#HistoriasDePioneras: Humo morado


-(Imagen @madebycarol )
  • Vamos, Elizabeth, hemos tenido suerte
  • ¿Vamos? ¿Adónde?
  • A la fábrica, hija, dónde va a ser. La hija de mi amiga Rose acaba de tener a su hijo y ha dicho que puedes sustituirla en su puesto hasta que se recupere
  • Pero madre, yo no quiero ir a la fábrica. Quiero seguir yendo a la escuela
  • Calla, hija, no sabes la suerte que hemos tenido. Que durante unos días entre un sueldo más en casa, con la falta que nos hace. Solo serán cuatro o cinco días, lo justo para que pueda moverse. Igual, si las cosas se complican, son un par de días más
  • Pero madre, yo solo tengo trece años
  • Shhh. Ni se te ocurra decirlo. Para todo el mundo tienes catorce. ¿Está claro?
  • Sí, madre

A regañadientes, la pequeña Elizabeth fue con su madre a su lugar de trabajo. Era una fábrica de camisas de mujer. La niña vio asombrada como en apenas unos metros se hacinaban un montón de personas, la mayoría mujeres. No era la única niña, aunque tenía la sensación de que era la única que no se resignaba a su suerte. Las demás parecían estar adaptadas, e incluso encantadas de su destino. Eso, al menos, le dijo Mary, una amiga del mismo barrio a la que no veía desde que meses antes, abandonara la escuela. La situaron en una máquina de coser pegada a la de ella, junto a la ventana. A sus pies, desde varios pisos de altura, la Nueva York de principios del siglo XX se desperezaba ajena a sus cuitas.

Elizabeth y su compañera cosían en su mesa cuando la voz de su madre se escuchó por encima del sonido de las máquinas

-¡¡¡¡¡Fuego, fuego!!!!!!. ¡Elizabeth, corre a la puerta’. ¡Ven’

Fueron las últimas palabras que se escucharon antes de que el fuego se propagara en la factoría. No había salida. El dueño había cerrado todas las puertas, según se dijo, para evitar robos, aunque corría el rumor de que querían castigar a aquellas mujeres que, días antes, se habían atrevido a hacer una huelga para reclamar mejores condiciones laborales.

Al día siguiente, los cadáveres calcinados de Elizabeth y su madre se encontraban entre las 123 mujeres muertas en aquella fábrica

Durante el incendio, las calles de Nueva York se llenaron con el humo de color morado que salía de la fábrica de camisas, porque ese era el color de las prendas que confeccionaban.

Cada 8 de marzo, mi madre me contaba esta historia mientras me colocaba un pañuelo morado al cuello. Me decía que era el color de las mujeres, por aquel humo morado que salió de la fábrica de camisas de Nueva York.

Hoy soy yo quien le cuenta la misma historia a mi hija, que se marcha orgullosa al colegio con un pañuelo morado al cuello. Cuando la dejo en la puerta del colegio, camino de la empresa textil que dirijo, se despide de mí tocándose el pañuelo

-Por Elizabeth, mamá

-Por todas las Elizabeths del mundo. Porque sin ellas, no estaríamos aquí

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