Clichés del lenguaje: discriminación oculta


Todo el mundo sabe que la primera película sonora fue El cantor de jazz, aunque lo que no sabían entonces es que era un claro ejemplo de blackface, esos casos donde una persona de piel blanca tiñe su cara de negro para parecer -teóricamente- alguien de piel negra y que a día de hoy se considera inequívocamente racista. Como si no hubiera cantantes negros de jazz como para interpretar al protagonista de esa película, por cierto. Y, aunque no es el único caso, es verdad que las asimilaciones del color negro como negativo frente al blanco como positivo han sido tan frecuentes que títulos como El negro que tenía el alma blanca no llamaban la atención. Aunque yo siempre me acuerdo de los bienintencionados Angelitos negros de Machín.

En nuestro teatro, como en la vida, el uso del lenguaje discriminatorio también está ahí, aunque a veces sea tan sutil que no nos demos ni cuenta.

Este estreno viene a cuento de una reflexión muy interesante que hacían en Twitter los titulares de la cuenta de Olympe abogados. Decían, y con razón, que no volverían a utilizar la palabra «denigrar», ni sus derivados, porque, según les explicaron, etimológicamente significa “ennegrecer” y perpetúa el cliché que une lo bueno a lo blanco y lo malo a lo negro. Pensemos cuántas veces hemos utilizado esta palabra sin pensar en ese significado oculto y, al menos pensémoslo. Porque no es solo cosa de nuestra habla corriente, el Código Penal también la utilizaba con referencia a algunos insultos, y nos es extraño leerla en alguna sentencia, incluso -oh, paradoja- referida a delitos de odio, cuando se califica una expresión o hecho de denigrante. Por supuesto, no se hace con ese significado oculto, pero ahí queda para perpetuar el estereotipo.

Como decía, no es el único caso. Tal vez el más paradigmático sea el uso continuado del verbo “blanquear” para referirse, a tornar bueno algo teóricamente malo. La RAE se refiere a ello solo en su acepción fiscal y, precisamente, echa mano de otro cliché, al decir que blanquear consiste en ajustar a la legalidad fiscal el dinero negro. De modo que el dinero ilegal era negro y el legal blanco. ¿o no? Pues eso. Y nuestro Código no es ajeno a ello, al castigar como delito el blanqueo de capitales.

También el término blanquear se usa, con carácter general, para referirnos a sacar a la luz de la legalidad algo que era ilegal, o para tornar lícito o aceptable algo que no lo era. Más paradojas, porque no es extraño que también venga referido a la discriminación y el odio, cuando se critica, por ejemplo, a quienes blanquean el fascismo.

Pero hay más. Es bien conocido el ejemplo de la histeria, una enfermedad que se relacionaba directamente con las mujeres y que tomaba su nombre de parte de nuestro aparato reproductor. Porque, claro está, lo que se valora es la hombría, como si ser muy hombre fuera tan maravillosos como proporcionalmente es horrible ser mujer. Por eso reprenden a más de un niño con eso de que no sea “nenaza”. Los hombres no lloran, tiene que pelear, claro está. Ya lo cantaba Miguel Bosé. Y, aunque no habla de hombría exactamente, son todavía varios los artículos de nuestro Código Civil que utilizan como paradigma de todo lo que debe ser a un buen padre de familia. Faltaría más.

A veces son los estereotipos regionales los que dejan una impronta de discriminación en el lenguaje, incluso en el jurídico o meta jurídico. Sería el caso, por ejemplo, de las famosas querellas catalanas, que utilizan la vía penal para hacer presión en un asunto civil.

Y es que el lenguaje esconde muchas cosas que a veces ni notamos. Se habla con naturalidad de judiadas como malas pasadas y hasta el refranero se ensaña con determinados grupos, en particular con el pueblo gitano. No hay más que echarle un vistazo para comprobar con que ligereza le endosa estereotipos negativos.

Y, aunque los ejemplos serían muchos se trata de un estreno, no de una trilogía, así que acabaré con algo que hasta hace poco estaba en nuestros Códigos y discriminaba a las personas mucho más de lo que pensábamos. Cuántas veces no habremos hablado de incapaces, como si las personas que padecen alguna discapacidad no pudieran hacer absolutamente nada. Afortunadamente, tanto el Derecho como el lenguaje común es cada vez más sensible a esta realidad y acuña términos como diversidad funcional o capacidades diferentes para los que no hace tanto, se llamaban “inválidos”, con un deje peyorativo del que no siempre éramos conscientes.

Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso se lo daré a quienes inspiraron este post y a las personas que cada día cuidan los pequeños detalles para que, de verdad, seamos cada vez más iguales. Mil gracias

Tópicos: ni peluca ni mazo


Cuantas veces no habremos oído eso de que la realidad no te estropee un buen titular, algo que es aplicable no solo al mundo del periodismo. Los tópicos, cuanto más facilones mejor, entran sin dificultad y se quedan en las mentes, y más de una vez el mundo del espectáculo sirve como argamasa para fijarlos. No hay más que echar un vistazo a todas aquellas películas de los años 70 que pretendían vendernos el typical spanish con sus suecas rubias esbeltas que volvían locos a unos españoles descritos con trazo gordo, con títulos tan sugerentes como Lo verde empieza en los Pirineos. Unos tópicos de los que no escapa, ni mucho menos, la Justicia, que pinta, aunque sea en nuestra tierra, unos estereotipos anglosajones que se han quedado en el disco duro de la gente. Y lo que cuesta desmentirlos.

            En nuestro teatro, como decía, abundan los tópicos cinematográficos que, perpetuados por tertulianos y opinólogos varios, hacen que constantemente tengamos que decepcionar a nuestro público, cuando comprueba que la realidad no es como la de las series de abogados.

            Ya hemos dedicado varios estrenos a estas cosas. Leyendas urbanas, series de ficción absolutamente infieles a nuestra realidad judicial y todología son un cóctel difícilmente rebatible. Por más que nos esforcemos. Seguro que muchos habitantes de Toguilandia saben de que hablo cuando me refiero a la cara de decepción de una testigo cuando no le damos Biblia sobre la que jurar ni le hacemos ponerse la mano en el pecho. ¿Cuándo me dicen eso de decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Pues eso.

            Confieso que me dan ganas de volver a las andadas, o mejor, a las escritas, cada vez que veo una serie de televisión española cuyos guionistas olvidaron documentarse mínimamente, no fuera a ser que les estropeara el argumento. Pero sigue pasando. Me decía un compañero que precisamente por esa razón no ve series de nuestro país, y creo que solo eso sería suficiente razón para reconsiderarlo. Pero si quieres arroz, Catalina. Ya no nos sacan con peluca y las togas son como las nuestras, pero ahí todas las similitudes con nuestro proceso. Desde una violación juzgada por un tribunal de jurado, absolutamente imposible en Derecho español, en que los delitos sexuales están excluidos de esa modalidad de juzgar, hasta toda una parafernalia que en nada nos define.

            Al hilo de es comentario en redes, me contestaba otra tuitera que era ficción, y se admitirían licencias, y que sus padres, por ejemplo, no entenderían que el juez no llevara mazo. Y, precisamente, de eso se trata. Sus padres creen a pies juntillas que los jueces llevan mazo porque lo han visto en miles de películas americanas, y nadie les ha explicado a la hora de hacer la réplica patria que aquí no hay mazo, sino, en todo caso, campanilla, aunque cada vez menos. Por la misma razón que nadie explicó a la testigo de mi primer ejemplo que no hay Biblia, ni mano en el pecho. Y ojo, que tampoco nos levantamos cuando llega el juez, ni nadie grita que preside el honorable juez Fulanito. Y es que somos más de andar por casa, vaya, por más cortinajes de terciopelo y banderas que se gasten en las altas instancias.

            Pero esta vez, por si con las series no tuviéramos bastante, nos encontramos con las declaraciones de un presunto que da una nueva vuelta al tópico de los tópicos, el de los fiscales obedeciendo ordenes del Gobierno. Y ojocuidao que el investigado en cuestión, que presume de dormir nueve horas como un angelito -al que no le afectan el paro, la crisis ni el precio de la luz y la gasolina- nos suelta una perla inigualable. “La Fiscalía, ya sabes, son todos de izquierdas y así actúan”, Tócate los pies -seguramente los suyos calzados de Gucci, cuanto menos- toguitaconados o no.

            ¿A qué nos suena esto? Pues a aquel “la fiscalía te lo afina” que decía otro investigado, pero de signo contrario. Y no ha pasado tanto tiempo, así que, o han echado a todos ent4re una cosa u otra, o los miembros del Ministerio Fiscal somos de lo más chaquetero.

            La explicación es sencilla, para quien la quiera saber y no quedarse con el titular. Aunque a la Fiscal General del Estado la elija el Gobierno, por mor de una Constitución a la que para otras cosas se usa por bandera, las fiscales y los fiscales estamos ahí por una durísima oposición, la misma que judicatura, y ahí seguimos, haciendo nuestro trabajo contra viento y marea cada día esté quien esté en el poder. ¿Quiere decir que no tenemos ideología? Pues tiene ideología la persona que trabaja como fiscal, pero no la fiscalía en sí. Por eso, cuando trabajamos, estamos ajenos a nuestros pensamientos políticos, por más que haya quien no lo crea, y quien no lo quiera creer. Si fuera de otro modo nos echarían a todos cada vez que cambia el Gobierno, y eso está claro que no pasa.

            Aun hay más. No hace mucho, y periódicamente de vez en cuando, sale alguien diciendo que jueces y fiscales somos una pandilla de pijos retrógrados que cantamos el Cara al Sol a poco que nos toquen las palmas. Que todas y todos tenemos varios apellidos compuestos y nunca hemos tenido más problema económico que no fuera que no nos compraran el último Luisvi. Ya dediqué un estreno a contar lo contrario pero parece que hay quien se niega a aceptar otra verdad.

            Pero ¿en qué quedamos? ¿Somos retrógrados y reaccionarios o los pijoprogres que describe el investigado dormilón? Pues ni una cosa ni otra, aunque no estaría mal que le explicaran al muchacho que echar un vistazo a las perdonas que están asociadas en ambas carreras, judicial y fiscal, le daría una idea más clara de las cosas. Tiene las elecciones del Consejo Fiscal, donde votamos los fiscales -a diferencia del Consejo General del Poder Judicial- a la vuelta de la esquina para verlo.

            No insistiré mucho más en derribar tópicos, aunque no me resisto a recalcar que nuestro sueldo, por ejemplo, no da ni para pagar la fianza que se le pide al investigado en cuestión. Y que no somos policías, y no salimos a la calle en busca de pruebas como vemos en las pelis, aunque más de una vez me encantaría estar por ahí en lugar de encerrada delante de mi ordenador.

            Espero haber derribado algún mito que otro. Porque hay cosas que ya no pueden combatirse. Decir que en España no hay libertad con o sin cargos, sino provisional o definitiva, y que no todos los procedimientos son sumarios, es ya misión imposible. Aunque lo seguiré intentando

           Solo queda el aplauso. Y hoy propongo que se lo demos se lo demos a quienes, con rigor, se r3esiten a usar tópicos, aunque no les quede el artículo, el post o el tuit tan lucido. Mil gracias

Indiferencia: de perfil


         

Hoy en nuestro escenario un nuevo cuento, destinado, además de a causar emociones, a llamar la atención sobre la necesidad de no permanecer indiferentes ante determinadas cosas- Pero no haré spoiler. Mejor que leáis

DE PERFIL

(Relato incluido en mi antología Remos de plomo)

Margarita estaba indignada. ¿Cómo osaba decir semejante cosa de su niña?. ¿Cómo se atrevía siquiera a insinuarlo? Había que ver qué mala era la envidia, porque eso era lo que tenía aquella metomentodo. Si es que ella supo que desde que su hija se fue a la ciudad a estudiar y se hizo doctora, no le iba a perdonar. Y claro, había aprovechado la oportunidad, y seguro que le iba con el cuento a todo el mundo.

     ¡Mira que decir que su yerno pegaba a Azucena!. Ni que él fuera capaz, todo un señor catedrático. Y, por supuesto, ni que la niña se fuera a dejar, con lo lista que era. Acabáramos. A qué mala hora le cedió a su hija el piso del pueblo. Le había puesto la venganza en bandeja a Paquita, su vecina de toda la vida, que debía estar esperando una ocasión propicia. Y claro, oiría cuatro gritos y a difamar se ha dicho. Que ya se sabe eso de “injuria, que algo queda”. Y todo porque su propia hija le salió más bien fea y corta de entendederas. Y de milagro no se quedó para vestir santos, aunque para ese patán que tenía por marido, mejor le hubiera ido. Seguro que ese sí tenía las manos largas.

        Benjamín había desconectado del monólogo de su mujer hacía ya un buen rato. Solía hacerlo en cuanto ella se enredaba con chismes que poco lo importaban. Tal vez si hubiera estado atento, las cosas hubieran acabado de otro modo. Pero se limitó a asentir con la cabeza y a ponerse de perfil mientras ella le contaba cómo había echado a Paquita de su casa a cajas destempladas.

        Tampoco su hijo le prestó demasiada atención. Bastante tenía un adolescente como él con cargar con las burlas del pueblo entero porque era diferente, y más cuando llevaba la cruz de llamarse Narciso, con esa manía de su madre de ponerles a todos nombres de flores.

       Así que ni siquiera le comentaron a Azucena lo que decían de ella. Con lo ocupada que estaba con su trabajo, su marido y sus hijos, como para andarle con tonterías de patio de vecinas. Y la propia Paquita, después de aquel estallido de rabia, tampoco volvió a tocar el tema. Sólo lo había comentado con su hija Julia, la que fue la mejor amiga de Azucena.

       Julia fue la única que intentó hablar con su amiga. Le preguntó qué tal le iba con su marido. Y como le dijo que todo iba bien, se quedó tranquila. Le pareció cansada, desde luego, pero ello misma le explicó que entre la casa, el trabajo y los niños, apenas tenía tiempo para si misma. Tal vez, si la hubiera mirado con atención, en lugar de ponerse de perfil, hubiera descubierto alguna marca que el maquillaje no lograba tapar. Pero se conformó con la respuesta y siguió adelante.

      El tiempo fue pasando. Margarita, en su fuero interno, se arrepentía de su exabrupto con Paquita. La echaba de menos. Solo a ella le habría podido contar lo triste que estaba porque su hija cada vez iba menos a verles, porque apenas tenían contacto con los niños.

       También Paquita notaba la ausencia de la que fue su amiga. Trató de cerrar ojos y oídos a lo que pasaba en el piso de Azucena para no complicarse, aunque cada vez iba menos al pueblo. Aquella niña mimada y desagradecida se había olvidado de los suyos. Y le embargaba una mezcla de rencor y pena cada vez que lo pensaba.

       Cuando les avisaron de lo que había ocurrido no podían creerlo. O tal vez no querían. Azucena había muerto tras ingerir un bote entero de pastillas. Aunque sus padres dijeron a todo el mundo que fue un accidente, era más que evidente que fue un suicidio. Y eso que no contaron a nadie lo de los hematomas que tenía por todo el cuerpo. Algo que les dijeron en el juzgado, tras la autopsia, y que decidieron convertir en un secreto que les acompañaría a la tumba.

      Y así fue. Margarita en apenas un año acompañó a su hija al otro mundo, tras una depresión de la que nunca levantó cabeza. La pena y la culpa se llevaron sus ganas de vivir, como también se llevaron las de Manuel, que sobrevivía penosamente en una residencia. Ni uno ni otra vieron más a sus nietos gemelos, que a los cinco años quedaron huérfanos de madre.

  -¿Y por qué me cuenta todo esto, doctor?

           El médico dejó de hablar y tomó suavemente entre sus manos la cara de su paciente, que había permanecido en todo momento mirándole de lado sin soltar la manita de su hijo, de cinco años. Le tocó el pómulo y comprobó que ella daba un respingo cada vez que lo hacía. El tono púrpura había traspasado la gruesa capa de maquillaje, que se cuarteaba conforme a aquella mujer le iban cayendo lágrimas.

-Yo soy el hijo de Azucena. Aquel niño de cinco años que se quedó sin madre. Tardé bastante tiempo en saber qué le pasó a mi madre, mientras me criaba el hombre causante de todo, mi padre.

No quisiera que su niño, de la misma edad que yo tenía, pasara por todo esto. ¿Y usted?

      Ese día cambió la vida para aquella mujer y su hijo.. Denunció a su marido y se marchó lejos, donde empezó una nueva vida. Tuvo nueva pareja y, en cuanto se quedó embarazada, supo qué nombre pondría a su hijo. El del buen doctor que tiró de ella para sacarla del abismo.

      Pero nació una niña. Y la llamó Azucena, en memoria de aquella mujer que, sin saberlo, le salvó la vida.

      Yo soy esa Azucena. Y ésta es la historia que le prometí a mi madre que contaría al mundo cuando ella ya no estuviera. Ojala sirva para que nunca más nadie se ponga de perfil ante una mujer que grite en silencio.

Guerra: lo que nunca debe pasar


En el mundo del cine, la guerra ha dado lugar a un género propio, el género bélico. Como en botica, hay de todo, pero no hace falta hacer mucho esfuerzo para que se nos vengan a la cabeza títulos como El día D, Los mejores años de nuestra vida, Salvar al soldado Ryan, Los gritos del silencio, El capitán Alatriste, Feliz Navidad, 1917, Ay Carmela, La chaqueta metálica o la impresionante Johnny cogió su fusil, entre otras muchas. Pero sean malas, buenas o regulares, tragedias o comedias, largas o cortas, lo bien cierto es que reflejan una realidad terrible, Algo que se repite demasiadas veces a pesar de que no debería existir en ningún lugar en ningún momento.

            En nuestro teatro la guerra también tiene su reflejo, aunque no sea fácil verlo en nuestro día a día. Salvo, claro está, que se esté destinada en la Audiencia Nacional o se ocupe un puesto del Tribunal Penal Internacional, que conocen de cosas tan espantosas como genocidio, crímenes de guerra o crímenes de lesa humanidad que ojalá no existieran.

            Cuando yo estudiaba la oposición, allá por el Pleistoceno, había sendos capítulos del Código penal especialmente difíciles. Eran los delitos contra la seguridad interior y exterior del Estado, entre los cuales se encontraban tipos tan curiosos como el que castigaba al español que sedujere tropa para que pasare al servicio de tropas enemigas, sediciosas o separatistas. Y a mí eso de seducir tropa, por muy español que se fuera, y por muy sediciosas que fueran las tropas enemigas, me parecía tan irreal que me daba risa, Sonaba como si fuera Mata Hari o la Madelon versión patria.

            Por aquel entonces pensaba que, aparte de para aprobar el examen, aquellos preceptos no se aplicarían nunca porque lo de la guerra me parecía algo imposible en nuestro mundo. Claro que como futuróloga nunca me ganaría la vida, porque cuando todo el mundo hablaba ya de pandemia y de confinamiento yo seguía afirmando que no podía ser, y cuando me dijeron que había entrado en erupción un volcán estaba convencida de que era una broma. Y, por supuesto, estaba convencida que lo del coronavirus acabaría el mismísimo día que saliéramos de nuestro encierro, y ya ves como seguimos tras más de dos años.

            Y otro tanto cabe decir de mis virtudes como pitonisa jurídica, que también pensé que tipos como la rebelión no se aplicarían nunca, y no hay más que echar un vistazo a las calificaciones del Procés para desmentir mi creencia.

            Así, la realidad confirma de nuevo mi falta de habilidad adivinatoria, y nos hemos encontrado, casi a las puertas de esta casa nuestra que es Europa, a la mismísima guerra. Una guerra que, además, viendo las imágenes, es como la de siempre, tan cruel y tan injusta como la toda la vida. Con su reguero de destrucción, de muerte, de refugiados y de dolor inmenso.

            Por eso he decidido dedicar este estreno a todos esos delitos que se cometen en la guerra, además del crimen inmenso que es la propia guerra.

            En primer lugar, hay una serie de normas de Derecho Internacional que rigen todas las guerras, aunque los contendientes no siempre estén dispuestos a respetarlas. Normas como el modo de tratar a los prisioneros de guerra, relativas a no atacar a los civiles y a respetar, en esencia los Derechos Humanos. Unas normas que se hizo preciso establecer después del horror de la Segunda Guerra Mundial, tras los juicios de Nuremberg.

            Por desgracia, cuando estalla una guerra, sobre todo cuando algún país o su visionario líder decide invadir a otro, no siempre los invasores están dispuestos a aceptar las reglas de juego. Es lamentable, pero es así.

            Y, además, las propias guerras dan lugar a delitos asociados a ellas, que responden al viejo dicho de A río revuelto, ganancia de pescadores. Lo que se da en llamar “pillaje” que no es otra cosa que robos en toda regla, es una de las más características. Eso que consideraban botín de guerra.

            Pero lo peor viene cuando esos delitos se cometen sobre personas. Todo el mundo hemos visto imágenes, actuales o antiguas de ejecuciones sumarias. Y también hemos oído hablar de delitos sexuales cometidos contra las mujeres que pertenecen a lo que se considera el bando contrario. Utilizar a las mujeres para humillarlas no solo a ellas sino a los hombres, considerando su cuerpo como territorio de conquista, es uno de los más frecuentes y terribles delitos que se cometen durante muchas guerras.

            Además, siempre ocurren cosas terribles respecto de las personas que se ven obligadas a abandonar su tierra. Esas personas que se llaman paradójicamente “refugiados” aunque no tienen refugio alguno. Y, aunque es difícil conocer cifras ni hechos concretos, se habla de trata de personas, de tráfico de órganos y de, nuevamente, violaciones y otros delitos sexuales.

            Cuando nos encontramos con estas cosas, como sociedad, pero también como juristas, debemos reaccionar. Y la reacción no puede ser otra que la condena de la guerra y la solidaridad con quienes la padecen. No olvidemos, además, la loable labor de voluntarios y Ongs que en ocasiones les cuesta la vida o la condena a penas de cárcel.

            El problema es que, como siempre, solo vemos las orejas al lobo cuando está en la puerta. Y hemos cerrado los ojos una y otra vez ante conflictos bélicos crueles, injustos y sangrientos en otras partes del mundo. Y seguimos haciéndolo. Ojalá esto sirva también para abrir nuestros ojos y nuestras mentes.

            Por eso hoy el aplauso no puede ser otro que el dirigido a todas esas personas que han sido capaces de jugarse la vida por conseguir que las víctimas de las guerras puedan huir o tengan mejores condiciones de vida. Gracias.

Y gracias también, una vez más, @madebycarol por esa preciosa imagen que ilustra el post

No-discriminación: perspectiva de igualdad


            Machismo, racismo, xenofobia, homofobia, xenofobia, discriminación por ideología, discapacidad, religión, enfermedad, o cualquier otro de los motivos que dan lugar a lo que se conoce como delitos de odio, han sido ampliamente reflejados en cine, teatro y series de televisión. Desde películas que recogen hechos históricos como Arde Mississipi, El milagro de Anna Sullivan, Invictus o La lista de Schindler a fábulas bienintencionadas como Forrest Gump o Rain Man. Y, más recientemente, Coda, el oscarizado remake de la francesa La familia Bélier, la historia de una familia de personas sordomudas, un tema que ya trató la también oscarizada Hijos de un dios menor Y es que la diferencia vende bien, aunque se compre peor. Verdad verdadera.

            En nuestro teatro la diferencia también tiene un papel importante, aunque a veces menor del que debería, o incluso del que decimos otorgarle. Ya dedicamos sendos estrenos a la igualdad de género , a los delitos de odio y, como no, a darle la bienvenida a ese pionero de las puñetas que es Héctor , mi amigo y compañero -por ese orden- invidente.

            Pero hoy quería dar una vuelta más al tema. Una vuelta que, confieso que no apareció sola en mi cabeza, sino que vino espoleada por una conversación con Natalia Velilla en el Centro de Estudios Jurídicos, en un estupendo curso sobre delitos de odio dirigido por Mayte Verdugo. Ambas, por una u otra razón, concluimos que en nuestras carreras, y en la vida en general, se echa de menos la perspectiva de discapacidad, una vez que hemos conseguido integrar, aunque sea a duras penas y a fuerza de pelear, la denominada perspectiva de género. De hecho, ella escribió un precioso artículo sobre los huesos del amor al que solo veo un pero: no haberlo escrito yo antes. Aunque me lo dedicó, que no se diga, que es de bien nacida ser agradecida.

            Como decía, quise dar una vuelta al tema e ir más allá. No solo nos falta perspectiva de discapacidad, sino que nos falta perspectiva de igualdad, entendida en sentido amplio y no solo como igualdad entre hombres y mujeres. Por eso tal vez sería mejor llamarla perspectiva de no-discriminación.

            La perspectiva de no-discriminación debería hacer que personas como una abogada a la que considero amiga, aunque solo la conozco por twitter, no tuviera que contar como una rareza que la juez con la que iba a celebrar un juicio lo hiciera en una sala adaptada a sus capacidades diferentes, puesto que necesita una silla de ruedas para desplazarse. La perspectiva de igualdad debería hacer que quien tiene que trabajar con cualquier persona con diversidad funcional o sensorial pensara en prever qué va a necesitar en lugar de lamentarse por si aquello puede suponer un retraso. También debería implicar que nadie se quejara porque la administración destina dinero a adaptar los puestos de trabajo -siempre hay alguien que ronronea eso de que “con la falta que hace para otras cosas…”- o porque las personas con discapacidad tengan derecho por ley a la reserva de un porcentaje de plazas en las oposiciones o en los puestos de trabajo. Porque estas cosas casi nadie las dice en voz alta, pero sí en la intimidad de cafés y chats creyéndose cargados de razón. Y todo el mundo lo sabemos, aunque hagamos como que no. Verdad verdadera.

            Una vez, la madre de una niña con una discapacidad importante, como esas de las que hablaba en el estreno dedicado a personas especiales me contó que su hija se quejaba de que la gente no la miraba a los ojos. Y lo cierto es que no lo había pensado hasta ahora, pero es una verdad como un piano. Las personas diferentes nos incomodan, porque más de una vez ponen al descubierto nuestra mezquindad y nuestro egoísmo, y ante eso es difícil reaccionar. Por eso, cuando no las miramos no es porque no las queramos ver, sino porque no queremos ver nuestro reflejo en ellas. La zona de confort es lo que tiene.

            Alguna vez he presenciado cómo a un funcionario con discapacidad se le arrinconaba dándole poco o incluso ningún trabajo en lugar de enseñarle a hacer lo que con un poco de ayuda podría hacer perfectamente. He de decir que también he visto lo contrario, pero en esos casos sí estaríamos ante esa perspectiva de no-discriminación de la que hablaba. Ojala fueran estos casos y no los otros los únicos que viera.

            Incluso a la hora de proponer testigos, podemos caer en ello sin darnos cuenta. Porque llamar a un testigo sordomudo puede implicar tener que buscar a un intérprete de signos, o interrogar a alguien con discapacidad intelectual puede requerir más dosis de paciencia y de tiempo. Nos decimos a nosotras mismas que no vamos a molestarnos, pero no nos perdemos un minuto en pensar que no solo ellos quizás quieran que conozcamos su versión, sino que su testimonio puede ser tanto o más útil como el de cualquiera. Porque creemos tener buena intención, pero nos falta esta perspectiva de no-discriminación de la que hablo.

            También nos falta cuando tratamos con alguna persona que viene de otro país, incluso de otra cultura, y pretendemos aplicarles nuestros parámetros. Es difícil que alguien te explique por qué no denunció si en su tierra esas cosas no se denuncian, no son delito o, simplemente, ni siquiera lo sabe.

            Otro tanto nos sucede cuando una persona vulnerable es víctima de un delito. El homosexual que no quiere que se conozca su orientación sexual, el inmigrante que teme que su denuncia saque a la luz su condición de sin papeles, o la persona que se avergüenza por haber sido víctima de una agresión sexual.

            Partimos de la base de que el mundo es como lo vemos, y que no hay más perspectivas. Nos faltan gafas de todos los colores para no suponer que si se habla de un matrimonio, este sea heterosexual, por ejemplo, por más que la ley lleve muchos años de rodaje. Pero las mentes necesitan rodar, a veces, más que las leyes. Y no siempre están dispuestas a hacerlo. Lástima que no haya un BOE que las cambie como cambia la legislación.

            Estos son solo algunos ejemplos, pero podría citar cientos. Y seguro que, a poco que lo pensemos, también se nos ocurrirían unos cuantos.

            Por eso el aplauso de hoy se lo daré, además de a Natalia,a Héctor, a Rosa y a Mayte, a las que ya cité y que por un u otro motivo son responsables de estas reflexiones, sino a quienes piensen un momento antes de decidir como tratar a una persona. Porque la perspectiva de no-discriminación es necesaria.

Procesiones: otra Semana Santa


            Cada vez que llega Semana Santa, recuerdo las de mi más tierna infancia, cuando todo entretenimiento que no fuera rezar, asistir a misas o procesiones o ver películas religiosas estaba proscrito por Decreto. Los cines cerraban y, aunque entonces yo no tenía edad de eso, supongo que con más razón cerrarían bares, discotecas o cualquier cosa que se consideraran, en esos días de obligado recogimiento, antros de perdición. Nos aprendimos casi de memoria Ben Hur y Quo Vadis mientras comíamos potajes y torrijas. Aunque yo, ahora que puedo, confieso que lo que más me gustaba era la longaniza de Pascua, que hurtaba de la nevera sin miedo a la maldición de quemarme en el infierno por comer carne durante esos días de Pasión.

            Nuestro teatro, como todo, paraba sus máquinas, salvo las de la guardia, así que mi papá abogado no trabajaba y estaba en casa. Y eso sí que sigue como entonces, aunque se acabaran los rezos forzosos y la religión por decreto.

            Más allá de Toguilandia, aunque más cerca de lo que pueda parecer, las procesiones también han seguido celebrándose, aunque, eso sí, para quien quiera disfrutar de ellas. Y no es la primera vez que les dedicamos un estreno, que las togas penitentes ya tuvieron el suyo hace tiempo. Pero en un año tan especial, donde tras dos años de pandemia pueden salir de nuevo con sus pasos y sus cosas, abriremos el telón de nuevo para ello.

            Habrá quién se pregunte cómo relacionar una cosa con otra, en un estado teóricamente laico del que la Justicia es uno de los poderes, pero si seguimos leyendo, veremos cómo no son dos mundos tan alejados.

            He de decir que este estreno viene inspirado, una vez más, por la decoración maravillosa con que Vicente, un funcionario de fiscalía cuya obra ya enseñé en otra función, ha convertido el gris y anodino despacho de la Ciudad de la Justicia en una explosión de color, con cofrades, clavariesas, pasos de Semana Santa y hasta torrijas, que nunca faltan. Y, como siempre, no exento de sentido del humor, que tampoco debe faltar. Ni que decir tiene que su obra es la que ilustra esta función, aunque nada como verla en vivo y en directo.

            Como decía, la religión y las procesiones todavía aparecen por las esquinas de nuestro Derecho y nuestros Códigos a poco que miremos. Ahí tenemos, sin ir más lejos, un delito contra los sentimientos religiosos que más de uno ha usado como excusa para tratar de imponer su intolerancia sobre la libertad de expresión. Me viene a la cabeza el asunto que tanta fama alcanzó, el de la llamada procesión del coño insumiso, por el que se siguió un juicio por un delito contra los sentimientos religiosos. Y es importante insistir en esto: no se hablaba de delito de odio, aunque hay quine todavía confunda ambas cosas. Tal vez el hecho de que la sección de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación de la Fiscalía, coloquialmente conocida como Fiscalía contra los delitos de odio, también tiene atribuido el conocimiento de estos delitos, cuando se cometen, claro, pero eso no transmuta su naturaleza. Tampoco ayuda el frecuente divorcio entre el lenguaje común y el de un Código Penal tan pacato que no se ha atrevido a utilizar términos tan aceptados como “Delitos de odio” o “Violencia de género”, a pesar de que los regule y sancione.

            No obstante, no quiero dejar de decir algo que digo siempre que tengo ocasión, que para algo este es mi espacio y hago con él lo que me da la gana. Hay cosas que pueden ser de dudoso gusto, hasta de mal gusto sin duda alguna, Pero el mal gusto no es delito. No hipertrofiemos los delitos no vaya a ser que nos revientes y se queden en nada. Y es que la que revienta si no lo dice es esta toguitaconada.

            Me cuentan que hace tiempo -una tiene una edad, pero tampoco tanta- en las procesiones desfilaban las fuerzas vivas del lugar y, entre ellas, por supuesto, las élites de Toguilandia. Todavía había pueblos, en mis primeros días en este mundo, en que invitaban al juez -uso juez con toda la intención, no porque no use lenguaje inclusivo- y al fiscal -si sabían que existía, que no siempre era el caso porque la mayoría estaban en la capital de provincia- a las procesiones. Y más de un compañero se veía agobiado ante semejante invitación que, aunque a buen seguro hecha con la mejor intención, era un compromiso incómodo además de un marrón considerable. Otra cosa es que haya habitantes de Toguilandia que, en su tiempo destoguitaconado, tomen parte activa o pasiva en ello. Por supuesto, hacen muy bien, que cada uno puede hacer con su ocio lo que quiera. Ya dice el refranero que primero la obligación y luego la devoción. Y ya puestos, que recen un poquito por todas y todos, y, si tienen línea directa con las alturas, que no se olviden de pedirles que nos traten algo mejor con eso de los medios materiales y personales, que siempre se agradecen los buenos contactos. Si hay un dicho según el cual hay que tener amigos hasta en el Infierno, ni que decir tiene que en Cielo todavía más.

            No voy a cerrar el telón de hoy sin desear felices vacaciones o procesiones, según los casos, y hasta si se pueden combinar, mejor que mejor. Por eso no me voy a enrollar más, que el tiempo no sé si hoy será oro, pero incienso seguro. Y robarlo puede ser constitutivo de delito, y líbreme Dios de cometerlo.

            Por supuesto, el aplauso hoy es para ese funcionario que alegra no solo nuestro espacio sino nuestra vida realizando estas ambientaciones maravillosas que se han convertido en visita obligada en mi fiscalía. Aprovecho para recomendar que miréis con detalle las imágenes. Los detalles no tienen desperdicio

Casos inolvidables: Dulce de leche


Hoy en nuestro teatro, os invito a recordar aquel caso que os marcó para siempre. Para ello, traigo un relato que escribí en su día para la Revista de Abogacía Española, donde tuve el honor de que se publicara

DULCE DE LECHE

  • De postre, le recomendamos nuestro dulce de leche. Es nuestra especialidad y seguro que nunca ha probado nada tan rico
  • No sé. Creo que ya probé hace mucho tiempo el mejor dulce de leche del mundo
  • Insisto. Pruébelo y me dice

        La camarera del restaurante insistió tanto que acabé accediendo. Pero estaba segura de que no sería como aquel. Nunca volví a probar nada igual.

         Yo acababa de empezar mi carrera como abogada, si es que a colgar un cartel en la puerta y cruzar los dedos para que entre alguien se le puede llamar “comenzar” Había acabado mis prácticas, con más pena que gloria, en un despacho, y ni siquiera tenía la antigüedad necesaria para inscribirme en el turno de oficio. Mi único patrimonio era mi flamante título, mis ganas, y una mesa de despacho que había comprado de segunda mano. Y, por supuesto, el cartel de la entrada.

      Apenas contaba con experiencia cuando ella puso sus pies por vez primera en mi despacho, una habitación de mi casa adaptada al efecto. Llevaba una bandeja en la mano, que no soltaba por nada del mundo. Me contó su historia y, cuando yo todavía me reponía de la impresión, me explicó qué era aquel tesoro

  • No tengo dinero para pagarle. Pero le he hecho una tarta de dulce de leche, que me sale muy bueno. Me enseñó mi madre, que vivió de pequeña en Argentina. Pruébelo antes de tomar una decisión

      Di una cucharada de aquella tarta deliciosa, y me oí a mi misma decir que aceptaba el caso. Todavía me pregunto si lo habría aderezado con algo que influyera en mi voluntad, o era el poder del azúcar caramelizado en sí mismo. Pero la cosa no tenía marcha atrás. Como no la tenía, tampoco, la sucesión de noches sin dormir que me acababa de regalar a mí misma por el precio de un pastel

      Mi clienta tenía entre manos un asunto más que espinoso. Las posibilidades de ganar eran ínfimas y se jugaba mucho. Tanto era así que me vi. obligada a recordarle mi inexperiencia y a aconsejarle que buscara otra profesional. Ella se sinceró, y me dijo que ya lo había hecho. Lo intentó en varios despachos, y antes de eso hizo la solicitud de abogado de oficio. Pero no tuvo éxito. Yo fui la única que quiso probar su deliciosa tarta.

      Tenía una hija de tres años. La había criado sola y jamás había dicho a nadie que era fruto de una violación. El hijo de la casa donde ella trabajaba había abusado varias veces de ella. La tiraba sobre la cama, la sujetaba con fuerza y la penetraba, mientras se reía con unas carcajadas que todavía resonaban en su cabeza. Le decía que si contaba algo la despedirían de inmediato, y nadie creería su versión. Pero, cuando conoció su embarazo, no le quedó más remedio que decírselo a su jefa, la madre de él, con la esperanza de que la ayudaran de algún modo. No hubo más reacción que llamarla “puta” y ponerla de patitas en la calle

  • A saber quién te ha hecho esa barriga, y ahora quieres cargar el sambenito a mi hijo

Se marchó lejos a tener a su bebé, que resultó ser una niña preciosa. Nunca se le pasó por la cabeza denunciar la violación. Estaba convencida de que nadie le creería y, además, prefería hacer borrón y cuenta nueva. Empezaría una nueva vida con su niña y podrían ser felices.

Pero el destino le reservaba una broma de mal gusto. La niña enfermó y. tras muchas pruebas, resultó tener leucemia. Era una enfermedad dañina pero al menos, la habían diagnosticado a tiempo de encontrar una cura. Con un donante compatible la niña podría salir adelante. Pensó que ella sería esa donante, pero no resultó adecuada, y solo tenía una esperanza, el padre de la niña. Ese padre que ella quiso olvidar para siempre, y que ahora necesitaba como nunca.

Me quedé boquiabierta con su historia. Y más aun cuando me dijo el nombre del padre de la criatura. Se trataba, nada menos, que del hijo de un conocidísimo político, eterno aspirante a la presidencia del gobierno. Necesitaba que reconociera los hechos, aceptara su paternidad y se convirtiera en donante. Nada más y nada menos. Y todo eso con el reloj de una bomba con temporizador descontando tiempo en la vida de su hija.

  • ¿Estarías dispuesta a denunciarle ahora?
  • Estoy dispuesta a todo

       Barajamos todas las opciones, desde la denuncia a la demanda de paternidad, pasando por todo tipo de mediación, judicial y extrajudicial. Nada de ello garantizaba la donación de médula, y, aunque consiguiéramos de un modo u otro el reconocimiento de la hija, tal vez para cuando llegara sería tarde para la niña

         Aquello me venía grande a ojos vistas, pero ella insistía en que yo era su única esperanza. Y, aunque no lo tenía nada claro, decidí hacer todo lo que estuviera en mi mano para encontrar una solución.

      Tuve que bregar con varios abogados de uno de los más caros y prestigiosos despachos del país, tuve que soportar desprecios y chantajes para convencerme a que dejara el caso y tuve, además, que convertirme en el paño de lágrimas de una mujer desesperada. Lo único que todo aquello tenía de bueno era mi ración semanal de tarta de dulce de leche, casi la única comida que me entraba en el estómago por aquellos días.

      Jamás dudé de la verdad de su historia. Creo que ahí estuvo la clave para que, tras muchos tiras y aflojas, el hombre que violó a mi clienta se aviniera a hacerse una prueba de paternidad y, seguidamente, a una prueba de compatibilidad para la donación. El precio pactado era el silencio eterno, tanto de la madre como el mío. Recordaba cuánto lloramos abrazadas cuando lo supimos. Todavía lloraba al recordarlo

  • ¿Qué tal el dulce de leche? ¿Le gustó?
  • Mucho. De verdad me ha gustado mucho
  • ¿Tanto como aquel que recuerda?

      Es curioso. Aquel postre sabía exactamente igual que aquella primera cucharada de tarta que diera un día, hacía mucho tiempo, en mi despacho. Debí de dejarme llevar por la emoción del recuerdo. Decididamente, me hacía mayor.

      Mientras esperaba para pagar la cuenta, alguien me sacó de mis ensoñaciones

  • ¿No me recuerdas? Soy Esperanza, la hija de Andrea. Mi madre siempre decía que si estoy en este mundo es gracias a ti. Miraba los periódicos cada vez que sales, y me traía las fotos recortadas para que te viera

Andrea, la que fue mi primera clienta, había muerto pocos años antes. Ya hacía tiempo que había perdido la pista de ella y de su hija aunque, hasta su muerte, nunca me faltó una felicitación de Navidad y una tarta de dulce de leche que llegaba por mensajero. No había tomado otra desde la última que envió

Andrea dejó a su hija su receta de la tarta de dulce de leche, pero también le dejó mucho más. Le dejó la dignidad. Una herencia que yo tuve el honor de compartir con su hija. Una herencia con sabor al más delicioso dulce de leche, que nunca olvidaré,

Querulancia: juicios por castigo


                Por más que lo intentáramos, sería imposible contar la cantidad de películas que tienen el juicio como protagonista, como escenario, como causa o como consecuencia, o todo ello a la vez. Delitos y faltas, Crimen y castigo, Testigo de cargo, Algunos hombres buenos, Doce hombres sin piedad, Cadena perpetua, Pena de muerte, Matar a un ruiseñor y muchísimos otros que se vienen a la cabeza de cualquiera por poco cinéfilo que sea. Y si a eso sumamos las series de televisión, como Ally Mc Beal, La ley de los Angeles, Anillos de oro, Turno de oficio, y muchas  más, nos faltarían vidas para verlas todas. Y es que pocas cosas más atractivas para juristas y para quienes no lo son que el espectáculo que se desarrolla en una sala de vistas.

En nuestro teatro, el juicio es el epicentro de la vida. Es nuestra razón de ser y la causa de nuestras alegrías y nuestras penas, y, por descontado, lo que nos da de comer. Pero hay para quien no solo es eso.

Hay una maldición bien conocida, y bien real, que dice “pleitos tengas y los ganes”. Y hasta el refranero dedica buena parte de sus textos a la justicia y lo que se mueve a su alrededor. Pocas cosas más reales que el que dice “pleitos haya, más no por mi casa” o el conocido “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” que podría ser el fundamento de muchas conformidades

Pero, a pesar de nuestra mala fama, los pleitos, en cualquier de sus formas, son el modo establecido para conseguir justicia –o intentarlo- o para hacer valer nuestros derechos. Aunque hay quien los utiliza con otros fines, y a eso vamos a dedicar este estreno.

La querulancia puede ser una forma de trastorno por la que algunas personas, que ven pleitos en todas partes, transforman su vida en un constante ir y venir a los juzgados. Denuncian cualquier cosa, real o imaginaria, y más de una vez se trata de verdaderas enfermedades mentales que acaban con una declaración de incapacidad. Hay personas, incluso pertenecientes al ámbito de la Justicia, que denuncian a todo el mundo, por cualquier cosa que pase. Otras, que se obsesionan con un tema concreto. Recuerdo hace mucho tiempo, en mis primeros tiempos en Valencia, que había un señor que aparecía cada dos o tres días en fiscalía cargando una pesada piedra, denunciando a todo bicho viviente por algo relacionado con un terreno y una casa que él consideraba suya, y cuyas piedras traía una a una para demostrarlo

También los hay que se han especializado en poner quejas a cualquiera que ose intervenir en un procedimiento suyo y no le de la razón, sean jueces, fiscales, abogados, lajs o funcionarios. Todo vale.

En otros casos están relacionados con otras enfermedades mentales, con delirios o cualquier otra cosa similar. Había un hombre que denunciaba todas las semanas que venían los marcianos a abducirle de diversas formas. La última que recuerdo, era nada más y nada menos que una violación extraterrestre a través de su ombligo. Y ojo, que es difícil mantener la compostura ante tales afirmaciones. Como mis avezados lectores y lectoras habrán adivinado, el pobre acabó con un proceso de incapacidad de los de entonces, e ingresado en un centro.

Aunque los peores casos de querulancia so los que utilizan el proceso deliberadamente para sus fines. Ya hablé algo de ello en el estreno dedicado a la violencia económica, pero hoy quería insistir en el tema. Es la también llamada violencia por poderes, y consiste, en esencia, en torpedear a la víctima, en este caso su ex, con tantos juicios que es imposible que tenga una vida medianamente normal. Quienes utilizan estas maniobras se dedican, en primer término, a recurrirlo todo, aunque no tenga visos de prosperar, y luego a convertir en pleito cualquier minucia. Desde las extraescolares de las hijas e hijos, a la factura del dentista o del oftalmólogo .Si ella quiere ballet, yo le apunto a guitarra a la misma hora y llevo el desacuerdo ante el juez, e igual con el idioma, la pertenencia a una asociación o cada competición deportiva. El traje de Comunión, las excursiones del colegio, la asistencia a la boda de la tía Puri o la afición por la cría del calamar salvaje son excusas suficientes para que el querulante monte un pleito de mil pares de narices. Y no es cuestión de broma, que eso supone un gasto de dinero en abogados, y de tiempo, que pude incluso dar lugar a problemas en el trabajo para la víctima que acaben en un despido encubierto o en una no renovación de contrato o, si se trabaja por propia cuenta, a la pérdida de clientes. Una tortura.

Pero no solo supone esto. En estos casos lo que pretende quien ejerce esta violencia por poderes es tener agarrada a la víctima, que se ve imposibilitada de pasar página y empezar una nueva vida sin su victimario. ¿Cómo va  a hacerlo, si día sí  día también se ve obligada a verlo y sufrirlo en estrados? Tal vez lo peor de esto es lo que muchas víctimas acaban haciendo para que cabe ese calvario: ceder, pasar por el aro que sea con tal de terminar con aquello. Ahí está la explicación de muchos convenios y acuerdos que a primera vista parecen inexplicables. Y es que estas maniobras pueden sacar de sus casillas a cualquiera.

Por supuesto, es muy difícil encajar estos comportamientos en algún tipo previsto en el Código penal. Y mucho más difícil encontrar una solución, que no es otra que ponerle fin, pero lo vemos a diario, y muchas veces con la impotencia de no poder hacer nada, o casi nada.

Porque tampoco podemos olvidar que estas conductas no solo perjudican a su víctima. El hecho de gastar tiempo, y medios, y esfuerzo de los órganos judiciales además de sacar de sus casillas a Sus Señorías, está detrayendo ese tiempo, medios y esfuerzo a todos los asuntos que lo necesitan. Que no son pocos, precisamente.

Así que hoy el aplauso es evidente. Se lo doy a quienes, a pesar de todo, no solo mantienen la compostura ante tales actuaciones, sino que ponen los medios para evitarlas. Por favor, que compartan la fórmula.

Comunicación entre juzgados: ¿teléfono roto?


         La comunicación ente las personas es algo esencial en las relaciones humanas. Si uno no quiere dos no riñen, dice un refrán, y dice otro que “hablando se entiende la gente” Pero ¿qué pasa cuando la comunicación no existe? Pues, como aquella película que todo el mundo recuerda, Tú a Boston, yo a California.

En nuestro teatro nos comunicamos mucho menos de lo que deberíamos. Y, ojo, que muchas veces no es por falta de voluntad. Cualquiera que haya estado en un juzgado de guardia en día festivo habrá comprobado que es poco menos que imposible conocer si existe una resolución dictada por otro juzgado y el contenido de la misma, con las consecuencias que ello comporta.

Esto que refiero ocurre con mucha frecuencia cuando nos encontramos con delitos de quebrantamiento de condena o medida cautelar, uno de los top ten de los juzgados de violencia sobre la mujer. Una está en su guardia de sábado o conmigo y, cuando le traen un detenido por este delito, no tiene acceso a la resolución que en su día dictó otro juzgado, aunque sea el vecino de planta, porque las aplicaciones informáticas solo permiten acceder a los asuntos del propio juzgado. Las cosas se suelen solventar porque alguna de las partes tiene una copia, por ejemplo, y porque existen registros donde constan las medidas de protección en violencia de género. Pero no podríamos, sin ir más lejos, continuar con el juicio rápido porque no contamos con ese testimonio necesario como prueba documental.

Este es uno de los supuestos más frecuentes y más sencillos, pero las cosas pueden complicarse mucho más. Recuerdo en una ocasión, hace mucho tiempo, que un sábado por la mañana nos trajeron un detenido por orden de la Audiencia Nacional. Y no había manera de acceder a las resoluciones de ese juzgado, con la importancia que esto podría tener a la hora de hacer lo que teníamos que hacer, nada menos que decidir sobre la libertad o prisión de esa persona. Por suerte en nuestro caso aún no había transcurrido el plazo de detención, con lo cual pudimos acudir al comodín de la prórroga y tomar la decisión el lunes siguiente, contando con todos los datos necesarios tras llamar al juzgado en cuestión y pedir que nos lo enviaran por fax, ese reducto tecnológico del que seguimos echando mano en Toguilandia. Pero no siempre es posible acudir a esta solución o, mejor dicho, apaño.

En estos días hemos visto un claro y doloroso ejemplo de lo que puede suponer esa incomunicación entre juzgados. Un nuevo caso de violencia vicaria nos estremecía y, al conocer algunos de los detalles que han trascendido, resulta que existían dos resoluciones contradictorias, una en la vía civil y otra en la vía penal, respecto de la custodia. En la vía penal existía una sentencia condenatoria, que privaba de régimen de visitas, y en la vía civil una custodia compartida acordada de mutuo acuerdo. Al parecer, ni uno ni otro juzgado sabían de la resolución del vecino, ni tampoco hay arbitrado ningún protocolo ni procedimiento legal para conocerlo, de modo que dos juzgados separados por un tabique parece que estén en continentes diferentes. Recordemos que los programas informáticos distan mucho de interconectarnos, de modo que los juzgados se pueden convertir en pequeños reinos de taifas judiciales. Salvo, claro que está, que la fortuna de que alguien conozca la causa por cualquier motivo haga saltar las alarmas, lo que no ha sido el caso.

La solución legal, de conocerse la existencia de ambos procesos, haría prevalecer lo acordado en el orden penal, porque, como dice la Ley Orgánica del Poder Judicial, la jurisdicción penal es siempre preferente. Pero para aplicar esa regla, habría que saber de la existencia del otro proceso, y eso no siempre es posible.

Por supuesto, y como ocurre siempre, a toro pasado salen a la palestra opinólogos varios que, más que dar soluciones, buscan culpables. Y si los culpables llevan toga, mejor que mejor. Pero estos supuestos son una buena muestra de los fallos de un sistema que trata de abarcar realidades del siglo XXI con medios del siglo XIX. Y lo peor es que las consecuencias pueden llegar a ser terribles, como en este caso.

Se ha dictado una ley que prohíbe las visitas –salvo excepciones muy concretas- a quienes están incursos en procedimientos de maltrato, pero no se ha previsto ningún modo de revisar resoluciones anteriores, ni medios para hacerlo, de la misma manera que no contamos con interconexiones que permitan saber al momento si existe otra resolución en otro juzgado para conocer en todos los casos si esa persona está o no incursa en un procedimiento de maltrato

El mal en este caso está hecho, y solo queda tratar de evitar que no vuelva a suceder. Y eso no se logra culpabilizando a nadie sino analizando las cosas con honestidad y sensatez, dentro y fuera de los juzgados. Porque no podemos olvidar que la sociedad ha de implicarse mucho más allá de minutos de silencio y comunicados de condena.

Por todo eso, hoy no tengo aplauso. Lo daré cuando consigamos que cosas tan terribles no vuelvan a pasar. Ojala sea pronto.

Siglas: sopa de letras


                Ya hace mucho tiempo que usamos siglas para referirnos a determinadas cosas, personas o grupos. Tanto es así, que en algunos casos ya casi ni recodamos de dónde venían esas siglas o, al menos, usamos las siglas en lugar de las palabras a las que aludían, como ocurre para referirnos a partidos políticos. Por supuesto, el mundo del espectáculo ha sido permeable a ese fenómeno,, y hay títulos como SWAT –con los bonito que era el de Los hombres de Harrelson de mi infancia- o MASH que dan buena cuenta de ello. Es más, seguro que la mayoría no seríamos capaces de saber a qué respondían estas letras sin acudir a Internet. ¿A que no?

En nuestro teatro usamos las siglas con la misma frecuencia que fuera de él. Incluso más en algunos casos, No olvidemos que las palabras reducidas o en diminutivos que utilizamos en nuestro peculiar argot está plagada de ellas: llamamos autos de PALO al auto de incoación de procedimiento abreviado, SP al sobreseimiento provisional –incluso lo convertimos en verbo y esepeamos que da gloria- y SL al sobreseimiento libre. También llamamos DP a las diligencias Previas y DIP a las Diligencias de Investigación Penal de la Fiscalía. Y lo hacemos con una soltura tal que a veces no nos damos cuenta que para nuestros interlocutores no iniciados en la secta toguilandista es como si habláramos en sánscrito.

Confieso que yo también me he sentido más de una vez así. No soy capaz de retener el nombre abreviado de todas las especialidades, secciones, grupos, comandos y similares de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Por supuesto, lo de la UFAM –Unidad de atención a la familia y a la mujer- o del Grupo Gama de la Policía Local –grupo de ayuda a los Malos tratos- lo tengo claro, que a la fuerza ahorcan, pero cuando me cambian de negociado lo paso peor. O si me cambian de nombre, que esas UFAM eran antes UPAP –Unidades de Prevención, Asistencia y Protección contra los Malos Tratos a la Mujer- para complicar más las cosas.

He de reconocer que más de una vez he practicado mi mejor cara de póker ante una conversación en que me hablan de grupos que creen que conozco de sobra y sobre los que no tengo más que una ligera  idea. Pero como reconocer que no lo sabes te hace quedar como poco enterada, pues a hacer una interpretación de Oscar para que no se note que una anda perdida cuando le hablan de UDYCO, UDEV, UIP o UPR, sin ir más lejos, aunque haya muchas más. Para ahorraros la visita a San Google, aclararé que son Unidad de Delincuencia Organizada, Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta Unidad de Intervención Policial y Unidad de Prevención y Reacción. Y eso solo en la Policía Nacional, que la Guardia Civil tiene otros tantos como el conocido SERPRONA, o TEDAX  y NRBQ, de desactivación de explosivos. La lista sería eterna, pero aseguro que tengo una amiga periodista que se los sabe todos y cuando habla parece que lo hace en otro idioma. Yo le digo que la entiendo, para que no se frustre, pero igual hoy al leerme descubre mi secreto. Son las consecuencias del bocachanclismo en redes, que a veces practicamos sin darnos cuenta.

Pero no solo se usan siglas en la policía y los Juzgados. Todo el mundo las usa hasta el punto de que es raro que alguien no sepa que es una AMPA –o antigua APA-, a cuyas reuniones haya acudido en el colegio. Un colegio donde nuestras hijas e hijos estudian la ESO, aunque antes estudiáramos la EGB, el BUP y el COU. A cambio, ahora hacen la PAU, o la EBAU en vez de la Selectividad nuestra, que sonaba más bonita pero daba el mismo miedo.

Por supuesto, no hay partido político que se precie sin unas bonitas siglas que acompañen a un bonito logo. Si además les acompañaran unas bonitas ideas, sería fantástico, y más aún si fueran adheridas a los medios para llevarlas a cabo, pero no me voy a meter en terreno pantanoso que me hundo. Aunque también tenemos siglas en nuestras asociaciones profesionales , que no se diga. Jueces y fiscales no podemos pertenecer a partidos políticos ni sindicatos pero eso no nos priva de nuestras propias siglas

Y como en todas partes cuecen habas y en Toguilandia a calderadas, no olvidemos que poca gente habla de Colegios de la Abogacía con todas las letras. Suelen –solemos- referirnos a ellos con sus siglas ICA, seguidas de su correspondiente abreviatura territorial. Y, además, hay que explicar para quien no esté ducho en la materia que la abreviatura viene de Ilustre Colegio de Abogados –o de la Abogacía, como van evolucionando de modo más inclusivo-, que la razón de la I se escapa a más de una y de uno.

Especialmente bonitas son las abreviaturas que designan las ONGs, una sigla ya en sí misma. Algunas ya con carta de naturaleza como UNICEF, FAO, ASINDOWN, UNESCO o la propia ONU. Otras , buscando su camino y un nombre que se quede en el disco duro.

Y, en el lado negativo, como decían de los Tacañones del Un dos tres de mi infancia, también hay siglas. ¿Quién no recuerda el dolor causado por organizaciones terroristas como ETA o GRAPO en su día? Ojala nunca tengamos que vivir algo así.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso lo reservo hoy para quines se molestan en explicarnos lo que quiere decir cada cosa cuando lo ignoramos y no lo dan por supuesto, que a veces cuesta seguir la conversación. Como dice el refrán, el saber no ocupa lugar