Llegar a tiempo: la ausencia


Hoy en nuestro escenario rescato un cuento que, lamentablemente, está tan de actualidad como cuando lo escribí. Y es que el dicho de «mejor tarde que nunca» no siempre se cumple. Hay veces en que el tiempo es oro, y nuestra reacción también.

Espero que os guste- Está incluido en mi antología Remos de plomo y se hizo una lectura en público el día de la movilidad, a la que pertenece la imagen

Relato galardonado con el premio del público en el concurso “Busseja la ciutat” organizado por Descriu.org y la EMT Valencia, 2018 e incluído en el libro «Valencia en línia» de editorial. Descriu en su versión original en valenciano

LA AUSENCIA

No sé por qué, pero me llamó más la atención su primera ausencia que su primera presencia. Quizás me acostumbré a verla sin darme cuenta, como a tantos otros pasajeros que, un  dia tras de otro, iban arriba y abajo

No sé tampoco qué día fue el primero que la vi, pero sabía prefectamentee cuál fue el último. Ayer. Porque hoy tampoco estaba. Y un escalofrío acompañaba su ausencia

En principio, ella no era máas que de las personas que ya estaban sentadas en su asiento cuando yo subía, a las 7.15 exactamente, al autobús número 5. Siempre llevaa una bolsa enorme, y no sé cómo ni cuándo, empecé a fabular con qué cosas llevaría dentro.

Por su expresión la primera vez que la miré a la cara, debían de ser cosas bonitas. Tenía una sonrisa esplendorosa y, cuando a veces giraba la cabeza hacia donde yo estaba, su cabellera se movía. Y yo también sonreía.

Poco a poco, su sonrisa se fue apagando. Ya solo parecía cuando alguien decía “buenos días”. Y un día, solo dos meses más tarde, ya no rspondía a los saludos, ni siqueira con la cabeza. Ya no se giraba nunca ni movía la cabellera y, como quine no quiere la cosa, su sonrisa había dejado paso a una llamativa tristeza

Juraría que un día la vi llorar. No me atereví a preguntarle, pero dejé de fabular con el contenido de su bolsa y comencé a hacerlo con el conrenido de su corazón. Ya solo miraba al suelo del autobus, como si no hubiera ninguna otra cosa que le interesara.

Fue entonces cuando yo abandoné mi costumbre de llegar al autobús con el tiempo justo, y madrigaba más con tal de estar el primero en la cola para subir. Ssí lograba un asiento a su lado. De ese modo descubrí sus marcas. Las tenía en la cara, en los braazos y en las piernas. Aquela chica tenía moretones por distintas partes de su cuerpo, según el día. Incluso creo que que una vez vi una en su cuello, que ella trataba de tapar con un pañuelo cuando la miraba fijamente. Y también llevaba gafas de sol, aunque hiciera un día en que la lluvia no dejara asomarse ni un solo rayo. Ccreo que fue entonces cuando decidí buscar la ocasión propicia ara preguntarle.

No pude hacerlo. Ella no volvió. Y, de nuevo, me recorrió un escalofrío

No me equivocaba. Exactamente a las 7.35, cuando yo bajaba del autobús como l hacía días antes junto a ella, escuchaba en la radio una noticia: una mujer había sido asesinada por su marido en Valencia. Antes de ver su fotografia en la prensa, ya sabia que era ella. Y me maldije a mí mismo por siempre.

Yo continúo viajando en el autobús número 5 cada día. Y cada día, su asiento vacío me recuerda mi silencio cómplice.

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