ASOCIACIONES: ¿LA UNIÓN HACE LA FUERZA?


FOO ASOCIACIONES

                El telón de nuestro gran teatro sigue abriéndose una función tras otra. Los personajes han ido desfilando e interpretando sus papeles. Pero a veces, como en todas partes surgen los problemas, los roces, las rencillas, y los conflictos con el director o el empresario. Y los artistas tienen que enfrentarse a ellos. Solo o en compañía de otros, como dice esa coletilla que se empleaba tanto y que dio título a una película. Porque el espontáneo “todos a una, Fuenteovejuna” suele ser una utopía. Y más aún, en este escenario nuestro.

                Por eso, los actores –y los guionistas, y todos los artistas- tienen sus propios grupos, que los representan y tratan de defenderlo. Los sindicatos de actores, la Academia de Cine… Y nosotros no podíamos ser menos. Aunque a veces, menos es más.

                Nuestro caso es peculiar. Aparte de los funcionarios, que tienen un régimen sindical “normal”, con sindicatos de ámbito general y otros de ámbito centrado en la Justicia, algunos de los personajes de esta función, los jueces y fiscales, carecemos por ley del derecho a sindicarnos, y sólo podemos estar representados a estos efectos por asociaciones profesionales. Otros, como los secretarios judiciales o los médicos forenses, han seguido este mismo modelo aunque no tengan ese escollo legal, si bien, en lo que a los Secretarios Judiciales afecta, convive desde hace algún tiempo un sindicato con las tradicionales asociaciones. No daré nombres –ni en éste ni en otros casos- aunque todo el mundo sabe a qué me refiero.

                En principio, la opción es sencilla: asociarse –que no afiliarse- o no asociarse, y, en el primer caso, elegir la asociación más acorde con uno mismo. Y así visto, la decisión debía ser sencilla también: mejor pertenecer a un grupo con el que identificarse y que pueda defender nuestros derechos, que vagar como un verso suelto en busca de su poema. Pero la realidad no es tan sencilla, y son mayoría en ambas carreras los nos asociados, que superan en número la suma de los miembros de todas las asociaciones, si no estoy equivocada. Y tiempo sería de saber por qué.

                En cualquier caso, quede claro que no trato de defender una u otra postura. Mi opción personal, bien lo saben quienes me conocen, ha sido siempre la misma -salvo un breve y doloroso paréntesis-, pero en esta función mi papel es el de voz en off y a ello me ciño. O lo intento, vaya.

                Estar asociado, en principio, tiene más ventajas que inconvenientes, además de pasarlo divinamente en los congresos, que nunca está de más. Al hacerlo, se accede a un grupo con intereses comunes y medios comunes para hacerlos valer. Pero también tiene sus inconvenientes, aparte de la carga de pagar una cuota: desde el momento en que uno pertenece a una de las asociaciones existentes, se le estigmatiza con el marchamo de “conservador” o “progresista”, del que le va a ser difícil deshacerse. De nada sirve que tratemos de explicar que, al margen de que como ciudadanos tengamos ideas, y hasta ideología, en nuestra labor profesional actuamos de un modo imparcial, de acuerdo con la ley. Que el actor representa su papel según el guión, la ley en nuestro caso. La mayoría de las veces, no conocemos el color político de denunciante o denunciado, de querellante o querellado, de demandante o demandado, si es que los tienen. Ni nos importan lo más mínimo. Aunque la gente no lo crea.

                Pero no se puede obviar la cada vez mayor desconfianza que desde fuera, y, también desde dentro, existe hacia nuestras asociaciones. No solo se trata de que disminuya el número de asociados, sino que la media de edad se eleva cada vez más. A las nuevas promociones parece no interesarles. Y, tratándose de quienes se pueden encontrar más desprotegidos, habría que preguntarse por qué. Y creo que la respuesta es obvia: las perciben como lejanas, casi como ajenas a sus intereses. Y no les culpo. No siempre saben transmitir las preocupaciones de quienes trabajan desde las trincheras y parece que solo despliegan su artillería cuando lo que se juegan son cargos importantes. ¿La culpa? Quizá de ambas partes, de unos por no involucrarse y de otros por no saber mirar esos problemas. O tal vez, por no saber mostrar y demostrar que esa preocupación existe.

                Lo bien cierto es que se tiende a tomar el rábano por las hojas, y confundir la “cúpula” de una asociación –con la que se puede estar o no de acuerdo- con la asociación misma, y con el resto de asociados. Y también, por qué no decirlo, interpretar que se usan como trampolín para los logros o ambiciones personales. No lo voy a negar, ejemplos conocemos todos. Pero también hay ejemplos de quienes, tras pertenecer a la directiva de una asociación, terminan su mandato y vuelven a su puesto de asociado de base, sin haber logrado ningún encumbramiento profesional más allá del que por escalafón les corresponda. Y de estos no se habla tanto. Y haberlos, haylos, como las meigas.

                En nuestra función, como en todas las funciones de mundo, tenemos un problema tan antiguo como la humanidad misma. Tendemos a criticar y resaltar lo que está mal, y dar por natural lo que está bien. Se critica el clientelismo o el uso para fines propios del hecho de pertenecer a una asociación. Pero nadie habla, y también habría que hacerlo, de que pertenecer a la ejecutiva de una asociación conlleva un trabajo extra que muchas veces no se valora, y que se realiza a costa del tiempo de ocio, y de pedir favores a los compañeros que hay que acabar pagando. Y otro tanto ocurre con la pertenencia al Consejo Fiscal –se sigue haciendo el mismo trabajo que se hacía además del de consejero- y, desde la última reforma, con la pertenencia al Consejo General del Poder Judicial en el caso de vocales que no pertenecen a la comisión permanente. Preparar informes, asistir a reuniones o redactar comunicados es un trabajo laborioso y no retribuido. Al César lo que es del César.

                Pero, en mi humilde opinión, es todo el sistema el que está en crisis. Al igual que en términos políticos el bipartidismo ha perdido fuelle, otro tanto puede decirse del otrora reinante biasociacionismo. Ya surgieron hace tiempo en la carrera judicial otras asociaciones más allá de las dos preponderantes, y otro tanto está ocurriendo con los fiscales. Pero, además de ello, tanto las más nuevas como las ya consolidadas necesitan reinventarse, modernizarse, ventilarse. Salir al exterior, darse a conocer, hacerse visibles más allá del tiempo de elecciones o de la celebración periódica de congresos. Encontrar nuevas formas de vencer y convencer. Porque hay tantas cosas por las que pelear que no podemos perder el tiempo en nimiedades.

                He oído testimonios de compañeros que dicen compartir el ideario de una asociación, pero no quieren asociarse. Y a otros que, desde su no asociacionismo, reclaman que sean las asociaciones quienes actúen. Comprensible, sí. Pero así no hay quien haga nada. Unos por otros, y la casa sin barrer.

                Mientras tanto, nuestros derechos van menguando. Y entramos en la paradoja de que sin asociaciones no nos defendemos, pero a éstas se les dice que son poco representativas porque el grueso de las carreras no está asociado. Y vamos perdiendo la carrera hacia el Oscar sin remedio. Incluso puede que ni la nominación llegue.

                Y, como nos descuidemos, con la reforma que se nos viene encima, ni siquiera podremos decirlo. Ni en las asociaciones ni fuera de ellas.

                Así que, como no podía ser de otra manera, que el aplauso vaya esta vez por todos los que trabajan o han trabajado en beneficio de los demás. Porque realmente lo merecen.

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