Dobles: necesidad imperiosa


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¿Qué sería de un famoso sin su doble? No hay estrella rutilante que no use a sus dobles para bolos, firmas o escenas peligrosas. El famosillo o famosilla se va al spa, o se queda en su casa en bata y zapatillas, y mientras el doble se traga una tediosa firma de autógrafos o se tira haciendo un triple mortal carpado desde lo alto del Himalaya. Tanto es así que ha habido más un rumor de que Elvis no había muerto, sino que se había retirado a cantar Love me tender solo a quien le diera la gana. O al revés, ¿quién no ha oído alguna vez eso de que uno de los Beatles murió y el que siguió con la fama del grupo fue un doble?

Hasta el cine ha dedicado más de una película a estos dobles, tanto a los que hacen misiones peligrosas, como El Especialista, como a aquellos casos clásicos en que un gemelo sustituye a otro, como El Príncipe y el mendigo. O Tu a Boston y yo a California

Pues bien, nosotros no tenemos de eso. Y es una pena porque harían un gran papel. Más que un papel, un papelón. No dejo de imaginarme lo bien que me vendría tener una fiscalita toguitaconada haciendo juicios mientras su versión clonada se dedica a revisar expedientes, o a otra que haga la guardia mientras su clon se destoguitacona para estar con sus hijas, leer un libro o simplemente, se tumba a la bartola en el sofá.

¿A que es una buena idea? Imaginemos esos pobres letrados que se encuentran a dos o tres juzgados a la vez reclamando su presencia inmediata. Basta con llevar la aplicación oportuna en el móvil y chas, aparece el doble dispuesto a irse a la declaración mientras una sigue con su juicio tan ricamente.

O a jueces agobiados con un juicio largo y una mesa llena de sentencias por poner. Se enchufa la aplicación toguiclonadora y se deja al doble en la mesa mientras se puede atender al juicio sin más problemas.

Por no hablar de esos procuradores que andan corriendo como pollo sin cabeza. Podrían parar un poco el ritmo con un procurador bis en su vida. Y así todos: el policía podría hacer su turno mientras declara en juicio, y otro tanto podría hacer el médico forense con su autopsia. Y funcionarios, que podrían hasta seguir trabajando mientras atienden al público.

Ultimamente, me viene esta idea más de lo habitual. Debe ser por eso que llaman el espíritu del legislador, que yo creía que era algo bueno y es una diablillo que está decidido a que nos dé una colapso. Y ahí nos tiene a los pobres fiscales dale que te pego con las revisiones, que el tiempo pasa y el reloj de los plazos de instrucción nos agobia. Mientras, en un universo muy lejano, alguien se empeña en decir que todo va bien y que nos podemos permitir el lujo de tener la justicia congelada porque hay que repetir las elecciones y en el interin nadie se atreve a poner el cascabel al gato y dotarnos de todos esos medios que nos prometen

Eso sí, cuando de verdad exista el papel cero –esto es, cuando las ranas críen pelo si seguimos así- nuestros presuntos dobles darán una vuelta de tuerca y se convertirán el El Hombre Invisible para despachar un papel invisible también. Voy a ver si llamo a la señora de la lejía del futuro y me informa al respecto, que lo de lavar más blanco no nos sirve porque, entre otras cosas, las togas son negras.

Confieso que a veces hay quien cree que tengo una doble, y hasta una triple. Trillizas. Fiscalita, Taconita y servidora. Pero también confieso que tengo que perfeccionar el invento. Cuando lo tenga listo, avisaré. O no, que nunca se sabe qué ocurrencias puede tener el legislador e igual usa mi invento para reducir aún más las plazas y quitarnos los pocos sustitutos que nos quedan.

Así que hoy el aplauso es sencillo de adivinar. Para todos los que, sin doble que les asista, duplican su capacidad para no dividir el servicio. Ahí es nada.

 

Madre: no hay más que una


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¿Hay algo más propio del mundo del espectáculo que la madre de la artista? Personaje imprescindible donde los haya, sea en versión madre de folklórica, cancerbera de hijo prodigio o mater amantísima, el madrepantojismo es una especie propia en el teatro, y también merece su estreno en grandes rótulos luminosos y con toda la pompa. Que no en balde hasta la decisión de echarse a la arena responde a la frase “Mamá, quiero ser artista”, y si es con boa de marabú y bajando unas escaleras, mejor que mejor.

Las madres han sido protagonistas de muchas obras, y tienen un importante papel en otras, Mamá cumple cien años, Mater Amantísima, La Madre de la Novia, y la inquietante e inolvidable madre del Norman Bates de Psicosis, siempre presente en las peores pesadillas.  Porque madre no hay más que una.

Por eso, y más acercándose el día a ellas dedicado, -aunque fuera por obra y gracia de los grandes almacenes que se empeñaron en promocionarlo-, no está de más aprovechar la ocasión para reivindicar a esa figura tan importante en tantas vidas.

En nuestro teatro, las madres están presentes por donde quiera que haya un estreno. Desde las abnegadas madres de estudiantes, y, más aún, de opositores, hasta las no menos abnegadas madres de profesionales que, en el papel de abuelas sin fronteras, acuden en cualquier momento a la llamada de ese papá o mamá al que un señalamiento, un cliente o una guardia a destiempo les dejan fuera de juego en sus deberes paternofiliales. Por que la conciliación, cuando Entre Togas anda el juego, deja mucho que desear.

Pero quizá alguno que otro esté preguntándose qué tienen que ver las madres con nuestro gran teatro de la Justicia. Craso error. Seguro que muchos ya lo saben, pero para los que no lo han pensado, mucho más de lo que imaginan.

Hablaré de mi madre, pero con el convencimiento que ella representa muchas más. Como decía, pocas personas creo que encajen más en el papel de La Mujer Justa que ella misma. Y no solo porque en su vida se haya visto rodeada de personas que de uno u otro modo nos dedicamos a la Justicia, sino porque, tal vez, si ella no nos hubiera inculcado su enorme sentido de la Justicia, jamás nos lo hubiéramos planteado.

Ya lo he contado otras veces. Mi madre pertenece a esa generación de mujeres a las que una terrible posguerra y una sociedad injusta les impidieron estudiar lo que su talento merecía, haciendo con ello que ellas perdieran pero, sobre todo, que perdiera la sociedad. Pero, como tantas otras, no había de resignarse, y aportó y aporta al mundo de muchas otras maneras. En su caso, cerca siempre de esa balanza que representa la justicia. Fue mujer de abogado, y luego madre de estudiante de Derecho, madre de opositora y finalmente -hasta el momento- madre de fiscal toguitaconada. A ella le debo parte de mi vocación, gran parte del mérito de haber aprobado la oposición, y, por supuesto, la posibilidad de poder ejercer de fiscal y de madre, porque siempre ha estado de guardia para que yo pudiera hacer lo que la guardia, o cualquier otro menester me requería.

Pondría la mano en el fuego de que, a sus 92 años, a día de hoy sería capaz de redactar una demanda, hacer un escrito de acusación o dictar un auto de procesamiento sin despeinarse. Aunque jamás pisara la universidad ni pudiera toguitaconarse. Compartió atenta la vida profesional de su marido, mi padre, y fue sus ojos cuando a él el destino le jugó la mala pasada de robarle la visión, aunque no la vocación ni el gusto por la abogacía. Aún recuerdo las horas que pasaba leyéndole sumarios hasta que él aprendía párrafos de memoria para poder hacer su informe en la sala de vistas. Mientras, una niña escuchaba e iba quedándose con trozos de toda aquella historia que un día ella misma continuaría, aunque ya lejos del papel carbón y del papel cebolla con que jugaba a ser como su papá. También la recuerdo, años más tarde, tomando los temas a aquella niña que ya se había hecho mayor y había decidido hacerse fiscal, en un momento en que se quedó sin preparador. Por suerte, ese momento no duró mucho, porque si la pobre hubiera tenido que continuar aguantando semejante latazo, quizá la historia hubiera sido otra. O no.

Ahora, con mis hijas en una edad que permite tomarse muchas más libertades que el momento culminante de la crianza, mi madre ya no hace guardias con mis guardias. Pero ahora ha asumido otro nuevo papel, más cerca de la toga y los tacones que nunca. Un papel que no es otro que el de lectora fiel de este blog, esa espectadora de lujo que está siempre en primera fila en todas las representaciones.

Porque sin ella, nada de esto habría sido posible. Por eso hoy el aplauso no es solo un aplauso. Es una ovación cerrada para ella y para todas las madres que siempre están ahí. Porque no hay homenaje más merecido que éste.

Horario: la cuadratura del círculo


CALENDARIO Y HORARIO

Es difícil, si no imposible, describir cual sería el horario de un artista. Una de las cosas que caracterizan su profesión es precisamente esa. Horarios indeterminados, jornadas maratonianas al lado de días completos de asueto, temporadas infernales de trabajo junto a páramos de actividad. Giras, promociones o estrenos en que la actividad es frenética, y temporadas de calma. Ser artista es lo que tiene. Días de mucho, vísperas de nada. Para ellos, que trabajan en otros parámetros que el resto del mundo, nada de Fiebre del Sábado Noche ni Por fin ya es viernes. El mayor espectáculo del mundo tiene sus tiempos propios.

También nuestro teatro comparte parte de esta característica. Y aunque a primera vista pudiera parecer que nos regimos por patrones rígidos de días y horas de oficina, nada más lejos de la realidad. Lo miremos por donde lo miremos.

Más de una vez me han preguntado cuál es nuestro horario. Pregunta difícil donde las haya, primero porque depende de a quién se refiera, y, segunda, porque depende de qué se entienda por horario. De momento adelantaré algo que sé desde el mismo momento en que decidí embarcarme en esta nave: aquí es imposible tener unos días y horas de trabajo fijados. Recuerdo que, a la hora de elegir, tras terminar la carrera, hacia dónde encaminaba mis pasos, una buena amiga dijo que ella subía en otro barco que ni quería trabajar a horas distintas que las estipuladas previamente ni llevarse deberes a casa. Acertó de pleno a la hora de sacar otro pasaje para su travesía. Aunque pese a eso he de reconocer que yo con mi barco creo que también acerté. Es cuestión de conocer las condiciones en las que se va a cruzar el mar, y de cruzar los dedos para no acabar como el Titanic.

Por un lado, hay que distinguir de cuál de nuestros intérpretes estamos hablando. Porque, aunque los días y horas de audiencia están fijados, algo así como el horario de oficina conocido por todos, no es cera todo lo que arde, ni todos llevamos iguales cirios en la procesión. A un lado del espectro, los funcionarios, que tienen un horario más tasado, fijado en un numero de horas por convenio y que, salvo los casos de prolongación de jornada, comprenden el horario habitual de mañanas en días lectivos. Muchos de ellos, unen a eso los días y horas de guardia, variables según sea su puesto. Al otro lado, los abogados, que no tienen en absoluto ni días ni horas establecidos y que dependen de la atención en sus despachos, el señalamiento de las vistas, y las asistencias en guardias –los que las hacen-, y que además se ven a veces en verdaderos laberintos para que no coincidan unos y otros. Buscando el hilo de Ariadna me he encontrado a más de uno. Y el Minotauro sin aparecer

Y, en medio del panorama, los demás. Jueces, fiscales y LAJ dependiendo de cosas diversas como vistas o guardias. Porque, además de las llamadas horas de audiencia, una sabe cuando lleva a la sala su toga y sus tacones, pero jamás cuando termina. Los juicios no siempre empiezan con puntualidad , y cualquier imponderable puede retrasarlos. Y, a partir de ahí, cualquier cosa es posible, porque basta que falle una de las piezas del puzle para que el cuadro se descomponga. Si un juicio se alarga más de lo debido, o se suspende otro que iba a ser largo, podemos encontrarnos con horas muertas o recesos  largos, o podemos acabar a las tantas sin que nadie lo compute como horas extras. Con comida en medio o sin ella, lo que a veces hace que las tripas protesten de un modo difícil de disimular. En cuanto a las guardias, como su propia naturaleza indica, suponen quedarse de presencia o permanencia hasta que el trabajo se acabe, o volver a horas intempestivas. Cosas como levantar un cadáver o un habeas corpus nos sacan de la cama con más frecuencia de la que quisiéramos. Y allá que tenemos que ir, con la legaña pegada y rezongando en arameo.

Cuando empecé en este teatro, recuerdo que el reparto semanal de trabajo parecía el de Canción Triste de Hill Street. Más de una vez me quedé esperando que el Fiscal Jefe nos dijera eso de “tengan ciudado ahí fuera”. Y las cosas no han cambiado mucho. Sigue existiendo esa especie tan temida del señalamiento sorpresa, ése al que tienes que acudir a correprisa porque el papelillo de la notificación se quedó en algún punto de ese agujero negro del espacio que todos sabemos que se traga los papeles por obra y gracia del sello del juzgado, que debe tener un efecto esotérico aún no descubierto.

Pero hay otro horario. El que no se ve. Las horas que una pasa en casa, ya sin toga y tacones, o hasta en el despacho, dando vueltas a ese dictamen o a esa resolución que tiene que acabar, o a ese recurso del que se pasa el plazo. Y también las horas que necesita para ponerse al día de todos los desmanes que un legislador motorizado ha tenido a bien obsequiarnos. Los dichosos deberes, como los niños.  Con cafés o tés en medio, o sin ellos, con descansos, o sin ellos. Depende de lo que el tiempo apremie. Y, ahora, de lo que el dichoso lexnet tarde en conectarse, por descontado.

Así que ahí va el aplauso. Esta vez, dedicado a todos los que saben que el horario es la falta de horario y lo asumen. Porque ese es el espíritu de nuestro teatro.

Librerías: lugares mágicos


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¿Qué sería del teatro sin los libros, y sin esos templos donde se guarecen, las librerías? Grandes o chicas, antiguas o modernas, nos han regalado preciosas escenas. ¿Cómo olvidar la biblioteca de Love Story?

Y en nuestro teatro ¿qué sería de nosotros si todas esas librerías donde hemos ido adquiriendo Códigos y tratados?

Por eso hoy, cuando llega el Día del Libro, me subo a mis tacones y toga en ristre rescato este relato para reivindicar ese tesoro

 

EL CUADERNO ROSA

(Relato incluído en la antología Ultimo Encuentro en Bibliocafé, de Generación Bibliocafé)

La primera vez que Lydia estuvo allí fue por casualidad. Salió de su casa, harta de los gritos y muerta de pánico, después de que su padre la persiguiera por el pasillo cinturón en ristre. Estaba harta de pasar miedo, de esconderse debajo de la cama o encerrarse en la galería, de agazaparse pensando que el próximo golpe le caería a ella. Pero también estaba harta de que al día siguiente, cuando a él se le hubiera pasado la borrachera, fuera lloriqueando a su madre y ella le perdonara, como si nada hubiera pasado, aunque todavía tuviera en carne viva cualquier zona de su cuerpo. Era aun una niña, pero ya había pasado más terror que muchas personas adultas en toda su existencia. Así que, con solo nueve años, decidió coger la puerta y salir corriendo hasta que amainara la tormenta.

Aterrizó allá donde vio una puerta abierta. Le pareció una cafetería algo extraña, pero como sabía, porque la veía desde su ventana, que cerraban tarde, decidió entrar. Se sentó en una mesa en un rincón, con la esperanza de que tardaran en descubrirla y por tanto, en echarla. Pero el tiempo pasaba y nadie decía nada, y ella empezó a sentirse cómoda en aquel sitio.Al cabo de un rato, se percató que aquella no era una cafetería cualquiera. Tenía pocas mesas y estaba llena de libros por todas partes. Y no parecía haber por ningún sitio restos de pinchos de tortilla, ni palillos ni huesos de aceituna en el suelo. Era limpia y muy bonita.

Pasaba el tiempo y, pese que había algunas personas que zascandileaban por allí, mirando libros, nadie parecía apercibirse de su presencia. Así que, al cabo de un rato, se relajó, y tomó uno al azar de un estante cercano. Y, casi sin querer, se vio sumida en otra vida que le gustaba más que la suya, hasta que se dio cuenta de que habían pasado un par de horas. Su padre debería estar ya durmiendo la mona –así llamaba su madre a tirarse roncando, sucio y sudoroso en un sofá- y la tempestad ya habría pasado. Así que regresó a casa.

Aquel fue el primero de muchos de los días de su infancia. En cuanto oía los gritos de su padre, salía despedida rumbo a aquel lugar que le había dado cobijo. Allí se sentaba en su mesa del rincón, donde nadie le decía nada. Los libros estaban siempre allí, como esperándola. Cuando dejaba uno a medias, siempre lo encontraba abierto en el mismo sitio donde se quedó, cuidadosamente depositado como si la estuviera aguardando. A veces, hallaba sobre la mesa un libro sin abrir, invitándole a su lectura. Y siempre eran historias preciosas, historias que le hacían olvidar, al menos por un rato, el infierno doméstico de cada día.

Aquel espacio se convirtió en su segundo hogar, e incluso se acostumbró a ir allí para hacer sus deberes o preparar los exámenes. Aunque concentrarse en sus tareas le costaba un gran esfuerzo. Siempre había algún libro encima de la mesa esperando a que ella se sumergiera en sus páginas.

La situación doméstica fue empeorando cada día más. Las borracheras de su padre pasaron de ser semanales a diarias, y cada día más frecuentes y violentas. Supo que él se había quedado sin trabajo y tenía todo el tiempo libre del mundo para dedicarse a destrozarle la vida a ella y a su madre. O, mejor dicho, a su madre no, porque a ella ya la había aniquilado hacía años.

Así que cada vez pasaba más tiempo allí. Ni siquiera aparecía por casa muchas veces a la hora de comer, ya que ahora siempre estaba él, o lo que es peor, su sombra. Como ya no trabajaba –antes, comía en la fábrica-, al mediodía todavía estaba tumbado en la cama, si no se había ido ya algún bar del que sabían que volvería en cualqier momento hecho un enérgumeno. Y Lydia, cuando venía avecinarse la tragedia, cogía una manzana, un trozo de pan o cualquier otra cosa comestible, y se lo llevaba a su mesa del rincón.

Pronto empezó a encontrarse, junto al libro correspondiente, un zumo, un refresco o una botella de agua. Incluso alguna vez, si iba temprano, había algún bollo o una magdalena junto a un vaso de leche. Y Lydia sobrevivía gracias a sus excursiones a mundos imaginarios y a aquel o aquellos desconocidos que lo hacían posible.

Pero no siempre era fácil escapar. La mayoría de veces su padre centraba su furia en su madre y se olvidaba de ella. Pero en ocasiones la pillaba por medio, y recibía algún golpe, algún cinturonazo o alguna bofetada. Por suerte, nada serio para su cuerpo, aunque esos golpes minaban cada día su alma, debatiéndose entre la necesidad de salir corriendo, y la sensación de dejar desamparada a una madre que había perdido por completo la capacidad de resistirse. Sin embargo, toda aquella angustia pasaba en cuanto abría las páginas de cada uno de esos libros que sabía que le estaban esperando.

Y, como no podía ser de otra manera, un día a su padre se le escapó la mano más de lo habitual, y cuando Lydia volvió a casa, se encontró a su madre inconsciente en la cocina. No sabía qué hacer, su madre estaba en el suelo rodeada de sangre y su padre debía estar en algún lugar de la casa. Salió a la calle pidiendo auxilio, abrumada por la situación. Varios transeúntes se agolparon alrededor de ella, preguntándole qué era lo que pasaba, mientras Lydia apenas se hacía entender presa de un ataque de nervios. Para cuando comprendieron lo que había sucedido y avisaron a la policía, alguien se había hecho cargo ya de la situación. La ambulancia había llegado y había atendido a la mujer ganando unos preciosos minutos que probablemente le salvaron la vida. Y no tardaron en dar con él, que fue esposado y conducido en un furgón policial.

Cuando la gente hubo desaparecido, Lydia se quedó sola. Ninguno de los servicios de emergencias se percató de la presencia de aquella niña asustada, y ella tampoco dijo nada. Solo quería desaparecer, meterse de lleno dentro de uno de sus queridos libros, y quedarse allí para siempre. Así que se fue a su mesa del rincón, buscando esa paz que le costaba tanto de alcanzar. Allí estaba, esperándola, junto al libro que había dejado a medias el día anterior, un plato de sopa caliente, un zumo y un pastel de chocolate. Le cayeron las lágrimas al verlo, y dio buena cuenta de aquella comida como si fuera un manjar de dioses. Debajo del plato, halló una tarjeta con la dirección de un hospital, que supo que era aquel donde estaba ingresada su madre.

Afortunadamente, lo de su madre no fue tan grave como podía haber sido. Pese a que él le había clavado un cuchillo de cocina, la herida no era mortal y el riesgo derivado de la pérdida de sangre se había evitado por la rápida intervención de los servicios sanitarios, alertados por una llamada anónima.

Mientras su madre se recuperaba, una tía de Lydia se fue a vivir con ella y a hacerse cargo de lo que hiciera falta y, aunque distaba mucho de ser simpática, al menos su vida se volvió más tranquila. Por supuesto, no dejó de ir a su particular refugio y sumergirse en otras vidas mejores que la suya. Y pronto, su madre volvió a casa y su padre fue a la cárcel, según le dijeron. Las cosas mejoraron y descubrió, muy poco a poco, la mujer que había debajo de la cáscara vacía que él había creado a base de golpes en el cuerpo y en el alma. Nunca, sin embargo, dejó de acudir a su mesa del rincón, su segundo hogar. O, más bien, el primero.

Habían pasado ya cuatro años desde el primer día que apareció allí cuando, al llegar, vio un cartel en la puerta que le llenó de tristeza. Aquel local cerraría en pocos días. Cuando se sentó en su mesa, una caja llena de libros y rotulada con su nombre le esperaba. Y encima de ella, un cuaderno rosa donde una mano anónima había escrito “Cuéntalo todo”. Cogió el paquete y se marchó, llorando a lágrima viva y sin saber si quiera de quién despedirse.

 

Así lo hizo. Lo contó todo, y ésta es la historia que escribió en su cuaderno rosa. No fue más que la primera de muchas otras, que finalmente consiguió publicar y que la convirtieron en una escritora reconocida. No obstante, invirtió sus ganancias en saldar una deuda contraída desde niña: abrió una librería donde cualquiera podía sentarse a leer, a buscar otros mundos, a convertirse en otras personas y, cómo no, a soñar con otras vidas.

 

Ahora Lydia está sentada enfrente de mí, tendiéndome un cuaderno rosa con sus páginas en blanco para que sea yo quien cuente mi historia. Y lo voy a hacer. Después, claro está, de ir a curarme este ojo morado que tanto me duele, y de denunciar a quien lo hizo. Sé que aquí siempre me esperará un buen libro y un plato de sopa caliente.

Vestuario: con mi toga y mis tacones


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Pocas cosas hay más importantes en un espectáculo que el vestuario. Desde los taparrabos de 2001 Odisea del Espacio a las futuristas Mad Max, pasando por todo tipo de vestuario de época. ¿Qué sería de Las Amistades Peligrosas sin sus fantásticos trajes de época, o de Cotton Club sin sus vestidos de charleston y sus zapatos bicolor? ¿Cómo podríamos creer en una película de médicos sin batas blancas y trajes anti ébola como Contagio o en los juicios de Nuremberg de Vencedores y Vencidos sin sus togas? Hasta el propio vestuario da título a algunas películas, con toda la carga que tiene, por ejemplo, el traje de la infamia de El Niño con el Pijama de Rayas.

Pues claro. El hábito no hace al monje, pero no hay monje creíble sin hábito. Otra cosa es que no sea monje quien el hábito viste, como si de Sister Act se tratara, pero ese es otro cantar. Nunca mejor dicho

Nuestro teatro tiene un vestuario muy definido. Tanto, que con él le he dado nombre. Y ya hemos hablado de togas  y puñetas, ese parte imprescindible de nuestro espectáculo. Y de los tacones  que, aunque no sean imprescindibles, ayudan a pisar fuerte por estas tablas que tanto dan sinsabores como alegrías.

Todos estamos acostumbrados a ver esas películas anglosajonas donde los jueces llevan peluca y toga con unas chorreras de puntillas que da gloria verlas –aunque menos debe dar almidonarlas, vaya-. Aquí no hay pelucas. Lo digo y lo repito. Aunque sé de algún juez que estaría encantado de ello para disimular la calvicie o de algún otro u otra al que le ahorraría más de un paso por la peluquería. Pero nada. Aquí pelo al viento que, aunque en algún momento se usó birrete, hoy está en desuso. O, en mi caso, gafas de sol a modo de diadema que, aunque no resulten demasiado ortodoxas y me valgan algún rapapolvo de una querida amiga, son parte casi indispensable de mí misma. De hecho, recuerdo un juez que, tras haber requerido airadamente al acusado para que se quitase las gafas de sol, tras mirarme de reojo, añadió “porque en esta sala solo tiene derecho a llevarlas el Ministerio Fiscal”, ante la cara de estupefacción del acusado que, obediente, acabó por guardarse las lentes en el bolsillo. En mi defensa diré que, a diferencia de él, yo iba como un pincel, mientras que el muchacho había aparecido en bañador bermuda, camisa hawaiana luciendo pelo en pecho y chanclas, con lo que las gafas de sol eran una mera anécdota.

Pero lo bien cierto es que mucho se ha hablado sobre el vestuario. Es incontestable que atrás quedaron los tiempos de ir casi uniformados, la época de ir vestidos con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Los tiempos avanzan y hoy en día se puede ir perfectamente adecuada a las circunstancias sin necesidad de parecer un revisor de tren. Y forzar las cosas puede llevar a extremos que rozan el ridículo.

Recuerdo un contencioso que tenía un juez con un letrado, allá por los tiempos de mi primer destino. El letrado en cuestión solía vestir de colores llamativos y llevar sandalias tipo nazareno –cosa en cierto modo comprensible habida cuenta la temperatura y la carencia de aire acondicionado-. Pues bien, el juez, algo rígido en este extremo, llamaba la atención al abogado y éste protestaba diciendo que si había normas de vestuario las pusieran en sitio bien visible. El magistrado recogió el guante y al día siguiente colgó un cartel que prohibía la entrada al juzgado a los letrados que no llevaran corbata ni calcetines. Y el abogado, ni corto ni perezoso, apareció por allí con bermudas y sandalias con calcetines blancos, como si fuera un turista japonés en pleno tour fotográfico. Eso sí, lucía una flamante corbata con estampado estraboscópico que aún me da dolor de cabeza con solo recordarla.

Y es que una cosa es vestir de un modo correcto o adecuado a las circunstancias y otro exagerar la nota hasta el paroxismo. De una y otra parte. Como exagerada, rocambolesca y hasta insultante resultaba cierta normativa que pretendieron implantar no hace mucho que, bajo la rúbrica genérica de “vestir con decoro” hacía referencia, incluso, a la depilación o al olor corporal. Tal como lo cuento.

Y ojo, reconozco que las mujeres lo tenemos más fácil. Nuestro vestuario, al no tener el estereotipo de la chaqueta y la corbata, nos permite mucha más flexibilidad que el de los varones. Y se agradece en esos tiempos en que las temperaturas hacen estallar el mercurio y los aparatos de aire acondicionado, si los hay, no dan de sí lo que debieran.

Pero no olvidemos que nuestro uniforme de trabajo es la toga, aunque solo lo es en los juicios y en los actos oficiales. Y que con ir ataviados de un modo digno hay más que suficiente, que ya somos mayorcitos. Y si nos tuvieran que dar normas estrictas y detalladas, sería para hacérselo mirar. Con la de cosas que hay esperando una regulación adecuada.

Así que hoy el aplauso es para mi toga y mis tacones. Pero sobre todo para los que andan dentro de esas togas, sea con mocasines, manoletinas o botas, con traje de chaqueta o jersey, con camisa o vestido, pero, en cualquier caso, con el cerebro y el corazón prestos a hacer justicia. Porque eso es lo que cuenta.

 

Puntualidad:¿posible?


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Los artistas tienen fama de anárquicos. Todos hemos oído historias –reales o leyendas- de divos o divas que se permitían llegar horas tarde a los ensayos so pretexto de ese divismo. Y, por supuesto, si la estrella es tan rutilante que sus extravagancias compensan los ingresos que reporta, se le consiente. Pero los caprichos no duran muchos. Y como El Ocaso de los dioses llega, tal como Ha nacido una estrella, su brillo se apaga y no hay capricho que se le aguante. Y al final es lo de siempre: lo duro no es llegar, es mantenerse. O ambas cosas, vaya.

Ya sabemos que eso de la puntualidad parece tener nacionalidad. La puntualidad es británica por antonomasia. Como el Te de las Cinco. Al igual que la disciplina es germánica. Para los españoles parece que queda la jarana y la fiesta, como el título de aquella película Siempre es domingo. Y ojo, no solo nacionalidad. Seguro que quien resida en mi tierra sabe qué es eso del horario fallero, voz que asimilamos a llegar siempre una media hora más tarde de lo que se dice, y sabiéndolo además.

Y la verdad es que algo tiene de cierto eso de “Cría fama y échate a dormir”, porque por más que las cosas se hagan a tiempo no nos quitamos de encima el sambenito de ser impuntuales, tardones y hasta maltrabajas. Aunque esté comprobado por una estadística reciente que los españoles somos quienes más horas trabajamos de toda la Unión Europea. Quizá sea cuestión de calidad y no de cantidad, pero de todo hay en botica.

El caso es que en nuestro teatro de eso de la puntalidad se habla mucho. Y nos quejamos mucho, y no sin  razón. Porque todos hemos vivido situaciones en que juicios señalados a una hora empiezan horas más tarde, con la consiguiente desesperación de profesionales y justiciable, viendo como desperdician el tiempo en los pasillos que anteceden a los juzgados y salas de vistas. Pero ¿es esto tan cierto como se dice? ¿es evitable?. Pues si y no, ni blanco ni negro. Como casi todo en la vida.

Es cierto que los señalamientos suponen hacer casi un ejercicio de adivinación, y que el juez o el LAJ que se encargan de organizarlos deberían tener una bola de cristal o las dotes del Mago Merlín para acertar con la duración da cada juicio y el lapso conveniente entre éste y el siguiente. Porque claro, se calcula que un juicio va a ser largo y se suspende o hay una acuerdo y se queda ahí un hueco tremendo. O al revés, se intuye que no va a ser nada y la cosa se complica…Recuerdo un LAJ, en los tiempos en que se llamaban secretarios judiciales, al que se le notaba de inmediato que el juicio se había ido de sus previsiones porque empezaba a mover nervioso la grapadora, las gomitas con las que se sujetan las carpetas y la caja en la que llevaba toda clase de adminículos de papelería. Era ver ese movimiento y saber que la mañana se había fastidiado.

También recuerdo que en los inicios de pasear mi toga y mis tacones por la Ciudad de la Justicia de Valencia, nos pusieron unos preciosos paneles, como si estuvíéramos en un aeropuerto, donde se suponía que constaría el número de sala y el estado del juicio. Como el “delayed” o “embarcando” de los aeropuertos. Permaneció allí, con sus pantallas y sus lucecitas durante mucho tiempo sin que nadie jamás lo viera en uso, hasta que un buen día despareció no sabemos cómo. Dicen las malas lenguas que tal vez al aeropuerto de Castellón, donde su utilidad sería segura por mucho tiempo… Pero yo me quedé con las ganas de sentarme con mis palomitas preparadas esperando a que esperara el juicio como si de un multicine se tratara.

Pero no todos los retrasos son por imponderables. Aunque jueces o fiscales cargamos con fama de tardones, de todo hay en la viña del Señor, pero mucho tiene de leyenda urbana. Y también pueden llegar tarde otros, con o sin culpa. Los Abogados, por ejemplo, cuando se ven obligados a hacer prestidigitación porque se les solapan los señalamientos y todo el mundo enarbola la bandera de su preferencia. El juicio de Salomón y el agobio, del que ya hablamos aquí.

Y también el justiciable. Aunque hay gente muy puntual y correcta, hay quien ve normal llegar tarde a un juicio, sobre todo algunos de los clientes habituales de la casa, que si una se descuida hasta se indignan si hemos empezado a tiempo sin que hubiera llegado. Y por más que les explico que si esto fuera el médico de la Seguridad Social se le habría pasado su hora y no lo habrían atendido, más de uno ha montado un zapatiesto al respecto. Sobre todo en los recordados juicios de faltas, donde una incomparecencia determinaba el sentido del fallo en muchos casos.

Así que hoy el aplauso va dirigido a todos aquellos que tienen la puntualidad como costumbre y hacen uso de ella. Y, por supuesto, a la paciencia de quienes tienen que aguantar retrasos inevitables y lo hacen con comprensión. Y con educación. Que no falte.

 

Terminología: cambios y recambios


diccionario

Hay quien dice que el lenguaje nunca es inocente. Y a veces, eso parece. Ignoro si el perverso es el lenguaje o más bien quienes lo utilizan pero en muchas ocasiones un cambio de término puede conllevar algo más de lo que pretende. O pretender algo más de lo que conlleva, nunca se sabe. En el teatro y fuera de él.

El lenguaje es importante en el espectáculo porque, casi siempre, es el medio por el que se expresan los personajes. Y también les da nombre, a ellos y al resto de los protagonistas de la función. Y tal vez por eso, esos nombres sufren cambios, casuales o no tanto. Recuerdo que hace tiempo se hablaba de las actrices y los actores secundarios. Hoy en día se utiliza más el término de actores o actrices de reparto, que no lleva consigo esa connotación peyorativa que implica el llamarlos “secundarios”, como si fueran menos importantes. Y no olvidemos la cantidad de talentos que hay englobados casi de por vida en esta categoría.

Y hay otras palabras que en su día se incorporaron al vocabulario del cine por su modernidad como sensorround o cinemascope que ahora han quedado relegadas al olvido.

También nuestro teatro sufre de esos cambios de nombres. En los últimos tiempos con más brío que nunca, dado que al legislador de los últimos meses de la legislatura le entró un furor en ese sentido que ni los Transformers en cualquiera de sus versiones.

Así que, llevado de ese tsunami reformista, se subió en la ola gigante de Lo Imposible y se puso a cambiar nombre como loco. Y, por arte de birlibirloque, se llevó por delante a nuestros vetustos juicios de faltas y los convirtió en delitos leves, o mejor, levitos, como ya vimos en el estreno correspondiente. Y, como ya dije en su día, me gustaría saber que se ha ganado con cambiar el nombre a algo que parece casi igual. O sin casi. Que digo yo que podían reformarlos sin necesidad de cambiarles el nombre. Pero claro, así parece más moderno y más currada la cosa. ¿O no?

Otro de los nombres que la reforma ha cambiado es el de los Secretarios Judiciales de antaño. Reconozco que el término podía inducir a confusión al no iniciado, como ocurría en la segunda parte de Turno de Oficio y que dio lugar a airadas quejas de estos profesionales, cargados de razón, porque pintaban a la Secretaria Judicial como una especie de chica para todo al servicio de su señoría. Solo les hubiera faltado que la intepretara la Gracita Morales de los mejores tiempos y contestara a cada cosa eso de “el señoriiiito”. Ahora se llaman Letrados de la Administración de Justicia, término que suena bien pero resulta tan largo que acaban siendo llamados por sus siglas, LAJ, lo que no acaba de ser ni descriptivo ni demasiado agradable al oído. Y que, además, puede ser incohernte con algunos términos de los que se empleaban hasta ahora. ¿El Secretario de Gobierno es el LAJ de Gobierno, por ejemplo? ¿Las asociaciones y sindicato habrán de cambiar su nombre y su logo? Supongo que con el tiempo nos acostumbraremos, pero cuesta.

Nos cambiaron también en su día aquello de la quiebra y la suspensión de pago por los procedimientos concursales, que parece que queda más fino, aun cuando se sigue escapando eso de quiebra, que es mucho más evocador y corto que decir que una empresa está afectada por un procedimiento concursal. O quizá sea precisamente por eso. Para que no nos enteremos demasiado, o no lo haga el justiciable, que es a quien nos debemos.

Pero con todo, si hay un cambio de término que no tiene ningún sentido, es el de “imputado” por “investigado”, “encausado” o como quiera que se llamen cada vez. O, mejor dicho, que no tiene ningún sentido en cuanto a utilidad se refiere, que en cuanto a lo otro habría que verlo. Porque ¿alguien me puede explicar qué pinta semejante variación en una reforma que se pretende que era para agilizar la instrucción? Si ni siquiera es un nombre más corto, vaya..

Y es que digo yo que un imputado, entendido como persona a la que se imputa un delito, es un imputado. Y se le puede imputar y luego sobreseer, o abrir el juicio oral y acabar absolviéndolo. Eso es lo que implica, por más que le den vueltas y vueltas. Y vueltas diferentes según de quien se trate el imputado en cuestión. Pero la cosa es que lo meten como un cuerpo extraño en el sistema, y el sistema empieza a tener poros y acaba como el Titanic. Porque, alguien me puede explicar cómo se llama ahora eso que habían dado en llamar “auto de imputación” y que no venía en la Ley de Enjuiciamiento Criminal –y sigue sin venir-. ¿Auto de investigación? ¿Auto de encausamiento?. Y otra duda que me corroe, ¿cómo se llamará ahora a un inimputable? ¿Ininvestigable? ¿Y si no investigamos como vamos a saber que es inimputable? ¿Se puede investigar a un ininvestigable? ¿O se llamará inencausable? ¿Y las causas de exención de la imputablidad? ¿Serán causas de exención de la investigabilidad? Preguntas desde el Más Allá, poco menos. Menuda complicación. Y, sobre todo, menuda reforma inútil, que ha supuesto, entre otras cosas, cambiar todas las plantillas de los sistemas informáticos, como si no tuviéramos más cosas que hacer tal como está el patio.

Y aun hay más. Como no han tenido en cuenta que las Diligencias de Fiscalía se llaman Diligencias de Investigación, ahí se suma una confusión de términos que acaba de poner la guinda al pastel. ¿Abrimos unas diligencias de investigación para decidir si alguien va a ser investigado? ¿No resulta chocante? Y eso que no prosperó lo de “sujeto pasivo” que pretendía la primera redacción, y que suponía armar un lío entre el sujeto pasivo del delito –víctima o perjudicado- y el de la acción penal –el imputado de toda la vida- que no había quien lo asimilara.

Así que, al margen de otras posibles motivaciones espurias en las que no voy a entrar, un ruego al legislador. No haga inventos. Y no gaste su tiempo y el nuestro en cambios que no son más que los mismos perros con distintos collares. O ni eso.

Por eso hoy no hay aplauso. Abucheo, y de los gordos, a todos los cambios sin sentido, Tal cual.

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USB: mi tesoro


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Todos sabemos lo que es un libreto. O deberíamos, aunque a las nuevas generaciones acabará por olvidárseles todo aquello que no se vea en la pantalla de un móvil. También hemos visto en muchas películas la gruesa carpeta que lleva el director del espectáculo donde guarda los más apreciados secretos de la obra. Qué no hubieran dado los angustiados protagonistas de A Chorus Line por tener acceso a esa carpeta donde apuntaban quiénes eran los Elegidos para la Gloria. Y todavía más si pudieran cambiar lo escrito en ella a su conveniencia. Y es que hay papeles que son tesoros.
También nosotros tenemos tesoros en nuestro teatro. Papelotes con fotocopias de sentencias, de libros, de revistas jurídicas o del BOE que hasta hace no demasiado se apretaban en estanterías y saltaban a los maletines y de ahí a la sala de vistas cuando hacía falta. Y que hace algo menos de tiempo encontraron una caja mágica donde meterse, más mágica incluso que la Caja de Pandora donde ésta metió los vientos, pero con un efecto tan fuerte cuando consigue abrirse. Si lo hace, claro, que de vez en cuando el hado maligno de las ondas nos gasta una broma pesada y la bloquea.
Pero la cuestión es que un buen día descubrimos aquellos cacharros diminutos donde cabían un montón de documentos, más pequeña que un paquete de tabaco. Eso que se llama lápiz de memoria y algunos llaman pendriver –el anglicismo parece más fino- o sus diminutivos pen o lapicito, mechero y hasta chismito, que es la que a mí más me gusta. Y que en principio eran lisos, serios y hasta feos, pero ahora son de lo más cuqui, con todas las formas imaginables, desde latas de cerveza a pelotas de tenis, desde una simpática toguitaconada –cómo no- hasta un Elvis Presley con su pantalón campana –otro de mis favoritos- e incluso El Fary apatrullando la ciudad.
Y, como no podía ser de otro modo, nos pareció de maravilla. Como siempre, con algunos años de retraso, pero bienvenidos seamos al siglo XX, que el XXI ya llegará. Y es evidente lo que supuso en su día poder transportar documentos, jurisprudencia o leyes sin necesidad de llevarlos físicamente de un lado a otro. Eran los tiempos en que todavía creíamos que el papel 0 no tardaría en llegar y el lápiz de memoria era poco menos que el cohete que nos llevaría a ello. Pero como siempre ocurre el Justicia al cohete le faltaban piezas, gasolina y hasta piloto. Y así no hay quien llegue a la Luna. Ni a la vuelta de la esquina siquiera.
Por eso, aún en un tiempo en que la nube y los sistemas de almacenamiento on line pueden desplazar al entrañable chismito, nosotros seguimos necesitándolo. Más que el aire hoy en día, que obligan a letrados y procuradores a andar con uno para esas notificaciones que iban a ser el no va más de la modernidad.
Y que no nos falten. Que pocas cosas hay más angustiosas en nuestra función que descubrir que un lápiz de memoria ha desparecido o se ha quedado pillado. Y no porque una tenga cariño a la fiscalita toguitaconada, al Elvis Presley o al Fary en cuestión –que también- sino porque ha perdido el recurso, la sentencia, el dictamen o el escrito de calificación que le costó varios días y que necesitaba como comer. Y de la que, por supuesto, olvidó hacer copia, jurando que por una vez no pasaría nada. Y a Dios pongo por testigo que Pánico en el túnel es un juego de niños al lado de esto.
La cosa es que aunque creamos que es un sistema superado, nada de eso. Sé de buena tinta que una comunidad autónoma acaba de proporcionar uno a cada fiscal como muestra cumbre de la modernización, y del mismo cariz son las declaraciones de algún que otro fiscal jefe respecto a los medios con los que luchamos contra la corrupción, el cibercrimen o el blanqueo de dinero en paraísos fiscales. Ay, si Julio Verne levantara la cabeza..
Así que vamos al aplauso. Directamente salido de mi propio chismito, y dirigido a todos sus compañeros, tengan forma de aburrido rectángulo o emulen a los protagonistas de la Guerra de las Galaxias, a Marilyn o los mismísimos Beatles. Y, por supuesto, a sus sufridos dueños. Por hacer magia jurídica con tan poco.

Cortaypega: arma de doble filo


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Las prisas no son buenas consejeras. Y la ambición, en muchos casos tampoco. Pero una, y otra, y mil razones más, como el oportunismo, hacen que las obras no sean tan propias como debieran, ni tan originales como se supone que son. Todos conocemos casos de plagios famosos. O de famosos que, sin saber apenas escribir sin faltas de ortografía –para qué hablar de sintaxis- se descuelgan con un novelón que ni el Quijote, y se hinchan a firmar ejemplares en librerías y ferias varias mientras talentosos escritores se ven obligados a pagar por publicar sus obras si es que las quieren ver publicadas. Cosas de la fama. Y de la vieja historia de usar un “negro”, alguien que pone el talento y el trabajo para que otro ponga el nombre y haga el egipcio. Expresión ésa de «negro» que, por cierto, habríamos de mirar de ir desterrando.

Nuestro mundo tampoco se libra de ello. Y no me refiero a que se use a otro para poner sentencias, hacer calificaciones o redactar dictámenes. Que puede ser, no digo que no, pero casi ninguno somos tan famosos como para que nuestra firma cotice tanto.

Pero sí tenemos otra modalidad de fagocitar el trabajo ajeno, Y hasta propio, si me apuran. El famoso corta-y-pega que tan útil nos resulta pero que tiene una bala guardada en la recámara. Como el John Wayne de los mejores tiempos. Desenfunda, forastero. Y que nuestro western no se convierta en una caricatura, como la del Ozores de otro tiempo en Al Este del Oeste. Dios nos libre. O no. Que el humor siempre ayuda, venga de donde venga.

Me contaba un compañero una anécdota que hoy le tomo prestada. Una sentencia pretendía hablar de determinado post en un blog. Y hete aquí que el corrector automático se empecinó en hacerle una gracia –cuantas veces pasa eso..- y convierto el post en posit, voz castellanizada que alude a esos papelitos que tan útiles nos resultan y a los que ya dedicamos un estreno, con su hija la positprudencia. Y, ya venido arriba, decidió que el escritor del post en cuestión, en pura coherencia, sería un positero. Ahí es nada. Y ahí son nada también las risas que suscitó al auditorio. Y las que me temo seguirá suscitando si la redacción persiste y se difunde en el tiempo y el espacio a través del dichoso corta-y-pega.

Y es que nos ponemos a cortar y pegar y no vemos un mañana. Y luego pasa lo que pasa. Como lo que cuenta otra compañera en que también se alinearon los planetas, el corta y pega y el corrector e hicieron una buena ensalada. Porque el corrector se empeña con convertir las notificaciones telemáticas en telepáticas. Y claro, si uno no se fija, así salen al mundo, invitando al justiciable a que haga un ejercicio propio de Rappel y le lea la mente al juzgado. Falta saber si lo consigue, que quizá la solución a los problemas de la Justicia esté en un programa de adivinación con la Bruja Lola con toga poniendo dos velas negaras y nosotros sin saberlo.

Pero esto no es nuevo. Recuerdo que cuando estaba en la Escuela judicial –entonces se llamaba así- un profesor, magistrado de la Audiencia Nacional por aquel entonces, que nos hizo escribir una palabra “espurio”, tras pronunciarla él. Nos sorprendió. Luego supimos que era una especie de experimento. Dicha voz fue mal escrita en una sentencia que sentaba la doctrina sobre el valor del testimonio de la víctima. Y fue traspuesta en su incorrecta grafía una sentencia tras otra cada vez que aludían a la doctrina en cuestión. Hace más de veinte años, pero hoy la RAE ya admite lo que en su día era incorrecto, por el uso reiterado que de ella se hacía. Para que luego pensemos que estas cosas no tienen efectos. Solo espero que nadie confunda vasto con basto, porque la diferencia entre una vasta jurisprudencia y otra jurisprudencia basta dejaría muy mal a sus señorías.

Y ejemplos encontramos a diario. Jueces que se ponen en libertad –o en prisión- a sí mismos, citaciones como imputado -perdón, investigado- al procurador, fiscales que piden la apertura del juicio oral para alguien que nada tiene que ver.. Cosas del corta-y-pega en combinación con el uso de plantillas y la intervención de algún diablillo travieso. Pero de todas éstas, mi favorita es la citación como testigo de Juan Luis Guerra, allá por los tiempos en que pedía que lloviera café en el campo, porque era uno de los cientos de cantantes cuyas obras andaban reproducidas ilegalmente en los CD,s de un . Y menos mal que los discos incautados no eran de Elvis o de Freddy Mercury, porque quizás hubiera que acudir el brujalolismo de que hablábamos al principio de este estreno, con su dos velas negras y todo.

Así que, aunque parezca un corta-y-pega de otros post, el aplauso hoy es para todos aquellos que saben emplear las ventajas en beneficio del ciudadano. Eso sí, sin olvidar dedicar una sonrisa a aquellos cuyos gazapos nos proporcionaron un buen rato. Que el buen humor también tiene premio.

Preguntas difíciles: más sobre menores


bebe ojos

A veces los estrenos dan lugar a sus remakes, a sus spin off, sus secuelas o sus sagas. O simplemente, sus respuestas. De crítica, público o ambos. Y siempre que se puede hay que responder. O se puede perder el favor del público. Y eso sí que no.

Nuestro teatro no podía ser menos. Y, entre los amables mensajes y rebloggeos con que lo honran, recibió ayer uno que contenía algo más. Un guante lanzado a esta humilde toguitaconada como si de Errol Flyn se tratara, presta a batirse en duelo por cualquier causa que lo merezca. Aunque más que un duelo acabe siendo una llamada a la reflexión. O lo pretenda.

El guante en cuestión venía rubricado con la tarjeta virtual de Francisco Rosales (@notarioalcala), del que no me desharé en elogios porque basta leer lo que se plantea y cómo lo hace para percatarse de su calidad humana y jurídica. Para los que no le conozcan, que las estrellas es lo que tienen. Aunque sean digitales y regenten una Notaría.

Así que sin más preámbulos se alza el telón:

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No se si esto es un post o una carta, no se si la amistad cibernética que nos une me permite empezar diciendo querida amiga, o tu oficio y el mío me obliga a empezar con un Ilustrísima Señora.

El motivo de estas líneas es un post que escribiste explicando que los menores son los más vulnerables ante la justicia.

No sé si existen las casualidades, de hecho creo que no existen, y es frecuente que en mi despacho vengan padres acompañados de menores, tema sobre el que he escrito en mi blog.

Sin embargo tu post llega en una semana en la que personalmente viví una experiencia de ésas que todos los juristas vivimos a veces y que nos llevamos directamente a algún sitio del alma donde se acumulan momentos en los que lo personal irrumpe en lo profesional, provocando muchas preguntas y unas sensaciones que no puedo explicar.

Sabes que soy Notario en Alcalá de Guadaíra, y sinceramente me duele que mi pueblo sea más famoso por un centro penitenciario en el que estuvo ingresada una folclórica cuyo nombre no es al caso, que por otras cosas muy bonitas que tiene.

Lo cierto es que en ocasiones tengo que acudir a ese centro, pues los reclusos como ciudadanos también necesitan en ocasiones de los servicios de un Notario.

Nunca me ha dejado indiferente el acudir a ese sitio, pues lo primero que compruebas es que las personas que están ahí son tan normales como cualquier persona que puede acudir a tu despacho; quizá el ver tantas películas deforma mucho lo que creemos que es la cárcel, pues es un sitio muy distinto al que aparece en las películas.

El tema es que esta semana me enteré que hay un módulo de madres, en el que están las reclusas que tienen hijos menores, los cuales viven con ellas.

En un principio me pareció que la idea es buena, pues no puede haber castigo más cruel que separar a una madre de un hijo, o a un hijo de una madre; y que si el fin de la cárcel no es castigar, sino rehabilitar, la mejor manera de hacer ver a alguien que se ha equivocado es probablemente con un niño.

Por circunstancias del trabajo, llegué a la cárcel justo cuando los menores salían de la guardería que tiene el propio centro penitenciario; así me lo hicieron saber, y nuevamente pensé que era bueno ayudar a las madres a la crianza de los hijos, y formar a esos hijos, así como que los hijos vivieran en un entorno lo más parecido al que hay fuera de una cárcel.

Confieso que iba alabando nuestro sistema jurídico, pensando en lo buenos que somos, y lleno de una especie de felicidad.

Pero todo cambió cuando terminé de entender a la reclusa y saliendo abren la puerta que hay frente a mi.

No apareció un niño, apareció una batería de ojos negros como platos, con la inocencia que sólo los ojos de un niño puede transmitir, menos dos que eran mayores (o sea tenían no más de tres o cuatro años) todos esos ojos sobresalían de unos chupetes enormes que no podían ocultar la sonrisa que tiene un niño cuando ve a su madre.

Todos se veían felices, y no es para menos, estaban viendo a sus mamás, todos llevaban en la mano, no se qué regalo que ese día habían hecho para sus madres, y todas esas madres abrían los brazos, como sólo una madre puede abrirlos dispuestos a apretar a una parte de ellas mismas.

Los funcionarios sonreían, ayudaban a niños y a madres, que montaban el guirigay que muchas veces he visto en la salida de un colegio.

Sin embargo, eso era una cárcel, eran niños en una cárcel, yo lo sabía, las madres también, los funcionarios también y sólo de pensar que lo supieran los dueños de esos chupetes sentí que algo se rompía en mi alma, pensé que todas las tonterías que pensaba antes de entrar tonterías que sólo puede pensar un majadero.

Sonreía, no puedo negar que sonreía viendo a esos niños y a esas madres, pero algo lloraba muy dentro de mi, no sé explicarlo; sé que esas mujeres están ahí por algo, perdona que trate de culparte (no lo hago créeme) me acordé de ti, pues pensé en qué juez y qué fiscal puede pedir esa condena.

Sé que el fiscal no pide condena, sólo defiende la ley; sé que el juez no condena, simplemente aplica la ley, sé que la ley la hacemos todos, y que en muchas ocasiones es justa, que esas mujeres están ahí porque hicieron algo.

Sin embargo, no encuentro consuelo, algo me dice que probablemente no lo haya, eran niños en una cárcel, y nadie me puede convencer que ese no es el sitio para un niño.

¿Puedes ayudarme?

 

 

Ya está el guante echado, como echado queda nuestro telón para hacer un intermedio. El que precede a la segunda parte de esta sesión especial de nuestra función.

 

Y ahora viene lo más difícil. Contestar. O, al menos, tratar de hacerlo. Y no a una sola pregunta, sino a varias.

¿Qué habían hecho estas mujeres para estar en prisión? ¿Es la cárcel el mejor sitio para esos niños? ¿Es mejor separarlos de sus madres para que vivan en libertad? ¿Es posible que las madres de niños tan pequeños dejen de cumplir sus condenas en prisión para criar en sus hijos en un entorno adecuado? ¿Hay alguna otra opción de cumplimiento para evitar estos efectos?

La respuesta no es que no sea fácil. Es que es imposible. Pero al menos trataré de coger a los lectores imagianariamente de la mano, si me lo permiten, y darnos un paseo por estas cuestiones. Vamos allá.

La cárcel es uno de los sitios más feos donde se puede estar. Por más humana que quieran hacerla, el sonido de una puerta que se cierra y cierra con ella la libertad es uno de los sonidos más horribles. Incluso cuando vamos de visita profesional esas puertas ponen los pelos de punta. Y no es para menos. Eso es algo que pienso cuando alguien frivoliza con lo bien que están los presos, con que si tienen piscina o televisor o pueden estudiar una carrera. Por fortuna, no estamos en los tiempos de El Conde de Montecristo ni el terrible Chateau de If, ni siquiera en los de Fuga de Alcatraz. Acabáramos.

Pero lo bien cierto es que, por más que intenten hacer un entorno amable para las madres presas y sus hijos, una cárcel es una cárcel. Y esos niños perderán de su infancia lo que la mayoría de nosotros guardamos como un tesoro: los juegos en la calle, estar en un parque, en una playa, en la montaña, ir de un lado a otro. Aunque es cuanto tengan la edad escolar salgan de allí, han perdido un tesoro. Sin olvidar otra cosa importante: el contacto con su padre, sea quien sea y haga lo que haga. Algo también a tener en cuenta.

De otra parte, si se quedaran lejos de sus madres perderían el contacto con ellas, otro tesoro que jamás recuperarían. Los primeros años con una madre marcan para siempre. Como también lo marcan con un padre. Al igual que marca la ausencia de ambos. Una ecuación difícil de despejar.

Pero hay una tercera incógnita. La sociedad. Es ésta y sus leyes las que han decidido, sentencia mediante, que la madre en cuestión debe estar en prisión por el delito que ha cometido. Y es difícil sostener otra cosa, porque hacer una excepción podría suponer un peligroso antecedente. El viejo dicho de ser peor el remedio que la enfermedad. O no. Pero la cuestión es que no puede dejar de castigarse un hecho o rebajar una condena porque la circunstancia de que la autora sea madre, si esto nada tiene que ver con el delito cometido. Y las víctimas de ese delito no lo entenderían. Imaginemos que la condena existe por matar a alguien, a una persona que también tiene madre ¿cómo explicarle que quien le privó de su hijo pueda librarse de su justo castigo por el hecho de tener un hijo?

Así que cualquier solución posible estaría tejida con renuncias. La del niño a criarse en libertad, la de ese mismo niño a tener a su madre, o la de la sociedad a la que el niño pertenece a que se haga justicia. Y eso solo partiendo de los derechos del niño o de la niña en cuestión, que son los que más deben importarnos.

Difícil decisión. Así que lamento no poder dar respuesta a la carta y dejar las dudas en el aire. Eso sí, con un ruego. Si esas criaturas han de empezar su vida entre las paredes de una prisión, que les garanticemos las mejores condiciones posibles. Y no solo eso. Que, una vez estén fuera de ese recinto, les sigamos garantizando una vida que haga que jamás vuelvan a pisarlo. No les fallemos en eso, porque la educación es el único modo de cerrar el círculo.

 

Se cierra el telón. Los aplausos, por supuesto, para el invitado especial. Gracias por hacernos pensar y sentir.