Revocación: freno y marcha atrás


delante atrás

Hay un dicho popular según el cual el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y hasta tres, y cuatro y cinco. Y algunos, hasta el infinito y más allá, que aunque la experiencia sea la madre de todas las ciencias -¿o era la paciencia?-, nadie está a salvo de equivocarse. Hasta tienen su puntito en ocasiones. Siempre recordaré una frase de un médico forense que me caló: déjale disfrutar de sus propios errores.

El mundo del espectáculo da pocas oportunidades de equivocarse, la verdad. Un fracaso estrepitoso puede llevar una carrera brillante al ostracismo, porque muchas veces es verdad eso de que el público no perdona. Y todos conocemos del triste final de artistas que se han visto privados del favor del público, que otrora les adoraba. Pero los errores existen, y es difícil enmendarlos. Hasta en lo más alto, o si no que se lo digan a los protagonistas de El cielo se equivocó, que hasta El cielo puedo esperar.

Nuestro teatro es campo abonado para lo que algunos consideran errores, que en muchos casos no son sino diferencias de criterio. Y tenemos nuestra propia manera de enmendarlos: los recursos . Con ellos se solicita que el órgano judicial correspondiente cambie la resolución por otra más favorable. Y ahí hay de todo, como en botica. Desde los que están fantásticamente razonados hasta los más pintorescos, los de una extensión tan densa que han motivado que el propio Tribunal Supremo se plantee limitarla –algo a lo que ya dedicamos un estreno- hasta los que se despachan con un folio de mero formulario, en ocasiones con la coletilla de “siguiendo instrucciones de mi mandante”, a los que se suele responder con una impugnación tan de formulario como el recurso que la motivó.

Personalmente, siempre me he planteado la eficacia del recurso de reforma, o su hermano civil, el recurso de reposición Eran los que en el consiguiente tema de a oposición nos definían como recursos no devolutivos, a resolver por el mismo órgano que dictó la resolución recurrida, en contraposición a los devolutivos, que son resueltos por un órgano superior en jerarquía. Porque sí, señores, también hay jerarquía en la carrera judicial, por más que solo a prediquen de los pobres fiscalitos y fiscalitas. Así que sigo con la duda de si tiene algún sentido volver a pedirle lo mismo a un juez que no nos hizo caso. Igual son cosas mías, pero confieso que a lo largo de mi vida toguitaconada puedo contar con los dedos de a mano los recursos de esa especie que han prosperado. Y los que lo han hecho, ha sido fundamentalmente por una cuestión de ambigüedad o por un error material. Y en ambos supuestos existía otra vía: el recurso de aclaración para los primeros, y la corrección de oficio para los segundos, que ya dice la ley que el mero error de cuenta solo dará lugar a su corrección. Aunque me he encontrado algunos errores de esta clase curiosos, como el exceso de ceros, que convertía 5.000 euros de indemnización en 5.000 millones, o las 36 puñaladas que quedaron plasmadas en 360 por una jugarreta del teclado.  Y, por supuesto, los cambios en los nombres, debidos al uso de otro dictamen como modelo, y que ha provocado que un juez se ponga en libertad a sí mismo, o que procese a la procuradora.

Desde luego, un sistema de recursos es sano y responde a la tutela judicial efectiva. El verdadero problema estriba en cómo devolvemos las cosas al mismo estado en que se encontraban, y que pasa con las situaciones creadas en el ínterin. Y de ahí los problemas de la ejecución de estas sentencias.

Pero hay supuestos en que los efectos de este tipo de situaciones son tremendos, y de difícil solución. Y la casuístIca nos ha regalado más de un ejemplo en los últimos tiempos. Sobre todo, cuando el órgano que pone fin es todo un señor órgano, como el Tribunal Constitucional o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Ahora mismo, nos encontramos con las dichosas claúsulas suelo que, en virtud de una resolución del Tribunal Europeo, han devenido abusivas y reclamables de un modo que la justicia española había desechado. Así que nos llega el diluvio y nos pilla sin paraguas. Y el invento –por no decir ocurrencia- de quien debe resolverlo ha sido más bien chapucero. Algo así como impedir que ese diluvio nos inunde poniendo un dedo para taparnos en vez de buscar un lugar seguro para cobijarnos. Y no quiero ni pensar los pobres jueces y juezas recién estrenados –que no en prácticas- que van a tenerse que hacer cargo de un aluvión de demandas que tratan de una cuestión a la que la oposición que han aprobado meritoriamente solo dedica un tema. Tremendo. Y a pagarlo pocarropa, es decir, el justiciable. Porque él será quien acabará empapado y con una pulmonía de campeonato tras El diluvio que viene.

Otro ejemplo es el de la famosa amnistía fiscal. Declarada inconstitucional por nuestro Tribunal, resulta que la situación no deja de ser pintoresca, por no llamarla de otro modo. Así que quienes se acogieron a la posibilidad de escaquearse de buena parte de sus impuestos lo hicieron por una ley respecto de la que el Tribunal Constitucional ha dado un buen tirón de orejas, pero que les quiten lo bailado, porque lo que no pagaron ya no se lo quita nadie. Mientras los pobres contribuyentes de a pie nos dejamos parte del sueldo en las arcas públicas, esas mismas que nos instaban a apretarnos el cinturón por el bien común. Y se nos quedó una cintura de avispa mientras otros no usaban ni de cinturón siquiera y dejaban expandirse su imaginaria barrigota. Ni falta que les hizo.

También es sonrojante lo ocurrido con las tasas judiciales, esas tasas cobradas en su día para acabar siendo declaradas inconstitucionales cuatro años después, cuando ya otra ley había dicho eso de donde digo digo digo diego y las había eliminado para personas físicas. Sin devolución de lo cobrado y, desde luego, sin ninguna posibilidad de reparación para quienes no pudieron litigar en su día porque no tener dinero para pagarlas les hizo desistir. Y ahí siguieron -y siguen- sus flecos, las aplicables a PYMES y ONG, que ya tiene delito que una organización humanitaria haya de pagar para reclamar derechos.

Y no son los únicos casos. En mi tierra, sin ir más lejos, se han llevado por delante Constitución en mano, la ley propia de derecho civil, dejando en el aire situaciones creadas a su albur, referentes a temas tan importantes como la custodia compartida o el régimen matrimonial.

Así que ahí queda eso. Que rectificar es de sabios, pero a veces más valía haberlo pensado antes de hacer algo. Y cuidado con los remedios, porque como dice el refrán, a veces es peor el remedio que la enfermedad.

Por todo eso, hoy el aplauso es para el justiciable. Porque es quien acaba pagando los errores, algunos de ellos evitables. Y porque, con todo, mantienen su fe en la Justicia. O no

 

Sentidos (II): fragancias y pestes


olfato

Empezamos en un estreno anterior con una pequeña serie dedicada a los sentidos, esos que nos vienen tan de serie que a veces no somos conscientes de ellos hasta que alguno empieza a fallar. Pero entre los cinco sentidos, los hay más presentes y aparentemente más ausentes.

El olfato nos acompaña en nuestra vida casi sin hacerse notar. Pero ahí está. Tanto que el cine lo ha erigido en protagonista absoluto de alguna de sus obras, desde El perfume, hasta Esencia de mujer, pasando por Aquí huele a muerto. Y hasta la publicidad usa de su tirón. O a ver quien no ha dicho alguna vez esa frase de “A qué huelen las nubes” del anuncio de un producto de higiene femenina. Uno de los grandes misterios de la humanidad, por cierto, que a saber a qué narices huelen.

En nuestro teatro son muchos y muy variados los olores con que nos encontramos en nuestro día a día. Y aunque la pituitaria solo parece recordar aquellos especialmente desagradables, hay de todo, como en botica.

Entre esos recuerdos olfativos, hay uno que difícilmente olvide quien haya pasado por ello. El que despide un cadáver en descomposición, de ésos que hemos levantado –metafóricamente, porque de levantar, nada- la mayoría de quienes vestimos toga. Peor cuantos más días han pasado y especialmente dramático cuando el calor aprieta. Pero sobrevivimos, cómo no. Y, a veces unido a él y otras por separado, el que tienen determinadas viviendas abandonadas, o en las que el síndrome de Diógenes hizo que su propietario amontonara basura. Algo difícil de olvidar, y difícil también de despegarse de la piel en algún tiempo.

También hay otros olores más sutiles, pero que también acaban por torturar a nuestra pituitaria. Uno de los más habituales es el que queda impregnado en el despacho donde se toma declaración en el juzgado de guardia tras una larga jornada de recibir  detenidos, algunos de los cuales llevan un tiempo en el calabozo. Cuando el despacho en cuestión carece por completo de ventanas ni de ningún tipo de ventilación, como es el caso de aquel en el que yo paso uno de cada siete días de mi existencia. No quiero ponerme quejica, pero todavía nadie ha hecho un esfuerzo por remediarlo. E invito a cualquiera a que nos visite en uno de esos días de julio donde el calor aprieta y el aire acondicionado se declara en huelga. Verán como no exagero ni un ápice.

Pero no me quedaré solo con lo negativo. Hay aromas que contribuyen a alegrarnos un poco la existencia. Sin ir más lejos, el que sube hasta el ascensor cada mañana proveniente de la cafetería, un olor a tostadas recién hechas que siempre me hace evocar cosas buenas. O el del café de la máquina que, a pesar de todo, huele a café de verdad. Aunque tal vez uno de los mejores es el de las flores con que de vez en cuando adorna mi despacho una funcionaria. Flores de verdad, de las que coge del jardín de su casa. Huele a flores, desde luego, pero también huele a detalle y a cariño, uno de los mejores aromas del mundo.

Pero más allá de los despachos también el olfato puede formar parte esencial de nuestra representación. Recuerdo en un juicio que una testigo afirmaba estar segura de que la autora era quien ella decía que era, a pesar de que afirmaba no haberla visto. Dijo que el olor de su perfume lo reconocería a la legua. Y puedo dar fe de que llevaba razón. Fue entrar aquella señora y desprender a su paso un aroma denso y dulzón de perfume que nos hizo comprender a los presentes que aquel reconocimiento era más fidedigno que cualquier rueda de reconocimiento al uso.

Y todavía hay más olores que impregnan nuestras narices. El de los Códigos recién comprados, por ejemplo, que pocas cosas huelen tan bien como un libro nuevo. Y que, por más que nos vendan eso del Papel 0 todavía perdurará visto lo visto, aunque sean comprados de nuestro bolsillo, claro está.

Y también, el de las humedades que padecen más de una de nuestras instalaciones. Que no hay más que visitar algunas sedes  para comprobar que en cualquier momento, se pueden hasta criar champiñones.

El olfato nos acompaña tanto en nuestra vida toguitaconada que lo usamos casi sin pensar en ello. ¿O acaso no nos olemos que, al paso que vamos, cada nueva reforma va a ser un nuevo despropósito? ¿Acaso no echamos pestes cada día de la falta de medios? ¿Acaso no hay más de un nombramiento que huele a chamusquina? ¿O nos sentimos más que quemados de hacer nuestro trabajo en estas condiciones? Pues eso.

Así que hoy el aplauso es, como no podía ser de otra manera, un aplauso de narices. El dedicado a quienes, sean cuales sean los medios, hacen de tripas corazón y siguen adelante. Con un par de narices.

Símbolos: héroes sin capa


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Si hay historias que gustan, ésas son las de héroes y heroínas. Y no me refiero a super hérores del cómic tipo Superman, Catwoman o Los cuatro fantásticos. Me refiero a esas personas anónimas y en apariencia normales que, sin necesidad de superpoderes ni de trajes mágicos, contribuyen con un gesto a hacer mejor el mundo, a veces incluso con su vida. No necesitan grandes medios, solo cosas cotidianas, como el tractor de La vida es bella,  el nombre escrito en un folio de La lista de Schindler, o las alas del ángel de Qué bello es vivir, mostrando cómo hubiera sido la vida sin un héroe anónimo.
En estos días todos andamos impresionados por la historia de Ignacio Echeverría, ese abogado español que, con su inseparable monopatín, perdió su vida por tratar de salvar la de una mujer atacada por uno de esos salvajes que siembran el terror en nuestro mundo. Una persona hasta ese momento anónima que se ha convertido en un héroe y un referente para cualquiera. Hay que ser muy valiente, muy solidario y muy humano para jugársela de ese modo por alguien a quien ni siquiera conocía. Lamentablemente, hoy lloramos su muerte. Descanse en paz, con el agradecimiento eterno por habernos devuelto la fe en la humanidad.
Pero, por suerte, aunque estos héroes y heroínas no abunden, hay más de uno y de dos. Y hoy mi Toga y mis Tacones quieren hacerles un pequeño homenaje. Aunque no ocupen portadas y a veces ni siquiera merezcan unas líneas.
No hace mucho leía también el caso de una mujer, dueña de un bar que, armada y pertrechada con una escoba, impedía a escobazos que un hombre agrediera a una mujer, interponiéndose entre ellos para evitarlo. También leía hace unos días que un policía era agredido al tratar de evitar otra agresión de género. Y no hace mucho tampoco leía que una mujer había sido asesinada porque un maltratador tomó represalias contra ella respecto a un asunto de violencia de género. Y seguro que todos recordamos el desgraciado y escalofriante final de la amiga de otra víctima de violencia de género, que fue asesinada junto a ella y enterrada en cal viva porque no la quiso dejar sola.
No son casos únicos. También tenemos en la cabeza el caso de aquel profesor, ya fallecido, que resultó gravemente herido por tratar de salvar a otra mujer, o el de un joven universitario que perdió la vida en circunstancias semejantes. Pero, por fortuna, estos son casos extremos, como el del hoy llorado Ignacio. Hay muchos más de los que imaginamos en los que el final no es dramático, sino esperanzador. Y nadie habla de ellos.
A lo largo de mi vida toguitaconada me he encontrado, por fortuna, con muchas personas que han impedido la comisión de delitos, o aminorado sus consecuencias. Recuerdo hace bastante tiempo a una pareja de jóvenes que retuvieron a un atracador que, navaja en ristre, quería quitar el bolso a una anciana. Uno de ello tenía un corte profundo en la palma de la mano, que se causó al coger la navaja por su mismo filo sin pensarlo dos veces. También recuerdo otros que, en una situación parecida, bajaron de su moto y le lanzaron el casco al delincuente, impidiendo que, como constaba en el escrito de calificación, consumara su acción depredatoria. Ese casco abollado fue una de las pruebas del juicio y todo un símbolo de esa valiente acción.
Los ejemplos son variados. Pero me quedo con uno sucedido hace apenas unos meses, que me produjo una sensación especial. Leí en el atestado cómo un joven de apenas dieciocho años se había interpuesto entre agresor y víctima. El nombre y los apellidos me sonaron conocidos y, al comprobar su filiación, confirmé que no me había equivocado. Era alguien a quien conozco desde niño y que no había dudado un momento en cruzar al otro lado de la calle para evitar aquello, además de avisar a la policía. Quizás no sea consciente aún de ello, pero es posible que haya salvado una vida.
Precisamente eso, lo de salvar una vida, es lo que digo cada vez que una persona acude al juzgado a denunciar una agresión que ha visto por la calle, o que ha oido en casa de unos vecinos, o que sabe por cualquier otro medio.. Ojala cundiera el ejemplo y cada vez fueran más.
Esta humilde toguitaconada vivió una vez en sus carnes, sin toga y con tacones, como varias personas anónimas atendían a mis gritos de auxilio, corriendo detrás de quien se llevaba mi bolso hasta lograr recuperarlo, así como mis pertenencias, desparramadas por el suelo de la calle. Dinero, móvil, tarjetas y todo lo que tenía fue recogido por unas personas anónimas a las que agradecí en el alma lo que hicieron. Para los curiosos diré que, lamentablemente, el pudo escapar, pero no por falta de empeño de quien le persiguió, lo aseguro. Y que al menos se llevó destrozados los tímpanos porque mis gritos se oyeron hasta ocho pisos más arriba, de lo que dieron fe mis alarmados vecinos. Pasé varios días repitiendo la historia cada vez que coincidía con alguien en mi asccensor.
Conste que este pequeño ejemplo no es más que eso, un ejemplo, en un suceso de mucha menos importancia que los que contaba al principio de estas líneas. Pero dan fe de la calidad de muchos seres humanos, y devuelven, aunque sea por un momento, la esperanza.
Pero, por supuesto, mi aplauso es hoy una ovación cerrada para todos aquellos que, con esas pequeñas cosas diarias, son capaces de enfrentarse al mundo, seaa una escoba o un casco de motorista. Y, especialmente, para Ignacio y su monopatín. Gracias por haber dejado un mundo un poco mejor para todos. Descansa en paz.

La imagen que ilustra el post, aparecida en periódicos y redes sociales, es de Malagón (@malagonhumor). Ninguna mejor para plasmar ese sentimiento común de admiración y homenaje.

 

Sentidos: oir y escuchar


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Qué importante es aplicar a todo nuestros cinco sentidos. Importante en el arte, y en cualquier escenario, como no podía ser de otra manera. Aunque El Imperio de los sentidos no tenga siempre las connotaciones sexuales que rápidamente acuden a la cabeza de cualquiera recordando esa película, que nadie se haga ilusiones. Pero ver, oír, gustar, tocar y oler es esencial para descubrir las cosas en toda su extensión, por más que hoy en día primemos lo primero sobre todo lo demás. Y ojo, no me olvido de El sexto sentido, la intución, ni del sentido común, pero ahora empezaré una serie toguitaconada sobre Los Cinco de toda la vida.

Empezaremos por el oído, absolutamente indispensable. ¿Qué sería del cine o del teatro, sin sonido? Si hasta las películas mudas tenían unos cartelitos para suplirlo, y una pianista en el escenario para ponerle música. Hasta que, por supuesto, El cantor de Jazz lo incorporó al propio filme.

En nuestro teatro el sentido del oído es tal vez el más usado. Aunque a veces confundimos oir con escuchar, y no interiorizamos los sonidos que nos llegan de cualquiera de los lados del banquillo. Y convertimos en un mero ruido lo que debería ser un sonido en toda regla. Y tal vez nos perdemos lo más importante.

Confieso que no es fácil permanecer atenta a todo lo que se dice en cualquiera de nuestras representaciones. Un juicio, dos juicios, tres juicios, y hasta el infinito y más allá, y llega un momento que no me llega el riego. Lo juro. Y está la opción de parar, con el considerable y comprensible cabreo de quienes llevan esperando toda la mañana, o seguir A tumba abierta, arriesgándonos a que las palabras no penetren en nuestros cabezas, como si lleváramos un impermeable en el cerebro, y la lluvia jurídica no hiciera mella en él.

Y es que la Justicia es lo que tiene. O mejor dicho, la administración de Justicia, que a base de no administrarla corre el riesgo de acabar desvirtuando la Justicia misma, convirtiendo una sesión de juicios en una sucesión de trámites burocráticos sin solución de continuidad que acaban haciéndose cansinos, lo reconozcamos o no. Y aunque pongamos los cinco sentidos, y hasta un par más de propina, en ello, es difícil no desconectar cuando se llevan un montón de horas seguidas un asunto tras otro.

A veces es difícil transmitir la sensación de fatiga que me invade –a mí y a todos- cuando, en una misma mañana, despachamos diez, doce, quince, y hasta más juicios del más diverso pelaje. Uno tras otro, pueden desfilar acusados de alcoholemia, de insolvencia punible, de maltrato, de hurto de cobre, de robo, de estafa, de impago de pensiones, de usurpación de inmuebles, de lesiones y de cualquier otra cosa que tenga cabida en el Código Penal. Y otro tanto si se trata de civil, laboral o contencioso. Y es que así dan ganas de repetir una vez y otra lo de Aquí no hay quien viva, Qué he hecho yo para merecer esto o Togados al borde de un ataque de nervios. Cambiar el chip una vez tras otra puede resultar agotador. Y el peligro llega cuando nuestra obligación de escuchar se acaba diluyendo en un mero oír fruto del cansancio.

Ese sería el momento de parar. Poner el cartel de Stop y dejarlo para dentro de un rato, o de un día, cuando las neuronas mareadas y el estómago protestón hubieran repuesto sus niveles. Pero entonces hay que ponerse en el otro lado. Mientras despachamos un juicio tras otro, permanecen fuera letrados y justiciables, esperando que, de una puñetera vez –nunca mejor dicho- se resuelva lo suyo. Y lo de parar se convierte en Misión Imposible porque no pude dejarse a la gente y a los profesionales así. Y la culpa, como siempre, es para aquellos que impiden que la justicia tenga medios suficientes para que los señalamientos se desarrollen con una agenda asumible. Y nunca puede ser asumible suspender algo si se tiene que volver a señalar a más de un año vista, cuando haya hueco.

Pero no siempre dejamos de escuchar por cansancio o por todas estas cosas. Más de una vez las víctimas se quejan de que no se sienten escuchadas, por más que sean oídas y transcritas sus palabras fielmente, y grabadas en el soporte correspondiente. Pero a veces nos olvidamos que esas personas lo que necesitan es algo más que eso. Es sentir que a quienes vestimos toga nos importa realmente lo que están diciendo. Y no siempre damos esa sensación. Justo es reconocerlo. Y es que la empatía  no es algo que nos enseñen en las facultades ni esté en el temario de la oposición, aunque quizás debería plantearse. Seguro que una persona que ha sufrido un atraco valora más una sonrisa, una mirada o una frase de ánimo que saberse toda la jurisprudencia acerca del robo con instrumento peligroso. Por más que ésta también sea necesaria, faltaría más. Y no siempre tenemos la paciencia para dárselo.

Y no voy a acabar sin darme otro golpe de pecho. Sé que parte de la abogacía se queja de que jueces y fiscales no les escuchamos. A veces, ni les oímos, y hasta hay quien ni siquiera les recibe. No me cansaré de decir que todos remamos en el mismo barco. Y es más, quienes no lo hagan son quienes más pierden. Siempre se aprende del prójimo, vista toga con puñetas, sin ellas, mono de mecánico y hasta traje de lagarterana. Y ya se sabe que el saber no ocupa lugar.

Tampoco voy a dejar de citar otros sonidos que alteran mi toguitaconada concentración. Los petardos en las bodas, a los que somos muy dados en mi tierra, y que hay momentos que impiden oír nada de lo que se está declarando en el juzgado de guardia o la banda sonora que incorporan a nuestro trabajo las obras –normalmente de algún edificio vecino, porque en los nuestros poco se arregla-. Pero en mi caso, sí hay un sonido que me alegra los días. El de los músicos que ensayan en el Conservatorio Superior de Música al que da la ventana de mi despacho. Quizás no lo sabrán nunca, pero me acompañan durante mis jornadas de trabajo haciéndolas más llevaderas.

Así que hoy el aplauso, un aplauso muy sonoro, no podía ser otro que para quienes saben escuchar. Un ejercicio muy recomendable que no siempre ponemos en práctica cuando andamos con la toga a cuestas. Y, cuando tengamos dudas, recordemos aquella frase del Un Dos Tres de mi infancia. Escuchemos la voz de los supertacañones

 

 

Congruencia: lógica con toga


congruencia

En el mundo del espectáculo, más de una vez vemos que una obra que prometía mucho acaba defraudando porque el final no tiene demasiado sentido o no encajan las piezas. Por usar un lugar común, eso de que todo acabe siendo un sueño de Resines en Los Serrano. O –y perdónenme los fans de la serie- en Twin Peaks,  en que lo que parecía ser un trhriller donde todos andábamos pensando quien mató a Laura Palmer acabó llegando a límites surrealistas donde la pobre Laura ya parecía no importar a nadie. Pero a veces, la cosa es más grave y, o los guionistas iban demasiado deprisa, o se olvidaron de tomar notas previas y la cosa no tiene sentido. Es famoso el caso de lo que ocurrió cuando la censura quiso tijeretear a Mogambo, y para convertir en supuestos  abrazos fraternales lo que era una relación de amantes, acabaron armándose tal lío que lo que aparecía era una mucho más censurable relación incestuosa.

Pero en nuestro teatro tenemos nuestra particular versión jurídica de la congruencia. Y de la incongruencia, por supuesto. En términos jurídicos se predica la congruencia como uno de los requisitos necesarios de toda sentencia, hasta el punto de ser uno de los motivos en que puede basarse la estimación de un recurso contra ella. Y ocurre tanto por acción como por omisión. Por dar cosa distinta de la que se pedía o no resolver sobre alguna cosa que fue objeto del pleito.

Hasta ahí todo correcto y jurídicamente impecable. Pero hay otros casos de incongruencia que tienen su aquel. Y que se deben en muchas ocasiones a las traiciones del corrector, del cortaypega  o de utilizar formularios. Ya he comentado alguna vez el caso de un juez que se puso a sí mismo en libertad. Al hilo precisamente de ello, fueron varios los abogados o procuradores que me contaron que ellos y ellas también habían firmado alguna notificación donde sus nombres habían bailado y tan pronto aparecían como investigados, como testigos y hasta como el propio juez.

Yo misma he cometido este error alguna vez. Y menudo susto que le entra a una cuando le devuelven la causa de la Sala diciendo que no han encontrado a esos testigos en el folio donde cito o que no aparece su nombre en la causa. Y es que una va deprisa y se le desliza otra testifical. Menos mal que me dio tiempo a enmendar mi error y a  localizar a los testigos que realmente lo eran.

Aunque errores cometemos todos, hasta el mismísimo BOE. Bien conocido es el caso de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que apareció con una jota donde debía ir la p, con el jocoso y sugerente resultado de todos conocido. Obviamente, se enmendó el error, pero la anécdota ahí queda.

También he encontrado alguna vez sentencias que, tras un relato de hechos claramente condenatorio y unos fundamentos jurídicos que no lo eran menos, acababa fallando eso de “debo absolver y absuelvo” por una simple confusión de formulario o modelo. Tal vez por eso el fallo se llama fallo y no acierto, que igual era más acertado. Porque resolver diciendo que se falla también tiene su punto. Algo así como el exitus de los médicos, que equivale a la muerte del paciente y que siempre pensé que casaba más con el término fracasus. Cosas mías.

Claro que en todas partes cuecen habas. Alguna vez me he encontrado con referencias al Juzgado Contra la Violencia Sobre la Mujer, como si no tuvieran bastante. Y con referencias a autos de alojamiento o de no prohibición de no aproximación, que parece que la pobre mujer tenía que dar habitación al denunciado o permanecer constantemente con él.

Pero la incongruencia no solo viene del lado de las togas. También el justiciable incurre en ellas, y algunas no dejan de ser chocantes. Me contaba una compañera de una víctima de un delito empeñada en que sus datos no salieran en ninguna de las copias de las partes porque no quería que bajo ningún concepto la localizaran. Mi diligente compañera hizo lo propio, y acabó quedándose con cara de póker cuando, al despedirse, la susodicha le dijo que se iba corriendo porque tenía cita para el casting de un conocidísimo programa de televisión, que se emite en prime time. De modo que sus datos no aparecerían en la causa, pero sí en las pantallas de todos los españoles.

Algo parecido me pasó con otra testigo que, tras pedir varias veces parabán para declarar y no ver a su agresor, de pronto, una vez colocada la mampara, la apartó de un manotazo para asomarse y apuntar con su dedo acusador directamente al inquilino del banquillo.

Aunque el caso más curioso fue el de un señor que a punto estuvo de perder la vida por una paliza de varios jóvenes que, conminado a reconocerlos en rueda, se exaltó pronunciando una frase que no olvidaré jamás: “ése, ése fue el….que me mató”. Y ciertamente, si no fuera por lo terrible del asunto, la frase tenía su punto, como si el pobre hombre hubiera venido de ultratumba para consumar su Vendetta.

Y, si de incongruencias hablamos, quizá la más palmaria es la de que alguien que lucha contra la corrupción tenga una sociedad en el mismo sitio que muchos corruptos. Aunque deben ser cosas de mi imaginación. Una cosa así no podría ocurrir. ¿No creen?

Aunque también es bien incogruente la actitud de quienes, después de quejarse por la falta de medios, reciben con una sonrisa a quien se los niega. Por eso me gustan quienes desde donde se encuentren, alzan la voz y se levantan por la Justicia.

Así que hoy el aplauso es sencillo. Para quienes son congruentes en su día a día. Que no es cosa fácil, en los tiempos que corren. O sí.

Dianas: en el punto de mira


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Desde que Guillermo Tell lanzara su flecha contra la famosa manzana, muchos son los casos de personas que se ponen, voluntaria o involuntariamente, En el punto de mira. La persecución, el acoso y derribo o el plan para espiar a alguien, han dado para muchas obras de teatro, muchas páginas de libros y muchos metros de filme. Desde el Objetivo indiscreto de Hitchcock hasta las mil conjeturas sobre la bala que mató a JFK, el hecho de enfocar a alguien y convertirlo en el centro de atención es una constante.

Nuestro teatro, como siempre, no podía ser una excepción. Refiriéndonos, por supuesto, al punto de mira, real o imaginario, de cámaras y medios de comunicación que nos han convertido en una diana fácil para su hambre de noticias. O nos hemos dejado convertir, que no está del todo claro.

Desde que el mundo es mundo, y las togas son togas, hay quien afirma que no hay mejor juez que el juez discreto, al que nadie conoce, así como que éstos solo hablan por sus sentencias. La eterna cuestión entre permanecer en el anonimato  o salir a la luz. Y como siempre, en el medio está la virtud. Lo verdaderamente difícil es saber dónde está ese punto medio.

De un lado, cualquiera sabe de la existencia de los llamados jueces estrella, a esos que les gusta más un micrófono que a un tonto una tiza, y que aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para hablar de cualquier cosa. A ellos, y más en los últimos tiempos, se unen los fiscales estrella, los letrados estrella y hasta los ministros estrella, me atrevería a decir. Si bien hay que poner un pero: no se puede tildar de estrella o reprochar el afán de protagonismo a todo aquel que salga en las noticias. La trascendencia pública de los asuntos que se tratan, su propio cargo, o cualquier otra circunstancia, puede arrojar al ruedo de los mass media a alguien que no lo busque. Y hay más de uno y más de dos que están hasta las narices de ver su foto en los periódicos.

Por el otro extremo, están quienes se niegan obstinadamente a proporcionar ningún tipo de información, en una cultura del cerrojazo que casa mal con estos tiempos. Ni calvo ni siete pelucas.

Pero, para complicarlo todo, hay más factores. La libertad de expresión y el derecho del ciudadano a recibir una información veraz, un derecho del máximo rango que no siempre se tiene en cuenta y que anda a tortas con otro derecho, el de la intimidad y la propia imagen. Pero, por supuesto, la ciudadanía tiene derecho a saber y nadie hay en mejor posición para informar que quien realmente conoce el tema, de lo contrario caeríamos en informaciones de todólogos y tertulianos varios. Y algunos de ellos, con el único mérito de haber sido la novia del ganador de Gran Hermano 28 o haber tenido un affaire con alguna personalidad del colorín.

Así que no se pueden poner puertas al campo. Ni se debe, vaya. Entre otras cosas, porque los Tribunales tienen su propia obligación de informar, para lo cual existen los Gabinetes y Portavoces  y el Ministerio Fiscal, se crea o no, tiene entre las funciones que le asigna nuestro Estatuto, la de “informar a la opinión pública”. Algo que, por cierto, se ve con admiración si lo hace el Fiscal de Marsella o el de París, pero no tanto cuando es el de aquí. Y empiezan las elucubraciones sobre esa línea que separa filtración de información oficial y que no todo el mundo sabe distinguir. O no quiere hacerlo.

Aquí están los mimbres. Pero la cesta no sale siempre como debiera, y, a veces, por más que se trencen sus urdimbres, es tanta el agua que se vierte que se acaba desbordando. Y se pasa de informar a buscar un culpable, de buscar información a convertir nuestras togas en un pim pam pum de feria.

¿Exagero? Tal vez, pero echemos un vistazo a lo que pasa. ¿Qué es lo primero que se averigua si una mujer es asesinada por su pareja? Si existía orden de alejamiento y, de no existir, por qué el juez no la concedió, o el fiscal no la pidió. ¿Qué ocurre si un preso comete un crimen en un permiso penitenciario? Otro tanto. Y más aún si sale a la luz un asunto de corrupción del que alguien supuestamente había advertido o que ya había sido puesto en conocimiento de alguna autoridad. Y, a partir de ahí, llueven conclusiones y comentarios, muchas veces hechos por gente que no ha leído ni una sola página del sumario ni tiene intención de hacerlo.

Y la bola va creciendo. Y la realidad no ayuda, para qué nos vamos a engañar.Todas las informaciones que salen a diestro y siniestro sobre nombramientos en las cúpulas de la Justicia, con una mezcla entre política y Justicia que a nadie favorece, no hacen sino avivar el fuego y, lo que es peor, hacer pagar a justos por pecadores. Y se acaba cuestionando a todo aquel que haga algo que no gusta, sea una alcoholemia o una trama corrupta. Y se suman las malditas generalizaciones, haciendo de la excepción regla general.

Es difícil vivir el día a día de nuestro escenario, con tragedias cotidianas que nada tienen que ver con políticos corruptos ni tramas mafiosas, cargando con el sambenito del desprestigio por cosas que nos son ajenas. Por más que la vida en los juzgados nada tenga que ver con intrigas palaciegas de las que nos vamos enterando, como todos, por la prensa.

A veces se nos olvida eso de que a noticia es que el hombre muerda al perro, y que por eso no interesa a nadie hablar del trabajo diario, oculto y con medios paupérrimos en que consisten la gran mayoría de las funciones que ofrecemos en nuestro gran teatro de la justicia.

Así que el aplauso no podía ser otro que el dedicado a los trabajadores de esa Justicia que pocas veces sale en los periódicos. Pero que resuelve los problemas de la ciudadanía, o al menos lo intenta. Que no es poco en los tiempos que corren.

 

Titulares: del dicho al hecho


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Pocas cosas hay que llamen tanto la atención como un buen titular. O uno malo, según sea. Pero un titular escandaloso es muchas veces lo que queda, dejando de lado Lo que la verdad esconde. Si nos anunican una película como La historia más grande jamás contada, o dicen que no nos dejará indiferentes, o que jamás vamos a volver a conciliar el sueño, ya entran ganas de verla, o de salir corriendo, según los casos. Aunque luego la cosa no sea para tanto. Pero ya picamos.

La verdad es que nuestro teatro es campo abonado para titulares escabrosos, escandalosos y hasta espeluznantes. Aunque luego no sea oro todo lo que reluce. Porque entre los periodistas, que hoy más que nunca viven entre la Primera página y Al filo de la noticia, hay de todo, como en botica, pero bien saben que el titular es la puerta de entrada para que la gente lea su texto. Y no solo quienes escriben, sino muchas veces quienes mandan en sus respectivos medios.

Siempre recordaré una anécdota. Andaba yo en mis primeros tiempos de portavoz cuando una periodista de un conocido medio me preguntaba por una noticia de rabiosa actualidad. Como quiera que la cosa no era tan llamativa como esperaba, su director, que estaba al teléfono con ella, le espetó que aquello no era así porque Ana Rosa estaba diciendo algo distinto en la tele. Tal cual. Y es que es cierto eso de que la realidad no estropee un buen titular.

Hubo un caso en que la noticia, bastante simple, resultaba poco menos que pintoresca por el modo en que redactaron el titular. Decía que el famosillo de turno había sido condenado a ir cuarenta días seguidos al juzgado con 10 euros. Lo cierto es que era algo tan prosaico como una condena a multa de 40 días con cuota diaria de 10 euros. Pero claro, la cosa así pierde la gracia.

Pero hay titulares tan torpes que si no fuera porque entrañan muchas más cosas de lo que dicen, sería para estallar en carcajadas. Des este tipo es el de “detenidos tres personas y un gitano”.,  “atropella con su camión a tres personas y un francés”, o “estafado por una tal Laura, que al final resultó ser un maromo”. A algunos se les tenían que dar unas cuantas lecciones de esa cosa que parece tan obvia como el derecho a la igualdad

. Otros rozan el absurdo, como “deja tuertos a tres perros y la fiscal propone absolverlo” –que me cuenta además la fiscal en cuestión- o el que ilustra el post, referente a que la autopsia confirma la muerte. Faltaría más, menos mal que hubo un forense espabilado. Y, si de dictámenes médicos hablamos, otro titular que se las trae es éste: “ la acusación solicita un año de cáncer y una indemnización de 12.020 euros por una imprudencia médica”. Condena terrible donde las haya, sí señor.

Y a veces, la propia realidad lo pone fácil. Como a la buena señora condena por conducir ebria y tocar el trasero del guardia civil que la paró (ver aquí) , que no sé yo que es peor, al menos para el guardia civil en cuestión.

O el caso de un señor muy aficionado a nuestro teatro, que acabó “en prisión por no haber ido a un juicio por no haber ido a un juicio por estar en prisión por no haber ido a otro juicio (ver aquí) , un trabalenguas al lado del cual los tres tristes tigres desenladrillando el cielo que está enladrillado son como tres gatitos de angora jugando con los legos.. Y si no, que se lo cuenten a Caperucita Roja, que era como decía ser y llamarse un habitual de los juzgados, cosa que plasmaban los atestados con fidelidad ejemplar.

Pero si hay un titular que ha cobrado cierta fama, ese es un titular falso que de vez en cuando se hace viral. Quizás más de uno lo haya visto. Dice “soltar una ventosidad es violencia de género” y lo achaca a un juzgado que jamás puso esa sentencia. Y si bien, buscando buscando, hay en otro juzgado diferente una resolución que alude de pasada a esa conducta, lo hace en el relato de hechos probados acompañado de los insultos y vejaciones por los que se le condenó. No obstante, el aludido recorte de prensa recorre de vez en cuando nuestras redes sociales y hasta se ha hecho eco de él algún medio serio, cuando no hay más que mirarlo para ver que, curiosamente, no tiene fecha, ni autor, ni periódico. Por supuesto, ningún juez escribió ni dijo tal frase -al menos en público-. Y ojo, que lleva pululando por ahí desde el año 2010 como si fuese lo más novedoso. Igual mañana lo tienen en algún chat de nuevo.

Aunque no hay que ir muy lejos buscando titulares pintorescos. Bastaría con recopilar algunos con los que nos obsequian quienes mandan mucho para que a una le entren ganas de llorar o de reír, según le pille. Afirmaciones como que todos los juzgados funcionan perfectamente, que se han creado más plazas de jueces y fiscales que nunca,  que el papel 0 es una realidad o que la digitalización va viento en popa nos dejan entre ojipláticos y cariacontecidos a quienes transitamos entre togas. Pero es que el papel es muy sufrido, con 0 o sin él.

Así que hoy el aplauso es reapartido. En primer lugar, para quienes desde sus redacciones hacen bien su trabajo y, aunque no nos hagan reír, cumplen a pies juntillas con la función de informar. Y el otro, muy grande, para mis queridos compañeros y compañeras que de nuevo han colaborado con mi toga y mis tacones a redactar este post. Mil gracias

 

 

 

Habitualidad: los repetidores


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En el mundo del cine, y también en el de la televisión, vemos con bastante frecuencia un fenómeno común: el de los habituales. Un actor o actriz se pone de moda, y lo tenemos hasta en la sopa. Estrenando varias películas al mismo tiempo, o simultaneando series hasta el punto que una enchufa la tele y no entiende cómo ese señor tan moderno y simpático se ha vuelto de repente un malandrín de armas tomar en pleno Medievo. Y sin pasar por el Ministerio del tiempo. O sí.

Y, lo crean o no,  en nuestro teatro tenemos bastante de eso. Y no solo entre quienes vestimos toga o somos profesionales, que no nos queda otra que asistir a cada nuevo estreno a representar nuestro papel. También tenemos unos cuantos de los que nos visitan con frecuencia, hasta el punto que una pensaría que les gusta. Para que luego se quejen de que les tratamos mal.

También en nuestro caso va por épocas, por no decir por modas. Nuestros Sospechosos habituales nos visitan una y otra vez hasta que, en ocasiones, no quedo otra que mandarlos a prisión para estar una temporadita sin verles. Y porque se lo merecen, no vaya nadie a creerse que frivolizo con algo tan serio como la privación de libertad.

Y es que la habitualidad, aparte de una construcción jurídica recogida en el Código Penal, que considera reos habituales a quienes cometen varios delitos de la misma naturaleza en un breve lapso de tiempo, también existe en su acepción meramente gramatical. Aunque no se trate de reos –que por cierto, los reos habituales no siempre son “reos”-, sino de testigos, querellantes, denunciantes o cualquier otro de los personajes que transitan por Toguilandia.

Sin duda alguna, el premio gordo se lo llevan los investigados –antiguos imputados- en su versión engrilletada –detenidos- o no. Recuerdo que antaño no pasaba un día sin que tuviéramos a alguno, o más de uno, por aquel delito que ha cobrado naturaleza de incunable consistemte en robar radiocassettes de coches. Una y otra vez los veíamos llegar detenidos, después de “haberse hecho” unos cuantos vehículos de motor, en algunos casos aprovechando para dar una vuelta. Y ahora la verdad es que cuando aparece alguno, ganas entran de hacerle la ola por preservar una tradición delincuencial que tantos escritos de calificación nos hizo hacer.

Quienes sí siguen manteniendo la tradición son quienes se dedican a la sustracción en establecimientos comerciales. Esos hurtos en tiendas que no dan lugar más que a una antigua falta o a un nuevo levito  y que se han convertido en la especialidad de más de uno y de una. El record absoluto lo tenía una mujer que ya hace tiempo superaba con mucho las doscientas detenciones. No sé que habrá sido de ella, pero supongo que hasta en El lado oscuro se tiene una jubilación.

Lamentablemente, algunos de mis habituales son quebrantadores casi profesionales. Individuos a los que un auto de alejamiento le impone bien poco respeto y siguen merodeando hasta que, pillados por enésima vez, nos dejan pocas salidas que no sea su ingreso en prisión. Dentro de estos hay una modalidad singular, aquéllos cuya localización está sujeta a un dispositivo telemático, vulgo pulsera. Tengo algunos que han superado sin despeinarse las doscientas incidencias del centro de control. Imaginará el sagaz lector dónde están ahora. Aunque entre estos, merece especial atención un caso: el de un indigente que, controlado por dicho dispositivo, registraba incidencias todos los días, con puntualidad británica, a partir de las ocho de la tarde. Hasta que descubrimos que se trataba exactamente del tiempo que dura la batería que cargó en la institución de caridad que le da cobijo para dormir. Y que no puede volver a cargar hasta que vuelva al carecer de domicilio. Una buena prueba de que hay que ponderar las circunstancias personales a la hora de decidir la medida a imponer.

Pero, como decía, hay otros habituales, del otro lado del banquillo, y de diverso grado de curiosidad. Recuerdo uno, en uno de mis primeros destinos, que venía todas las semanas a contarnos las distintas abducciones extraterrestres de las que era víctima, u otro que se paseaba con una enorme piedra arguyendo que era lo que le quedaba del patrimonio familiar que supuestamente le habían esquilmado.

Y, en el colmo de la picaresca, recuerdo una señora cuyas visitas al forense y al juzgado eran más frecuentes que lo habitual, hasta que descubrimos que tenía la costumbre de arrojarse delante de los coches para que la atropellaran y cobrar un buen pellizco del seguro, que se había convdertido en su principal fuente de financiación.

También los hay cuyas disputas familiares o vecinales son tan frecuentes que no hay semana que no crucen denuncias por un quítame aquí estas pajas. Y hasta, a veces, la cosa llega a mayores. Más de una vez se han oído un “¿ya están otra vez aquí?” por parte de quienes hemos de acabar resolviendo sus disputas . Y lo que nos quedamos con ganas de decir, que todos somos humanos, con toga o sin ella.

Así que hoy el aplauso será, no para quienes nos visitan con más frecuencia de la que quisiéramos, sino para quienes, con paciencia y profesionalidad los atienden sin perder los nervios. Que en ocasiones no es nada fácil.

Lugar: la escena del crimen


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Si hay algo que guste sobremanera a los autores y guionistas, eso es una buena secuencia con la escena del crimen, con su sangre, sus vestigios, sus vísceras según lo gore que sea la cosa, su cinta delimitando el lugar y, cómo no, ese dibujito con tiza del cuerpo del finado. Y alrededor, miles de detalles nimios que nunca pasan desapercibidos al CSI –sea Las Vegas, Miami o el que toque- a la Jessica Fletcher o Miss Marple de turno o hasta a la aparentemente despistada protagonista de Los Misterios de Laura, versión patria o anglosajonizada. Hasta el punto que a veces he llegado a pensar que podían cambiar el título de la serie por el de Se ha dibujado un crimen.

Pero si hay algo que películas y series de televisión han traído consigo, es la cantidad de gente que sabe tanto que el FBI y la CIA se quedan en unos aprendices a su lado, y creen que la vida real es como lo que ven tras las pantallas. Y entonces toca explicar eso de que Spain is different, no sé bien si a otros países, o a lo que el cine y la tele nos muestran de otros países. Tampoco nuestros detectives son como los de la pantalla.

A lo largo de mi vida toguitaconada, he visto bastantes y muy variadas escenas del crimen, algo distintas de El cuerpo del delito de las películas. Antes de las últimas reformas, acudíamos en las guardias a todos los levantamientos de cadáver que imaginarse puedan, sean asesinatos –a los que seguimos yendo- o sean muertes naturales si no se han certificado, suicidios, accidentes y, como decía la ley, cualquier otra muerte violenta o sospechosa de criminalidad. Pero juro que nunca he visto el dibujito con tiza marcando la silueta del cadáver. Y eso que me fijo. Y juro también que, a pesar de los pesares y de haber pasado más de un mal trago, mi estómago y yo hemos sobrevivido.

Aunque el tema dé para ello, voy a intentar no ser morbosa, e incluso tratar de explicar alguna anécdota de humor negro, que a veces es necesario para seguir adelante. Espero conseguir mi objetivo.

Lo primero que hay que reseñar de estas cosas es la sensación que una tiene cuando recibe la llamada a horas intempestivas sobre el hallazgo de un cuerpo. El nudo en el estómago, vestirse a correprisa y salir disparada pensando qué nos deparará esta vez el destino. Con la certeza de que nunca es agradable. Pocas cosas he visto en mi vida más impresionantes que el efecto de un atropello de tren o de tranvía, y ni imaginarme quiero lo terrible que debe ser cuando se trata de  dantescas escenas de accidentes o atentados con varios muertos. Afortunadamente, no he pasado ese trago, aunque sé de buena tinta que quien ha visto esas escenas, las ha revivido una y otra vez en sus pesadillas.

Pero hay de todo. Aunque quizás lo más duro es ese momento en que has de hablar con familiares, absolutamente destrozados por la muerte en tales circunstancias de un ser querido.

También produce una mezcla de ternura y desasosiego comprobar las condiciones en las que vivían algunas personas. Ya me referí en otro caso al levantamiento del cadáver de una mujer, que murió sola en su pulcro apartamento, y en el que descubrimos, a través de las fotografías enmarcadas y cuadros de la pared, que en otro tiempo fue una vedette de cierto éxito, a la que el olvido había relegado a la más completa soledad. Nadie la echó de menos hasta varios días después, en que los vecinos avisaron alertados del olor que desprendía la vivienda en pleno mes de agosto. Como solos también murieron personas en condiciones deplorables, deshechos por ese mal terrible que fue durante mucho tiempo la heroína, con la jeringa todavía incrustada en el brazo.

Pero de todo pueden sacarse anécdotas y hasta una sonrisa. Como la que esbozo cada vez que recuerdo a un policía empeñado en que fumara en la propia escena del crimen para alejar el olor, a pesar de que yo estaba embarazada de ocho meses. Algo que hoy sería impensable.

Otro de los momentos estrella en estos trances me sucedió en una ocasión en que, avisados de un suicidio en una alquería, nos perdimos en el coche de la guardia el chófer y toda la comisión judicial, esto es, jueza, fiscal, forense y secretario judicial –entonces no era LAJ-. Anduvimos dando vueltas por la huerta durante un buen rato, porque para aquel entonces ni GPS ni móvil ni Cristo que lo fundó. Cuando llegamos, la cara de todo el mundo era un poema. Y más aún nuestras pintas, después de aparcar el coche donde pudimos, y cruzar huertos embarrados porque, como en toda buena escena del crimen, llovía a cántaros.

Y también recuerdo otra ocasión en la que también llovía, como no, y el cadáver se encontraba en un lugar de difícil acceso, en el margen del río. Cuando nos preguntaron a la juez y a mí si íbamos a bajar, dijimos que por supuesto, y, como no había otro modo, hubo de ser en brazos de los bomberos que habían acudido al lugar. Por fortuna no había tampoco móviles para inmortalizar el momento, porque hubiera sido un filón. Porque toga no llevaba, pero tacones sí. Pero cumplimos, vaya que sí.

Así que la próxima vez que vean una serie con todos sus sabihondos protagonistas adivinándolo todo de un solo golpe de vista y tomando notas sin perder la compostura, no se lo crean. La realidad ofrece cosas muy diferentes, aunque tan profesionales y eficaces como las que más.

De modo que hoy el aplauso no puede ser otro que para quienes han soportado y soportan esos momentos conjugando profesionalidad y sensibilidad. Una combinación en ocasiones muy difícil.

 

Lazos personales: más allá de la toga


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Todo el mundo sabe que el artista nace, no solo se hace. El talento, el temperamento, la inspiración  y el duende son cosas que no se pueden aprender, aunque sí se pueden potenciar. Por eso, quien es artista, lo es mucho más allá de las tablas del escenario. Su vocación impregna todo lo que hace, desde freír una huevo hasta subir a un autobús. Y eso vale para todos los campos del arte. Las vidas de Frida, El Greco, Lautrec, el VanGogh de El loco del pelo rojo, el Goya de Los fantasmas de Goya o el Van Vermeer de La joven de la perla trascendían mucho más allá de sus momentos entre lienzos y pinceles. El arte es lo que tiene.

En nuestro teatro no tenemos la fortuna de atesorar talentos tan trascendentes. Lo nuestro son las obras de cada día, las interpretaciones diarias de nuestros papeles. Pero también en muchos momentos nuestra labor trasciende más allá de nuestro escenario, y no se queda colgada con la toga en el armario que la guarda.

Nosotros no pintamos cuadros, ni hacemos esculturas, ni componemos música que pueda quedar para la posteridad. Pero sí tejemos relaciones personales que van más allá de togas y puñetas. Y hoy, desde las tablas de Con Mi toga y mis tacones, quería compartir una de ellas.

Conocí a Carla cuando ambas intervinimos en un programa de radio. Era el Día de la Violencia de Género y ella, una de esas heroicas supervivientes de esta tragedia  iba a dar su testimonio del infierno vivido por vez primera. Yo no la había visto nunca, por eso cuando se acercó a mí y me dio un abrazo diciéndome las ganas que tenía de conocerme, me quedé sorprendida. No solo por sus palabras, sino porque en ese abrazo  noté una corriente eléctrica que excedía con mucho de un mero contacto entre dos cuerpos. Supongo que tiene que ver con eso que llaman química  que nuca llego a comprender, por eso de que soy de Letras.

Carla me conocía por referencias, por contactos comunes, porque había leído cosas que yo escribí y me seguía en redes sociales. En cuanto la escuché, me consideré enormemente honrada por ello. Si algo de lo que alguna vez dije o hice pudo echar agua en el fuego de su infierno, todo el trabajo de tanto tiempo lo daba por bien empleado. Su historia era dura, como tantas otras. Ella había salido de  aquel calvario pero aún se enfrentaba a miedos y, cómo no, a muchos flecos legales de su historia. Mayores que los de otras porque, en su caso, no hubo sentencia condenatoria, sino una absolución por falta de pruebas. No obstante, ella jamás perdió la fe en el sistema y continuó luchando por ella y por su hija. Y, poco a poco, iba ganando batallas.

En esa ocasión el miedo que todavía la atenazaba quiso que su voz saliera distorsionada, y también se negó a salir en las fotografías que se harían públicas. Por eso, al despedirnos con un nuevo abrazo, le hice prometer que algún día mostraría su rostro y su voz a todo el mundo. Ese día tejimos un lazo entre nosotras que sigue hasta hoy.

No había pasado mucho tiempo cuando volvimos a coincidir. De nuevo me sorprendió, esta vez con un regalo. Era una fotografía enmarcada de aquella primera vez en que nos vimos, la imagen en la que ella sí que salía, la que no quiso que se hiciera pública. Me la dio y me presentó a su hija, que había contribuido a elegir el marco. Unos días más tarde, me hizo un regalo más grande, si cabe. Se acercó a mi oído y me dijo que había decidido cumplir la promesa que me hizo. Ya no se escondería más tras una imagen pixelada ni una voz distorsionada.

A partir de ese momento, el testimonio de Carla se hizo público, tanto en los medios como en actos públicos para ayudar a otras mujeres. Y además, como no podía ser de otro modo, ha sido públicamente distinguida por ello. Y tengo el enorme honor de haber compartido ya varias fotos con ella que comentamos, por fin, sin que el miedo apague su voz. También se ha convertido en una incansable activista en redes sociales, sin dar tregua a esa violencia de género que no pudo acabar con su fortaleza.

Ayer Carla vino a verme. Puso punto final a otro de esos flecos legales que aún le pesaban como una losa, relacionado con su hija. Como siempre que la veo, sentí esa corriente eléctrica que me recorre cuando nos damos un abrazo. Y me dijo que podía contar su historia si con eso ayudaba a alguien. Y desde luego que ayuda. A mí, la primera, sin duda alguna.

Y esa visita no fue más que el preludio de algo que sucedería apenas un rato después, otro lazo personal que acababa con los flecos de su historia. Y otra corriente eléctrica.

Por todo eso, hoy cambiaré el aplauso por un emocionado gesto de agradecimiento a todas esas heroínas que no desfallecen. Porque al verlas, una siente que vale la pena seguir. Y no podemos defraudarlas.

Y una ovación extra. Esta vez para Paula (@Click_ea_), la autora de esa pequeña y maravillosa toguitaconada que ilustra esta historia