Ficción: togas en pantalla


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Uno de los temas que más parece gustar al público es precisamente el nuestro. Juicios, jueces, fiscales, abogados, testigos y criminales son habitantes comunes del mundo del espectáculo, tanto en el teatro, como en el cine y en las series de televisión. Hemos crecido con Perry Mason, Ally Mc Beel, La ley de Los Angeles,  la Letrada de Canción Triste de Hill Street o, más adelante, la fiscal Chase o la forense de Bones, con permiso de la desternillante Juzgado de guardia. Todas ellas series anglosajonas, que se nutren –supongo- de su propia tradición. Y, por supuesto, nuestra tele no podía ser menos y también tiene sus referentes patrios, como Turno de Oficio o Anillos de oro, por citar algún ejemplo. Hasta ahí, todo en orden.

El problema viene cuando series o películas españolas y ambientadas en España pretenden reproducir un juicio y los hacen con los cánones yanquis, o salidos de la imaginación de algún guionista motivado. Que para qué asesorarse, si la gente lo va a ver igual. Y claro, de aquellos polvos estos lodos, y luego nos pasa lo que nos pasa, que nos encontramos al justiciable buscando la Biblia para prestar juramento, poniendo la mano en el pecho, levantándose cuando llega el Juez o acogiéndose a la Quinta Enmienda, como ya vimos en algunos de los estrenos dedicados a anécdotas

Pero ¿cómo no va a hacer eso el españolito o españolita de a pie viendo lo que ve en las pantallas amigas, o no tan amigas? Pensémoslo si no.

Hace apenas unos días se me ponían los ojos como platos viendo en una teleserie cómo el abogado, recién licenciado para más señas, lucía impertérrito una flamante toga con puñetas y galleta dorada. Y tan feliz, oiga. Y no contentos con eso, se encontraban todos sentados en estrados cuando alguien da una voz anunciando la llegada del juez, y se levantan como un resorte. Incluido el  fiscal “de verdad” y el abogado disfrazado de juez o fiscal –confieso que no me dio tiempo a ver la leyenda del escudo-  Y, como no tengo remedio, ví el capítulo siguiente, y aún estoy de pasta de boniato de ver el desarrollo del juicio: primero testigos -incluído uno que no estaba anunciado y aparece como golpe de efecto del abogado-, luego el acusado y de ahí directamente el “visto para sentencia” sin alegaciones ni informes, al que sigue una llamada a todos los presentes para dictar sentencia in voce en juicio por asesinato. Y ahí no acaba la cosa, que a punto de hablar el juez -autodenominado de primera instancia y que no necesita formar sala con nadie-, llega un  abogado con un sobre que supone la prueba exculpatoria fundamental, y que todos aceptan como si fuera lo más normal del mundo. Sres de Antena 3, Amar es para siempre, pero lo de documentarse lo han dejado para nunca.

Pero no es un caso único. Las series hacen su propia puesta en escena prescindiendo de cualquier parecido con nuestra realidad toguipuñetera. Y así, me cuenta un compañero que dejó de ver una serie espeluznado porque los interrogatorios de las imputadas los hacían de tres en tres, ante el Juez de Vigilancia y sin presencia de Letrado ni de nada que se le pareciera. Se ve que se tomaron lo de Vis a Vis como si fuera Tris a Tris. Eso sí, con una enorme afición por celebrar vistillas por todo, así, a bote pronto y en la misma prisión.

Y, sin ir más lejos, al mismo tiempo que en una cadena privada celebraban el pintoresco juicio descrito, en la pública, según me dicen, no se quedan atrás, y tienen en plantilla a un fiscal formando parte de una comisaria donde tiene silla –que no despacho- propio, al ladito de la mismisima casa de Acacias 38. Y que por supuesto, sigue las órdenes de los policías a pies juntillas. Se ve  que lo del fiscal recibiendo órdenes es algo que gusta, vengan de donde vengan.

Me acordé también de una reciente serie de televisión, protagonizada por una pareja de policías, uno muy guapo y otro no tanto, en que la juez andaba con ellos a todas horas investigando in situ como si fueran el trío de la bencina, y comandando un juzgado donde no había ni sombra de Laj ni de fiscal, que ya la señora juez se bastaba y se sobraba con sus queridos Olmos y Robles.

También me vino a la cabeza una exitosa serie de humor donde, tras un juicio cuanto menos peculiar, uno de los protagonistas es condenado a no abandonar el País Vasco. Supongo que será una versión moderna de las medidas cautelares, y que quizás cualquier día entre en el Código Penal con el nombre de orden de acercamiento. Visto lo visto, cualquier cosa es posible, pero el pobre se quedó varios capítulos sin poder viajar Ahí Abajo.

Y esto no es cosa de ahora. Ya fue muy discutida y denostada en su día la interpretación de la figura del juez sustituto y, sobre todo de las secretarias judiciales que se hacía en la segunda parte de Turno de Oficio, que bien se la podían haber ahorrado con el buen recuerdo que teníamos de la primera. Y también me recuerda alguien que en la serie Periodistas se celebraba un juicio donde fiscal y abogado se paseaban por la sala como habíamos visto hacer en Algunos Hombre buenos. Y la verdad, hasta me dan ganas de que sea real, porque siempre me ha apetecido darme esos paseos toga en ristre. Y, por lo que leo a algún compañero, no soy la única.

Otro filón son las series de vecinos. Allí se ventilan divorcios y cutosdias de menores sin que nadie haya visto a un  fiscal ni a nada que se le parezca. Porque yo lo valgo, oiga. Que aunque Aquí no haya quien viva, parece que La que se avecina es peor con fiscal de por medio. Acabáramos.

Y los ejemplos proliferan. Había un episodio con juicio por medio en que el Luisma, el hermano de Aida para más señas, iba a ser fulminantemente condenado hasta que se declaró en estrados a la denunciante, ante el jolgorio de la magistrada.

También proliferan las confusiones de nuestros papeles. En El Príncipe se armaron un lío entre el abogado y el fiscal en cuanto a su labor con un menor, como ocurría en otra serie, donde el fiscal recibía órdenes de a Policía Judicial, y por más que aquello se llamara, paradójicamente, Sé quien eres, lo que desde luego no sabían es Quién es Quién en Toguilandia.

Aunque eso nada tiene que ver con otro esperpento patrio. Un programa que no recuerdo cómo se llamaba –ha cambiado de nombre pero se ha ido repitiendo a lo largo de la historia- donde dos personas ventilaban sus contiendas ante un supuesto juez que- y esto era lo mejor- se retiraba a deliberar antes de dar su sentencia. Aun me estoy preguntando cómo deliberaría consigo mismo. Y además, pretendían darle una pátina de seriedad empleando para el papel a un magistrado jubilado al que, si la memoria no me falla, le prohibieron usar placa y puñetas.

Pero eso es lo que hay. Informarse cuesta poco, pero parece que también importa poco. Así que por eso el aplauso hoy se sale un poco de la sala de vistas, y se dirige a aquellos que son capaces de idear y rodar una escena sin faltar a la realidad. Porque el buen hacer debe tener premio.  Aunque esto, como en las mejores series, continuará…

Sentidos (V) : ver y mirar


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Hoy nuestro escenario cierra la serie dedicada a los sentidos  con el aparentemente más usado, la vista. Quizás por eso dice el refrán que “no hay prenda como la vista”, y suelen  repetirnos eso de que Santa Lucía nos la conserve. Aunque a veces, para lo que hay que ver, tal vez sería bueno darle un descanso a la Santa, y a nuestros dos ojos, la verdad.

Pero lo bien cierto es que hoy, más que nunca, en plena sociedad audiovisual, la vista es casi imprescindible, y carecer de ella o tenerla mermada crea dificultades casi insalvables. El cine, arte visual por encima de todo, nos ofrece muestras de toda su importancia, tanto del lado serio, como La Gran Belleza, como para titular con ironía aquello de No me chilles que no te veo, y, por supuesto, para tratar de En la ardiente oscuridad que ello puede suponer, a pesar de que con personajes como Mr. Magoo o Rompetechos lleguemos a tomarlo a broma

Y, por descontado, nuestro teatro la emplea como el más importante de sus instrumentos, incluso eclipsando al uso de otros sentidos que también tienen su trascendencia en él, como vimos al hablar del oído, el tacto el gusto o el olfato.

Es tanta su importancia, que es el único de los sentidos respecto del cual he leído un encarnizado debate sobre si el hecho de estar privado de él puede impedir acceder a determinados papeles de nuestro espectáculo, como ocurría con un opositor que aspiraba a ser juez, y que ignoro si a día de hoy lo ha conseguido o sigue en ello, pero que motivó una decisión del Consejo General del Poder Judicial a favor de que pudieran acceder a la carrera. Según leía el otro día, existen en el mundo casos de jueces invidentes –leí que dos, pero no tengo contrastado el dato- y no creo que haya problema alguno en ello, todavía más con un tecnología como la actual, que permite suplir esas carencias. En cualquier caso, mucho ánimo a quien pelee por ello.

No obstante, esto no es nuevo. Aunque difícil, puedo contar por propia experiencia que se puede ser ciego y seguir representando un papel importante en nuestro teatro. Así lo hizo mi padre, abogado, durante mucho tiempo, cuando una enfermedad le dejó privado de tan esencial sentido, aunque en su caso fue mi madre quien ponía los ojos por él, como ya conté en su día. Y, por supuesto, su esfuerzo, vocación y prodigiosa retentiva, que hacía que llegara a aprenderse folios enteros de los sumarios de memoria. Aun recuerdo andar por mi casa viendo encima de la mesa aquellos papelotes copiados con calco en papel cebolla.

Pero no hace falta marcharse tan lejos ni con recuerdos tan potentes. Seguro que quien es o haya sido opositor  ha sufrido la galopante subida de dioptrías conforme va pasando el tiempo que se pasa delante de los apuntes. Aunque en mi caso ya venía bastante cegatona de serie, conozco a personas con vista de lince que acabaron viendo menos que un gato de escayola, dicho sea con todo el respeto, por cortesía de los formatos imposibles con que las editoriales pretenden evitar las fotocopias, y las horas gastadas antes libros y folios y, ahora, ante una pantalla, en su caso.

La aplicación estricta del sentido de la vista ha dado para mucho en nuestro teatro, sobre todo en lo que a prueba testifical se refiere. No en vano hablamos a veces de testigos presenciales, o testigos oculares, por contagio de las series americanas. El caso es que la vista es la protagonista de pruebas tan esenciales como el reconocimiento en rueda, que ha aportado a nuestras toguitaconadas vidas más de una anécdota. Me contaban hace nada la de un acusado que, reconocido en rueda por su víctima, espetó furiosísimo que era imposible que le hubiera reconocido, porque cuando cometió el hecho llevaba el casco puesto. Ni que decir tiene que no fue tanto el sentido de la vista sino su bocaza lo que le llevó derechito a prisión. Y, cuando yo estaba en la Escuela Judicial, uno de los tutores nos contaba la historia de un reconocimiento en rueda de miembros viriles, porque según la víctima el del autor tenía determinado tatuaje. Ignoro si es leyenda o realidad, pero solo imaginarme la escena me basta para esbozar algo más que una sonrisa.

También recuerdo otra señora, que iba a actuar como testigo, que, requerida para prestar el preceptivo juramento o promesa de decir verdad, nos dijo cariacontecida que no podía, porque no había traído las gafas para ver la Biblia. De nuevo las películas y series americanas que salen a nuestro encuentro en los mementos más insospechados.

De todos modos, no es lo mismo mirar que ver. Se puede tener la agudeza visual de un águila real y dejar pasar detalles importantes, y se puede ser miope de solemnidad y no dejar escapar una. Porque no solo se trata de tener los ojos, sino de poner atención y ganas. Y hasta de ver más allá y hacerlo, en ocasiones, con las gafas adecuadas.

Por eso hoy el aplauso es, cómo no, para quienes no se conforman con mirar y saben ver. Porque las cosas muchas veces, no son lo que parecen.

#historiasconorgullo


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Hoy, el escenario de Con Mi Toga y Mis Tacones se viste de arco iris, para, como en Pride, contar una de esas #historiasconorgullo que llevan demasiado tiempo en el armario. Una historia con presente, con pasado y, sobre todo, con futuro

 

Pasado, presente, futuro

                  Nunca hubiera pensado que mi vida fuera a cambiar en una notaría. Nunca hubiera imaginado que un lugar así fuera el escenario de un terremoto en mi mente y en mi alma. Pero el destino siempre nos obsequia con sorpresas.

      Llegué allí de mala gana. Suponía que aquella sería una de las cosas de mi madre, siempre empeñada en tener todos los papeles arreglados hasta extremos enfermizos. Una explicación de aquel amable y aburrido señor, una firma y a otra cosa, mariposa. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, de las palabras de aquel aburrido y amable señor, deduje que mi pasado fue un fraude, mi presente era muy distinto de lo que suponía y mi futuro era prometedor. Y todo eso, en los diez minutos que le llevó leer un testamento.

      Descubrí entonces que había tenido un padre que hizo mucho más por mí que aportar sus genes, que mi madre me había engañado toda la vida, y que mis sempiternos números rojos se había vuelto de un azul brillante. Todo de un plumazo. Y sentí que me faltaba el aire, y la tierra bajo los pies.

      Mi madre había construido un castillo de naipes con nuestra historia. Siempre me hizo creer que mi padre nos dejó tirados después de marcharse un buen día y no volver jamás. Y, aunque me llamó la atención que nunca se lo reprochara, lo achaqué al espíritu generoso de mi progenitora. Posiblemente, más generoso de lo que yo pudiera imaginar entonces.

      Mis padres, según supe al salir de aquella notaría, fueron rehenes de unos tiempos difíciles. Vecinos de un pueblo pequeño y amigos desde la infancia, se casaron casi por inercia en cuanto les llegó la edad. Hicieron lo que se esperaba de ellos y así llegué yo al mundo. Pero poco tiempo después, él no pudo más y le confesó a mi madre algo que ella debía sospechar desde siempre. La quería y la respetaba como a nadie, pero la naturaleza le inclinaba en busca de otra cosa. Y decidió ser honesto con ella y contárselo. Mi madre aceptó lo inevitable y juntos convinieron que él se marcharía lejos, junto a aquel joven del que no había podido evitar enamorarse. Ella y yo nos mudaríamos a una ciudad  donde nadie nos conociera e iniciaríamos una nueva vida mientras él trataba de alcanzar sus sueños tanto en el amor como en su profesión. Se dejaría el tedioso puesto en el Banco y trataría de triunfar como escritor, lo que siempre quiso. Esa fue la condición que mi madre le puso: debía de triunfar en lo suyo.

      Corrían los años 60 y la homosexualidad, además de ser delito, era un estigma para la familia. Así que borraron a mi padre de mi vida para evitar el riesgo de que en el pueblo nos conociean como el hijo del marica y su estafada esposa. Y yo crecí sin saber que, tras el lujoso colegio donde estudié y los caprichos que nunca me faltaron, estaba el dinero de un padre que triunfaba como director y guionista de cine con un apellido que en nada se parecía al mío. A mis espaldas, mis padres decidieron no verse para protegerme, a pesar de que él estaba al tanto de mi vida, de mis progresos y de todas mis necesidades, que cubría encantado de hacerlo. El y mi madre se mantenían en contacto frecuente, pero nadie lo sabría nunca hasta ese momento en que puse el pie en la notaría.

      En plena década de los 80, me convertí en el único heredero de un famoso director de cine, que murió con la pena de no poder abrazar a su hijo. No pude sentir otra cosa que orgullo de un padre que tuvo el coraje suficiente para vivir su vida, y de una madre que le apoyó hasta el último momento, sin rencores ni dudas. Y sentí también una enorme rabia por esa sociedad hipócrita que nos privó de tantas cosas a los tres.

      Ese día, como homenaje a mi padre, decidí salir del armario. Ni siquiera mi madre sabía que me parecía mucho más a él de lo que ella pensaba. Aunque, probablemente, lo supiera incluso antes que yo mismo.

      Hoy, ya en el siglo XXI y con una vida a las espaldas, he pagado mi deuda con el destino. Mi última novela, “Orgullo”, ha sido galardonada con uno de los más importantes premios literarios. Una obra que dedicaré a esos padres que tuvieron que sacrificar su pasado para que yo tuviera un futuro que ya hoy es presente.

      Y me acompañará alguien muy especial. Mi pareja, el hijo de aquel notario que resultó no ser tan aburrido, aunque nunca dejó de ser amable, hasta el punto de convertirse en el mejor suegro del mundo.

 

 

 

Sentidos IV : el gusto es nuestro


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Continuando con la serie de estreno dedicados a los sentidos, hoy toca poner en marcha las papilas gustativas. Un sentido que usamos mucho a la hora de comer, pero que no tenemos demasiado presente el resto del tiempo, por más que usarse, se use. Buena prueba de ello son los títulos que el cine ha dedicado a ello, como Chocolat, Fresa y Chocolate o filmes tan “comestibles” como La gran buffe o el festín de Babette. Claro que, con la avalancha de modas de Master Chef, Top Chef, y todo tipo de concursos culinarios, la cosa está de moda.. Hay que Comer, beber, amar, y ser un buen Chef, con sus propias recetas Como agua para Chocolate.

Nuestro teatro poco tiene que ver a primera vista con el sentido del gusto. Más allá del kit kat de media mañana -quien lo haga- no parece que vayamos a degustar expedientes o a relamernos de gusto pensando en los medios que tenemos a nuestra disposición. Tampoco se nos hace la boca agua pensando en ese juicio que nos quita el sueño y aún no sabemos cuándo se va a señalar, aunque confieso que, alguna vez, he llegado a salivar escuchando el veredicto de un jurado cuando asume todas mis peticiones. Cuando, como dirían Serrat, Sabina, Víctor y Ana, El gusto es nuestro.

Aunque, si vamos más allá de una aplicación estricta de lo que el gusto significa, descubriremos que lo usamos mucho más de lo que pensamos. Incluso con toga y tacones. Porque aquí hay cosas para todos los gustos.

A veces, he llegado a sentir, incluso físicamente, eso de que A nadie le amarga un dulce, algo que pasa cuando, además de acoger todos nuestros pedimentos jurídicos, obtenemos una satisfacción extra. Ese día en que la víctima se te acerca y te da las gracias, o incluso un abrazo  por el esfuerzo desplegado por su causa, o esas escasas ocasiones en que alguien reconoce tu trabajo, sea en los medios de comunicación o por la vía de un reconocimiento profesional del tipo que sea. Porque, se crea o no, y pese a su escasez, en Toguilandia también nos gusta que la profe nos ponga un “gomet” –esos adhesivos con que premian los trabajos de los niños en la guardería o el cole- en nuestro cuaderno de deberes.

También es absolutamente cierto lo de que Cuanto más azúcar, más dulce, algo que ocurre, por ejemplo, cuando a la prueba propuesta en el juicio se le suma otra que todavía apuntala más nuestra tesis. Qué gusto paladear esa sensación cuando un testigo hace una declaración redonda para nuestras pretensiones, o cuando, de pronto, logramos pillar al acusado en un renuncio y se desmonta su versión exculpatoria. O, del otro lado del banquillo, cuando es al testigo a quien se le sorprende en ese renuncio y es la defensa la que se lleva el gato al agua, y con razón. Porque, como la Justicia es lo que cuenta y todos remamos en el mismo barco aunque haya a quien le cueste reconocerlo, siempre hay que congratularse de que se haga la luz, aunque el foco se dirija a una u otra parte del escenario. Aunque esa es mi opinión pero, por supuesto, para gustos hay colores.

Pero no todo es dulce, no vaya a darnos una sobredosis de azúcar y acabemos con una epidemia de diabetes. Más bien al contrario. En nuestro teatro, hay más veces en que nos quedamos con un regusto amargo que con lo contrario. Porque, tratando de temas tan delicados como los que tratamos, es difícil que esto no suceda. A cualquiera con un mínimo de sensibilidad se le agria el estómago al oír declarar a un  menor que ha sido objeto de abusos, a una mujer violada o maltratada, a un pederasta o a cualquier otra persona que tenga relación con un crimen terrible. Y tampoco hay que limitarse a las fronteras del derecho penal. No debe ser plato de gusto escuchar a personas que han visto arruinada su empresa, que han perdido su trabajo o que han perdido sus ahorros con cualquier comportamiento abusivo. Y en los más graves de unos y otros casos, hay que reprimir las náuseas. Gajes del oficio, desde luego, pero la amargura no nos la quita nadie.

Y, para no quedarnos con mal sabor de boca, echaré mano de una anécdota. La de una trabajadora de la calle que se definía a sí misma como tal y, al ser preguntada por lo qué quería decir con eso de trabajar en la calle, ya que podía ser repartidora de octavillas, encuestadora o barrendera, describió su oficio como “un trabajo más picante que todo eso”. Tal cual.

También dan para mucho algunas frases de quienes se ven envueltos en delitos contra la seguridad vial por ingerir bebidas espirituosas bajo cuyo efecto manejaban el volante. Recuerdo uno, hace mucho tiempo, cuando estos delitos todavía se llamaban “contra la seguridad del tráfico” que, después de contarnos todo lo que había bebido, añadió espontáneamente “y un licor que no sé de que era pero estaba buenísimo”. También recuerdo otro, por la misma época que, empeñado en achacar toda la culpa de su borrachera al colutorio con el que hacía enjuagues, contestó, a la pregunta de si se lo tragaba -ya que era un enjuague- “que va, si está asqueroso”.

Así que hay el aplauso es para quienes se sobreponen de esos regustos amargos y saben disfrutar de los momentos dulces que está profesión nos depara. A pesar de que, como todo el mundo sabe, contra gustos no hay nada escrito.

Conciencia: Pepito Grillo


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Cualquiera se ha visto más de una vez sorprendido, o tal vez incordiado, por la voz de la conciencia. Esa conciencia que en el mundo del cine y de las letras viene representada por el imprescindible Pepito Grillo de Pinocho, que más de una vez se ha asomado al escenario de Con Mi Toga y mis tacones. Pero nunca, hasta ahora, había tenido su propio estreno. Y hora es ya de saldar esa deuda.

La conciencia no es ajena a nuestro mundo toguitaconado. Es más, es un mundo donde está más presente que nunca. Por activa y por pasiva, y nunca mejor dicho.

Desde uno de los lados del banquillo, el que viste toga, es a veces difícil bregar con ella. Porque además, tiene una relación directa con el mundo de Morfeo. No hay mejor somnífero que una conciencia tranquila. Y lograrlo no siempre es fácil.

En este sentido, reproduciré una pregunta que me solían hacer desde que empecé a estudiar Derecho, y que sigo oyendo de vez en cuando, aunque es más cercana al mundo de la Abogacía que al mío propio. Y que no es otra que la de si una no se siente mal por defender a un asesino, a un pederasta, a un violador o a cualquiera que haya cometido un crimen horrible. Para contestarlo, echaré mano de la memoria de mi padre , abogado  como ya he contado varias veces. El solía decir que defender a alguien no consiste simple y llanamente en negar que haya cometido ese hecho nefando, sino tratar de encontrar, entre las circunstancias del mismo, aquéllas que le resulten más favorables. Para acabar con una frase lapidaria: lo que no le dejaría la conciencia tranquila es impedir que esa persona tuviera una defensa justa. Y en eso, precisamente, consiste la grandeza del Estado de Derecho. Aunque desde las vísceras sea en ocasiones difícil de comprender. Por eso aprovecho este momento para manifestar mi admiración por quienes asumen tan difícil papel con dignidad, uno de los más difíciles en el reparto de nuestro gran teatro de la Justicia.

También al otro lado de estrados, Pepito Grillo asoma con frecuencia. Y también hay preguntas que escuchamos bastantes veces. Entre ellas, la de cómo nos sentimos cuando el convencimiento interno o la intuición  nos dicen que ese tipo es más culpable que Judas, pero no nos queda otra que solicitar el sobreseimiento por falta de pruebas –en el caso del fiscal-o dictar una sentencia absolutoria por el mismo motivo –el el caso de jueces-. Y a Dios pongo por testigo, como la propia Escarlata de Lo que el Viento se llevó, que no es una píldora fácil de tragar, aunque la mísmisima Mary Poppins viniera a dárnosla con un poco de azúcar. Pero apelo nuevamente a mi padre y a su máxima: no hacer un dictamen justo sería en este caso lo que nos impediría conciliar el sueño.

Quienes vestimos toga, con o sin puñetas, nos hemos marchado más de una vez a casa con la amarga sensación de que, pese al deber cumplido, podría “pasar algo”. Y ese algo es especialmente alarmante cuando se trata de esas víctimas que se acogen a la dispensa legal, que les permite no declarar contra su verdugo, si éste es alguien con quien tienen una estrecha relación de parentesco, como su padre o su esposo. Algo que vivimos día a día quienes bregamos con esa pandemia llamada violencia de género y que nos ha robado el sueño más de una noche. Pocas cosas hay que marquen más que el asesinato de una mujer que tuviste delante y se negó a declarar contra su marido, e incluso ella misma propició que éste incumpliera la orden de protección. Aseguro por experiencia que es algo tremendo, y que la cara de aquella mujer todavía me visita algunas noches.

Pero no son éstas las únicas cuestiones de conciencia con las que nos encontramos. También ha suscitado muchas dudas la posibilidad de que sea el propio juez quien se las plantee. Se han conocido casos de jueces que alegaban razones de este tipo para, por ejemplo, no casar a homosexuales. Afortunadamente, esta cuestión se resolvió con aplicación de nuestra Constitución, que impone el imperio de la ley. Y no quiero ni pensar cómo será la cosa para los profesionales en las legislaciones que admitan la pena de muerte. Confieso que a mí me planteería un irresoluble problema de conciencia si tuviera que solicitarla. Por suerte, no es el caso en el tiempo y lugar que nos tocó vivir.

También del otro lado hay cuestiones de conciencia, admisibles o no, que causan muchos problemas. Testigos de Jehová que se niegan a admitir transfusiones de sangre y, lo que es más grave, admitirlas para sus hijos menores. O la cuestión de alimentar forzosamente a alguien que se encuentre en huelga de hambre. Cuestiones también resueltas, a favor del derecho a la vida, pero que no dejan de resultar conflictivas.

Con todo, me quedo con un  tipo de Pepito Grillo especial. El que me aparece en el hombro como por ensalmo y me susurra cuando me estoy equivocando, o cuando me estoy dejando llevar por algo que no debo, aunque sea por mi corazoncito toguitaconado. Y ojo, que el tipo es muy majo. No solo hace eso. También me advierte cuando cometo alguna pifia en alguno de mis estrenos bloggeros, a tiempo de darle al botoncito de editar y solucionarlo. Espero no darle demasiada faena esta vez. Ya que le dedico este estreno, preferiría ahorrarle algún trabajo.

Así que ahí va el aplauso. Dedicado esta vez a quienes saben escuchar a su propio Pepito Grillo, y también a quienes asumen ese papel cuando es necesario. Porque aunque no siempre La vida es sueño, poderlo conciliar cada noche es esencial para seguir adelante.

 

 

Sentidos (III) tocar y sentir


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Como en los anteriores estrenos, seguimos hablando de sentidos. Me cuenta mi buen amigo José Segura que los seres humanos nos dividimos, desde el punto de vista de la comunicación, en visuales, auditivos y kinésicos. En cuanto a los primeros huelga decir a qué se refiere, al igual que los segundos. Y ambos son quienes lo tienen más fácil, en este mundo audiovisual en que nos ha tocado vivir. Pero hoy nos referiremos a los kinésicos, esos que necesitan sustentar su comunicación con gestos. Como quienes se empeñan en darte golpecitos en el hombro al hablar para confirmar que estás atendiendo, y que confieso que me ponen nerviosita. Tanto que echo mano –o mejor dicho, pie- de mi tic favorito: dar golpecitos con el tacón en el suelo. Y cuanto más deprisa, más nerviosita me están poniendo. Manías que, como dice mi madre, no curan los médicos.

En el mundo del arte parece que no se atiende demasiado al tacto, el único de los sentidos cuyo epicentro está fuera de la cabeza. Pero no faltan las referencias a él, como las que hacía Juan Ramón a la suavidad del burrito de Platero y yo. También evocan al sentido del tacto los títulos de algunas películas como Terciopelo Azul, Tocar el cielo, No tocar a la mujer blanca, Los abrazos rotos  o Tocando el viento, aunque hay que reconocer que cuesta encontrar títulos que den protagonismo a este sentido. Sin embargo, en cualquier obra, hay gestos sin los cuales la cosa pierde mucho: apretar la mano del otro, tocar su cara, coger el brazo o mil pequeñas cosas en las que ni siquiera caemos.

En nuestro teatro, como en la propia vida, el tacto parece ocupar un lugar secundario. Aunque si nos fijamos bien, no lo es tanto. Uno de los primeros recuerdos de la vida toguitaconada es el contacto con esos papeles que hasta ese momento no habíamos tenido. La sensación  al tocar folios de expedientes viejos, que hasta crujen en las manos, por ejemplo, es algo que se queda grabado cuando cae en tus manos un tomo del año de Maria Castaña. Recuerdo que una vez me enseñaron un testamento de los años 20 que se tuvo que rescatar para una herencia complicada en donde se reconocía un hijo natural de los de entonces. Casi un incunable judicial.

Pero no todo es tan poético. En los expedientes, una tropieza con cosas de toda clase que a veces le hacen dar un respingo y hasta dan repelús. Recuerdo hace mucho tiempo que en medio de una causa había un sobrecito que, al tacto, sobresalía más de lo común. El sobrecito en cuestión resultó contener una muestra del cuerpo del delito, nada menos que cocaína, que desparramamos por la mesa ignorantes de su contenido. Y anda que había que vernos la cara, tratando de recuperar el polvo de nuestro descubrimiento a la vez que la compostura.

En otra ocasión, el tacto me jugó una mala pasada. En otro de esos sobrecitos que grapan a la causa y quedan por el medio, había una cosa que pinchaba. Al ir a husmear –curiosa que es una- me dí un pinchazo con una navaja que allí se había quedado como pieza de convicción. Por suerte, sólo fue un pinchazo, que ni imaginarme quiero la neura que me podría haber entrado –y con razón- si llego a sangrar aunque fuera un poquito. Pero, más allá de este ejemplo extremo, los expedientes llevan a veces sorpresas que, como un huevo kinder, una no conoce hasta abrirlo. Llaves, alguna cadena o colgante y hasta un pendiente me he encontrado, para sorpresa táctil que luego se hizo visual. Aunque la más típica es la de las grapas que sobresalen y acaban haciéndote señales en los dedos o cargándose la puntilla de las puñetas.

También el sentido del tacto ocasiona sus problemas. Había una juez a la que el contacto de los dedos con el papel viejo le causaba sarpullidos, y tenía que pasar las hojas con unos dedalitos de goma que le quedaban de lo más cuqui. Aunque bien incómodos, por cierto.

Por supuesto, también el tacto es parte importante de nuestro catálogo de delitos. No olvidemos que, aunque ya no se llamen así, hay tocamientos que son constitutivos de delito. Y bastante grave, en muchos casos.

Pero el colmo de las anécdotas táctiles es la de un funcionario que pidió la baja porque tenía alergia, según alegó, al mecanismo donde fichan estampando la huella digital. Lo peor del caso es que se la concedieron. Aunque yo aún me hago cruces de que lo lograra, con lo fácil que hubiera sido hacerle firmar en un papelito como toda la vida, y como siguen haciendo los investigados sujetos a la obligación de comparecer apud acta periódicamente.

Y, aunque no nos demos cuenta, hablamos con más  con el tacto de lo que creemos. ¿O acaso no hemos de tratar a determinadas personas con tacto? ¿O no hemos de tener mano izquierda? ¿O consideramos que un asunto es suave o es áspero, según resulte? ¿O hablamos de darnos un apretón de manos, real o imaginario, al signar un acuerdo? Y, si de tocar hablamos, recuerdo la frase de un buen amigo con responsabilidades asociativas que afirmaba que determinado mandamás a quien querían –cómo no- reclamarle medios, no les recibía porque a ellos no les tocaba ni con un palo. Seguro que saben a qué me refiero.

Así que hoy el aplauso no puede ser de otro modo que no sea tan fuerte que nos duelan las manos. Y, también en este caso, para los que resuelven con una buena dosis de tacto los asuntos más espinosos. Aunque se tengan que pinchar en el intento.

Y un aplauso extra para Laura, a cuya sensibilidad y buen gusto debo la imagen que ilustra el post. Gracias

 

Revocación: freno y marcha atrás


delante atrás

Hay un dicho popular según el cual el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y hasta tres, y cuatro y cinco. Y algunos, hasta el infinito y más allá, que aunque la experiencia sea la madre de todas las ciencias -¿o era la paciencia?-, nadie está a salvo de equivocarse. Hasta tienen su puntito en ocasiones. Siempre recordaré una frase de un médico forense que me caló: déjale disfrutar de sus propios errores.

El mundo del espectáculo da pocas oportunidades de equivocarse, la verdad. Un fracaso estrepitoso puede llevar una carrera brillante al ostracismo, porque muchas veces es verdad eso de que el público no perdona. Y todos conocemos del triste final de artistas que se han visto privados del favor del público, que otrora les adoraba. Pero los errores existen, y es difícil enmendarlos. Hasta en lo más alto, o si no que se lo digan a los protagonistas de El cielo se equivocó, que hasta El cielo puedo esperar.

Nuestro teatro es campo abonado para lo que algunos consideran errores, que en muchos casos no son sino diferencias de criterio. Y tenemos nuestra propia manera de enmendarlos: los recursos . Con ellos se solicita que el órgano judicial correspondiente cambie la resolución por otra más favorable. Y ahí hay de todo, como en botica. Desde los que están fantásticamente razonados hasta los más pintorescos, los de una extensión tan densa que han motivado que el propio Tribunal Supremo se plantee limitarla –algo a lo que ya dedicamos un estreno- hasta los que se despachan con un folio de mero formulario, en ocasiones con la coletilla de “siguiendo instrucciones de mi mandante”, a los que se suele responder con una impugnación tan de formulario como el recurso que la motivó.

Personalmente, siempre me he planteado la eficacia del recurso de reforma, o su hermano civil, el recurso de reposición Eran los que en el consiguiente tema de a oposición nos definían como recursos no devolutivos, a resolver por el mismo órgano que dictó la resolución recurrida, en contraposición a los devolutivos, que son resueltos por un órgano superior en jerarquía. Porque sí, señores, también hay jerarquía en la carrera judicial, por más que solo a prediquen de los pobres fiscalitos y fiscalitas. Así que sigo con la duda de si tiene algún sentido volver a pedirle lo mismo a un juez que no nos hizo caso. Igual son cosas mías, pero confieso que a lo largo de mi vida toguitaconada puedo contar con los dedos de a mano los recursos de esa especie que han prosperado. Y los que lo han hecho, ha sido fundamentalmente por una cuestión de ambigüedad o por un error material. Y en ambos supuestos existía otra vía: el recurso de aclaración para los primeros, y la corrección de oficio para los segundos, que ya dice la ley que el mero error de cuenta solo dará lugar a su corrección. Aunque me he encontrado algunos errores de esta clase curiosos, como el exceso de ceros, que convertía 5.000 euros de indemnización en 5.000 millones, o las 36 puñaladas que quedaron plasmadas en 360 por una jugarreta del teclado.  Y, por supuesto, los cambios en los nombres, debidos al uso de otro dictamen como modelo, y que ha provocado que un juez se ponga en libertad a sí mismo, o que procese a la procuradora.

Desde luego, un sistema de recursos es sano y responde a la tutela judicial efectiva. El verdadero problema estriba en cómo devolvemos las cosas al mismo estado en que se encontraban, y que pasa con las situaciones creadas en el ínterin. Y de ahí los problemas de la ejecución de estas sentencias.

Pero hay supuestos en que los efectos de este tipo de situaciones son tremendos, y de difícil solución. Y la casuístIca nos ha regalado más de un ejemplo en los últimos tiempos. Sobre todo, cuando el órgano que pone fin es todo un señor órgano, como el Tribunal Constitucional o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Ahora mismo, nos encontramos con las dichosas claúsulas suelo que, en virtud de una resolución del Tribunal Europeo, han devenido abusivas y reclamables de un modo que la justicia española había desechado. Así que nos llega el diluvio y nos pilla sin paraguas. Y el invento –por no decir ocurrencia- de quien debe resolverlo ha sido más bien chapucero. Algo así como impedir que ese diluvio nos inunde poniendo un dedo para taparnos en vez de buscar un lugar seguro para cobijarnos. Y no quiero ni pensar los pobres jueces y juezas recién estrenados –que no en prácticas- que van a tenerse que hacer cargo de un aluvión de demandas que tratan de una cuestión a la que la oposición que han aprobado meritoriamente solo dedica un tema. Tremendo. Y a pagarlo pocarropa, es decir, el justiciable. Porque él será quien acabará empapado y con una pulmonía de campeonato tras El diluvio que viene.

Otro ejemplo es el de la famosa amnistía fiscal. Declarada inconstitucional por nuestro Tribunal, resulta que la situación no deja de ser pintoresca, por no llamarla de otro modo. Así que quienes se acogieron a la posibilidad de escaquearse de buena parte de sus impuestos lo hicieron por una ley respecto de la que el Tribunal Constitucional ha dado un buen tirón de orejas, pero que les quiten lo bailado, porque lo que no pagaron ya no se lo quita nadie. Mientras los pobres contribuyentes de a pie nos dejamos parte del sueldo en las arcas públicas, esas mismas que nos instaban a apretarnos el cinturón por el bien común. Y se nos quedó una cintura de avispa mientras otros no usaban ni de cinturón siquiera y dejaban expandirse su imaginaria barrigota. Ni falta que les hizo.

También es sonrojante lo ocurrido con las tasas judiciales, esas tasas cobradas en su día para acabar siendo declaradas inconstitucionales cuatro años después, cuando ya otra ley había dicho eso de donde digo digo digo diego y las había eliminado para personas físicas. Sin devolución de lo cobrado y, desde luego, sin ninguna posibilidad de reparación para quienes no pudieron litigar en su día porque no tener dinero para pagarlas les hizo desistir. Y ahí siguieron -y siguen- sus flecos, las aplicables a PYMES y ONG, que ya tiene delito que una organización humanitaria haya de pagar para reclamar derechos.

Y no son los únicos casos. En mi tierra, sin ir más lejos, se han llevado por delante Constitución en mano, la ley propia de derecho civil, dejando en el aire situaciones creadas a su albur, referentes a temas tan importantes como la custodia compartida o el régimen matrimonial.

Así que ahí queda eso. Que rectificar es de sabios, pero a veces más valía haberlo pensado antes de hacer algo. Y cuidado con los remedios, porque como dice el refrán, a veces es peor el remedio que la enfermedad.

Por todo eso, hoy el aplauso es para el justiciable. Porque es quien acaba pagando los errores, algunos de ellos evitables. Y porque, con todo, mantienen su fe en la Justicia. O no

 

Sentidos (II): fragancias y pestes


olfato

Empezamos en un estreno anterior con una pequeña serie dedicada a los sentidos, esos que nos vienen tan de serie que a veces no somos conscientes de ellos hasta que alguno empieza a fallar. Pero entre los cinco sentidos, los hay más presentes y aparentemente más ausentes.

El olfato nos acompaña en nuestra vida casi sin hacerse notar. Pero ahí está. Tanto que el cine lo ha erigido en protagonista absoluto de alguna de sus obras, desde El perfume, hasta Esencia de mujer, pasando por Aquí huele a muerto. Y hasta la publicidad usa de su tirón. O a ver quien no ha dicho alguna vez esa frase de “A qué huelen las nubes” del anuncio de un producto de higiene femenina. Uno de los grandes misterios de la humanidad, por cierto, que a saber a qué narices huelen.

En nuestro teatro son muchos y muy variados los olores con que nos encontramos en nuestro día a día. Y aunque la pituitaria solo parece recordar aquellos especialmente desagradables, hay de todo, como en botica.

Entre esos recuerdos olfativos, hay uno que difícilmente olvide quien haya pasado por ello. El que despide un cadáver en descomposición, de ésos que hemos levantado –metafóricamente, porque de levantar, nada- la mayoría de quienes vestimos toga. Peor cuantos más días han pasado y especialmente dramático cuando el calor aprieta. Pero sobrevivimos, cómo no. Y, a veces unido a él y otras por separado, el que tienen determinadas viviendas abandonadas, o en las que el síndrome de Diógenes hizo que su propietario amontonara basura. Algo difícil de olvidar, y difícil también de despegarse de la piel en algún tiempo.

También hay otros olores más sutiles, pero que también acaban por torturar a nuestra pituitaria. Uno de los más habituales es el que queda impregnado en el despacho donde se toma declaración en el juzgado de guardia tras una larga jornada de recibir  detenidos, algunos de los cuales llevan un tiempo en el calabozo. Cuando el despacho en cuestión carece por completo de ventanas ni de ningún tipo de ventilación, como es el caso de aquel en el que yo paso uno de cada siete días de mi existencia. No quiero ponerme quejica, pero todavía nadie ha hecho un esfuerzo por remediarlo. E invito a cualquiera a que nos visite en uno de esos días de julio donde el calor aprieta y el aire acondicionado se declara en huelga. Verán como no exagero ni un ápice.

Pero no me quedaré solo con lo negativo. Hay aromas que contribuyen a alegrarnos un poco la existencia. Sin ir más lejos, el que sube hasta el ascensor cada mañana proveniente de la cafetería, un olor a tostadas recién hechas que siempre me hace evocar cosas buenas. O el del café de la máquina que, a pesar de todo, huele a café de verdad. Aunque tal vez uno de los mejores es el de las flores con que de vez en cuando adorna mi despacho una funcionaria. Flores de verdad, de las que coge del jardín de su casa. Huele a flores, desde luego, pero también huele a detalle y a cariño, uno de los mejores aromas del mundo.

Pero más allá de los despachos también el olfato puede formar parte esencial de nuestra representación. Recuerdo en un juicio que una testigo afirmaba estar segura de que la autora era quien ella decía que era, a pesar de que afirmaba no haberla visto. Dijo que el olor de su perfume lo reconocería a la legua. Y puedo dar fe de que llevaba razón. Fue entrar aquella señora y desprender a su paso un aroma denso y dulzón de perfume que nos hizo comprender a los presentes que aquel reconocimiento era más fidedigno que cualquier rueda de reconocimiento al uso.

Y todavía hay más olores que impregnan nuestras narices. El de los Códigos recién comprados, por ejemplo, que pocas cosas huelen tan bien como un libro nuevo. Y que, por más que nos vendan eso del Papel 0 todavía perdurará visto lo visto, aunque sean comprados de nuestro bolsillo, claro está.

Y también, el de las humedades que padecen más de una de nuestras instalaciones. Que no hay más que visitar algunas sedes  para comprobar que en cualquier momento, se pueden hasta criar champiñones.

El olfato nos acompaña tanto en nuestra vida toguitaconada que lo usamos casi sin pensar en ello. ¿O acaso no nos olemos que, al paso que vamos, cada nueva reforma va a ser un nuevo despropósito? ¿Acaso no echamos pestes cada día de la falta de medios? ¿Acaso no hay más de un nombramiento que huele a chamusquina? ¿O nos sentimos más que quemados de hacer nuestro trabajo en estas condiciones? Pues eso.

Así que hoy el aplauso es, como no podía ser de otra manera, un aplauso de narices. El dedicado a quienes, sean cuales sean los medios, hacen de tripas corazón y siguen adelante. Con un par de narices.

Símbolos: héroes sin capa


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Si hay historias que gustan, ésas son las de héroes y heroínas. Y no me refiero a super hérores del cómic tipo Superman, Catwoman o Los cuatro fantásticos. Me refiero a esas personas anónimas y en apariencia normales que, sin necesidad de superpoderes ni de trajes mágicos, contribuyen con un gesto a hacer mejor el mundo, a veces incluso con su vida. No necesitan grandes medios, solo cosas cotidianas, como el tractor de La vida es bella,  el nombre escrito en un folio de La lista de Schindler, o las alas del ángel de Qué bello es vivir, mostrando cómo hubiera sido la vida sin un héroe anónimo.
En estos días todos andamos impresionados por la historia de Ignacio Echeverría, ese abogado español que, con su inseparable monopatín, perdió su vida por tratar de salvar la de una mujer atacada por uno de esos salvajes que siembran el terror en nuestro mundo. Una persona hasta ese momento anónima que se ha convertido en un héroe y un referente para cualquiera. Hay que ser muy valiente, muy solidario y muy humano para jugársela de ese modo por alguien a quien ni siquiera conocía. Lamentablemente, hoy lloramos su muerte. Descanse en paz, con el agradecimiento eterno por habernos devuelto la fe en la humanidad.
Pero, por suerte, aunque estos héroes y heroínas no abunden, hay más de uno y de dos. Y hoy mi Toga y mis Tacones quieren hacerles un pequeño homenaje. Aunque no ocupen portadas y a veces ni siquiera merezcan unas líneas.
No hace mucho leía también el caso de una mujer, dueña de un bar que, armada y pertrechada con una escoba, impedía a escobazos que un hombre agrediera a una mujer, interponiéndose entre ellos para evitarlo. También leía hace unos días que un policía era agredido al tratar de evitar otra agresión de género. Y no hace mucho tampoco leía que una mujer había sido asesinada porque un maltratador tomó represalias contra ella respecto a un asunto de violencia de género. Y seguro que todos recordamos el desgraciado y escalofriante final de la amiga de otra víctima de violencia de género, que fue asesinada junto a ella y enterrada en cal viva porque no la quiso dejar sola.
No son casos únicos. También tenemos en la cabeza el caso de aquel profesor, ya fallecido, que resultó gravemente herido por tratar de salvar a otra mujer, o el de un joven universitario que perdió la vida en circunstancias semejantes. Pero, por fortuna, estos son casos extremos, como el del hoy llorado Ignacio. Hay muchos más de los que imaginamos en los que el final no es dramático, sino esperanzador. Y nadie habla de ellos.
A lo largo de mi vida toguitaconada me he encontrado, por fortuna, con muchas personas que han impedido la comisión de delitos, o aminorado sus consecuencias. Recuerdo hace bastante tiempo a una pareja de jóvenes que retuvieron a un atracador que, navaja en ristre, quería quitar el bolso a una anciana. Uno de ello tenía un corte profundo en la palma de la mano, que se causó al coger la navaja por su mismo filo sin pensarlo dos veces. También recuerdo otros que, en una situación parecida, bajaron de su moto y le lanzaron el casco al delincuente, impidiendo que, como constaba en el escrito de calificación, consumara su acción depredatoria. Ese casco abollado fue una de las pruebas del juicio y todo un símbolo de esa valiente acción.
Los ejemplos son variados. Pero me quedo con uno sucedido hace apenas unos meses, que me produjo una sensación especial. Leí en el atestado cómo un joven de apenas dieciocho años se había interpuesto entre agresor y víctima. El nombre y los apellidos me sonaron conocidos y, al comprobar su filiación, confirmé que no me había equivocado. Era alguien a quien conozco desde niño y que no había dudado un momento en cruzar al otro lado de la calle para evitar aquello, además de avisar a la policía. Quizás no sea consciente aún de ello, pero es posible que haya salvado una vida.
Precisamente eso, lo de salvar una vida, es lo que digo cada vez que una persona acude al juzgado a denunciar una agresión que ha visto por la calle, o que ha oido en casa de unos vecinos, o que sabe por cualquier otro medio.. Ojala cundiera el ejemplo y cada vez fueran más.
Esta humilde toguitaconada vivió una vez en sus carnes, sin toga y con tacones, como varias personas anónimas atendían a mis gritos de auxilio, corriendo detrás de quien se llevaba mi bolso hasta lograr recuperarlo, así como mis pertenencias, desparramadas por el suelo de la calle. Dinero, móvil, tarjetas y todo lo que tenía fue recogido por unas personas anónimas a las que agradecí en el alma lo que hicieron. Para los curiosos diré que, lamentablemente, el pudo escapar, pero no por falta de empeño de quien le persiguió, lo aseguro. Y que al menos se llevó destrozados los tímpanos porque mis gritos se oyeron hasta ocho pisos más arriba, de lo que dieron fe mis alarmados vecinos. Pasé varios días repitiendo la historia cada vez que coincidía con alguien en mi asccensor.
Conste que este pequeño ejemplo no es más que eso, un ejemplo, en un suceso de mucha menos importancia que los que contaba al principio de estas líneas. Pero dan fe de la calidad de muchos seres humanos, y devuelven, aunque sea por un momento, la esperanza.
Pero, por supuesto, mi aplauso es hoy una ovación cerrada para todos aquellos que, con esas pequeñas cosas diarias, son capaces de enfrentarse al mundo, seaa una escoba o un casco de motorista. Y, especialmente, para Ignacio y su monopatín. Gracias por haber dejado un mundo un poco mejor para todos. Descansa en paz.

La imagen que ilustra el post, aparecida en periódicos y redes sociales, es de Malagón (@malagonhumor). Ninguna mejor para plasmar ese sentimiento común de admiración y homenaje.

 

Sentidos: oir y escuchar


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Qué importante es aplicar a todo nuestros cinco sentidos. Importante en el arte, y en cualquier escenario, como no podía ser de otra manera. Aunque El Imperio de los sentidos no tenga siempre las connotaciones sexuales que rápidamente acuden a la cabeza de cualquiera recordando esa película, que nadie se haga ilusiones. Pero ver, oír, gustar, tocar y oler es esencial para descubrir las cosas en toda su extensión, por más que hoy en día primemos lo primero sobre todo lo demás. Y ojo, no me olvido de El sexto sentido, la intución, ni del sentido común, pero ahora empezaré una serie toguitaconada sobre Los Cinco de toda la vida.

Empezaremos por el oído, absolutamente indispensable. ¿Qué sería del cine o del teatro, sin sonido? Si hasta las películas mudas tenían unos cartelitos para suplirlo, y una pianista en el escenario para ponerle música. Hasta que, por supuesto, El cantor de Jazz lo incorporó al propio filme.

En nuestro teatro el sentido del oído es tal vez el más usado. Aunque a veces confundimos oir con escuchar, y no interiorizamos los sonidos que nos llegan de cualquiera de los lados del banquillo. Y convertimos en un mero ruido lo que debería ser un sonido en toda regla. Y tal vez nos perdemos lo más importante.

Confieso que no es fácil permanecer atenta a todo lo que se dice en cualquiera de nuestras representaciones. Un juicio, dos juicios, tres juicios, y hasta el infinito y más allá, y llega un momento que no me llega el riego. Lo juro. Y está la opción de parar, con el considerable y comprensible cabreo de quienes llevan esperando toda la mañana, o seguir A tumba abierta, arriesgándonos a que las palabras no penetren en nuestros cabezas, como si lleváramos un impermeable en el cerebro, y la lluvia jurídica no hiciera mella en él.

Y es que la Justicia es lo que tiene. O mejor dicho, la administración de Justicia, que a base de no administrarla corre el riesgo de acabar desvirtuando la Justicia misma, convirtiendo una sesión de juicios en una sucesión de trámites burocráticos sin solución de continuidad que acaban haciéndose cansinos, lo reconozcamos o no. Y aunque pongamos los cinco sentidos, y hasta un par más de propina, en ello, es difícil no desconectar cuando se llevan un montón de horas seguidas un asunto tras otro.

A veces es difícil transmitir la sensación de fatiga que me invade –a mí y a todos- cuando, en una misma mañana, despachamos diez, doce, quince, y hasta más juicios del más diverso pelaje. Uno tras otro, pueden desfilar acusados de alcoholemia, de insolvencia punible, de maltrato, de hurto de cobre, de robo, de estafa, de impago de pensiones, de usurpación de inmuebles, de lesiones y de cualquier otra cosa que tenga cabida en el Código Penal. Y otro tanto si se trata de civil, laboral o contencioso. Y es que así dan ganas de repetir una vez y otra lo de Aquí no hay quien viva, Qué he hecho yo para merecer esto o Togados al borde de un ataque de nervios. Cambiar el chip una vez tras otra puede resultar agotador. Y el peligro llega cuando nuestra obligación de escuchar se acaba diluyendo en un mero oír fruto del cansancio.

Ese sería el momento de parar. Poner el cartel de Stop y dejarlo para dentro de un rato, o de un día, cuando las neuronas mareadas y el estómago protestón hubieran repuesto sus niveles. Pero entonces hay que ponerse en el otro lado. Mientras despachamos un juicio tras otro, permanecen fuera letrados y justiciables, esperando que, de una puñetera vez –nunca mejor dicho- se resuelva lo suyo. Y lo de parar se convierte en Misión Imposible porque no pude dejarse a la gente y a los profesionales así. Y la culpa, como siempre, es para aquellos que impiden que la justicia tenga medios suficientes para que los señalamientos se desarrollen con una agenda asumible. Y nunca puede ser asumible suspender algo si se tiene que volver a señalar a más de un año vista, cuando haya hueco.

Pero no siempre dejamos de escuchar por cansancio o por todas estas cosas. Más de una vez las víctimas se quejan de que no se sienten escuchadas, por más que sean oídas y transcritas sus palabras fielmente, y grabadas en el soporte correspondiente. Pero a veces nos olvidamos que esas personas lo que necesitan es algo más que eso. Es sentir que a quienes vestimos toga nos importa realmente lo que están diciendo. Y no siempre damos esa sensación. Justo es reconocerlo. Y es que la empatía  no es algo que nos enseñen en las facultades ni esté en el temario de la oposición, aunque quizás debería plantearse. Seguro que una persona que ha sufrido un atraco valora más una sonrisa, una mirada o una frase de ánimo que saberse toda la jurisprudencia acerca del robo con instrumento peligroso. Por más que ésta también sea necesaria, faltaría más. Y no siempre tenemos la paciencia para dárselo.

Y no voy a acabar sin darme otro golpe de pecho. Sé que parte de la abogacía se queja de que jueces y fiscales no les escuchamos. A veces, ni les oímos, y hasta hay quien ni siquiera les recibe. No me cansaré de decir que todos remamos en el mismo barco. Y es más, quienes no lo hagan son quienes más pierden. Siempre se aprende del prójimo, vista toga con puñetas, sin ellas, mono de mecánico y hasta traje de lagarterana. Y ya se sabe que el saber no ocupa lugar.

Tampoco voy a dejar de citar otros sonidos que alteran mi toguitaconada concentración. Los petardos en las bodas, a los que somos muy dados en mi tierra, y que hay momentos que impiden oír nada de lo que se está declarando en el juzgado de guardia o la banda sonora que incorporan a nuestro trabajo las obras –normalmente de algún edificio vecino, porque en los nuestros poco se arregla-. Pero en mi caso, sí hay un sonido que me alegra los días. El de los músicos que ensayan en el Conservatorio Superior de Música al que da la ventana de mi despacho. Quizás no lo sabrán nunca, pero me acompañan durante mis jornadas de trabajo haciéndolas más llevaderas.

Así que hoy el aplauso, un aplauso muy sonoro, no podía ser otro que para quienes saben escuchar. Un ejercicio muy recomendable que no siempre ponemos en práctica cuando andamos con la toga a cuestas. Y, cuando tengamos dudas, recordemos aquella frase del Un Dos Tres de mi infancia. Escuchemos la voz de los supertacañones