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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Pesimismo: la botella medio vacía


           La negatividad es un mal común. A veces lo disfrazan de objetividad, pero los cenizos proliferan, especialmente en circunstancias como las que estamos. El pesimismo, primo hermano del “ya te lo dije”, puebla hasta los títulos de las películas más aparentemente buenrollistas; si no, que me expliquen un título como Nunca digas nunca jamás, versión fina del “se venía venir” de toda la vida. Pero, para pesimismo de pata negra, el de distopías como El planeta de los simios, El día después o Blade runner o, si de series hablamos, El cuento de la criada. Y eso por citar unas pocas, que si nos ponemos intensos no hay quien nos gane.

         Nuestro teatro no solo no escapa de ese pesimismo, sino que a veces pretende liderarlo. Y no digo que nuestra carencia de medios sempiterna, unida al eterno ninguneo, no anime a ello, pero andémonos con ojo o en nada estamos cortándonos las venas en una ceremonia colectiva, con toga y tacones. Y eso sí que no.

         Ya hablamos en otro estreno del malrollismo y de la cantidad de cenizos por metro cuadrado que encontramos. Y eso que esa función toguitaconada la estrenamos en septiembre de 2019, cuando nada hacía presagiar la que se nos venía encima. Aunque alguna premonición sí debí tener, porque lo ilustré con un rollo de papel higiénico que dibujé yo misma. Quién me iba a decir a mí que en unos meses se convertirían en artículos de lujo, casi al borde del estraperlo.

         Así que, si entonces habían malrollistas, ahora han proliferado como hongos, ayudados por el ritmo de propagación del maldito bicho, al que se agarran como rémoras. Así, aquello que describía entonces como el yomasismo, esto es, que lo que te pase a ti no es nada si lo comparamos con lo mío, coloniza Toguilandia y el mundo entero. Y aquí pasa como con el cuento del lobo, que corremos el riesgo de que no nos hagan caso.

         Me explico. No es que yo quiera quitar importancia al drama de la pandemia. Nada de eso. Pero hay que reconocer que hay quienes se agarran a ella para extender su pesimismo y su afán de protagonismo. Si tu hija se contagió, la suya lo hizo con síntomas peores, y si conoces a alguien ingresado, conocerán más y serán más cercanos. Y, por supuesto, si les quedaron secuelas, las suyas serán mucho perores. Faltaría más. Como si no fuera suficientemente trágica la realidad como para adornarla.

         Otra especie que ha proliferado son un ente abstracto llamado “los expertos” cuya cita antecede, normalmente, una frase profética y apocalíptica. “Los expertos dicen que la pandemia no acabará”, “los expertos auguran graves secuelas” y cosas similares que solo con matices responden a la realidad. Pero, como reza el dicho, no dejes que la realidad te estropee un titular.

         Por supuesto, esto tiene su propia subespecie toguitaconada. Siempre hay alguien que augura que jamás nos recuperaremos del retraso acumulado por el confinamiento o que la crisis triplicará los asuntos. Olvidan el pequeño detalle de que el retraso pandémico de algunos tribunales viene de antes, de cuando pedíamos medios y nos ignoraban, y no de un bicho, por feo y contagioso que sea.

         Muchas veces recuerdo una frase de mi hija, cuando era pequeña y no quería ir a una excursión. La obligué a ir y cuando volvió, como quiera que reconoció que lo había pasado bien, se apresuró a añadir “·pero el año que viene seguro que no me lo paso bien”. Pues es síndrome del malrollismo es el que tiene más de una togada y de un togado. “Hoy los juicios han empezado a tiempo”, dice alguien, y el cenizo que responde “sí, ya verás como mañana, no”. O bien “la sentencia nos ha dado la razón” respondido con un rápido “pues ya verás la apelación”, sin saber ni siquiera si se ha recurrido, Y así, hasta el infinito y más allá, con covid o sin él. Verdad verdadera,

         En cualquier caso, siempre hay alguna anécdota que alegra las cosas, por pesimistas que se pongan. Me contaba un compañero que el otro día se encontró con lo contrario al pesimismo COVID en un detenido. Al angelito le habían trincado con las manos en la masa de una caja registradora, aunque el botín no era para echar cohetes. Ante la pregunta de sí se quedó los 100 euros que había en la caja, el tipo dijo que, si lo llega a saber ni lo intenta, que ya vendrán tiempos mejores cuando el bicho se vaya. No creo que el comerciante víctima de su acción depredatoria opine lo mismo. Así que el vaso medio lleno o medio vacío una vez más.

         Cuando me topo con cenizos, siempre me viene a la cabeza una tira de Mafalda, donde mi tocaya Susanita, mostrando un dedo vendado, decía “me he hecho un daño que no te quiero ni contar”, a lo que Mafalda respondía con un “pues no me lo cuentes, entonces” tan obvio como anticenizos.

         Así que hoy, obviamente, el aplauso es para la patrulla anticenizos, herederos de la frase de Mafalda. Esas personas que no se dejan vencer por el pesimismo. Gracias por estar ahí

Fatiga: cuando no podemos más


         El cansancio es humano. Hay situaciones que nos dejan Sin aliento, sea porque No hay salida, sea porque se es Demasiado joven para morir. Por supuesto, el cine, el teatro, la literatura y todas las artes reflejan esta faceta tan frecuente como humana. Que, por cierto, en ocasiones pasa de ser un sentimiento a cruzar los umbrales de la enfermedad. El síndrome de la fatiga crónica o fibromialgia también ha dado lugar a su propia película Unrest. Un tema difícil que algún día analizaremos con más calma. De momento, ahí lo dejamos apuntado.

En nuestro teatro el cansancio no solo existe, sino que es un enemigo al acecho, como ya vimos en otro estreno. Y también vimos la diferencia entre estar cansado y ser cansino, que parecen iguales, pero no lo son. El cansinismo también tuvo su propia función.

Pero, aunque las personas cansinas causan más de una fatiguilla, no es de esa de la que quería hablar hoy. La de hoy es una fatiga grande, con mayúsculas tan grandes como agotadora es la sensación que causa. En los tiempos que corren esta fatiga ha encontrado su sitio ideal, con una situación que parece que no se acaba nunca. La fatiga pandémica ha tomado posesión en Toguilandia como en todos los ámbitos y hay que atarse los machos para poder con ella.

No obstante, la fatiga existía antes de que el coronavirus se instalara en nuestras vidas. Ya existía a uno y otro lado de estrados, por supuesto. Por eso no puedo dejar de recordar una anécdota que me contó mi tutor cuando me ponía la toga por vez primera para ir a Sala. Contaba la historia de un acusado al que, como quiera que parecía presentar algún problema con la bipedestación -cojeaba un poco-, le preguntaron por si estaba bien. El hombre dijo que le dolía un poco la pierna al estar en pie, así que el presidente de la sala le dijo que se pusiera de un modo que estuviera más cómodo. El tipo, ni corto ni perezoso, se tumbó tan largo cual era en el banquillo de los acusados, ante la cara de estupefacción de magistrados y fiscal, y el firme de deseo de su letrada de que se la tragara la tierra, claramente reflejado en su mirada. Pero él, sin ningún empacho, soltó: “es que últimamente estoy muy fatigado”, Y tan pichi, oiga. La que creo que no se ha repuesto todavía es su pobre letrada, debutante en aquel tribunal.

Anécdotas aparte, lo de a fatiga pandémica es para tomarlo muy en serio. La verdad es que nos descompone todos los esquemas que habíamos manejado desde la infancia. Cuando era pequeña -y no tan pequeña- mi madre siempre me decía aquello de que estudiara con dedicación durante la semana, que ya disfrutaría del fin de semana como premio. Cliché que se repetía cuando, ya adulta, comencé a trabajar y cuando obtuve el carnet de madre y empecé las primeras prácticas con ms hijas. Y funcionaba, hasta que un bicho microscópico lo volvió todo el revés. De repente, el trabajo se convierte en lo único. No hay acicate ni compensación en ocio. No lo hubo durante el confinamiento, en el que seguimos trabajando en los juzgados de guardia de toda España sin que nadie dudara de nuestra esencialidad, ni lo hay después con la eterna desescalada, en la que nadie ha dudado de nuestra no esencialidad al no tenernos en cuenta en el calendario de vacunación. Pero seguimos y seguiremos.

Es, desde luego, agotador. Y, además, hay que añadir a esa sensación de fatiga permanente por la que cualquier cosa parece que cuesta el doble y hasta el triple, entre mascarillas, distancia y miedo. Un día y otro, como una versión particular de aquel Día de la marmota de Atrapados en el tiempo.

Pase lo que pase, ahí estaremos. Porque, aunque no tengamos el aliciente de poder salir luego a cenar, a tomar una copa o a dar una vuelta por el monte con un grupo de personas que supere los límites, tenemos otro tan importante o más. El servicio público. Algo que hemos interiorizado tanto que a veces olvidamos contar.

Por eso, es evidente que el aplauso de hoy es para todos y todas las trabajadoras de la justicia que, contra viento y marea, con medidas o sin ellas y con una fatiga cada vez más grande, siguen ahí al pie del cañón. Gracias.

Y gracias también a @madebycarol por prestarme, una vez más, su talento y su ilustración

Tablas: igualdad en el tablero


Ya sabemos, por series como Gambito de dama, que el ajedrez puede poner sobre el tablero la lucha por la igualdad. Pero no era algo nuevo

Hoy, comparto mi relato incluido en la antología Visibilizarte (dirigida por Esther Tauroni) inspirado en la obra de Sofonisba Anguissola de 1955 Lucía, Minerva y Europa Anguissola jugando ajedrez

Doble ataque con dama

Mi hermana Europa tenía la virtud de llamar siempre la atención, aunque ella solía decir que era más bien un defecto. No tiene ni idea de lo que supone sentirse transparente, que era exactamente como me sentía yo siempre.

No era fácil ser la hermana de todas aquellas artistas maravillosas, como la pequeña Lucía y Sofonisba, verdaderos genios de la pintura, y la propia Europa, que también pintaba de maravilla, aunque parecía más interesaba en otras cosas.

Entre tanto talento, a mí no me quedó otro remedio que dedicarme a escribir, algo mucho menos lucido que lo que hacían ellas. Porque yo, al contrario que mis hermanas, solo tenía de diosa el nombre, Minerva.

No obstante, nunca se nos ocurrió competir entre nosotras. Hemos estado siempre tan unidas como las circunstancias aconsejaban. Y las circunstancias no eran otras que un mundo de hombres y para hombres, un mundo en el que a las mujeres nos quedaban las migajas de lo que ellos dejaban.

Las Anguissola no nos dejaríamos pisotear. No en balde nuestros padres se habían molestado en proporcionarnos la mejor educación posible. Nos casaríamos si era nuestro gusto, pero solo en ese caso. Yo sabía que Europa lo haría pronto porque ella es así, y valora más otras cosas que el talento artístico, pero Sofonisba, no. Ella y sus pinceles están llamadas a grandes cosas. Y yo pienso estar ahí para contarlas.

Muchas son las cosas que hemos de agradecer a nuestros padres, sin duda. Hemos sido unas privilegiadas por poder tener formación y cultura y por poder dedicarnos a ello, y debemos agradecérselo a diario. Pero también nos dieron otros tesoros como esta afición al ajedrez que compartimos y que hace que pasemos tardes deliciosas compitiendo entre nosotras.

La del cuadro fue una de aquellas tardes maravillosas. Lo fue tanto que mi hermana mayor quiso inmortalizarla, aunque el pretendiente de Europa se negó a salir en el retrato, como Sofonisba le insinuó. Aquel tipo arrogante y vanidoso quiso venir a darnos una lección, y acabó siendo él quien la recibió. Aunque he de confesar que Lucía y yo planeamos reírnos de él desde el principio, porque no nos gustaba nada para nuestra hermana, y temíamos que sucumbiera a sus encantos y zalamerías.

Cuando vino a visitarnos, preparamos con mucho cuidado la escena. Como él presumía de ser un gran jugador, dejamos en un sitio estratégico nuestro querido tablero de ajedrez, de ébano y marfil, de modo que llamara la atención del hombre sin que él se diera cuenta.

Mordió el anzuelo, y apenas llevaba una hora en nuestra casa cuando nos propuso echar unas partidas. Lucía, Sofonisba y yo fingimos que nos hacíamos de rogar, mientras Europa asentía emocionada. Todo salía según el guion que habíamos previsto.

El pobre incauto creía que nos iba a impresionar

-Señoras les dejaré ventaja -decía- Jugaremos varias partidas entre nosotros y quien gane será el campeón

-O la campeona ¿no?

Lucía me guiñó un ojo al contestarle. Aunque todavía era una niña, manejaba las piezas del tablero con una maestría e inteligencia que era difícil de creer a su corta edad. Pero es que mi pequeña hermana lo hacía todo bien.

Por supuesto, no permitimos que nos dejara ventaja alguna. Aun así, el pretendiente fue abatido una vez y otra en cada una de las partidas. Su amada Europa estuvo a punto de dejarse ganar, pero al final le pudo el orgullo, que él mismo incentivó con su torpeza

-Para ser mujer, juegas muy bien

Esa frase fue su codena a muerte en la partida. Mi hermana hizo una jugada maestra, aunque muy arriesgada, el doble ataque con dama, y con ella escribió la suerte de su contrincante.

El pretendiente se fue de nuestra casa para no volver jamás, pero ni Europa ni nosotras le echamos de menos. Era un pésimo jugador de ajedrez. Pero ese no era su peor defecto. Lo peor que pudo hacer es despreciar la inteligencia de las mujeres.

Más erratas: entre Diego y digo


         Ya lo hemos visto otras veces. Los errores no solo existen, sino que más de una vez dan lugar a equívocos graciosos. O peligrosos, según los casos. El cielo se equivocó, como muestra de lo primero y Error médico, de los segundos, son dos buenos ejemplos. También lo serían los errores científicos que convierten a Dr. Jekyll en Mr Hyde, al Increíble Hulk en La masa o al Frankenstein de El jovencito Frankenstein en el monstruito que conocemos.

En nuestro teatro, también cometemos errores, sin duda. Pero más que de los nuestros, el estreno de hoy tratará sobre los que se cometen sobre asuntos de nuestra incumbencia. Erratas de las que ya hablamos, pero de las que algunas quedaron en el tintero y otras acaban de aparecer y no podían ser silenciadas.

El primero y más reciente error de este tipo, nos afecta a los fiscalitos y fiscalitas especialmente. Se trata de un error de bulto de nuestro escalafón recién publicado, acompañado, además, de otros errores de menos bulto que, al lado de este, son pecata minuta. Como hizo ver mi compañero Javier Montero nada más publicarse, hay fiscales con una antigüedad de 4070 años. Un verdadero récord teniendo en cuenta, además, lo bien que se conservan, que ni siquiera están en situación de jubilación. De ser cierto, estarían al día del Código Hammurabi, lo cual es una suerte. Y en la carrera fiscal sin explotar este fenómeno. Ahora entiendo aquello del chiste de que nos llaman Los inmortales.

Otro error tan reciente como llamativo es el que ilustra este estreno, también publicado en el BOE . Se trata, nada más y nada menos, que la aplicación al pie de la letra del dicho de todos conocido: donde digo digo, digo Diego. Exactamente lo que establecía la corrección de errores cuya imagen vemos. Una verdadera joya, comparable a la famosa errata de la publicación de la Ley orgánica del Poder Judicial, en que el inoportuno baile de una J donde debía haber una P dio lugar a más de un chascarrillo.

Pero no son los únicos. De la cuenta de Twitter de @imorel72, al que agradezco su cesión, saco estupendos ejemplos que me alegran el día cada vez que los leo. Un escrito de “prueba diabólica”, sin ir más lejos. Lástima que no citaran a Lucifer para ratificarlo. O quizás sí.

También es reciente la publicación en un diario de un hecho jurídico insólito. La primera sentencia que admite a trámite una demanda, nada más y nada menos, O lo que es lo mismo, el mundo al revés: las sentencias empiezan en lugar de terminar el proceso.

Más lejanas en el tiempo, pero igualmente hilarantes, son esas noticias que hemos leído más de una vez, que dicen lindezas como que “la autopsia demostró que el cadáver estaba muerto” o que “murió antes de hacerle la autopsia”. Y menos mal, porque si no pobre forense, menudo susto, capaz de hacer que el autopsiado acabe siendo él, pero de un infarto. O de un simposium, como me dijo una vez una testigo

Pero es que hay muertos muy peligrosos. Si el Cid ganó batallas después de muerto, no fue el único. Leo en un titular impagable que “25 muertos causaron tornados en Tennessee”. Claro que Tennessee no es Cuenca, y así cualquier cosa es posible, y aunque no tengan Casas colgadas tienen muertos con vida propia.

A veces el error no es otro que repetir lo obvio, como un titular que hablaba de las huellas digitales de los dedos de las manos, o la referencia a la nieve blanca o la lluvia húmeda, como si pudieran ser de otra manera. En realidad, se trata de pleonasmos, como el tan utilizado de “valorar positivamente”, como si valorar, que es dar valor, se pudiera hacer de otro modo. No obstante, parece que la RAE está por la labor, y leo que subir arriba y bajar abajo han sido admitidas como propias del habla coloquial. Que, justamente, no es la que se habla en coloquios. Paradojas de la lengua.

Y hasta aquí la función de hoy. El aplauso se lo doy, sin duda, a esas fiscales que a los 4070 años de antigüedad están como una rosa, y al famoso Diego. Como decían en las cartas de antaño, que Dios les guarde muchos años.

Poso: lo que quedará


         Es difícil adivinar el futuro. Lo hacía, con bastantes efectos secundarios, el adivinador de Big, la de Ghost y La vidente que sea, en multitud de películas y series. Incluso el título de algunas obras incluye la adivinanza, Adivina quién viene esta noche, Adivina quién soy o, por qué no, Dime quién soy. Pero ahora la adivinación se nos quedó corta. Hasta la ciencia ficción que pudiera augurar esta pandemia hubiera resultado increíble, de hecho, ver de nuevo películas como Contagio o Estallido pone los pelos de punta Pero aquí está. Y ahora empieza el tiempo de saber lo que se quedó para siempre, mientras pasa Lo que queda del día.

En nuestro teatro los efectos de la pandemia se han dejado sentir, y mucho. Por un lado, han dejado nuestras vergüenzas de pobreza de medios al descubierto, y, por otra, nos hemos tenido que acoplar a nuevas cosas, que a la fuerza ahorcan. Algunas pasarán y otras quedarán para siempre. Y de eso precisamente es de lo que tratará esta función, del poso que permanecerá en la taza cuando nos hayamos bebido este café tan amargo y tan largo.

Lo primero que ha entrado en crisis es esa manía tan nuestra del presencialismo. A pesar de estar en pleno siglo XXI, con unos avances tecnológicos que nos permiten –a las pruebas me remito- no salir de casa, en Justicia seguíamos con una legislación y unos procesos donde los traslados físicos de los expedientes, con sus cuños y sus sellos, eran lo normal. Y donde todavía funcionan como el colmo de la modernidad el correo con acuse de recibo con sus papelitos rosas, el fax –sí, sí, es tecnología punta- y hasta el telegrama, que mucha gente joven no sabe ni qué es. Y, por supuesto, la necesidad de que todas las partes estén presentes en una comparecencia de trámite para lo cual es posible que tengan que recorrerse muchos kilómetros, tanto el ministerio fiscal, que puede tener su sede lejos, como, por supuesto, letrados y letradas, y procuradores.

Tuvo que llegar una pandemia para convencer a quien haya que convencer que otro modo de actuar es posible. Lo primero, algo obvio. Que tener al procurador o a la procuradora como un pasmarote durante todo el juicio no sirve de nada. Su función es otra, que hará antes o después. Y no hacía falta una pandemia mundial para hacerlo ver.

También hemos descubierto las bondades del teletrabajo Cuando antes parecía una irresponsabilidad quedarse en casa, aunque fuera con todos nuestros expedientes a cuestas, ahora la irresponsabilidad es acudir adonde no sea estrictamente necesario. Si somos inteligentes, el teletrabajo quedará, siempre para lo que sea necesario y sin pasarse de frenada. Pero ojo con no confundir, como dije en su día, teletrabajar con llevarse el trabajo a casa. Eso ya lo veníamos haciendo, con nuestra maletita y nuestro troller . Ahora se trata de dar un paso más y que los expedientes lleguen telepáticamente, sin cargar con ellos. Aún queda un poco, sin duda. Y el primero que habrá que resetearse será el autocorrector , que sigue empeñado en confundir lo telemático con lo telepático. Aunque un poco de eso siempre haya.

Otras de las cosas que quedarán serán, sin duda, la celebración de vistas y comparecencias por videoconferencia o similar. Después de mucho pedirlo, un virus ha hecho más que muchas reivindicaciones, y no se han abierto los infiernos por hacer una comparecencia de prisión, o de orden de protección a través de las pantallas, Y hasta juicios, si nos ponemos, aunque todavía tenemos que avanzar en medios y mentalidad. Confieso que hemos celebrado declaraciones hasta por videollamada de WhatsApp si se ha terciado y nadie se ha opuesto. Ahora bien, no nos vayamos al otro extremo. Hay cosas que son difíciles de apreciar sin presencialidad, y no se puede medir todo por el mismo rasero. Las declaraciones de víctimas, sin ir más lejos, pierden mucho con pantallas de por medio, y más cuando van aderezadas por interrupciones porque no se oye bien o se corta la emisión. Seguro que el sentido común, por poco común que sea, nos dice cuándo es preciso estar en persona.

También imagino que, con la costumbre, dejaremos de vivir esas covinécdotas que tanto nos hicieron reír en medio de la tragedia. Esas imágenes de hijos e hijas o hasta de mascotas, interrumpiendo en mitad de una comparecencia, o lo traicionera que resulta la pantalla o el micro cuando se deja abierta a destiempo eran fruto de la novedad, y acabarán desapareciendo. Con lo bien que viene una buena anécdota de vez en cuando

Sin embargo, algo que estoy segura que perderemos y lamento son los cursos presenciales. Una vez abierto el melón de los cursos on line, infinitamente más baratos al no tener que pagar desplazamientos, es difícil que volvamos a vivir esos cursos donde se aprendía casi más en los cafés y pasillos que escuchando las ponencias. Una pena. Ojalá vuelvan, aunque no sea en todo su esplendor.

Lo que espero que se marche para siempre es la mascarilla. Por más que pase el tiempo, no me hago a la dificultad de respirar, a la pérdida de expresividad y matices al no ver parte de la cara y a los sarpullidos de mi piel por el contacto de esa pieza tan odiosa como necesaria. Tal vez los dermatólogos hayan visto incrementado su trabajo, pero lo han perdido los fabricantes de pintalabios. Sé que aun falta, pero no veo el momento de hacer una hoguera con ellas. Tal vez pueda remedar las fallas que no pudimos celebrar. Crucemos dedos para que sea pronto.

Y hasta aquí, la función de hoy. El aplauso, sin duda, es para quienes siguen tragando ese café tan amargo, y con especial cariño para quienes han tenido que dar los peores tragos de enfermedad y pérdida. Que se acabe de una vez

Meditadora: ommmm…


Hoy nuestro escenario llega con un estreno especial: un canto a la esperanza por todo lo que ha sido y no fue por culpa de la pandemia…pero volverá a ser

Esta historia de un monumento fallero podría servir como metáfora de otras muchas historias

LA MEDITADORA

-¿Sabes? Estoy un poco harta

– Harta de andar para acá y para allá. Esto no se parece en nada a lo que me dijeron

– ¿A qué te refieres?

– Pues, eso. Seguro que a ti te dijeron lo mismo. Que estarías unos días en la calle, todo el mundo te admiraría y luego, zas, a la hoguera, y de ahí al limbo de los ninots de cartón piedra. Ese sitio donde van a parar todos nuestros compañeros. Ahí deben estar pasándolo bomba mientras aquí seguimos

– Es que lo nuestro es la Plantà más larga de la historia, sin duda. Pero tómatelo con calma. Poniéndote así no ganas nada

– ¿Con calma, dices? ¿Con calma? Estoy hasta las narices de que todo el mundo pretenda que me tome las cosas con calma, diciendo ommmm… y respirando hondo. Si ni siquiera me dejan tomar aire, con esta mascarilla que me colocaron en cuanto me plantaron en la Plaza del Ayuntamiento

– Hija mía, si la gente te conociera no te volvían a llamar “la meditadora”. Más bien te llamarían “la renegona”

Muchos más ninots asintieron, sumándose a lo que decía el Payaso, el único que se atrevía a discutir con la Meditadora. Desde que los trasladaron de sus respectivos emplazamientos en sus fallas, andaban yendo de Herodes a Pilatos sin que nadie les dijera muy bien qué sería de ellos. Su teórica vida efímera se había convertido en una tediosa espera en la que no tenían fecha de partida.

Hubo un momento en que se hicieron ilusiones. Corrió el rumor entre los muñecos almacenados de que en el verano los sacarían a la calle para quemarlos, luego les dijeron que en el otoño, para el 9 de octubre. Ahora, sin embargo, el siempre bien enterado Payaso les había dicho que escuchó entre los trabajadores del almacén que este año tampoco habría Fallas. Y estaba cundiendo el desánimo, especialmente en Meditadora, que siempre llevaba la voz cantante y de cuyo estado de ánimo dependía el de los demás.

Ahora, sin embargo, se estaba extendiendo un rumor nuevo. Decían que Meditadora sería quemada en una ocasión especial

-Lo han dicho bien claro. Que quemarán a Meditadora cuando se haya superado la pandemia

-Qué suerte tiene…

-Ojo, no vaya a ser una fake news de esas

-De eso nada -Payaso se había ofendido- Ya sabéis que yo siempre estoy bien informado.

Hacía unos días de eso, y todos los ninots permanecen incólumes, Mediatora incluida. Pero ahora todo es distinto. A ellos no les han vacunado, pero les han inoculado algo casi más valioso: la esperanza. Eso sí, mientras tanto, Meditadora no se ha atrevido a quitarse su mascarilla. Por si las moscas.

101 valencianas: el espejo mágico


                Hay momentos mágicos en la vida. Y momentos que se reflejan en espejos mágicos, que no siempre son como el de la madrastra de Blancanieves. Mi espejo esta vez es el que refleja a las mujeres de mi nuevo libro, 101 valencianas frente a mi espejo. Porque a mi Gran familia de libros se une una criatura nueva. La familia y uno más.

                Desde nuestro teatro hemos visto como mi familia de papel y tinta crecía, desde la primera criatura, Mar de lija, hasta la última hasta el momento, Caratrista, pasando por Remos de plomo, Descontando hasta cinco, No me obligues y Balanza de género. Ya tengo el carnet de familia numerosa, incluso de primera clase. Me veo en poco tiempo emulando a aquellas que salían en el NO-DO, de más de 15 hermanitos. Por mí que no sea.

                Son tiempos difíciles, sin duda. Y en estos tiempos tan difíciles presentar un libro tiene doble valor. Al esfuerzo que supone escribir, se suma el esfuerzo que hace a editorial y quien apoya y patrocina el libro. La editorial es Vinatea, una editorial solidaria cuyas ganancias se destinan a acciones humanitarias. Mi anfitrión, y el de mis 101 paisanas, el querido ICAV, el colegio de abogados al que pertenecieron mi abuelo y mi padre, encabezado, además por su primera Decana, Auxiliadora Borja.

                Precisamente Auxiliadora es uno de los personajes de la obra, como lo son también Teresa Gisbert, primera fiscal superior de la comunidad valenciana, y Pilar de la Oliva, la primera presidenta de nuestro TSJ, y la única en España durante varios años y las tres han sido madrinas y coautoras de un prólogo muy especial, que huele a Derecho e igualdad. Un leit motiv perfecto que se enmarca en el año del centenario de Ascensión Chirivella, la primera abogada de España colegiada en Valencia, y que no podía faltar entre las protagonistas del libro.

                En ese entorno, con esa anfitriona y esas madrinas, la cosa no podía sino salir más que bien, a pesar de los pesares. Porque las protagonistas son tan fantásticas que no hay pandemia, ni restricciones que pudieran con ellas. No Había mejor manera que presentar el día de la mujer de este atípico 2021 que esta, y cumplió con todas las expectativas. Mías y estoy segura que de todas y todos los presentes. Lo único que siento es no haber podido invitar, por obvias razones de aforo, a muchas más de las mujeres que forman parte del libro, o a sus descendientes. Pero nos resarciremos. En cuando las circunstancias nos lo permitan, haremos un bis, como todas las buenas representaciones.

                Pero ¿qué es 101 valencianas frente a mi espejo? Pues, ni más ni menos que un homenaje a todas esas mujeres que, vinculadas con mi tierra, contribuyeron a cambiar el mundo. Desde sus casas, desde un convento, en la política, en los tribunales, en un museo o en un laboratorio. Pero no se trata de un libro de biografías, sino de un libro de relatos, o tal vez de cuentos. Se trata de escoger algo que pasó, o que podía haber pasado, a cada una de esas mujeres para visibilizarlas a ellas, a sus gestas, o a ambas. Porque algunas son conocidas, pero otras totalmente anónimas. Y merece la pena conocerlas.

                Mujeres de todas las épocas, de todas las clases sociales, de todas las procedencias y de todos los oficios, desfilan por sus páginas. Desde la Venus de Valltorta, protagonista de una pintura rupestre, hasta mujeres actuales como las que se sentaban en la mesa, más de un centenar de pioneras esperan ser descubiertas,

                101 valencianas frente a mi espejo es un libro que pretende crear dependencia y síndrome de abstinencia a la vez. Pretende enganchar por la potencia de sus protagonistas y que entren ganas de saber más. Y que no haya atenuante que aminore la necesidad de saber. Si lo consigue, al menos un poquito, objetivo logrado.

                Soy muy afortunada de poder vivir estos momentos, de poder meterme en la piel de todas estas pioneras, y de poderlo compartir con tanta gente, en personas o a través de las pantallas. Y a todas esas personas os dedico hoy el aplauso. Mil gracias por estar ahí

                Y, para quien quiera saber dónde encontrar el libro, además de en librerías, en este enlace de la editorial lo encontraréis seguro. Espero que nos veamos pronto para poder dedicarlo.

Individualización pena: echando cuentas


                A primera vista, parece que las matemáticas están siempre reñidas con las humanidades, y con el arte. Aunque muchos matemáticos son excelentes músicos, ignoro porque extraña relación incomprensible para mi mentalidad de letras. Para mí, todo puede ser, hasta que uno más uno son siete, como cantaba Fran Perea en Los Serrano. Pero cuando el arte se encuentra historias tan fantásticas como las de Una mente maravillosa, La teoría del todo o las calculadoras humanas de Figuras ocultas, la unión entre ambas cosas está servida. Y en bandeja de oro.

                En nuestro teatro, más de una vez habríamos necesitado de esas calculadoras humanas para hacer cuentas, sobre todo antes de la llegada –siempre después que en todas partes- de los ordenadores. Y seguro que de las calculadoras que, aunque ahora pueda asombrar a muchas generaciones, hubo un momento en que no existían. Todavía recuerdo el cambalache con el que convenció el padre de una de mis mejores amigas del colegio –y que lo sigue siendo- a su hija para que no insistiera en pedirle que le dejara ir a un viaje. Le compraría una calculadora. Ella accedió, claro. No tenía muchas opciones, conociendo a su padre: o se quedaba en casa de buena gana y con calculadora, o de mala gana y las manos vacías. Eso sí, fue la envidia de la clase durante mucho tiempo.

                Atrás quedaron aquellos tiempos, pero las cuentas en la administración de Justicia siguen haciéndose. Y no bastan los ordenadores para ello. Las personas todavía no somos sustituibles. Y hay dos campos donde especialmente hace falta hacer cuentas, aunque sea la cuenta de la vieja: las liquidaciones y refundiciones de condena, y la individualización de la pena a la hora de determinar cuál es la aplicable en cada caso.

                En cuanto a las liquidaciones, todavía recuerdo mis primeros tiempos, en que teníamos que comprobar con papel y lápiz si se habían liquidado todas las condenas, fueran de la naturaleza que fueran, si estaba bien transcrito y, especialmente, si se habían hecho bien los abonos de preventiva. Además, con la legislación penal anterior había unas redenciones que eran tan misteriosas como la Santísima Trinidad para mí. Hablaban de redenciones ordinarias y extraordinarias, y de aquella institución hoy extinta, por fortuna, la redención de penas por el trabajo. Recuerdo que decían que cosas como donar sangre y asistir a un concierto redimían pena, pero no había modo de comprobarlo.

                De aquellos tiempos, es, por cierto, la leyenda urbana que sigue diciendo que los presos salen antes de prisión por buen comportamiento, cosa que a día de hoy es absolutamente incierta. Las penas se cumplen en sus términos y no el buen comportamiento, sino el malo, pueden hacer que se deje de cumplir en el régimen que por las circunstancias corresponda, progresivo conforme se va agotando el tiempo. Así que mito fuera: portarse como un angelito no hace que dejes de pagar por cuando te comportaste como un demonio, aunque pueda mejorarte el modo de pasarlo.

                El otro ámbito importante donde echar cuentas es fundamental es el de la individualización de la pena. Me acordaba de ello y decidí dedicarle un estreno cuando escuché el otro día una ponencia de mi querido amigo y compañero Javier Montero. Su lucidez para hacer fácil lo que en mis tiempos de facultad parecía imposible me trasladó a aquellos tiempos, y me hizo pensar en que ojala lo hubiera conocido antes.

                Por si alguien no lo sabe, el Código Penal no es una máquina de precisión donde introduces delito cometido y circunstancias personales de su autor y sale la pena a aplicar con años, días y horas. Para nada. Hay que hacer un ejercicio de abstracción donde se empieza por la pena aplicable en abstracto, que siempre es un tramo – de tantos a tantos años, por ejemplo- y a partir de ahí subirla o bajarla conforme sea el grado de ejecución, de participación, y las circunstancias modificativas, específicas o concretas.

                En cuanto al grado de ejecución, los delitos pueden ser intentados o consumados, y es obvio que no es justo que se castigue igual a quien mató a alguien que a quien no consiguió ese objetivo, por más que por su culpabilidad –él quería matar- pueda parecer que lo merezca. Tampoco es igual si se es autor, directo o intelectual, que si se es una mero partícipe, como el cómplice. Ni puede castigarse igual a quien tiene una causa que le hace un poco más perdonable el hecho, como el miedo insuperable. La legítima defensa, o el estado de necesidad o cualquier otra atenuante que quien, además, es reincidente o actúa con abuso de superioridad. A l que hay que sumar, antes, si se da alguna circunstancia agravante que haga más grave el delito para esa persona determinada, como el docente que abusa respecto de su alumno o el que trafica con drogas con menores o en un establecimiento público.

 Todos estos son los mimbres con los que hay que ir haciendo la cesta de la individualización de la pena, subiendo o bajando escalones en función de todos estos parámetros. Pero, al final, hay que rematar la cesta con eso que se llama arbitrio judicial, que no es otra cosa que la concreción de la pena para ese hecho y esa persona dentro del tramo final que quedó tras todos esos cálculos.

El sistema de nuestro Código actual hacer referencia a las penas superiores o inferiores en grado, y al grado mínimo o máximo, lo que a veces lleva a confusión. El anterior tenía un sistema más rígido para el reo pero tal vez más fácil para el aplicador del derecho. Las penas tenían sus propios nombres para cada tramo de pena –arresto mayor, prisión menor, prisión mayor- y se dividían siempre en tres tramos. De ahí viene el famosos “y 1 día” que no es un capricho de los juristas, sino que es día de más o de menos era una exigencia para que se tratara de una pena u otra.

Y hasta aquí, este pequeño repaso de la determinación de la pena. El aplauso se lo daré a quien la utiliza cada día con paciencia y acierto y especialmente a Javier por inspirarme este post. Gracias

#HistoriasDePioneras: Humo morado


-(Imagen @madebycarol )
  • Vamos, Elizabeth, hemos tenido suerte
  • ¿Vamos? ¿Adónde?
  • A la fábrica, hija, dónde va a ser. La hija de mi amiga Rose acaba de tener a su hijo y ha dicho que puedes sustituirla en su puesto hasta que se recupere
  • Pero madre, yo no quiero ir a la fábrica. Quiero seguir yendo a la escuela
  • Calla, hija, no sabes la suerte que hemos tenido. Que durante unos días entre un sueldo más en casa, con la falta que nos hace. Solo serán cuatro o cinco días, lo justo para que pueda moverse. Igual, si las cosas se complican, son un par de días más
  • Pero madre, yo solo tengo trece años
  • Shhh. Ni se te ocurra decirlo. Para todo el mundo tienes catorce. ¿Está claro?
  • Sí, madre

A regañadientes, la pequeña Elizabeth fue con su madre a su lugar de trabajo. Era una fábrica de camisas de mujer. La niña vio asombrada como en apenas unos metros se hacinaban un montón de personas, la mayoría mujeres. No era la única niña, aunque tenía la sensación de que era la única que no se resignaba a su suerte. Las demás parecían estar adaptadas, e incluso encantadas de su destino. Eso, al menos, le dijo Mary, una amiga del mismo barrio a la que no veía desde que meses antes, abandonara la escuela. La situaron en una máquina de coser pegada a la de ella, junto a la ventana. A sus pies, desde varios pisos de altura, la Nueva York de principios del siglo XX se desperezaba ajena a sus cuitas.

Elizabeth y su compañera cosían en su mesa cuando la voz de su madre se escuchó por encima del sonido de las máquinas

-¡¡¡¡¡Fuego, fuego!!!!!!. ¡Elizabeth, corre a la puerta’. ¡Ven’

Fueron las últimas palabras que se escucharon antes de que el fuego se propagara en la factoría. No había salida. El dueño había cerrado todas las puertas, según se dijo, para evitar robos, aunque corría el rumor de que querían castigar a aquellas mujeres que, días antes, se habían atrevido a hacer una huelga para reclamar mejores condiciones laborales.

Al día siguiente, los cadáveres calcinados de Elizabeth y su madre se encontraban entre las 123 mujeres muertas en aquella fábrica

Durante el incendio, las calles de Nueva York se llenaron con el humo de color morado que salía de la fábrica de camisas, porque ese era el color de las prendas que confeccionaban.

Cada 8 de marzo, mi madre me contaba esta historia mientras me colocaba un pañuelo morado al cuello. Me decía que era el color de las mujeres, por aquel humo morado que salió de la fábrica de camisas de Nueva York.

Hoy soy yo quien le cuenta la misma historia a mi hija, que se marcha orgullosa al colegio con un pañuelo morado al cuello. Cuando la dejo en la puerta del colegio, camino de la empresa textil que dirijo, se despide de mí tocándose el pañuelo

-Por Elizabeth, mamá

-Por todas las Elizabeths del mundo. Porque sin ellas, no estaríamos aquí

Día de la mujer: por todas


Por este día de la mujer, tan distinto en la forma pero tan igual en el fondo, quiero haceros un regalo, un relato al que le tengo especial cariño, incluido en mi antología Mar de Lija Por todas las niñas y las mujeres del mundo

LA NIÑA QUE NO SABÍA HACER PASTELES

Relato ganador del 3er premio certamen de narrativa El Vedat 2015

-No olvides poner mucho azúcar. Y no pasarte con las almendras

-Lo sé, lo sé, tranquila. Lo tengo todo controlado

            Mentía. No tenía controlado nada. Pero nada de nada. La voz de mi abuela, desde la otra punta de la casa, me apremiaba para que terminara aquella tarta. No sé en qué maldito momento se me ocurrió seguirle la corriente y decirle que la haría, ni mucho menos afirmar que sabía cómo se hacía. La cocina nunca había sido mi fuerte, y la repostería mucho menos. La verdad es que jamás me interesó demasiado, a pesar de esa obsesión casi enfermiza de mi querida abuela por los pasteles, que nunca comprendí del todo. O quizás por causa de ella.

            El caso es que ya era una mujer mayor y, aunque en general gozaba de buena salud de cuerpo y mente, andaba cargada de manías y achaques, y no quería disgustarla. Por eso me ofrecí a elaborar la dichosa tarta. Y maldita la hora en que lo hice, porque ahora el tiempo me apremiaba, tenía miles de cosas que hacer, y aquel dulce estaba empecinado en sacarme de quicio. Y lo estaba logrando.

            Al final, pude con ello. O casi. El bizcocho se había tostado en exceso, y no había subido demasiado. Pero estaba aceptable. Y pensaba que se la podría colar a mi abuela, que ya no tenía la vista de antaño.

            Craso error. Engañé a sus ojos, pero para su paladar exquisito no había pasado el tiempo, y mi tarta no había superado la prueba.

            La miré de hito en hito, esperando que me cayera una colleja como cuando era una niña. Pero en lugar de rezongar y reprenderme, se echó a llorar. Era un llanto suave, silencioso, como si se le estuviera escapando el alma por los ojos. Y, sin comprender muy bien lo qué pasaba, me eché a llorar yo también, porque en esas lágrimas parecía estar licuado el corazón de mi abuela.

            Me dijo que la tarta era para su hermana, aunque yo ignoraba hasta entonces que hubiera tenido una hermana, y que era necesario que la tuviera lista a tiempo. Yo sospechaba que la edad estaba empezando a pasar factura a su anciano cerebro, pero pronto me di cuenta que no era así Y, de repente, mi abuela me transportó en un viaje en el tiempo a un pueblo del interior, más de medio siglo atrás.

            Mi abuela, en efecto, tuvo una hermana. Apenas era dos años menor que ella, y estaban muy unidas. Juntas, se dedicaban a soñar con un mundo distinto, un mundo donde ellas y su madre harían lo que quisieran, y no lo que mandara su padre, un mundo donde las cosas buenas no fueran siempre para sus hermanos y los despojos para ellas. Anhelaban un futuro donde no hubiera que levantarse a las cinco de la mañana para encender el horno y preparar las masas de la panadería, el pequeño negocio familiar que les daba de comer, y que a ellas las tenía encadenadas como una bola de preso desde que eran unas niñas. Odiaban la harina, la levadura y aquel olor a leña que se les quedaba siempre impregnado en la ropa y en el alma. Pero cuando veían sus brazos, llenos de las cicatrices con que el fuego del horno los tatuaba cada vez que se despistaban, la realidad imponía su dictadura, recordándoles que no había otro futuro que el pan y los pasteles día tras día, sin domingos ni festivos.

            Llegado el momento, su padre las obligaba a dejar el colegio, apenas hubieran aprendido lo suficiente para que no les timaran con el cambio al despachar el pan, para dedicarse a tiempo completo al negocio familiar. A mi abuela le tocó primero, y aunque protestó, no hubo nada que hacer. Cuando llegó el turno a su hermana, se rebeló. Lloró y pataleó, porque le gustaba el colegio y era una alumna excepcional, pero ni siquiera la intercesión de la maestra pudo doblegar la inquebrantable voluntad del padre. Las chicas debían quedarse ayudando a la madre en el negocio, y de ninguna manera aquella solterona amargada iba a conseguir que eso no fuera así. Y asunto zanjado.

            Su madre no sirvió de gran ayuda. Era una mujer ajada y taciturna que no hacía otra cosa que trabajar como una mula y obedecer lo que dijera su marido, sin siquiera cuestionarlo. Su voluntad había desaparecido muchos años antes, y cuando sus hijas trataban de preguntarle, sólo respondía que ya era bastante afortunada por no estar siempre llena de cardenales, como su prima Dorita, que andaba siempre con marcas en el cuerpo y la cara de las palizas que le atizaba su esposo.

            Mi abuela quería huir de aquello a toda costa, pero no sabía cómo lograrlo. Su hermana, sin embargo, se las ingenió para elaborar un plan para librarse. Le pidió ayuda para llevar a cabo su propósito, que no era otro que seguir estudiando a escondidas, mientras sus padres creían que estaba en el horno. Se escapaba por la ventana, con el mandil y la ropa de faena, y se encontraba en una cita clandestina con aquella maestra que su padre consideraba una solterona amargada. Mientras, mi abuela cubría la falta de su hermana, tratando de trabajar el doble para que no se notase su ausencia.

            Las cosas funcionaron bien durante un tiempo. Los padres no notaron las horas de ausencia de su hija pequeña y, aunque alguna vez su madre preguntó por ella en alguna visita fugaz al obrador donde ellas estaban mientras ella atendía al público, mi abuela daba una excusa cualquiera y la creía, o fingía creerla. Su padre, mientras tanto, permanecía ajeno a todo ello repartiendo por los pueblos cercanos el fruto del trabajo de las mujeres de la casa.

            Hasta que llegó un día en que el padre tenía que llevar un importante encargo, dos gigantescas tartas de boda hechas con almendra. Cando llegó el momento, solo estaba hecha una de ellas. Mi abuela no había conseguido acabar con su tarea y la de su hermana a tiempo, y él fue a comprobar el estado del encargo. Ante la ausencia la menor de sus hijas, no se tragó las excusas que mi atribulada abuela alcanzaba a musitar y, tras darle un bofetón que la arrojó contra las brasas y le dejó una cicatriz que todavía podía distinguirse en su espalda, logró que confesara.

            A partir de ahí, el infierno en que se convirtió su vida hizo que añoraran la oprimente rutina anterior. A su hermana le propinó una paliza, cinturón en ristre, de la que tardó varios días en recuperarse físicamente. Pero ya no volvió a ser la misma. Cuando supo que su amada maestra había sido despedida y expulsada del pueblo, se vino abajo, y dejó de ser la niña tenaz que había sido. Hacía su trabajo como una autómata y nunca volvió a esbozar una sonrisa.

            No había otra salida para ellas que tratar de encontrar un marido que las sacara de allí. Era la única forma en que su padre consentiría que salieran, así que se esforzaron en ello, esperando que algún mozo las rescatara. No esperaban un príncipe azul, sino un salvoconducto de salida. Y, aunque tardó, acabó llegando para mi abuela, que apenas tardó unos meses en contraer matrimonio.

            En la propia boda, su hermana conoció a un tío lejano del novio, que mostró interés en ella. Pese a que era un hombre rudo y más bien desagradable, se dejó cortejar y ella también logró salir de allí, altar mediante. Y creyó que por fin sería libre.

            Por un tiempo, recobró la alegría y volvió a ser la que fue. Aprovechaba las ausencias de su esposo para tratar de hacer acopio de libros y cuadernos, y estudiaba todo lo que podía. A su marido tampoco parecían gustarle las mujeres letradas, así que acabó haciéndolo a escondidas, como aquella vez.

            Las cosas discurrían tranquilas cuando avisaron corriendo a mi abuela de que acudiera a casa de su hermana y su esposo. Su querida hermana estaba malherida, con el cuerpo ensangrentado y un gran golpe en la cabeza. Su cuñado le dijo que la muy torpe se había caído, pero los ojos inyectados en sangre de él desmentían sus palabras. Al cabo de unos días, su hermana murió, destrozada por las heridas de su cuerpo y de su alma.

            Mi abuela fue a su entierro con una enorme torta de almendra, aquélla que, si hubiera hecho a tiempo, hubiera cambiado el curso de la historia de su querida hermana.

            Y, sin darse cuenta, fue ella misma quien cambió el curso de la historia para siempre. Con el cadáver de su hermana aún caliente, tomó fuerzas de flaqueza y se enfrentó a su marido. Le dijo que no lo quería a él, ni a esa vida, y que iba a marcharse, lo quisiera o no. Y acto seguido, cerró la puerta y se marchó, sin que nadie pudiera impedirlo.

            Se fue a la ciudad y, con su experiencia en la panadería, consiguió un trabajo en una pastelería que le permitía depender sólo de sí misma. Jamás dejó de trabajar, ni siquiera cuando quedó embarazada de mi madre, fruto de un momento de pasión con un novio que acabó casándose con una chica de su pueblo con la que estaba prometido sin que mi madre lo supiera. Pero ella sacó a su hija adelante, y se dejó la piel en que tuviera estudios, independencia y, sobre todo, la conciencia de lo que valía como mujer y como persona.

            Esa mujer, mi madre, fue una de las primeras ingenieras con un puesto fijo en un ministerio. Construía puentes y caminos y yo siempre había estado muy orgullosa de ella, como también lo estaba de mi padre, un colega suyo que siempre le animó a seguir adelante.

            Lo que hasta ese día ignoraba es que, todos los 25 de Mayo, mi madre acompañaba a mi abuela a un cementerio lejano a llevar una gigantesca tarta de almendra en honor de aquélla hermana. La tarta que no acabó a tiempo un día muy lejano.

            Y entonces, volví a mirar la tarta que yo había hecho y abracé a mi abuela. Y juntas nos fuimos a llevarla a aquel remoto pueblo del interior.