Manías: vicios ocultos


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¿Hay alguien más maniático que los artistas? ¿Algo más extravagante que los divos y divas, cuando ejercen de tales? Seguro que a cualquiera se nos viene a la cabeza toda clase de peticiones rocambolescas y de manías chocantes, algunas inocentes y otras, no tanto. Recuerdo que leí en algún sitio que Alberto Closas gustaba de hacer petit point en los descansos de rodajes –quizás aprendió mucho de hacer de padre de tropemil hijos en La Gran Familia-, y que Arturo Fernández lleva consigo una lucecita quitamiedos sin la cual no duerme. También me vienen a la cabeza las imágenes de algún famoso desplazándose almohada en ristre porque no puede conciliar el sueño sin otro cojín que no sea el suyo o andando con una mantita a rastras, por no hablar de los altarcitos que se montan algunos en el camerino. Y éstas son manías chiquitas y confesables, que de las inconfesables no puedo hablar porque, como su propio nombre indica, no se confiesan.

En cuanto a las extravagancias, las hemos leído a miles. Exigir habitaciones plagadas de rosas azules, miles de botellas de agua mineral de determinada marca, prohibir el uso de determinados colores, de algún tipo de comida y hasta que pinten la habitación con los colores del arco iris, de la bandera pirata o forrada de pan de oro. Y , dependiendo del caché del artista, todo vale con tal de tenerlo feliz.

¿Y en nuestro teatro? ¿Tenemos manías y extravagancias?. Pues claro que sí, aunque son más bien baratitas, que no estamos para echar la casa por la ventana con docenas de heliotropos o litros de champán rosa, mientras miramos nuestros decorados propios de Esta casa es una ruina.

Las primeras son las relativas al estado de las mesas de despacho. Aunque confieso que yo padezco algo cercano al síndrome de Diógenes, conozco compañeros que no pueden sentarse si no han dejado las mesas limpias y ordenadas, hasta el paroxismo incluso.Al más puro estilo del Sheldon de Bing Bang Theory  Sé de algún togado que no puede soportar no tener los bolígrafos perfectamente alineados, o que le entran sarpullidos si los papeles no están en el orden que decidió. Yo, por mi parte, lo paso mal si no tengo un boli bic de punta fina –y están escaseando mucho, por cierto- y un taco de pósits cerca. Y me pongo histérica si me dejan encima de la mesa algo que, según mi criterio particular, deba ir en el armario, o si alguien osa cambiar de sitio mi alfombrilla del ratón, a la que tengo un especial apego por razones sentimentales, o si cambian de sitio a mis amados pongos

Algunas de estas manías se crean con el trabajo. Pero otras son taras que vienen de los tiempos de estudiante y especialmente de opositora, una dura prueba psicológica no solo para quienes estudiamos sino para nuestro entorno.

Quienes opositamos tenemos el convencimiento que el mundo gira a nuestro alrededor, y que el tiempo se mide en temas y días de cante. Y quienes conviven con nosotros, generalmente abnegadas madres –aunque también parejas, padres y hasta abuelas- no tienen otro remedio que resignarse a dar vueltas en torno nuestro o mandarnos a tomar viento fresco arriesgándose a cargar con la culpa eterna de que no hayamos aprobado.

En mi casa mi santa madre hacía la comida en función de si acababa o no tema o si iba a cantar, e incluso hay para quien el menú varía según toque no preparador. Yo tenía además una colección de subrayadores sin los cuales era imposible estudiar, y alguna vez le he hecho recorrerse varias papelerías hasta encontrarlos. También necesitaba determinado tipo de reglas, porque no soportaba los apuntes subrayados sin ella y algunas corrían la tinta, y eso era un desastre inminente. Y así mil cosas.

Luego estaba la cuestión de los números. Como quiera que todo el mundo traduce la oposición a términos numéricos –cuántos años llevas, cuántos temas cantas, cuántas veces te has presentado- una acaba obsesionándose  y llegó un momento que no podía ver una matrícula o el número de un autobús sin pensar si me sabía ese tema. Y, caso contrario, yendo corriendo a buscarlo. Estuviera donde estuviera. Una vez me marché de una boda por esa razón, aunque jamás se lo confesé a los novios y fingí estar indispuesta .y lo estaba, pero de la cabeza- Y también sé de un opositor que, en una de las escasas veces en que se sale a darlo todo –la despedida de soltero de un amigo- cogió una melopea de órdago y le dio por repetir hasta la saciedad el tema del tercero hipotecario. Verdad verdadera.

A este respecto, me permitiré dar un consejito a quienes están opositando. Nunca creais lo que es cuenten de alguien que lleva millones de temas por cantada, ni que aprobó en nos pocos meses. O es mentira y es como el numerito del perro y la mermelada de Ricky Martin en Sorpresa, sorptesa, que nadie ha visto aunque conoce a alguien que sí lo vio; o tiene truco y quien quiera que fuera llevaba estudiando extraoficialmente durante mucho tiempo antes.

Otra cuestión eran los amuletos o fetiches. Cualquier cosa podía serlo. Desde determinada ropa de la suerte, que había que ponerse para el examen aunque el tiempo atmosférico recomendara otra cosa, hasta cualquier medalla, muñeco, figurita o estampa. Recuerdo que una amiga me regalo un búho de la suerte que desapareció misteriosamente de mi casa. A mi madre se le cayó y se rompió y no se atrevió a confesarlo hasta que hube aprobado por miedo a que me diera un patatús.

Y luego está el capítulo de cómo estudiar y cómo descansar. Aunque yo fui siempre más de ruidos y compañía –tenía especial querencia a tener a Espinete de telón de fondo en el televisor, por alguna razón que aún no alcanzo a comprender-, hay quien no soporta los ruidos, quien se pone tapones, quien necesita determinada música o detesta tal otra. Un compañero me contó una vez que arrojó por el balcón el radiocassette con el que los obreros de su finca amenizaban sus horas de estudio. Por suerte, no le pillaron, porque sólo le faltaba haber tenido antecedentes penales y no poder presentarse al examen.

El caso es que todas estas cosas acaban dejando secuelas. Seguro que mucha gente se ve reflejada si no en todas, en algunas de ellas. Y en muchas otras, que darían para nos cantos estrenos más.

Pero de momento, dejésmolo ahí, sin olvidar el aplauso para los héroes y las heroínas que hemos sobrevivido a libros, apuntes, neuras y manías. Y que las seguimos arrastrando como podemos. Porque, con todo, valió la pena. Y un aplauso extra a Justito el Notario, cuyo post sobre su aniversario opositoril fue la espita que abrió el gas de mis recuerdos.

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4 pensamientos en “Manías: vicios ocultos

  1. Muy bueno. Como siempre. Así es la pura y dura realidad de nuestras manías (al menos me siento identificado con ellas a pesar de los años transcurridos y con el consiguiente cachondeo de mis hijos).

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  2. Pingback: Sentidos (III) tocar y sentir | Con mi toga y mis tacones

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