga falta.

 

Expectativas: Descontando hasta cinco


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Las expectativas son algo muy personal. Cuando se pone toda la ilusión en algo, toda la carne en el asador y se concentra toda la energía, siempre se espera que todo vaya sobre ruedas, que la ilusión no se venga abajo, la carne no se queme y la energía no se disperse. Y a veces ocurre. Todo sale según lo esperado y una se va a dormir satisfecha.

Pero a veces las cosas salen tan bien, que se superan las expectativas, y una se va a dormir no solo satisfecha sino con una sonrisa pintada en la cara que no se la despintan ni con toneladas de aguarrás. Y eso es precisamente lo que me ha ocurrido con el estreno de mi primera novela, Descontando hasta cinco.

Lo que ocurrió en el precioso salón del Casino de Agricultura de Valencia el 22 de febrero de 2018 fue Algo para recordar, y para recordarlo Por siempre jamás. Y me gustaría compartirlo con quienes os asomáis cada semana a leer mis aventuras y cuitas toguitaconadas.

En un salón lleno hasta la bandera, sonaron los acordes de Lo imposible, tocados al chelo en directo, llenando de magia el entorno. A continuación, una a una, maravillosas bailarinas encarnaban el espíritu de la novela, Descontando hasta cinco con sus cuerpos.

A partir de ahí, esa mesa donde me arroparon como nadie Mauro Guillén, mucho más que mi editor  -Mauro siempre pone la red para que esta trapecista se lance al vacío-, y Ana Durán, periodista , amiga y muchas cosas más. Pocos escritores se encontrarán tan a gusto en el bautizo de su criatura como estuve yo.

No quise hacer spoiler entonces y no lo haré ahora. Pero sí quisiera contar algunas cosas para quienes no estuvieron presentes en persona aunque sí en espíritu. Porque noté su presencia y su cariño incluso físicamente.

Como dije, un buen día decidí escribir una novela. La idea me andaba rondando algún tiempo, así que todo estaba ahí, solo quedaba escribirlo. Y eso es lo que hice en verano. Los personajes cobraban vida propia en el papel, y se apoderaron de mí hasta el punto que me entraban ganas de leer lo que todavía no estaba escrito. Esa novela negra que no sé si al final es negra o se quedó solo en gris marengo, que una no puede acabar de desprenderse nunca de su tinte optimista. Un crimen, una trama de intriga y una historia de amistad como telón de fondo. Y el tema de la violencia de género latiendo a través de las páginas, de las que solo desvelaré una frase, la que consta en la propia reseña y que creo que resume el mensaje “Todas podemos ser víctimas”. El resto ahí queda, para quien tenga ganas de leerlo, que, por supuesto, espero que sea mucha gente. Faltaría más.

Y, para la criatura, un traje de bautizo maravilloso. Una portada magnífica obra de Vicente Greus, a quien no tengo suficientes palabras para agradecer como puso imagen a lo que yo tenía en la cabeza, y un aperitivo fantástico, el prólogo de mi querida amiga y periodista Loreto Ochando. No se puede ser más afortunada. Y, para acabar de aderezar el guiso, la corrección de Teloseditamos, que es tan buena en cada nota que pone que a una le entran ganas de equivocarse para que la corrijan, y el apoyo de Bibliocafé, con José Luis, como siempre, como librero de cabecera.

Pero nada sería una presentación sin su público. Amigos y amigas por doquier, desde las que aprendieron a leer conmigo en el colegio, hasta las que comparten cada dia sus redes sociales y su amistad, algunas venidas desde muy lejos. Mi familia, siempre a mi lado, y aunque esta vez mi madre solo trajo el corazón, juro que también la vi en la sala. Compañeros y compañeras de trabajo, periodistas, letrados, compinches de vida y de aventuras que traían distintos retazos de mi vida y hasta gente a la que jamás había visto. Gracias por este regalo inolvidable. Y gracias también por el apoyo desde medios de comunicación y desde redes sociales. No sé si lo merezco, pero haré todo lo posible por merecerlo.

Disculpas por anticipado por el momento cursi, pero cuando una ve superadas sus expectativas hasta ese punto, es inevitable que la posea el espíritu de Mimosín y los Osos amorosos hasta dispararle los niveles de azúcar. No es para menos.

Ahora solo falta que la novela os haga disfrutar. Y también pensar un poco, que nunca viene mal. Ojala lo consiga.

Y cómo no, el aplauso hoy es para todas las personas que en persona o en espíritu estuvieron acompañándome en este viaje. Mil gracias.

Y para quien quiera, ya en Amazon

Y también en la librería on line de Bibliocafé

https://www.bibliocafe.es/tienda/descontando-hasta-cinco/

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Alcoholismo: más que un problema


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Hoy en con mi toga y mis tacones estamos de resaca tras la inolvidable presentación de Descontando hasta cinco, que pronto tendrá su propio estreno. Así que, mientras llega, aprovecharé para contaros un cuento, que ojalá haga pensar a más de uno y de una sobre un tema más frecuente de los que se piensa

 

Relato finalista del certamen de cuentos 2017 de Valencia Escribe

EL KARMA EN LA LAVADORA

 

No sé en qué maldito momento se me ocurriría consultar con ella. Ni sé en qué estaría yo pensando para acudir a aquello que siempre había considerado patrañas. Cualquiera que me conociera pondría el grito en el cielo. Yo, tan equilibrada, tan cerebral, tan ponderada siempre, dejándome llevar a un mundo de chacras, auras y buenas vibraciones. A buen seguro que pensarían que me había vuelto loca. Y tal vez no irían demasiado desencaminados.

El caso es que, aunque decidí, una vez recobrada mi supuesta cordura, hacer caso omiso de todas aquellas cosas, su frase no se me iba de la cabeza. Y así andaba, de un lado para otro, sin poder evitar que repiqueteara en mi cerebro. “Tienes el karma para meterlo en la lavadora”. Y no había modo de quitarme aquello de mi cabeza.

El karma en la lavadora. Me perseguía al ir al trabajo, al estar en casa, al jugar con mis hijas, al tratar con mis amigos y hasta cuando estaba dormida. El karma en la lavadora.

Tal vez eso fue lo que me hizo pensarlo dos veces antes de pegar un grito a aquella pobre chica de la ventanilla del Banco, que no tenía ninguna culpa del desaguisado en que me encontraba. O al encargado del puesto de frutas, que me dio más manzanas podridas que sanas. O al taxista que me había demostrado que el camino más corto entre dos puntos no era la línea recta. O a la teleoperadora que se empeñaba en venderme un producto que yo no quería porque aquél era su trabajo. O a mi hija pequeña, que no había sacado tan buenas notas como yo esperaba. La maldita frase me perseguía y me impedía desfogarme a gusto. Y mi legendario carácter explosivo se había convertido en una balsa de aceite casi a mi pesar.

Y la culpa de aquello no la tenía yo, ni siquiera aquélla que me perforó la meninge con la frasecita de marras. La culpa, en realidad, la tenía el destino, o lo que quiera que fuese, que me llevó a aquella mesa donde, con gesto reverencial, me habían entregado una sentencia de muerte. O tal vez de vida. Y posiblemente el quid de la cuestión estuviera desde siempre ahí, sin siquiera saberlo. En decidirme a poner de una vez el karma en la lavadora. Y no era tan facil como parecía.

Me había construido una buena vida. O, al menos razonablemente buena. Una situación económica bastante holgada para quien no tenía vicios caros ni caprichos excesivos, una par de hijas estupendas, un par de divorcios no tan estupendos pero no demasiado traumáticos y un trabajo que me gustaba. Unos pocos amigos y muchos más conocidos que contribuían a hacer agradable tanto el ocio como el negocio, y una ambición moderada que me permitía ascender en el trabajo sin pisar callos ni dejar cadáveres a mi paso. Una existencia aparentemente envidiable. O casi.

Pero un buen día algo pasó que dio la vuelta a mi vida como un calcetín. Y donde antes había orden empezó a reinar el caos. Empecé a olvidar cosas, a dejar tareas a medias, a perder el interés por todo. Le iba quitando importancia hasta que un día sonó una voz de alarma tan fuerte como la sirena de los bomberos en pleno incendio, Olvidé recoger a mi hija a la vuelta de una de sus asignaturas extraescolares. Y ahí se quedó la criatura varias horas hasta que un alma caritativa la trajo a casa.

Accedí a ir al médico, tras muchos ruegos de mis mejores amigas. Cuando, después de varios exámenes y muchas preguntas me espetó su diagnóstico, no podía creerlo. Me esperaba que me hablara de una depresión, de algún tipo de alteración e incluso de alguna enfermedad degenerativa e incurable. Pero nunca aquello. Y menos con aquella cara circunspecta, que parecía culparme de lo que me estaba pasando.

Yo era una alcohólica. Lo soltó tal cual, sin anestesia. Y de nada sirvió que yo replicara e intentara convencerle de lo contrario. Fue implacable. Era cierto que todas las noches me tomaba un par de copitas de whisky mientras veía la tele, y también que últimamente también lo hacía depués de comer. Y que a media mañana me gustaba almorzar con un par de cervezas y tomarme un par de vasos de vino con la comida. Y es posible que más de una noche hubiera tomado alguna copa de más cuando salía de fiesta, pero ¿quién no lo hacía?. Pero no hubo manera. Su sentencia era ésa.

A partir de ahí, mis amigas más íntimas comenzaron a darle la razón. Cuando se lo contaba indignada, me recordaban episodios que yo había olvidado, y me trataban con condescendencia. Nadie entendía que yo no podía tener ese problema. Eso les pasaba a otros. A esos borrachos que andaban arrastrando sus miserias de bar en bar, que se caían a la puerta de los portales y hasta dormían en cajeros. Yo no era una de ellos.

Por eso fui a hablar con aquella mujer. Y me soltó lo del karma en la lavadora. Y en ello andaba, cuando me di cuenta que, cada vez que pensaba en ello, mi impulso inmediato era ir a buscar una copa. De lo que sea. Pero el impulso era más fuerte que yo. Y cada vez necesitaba más cervezas, más copas de vino o más whiskys para acallar esa voz.

Hasta el día que aparecí allí. Sin saber cómo había llegado, me desperté en una cama de hospital hecha un asco, con la lengua convertida en una pedazo de papel de lija y el estómago tan revuelto que parecía que se iba a escapar de mi cuerpo. Y la cabeza llena de martillos pilones que, entre golpe y golpe, me seguían repitiendo aquello del karma en la lavadora.

Asumí la terapia, y también la vergüenza. Aunque seguía sin estar convencida de que aquello me estuviera pasando a mí. A pesar del dolor físico y a pesar de las ganas enormes de sumergirme en el sopor de un buen cóctel. Pero sería una buena chica y cumpliría, y a mi regreso a la vida desde aquel centro les demostraría a todos que podía controlar aquello. Yo no era una alcohólica. Solo tenía que encontrar la lavadora donde meter aquel maldito karma.

En el centro redescubrí mi afición por la pintura, algo que me gustó de niña y había dejado abandonado. Según decían, no se me daba nada mal. Por eso, comencé a regalar a mis hijas, y a los pocos amigos que venían a verme algunos de mis cuadros. Era lo único que me entretenía en aquel centro donde ni siquiera sabía muy bien qué pintaba. O sí. Porque pintar, pintaba. Y mucho. Y, aunque yo no quisiera creerlo, mucho más que cuadros. Y seguían pasando los días y los cuadros, los días y los cuadros. Y seguía oyendo una y otra vez aquello del karma en la lavadora.

Hasta que llegó aquel día. Por fin me dejaron salir, aunque solo fuera por unas horas, de aquel centro. Por fin me había puesto un bonito vestido y mis añorados zapatos de tacón, y me había maquillado. Y en el momento en que me ofrecían una copa de cava, noté una sacudida en mi cerebro, y la rehusé con elegancia, cambiándola por un refresco.

Ante mí, mi obra maestra, expuesta en una galería de arte de las más prestigiosas de la ciudad. Una de mis amigas la hizo llegar a un conocido, y ahora lucía mucho más orgullosa que su autora, a pesar de mi precioso traje y mis zapatos de tacón.

Mi cuadro, “el karma en la lavadora”, se vendió casi de inmediato. Y juraría que al llevárselo su nuevo dueño oí por fin centrifugar aquella dichosa máquina, coincidiendo con la sacudida de mi cerebro.

Jamás he vuelto a probar una sola gota de alcohol.

En cuanto al karma, no descarto pintar una lavadora de repuesto.

Marrones: pies para que os quiero


marrones

El pobre color marrón siempre ha tenido mala suerte. Es el más estigmatizado de los colores, además de no tener ni siquiera hueco en el arco iris. Seguro que Judy Garland no pensaba en él cuando lo veía en El Mago de Oz. Siempre ha ido el pobre acompañado de connotaciones escatológicas. Los gases, como los de la cena de El profesor chiflado, escenas como las de American Pie y unas cuantas más de películas sobre universitarios americanos son una muestra de ese humor marrón que nos hace arrugar la nariz. Aunque luego hemos adoptado lo de hablar de “marrones”, con un lenguaje propio de El Vaquilla, para referirnos a todas esas cosas inesperadas y difíciles de soportar con la que nos obsequia la vida, el trabajo, o lo que sea.¿ Quién no ha dicho alguna vez eso de “Menudo marrón”?

Nuestro teatro es proclive a marrones varios, y de todas las tonalidades posibles. Incluso hay temporadas, cuando se aproximan vacaciones, que hay varios por semana y hasta por día. Y seguro que a diario hemos usado dicho eso de “me cago en esto o en aquello”. Y no sin razón.

Y es que una se pone a pensar, y se da cuenta que es más frecuente de lo que parece. Cómo no, en un mundo donde los fiscales “evacuamos” el traslado conferido cada dos por tres y los testigos ”deponen”. Un lenguaje bien feo que nos tendríamos que hacer mirar, por cierto, porque a nadie se le escapa esa doble interpretación susceptible del chiste facilón.

Asuntos donde el tema escatológico sale a colación hay muchos, y más frecuentes de los que pensamos. Más de una anécdota desagradable nos hemos encontrado en temas de drogas, cuando el cuerpo es el medio de transporte para las sustancias. También he leído, en el ámbito de la violencia de género, escenas francamente repugnantes en el que el maltratador obligaba a lamer heces a su víctima o se las restregaba por la cara, hechos que entran de lleno en los delitos contra la integridad moral y que le hacen perder a una la compostura.

Rebajando el tono, y pasando de la repulsión a la sonrisa, recuerdo  un juicio muy pintoresco donde el objeto sustraído no aparecía por ningún sitio. El acusado afirmaba habérselo tragado accidentalmente. Ni que decir tiene que tuvimos que esperar a la práctica de una prueba sencilla, excusado por medio, para comprobar la veracidad de su testimonio. Y sí, dijo la verdad, y fue absuelto del delito de apropiación indebida que se le imputaba. Ahora bien, no quiero yo pensar en cómo satisfaría la obligación de restitución de la cosa, y en qué condiciones la recibiría su propietario.

Pero, aparte de los escatológicos, en nuestro teatro tenemos muchos de esos marrones metafóricos de los que hablaba. De repente, alguien se pone enfermo y ahí están los juicios que tenía que hacer esperando un nuevo propietario, o, mejor dicho, pringado, o pringada, que para esto la igualdad es incuestionable. O esa causa que anda vagando sin dueño como alma en el purgatorio, yendo de un juzgado a otro, de inhibición en inhibición, a ver quién le pone el cascabel al gato. Que si aquel ya tenía una causa abierta y se acumula, que si estaba cerrada minutos antes y ya no toca, que si la víctima o la demandada cambió de domicilio el día anterior o el de después, que si la hora de la denuncia era ésta o aquella. Y, destrozando las leyes de la física, cuanto más voluminosa es la causa, más facilidad tiene para trasladarse de juzgado en juzgado, de mesa en mesa. Un fenómeno a que ni el mismísimo Einstein encontraría explicación.

¿Cuantas veces nos hemos acordado de quien sea tras entrar un  marrón de esos en una guardia? Ahí estamos, preguntándonos por qué se les ocurrió detener a Fulanito en tal día, o por qué razón Menganita denunció ese día y no el otro, o maldiciendo nuestra mala fortuna de que ese hecho terrible hubiera ocurrido precisamente cuando estamos de guardia, con la de días que tiene el año. Pero es lo que hay.

Confieso, en confianza, que más de una vez he desparecido y hasta corrido cual Usain Bolt en la Olimpiada ante la previsión de que el marrón me cayera encima. Y no soy la única, seguro. Aunque también he de reconocer que esas maniobras de escapismo no suelen dar resultado. Ni el Gran Hudini pudo escapar a su destino. Y el destino, en forma de causa con preso de varios tomos el día anterior a coger las vacaciones, acaba alcanzándote inexorablemente antes o después.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que el que dedico, con todo mi cariño, a quienes acaban comiéndose esos marrones. O sea, a todos los habitantes de Toguilandia. Que nos sea leve y, como decían las abuelas, que sea una horita corta. Aunque suelan ser muchas más de una.

Toguipropiedad: mío, mío y mío


 

Compartir-es-bueno

El sentido de la propiedad es uno de los más arraigados en el ser humano. Una de las primeras cosas que aprenden los bebés es a gritar “mío” referido a cualquier cosa que se les antoje, y a berrear si no la consiguen. Y esto es algo que el mundo del espectáculo, como reflejo de la vida que es, tiene muy presente. ET el extraterrestre reclamaba su teléfono y su casa, y eso que ni siquiera era humano y  el Gollum de El señor de los anillos no dejaba de reclamar “mi tesoro”, al igual que uno de los protagonistas de Lazy Town cantaba que todo era suyo. Las actrices que han rodado para Almodóvar pasan automáticamente a ser “chicas Almodóvar” y son frecuentes los títulos que emplean el posesivo “mi”. Mi chica, Mi vida sin mí, Mi padre, Todo sobre mi madre y muchas más.

En Toguilandia también tenemos un pronunciado sentido de la propiedad. O mejor dicho, de las propiedades, porque por nuestros lares el concepto da para mucho. Un sentido que es, además, peculiar y diferente de lo que ocurre en otros ámbitos, aunque parta de lo mismo.

Nuestro primer contacto con el concepto de “propiedad”, más allá de los tiempos en que, chupete en ristre, reclamábamos nuestras papillas o nuestros juguetes , viene de la propia carrera. En cuanto una se adentra en el Derecho Civil, le pinchan en vena los conceptos de propiedad, posesión y sus diferencias, con sus modos de adquirir y todo, incluida la usucapión que más de un dolor de cabeza ha causado. Pero ya antes la cosa se anunciaba, que no en vano Ticio, Cayo y Sempronio querían ser propietarios de sus fundos y sus sextercios, y de ahí a la creación de un Derecho Romano de cuyas fuentes todavía se bebe. Sin olvidar, claro está, el Derecho Constitucional, que nos garantiza el derecho a la propiedad privada, entre otras cosas, y, por supuesto, el Derecho Penal, que castiga a los amigos de lo ajeno que emplean modos de adquirir la propiedad diferentes a los que estudiábamos en el Derecho Civil y contrarios a la opinión de sus dueños.

Además la propiedad, como la materia, no se crea ni se destruye, solo se transforma. Por eso nos surgen la multipropiedad , la propiedad horizontal –que siempre pensé que tenía que llamarse vertical, ya que se trata de pisos que están uno encima de otro-, la propiedad indivisa, dividida, por cuotas, las comunidades de propietarios y mil cosas más, incluida la propiedad intelectual.

Pero como no solo de Derecho vive el jurista, también tenemos nuestro propio modo de vivirla, bastante más prosaico. La primera manifestación llega cuando una acaba la carrera y tiene en sus manos su flamante título de licenciada –o graduada, ahora- en Derecho. Mío, mío y mío. Sensación que se acrecienta para quienes estudiamos una oposición y tenemos, por fin, nuestra plaza. Mía, mía y mía. Mi tesooooro, como Gollum.  Como me dijo una tía mía, “ahora ya tienes la jubilación asegurada”.

Y ahí no acaba la cosa. De pronto, se nos desarrolla un sentido de la propiedad que abarca a las personas. Y pasamos a hablar de “mi juez”, “mi LAJ” –antes “mi secre”- “mi forense” y “mis funcionarios”. Y, por supuesto, a la recíproca. Ellos nos consideran “su fiscal”, lo cual ya empieza a complicar las cosas. Y no porque seamos más libres ni más independientes, ni siquiera porque digan que somos inmortales, como el viejo chiste, sino porque muchas veces es difícil hacer comprender que no estamos destinados en ningún juzgado, sino adscritos por cuestiones de reparto que pueden variar en cualquier momento. Y por el detalle importarte que no tenemos ninguna exclusiva con ningún juzgado. Es más, muchos fiscales llevan más de un juzgado y todos, toditos, todos –y todas, claro- hacemos muchas más cosas que atender al juzgado al que estamos adscritos. Por ejemplo, hacer juicios en Sala y Juzgados de lo penal, un dos tres, responda otra vez. Y por 25 pesetas cada respuesta, como decía Victoria Abril en sus tiempo de azafata del programa, le podríamos dar hasta sacar un piquito. Como dice siempre mi compi @escar_gm, no solo acusamos. Registro Civil, Menores, extranjería, incapaces, guardia, reuniones, social, contencioso, consumidores…hasta el infinito y más allá. Pero es lo que hay. No siempre podemos acudir prestos como el rayo cuando nos llaman del Juzgado reclamando “su fiscal”. Que por algo vamos de la Ceca a la Meca y viajamos más que el baúl de la Piquer.

Y, si hay un momento en que el sentido de la propiedad se exacerba como las alergias en primavera, ése es cuando andamos a la búsqueda del abogado. De pronto, tenemos una comparecencia de prisión, un detenido, una declaración, o cualquier otra cosa y lo necesitamos. Y empiezan las peleas: que si esto es del de guardia, que si es el que lo atendió la otra vez, que si el que hizo la guardia de ayer tenía un juicio hoy y el de guardia de hoy está en una comisaría en la Chimbamba. Y ni Paco Lobatón en sus mejores tiempos nos lo soluciona con su Quién sabe dónde. Y, de pronto, vislumbramos en lontananza la letrada que buscábamos u otro que nos puede servir. Y empieza la subasta. Que le han llamado de ese otro juzgado que señaló antes, que no, que nosotros llamamos primero, que la causa con violencia es preferente, que ésta es con preso, que la otra es de jurado. Y pobre, de Herodes a Pilatos sin saber a qué juez hacer caso, y cuál le echará menos bronca. Confieso que más de una vez he robado abogados y abogadas y hasta me los he llevado con malas artes toguitaconadas. Pero, ya se sabe, es mío, mío y mío. Faltaría más. Y a veces, cuando veo eso, me viene a la cabeza una cancioncilla de Alaska y los Pegamoides, Terror en el supermercado, cuando decía “de quién es esta cabeza, este brazo, esta pierna..”. Tanto tirar de un lado a otro que el día menos pensado nos encontramos en el DSM VIII el síndrome del letrado desmembrado. O una reforma de la Ley de enjuiciamiento criminal que regule la búsqueda y captura abogadil. Y si no, al tiempo.

Así que, como las criaturas en el colegio, tendremos que reaprender eso de compartir es vivir, que tanto costaba cuando le tenías que dejar tu bici a otra. Pero mientras tanto, a espabilar, en aplicación del principio de “prior tempore, potior iure” que en castizo es “tonto el último”. Como de muestra vale un botón, juro que hay un juzgado donde me llaman a las 8.30 de la mañana cuando tengo guardia en ese partido, que se simultanea con otro, para decirme “no tenemos nada aún, pero cogemos turno por si le llaman del otro sitio”. Como en Quién da la vez, que no se diga.

Por todo lo dicho, y por mucho más, el aplauso hoy no podía ser otro que para los seguidores del santo Job. Esto es, quienes se toman estas cosas con paciencia. Y si, además, es con buen humor, aplauso extra, que hoy estoy que lo tiro.

 

Viceversa: cuando somos víctimas


delincuente

A veces es bueno verse en el otro lado. En mundo del espectáculo no es infrecuente la inversión de papeles, y hasta la conjunción en uno solo. Actores que pasan a ser directores hay muchos, inclusos algunos con más éxito o reconocimiento que en su ocupación original, como Robert Redford, que consiguió como director el Oscar que se le resistía como actor por Gente corriente, o Clint Eatswood y sus Puentes de Madison. Y tampoco es extraña la incursión al revés, basta con recordar la afición de Hitchcook de salir al menos un instante en las películas que dirigía.

En nuestro teatro, con la salvedad de quienes ejercen la abogacía que, sin dejar su toga, ora son acusadores, ora defensores, en un ejercicio de esquizofrenia digno de admiración, no somos demasiado proclives a cambiar nuestros papeles. Ni siquiera los fiscales , que, aunque en más de una ocasión hacemos cosas diferentes que lo que mucha ente cree que hacemos en exclusiva, o sea, acusar, no puede decirse que mudemos de papel, porque acaba siendo el mismo, el de defensores de la legalidad. Por eso no cambiamos nuestro sitio en estrados.

Pero hete tú aquí que tenemos otra vida. A pesar de que haya quien crea que no, que el otro día una tuitera me recriminaba por escribir artículos diciéndome que me dedicara a ejercer de fiscal en vez de hacer otras cosas. Y, se crea o no, ser fiscal no impide ser o hacer otras muchas cosas, como escribir, pero también ser madre, amiga, salir de fiesta, y hasta practicar deportes de riesgo si me viene en gana, o dedicarme a hacer macramé o a la cría del calamar salvaje. Acabáramos.

Y como quiera que tenemos otra vida, también de vez en cuando nos vemos Al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las maravillas. Y, querámoslo o no, somos víctimas de delitos y usuarios de la Administración de Justicia.

La verdad es que, por suerte, mis experiencias como víctima de delitos han sido pocas. Pero algunas tengo, como todo el mundo. Y algunas más me han contado compañeros y compañeras, y muy pintorescas.

En cuanto a mi vida personal, recuerdo una ocasión en que un amigo de lo ajeno se encaprichó de mi bolso, que lucía, flamante, en el asiento del copiloto de mi vehículo de motor mientras yo abría el portón de mi garaje. Cuando ví eso que llamamos el acto depredatorio, hice todo lo que no se debe hacer. Gritar como una posesa –mi hija oyó mis berridos desde el sexto piso y llamó a la policía- y correr como alma que lleva el diablo tras el autor, subida a mis tacones y arriesgándome a partirme la crisma. En esa ocasión comprobé el valor de la solidaridad ciudadana. Mientras un hombre al que no conocía de nada le bloqueaba el paso, otro le perseguía junto a mi hasta lograr arrancarle mi preciado bolso, al tiempo que una pareja recogía del suelo todas mis pertenencias desparramadas, que recuperé íntegramente, dinero incluido. No pudimos detenerle pero sí al menos recuperar lo sustraído. Y, tan importante como eso, reforzar mi fe en el género humano.

En otra ocasión robaron en el apartamento donde veraneo, cuando no había nadie. Como debió gustarles, repitieron al día siguiente, y entonces fue cuando les trincaron, y dio la casualidad que yo estaba de guardia. Me abstuve, claro está, pero reconocer las pertenencias robadas en vivo y en directo fue un golpe de suerte para mí y mis vecinos y de todo lo contrario para el delincuente, que, visto lo visto, acabó conformándose.

Aunque de las experiencias más pintorescas desde el otro lado, la de una compañera que, perseguida e intimidada cuando caminaba con su bolsa llena de expedientes por un atracador con jeringa –cosa muy habitual en una época- tuvo los arrestos de decirle que ella no tenía nada, pero que si iba con ella le llevaría donde estaban sus amigos, que le darían todo lo que tuviesen. El atracador, no demasiado espabilado, le hizo caso, y fue a parar de cabeza al bar donde toda la comisión judicial de guardia tomaba café. Ni que decir tiene cuál fue el final de esta historia.

Y otra compañera, embarazadísima, sufrió un atraco en su portal. Al día siguiente, el atracador, que imagino que siguió con sus fechorías, fue detenido y puesto a disposición del juez y la fiscal de guardia. Que no fue otra que la embarazadísima víctima del día anterior. Cuenta que el pobre se echó a llorar nada más verla y que cantó La Traviata. Otro final que cualquier imaginará.

También recuerdo el caso de unos carteristas que andaban detrás de los bolsos de dos de mis amigas, ambas casadas con jueces. Lo más gracioso fue cuando pude oir perfectamente cómo uno le decía a otro: “quita, quita, que son las esposas de sus señorías”. Y estoy segura que no se referían a los grilletes. Por supuesto, actuaron con lo que en derecho llamamos un “desistimiento voluntario” que impidió que el delito llegara a realizarse.

Aunque no todos los finales son tan felices. Cuando, no hace mucho, mi hija menor de edad fue víctima de un robo de móvil por un mocito que se dio a la fuga y no hubo modo de encontrar, la acompañé a denunciar al día siguiente. Aun recuerdo la cara del Guardia Civil cuando, tras preguntarme si lo denunciaba para cobrar el seguro, le dijo muy seria que no, que lo denunciaba porque era un delito y había que perseguirlo. Aunque he de decir que no se quedó muy convencido.

También recuerdo mi paso por la Administración de Justicia como testigo de unas injurias. Y la verdad es que mi actuación como testigo dejó bastante que desear, y confieso que me sentí como pez fuera del agua mientras me interrogaba una compañera. Y, aunque la cosa acabó en condena, ésta y esas otras experiencias me sirvieron para apreciar, aunque solo sea por un instante, como se siente una al otro lado.

Así que hoy mi aplauso no será para los delincuentes que tuvieron la desgracia de elegir mal sus víctimas, desde luego. El aplauso de hoy está dedicado a quienes, cada día, administran justicia desde la imparcialidad, sean quienes sean autores y víctimas, algo que sucede todos los días del año en miles de juzgados a lo largo y ancho de nuestra geografía. Y por quienes, alguna vez, se han visto al otro lado.

 

Fotografías: reflejos


fotografa

El mundo del espectáculo está íntimamente relacionado con la fotografía. De hecho, la fotografía bien hecha es un verdadero arte. Y el cine, en realidad, no es otra cosa que fotografía en movimiento, desde que los hermanos Lumiere se pusieron en ello. Y por supuesto, su valor es tal que tiene categoría propia en los Oscar. De hecho hay películas dedicadas a la vida de un fotógrafo, como Life, o a la propia fotografía, como Smoke.

En nuestro teatro la función se desarrolla en vivo y en directo -aunque se graben -, así que pudiera parecer que hay poco espacio para tan noble arte. Pero nada más lejos de la realidad. Las fotos han sido siempre una prueba fantástica, si están relacionadas con el hecho y reúnen los requisitos correspondientes. Por eso en cuanto se ha cometido un delito y existe esa posibilidad, se buscan los fotogramas de las cámaras de seguridad que pudiera haber en las inmediaciones del lugar del crimen . No dejan de ser curiosas las imágenes que semejantes artefactos nos proporcionan, porque las he visto desde de delincuentes muy profesionales que no se desprenden del artificio con el que intentan esconder su identidad, sea un pasamontañas, un casco de motorista o una peluca con melena de rizos, hasta de aquellos que no pueden evitar pasar delante de una cámara sin hacer cucamonas, sacar la lengua o hacer un corte de mangas de lo más genuino. Claro que a ésos se les suele pillar enseguida. Y haberlos, haylos, y más de lo que la gente podría imaginar.

Hoy en día, además, que todo el mundo tenemos una prolongación del brazo llamada teléfono móvil  con una cámara de tropecientos mil megapixeles, hay pocas causas que no vengan aderezadas por alguna imagen, y hasta por selfis subidos a las redes sociales, que no nos falte de nada. Con esas cosas, han pillado hasta a gente que decía estar de baja pegándose unas fiestas considerables. Que se lo digan, si no, a Julián Muñoz, que ha pagado caro el marcarse una sevillana cuando se supone que había salido de prisión por estar en las últimas o poco menos.

Confieso que a mí me sigue causando cierto rubor la aportación de algunas fotografías. A veces, se ha pretendido incluso demostrar que la víctima de un delito no estaba tan afectada por él porque hacía vida “normal”, como si hubiera debido de enclaustrarse de por vida.

Pero las que más reparo me causan son aquellas que se aportan en algunos pleitos de familia para tratar de hacer ver lo buen padre o madre que se es frente a las alegaciones de la otra parte. Y ahí van las fotos de los niños comiéndose un helado, jugando al balón, montando en un tiovivo o saludando a la cámara como si con eso pudieran probar algo más que son eso, niños o niñas haciendo cosas propias de su edad. Y luego está quien, para colmo, las sube a las redes sociales para que todo el mundo vea lo bien que se llevan y lo felices que son, o para hacer gala de un madrepantojismo en el que quien más quien menos hemos caído alguna vez.

Aunque también he de reconocer que hay ocasiones que proporcionan nuestros buenos ratos, y más de una anécdota. Entre ellas, me quedo con la de una mujer que, en un juicio de divorcio quería demostrarnos cuál era la ocupación profesional de su pareja, de la que, según ella, sacaba un pastizal, para lo que nos trajo el vídeo promocional de una web de citas donde el muchacho mostraba sus encantos de todas las formas posibles., mientras ella nos lo explicaba con todo lujo de detalles. Al final se vino tan arriba que le tuvimos que decir que ya nos hacíamos una idea de lo demandados que eran los servicios de la otra parte.

Y otras que también me encantan son las fotos que aportan para justificar la petición de cambio de nombre por el usado habitualmente. Como hace tiempo que no llevo Registro Civil, no se si estos expedientes seguirán siendo iguales, pero tenía su encanto cuando María Deseada quería llamarse Desiré, o Maria Josefa quería constar como Jennifer y aportaban cosa tan tiernas como el boletín de notas del colegio, la foto que le hicieron en la guardería vestida de Papa Noel o la estampita de la comunión con su foto con misal y rosario y su nombre «de guerra» en preciosa letra gótica en relieves dorados

Además de este tipo de fotografías, hay otras que me gustan menos. Y que están, además, fuera del proceso. Por un lado, las que nos obsequian medios de comunicación poco o nada escrupulosos con la intimidad de las víctimas y el dolor de sus familiares.

Por otro, las fotos postureo. Esas que se hacen los mandamases de turno aquí o allá presumiendo de lo bien que va todo y de lo cerca que están de la justicia mientras, en un universo muy lejano, seguimos igual de mal que siempre. O las que se hacen con víctimas, o familiares prometiendo esto o aquello. Como dice el refrán, obras son amores y no buenas razones.

Así que hoy el aplauso es, una vez más, para quienes valoran las cosas en su justa medida y hacen justicia aunque sea a base de juego malabares. Aunque no salgan en la foto.