Detalles: cosas que hacen feliz


luna y venus

La felicidad es un concepto vago. O concreto, según se entienda.Hay quien entiende la felicidad como algo abstracto y absoluto que no se alcanza nunca. Hay, por el contrario, quien tiene la suerte de hallarla en las pequeñas cosas. Eso es lo que trata de hacer precisamente el arte. Cuando alguien ve una obra de teatro, o una película, cuando contempla una escultura o una pintura o ve un espectáculo de danza y por un instante sale de su vida diaria para disfrutar de la de otros, el artista ha logrado su objetivo: hacer feliz a alguien. Da igual que sea a través de un drama o de una comedia, de una biografía o de una historia de ciencia ficción. Todas las personas, de un modo u otro, andamos En busca de la felicidad, recibimos La llamada que nos llevará a ella, recordamos Aquellos maravillosos años o buscamos Un lugar en el mundo. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta Un final feliz?.

Es difícil que en Toguilandia tengamos finales felices tal como ocurre en las películas. Nuestro mundo se nutre de desgracias y problemas que tratamos de arreglar, ley mediante, lo mejor que podemos. Pero es imposible reponer las cosas a su estado original. Hay que reconocerlo. Aunque también hay que reconocer la satisfacción, si no felicidad, que puede dar que se haya hecho justicia. O la que nos da el deber cumplido. Pese a todo.

Pero hay pequeños trocitos de felicidad que aparecen cuando una menos se lo espera. Y donde una menos se lo espera. Y hay casos que merece la pena compartir.

Leía el otro día como mi compañero y amigo de profesión y redes sociales @nandogerman contaba una experiencia surgida a través de twitter, un mundo donde se prodigan insultos y desprecios más de lo que sería deseable. Nos contaba que, a raíz de una de sus maravillosas fotos –precisamente, la que ilustra este estreno, como no- Con su permiso, voy  a dejar que sean sus palabras las que hablen: “Hace poco alguien vio una de mis fotos de Venus y la Luna y me escribió en privado. Me explicó que se había emocionado al verla porque desde que murió su madre, hace cuatro años, todas las noches busca a Venus, ya que su madre le dijo que estaría allí”. Termina diciendo que le envió la fotografía por correo, y la hizo feliz, y al hacerla feliz también se sintió feliz. Y he de admitir que esta toguitaconada, al leerlo, también sintió un poco de esa felicidad. Aunque pueda parecer cursi. A veces no puedo evitar serlo, y a mucha honra.

Recordé al leerlo algo que me había pasado a mí no hace mucho. También a través de redes, y por mensaje privado, alguien me dijo que había prestado mi Mar de Lija . La mujer a la que se lo prestó, al leerlo, se sintió tan identificada con una de las protagonistas de mis relatos que tomó la decisión de salir de la situación de malos tratos que asfixiaba su vida. También yo me sentí feliz. Y coincidiréis conmigo que si eso es ser cursi, vale la pena cursilizarse de vez en cuando. Que para sobredosis de realidad ya tenemos de sobra.

Hago hincapié en mi presunta –digo yo que tambien tendré derecho a la presunción de inocencia- cursilería por otra cosa que me ocurrió a través de redes. Algo que da fe –sin necesidad de notario o LAJ- de lo que decía al principio respecto a la abundancia de insultos y desprecios en redes sociales. Que más bien parecen insociales, dicho sea de paso. A propósito de un post que hablaba de que no somos de piedra  hubo alguien que se molestó en en entrar en el blog y comentar al respecto. Me llamaba cursi y ágrafa, y lo que es peor, se refería a mis seguidores como “personas sin criterio”. Por eso precisamente no aprobé el comentario, porque tolero que me insulten – o lo intenten- a mí pero no a toda ese gente que me leéis y con eso también me hacéis feliz. Y, en cualquier caso, como dice el refrán, no insulta quien quiere sino quien puede. Y no me ofende ser cursi, ya lo he dicho. En cuanto a lo de la agrafía, aun le estoy dando vueltas, entre la hilaridad y la perplejidad. Por si alguien no lo sabe, se trata de una pérdida de la habilidad de producir lenguaje escrito causada por una lesión cerebral. Y yo creo que a nadie se le escapa a estas alturas que mi lenguaje escrito puede gustar o no, pero producir, produzco. No puedo evitarlo, soy escriborreica. O lletraferida, como dice una amiga. Por supuesto, en cuanto a la lesión cerebral, mejor ni lo cometo.

No es este el único insulto que he recibido en redes, aunque tal vez sí sea de los más pintorescos. Al césar lo que es del césar. Pero me han llamado de todo. Como ocurre, en mayor o menor medida, a todo aquel que se atreve a adentrarse en este mundo de las redes sociales 

Por eso me gustó la historia de Fernando. Por eso conté la mía y podría contar alguna más. Como la de una persona que se fue de este mundo hace poco y que, cuando la desvirtualicé, me dijo “qué feliz me has hecho”, unas palabras que ahora que ya no está son un tesoro que guardo en mi memoria. También la de alguien que había perdido el contacto con mi familia desde antes de que yo naciera y que no hace mucho me encontró a través del blog , y con quien tengo una cita pendiente que me ilusiona mucho -no haré spoiler para entonces-. O la de la recuperación de un familiar perdido, con reencuentro en persona incluido.

Así que ahí queda eso. Llamadme cursi, si queréis, que cualquier día le pongo purpurina a la toga y lazos a los tacones, y me saco el máster de cursilería. Pero antes, ahí va el aplauso. Dedicado esta vez a @nandogerman y a todas las personas que hacéis que las redes sociales merezcan la pena. Gracias.

#historiasdebicis : El dedo corazón


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El dedo corazón

Cada vez que pasaba por el escaparate de la tienda de bicicletas, recordaba mi asignatura pendiente. Jamás aprendí a montar. Y todavía me dolía el recuerdo.

Mi padre enseñó a mis hermanos. Compró una flamante bicicleta de segunda mano, y fue iniciándoles uno a uno en el arte del pedaleo a medía que cumplían once años. Yo esperaba con ansia el día de mi undécimo cumpleaños para adquirir el derecho a subir en nuestra bicicleta, la más preciada y casi la única de nuestras posesiones.

Cuando llegó el día, me subí a aquel artefacto, sin tener ni idea de qué era lo que había que hacer. Esperaba, sentada a horcajadas en el sillín, a que llegara mi padre del campo. Mantenía el equilibrio a duras penas. La bici era enorme y no me llegaban los pies al suelo.

Por fin llegó, y yo puse una sonrisa resplandeciente, enseñando mis dientes apiñados. Fue la última vez que pude mostrarlos todos a un tiempo. Antes de que me diera cuenta, me cayó un bofetón de tal calibre que la bicicleta y yo nos estampamos contra el suelo. La boca me sabía a sangre porque se me habían partido las dos palas. Vi una de ellas en el suelo casi entera. Pero yo no tenía fuerzas para recogerla y a mi padre le interesaba más recoger la cadena de la bici, que se había salido de su guía. Las ruedas no corrieron mejor suerte, y se quedaron en forma de cuatro. Mi padre recuperó los pedazos de la bicicleta y me dejó a mí en el suelo, con mi pala rota, y la sangre saliendo a borbotones de mi boca y de mi alma. Mi madre miraba por detrás del visillo sin decir nada.

Al cabo de un rato, después de comprobados los daños, mi padre volvió. Me agarró del brazo con tanta fuerza que me retorció el dedo corazón, sumando un dolor nuevo a los que ya llevaba. Y a los que habían de venir.

Aquel día de mi cumpleaños fue la primera de las muchas palizas que recibí de él, mientras mi madre permanecía inmóvil como una estatua. Entonces fue cuando comprendí que mi madre no se caía tantas veces como nos contaba, ni se tropezaba con  las puertas. Supe en carne propia el por qué de cada hematoma, de cada rasguño, de cada hueso roto.

Llegó un momento en que los golpes ya no dolían. Solo esperábamos que pasaran pronto. Mi madre y yo veíamos aparcar la bicicleta y ya sabiamos lo que venía. Y así un día tras otro hasta el momento en que pude escapar y marcharme muy lejos.

Salí adelante como pude, trabajando en lo que saliera, sobreviviendo. Cualquier cosa antes que volver a pasar por aquello. Tuvieron que operarme el dedo corazón, que él había fracturado y nadie curó, y recomponerme los dientes que perdí. Y, conforme reponían mis huesos a su sitio, mi espíritu se iba recolocando en busca del lugar que me arrebataron siendo una niña.

Hoy hace cuarenta años de todo aquello. Es mi cumpleaños, y me he regalado a mí misma una bicicleta, que hace unos días aprendí a montar. La he subido a mi coche, y he vuelto por vez primera al pueblo donde pasé mi infancia.

Subida a mi bicicleta, he dado un paseo hasta llegar a aquella casa donde viví. Está abandonada, y su silueta siniestra ya no parece tan amenazante como lo fue un día. He pasado por el lugar donde me dijeron que esparcieron las cenizas de mi padre. Solo una cosa parece recordar su paso por el mundo. Su vieja bicicleta, oxidándose sin  que nadie lo impida.

He pedaleado hasta ponerme a su altura. Y allí, sonriendo con todos los dientes que vuelve a tener mi boca, he pensado en levantar bien alto mi recompuesto dedo corazón para expresar lo que siento. Pero lo he pensado mejor. Junto con el corazón alzo mi dedo índice y dibujo en el aire una uve imaginaria. Por fin he ganado.

 

 

Sensibilidad: no somos de piedra


sensibilidad

El arte se alimenta de sentimientos. No hace falta decir que por refinada que sea la técnica, perfecta que sea la ejecución o impecable el guión, si no toca el corazón, no vale nada. Llegar directo al alma es lo que hace que obras técnicamente peores logren el triunfo que les es esquivo a otras de factura exquisita e irreprochable. Es esa cosa intangible llamada talento, ángel, duende o cualquier otro nombre similar. Es la cualidad de mover los sentimientos, aunque a veces el cine se pase de frenada y sea demasiado fácil traspasar la línea que separa la sensibilidad a la sensiblería. Tampoco es necesario que no demos abasto para sorbernos los mocos, como ocurría en películas como Love Story o Campeón, que menuda jartá de llorar. O aquella serie de mi infancia, La casa de la pradera, tan lacrimógena que la conocíamos como La casa de la plorera –plorar es llorar en valenciano-. Y es que los sentimientos son tan importantes que hasta ellos mismos han protagonizado algún filme, como Del revés.

En nuestro teatro tenemos fama de insensibles, una fama no siempre merecida. Se duda de nuestro Sentido y sensibilidad para achacarnos más lo del Orgullo y prejuicio. Pero ni Todos los hombres –y mujeres- son iguales ni es oro todo lo que reluce. A veces, ni siquiera llega a oropel.

Pero, como quiera que esta toguitaconada es Pobre, pero honrada, como decía Lina Morgan, lo primero que he de hacer es dar a cada uno lo suyo –esto lo dijo Ulpiano, claro, nada que ver con la Morgan – y reconocer que la idea de este estreno no es mía. La idea primigenia pertenece a @ladycrocs, tuitera de pro como todo el mundo sabe. Yo solo le pedí prestado el hilo para hacer mi propia madeja, mezclada con la suya. Pero, como me dio permiso, no hay apropiación indebida, ni robo, ni siquiera hurto. Y así consta, que seguro que pueden dar fe cualquiera de los notarios y lajs que andan por los dominios del pajarito azul.

Se quejaba mi compi, y con razón, de todas aquellas personas que olvidan que  quienes vestimos toga también lo somos. Y acaban haciendo en muchos cassos exactamente lo mismo que denostan: no ponerse en nuestra piel, lo que viene llamándose empatía  Decía estar harta, y yo lo suscribo, de la gente que llega al juzgado y nos espeta cosas como que se nota que no tenemos hijos, o padres, o hermanos, según el caso, o que no es a nosotras a quienes nos ha pasado lo que quiera que sea. Y, aunque pueda resultar sorprendente resulta que sí, que tenemos padres y madres, hijas e hijos, que nos casamos o nos divorciamos, que perdemos a seres queridos y que pasamos por dramas diversos. Y, aunque a veces finjamos lo contrario, nuestras togas  pueden ser capas de superhéroe, pero no son una coraza. A veces no llegan ni a escudo.

Mi amiga tuitera cuenta en su hilo  lo afectada que se sentía cuando tuvo que decidir sobre la invalidez de un niño cuando a su hijo le acababan de diagnosticar una enfermedad, o lo terrible que fue visitar una residencia de ancianos recién fallecida su madre. Pero no le voy a robar sus historias, que ella las cuenta mejor que nadie. Y, una vez más, voy a hacer un ejercicio de umbralismo toguitaconado, y hablaré de mi libro. Y de algún que otro libro más que he vivido de cerca.

Me retrotraeré en el tiempo a antes de llegar a Toguilandia. A esa etapa de la oposición de la que ya contamos nuestras cuitas en el estreno dedicado al tesón. Apenas llevaba unos pocos meses estudiando cuando perdí a mi tío, algo que, además, viví con una angustia redoblada por lo que tenía de revivir la reciente muerte de mi padre. El día que le enterraron era día de cante así que, haciendo de tripas corazón, me fui directamente del cementerio al preparador, sin solución de continuidad. Recuerdo que varias personas me dijeron eso de “no sé cómo puedes” y hasta un velado “no tienes sentimientos”. Pues bien, los tengo. Y recuerdo que me costó la vida cantar el tema de «daños, incendios y estragos», un tema fácil al que tuve manía desde aquel mismo día. Y que sigue sin gustarme ni pizca, porque siempre me devuelve a aquel momento.

Después, he oido eso de “cómo se nota que no le ha pasado” más veces de las que quisiera. Y me lo han dicho tanto desde el lado de las víctimas como del de los culpables y sus familias. He escuchado a familiares de víctimas o a las propias víctimas lamentarse porque en algún caso no he pedido la pena más alta, la que ellos creen que merece quien les ha causado tanto dolor. En los accidentes de tráfico, por ejemplo. Que difícil era de explicar aquello de la imprudencia o el delito contra la seguridad para quien consideraban el asesino de su hija por haberla atropellado. Y, cuando mis propias hijas tienen la edad de esa pobre chica, se te desgarra el alma de pensarlo, pero no puedes salir de la coraza de la toga y, menos aún, la de la ley. A lo más, explicarlo. Pero en esas circunstancias poco entienden tales explicaciones. Y se comprende. Porque debajo de la toga hay sentimientos, se crea o no. Puede que parezcamos de plástico, pero un plástico que se derrite en cuanto le acercan una cerilla.

¿Alguien ha pensado lo difícil que es enfrentarse desde estrados con adicciones, o con problemas mentales, cuando se han podido vivir de cerca, en familia o amigos? ¿Lo duro que resulta oir eso de “usted no sabe de lo que hablo, porque no lo ha vivido”? ¿Lo terrible que es ir al levantamiento de cadáver de un niño, más aún si tiene la misma edad que el tuyo propio? ¿Y lo complicado, lo terriblemente complicado que es decidir en ese caso teniendo que colocar una barrera imaginaria entre ese caso y la propia experiencia?

  Especialmente admirable me pareció en su momento la actitud de una jueza respecto a quienes habían vendido preferentes, cuando yo sabía que a su propio padre, enfermo de Alzheimer, le habían esquilmado por esa vía. Nadie notó el nudo que tenía en  la garganta y en el corazón.

No somos de piedra. Y porque no lo somos, recuerdo la única vez en que estuve a punto de perder los nervios. Fue en la declaración de un pederasta que afirmaba que le encantaban las niñas de ocho años, exactamente la edad que tenía mi hija en ese momento. Seguro que cualquiera puede leer mi mente e imaginar lo que me pedía el cuerpo. Y cómo me sentí cuando tuve que solicitar el archivo de la causa, porque en ese momento la mera tenencia de material pornográfico de menores no era delictiva.

Los ejemplos son muchos. Y seguro que debajo de cada toga se han vivido mil y una experiencias de ese tipo. Pero, por no acabar con el corazón encogido, lo haré con una anécdota simpática al respecto. Estábamos esperando el comienzo de un juicio a que una de sus principales protagonistas llegara. Apareció con más de una hora de retraso, y, más fresca que una lechuga, nos explicó que era por causa de sus hijos. Como quiera que le dije que eso no era excusa, mirándome, me dijo “usted no sabe lo que es tener niños pequeños”. Por supuesto, le contesté, como no podía ser de otro modo. “No, señora, las mías nacieron con doce años cumplidos y la ESO terminada”. Acabáramos. creo que fue la última vez que esgrimió semejante causa como motivo de demora.

Por todo eso, hoy el aplauso es múltiple. Para la inspiradora de este estreno, de una parte, a la que parafrasearé citando al Mercader de Venecia con una pregunta muy ilustrativa de este estreno: ¿Acaso no sangro si me pinchan?. Y, por supuesto, para todos y todas las que usan su toga como escudo aunque sepan que no es una coraza. Ni debe serlo.

 

 

Acumulación: síndrome de Diógenes


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Todos los cambios alteran al ser humano. Y las reacciones son variadas. Hay quienes no pueden vivir sin cambiar de residencia, de trabajo o de vida cada cierto tiempo -lo que se ha venido en llamar culos de mal asiento– y quienes entran en pánico con el más mínimo cambio, como el Sheldon de Bing Bang Theory, para quien es un verdadero drama dar la vuelta al cojín del sofá. El mundo del espectáculo, que vive en continua trashumancia, es buena prueba de ello en sí mismo, y también en la cantidad de obras que dedican al tema. Te puedes cambiar de mundo, como en Alien, o tener simplemente Un buen año por ello, puedes acabar viviendo en Esta casa es una ruina o en La habitación del pánico, o puedes, incluso, irte tan lejos como puedas y no evitar que te encuentren, como el maltratador marido de Durmiendo con su enemigo. Pero sea cual sea el modelo, hay quien viaja ligero de equipaje, y a quien le cuesta una enormidad deshacerse de cada minucia. Ni que decir tiene que en esto, como en todo, en el punto medio está la virtud. El verdadero problema estriba en determinar dónde esta ese famoso punto medio.

  Nuestro teatro es un escenario proclive a los cambios, sin duda alguna. Quienes habitamos en él del lado de la función pública, seamos jueces, fiscales, lajs, forenses o funcionarios, hemos vivido más de un cambio de sede, ciudad y vida merced a los traslados, desde ese primer destino en que una va adonde puede, hasta el que van logrando escalafón, trienios y suerte por mor de los concursos . Cada cambio, lleva consigo una mudanza personal y profesional. Y no es fácil decidir en cada cambio qué conservamos y de qué hemos de deshacernos. Por supuesto, hay para quien es más difícil, como es mi caso, que cojo cariño hasta a los huesos de las aceitunas de un Martini que me tome en buena compañía. Ñoña que es una.

Cuanto más tiempo se ha pasado en un sitio, más cachivaches, papeles y trastos útiles e inútiles se han acumulado. Y, aunque la acumulación también es un concepto jurídico, especialmente en procesal, donde acumulación de acciones y acumulación de autos son el pan nuestro de cada día, no es de este tipo de acumulaciones de las que trata este estreno, sino de otras mucho menos jurídicas.

Seguro que cualquiera ha oído halar del síndrome de Diógenes. Consiste, esencialmente, en la acumulación de desperdicios y basura en el propio hogar. Curiosamente, el filósofo al que debe su nombre basaba su doctrina en la desposesión de todo bien material, llegando a dormir en un barril pero, como quiera que pertenecía a la Escuela Cínica, parece que fue por ironía por lo que se bautizó con su nombre a ese comportamiento. Por desgracia, más de una vez nos hemos topado en nuestro trabajo con casos de esta índole, en que personas viven en el total abandono y son los vecinos quienes dan la voz de alarma, debido al hedor que sale de esas viviendas. En ocasiones, tan terrible trastorno solo se descubre cuando ya es tarde, y únicamente nos queda por hacer el levantamiento del cadáver. Un problema social que nos da más de un quebradero de cabeza.

Pero más allá del verdadero síndrome, todas las personas tenemos un pequeño Diógenes en nuestro interior. Y no quiero decir con eso que nos dé por dormir en un barril precisamente. Tendemos a acumular toda clase de papeles, libros y enseres sin orden ni concierto -o con él- y solo nos vemos impelidos a revisarlos cuando nos acecha el fantasma de una mudanza. Me decía hace nada una querida amiga y compañera que estaba agobiada con el tema a pesar de que sabía de la venta de su casa desde hacía dos meses. Y no me extraña. Solo de pensarlo se me ponen los pelos verdes. La de papeles y cosas inservibles que aparecen por los rincones. Y, aunque como dice otro querido amigo, si no sabes que estaban es que no servían para nada, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y tendemos a acumular recuerdos que luego no recordamos.

A lo largo de mi vida toguitaconada no he hecho muchos traslados de ciudad, pero sí que he padecido el traslado hasta cuatro veces de sede dentro de la misma provincia. A cada mudanza, acompañaba una caja donde iba metiendo lo que se apiñaba en los cajones. Confieso que conservo cosas como un Código del 73 que se cae a pedazos, CD´s y hasta disquettes que no tengo ni idea qué deben contener -y en el caso de los disquettes no creo que lo llegue a saber ya- y algunos modelos de escritos que ni de forma ni de fondo son aplicables, entre otras cosas. Pero parece que mi Diógenes interior agarra mi mano cada vez que tengo tentación de tirarlos a la basura. Igual cualquier día puedo contribuir al museo histórico de la justicia, si es que alguna vez cambiamos de siglo en Toguilandia.

Pero como soy una toguitaconada moderna, mi particular síndrome de Diógenes también me asedia por la parte virtual. Acoso y derribo. Y he de confesar que mi ordenador está lleno de archivos que guardé o descargué algún día y que mis dedos se niegan a echar a la papelera. Infodiogénes 2.0 también me ataca.

Así que ahí queda eso. Solo falta dar el aplauso de hoy que, cómo no, irá dedicado a quien encuentra ese dichoso punto medio entre guardarlo todo y tirarlo todo. Y, de propina, una ovación extra para esos dos buenos amigos que han inspirado este post. Gracias de nuevo.

Carencias: pide un deseo


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Todas las personas tenemos deseos, ocultos o a la vista. De nuestros anhelos se nutre en mundo del espectáculo tanto por fuera como por dentro. ¿Quién no ha deseado emular a los protagonistas de cualquier historia? ¿Quién no ha deseado ponerse en la piel de quienes recorren la alfombra roja para recibir un Oscar, un Goya o lo que sea? ¿Quién no ha ensayado discursos imaginarios cuando recibía El premio?. Tal vez por eso haya tantas películas que plasman esos anhelos, quien pide Tres deseos, quien Quiere ser como Bekham o quien formula sus deseos al genio de la lámpara como Aladin.

Quienes habitamos en Toguilandia también tenemos nuestros propios deseos, grandes y chiquitos, personales y profesionales. De hecho, he de reconocer que la idea de este post me vino directamente de una señoria tuitera y de un reto que con el que a continuación me desafiaba otro tuitero amigo. Quejábase ella de que en Madrid no hay playa, vaya, vaya, como la canción de Los Refrescos -ojo, no, como creen algunos,  de Los inhumanos que, como valencianos, sí que tienen playa-Y decía que era lo que le faltaba a la capital del reino, expresando un deseo difícil de cumplir. Aunque no imposible, que en cuanto los reyes Magos me traigan la varita mágica que les pido todos los años, igual me pongo y le doy el capricho. Que no se diga de la generosidad toguitaconada.

Pero nuestros deseos no son siempre tan personales, ni tan teóricamente irrealizables. Ya antes de toguitaconarnos, somos ansia viva. Primero, por aprobar cada asignatura de la carrera y por acabarla -aunque sea en cuatro o cinco años como todo el mundo, y no en un ratito como parece que han hecho otros-, luego por encontrar nuestro hueco profesional. Si hay un ámbito donde los deseos son más constantes y apremiantes, ése es el de quienes opositan . Una se pasa varios años de su vida despertándose y acostándose con el deseo de aprobar, se examina con el deseo de que sea la última vez y cruza los dedos muy fuerte a lo largo del examen, cruzada de dedos que va acompañada de rezos a santos varios, que todo ayuda. Se desea fervientemente a la hora de sacar las bolitas que los temas sean propicios -y entran ganas de cortarse la mano si no lo son-, que el tribunal esté receptivo, que no hayan aprobado hasta ese momento tantos que no queden plazas ni tan pocos que denote la dureza extrema del tribunal, y hasta que no haya un partido de fútbol esa tarde no vaya a ser que les pillemos con ganas de irse. Y se desea, cómo no, que nuestro nombre aparezca en la lista de “aptos”. Y, si todos esos deseos no se cumplen, vuelta a empezar, preguntándonos dónde estará la dichosa lámpara de Aladino que conduzca a Toguilandia tras el grito de Abrete Sésamo.

Y, aunque en su día juráramos por todo el santoral que si nos era concedido ese deseo no volveríamos a pedir nada más en nuestra vida, la memoria es corta y, en nada, ya vamos buscando al pobre genio. Porque, otra de las cosas que más y con más fuerza se desean, es el acceso al puesto  anhelado.  En nuestro caso, a través del ansiado concurso que no siempre se convoca con la periodicidad que debiera, dando lugar a situaciones de interinidad verdaderamente angustiosas. Y no se trata de la ambición legítima de mejorar -o no solo de eso- sino de cosas tan básicas como poder compartir la vida con tu pareja, plantearte tener descendencia o, si se tiene, organizar la mudanza y los cambios de colegio y de vida. Casi nada.

También hay deseos de otro tipo, más ambiciosos o más de andar por casa. Cada día de nuestra vida profesional, si la cosa no cambia, exigimos que nos doten de medios que hagan de la Administración de Justicia un ámbito digno para cumplir nuestra función. Aquello de que #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad por lo nos pusimos de togas caídas y por lo que seguiremos reclamando. Y mientras tanto, lo traducimos en deseos tan triviales como que el ordenador se conecte de una puñetera vez en lugar de tardar una eternidad, que no se hayan acabado los posits y los bolis -salvo los verdes, que siempre hay- o que funcione el ascensor, la calefacción o el aire acondicionado cuando la temperatura lo hace necesario.

No obstante, en nuestro teatro, donde más se deja sentir el imperio de los deseos -además de en la oposición, por descontado- es en el Juzgado de Guardia. Cada vez que nos toca, nos colmamos de buenos deseos que ríanse ustedes de los propósitos navideños. «Que tengas buena guardia», como anhelo general que se desglosa en muchos pequeños anhelos. Que no entren muchos detenidos, que no soliciten muchas órdenes de protección, que no tengamos ningún habeas corpus que nos levante de la cama a horas intempestivas, que no tengamos que levantar un cadáver, que no haya entradas y registros que paralicen la guardia y por favor por favor por favor, que no entre esa denuncia que llevan varios días anunciando y que nos va a colapsar el Juzgado.

E, íntimamente relacionado, un tema que depende puramente del azar y que, por tanto, activa la maquinaria de los deseos como pocos: el reparto. Cuántas veces no habremos deseado que el tiempo corriera hacia atrás o hacia adelante para que no nos hubiera entrado ese asunto enorme y horroroso, o que tuviera un número par, o impar, o lo que sea, para que le correspondiera a cualquier otro u otra. Aunque también pude ser al revés, que nadie crea que solo queremos escaquearnos. Más de una vez he deseado con todas mis fuerzas que un determinado asunto me correspondiera porque me parecía atractivo, interesante o enriquecedor. Si bien hay que admitir que en estos casos puede hacerse realidad la máxima de “cuidado con lo que sueñas, no vaya a hacerse realidad”

Así que hoy el aplauso de este estreno habrá de ser compartido. De una parte, para quienes me retaron a escribirlo. De otra, a quienes cada día cruzan los dedos para que se cumplan sus deseos, con u recuerdo especial para los opositores y opositoras que se dejan la vida cada día quemándose las pestañas y pelándose los codos con apuntes y códigos. Que bien lo merecen y lo necesitan.

Y, por supuesto, con una ovación extra a @madebycarol1, fantástica ilustradora, una vez más, de este post

Aventuras: Tribulaciones de una fiscal en Fiscalía


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El género de aventuras es y ha sido siempre muy popular. Indiana Jones y todas sus secuelas, el Tras el corazón verde, todas las sagas galácticas de Star Trek o La Guerra de las Galaxias y hasta las Patoaventuras son éxito seguro. Y, por supuesto, Las Tribulaciones un chino en China . Pero también tienen otra característica. No deja de ser curioso comprobar en estas obras el paso del tiempo, cómo eran los efectos especiales, o los protagonistas en su día, y cómo son ahora. Un buen pulso al calendario.

Así que decidí hacer otro tanto en nuestro escenario. Rescaté retazos de un post publicado en otro lugar hace cuatro años y comprobar si La vida sigue igual.E invito a ello a quienes me lean. Pero no deis vuestro veredicto ahora, hacedlo al final de este relato de Un dia en Toguilandia.

Un día cualquiera. Salto de la cama, me trago un café a toda prisa quemándome la garganta, me aseo, me calzo –por supuesto- mis tacones y me dispongo a irme a trabajar, llevando de paso a mi hija al colegio, con una sola idea en la cabeza. Hoy va a ser el día. Sí señor. El día en que por fin voy a conseguir sentarme toda la mañana en mi despacho dispuesta a achicar la inundación de papel que han causado varios días en Sala ocupada con un larguísimo jurado, un par de guardias y tres días de servicios devolviendo aquellos que no pude hacer porque estaba en el jurado y los que debo para conseguir irme a un curso. Ahí es nada. Montañas y montañas de papel dispuestas a engullirme al primer descuido. Pero no me voy a dejar, vaya que no. Porque hoy es el día.

Decido tomarme un café mañanero con mis habituales compañeras de fatigas, madrugadoras como yo. O mejor, dos. Me espera una mesa atiborrada y estoy dispuesta a todo.

Subo al despacho. Las pilas de causas me miran provocadoras, como diciendo que no voy a poder con ellas. Les devuelvo una mirada desafiante. Buena soy yo para eso. Por si acaso, antes de sentarme, las amontono cuidadosamente, porque el equilibrio en el que permanecen es bastante precario. De reojo, echo una mirada furtiva a sus congéneres que descansan en el armario, advirtiéndoles con la mirada de que en breve les tocará el turno. Seguro.

Enciendo el ordenador. Le hago una caricia mimosa por encima del teclado para suplicarle que se porte bien, que no tarde más de un cuarto de hora en conectarse y que, si es posible, se cuelgue lo mínimo. Aunque no parece dispuesto a darme el gusto, hago caso omiso. Mientras se decide, preparo el fechador de mi cuño de” visto” y me dispongo a atizar unos cuantos al primero de los montones. Cuando aún no he puesto el primero, suena el teléfono. Como suele pasar, se han confundido, pero mientras, el ordenador parece que empieza a respirar. ¡Albricias!. Abro el correo. Me entretengo con un par de notas de servicio. Hay que hacer una estadística de no sé qué clase de cosas pendientes en los juzgados que llevamos cada uno. Decido hacerlo antes de que se me olvide y me voy a hablar con la funcionaria. Cuando vuelvo de darle las explicaciones oportunas, el ordenador se ha oscurecido, que tiene poca paciencia en tiempo de espera. Vuelvo a darle, mientras el cuño de “visto” me mira burlón. No le hago caso y estampo un par de cuños más. De pronto, llega el funcionario con cuatro recursos urgentes y una pila de notificaciones. Aparto lo que me había preparado y me pongo a ello. Firmo las notificaciones mientras el ordenador se anima a activarse de nuevo, así que le prometo no volver a abandonarle. Consigo terminar la firma y estoy a mitad del primer recurso cuando me avisan que hay un letrado que quiere hablar conmigo de una posible conformidad para el día siguiente. Así que vuelvo a apartar lo preparado, consigo encontrar el asunto de que me habla después de hacer un esmerado trabajo de arqueología entre los papeles de mi armario. Hablamos de la conformidad. Cuando voy a apuntar los términos, no encuentro ni un mísero post-it y me voy al armario de material, donde logro aprovisionarme de medio taco, aunque son de los mini y necesito usar tres. Asunto arreglado. En cuanto se va el abogado, me bajo al negociado de carpetillas, a buscar la que toca para anotar la conformidad. Me cuesta un poco, pero la encuentro. Todo en orden, así que vuelvo a mi despacho.

Le pido disculpas al ordenador por no haberle hecho caso y él me castiga con el látigo de su indiferencia hasta que, al cabo de veinte minutos, vuelve a dar señales de vida. He podido poner unos cuantos “vistos” más pero, al apartarlos, descubro esa terrible franja roja que hace que se pare todo lo demás: “causa con preso”. Horror de horrores. Vuelvo a reorganizar mi mesa, porque la prioridad es la prioridad, y me enfrasco en la lectura del expediente. Eso sí, de vez en cuanto doy una palmadita al ratón del ordenador para recordarle que estoy ahí y no vuelva a apagarse. Parece que funciona. Cuando llevo leída la mitad de la causa, suena otra vez el teléfono. Me piden información sobre una causa. Rebusco hasta encontrar la lista donde pone qué compañero lleva cada juzgado. Tras dos llamada al despacho, una al móvil y 3 whatsapps, logro hacerme con él. Resulta que ese día cambió la guardia y lo lleva otra compañera. Vuelta a empezar. Al final me manda un mensaje diciéndome que cuando pueda me llama, que está en juicios.

Vuelvo a la causa. Consigo leer unos cuantos folios más cuando llega una compañera. Tiene una duda de mi negociado. Le digo que se siente –una vez logro hacerme con una silla en otro despacho- y consigo hacerle sitio, a ella y a su abultado sumario, a duras penas. Después de un buen rato, llegamos a la conclusión de lo que se debe hacer y vuelvo a lo mío.

Un esfuerzo más y acabo de leerlo. Me concentro sin dejar de acariciar el ratón de cuando en cuando. Me llaman de mi juzgado. Que han encontrado a un imputado que estaba mucho tiempo en busca y captura y hay que hacer la comparecencia. Maldigo a quien le haya localizado, ya podía haberlo hecho un día antes, mientras yo estaba en juicios y hubiera tenido que ir un compañero. Dejo el boli dentro de la causa, en el punto donde la dejé, y subo a mi juzgado. Hago la comparecencia. De pronto, alguien se acuerda que había que explorar al menor y me pillan cuando ya había entrado en el ascensor. Vuelta atrás. A la exploración de menor. El ordenador de la sala multiusos adquiere vida propia y decide que hay que reiniciarse. Veinte minutillos más, mientras ya no sabemos qué contarle a la niña de ocho años que espera para ser oída. Finalmente, acabamos la declaración de la niña.

Otros cinco minutillos largos para coger el ascensor. En la puerta del despacho me encuentro a alguien cuya cara me suena, pero no ubico. Me saluda, encantado de la vida, e intenta una conversación amable mientras yo miro de soslayo los expedientes que me llaman desde la puerta de mi despacho. Me pregunta que “cómo está lo nuestro”. No tengo ni idea de quién es ni de qué narices será “lo nuestro”, pero esbozo la mejor de mis sonrisas y le contesto que “lo estoy estudiando”. Creo que he salido airosa del apuro y vuelvo a mi mesa.

Encima del expediente, haciendo equilibrios sobre el bolígrafo que había dejado, hay un par de faxes. Los miro, y miro horrorizada la pantalla del ordenador. No me ha perdonado la ausencia. Otra vez a empezar. No me arredro y pongo unos vistos más. Cojo el boli y sigo leyendo. Casi estoy acabando de leer, aunque aún no sé exactamente qué hacer con ella. En ese momento, me llama la compañera a la que buscaba antes y me cuenta la causa entera. Le doy las gracias, e informo a quien lo había demandado.

Al coger el móvil, descubro un montón de mensajes de mi hija. Que por favor, le imprima esto y aquello. Vuelvo a abrir el correo y logro imprimir los documentos.

Cuando tomo la decisión acerca de la causa con preso, miro la hora con espanto. A duras penas, consigo culminar el informe. Las causa apiladas se están riendo de mí, y las del armario les hacen los coros. A ellas se han unido unas cuantas compañeras, que han acudido a la fiesta en brazos de un funcionario mientras yo estaba en el juzgado. Y a mí no me hace ni pizca de gracia.

Así que, como Escarlata O’Hara, me voy, pensando que mañana será otro día. A Dios pongo por testigo de que mañana sí que será el día -digo mientras los procedimientos se burlan despiadadamente de mí- Y lo será, buena soy yo. ¿O no?

 

¿Cuál es el veredicto? ¿ha cambiado algo?. Lamentablemente, parece escrito ayer mismo, salvo el detalle de que mis hijas ya no necesitan que las lleve al colegio. Y lo peor es que podrían haberlo escrito hace diez años también, o incluso más

NOTA: Esta historia está basada en hechos reales. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Por eso pido el aplauso para quienes la protagonizan cada día del año.

 

Grafitis: muros expresivos


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El arte se manifiesta de muchos modos. Y también hay muchos modos de expresión que no son arte, por más que así pretendan vendérnoslos. El grafiti, es uno de esos casos en que se recorren todo el espectro entre lo que es arte y lo que no lo es en absoluto, aunado con una libertad de expresión con la que hace un cóctel a veces, perfecto, a veces explosivo y a veces simplemente desastroso. Al grafiti se han dedicado películas, como American Graffiti, Beat Street o Style Wars, y también han aparecido en otras, como la pintada de Los violentos de Kelly. Igualmente hemos visto más de una vez como pintadas que nada tenían de artísticas boicoteaban estrenos de películas o cualquier otro evento. Un medio de expresión que no se puede obviar hoy en día. Atrás quedaron los tiempos en que los carteles de películas o de obras de teatro se elaboraban pintando directamente sobre las paredes de los locales donde se veían, tal vez un precedente directo de los grafitis actuales.

   Nuestro teatro, con lo viejuno que es para tantas cosas, podría pensarse que prescinde de esta forma de expresión, pero no es así. Pintadas, grafitis y garabatos también se encuentran presentes en Toguilandia de uno u otro modo.

En primer término, los juzgados y tribunales han tenido ocasión de pronunciarse sobre ellos en distintas ocasiones. Muy frecuentes son los asuntos sobre pintadas en los vagones de ferrocarril que, por artísticas que resulten, acaban mereciendo una condena por delito de daños – o la extinta falta, según la cuantía-, aunque de todo hay en la jurisprudencia, como en la viña del señor.

Pero hay otras, bastante menos artísticas, que han dado lugar a anécdotas varias, y siguen haciéndolo. Mucho antes de toguitaconarme por primera vez, allá en mis años de facultad, recuerdo una pintada en el suelo de la acera que daba entrada al edificio, dedicada amorosamente a un profesor que no se caracterizaba ni por su simpatía ni por la generosidad en sus calificaciones. En letras gigantescas, decía, en una rima ripio que jugaba con la rima con su apellido, que “tiene el pito de niño”. Ignoro si tendría relación con algún silbato de su propiedad o con alguna parte de su anatomía y  si alguna vez se sintió ofendido por ello, pero lo cierto es que la pintada –que no pitada- presidió los estudios de generaciones enteras de licenciados y licenciadas en Derecho. Seguro que hay quien lo recuerda y puede confirmarlo.

Ahí no quedó mi relación con el arte urbano, qué va. A partir de mi debut en Toguilandia, empecé a ver las cosas de otra manera. Siempre me había planteado quién tendría la paciencia y las ganas de hacer declaraciones de amor -o de cualquier otra cosa- en los sitios más pintorescos e inaccesibles, dejando para la posteridad mensajes tan poco poéticos como “te quiero churri” con firma y rúbrica -Joshua y Marylys forever 1999, por ejemplo-. En mi ciudad, sin ir más lejos, los veía en las márgenes del río y siempre me preguntaban cómo lo harían para llegar hasta ahí y pintar semejante cosa. Mi curiosidad aún no ha sido satisfecha pero confieso que hubo una experiencia que me hizo dar más valor a esas declaraciones. Fue hace mucho tiempo, cuando tuve que ir a un levantamiento de cadáver en aquel mismo lugar. La juez de guardia y yo no tuvimos otro medio de acceso que bajar por una escalerilla en brazos de los bomberos, literalmente. Así que a partir de entonces reconozco mucho más el mérito de Joshua y de tantos otros Joshuas, y lo encendido de su amor.

Pero hete tú aquí que el amor, como tantas cosas, se acaba. Y que no hace mucho me encontré que en una solicitud de orden de protección la víctima pedía, además de las medidas cautelares  standard, como alejamiento y prohibición de comunicación, que se borraran todas las pintadas con las que el denunciado había sembrado la ciudad. No resolvimos, aunque le instamos a que lo pidiera en su momento como responsabilidad civil, a ver si cabía. Eso sí, comprobé los nombres y respiré aliviada al ver que no se trataba de Joshua ni de Marylys.

Como digo, el amor se acaba, pero las pintadas ahí quedan. Me cuenta una compañera que a lo largo de todo el camino que llevaba de un pueblo a otro, un habitual del juzgado se había dedicado a decorar con corazones cuantos contenedores había. Él debía pensar que era una bonita forma de recuperar el amor de la que fue su chica, pero debió pensarlo antes de tener su hoja histórico penal cuajada de condenas por maltratos y quebrantamientos. Contra eso no hay corazones que valgan, aunque la compañera me dice que no podía evitar acordarse de él cada vez que pasaba por allí y veía los contenedores decorados.

También vemos con cierta frecuencia el uso de este medio de expresión para cometer un delito. Sea de injurias o vejación injusta,  o sea de otros delitos como quebrantamiento o acoso, decorando las paredes de la casa o del trabajo a quien fue su pareja. Y no deja de tener su aquel el tener que hacer una pericial caligráfica donde el cuerpo de escritura sea la pared. Recuerdo a una mujer que estaba realmente angustiada porque su ex, día sí día también, pintaba las paredes del centro médico donde ella trabajaba llamándola de todo e incluso poniendo su número de móvil en una clase de porno venganza bastante cutre pero efectiva.

Aunque no todas las pintadas tienen relación con Cupido. Me comentan de la que por mucho tiempo estuvo en la fachada de unos juzgados con la leyenda “aquí murió la justicia”. Obviamente, no hay que ser Einstein que algún justiciable insatisfecho debió querer dejar su impronta para siempre, y no quiso hacerlo con una queja formal no fuera a ser que con eso del papel cero desapareciera como las palabras que se lleva el viento.

En el colmo de las pintadas curiosas, está la que más me ha impresionado en mi vida. Fue la que hizo un asesino con la propia sangre de su víctima en la pared de su casa, donde la había degollado. Algo propio de las películas más gore imaginables. Pero ya sabemos que la realidad muchas veces supera la ficción.

Pero, para no acabar este estreno con ese mal gusto de boca, dejaré algo dulce para el final. La pintada de la que me da noticia un compañero, con fotografía incluida, en que el enamorado dedica cada día a su amada con un “Buenos días, princesa”, que no se sabe muy bien si emulaba a Roberto Benigni en La vida es bella o respondía a un amor no correspondido.

Así que hoy, como no podía se de otro modo, el aplauso es para los compañeros y compañeras que con sus historias y fotografías, han contribuido a dar vida a este estreno. Mil gracias

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Curriculum: la carrera de la vida


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Me dice San Google que “currículum vitae” significa “carrera de la vida” –eso era fácil a poco que una haya estudiado latín en el Bachiller- y que se empezó a utilizar en la antigua Roma por contraposición a “curriculum honoris”, que hacía referencia a la carrera profesional. Curioso dato, teniendo en cuenta que hoy en día que ese curriculum, -o cv, como se conoce generalmente- hace casi siempre referencia a la carrera profesional o la vida laboral, y no a esa vida genérica a la que parecían aludir los romanos. Pero, sea como sea, en el mundo del espectáculo, como en tantos, es imprescindible presentar ese papelito donde se hace referencia a títulos, a dónde se obtuvieron, a experiencia profesional y a otras muchas cosas. Algo así como la historia personal de cada cual, de la que puede depender mucho. La biografía es tan importante que ha dado lugar a un subgénero propio, el biopic, lleno de ejemplos, que van desde La pasión de Juana de Arco a El hombre elefante, desde la agresiva El lobo de Wall Street a la hilarante La vida de Bryan, pasando por El Gran Gatsby, Patton, Ghandi, Malcom X, El último Emperador y muchas más.

En nuestro teatro, el currículum importa, aunque no  tanto como en otros sitios, y no, desde luego en el sentido tradicional. Dependiendo de a cuál de los lados de estrados nos coloquemos, la cosa es diferente.

Para quienes accedemos a Toguilandia por oposición –Jueces, Fiscales, Lajs, forense o funcionarios-, lo del currículum es relativo. La oposición  es libre y presidida, en principio, por una transparencia absoluta aunque de vez en cuando caigan nubarrones como ya comentamos en un estreno  no hace mucho. Nadie nos pide la más mínima referencia a nuestra historia anterior, más allá de acreditar estar en posesión del título de Derecho  –que, por quien no lo sepa, cuesta normalmente cuatro o cinco años, a pesar de las noticias de que hay quien hace nada se lo sacó en poco más de cinco minutos-. Más adelante, para concursar a destinos con lengua cooficial , hay que acreditar el conocimiento de tal lengua para adelantar unos pasitos en el escalafón, aunque este, de momento, sea un requisito aun no regulado para fiscales –sí para jueces, Lajs y funcionarios-. Y, aparte de eso, poco más hemos de aportar para los destinos de trinchera, salvo algunos casos de especialización en algunas jurisdicciones  para miembros de la judicatura – como Social, Contencioso, Mercantil, Menores- o para plazas en determinadas secciones para fiscales –como Menores o Violencia de Género-

Cuando la plaza a la que se aspira es  de algo más que trincherista, la cosa empieza a cambiar. Se ha de presentar el currículum y decidir, teóricamente, por los principios de mérito y capacidad tal como dice la Constitución, pero ahí hay mucha tela que cortar. La falta de un baremo de méritos hace que presentemos las cosas como buenamente sabemos, con el convencimiento, por desgracia, de que hay otros factores que influirán en esa decisión. No abriré ese melón de momento, aunque no descarto hacerlo algún día. Basta decir aquí que en esos currículums no reglados una se encuentra las cosas más pintorescas. Recuerdo el de un aspirante a Fiscal Jefe que incluía entre su méritos el haber sido pregonero de las fiestas de su pueblo, algo que me parece estupendo  y despierta mis simpatías –a folklórica no me gana nadie- pero que no aporta mucho a sus cualidades para el desempeño de la jefatura. Por cierto, el pueblo en cuestión ni siquiera pertenecía a la provincia ni la Comunidad Autónoma a la que aspiraba, cosas de la vida. y juro que me quedo con la duda de si incluir el cursillo de natación que hice de niña, la catequesis de la Primera Comunión o un lacito verde por buen comportamiento que me dieron en el parvulario.

Si hablamos de otros lados de estrados, la cosa puede cambiar. No cabe ninguna duda que para entrar en un  despacho de abogados de los de campanillas o en una empresa importante es preciso tener un currículum lo más abultado posible. Con conocimiento de idomas que, a ser posible, vaya más allá de pedir un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Y por supuesto con cursos, cursitos y cursillos y cómo no, con uno varios másters de postín. Que ya sabemos que el plan Bolonia ha traído consigo, entre otras cosas, una remasterización en toda regla. En sentido literal.

Y ahí la cosa empieza a ponerse resbaladiza. Podemos salir del ámbito de Toguilandia y encontrarnos con las cosas que nos encontramos últimamente. Aunque, a decir verdad, no se trata de salir de Toguilandia sino de acceder por otra puerta de entrada, la que usan quienes no llevan togas ni puñetas e interpretan otros papeles en nuestro teatro. Sin ánimo de hacer spoiler jurídico -o lo que es lo mismo, respetando los asuntos que están subiudice-, no deja de ser penoso que el modo de obtener determinadas titulaciones de las que se hace gala sea, cuanto menos, poco ortodoxo. Que visto lo visto, no descarto levantarme de la cama cualquier día y encontrarme que, sin saberlo ni ir ni siquiera a clase, me ha sacado un flamante máster en física cuántica o en técnica de macramé grado avanzado. Nuca se sabe, aunque, por si acaso, si algo así me ocurre, me abstendré de incluirlo en mi currículum ni de colgarlo en las paredes de mi despacho.

Lo que realmente me apena es pensar cómo se deben sentir las personas que, con un enorme esfuerzo en tiempo y en dinero, se encuentran con que otros logran lo mismo sin ese esfuerzo. Y no solo eso, sino que esas cosas devalúan los títulos y a las entidades que los expiden . Lo que se viene conociendo comúnmente por pagar justos por pecadores.

Por eso hoy, sin duda, el aplauso irá a dedicado a quienes invierten su tiempo en formarse y no solo en presumir de haberse formado. Que, aunque pueda parecerlo, no es lo mismo.

Twiteroteca:  Twitter University


 

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Hay un dicho según el cual todo el mundo tiene dentro un seleccionador nacional. Yo añadiría un jurista y un profesional de la medicina, que de estas cosas parece que todo el mundo sabe. Y, por descontado, el mundo del espectáculo no es ajeno. Cualquiera que vea una película o serie puede hacer de crítico twitero y ensalzarla o destrozarla a su antojo. No son Todos los hombres del presidente, pero sí Todas las gentes de twitter. Que no en balde ese presidente americano que parece que lleve acostado un gato en la cabeza –bloqueándole las neuronas, por cierto- utiliza twitter a modo de BOE.

Y es que no falla. Cada vez que hay un asunto judicial polémico, la red social del pajarito ve inundado su cielo de bandadas de “catedráticos” que en un nanosegundo tienen la capacidad de analizar los hechos, estudiar el expediente, hacer la calificación jurídica y poner la sentencia en solo 280 caracteres -y eso si no le da por tejer un hilo que ni Ariadna y su laberinto- sin haber pisado una facultad ni abierto un Código en su vida. Sentando cátedra, tal cual.

Yo, la verdad es que debo ser muy torpe. Porque, pese a haberme pasado más de media vida estudiando y otro tanto trabajando en esto, carezco de esa capacidad de adivinación. Y eso que he pedido a quien corresponda que me envíen la bola de cristal y/o la varita mágica, aunque sea a cobro revertido. Pero ni por ésas. No hay manera. Y sigo necesitando estudiarme bien las cosas para poder emitir una opinión.

Lo hemos visto en muchos casos. Con Diana Quer, con La Manada, con Juana Rivas y, por descontado, con la pléyade de asuntos de corrupción que invaden nuestro universo toguitaconil. También lo vimos con aquella supuesta violación en Málaga que luego no resultó tal pero ínterin pusieron a la juez y a la fiscal a caer de un burro. Salta la noticia, y todo el mundo parecía haber visto la grabación, leído la denuncia y escuchado las declaraciones. Y, por supuesto, conocía la legislación penal y procesal de cabo a rabo y sabía a pies juntillas lo que debía hacer el juez y el fiscal. Y al día siguiente, también sabían todo lo que se puede saber acerca de presunción de inocencia, diligencias de investigación y denuncias falsas. Y así, claro está, leímos todas las barbaridades que leímos. Como pasa siempre.

Y que no se me malinterprete. No abogo porque no se opine twitter o en cualquier otra red social o medio de comunicación, y hasta en la Hoja parroquial, si una quiere y le dejan. Yo misma lo hago, entre otros lugares, en este teatro toguitaconado, dentro de los límites correspondientes Es bueno, es sano y, lo que es más importante, es el libre ejercicio de un derecho constitucional, la libertad de expresión. Y además, hay opiniones muy sensatas y bien fundamentadas que más de uno y de una tendrían que leer con atención.

Pero cuidado con esas manifestaciones hechas demasiado a la ligera. En el fondo de unos hechos, siempre hay personas, a uno y otro lado, y el daño puede resultar irreversible. Y sobre todo, cuidado con dar pábulo a todo lo que se diga. Igual que siempre, hay que atender al sentido común, y pensar dos veces lo que se va a decir antes de abrir la boca o, en este caso, aporrear el teclado. Y, como dice el refranero, que es muy sabio, “a palabras necias, oídos sordos”.

Porque de lo contrario, ya sabéis, queridos estudiantes de Derecho y opositores varios: a olvidarse de Facultad, apuntes y Códigos, y a aprender en Twitter University. Que no en vano es el sitio con más catedráticos por metro cuadrado.

Por eso, el aplauso está hoy dedicado a quienes leen, reflexionan y piensan antes de darle a la tecla. Que las cosas en caliente, queman.

Días de asueto: ¿cerramos por vacaciones?


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Es propio del mundo del espectáculo el trabajar cuando la mayoría de la gente está de vacaciones. Ahí ni Vacaciones en familia ni Vacaciones fuera de ella, ni Vacaciones en Roma ni en ningún otro sitio. A las tablas, a los bolos y a las giras. A hacer, como se dice, el agosto. O al menos a intentarlo.

Pero ¿hay vacaciones en Toguilandia?. ¿O, como todo teatro que se precia, no echamos el cierre?. Veamos.

Agosto. Una entra en la Ciudad de la Justicia y casi no la reconoce. Diríase que una bomba nuclear ha pasado por allí y ha acabado con todo vestigio de vida togada. Y no togada, vaya. Y que solo quedamos algún que otro superviviente. Si esto fuera América, no me extrañaría nada ver la Estatua de la Libertad semienterrada y una manada de simios parlantes persiguiéndome. Pero, por suerte o por desgracia, Esto no es América y en todo caso podría esperarme ver asomando la punta del Miguelete. Pero ni eso. Aparentemente, no hay vestigio de vida judicial. Además, la puerta por donde entramos quienes aquí trabajamos está cerrada a cal y canto, nuestra cafetería está fuera de servicio y varios de los cuartos de baño están clausurados.

Y, cuando una piensa que está sola en esta mole, descubre un reducto de vida: el ascensor. O mejor dicho, el rellano donde se espera el ascensor. En singular, porque sólo funciona alguno de los varios que a pares pueblan el edificio. Y claro, los pocos seres humanos que continuamos allí, nos encontramos en el mismo sitio. Y agradecemos enormemente a la institución encargada del mantenimiento esa manera de cuidar nuestra sociabilidad. Porque, si no fuera por ellos, no haríamos amigos.

Pero el cariño con el que nos cuidan no acaba ahí, no vayamos a creernos. También están enormemente preocupados por nuestra salud. Porque ya se sabe, como dice el anuncio, quien mueve las piernas, mueve el corazón. Y por eso no nos arreglan los ascensores. Porque una vez fomentadas nuestras relaciones sociales, más de uno acaba optando por subir andando. Así que se matan dos pájaros de un tiro, hacemos ejercicio, y nos ahorramos la cuota del gimnasio, que no nos han dejado los sueldos como para dispendios.

Y todavía hay más. La preocupación por nuestra salud llega hasta el punto de haber inutilizado la puerta de acceso para el personal para que no salgamos a fumar, que les importan mucho nuestros pulmones, además de nuestro bolsillo, que algo ahorramos.

También evitan todo riesgo de constipado, gripe o enfriamiento, que nunca se sabe si acaban degenerando en neumonía. Por esa razón, el aire acondicionado tiene vida propia y hasta decide descansar cuando le viene en gana que, como dice mi madre, un resfriado en esta época del año tiene muy poca gracia. Una verdadera muestra de cuidado por el personal y prevención de riesgos laborales. Y, de paso, la posibilidad de cocinar cualquier cosa sin necesidad de hornillo en los despachos, que siempre viene bien si queremos entrenar para Masterchef toguitaconado, que se rumorea que en nada empiezan el casting

Y por si alguien creía que la preocupación se limita a nuestra salud física, nada de eso. Nuestra salud psíquica también importa, y probablemente de ahí que estén poniendo a prueba nuestra paciencia y nuestra templanza instándonos a soportar en todo momento los pitidos regulares de una alarma, que suena incansablemente, y que además debe tener las pilas del conejito de Duracell, porque no para. Método inigualable para trabajar nuestra capacidad de concentración y para un ejercicio de contención de la ira que seguro que nos va a ser muy útil. Y ojo, aunque me dicen que no la pueden quitar por seguridad, lo bien cierto es cuando suena no acude nadie. Si lo hicieran, tendríamos una legión de personal de seguridad apostada en la puerta de mi despacho. Verdad verdadera.

Pero si hay un verdadero núcleo de la vida judicial en agosto, ésa es el Juzgado de guardia. O mejor dicho, los juzgados de guardia, que ahí sí que estamos a pleno rendimiento todo el personal. Demasiado pleno, en mi opinión, que hay que ver qué mal gusto tienen los delincuentes que no se toman un descanso. Y por más que todo el mundo sepa que el mes de agosto es inhábil, ellos como Don erre que erre, a lo suyo. Que ni olas de calor ni un tsunami que hubiera les hacen desistir de Lo imposible

Y mira que lo habíamos advertido una y mis veces. Que nos quitaron los sustitutos y cada verano los echamos en falta, que nos hemos de suplir entre nosotros. Y, una guardia tras otra, al final una no sabe en qué día está. O más bien sí. En el Día de la Marmota. Pero eso sí, muy acompañada, Porque con el cierre de la puerta de acceso la de la guardia se convierte en vía obligada de entrada y salida, y aquello parece la Gran Vía de tan concurrido.

Así que nada. Si alguien se pasea por la Ciudad de la Justicia de Valencia estos días, que no se alarme, .que no ha sucedido ninguna desgracia. O, al menos, ninguna desgracia nueva. Y si quiere marcha, ya sabe, el rellano del ascensor o el Juzgado de guardia. Porque no cerramos por vacaciones, aunque haya quien crea que sí.

Y lo peor de todo es que ni siquiera para quienes están de vacaciones son vacaciones de verdad. Porque en realidad se trata, como ha señalado una compañera desde twitter, de unos días en que la asistencia al puesto de trabajo no es obligada, pero durante los cuales sigue entrando el papel –el digital y el real-, de modo que la vuelta es terrible. Que lo nuestro con el síndrome postvacacional es una verdadera pesadilla. Juro que a la vuelta las pilas de expedientes amenazan con hundir despachos y mesas. Y no es exageración. Por desgracia. Siempre me pregunto qué pasaría si a los médicos les dejaran los enfermos para cuando volvieran de vacaciones, por ejemplo. Pero esto es lo que hay mientras nadie se plantee cambiarlo.

Como los malos no descansan, los buenos tienen que trabajar. Aunque sea agosto. Por eso, mi aplauso es hoy para quienes siguen al pie del cañón. Aunque sea a punto de derretirse