Clichés del lenguaje: discriminación oculta


Todo el mundo sabe que la primera película sonora fue El cantor de jazz, aunque lo que no sabían entonces es que era un claro ejemplo de blackface, esos casos donde una persona de piel blanca tiñe su cara de negro para parecer -teóricamente- alguien de piel negra y que a día de hoy se considera inequívocamente racista. Como si no hubiera cantantes negros de jazz como para interpretar al protagonista de esa película, por cierto. Y, aunque no es el único caso, es verdad que las asimilaciones del color negro como negativo frente al blanco como positivo han sido tan frecuentes que títulos como El negro que tenía el alma blanca no llamaban la atención. Aunque yo siempre me acuerdo de los bienintencionados Angelitos negros de Machín.

En nuestro teatro, como en la vida, el uso del lenguaje discriminatorio también está ahí, aunque a veces sea tan sutil que no nos demos ni cuenta.

Este estreno viene a cuento de una reflexión muy interesante que hacían en Twitter los titulares de la cuenta de Olympe abogados. Decían, y con razón, que no volverían a utilizar la palabra «denigrar», ni sus derivados, porque, según les explicaron, etimológicamente significa “ennegrecer” y perpetúa el cliché que une lo bueno a lo blanco y lo malo a lo negro. Pensemos cuántas veces hemos utilizado esta palabra sin pensar en ese significado oculto y, al menos pensémoslo. Porque no es solo cosa de nuestra habla corriente, el Código Penal también la utilizaba con referencia a algunos insultos, y nos es extraño leerla en alguna sentencia, incluso -oh, paradoja- referida a delitos de odio, cuando se califica una expresión o hecho de denigrante. Por supuesto, no se hace con ese significado oculto, pero ahí queda para perpetuar el estereotipo.

Como decía, no es el único caso. Tal vez el más paradigmático sea el uso continuado del verbo “blanquear” para referirse, a tornar bueno algo teóricamente malo. La RAE se refiere a ello solo en su acepción fiscal y, precisamente, echa mano de otro cliché, al decir que blanquear consiste en ajustar a la legalidad fiscal el dinero negro. De modo que el dinero ilegal era negro y el legal blanco. ¿o no? Pues eso. Y nuestro Código no es ajeno a ello, al castigar como delito el blanqueo de capitales.

También el término blanquear se usa, con carácter general, para referirnos a sacar a la luz de la legalidad algo que era ilegal, o para tornar lícito o aceptable algo que no lo era. Más paradojas, porque no es extraño que también venga referido a la discriminación y el odio, cuando se critica, por ejemplo, a quienes blanquean el fascismo.

Pero hay más. Es bien conocido el ejemplo de la histeria, una enfermedad que se relacionaba directamente con las mujeres y que tomaba su nombre de parte de nuestro aparato reproductor. Porque, claro está, lo que se valora es la hombría, como si ser muy hombre fuera tan maravillosos como proporcionalmente es horrible ser mujer. Por eso reprenden a más de un niño con eso de que no sea “nenaza”. Los hombres no lloran, tiene que pelear, claro está. Ya lo cantaba Miguel Bosé. Y, aunque no habla de hombría exactamente, son todavía varios los artículos de nuestro Código Civil que utilizan como paradigma de todo lo que debe ser a un buen padre de familia. Faltaría más.

A veces son los estereotipos regionales los que dejan una impronta de discriminación en el lenguaje, incluso en el jurídico o meta jurídico. Sería el caso, por ejemplo, de las famosas querellas catalanas, que utilizan la vía penal para hacer presión en un asunto civil.

Y es que el lenguaje esconde muchas cosas que a veces ni notamos. Se habla con naturalidad de judiadas como malas pasadas y hasta el refranero se ensaña con determinados grupos, en particular con el pueblo gitano. No hay más que echarle un vistazo para comprobar con que ligereza le endosa estereotipos negativos.

Y, aunque los ejemplos serían muchos se trata de un estreno, no de una trilogía, así que acabaré con algo que hasta hace poco estaba en nuestros Códigos y discriminaba a las personas mucho más de lo que pensábamos. Cuántas veces no habremos hablado de incapaces, como si las personas que padecen alguna discapacidad no pudieran hacer absolutamente nada. Afortunadamente, tanto el Derecho como el lenguaje común es cada vez más sensible a esta realidad y acuña términos como diversidad funcional o capacidades diferentes para los que no hace tanto, se llamaban “inválidos”, con un deje peyorativo del que no siempre éramos conscientes.

Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso se lo daré a quienes inspiraron este post y a las personas que cada día cuidan los pequeños detalles para que, de verdad, seamos cada vez más iguales. Mil gracias

1 comentario en “Clichés del lenguaje: discriminación oculta

  1. Desgraciadamente los términos «diversidad funcional» y «capacidades diferentes» pueden ser tan discriminatorios como cualquier otro, con la desventaja de no reflejar correctamente lo que se quiere decir, porque ¿que capacidades diferentes son esas? Me temo que no existan y lo que hay, realmente, son menos capacidades en algunas personas. Lo verdaderamente importante no es como nombrar a las personas, sino garantizar que tengan el respeto que se merecen. Y por ultimo, un ejemplo: ya no se usa lo de «subnormal» sin embargo existe una asociación formada por familiares de personas con discapacidad intelectual que se llama APROSU, si, Asociación Pro Subnormales, a nadie se le ocurrira pensar que esos familiares, padres y madres, «denigran» a sus hijos, todo lo contrario, su objetivo es la formación, dignificación y cuidado de sus familiares.

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