Refugiados: somos humanos


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Ya lo hemos dicho otras veces. Si hay un entrono proclive a la solidaridad y las acciones reivindicativas, ese es el mundo del espectáculo. Sea por algún tipo de especial sensibilidad de los artistas, sea por su poder de transmisión, o sea por ambas, está claro que ahí hay un hervidero de acción para termas que nos estrangulan las entrañas. Y ya hace mucho tiempo que lo que ha dado en llamarse, de un modo eufemístico, crisis de los refugiados, anda estrangulando las entrañas de muchos. Aunque, por desgracia, de muchos menos de los que debiera.

La existencia de refugiados, asilados o perseguidos o huidos de un país no es nada nuevo. Y como tal, ya ha sido objeto de atención en el mundo del cine. ¿Cómo olvidar Noches de sol, y no sólo por las catorce piruetas de un sublime Baryshnikov, o El Último Bailarín de Mao?. La persecución, el desarraigo, la salida forzada del país de origen no son algo nuevo, desde luego. Desde los tiempos en que la sagrada familia huían de Herodes, que ya comentamos en el estreno navideño

Ahora el tema está de candente actualidad. Aunque en realidad nunca dejó de estarlo nunca, aunque sí lo ha estado nuestro punto de vista egoísta, esa costumbre de mirar hacia otro lado hasta que una imagen nos estalla en nuestras propias narices. Y la imagen llegó este verano. Aylan, un niño como tantos otros, yacía muerto en la playa. Un niño tan parecido a todos los que conocemos que podría ser nuestro hijo, con su pantalón azul y sus zapatitos abrochados con velcro. Y quizás por eso se despertaron todas nuestras alarmas. Para dormirse de nuevo hasta que otras imágenes nos volvieran a estallar en la cara. Un día tras otro.

En nuestro teatro no podemos mantenernos ajenos a este drama. No podemos ser meros espectadores de esta macabra función, porque estaríamos faltando a todo aquello que prometimos –o juramos- el primer día que nos pusimos la toga, con tacones o sin ellos. Y eso sí que no.

Estos días la realidad ha vuelto a estallarnos en la cara. Y en la faceta en la que más podemos hacer, la jurídica. O la antijurídica, quizás. Porque nos ponen sobre la mesa un acuerdo que se salta todo los que nos han enseñado, todo lo que hemos aprendido, todo lo que nos convirtió en lo que somos. Amantes de la Justicia, aunque suene cursi. Y de la Justicia así, con mayúsculas, no como un compendio de leyes entre las que buceamos con menor o mayor acierto.

  ¿Podemos consentir un acuerdo que mercadea con vidas humanas? ¿Qué las cambia por intereses como los niños cambian cromos? ¿Podemos seguir creyendo en la bondad de determinadas organizaciones cuando proponen estas cosas? ¿Tenemos que esperar que otro Aylan nos sacuda las conciencias siemplemente porque su aspecto nos revela que podría ser nuestro hijo?

La respuesta es obvia. O al menos, así me gustaría creerlo. Y para apoyar esa creencia, veo comunicados, movimientos, manifestaciones en todo tipo de fiscales, de jueces, de abogados, y de todos –o muchos- cuantos transitamos por las bambalinas de nuestro teatro. Y que sigan.

No es solidaridad, ni humanidad. O mejor, dicho, no solo es eso. Es nuestra obligación y nuestra responsabilidad. Como ciudadanos y como juristas. Porque la defensa de los derechos humanos está delante de cualquier otra cosa, por más revestidura jurídica que quieran darle.

No aceptemos ponernos ese traje, porque nos quemará la piel y no podremos volver a ponernos una toga sin que las cicatrices de las quemaduras nos recuerden una complicidad inaceptable. En esta función nos ha tocado ser protagonistas, así que asumamos el papel . De otro modo, las generaciones futuras nos lo reprocharán. Y tendrán sobrados motivos para ello.

Así que hoy, más que aplauso, hay una llamada a la acción. En la calle, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las instituciones y donde cada uno pueda. El aplauso vendrá cuando consigamos algo.

Ojala pueda darlo hasta que me sangren las manos. Con mis tacones y con una toga que espero que nunca haya de escocerme por esas cicatrices que deja no haber cumplido con la Justicia. Así, con mayúsculas.

 

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4 pensamientos en “Refugiados: somos humanos

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