Curiosidad: ¿mató al gato?


la curiosidad mato al gato

Dicen que la curiosidad mató al gato. Y no sé si es así, pero es cierto que la curiosidad y las preguntas sin respuesta forman parte del mundo del espectáculo como la vida misma. Los protagonistas de El mago de Oz andaban buscando respuestas y algo más, Harry Potter buscaba La piedra filosofal, Indiana Jones iba En busca del arca perdida y mientra otros iban Tras el corazón verde, o tratando de encontrar Un mundo feliz, su Xanadú o su Shangri La. Querer saber es humano, aunque a veces pase lo que pase.

En nuestro teatro no tenemos gatos, que se sepa, aunque de vez en cuando se nos cuele alguno como protagonista de un juicio. Ya conté una vez lo que nos reímos ante la interpretación que hizo la prensa de una sentencia aparentemente sencilla. Condenaba a 7 días de arresto domiciliario –si, era en el Pleistoceno del Derecho- por una falta de daños consistente en envenenar al gato de la vecina. Y el titular de prensa fue que se le condenaba a un día de arresto por cada vida del gato. Ingenioso, aunque el pobre gato no pudiera verlo ya. Por suerte ha llovido mucho desde entonces y ahora el maltrato de animales domésticos se castiga más duramente y las faltas  ya no existen, aunque confieso que todavía las echo de menos. Los levitos no son lo mismo.

Pero si que tenemos curiosidad, que nos viene de serie. No en vano preguntar es una de nuestras herramientas y de nuestras funciones fundamentales. Y no creamos que todo el mundo lo entiende, que alguna vez me he encontrado a investigados, y hasta a testigos que no estaban conformes y querían repreguntar. Una vez dijo uno muy indignado en el juicio que esa señora ya ha preguntado mucho –refiriéndose a mí, con mi toga y mis tacones puestos- y que a ver cuándo le tocaba a él, que también tenía derecho. Le explicamos muy educadamente que no, que no tenía derecho, y que precisamente la cosa consistía en que contestara a las preguntas que le hiciera, si lo tenía a bien y no usaba a su derecho a guardar silencio, pero no se quedó conforme, porque lo último que quería era callarse. Y, por supuesto, le explicamos lo de que podría hablar en su turno de última palabra que, como sucede a muchos, no sirvió sino para cavar su propia tumba, dicho sea en sentido estrictamente jurídico.

No ha sido éste el único que nos ha espetado preguntas cuanto menos pintorescas. Acompañadas, en muchos casos, del lenguaje gestual de su defensa que decía bien a las claras “trágame tierra”. Tal cual, y sin necesidad de piedra abogadeta para interpretarlo.

Los juzgados de Violencia sobre la Mujer dan para mucho en este tipo de preguntas. Hay quien no acaba de entender qué es un alejamiento, ni por qué no se puede acercar a “su amada” por más que ella no quiera ni verlo. Al pedir el alejamiento, me han llegado a preguntar si yo nunca había estado enamorada, apostillando que si lo hubiera estado lo entendería. Pero quienes no entienden nada  a veces son ellos, y también ellas en ocasiones. Tal vez porque no se lo expliquemos bien. Por eso me quedé de pasta de boniato cuando un condenado me decía que se conformaba, pero que no sabía cómo tenía que hacer eso de estar siempre a 300 metros de la víctima. Aunque para preguntas rocambolescas, la que me hicieron una vez, respecto al dispositivo telemático: «¿y puedo escoger la pulsera que quiera ponerme?». Tal como lo cuento.

Otras preguntas no son tan graciosas. Ya he contado alguna vez algo que no solo me ha pasado a mí, sino a más compañeros y compañeras. Que, a la pregunta de si usted pegó a su mujer formulada por un magistrado varón, el acusado contestara con un «¿que usted no pega a la suya?», con gesto de colegueo incluido, y para desesperación de su abogado defensor.

Y si de abogados y abogadas hablamos, una de las que más recuerdo fue la un acusado, al que parece que no gustó nada la representante del turno de oficio que le asignaron, y nos soltó en plena declaración «¿y cuando me traen un abogado de verdad?». Ni que decir tiene que le explicamos con toda corrección que la que tenía era no solo de verdad sino la mejor que podía tener, que ya tiene mérito no perder la paciencia con un cliente así. Pero es que algunos no llevan bien la presencia de mujeres en la Administración de Justicia, y menos si le van a juzgar. Por eso no ha sido una vez ni dos las que he oído preguntar «¿y no puede ser en un juzgado donde hayan hombres?». Y de nuevo su defensa a punto de que le diera un colapso.

También en los delitos contra el patrimonio surgen preguntas curiosas. Algún que otro investigado, tras ser pillado con las manos en la masa, ha llegado a preguntar que si hubiéramos visto aquello tan bonito y tan fácil de coger no nos lo hubiéramos llevado. Y más de una vez le hemos contestado que no, que no tenemos por costumbre llevarnos lo que no es nuestro, por extraño que le parezca.

Por último, hay a quien incluso los gestos le hacen saltar la curiosidad, por llamarla de algún modo. Esta toguitaconada, que pretende llevar la amabilidad  por bandera, se ha encontrado a algún investigado preguntándole «¿por qué sonríe?». Aunque casi mejor que quienes pretender vacilarnos y nos dicen eso de «¿por qué ponen esas caras tan serias, que lo mío no es para tanto?”. Y es que hay quien no se contenta con nada.

Así que hoy el aplauso no es para quien pregunta, sino para quien aguanta estoicamente esas preguntas sin perder la paciencia. Que cuesta, y mucho.

 

 

Opinión: oportunidad y oportunismo


ocasión

Es obvio que la opinión es una parte de la vida y, más aún, del mundo del espectáculo. No solo las críticas que hacen los profesionales, sino lo que piensa cada cual de la obra que ha visto es esencial para que anime a otras personas para pagar su entrada y ver el espectáculo o para prescindir de él, incluso si es gratis. La opinión es libre, faltaría más. Ya hace mucho que pasaron los tiempos de la censura que tan bien retrataba La Corte del Faraón.

También en nuestro teatro la opinión es importante, aunque a veces no lo sepamos ver. La opinión que tiene el justiciable de la Justicia debería movernos a mejorar, siempre que nos dejen. Porque es difícil, por no decir imposible, combatir esa opinión generalizada de que la Justicia es lenta si no nos dotan de medios para poder agilizarla. Por supuesto, de medios  que vayan más allá de publicar una norma en el BOE con una disposición adicional que advierta que no supondrá dotación de medios personales ni materiales, como pusieron de moda una buena temporada.

Por desgracia, parece que la Justicia importa poco si no es para criticarla. Y conste que no lo digo yo, que lo dice el CIS en sus encuestas periódicas, en las que no hay manera de que figure entre las preocupaciones más allá de un discretísimo puesto  décimo quinto, como si fuéramos la canción de España en el festival de Eurovisión –al menos hasta el momento-.

Pero todo puede cambiar. Y, por suerte o por desgracia, ha pasado, o mejor dicho, está pasando. La actuación jurisdiccional ha sido cuestionada, revisada, cirticada, torpedeada e interpretada por tierra, mar y aire. Y, como en botica, hay de todo. De bueno, de malo y hasta de regular. Así que mejor vayamos por partes.

Entre lo positivo, está bien empezar a asumir que la ciudadanía puede salir a la calle a protestar por una decisión del poder judicial, como decíamos en el estreno dedicado al descontento, como lo hace contra las del poder legislativo o ejecutivo. Es más, como nosotros mismos estamos haciendo cada semana porque no nos han dejado otro remedio que sacar las togas a la calle haciendo las movilizaciones  que haga falta. Y también puede valorarse el hecho de que varios jueces y juezas puedan salir en la tele a explicar las cosas y mostrar su desacuerdo con una sentencia sin que a nadie se le caigan los palos del sombrajo .

Pero todo tiene un límite. Y ahí empieza el problema. Las descalificaciones personales, los insultos y otras cosas que traspasan el respeto no se pueden consentir. Aunque, también hay que decirlo, una buena política de comunicación también ayudaría a hacer comprender a la gente cosas que les pueden resultar incomprensibles. Prescindiendo, además, de la pléyade de todólogos y opinadores profesionales que enturbien más el asunto. En el punto medio está la virtud.

Ahora bien, de la opinión al oportunismo no hay más que un paso. Y hay quien lo franquea y se queda tan fresco. Y ahí sí que tenemos un problema, y muy serio. No vale subirse al carro para meterse unos cuantos votos en el bolsillo. No vale tampoco enfrentar a la opinión pública con el poder judicial ni sacar sospechas y chismes a relucir sin una mínima demostración de veracidad. No vale saltarse las reglas del juego. Acercarse al sol que más calienta para lograr simpatías no es oportunidad, es oportunismo. Y eso sobra. Porque el sol quema cuando uno se acerca demasiado

No es el único caso, ni la única vez que pasa. Legislar a golpe de telediario se está convirtiendo en una costumbre peligrosa, y además, barata. Saltan las alarmas, se enciende la mecha de la opinión pública y ya está. A pagarla Pocarropa. O más bien, Muchoartículo, o sea, el Código Penal, que es siempre quien acaba pagando los Platos rotos. Se suben rápidamente al carro, se anuncia la enésima reforma y chimpón. Bueno, bonito y barato. Al módico precio de incluir unos renglones en el BOE, se pretende que está todo arreglado. Da igual que sea la edad penal, la prisión permanente revisable o los delitos contra la libertad sexual. En lugar de invertir para evitarlos, legislar para castigarlo. Olvidando aquello que nos enseñaron en la Facultad de que el derecho penal debe ser la última ratio.

Y ojo, que me acabo de enterar que, para colmo de los colmos, en la comisión que pretende estudiar los delitos contra la libertad sexual no hay ninguna mujer. Con lo cual han perdido la oportunidad de demostrar que no es oportunismo. Con lo poco que cuesta.

Y es que la ocasión la pintan calva, como dice el sabio refranero. Y no solo para los mandamases. Por eso de vez en cuando nos pasan cosas en nuestro teatro que nos lo recuerdan. Como el investigado que, instruido de su derecho a ser visto por el médico forense, nos dice tan tranquilo que vale, que así le verá un forúnculo que le ha salido en el trasero y le está molestando al sentarse. Tal como lo cuento. O algún otro que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, nos hace una consulta sobre su divorcio a pesar de estar sentado en el banquillo por haber mangado una colonia en un supermercado. Por no decir una crema, no vaya nadie a pensar cosas raras.

Así que ahí va el aplauso. Hoy, destinado a quienes no confunden oportunidad con oportunismo. Por difícil que sea sucumbir a la tentación.

 

Arrepentimiento: crimen y castigo


perdon

El arrepentimiento es algo frecuente en la vida. Cuantas veces hubiéramos querido echar atrás la cinta de  los acontecimientos y que la película acabara de otra manera. Y cuántas otras hemos de pedir perdón por ello, aunque no siempre lo hagamos. Al arrepentimiento y al perdón se han dedicado muchas obras en el cine, Sin Perdón o con él, aunque haya quienes ni siquiera sienten remordimientos, como el protagonista de Crimen y castigo. Incluso la propia palabra Arrepentimiento da título a una película. Y es que equivocarse es humano, y arrepentirse, todavía más.

El arrepentimiento tiene su consecuencia jurídica desde siempre en nuestro Derecho. El código Penal antes hablaba de arrepentimiento espontáneo , aunque no siempre fuera tan espontáneo, y ahora contempla la confesión y la reparación del daño entre las atenuantes. Pero no olvidemos, como dijimos en el estreno dedicado al derecho casero  de nuestras madres, que fueron ellas quienes inventaron la atenuante. “Pídele perdón a tu hermano y daos un abrazo”, y, por más que una no tuviera ganas, más le valía hacerlo en pro de una mengua en el castigo materno. Buenas son las madres.

Pero no basta con pedir perdón, ni con arrepentirse, ni con ninguna de las dos cosas, ni tampoco con confesar los hechos sin más para que la cosa tenga el efecto de rebajar la condena. El Derecho exige un plus, tanto de tiempo como de forma. La confesión debe hacerse antes de que se sepa que el procedimiento penal se dirige contra el culpable, y debe contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, esa frase que tanto gusta en las películas y que nunca usamos en nuestros juzgados, por más que mucha gente lo piense. No sirve que se cante la Traviata para quitarse uno culpas de encima y cargarlas en el otro, ni sirve tampoco que se cuente una película diferente para tratar de quitarse responsabilidad. Es decir, que de nada les sirve a esos investigados listillos venirnos con excusas  tan peregrinas como que la moto estaba ahí flamante, sin candado ni nada, esperando a que me la llevara, ni mucho menos la de que han bajado unos extraterrestres a decirme que tenía que robarla. Y juro que no invento nada, que, como las series del mediodía dominguero, lo que cuento está basado en hechos reales. Eso sí, que no sirva esta frase para echarse una siesta y no seguir leyendo -efecto que suele producir cuando una ve la serie de marras desde el sofá- que aun me quedan cosas que contar.

Como decía, la confesión ha de hacerse antes de conocer que el procedimiento se dirige contra él. O sea, que no es tal la que hace el investigado cuando es pillado con el carrito del helado. Cuando el culpable es sorprendido con las manos en la masa, o, mejor dicho, con el cuchillo ensangrentado en la mano, o con el producto del robo en su bolso, no valen prendas. Por más que confiese en esos momentos, no hay rebaja que valga. En esos casos no se aplica la atenuante.

Otra cosa es que el reconocimiento de los hechos pueda tener algún efecto posterior. Eso es, precisamente, lo que ocurre con las conformidades, donde los fiscales ofrecemos una pena más reducida –pero siempre dentro de la prevista en la ley- en el caso de que el acusado reconozca los hechos. Y, si esa conformidad se produce en la propia guardia, en el juicio rápido, la ley establece la rebaja de un tercio de la prevista. Con razón decía una magistrada que conocí en mis primeros tiempos de fiscal que la conformidad era una atenuante analógica al arrepentimiento espontáneo. Pero ojo, no olvidemos que esto no es una película americana. Las negociaciones en las que el Fiscal, por arte de birlibirloque, convierte un asesinato en un homicidio en no sé qué grado aquí no existen. Entre otras cosas, porque aquí el homicidio no tiene grados.

Y seguro que alguien está pensando en todas esas cosas que dicen en la tele sobre arrepentidos , colaboración y pactos con la fiscalía. Que, aunque como argumento de película queda muy bien, no es tal y como parece. Es cierto que el hecho de colaborar con la Justicia con una confesión que ofrezca datos para la investigación tiene sus efectos penológicos para el que colabora. Pero nada de pactos entre bambalinas ni ofrecer una identidad nueva ni la impunidad a cambio de cantarlo todo. Se puede atenuar la pena, pero nunca pactar a cambio la exoneración de ésta. Que cada palo aguante su vela.

De otra parte, aunque el hecho de reparar económicamente el mal causado también puede suponer una atenuante, tampoco nadie debe creer que con pagar está todo arreglado. El hecho de indemnizar a la víctima antes del juicio, o de devolver lo sustraído puede rebajar algo la pena, pero nunca eliminarla. Ni aunque se pagaran millones. Acabáramos.

Pero no quiero acabar sin contar alguna anécdota sobre pedir perdón, que hay varias y muy sabrosas. Recuerdo a un investigado que, al saber que la atracada era fiscal, se puso a llorar pidiendo perdón y diciendo que si llega a saber que era una “señora señoría” no lo hubiera hecho, y hasta ofrecía hacerle unas chapuzas en su casa a cambio de que le perdonara. Y recuerdo también hace poco a un detenido por tercera vez en una semana en un acto de quebrantamiento de medida de alejamiento –se sentaba en un banco en la puerta de casa de ella- que, al ver que el azar había hecho que la fiscal –quien suscribe- era las tres veces la misma, se arrojó a mis pies, hincándose de rodillas pidiéndome perdón. Y, aunque como numerito tenía su punto, eso tampoco vale.

Así que ahí queda eso. Más vale no hacer algo que tener que pedir perdón por ello, como también diría mi madre. Pero igualmente hay que reconocer que está mejor pedir perdón que no hacerlo. Por eso el aplauso no se lo daré a quienes lo piden, sino a quienes tienen la generosidad de saber perdonar. Porque eso sí es difícil.

 

Descontento: cuando no gustamos


no es no carol

En el mundo del espectáculo se tiene asumida la posibilidad de crítica, incluso de la más feroz. En un ámbito donde se vive de cara al público y de él se depende, nadie se lleva las manos a la cabeza porque el respetable exprese su acuerdo o desacuerdo con una buena o mala crítica -tanto profesional como del boca-oreja- o con las vías de hecho más básicas, simplemente, no ver el espectáculo ni comprar entradas. Así es el Juego de Hollywood. Y así era también, el entrañable mundo de Cinema Paradiso.

En nuestro teatro, sin embargo, las cosas no son así.  O no lo habían sido nunca. El público, esto es, el justiciable, que es a quien nos debemos, tiene poco que decir ni que hacer cuando no le han gustado nuestras funciones. La vía de hecho está descartada, obviamente. No podemos dejar de acudir a la función que nos toque, ni tampoco elegir a qué sesión vamos, según nos guste más o menos el protagonista. Ni tampoco elegir qué película ver. Nadie puede escoger juez, ni juzgado, ni siquiera verse o no inmerso en determinados asuntos o ser citado como testigo, por ejemplo. Y sí, ya sé que a veces entran ganas de que mi asunto lo conozca tal o tal juez, que me cae mejor, me produce más confianza o me han dicho que es rápido como el rayo y señala a dos días vista. O fiscal, que también sé que circulan por ahí hasta rankings y cada cual somos hijos e hijas de nuestro padre y nuestra madre. De momento, no cabe lo de pedirse juez o fiscal de cabecera como nos pedíamos en el colegio a la niña más hábil para que formara parte de nuestro equipo. Y ojo, no es que lo diga yo, que lo dice la Constitución cuando habla del juez predeterminado por la ley como una garantía del derecho a la tutela judicial efectiva. Y así tiene que ser.

Por tanto, descartada la vía de hecho, queda la directa, la de criticar, protestar y opinar acerca de las resoluciones judiciales, o del informe de la fiscalía, en su caso. Y estos, como todo en una sociedad democrática, sí son criticables y opinables. Por supuesto, dentro de unos límites encuadrados en el respeto, que más de una vez se saltan. Pero se puede. Las sentencias se acatan, pero pueden no compartirse, y hasta no respetarse. Eso sí, sin perder el respeto a quien las dicta y a la representación que ostentan, que no es lo mismo. Y pronunciarse en contra no debería ser malo siempre que, como digo, se mantenga esa crítica en los límites del respeto . Y ya sé, ya sé que a veces cuesta. Y que morderse la lengua es un ejercicio doloroso, pero en ocasiones necesario.

No me voy a andar con circunloquios. A estas alturas, todo el mundo conoce el fallo del asunto de La Manada, aunque mucha de la gente que afirma haberlo leído no lo ha hecho. Casi cuatrocientos folios no se tragan así como así. Pero también es cierto que criticamos los presupuestos generales del Estado sin haberlos leído enteritos, y lo hacemos con muchas leyes o disposiciones del Poder Ejecutivo de las que solo conocemos las líneas esenciales. Y en ese caso no pasa nada. Nadie exige a quien se queja, por ejemplo, de que no hay inversión suficiente en Justicia en los presupuestos que se haya leído los mismos de pe a pa. Así que se puede criticar u opinar sin que sea necesario conocer la sentencia al dedillo, aunque lo que no se puede es inventar lo que no dice. Que de todo se oye, y más cuando entramos en la rueda de tertulias, magazines y todólogos varios.

Mucha gente se ha echado a las calles. Y no solo mujeres. Hay quien critica que se haya hecho, aduciendo que al Poder Judicial se le debe dejar trabajar tranquilo. Y no seré yo quien prive a sus Señorías de su tranquilidad, pero si se puede salir a la calle a criticar y protestar contra decisiones del Ejecutivo, otro poder del estado, o del Legislativo, ¿por qué no del judicial?. ¿O acaso alguien admite que se diga que se deje trabajar al Ejecutivo tranquilo cuando nos está dejando la justicia hecha unos zorros, si nosotros mismos nos hemos movilizado en contra? Así que, como poder del Estado, debemos admitir estas movilizaciones, nos gusten o no. Y ojo, que a mí lo que no me gustan son las generalizaciones. Confieso que la sentencia de marras no me gusta, pero no admito que por ello se denoste la labor de muchos profesionales que estamos cada día dando el callo. Que cada palo aguante su vela.

Creo que hay que replantearse muchas cosas. Entre ellas, que la gente es libre de movilizarse contra lo que no le gusta, sea una ley o una sentencia, siempre que lo haga dentro de esos límites de los que hablaba. Y que, además, estaría bien que supiéramos explicar las cosas para que no se sembraran dudas donde no las hay o no se crearan malentendidos y hasta leyendas urbanas que luego no hay quien desmienta.

Y como de muestra vale un botón, pondré un ejemplo al hilo de la sentencia. Se han corrido ríos de tinta, se han llenado pancartas y colmado hastags en redes sociales con el lema #YoSiTeCreo. Y se ha transmitido la idea de que quienes firman la sentencia –salvo el voto particular, del que no hablaré por no traspasar límites- no han creído a la víctima. Y no es así. La han creído de cabo a rabo. Lo que ocurre es que no han anudado la consecuencia jurídica que mucha gente esperaba o reclamaba, la Fiscal del caso –mi reconocimiento a la compañera por su labor- entre otras. Y esto es lo que permite que el sistema actúe, por la vía que prevé la ley: los recursos. Como decían en Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto. Y por eso se prevé un sistema para que otros ojos revisen lo fallado –en el doble sentido de la palabra-. Veremos a ver cómo respira la próxima instancia, que a buen seguro la hay, dado que, entre otras cosas, la Fiscalía ya ha anunciado que recurrirá, de lo cual me regocijo –aunque sin jolgorio alguno, que conste-

Por si no hubiera suficiente, ahí va otro botón de muestra. Oigo voces que reclaman una reforma del Código Penal. Y creo que yerran el paso. El problema no es el Código, sino quien lo interpreta. Porque el Código considera que hay violación cuando concurre intimidación o violencia. Y la verdadera cuestión está en quién y cómo se interpreta la intimidación o la violencia. Por eso la fiscal, con el mismo Código que la sala, entendía y entiende que había violación, exactamente igual que lo entiendo yo. No podemos legislar a golpe de telediario, por mucha que sea la indignación.

Mientras tanto, una llamada a la reflexión. Por un lado, creo que hay que interiorizar que no pasa nada por qué nos critiquen, como se critica a cualquier otro poder del Estado, e incluso que se manifiesten . No somos intocables. Por otro, tal vez deberíamos plantearnos salir a la palestra para explicar las cosas mejor, aunque percibo que eso ya se empieza a hacer –de hecho, yo misma lo estoy haciendo aquí y ahora-. Y, sobre todo, hay que plantearse que la jurisprudencia es dinámica, y puede cambiar de criterio y de orientación de acuerdo con los tiempos. ¿O no recordamos la famosa sentencia de la minifalda que hoy no dictaría nadie?

Así que, calma. Que no cunda el pánico. Que unos y otros, unas y otras, no se enroquen en posiciones radicales. Utilicemos las vías que la democracia nos ofrece, tanto para criticar como para impugnar. Tal vez esto sea el principio del camino para cambiar las cosas. Por eso, mi aplauso a quienes, sin perder los papeles, estén en ello, sea desde la calle o desde los despachos.

Y de nuevo, una ovación extra para @madebycarol1, autora de la estupenda ilustración que encabeza este post

Más derecho casero: más allá del BOE


marco-serie

Hace apenas nada dedicábamos un estreno  al Derecho que crean las madres, esas grandes y desconocidas jurisconsultas de andar por casa. Pero, como me apuntaba mi querido notario Francisco Rosales,  aun me quedaron muchas cosas en el tintero. Y, pese a que nunca sería posible contar Todo sobre mi madre, me dispuse a enmendar ese error en la medida de lo posible. Porque, Mamma Mía, hay que ver lo que las madres dan de sí. Sean una Mater amantísima, como la de Mujercitas, o la mismísima madre de Psicosis, cuya calavera tanto susto nos hizo pasar. Por eso se recorrió Marco el mundo entero en busca de la suya.

Las madres, como ya vimos, son una auténtica fuente del derecho, la madrisprudencia. Y quien no me crea, que siga leyendo, y veremos si al final me da la razón.

Ellas, antes que nadie, nos enseñaron la importancia de los plazos, y si no, recordemos la impaciencia con la que esperábamos las impepinables 2 horitas para poder bañarnos después de haber comido, no nos fuera a dar el famoso corte de digestión. Pero no es ese el único plazo, porque las madres tiene su propia concepción de causa preferente, cuando nos dicen “quiero ver tu habitación arreglada ya” y, si remoloneamos pidiendo una prórroga, nos contestan con eso de “ya es ya”. Incluso inventaron la prisión preventiva, con eso de “no sales de tu cuarto hasta que hayas acabado los deberes”, sin derecho a habeas corpus ni nada. Eso sí, tienen su propia idea de las medidas cautelares, por eso suelen decir eso de “tú no lo hagas, por si acaso”.

También las madres fueron pioneras en la aplicación de las penas privativas de derechos y los trabajos en beneficio de la comunidad. Que me digan si no en qué consistían esos castigos de irse a la cama sin postre o quedarse sin ver la tele una temporada. También son pioneras del secuestro y el comiso de bienes, que te dejaban sin radio, sin música y, ahora, sin móvil hasta que cumplieras la condena. Y, por supuesto, de una madre debió partir la idea de los cursos de reeducación, cuando decía aquello de que te iba a poner un profesor particular para el verano, o te iba a endosar los inevitables cuadernos de vacaciones Santillana. Y ojo, que también inventaron la libertad vigilada mucho antes que el legislador, tanto en su versión real –“ y no te muevas de ahí que te estoy viendo”-, como en la virtual, desde bien críos –«acuérdate que los Reyes Magos te están viendo”-. E incluso conocen al dedillo la jurisdicción universal, de ahí el famoso e intimidante “ya puedes esconderte”

Las madres son además las precursoras de las garantías procesales, y si no recordemos esos de “que sepas que no me ha dolido el zapatillazo”. Y son también unas maestras en utilizar el sistema de recursos más efectivo, cuando te decían aquello de “como se lo diga a tu padre, vas a ver”. Para rematar, son unas verdaderas maestras de la instrucción de causas, que siempre averiguan por su cuenta donde estás, incluso recurriendo a la cooperación judicial versión materna: “he hablado con la madre de Zutanita y no has estado con ella”. Y es que entra las madres hay un corporativismo que ríase usted de cualquier otro cuerpo o profesión.

Pero que nadie crea que se bastan con sus propios conocimientos. Que va. Las madres hacen un uso exquisito del precedente jurisprudencial cuando nos decían aquello de “Fulanita arregla su cuarto todos los días” o “Menganito saca todo sobresalientes”. Y hasta echan mano, si hace falta, del Derecho comparado, que más de una vez hemos oído eso de “en casa de Perengano no pasan estas cosas”, por más que conozcamos a los hijos del sr. Perengano y sepamos que de eso nada. Pero , una vez agotado el sistema de recursos, la decisión es irrecurrible. Acabáramos. Y si no, las madres usan su propia modalidad de huelga con un toque de chantaje psicológico con su “me vas a matar a disgustos”.

Las madres también conocen las eximentes, pero son duras a la hora de contemplarlas. Ellas son quienes han perfilado los requisitos del arrepentimiento espontáneo para que tenga valor, y si no que alguien me explique si no era eso lo que hacían cuando decían “no te creas que con pedir perdón ahora te vas a salir de rositas”, versión materna del “a buenas horas, mangas verdes» de toda la vida. Y todavía son más implacables con otras eximentes como el consumo de alcohol u otras sustancias. Ay del que pretenda justificarse ante una madre aludiendo a que había tomado unas copas de más. No quisiera yo verme en su pellejo, Y tampoco les vale la obediencia debida ni nada parecido, que ellas ahí siguen erre que erre con lo de que «si uno se tira por la ventana, tú también«, como si nuestras amistades se dedicaran al balconing mucho antes de que este se pusiera de moda.

Y si hay algo en lo que son especialistas, es el Derecho Procesal. Delimitan el objeto procesal como nadie, con eso de “no me vengas con cuentos”, y valoran las pruebas como el mejor de los juzgadores, empezando por el interrogatorio, siempre implacable. Por eso las madres exigen eso de “contesta a lo que te pregunto” y “no te andes por las ramas”. Y, por su puesto, inventaron antes que nadie eso de dar por confeso, tan propio del proceso civil, que enseguida sueltan eso de “si no dices nada, algo tienes que ocultar”.

Por descontado, las madres conocen y valoran el escalafón, por eso nos repiten lo de que no nacieron ayer, que han sido cocineras antes que frailes –por más que no hayan sido ni una cosa ni otra- y acaban siempre preguntándonos si nos creemos que se chupan el dedo. Y ojo con contestar, que todavía es peor. Es como usar el derecho a la última palabra para acabar metiendo la pata hasta el fondo.

Pero, como no solo de derecho penal versa la madrisprudencia, aquí dejo un ejemplo de su conocimiento del Derecho civil. Las madres sabían mucho antes que nadie lo que era la custodia compartida y el régimen de visitas cuando le decían al hermano mayor que llevara consigo a su hermana. Y, por supuesto, también en la modalidad de visitas intervenidas, cuando añaden que no le quites el ojo de encima a la hermanita.

De lo que no cabe duda es que fue una madre la inventora del sistema de fichar de los funcionarios. Lo de “ a las diez en casa” era un clásico. Y ahí estaba, esperando que ficharas. Y, caso contrario, esgrimía otra arma de la que también fue una precursora: las TIC. Porque las madres no necesitaban hacer, solo con una mirada hacia la zapatilla nos convencían, haciendo un uso propio de las tecnologías  de información y comunicación sin usar dispositivo alguno. Eso sí que era ser una adelantada a su tiempo y no lo de Julio Verne.

Así que ahí queda la segunda parte del derecho de las madres. Un auténtico filón del que no se ha hecho tesis doctoral alguna, aunque bien lo merece. Aunque, de momento, se llevan nuestro aplauso. Tan merecido como ninguno.

 

 

Amabilidad: el valor de una sonrisa


AMABLE

La sonrisa es algo necesario para cualquier artista, sobre todo si se trata de quienes viven delante de las cámaras. Actores y actrices, cantantes y todo tipo de estrellas y estrellitas se pasean por las alfombras rojas luciendo sus hileras de dientes perfectas y radiantes, aunque por dentro sientan cualquier otra cosa. Y es que todo el mundo espera eso de esas personas a las que sigue o admira. Aunque hoy se lo pongan cada vez más difícil con los móviles, porque todo el mundo parece dispuesto a hacerse el selfie de rigor con el famoso de turno, e imagino que a veces debe costar sonreír, cuando la procesión va por dentro. Sonrisas y lágrimas. Pero, como dicen, son las servidumbres de la Fama. Y cuando no se hace así, hay que prepararse para ser pasto de críticas y objeto de programas de zapping. Y si no, recordemos la antológico escena de Fernando Fernán Gómez mandando a hacer puñetas a quien hasta ese día era su admirador.

En nuestro teatro no tenemos alfombra roja, ni fans empeñados en hacerse selfies, salvo alguna que otra toga mediática . Pero hay que reconocer que, como trabajamos de cara al público, una cara amable o una sonrisa nunca viene mal. Eso si, sin caer en el dientes, dientes que tan famoso hizo cierta folklórica.

La verdad es que sonreir cuesta bien poco y se agradece. Y también sirve para salir de algún que otro atolladero o evitar que alguien reacciones airadamente. Como dice el refrán, se atrapan más moscas con miel que con hiel. Y eso vale para cualquier sitio, incluida Toguilandia.

Recuerdo lo que contaban de un fiscal jefe cuyo nombre omitiré por prudencia. Decían de él que cuando te llamaba a su despacho, te trataba con una amabilidad tan exquisita que, aunque te endosara el doble de trabajo, la gente acababa saliendo de allí dándole las gracias y creyendo que casi le estaban haciendo un favor. Hasta que, una vez  fuera del influjo de sus formas amables, caían en que les había encalomado un marrón, pero entonces ya la cosa no tenía remedio. No pude experimentarlo en persona, pero no dudo que sería así .

Pero no hace falta ser jefe para tratar a la gente con amabilidad. Ni tampoco hace falta tener que asignar un trabajo extra para desplegar ciertos encantos. Como he dicho más veces, llegar y saludar con un “buenos días” a quienes comparten lugar de trabajo con nosotros es una buen ejercicio y cuesta poco. Y se agradece mucho. Y, aunque no hace falta venirse arriba y cantar aquello de” Good morning, good morning”, saltando entre los expedientes como los protagonistas de Cantando bajo la lluvia, no estaría nada mal hacerlo, aunque fuera solo una vez. Por si acaso, me iré haciendo con unos zapatitos de claqué. Con tacones, por descontado.

Otro ejercicio que me planteé hace ya tiempo llevar a la práctica es uno muy sencillo. Agradecer a mis compañeros o compañeras el trabajo bien hecho. Si estaba bien calificado el asunto con el que fui a juicio, si el extracto me ayudó y si dejó notas útiles, pues se lo digo, igual que le digo a un abogado o abogada si me ha gustado su informe o a su señoría si me pareció espléndida la sentencia. Y no se trata de andar haciendo la pelota todo el día, sino de obrar exactamente al contrario de lo que solemos. Porque parece que haya quien solo abre la boca para decir que algo no estaba bien hecho, que menudo sofoco que me he tragado por culpa de quien sea. Buenrollismo al poder, que tampoco cuesta tanto. Aunque sea buenrollismo puñetero.

No obstante, no hay que pasarse con eso de las sonrisas y los buenos modos. Yo confieso que a veces uso mi mejor sonrisa y mi vocecilla atiplada para pedir una prisión preventiva o unos cuantos años de cárcel, y eso puede no sentar bien. Y confieso también que no lo hago para fastidiar, sino porque me sale. Pero hay que andarse con cuidado con los límites, no confundan la amabilidad con la burla. Y eso sí que no.

Para acabar, recordaré  a un señor al que en un juicio de faltas de los de antes le pedí una pena de multa, la prevista para el hecho cometido, una bronca vecinal con insultos en la que cayó algún mamporro. Aquel buen hombre, cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con lo que solicitaba, respondió que cómo no iba a estarlo, si se lo había pedido de un modo tan bonito. Y juro que a punto estuve yo de retirar mi petición, poseída por el espíritu de Mimosín. Menos mal que reaccioné antes de que el coma diabético nos sumiera en una explosión de besos y abrazos

Así que hoy, como no podía ser de otro modo, mi aplauso para quienes empiezan el día con una sonrisa pero, sobre todo, para quienes consiguen acabarlo igual. Que eso sí que tiene mérito.

Derecho casero: mucho más que Códigos


MAMA MAFALDA

No todo en el mundo del arte es profesional, ni todos los profesionales nacieron siéndolo. Hay grandes obras de arte que nacen de la pluma, de los pinceles o del talento de amateurs que, sin haberse preparado estrictamente para ello, poseen una intuición y una frescura que valen un potosí. Y también hay momentos en que salirse de los esquemas e irse al conocimiento que aporta el sentido común vale la pena. Y de eso saben mucho las madres. Quizás por eso hay tantos títulos en que salen a colación, como Todo sobre mi madre, Mamá cumple cien años, La madre de la novia y muchos más.

Aunque no lo creamos, las madres saben mucho más Derecho práctico que lo que podemos encontrar en miles de códigos. Y hay que escucharlas. En nuestro teatro y fuera de él.

No hace mucho, alguien me hacía una pregunta en tuiter, a lo que respondí con una frase de mi madre “tanta culpa tiene quien hace como quien deja hacer”. Y, al hilo de un comentario sobre el derecho penal de las madres, surgió la idea de este post. Y es que esa frase engloba una definición clara y concisa del delito de omisión. Nada más y nada menos

No es esta la única figura jurídica que conocen muchas madres aun sin haber estudiado Derecho. Hay madres que inventaron el alejamiento , cuando nos decían, enfadadas “vete de aquí, que no quiero ni verte” o “ni te acerques a tu hermano” en plena disputa fraternal.

También las madres tiene su propia versión de la orden de busca y captura, cuando nos dicen si se pierde algo eso de “ a que si voy yo a buscarlo, aparece”, rematado con un “las cosas no tienen patitas” que bien valdría para el conocido comodín de “el expediente está en Fiscalía”, tan usado en los juzgados.

Las madres también tenían muy claro la necesidad de la especialización cuando nos decían aquello de “aprendiz de todo, oficial de nada” o lo de que “quien mucho abarca poco aprieta”. Y además, debían conocer perfectamente la estructura del Ministerio Fiscal, al decir eso de que algo es como un chicle, que se estira y se encoge. De la misma manera, podrían hacer un tratado del estado de la Justicia, con lo de “a perro flaco, todo son pulgas”, y del escepticismo ante cualquier reforma, que siempre tienen su lado oscuro, por lo de “poco dura la alegría en la casa del pobre”. Y efectivamente, es como si hablaran de la falta de medios y la necesidad de optimizarlos, cuando les oímos eso de la hebra de Juan Moco, que cosió cuatro camisas y aun le quedó un poco. Podrían aplicarse punto por punto –o puntada por puntada- a los presupuestos de Justicia.

La sabiduría materna, además, es muy buena para animarnos a estudiar, a trabajar o a lo que sea, por más difíciles que sean las circunstancias. Lo de «todos los cuchillos cortan, solo es cuestión de afilarlos más», podría aplicarse tanto a los opositores a la hora de prepararse como a profesionales a la hora de tener que asumir algo que se sale de lo que solemos hacer.

Las madres además inventaron el principio de libre valoración de la prueba, cuando nos dicen eso de “ni pitos ni flautas” o que estamos entre Pinto y Valdemoro.  Y por supuesto, con el famoso “ni mamá ni mamó”, que, además muestra que eran unas adelantadas en el empleo del lenguaje inclusivo.

También las madres saben mucho de cómo interrogar y hasta hacer los apercibimientos legales. Más de una vez nos repiten lo de “para decir eso, más te vale estar callada” que le vendría al pelo a más de un investigado para evitar que meta la pata. O con el “no me vengas con historias” que es un modo perfecto de delimitar el objeto del proceso para no andarse por los cerros de Ubeda. Y, por supuesto, son un hacha en los delitos económicos, que no hay estafa que se les resista en aplicación del principio de que el dinero no entra por la chimenea o su versión ecológica de “el dinero no crece el los árboles”.

Y también saben un rato de derecho procesal. Por eso aplican a la perfección las normas de competencia y saben cuándo hay que inhibirse al decir eso de «vete a otro con el cuento» o «cuéntale eso a otro, a ver si cuela»

Asimismo, las madres tienen muy claro el tema de la jerarquía normativa y el escalafón. Por eso más de una vez terminan con un “porque lo digo yo” o lo de “cuando seas madre, comerás huevos”. En uso de ello, controlan la policía de las vistas mejor que el más experimentado magistrado, con esa frase tan conocida de “mientras vivas en esta casa, las cosas se hacen a mí manera”. Aunque, para suavizar las cosas, siempre te acaban con un “qué sabrás tú” o una batallita que comienza con un “en mis tiempos” que haría dura competencia con muchas de las historias que algún acusado imaginativo nos quiere hacer tragar.

Las madres, incluso, saben de extranjería y de fueros internacionales, por eso más de una vez amenazan con irse al extranjero y no volver más. Y, cuando se enfadan, asustan más que cualquiera de nuestras movilizaciones, diciendo eso de hasta aquí llegó la riada –al menos las madres valencianas-  e incluso usan el chantaje psicológico como campeonas, si te dicen eso de “ya lo llorarás”.

Y también son unas especialistas en arbitraje y mediación. O a ver que es lo que están haciendo cuando dicen eso de “dale una abrazo a tu hermana y que no vuelva a veros discutir”.

El caso es que sin madres nada sería lo mismo. Y ojo con no hacerles caso que, no hay científico que les chiste cuando dicen que al zumo se le van las vitaminas si no lo tomas enseguida, una interpretación sui generis de los plazos procesales.

La cuestión es que a veces me planteo que debería existir una nueva rama del Derecho, la madrelogía, incluso con sus propios tribunales especializados. Y, por supuesto, con un Código madrológico en el que habría respuestas para todo.

Por todo eso, hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para nuestras madres y para todas las madres del mundo. Unas juristas desconocidas y no siempre valoradas.

Pruebas: la necesidad


PRUEBAS

El mundo del arte se nutre de sentimientos. Cada artista plasma en su obra no la realidad sino cómo ve y siente la realidad para transmitir ese sentimiento a quien la vea. Los artistas no tienen que acreditar nada. Pueden pintar unas manzanas de color azul en un bodegón que nadie exigirá que se pruebe que las manzanas son azules. Y, si de cine o teatro se trata, hablan de sentimientos que son imposibles de probar, Amor sin fin, Un día de furia, Dolor y dinero, La belleza …Incluso en alguna, como Del revés, tratan de poner cara y cuerpo a esos sentimientos. Y aunque nadie puede probar que algo sea así o de otra manera, tampoco nadie puede exigirlo.

En nuestro teatro sucede exactamente lo contrario. Es un mundo de evidencias, donde si algo no está probado no pude haber condena, por más que en nuestro fuero interno creamos que es verdad. Una y mil veces he leído a justiciables quejándose de que no les creemos. Craso error. En Toguilandia necesitamos pruebas porque, de lo contrario, llega la presunción de inocencia y trae consigo una sentencia absolutoria. Como no puede ser de otro modo en un estado de derecho.

Pero la verdad es que la idea que la gente en general tiene de las pruebas viene muy contaminada de las películas y series de televisión americanas. Más de una vez he comentado el daño que nos hace el CSI, en sus diversas versiones, que convierte en criminólogo a cualquiera que se haya visto una temporada entera –sin máster ni nada, oiga-. Por eso, no es extraño encontrarnos a denunciantes de robo indignados porque no acudan de inmediato las versiones patrias de Murder y Scully a hacer barridos, recoger vestigios y organizar un laboratorio de investigación, aunque lo sustraído sean un par de chicles del kiosko, o ese vestido tan mono que ha desaparecido del tendedero.

Con esto no estoy diciendo, por supuesto, que nuestra policía y guardia civil no hagan bien su trabajo. Nada de eso, que recogen los vestigios cuando toca y averiguan lo que se puede averiguar, a veces con carencias importantes. Pero lo cierto es que se parecen poco a los de las series.

Otra cosa común en quienes no frecuentan Toguilandia es creer que jueces y, sobre todo, fiscales, nos arremangamos las togas y nos vamos a la calle a buscar las pruebas. Piensan que en eso consiste la instrucción, más aún con ese juego terminológico en que han metido con calzador, el término “investigado”, para confundir a propios y ajenos. Y ya sé que resultaría más vistoso y peliculero pero en nuestro Derecho son las fuerzas y cuerpos de seguridad quienes salen a la calle y nos remiten el resultado de sus investigaciones a nuestros despachos, para que tomemos las decisiones adecuadas sobre la continuación de la investigación o para darle la forma jurídica de archivo o juicio, absolución o condena. Aunque en algunos casos, como en levantamientos de cadaver, reconstrucción del hecho –mucho menos frecuente de lo que se cree- o entradas y registros –mucho más frecuentes de lo que se cree- salgamos a la calle. Y, en estos casos, quien más labor tiene es el LAJ , una figura muchas veces desconocida pero esencial para estos y otros menesteres.

Pero lo que de verdad se llama prueba, y se practica como tal, es la que se desarrolla en el juicio oral, propuesta debidamente por fiscal y defensa –y, sí la hay, acusación particular- Por supuesto que hay cosas que no se pueden practicar en el juicio. No nos van a hacer la autopsia en vivo y en directo en la sala de vistas –a más de uno y de una le daría un parraque- ni van a traer el alijo de drogas para hacer in situ las pruebas de laboratorio. Tampoco se examinan las lesiones en estrados, aunque más de una vez alguien se ha empeñado en enseñarnos la cicatriz que le quedó y, si no lo evitamos a tiempo, se arremaga la ropa y nos la muestra. Para esas cosas existen los documentos que plasman el resultado de los estudios o la pericia hecha, contando además con la posibilidad de que el perito venga a explicarnos o aclararnos su informe.

Pero todo lo que puede ser practicado en el juicio, allí se hace. Y, por descontado, la prueba testifical es la reina absoluta. Los testigos acuden, tras ser debidamente citados, a contar, bajo juramento o promesa –sin biblia ni mano en el pecho, This is not America– lo que vieron, oyeron o percibieron con sus sentidos. O sea, lo que en las pelis aparece como la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, aunque aquí seamos más sencillitos y les digamos que están obligados a decir verdad una sola vez, eso sí, con los apercibimientos legales, que no son otra cosa que advertirles que si mienten ante el tribunal pueden cometer un delito y acabar en el talego. También es importante que sepan que han de constestar a las preguntas que se les hagan, no decir lo que les venga en gana, ni mucho menos, contestar con otra pregunta. Que, aunque crean que no, he visto más de una vez a testigos repreguntando cosas como ¿qué hubiera hecho usted en mi lugar?, a lo que una responde con elegancia que eso es algo que no interesa aquí. Por más que le interese al testigo en cuestión, que todo puede ser.

Otra de las pruebas reinas es la declaración del acusado. Este, a diferencia de los testigos, no tiene obligación de declarar ni tampoco de decir la verdad. Puede mentir como un cosaco, aunque es algo que no suele gustar a Sus Señorías, más aún si se trata de versiones increíbles. Ya hablé en alguna ocasión de un magistrado que advertía que podía no declarar, pero que se abstuviera de tomarle el pelo al tribunal. Pero, como decía, aquí no hay delito de perjurio como en las películas, entre otras cosas, porque al acusado no se le recibe juramento. También ellos deben responder a las preguntas, si quieren hacerlo, aunque tienen una oportunidad de decir lo que les venga en gana, el derecho a la última palabra,  un derecho que a veces se convierte en su propia condena, como el de aquel que trató de coleguear con el magistrado diciéndole que ya sabe que hay que poner en su sitio de vez en cuando a la parienta.

Y, si hay un procedimiento donde las pruebas se relajan y regalan verdaderas anécdotas, ese es el de las antiguas faltas, hoy delitos leves o, mejor, levitos. Como quiera que la ley establece que las partes vendrán al juicio con las pruebas de que intenten valerse, hemos visto de todo. Desde una señora que venía con el televisor a cuestas – cuando pesaban una barbaridad- para ponernos la cinta de video, hasta todo tipo de prendas de ropa en diferentes estados para demostrar que la vecina les echó lejía. Aun recuerdo una señora acusada de decirle a su vecina que era una guarra porque no se lavaba la faja, que llegó a la sala con una faja a la que buena falta le hacía una dosis de detergente para demostrarnos que sus afirmaciones eran ciertas. Un pretendido uso pintoresco de la exceptio veritatis.

Aunque si de ropa en diversos estados hablamos, de eso también se ve mucho en los juicios de familia, donde demandantes y demandados nos obsequian de vez en cuando con calcetines con agujeros, chándales sin lavar o uniformes en diversos estados de conservación, para acreditar que el otro no lleva a las criaturas como un pincel.

Así que hoy el aplauso no pude ser otro que el dedicado, una vez más, a la santa paciencia que nos permite presenciar esas cosas sin perder la compostura. Y, por supuesto, al sentido común para valorarlas, que no es cosa fácil.

Competencia: tener o no tener


homer croupier

La noción de competencia es necesaria en todas partes. En el teatro, si una de las piezas chirría, por un director, intérprete, guionista o tramoyista incompetente, la obra se va al traste. Y es que con personal  incompetente no se va a ningún sitio. Y la obra se desmorona, como les ocurría a los protagonistas de Esta casa es una ruina.

En nuestro teatro, sin embargo, la competencia es algo mucho más complejo que en los demás ámbitos. Se puede ser incompetente sin necesidad de hacer nada mal y, en nuestro caso, es un adjetivo que no siempre resulta negativo. Aunque profesionales incompetentes, como en todas partes, los haya. Pero son los menos, por más que a veces se empeñen en dar de nuestro mundo una imagen desastrosa de la que poca culpa tenemos.

La competencia, en Derecho, hace referencia a la asunción de un asunto por un órgano determinado, al que le corresponde según unas normas preestablecidas. Esas normas vienen en las leyes, obviamente, pero hay que saber aplicarlas a cada caso. Y olvidarnos de una regla no escrita pero que a veces nos asalta. La de “tonto el último”.

Me explico. La primera norma al respecto viene dada por la propia Constitución. Esta establece como derecho fundamental el de tener el juez ordinario predeterminado por la ley. Lo que quiere decir que ha de existir la norma y el órgano antes del asunto y no crearse ex profeso para él, como ocurre en otros sistemas no democráticos. Por eso se prohiben los tribunal ad hoc –formados para un caso concreto y determinado, así como los de excepción, como aquel Tribunal de orden público que tantos disgustos ocasionó a quienes nos precedieron.

Esa norma, que tiene que existir antes, viene determinada por las leyes procesales, tanto la ley orgánica del poder judicial, que crea nuestros juzgados y tribunales, como las leyes que regulan cada proceso. Así, para la comisión de un delito, se establecen determinadas reglas de cuál será el órgano que instruirá, que será el del lugar de comisión del delito como regla general, con varios fueros subsidiarios por si el lugar no puede determinarse y con una sola excepción, el caso de violencia de género, donde el órgano competente es el del domicilio de la víctima. Todo muy clarito en teoría, aunque en la práctica hay que confesar que se gasta más papel y tiempo en inhibiciones y viajes del papel –nada de 0- de uno a otro juzgado del que sería deseable. Que ya se sabe que entre juzgados la distancia más pequeña nunca es la línea recta.

Y es que del dicho al hecho hay un buen trecho. He conocido jueces y juezas que pasan más tiempo estudiando todos los pormenores a ver cómo se pueden quitar el asunto de encima que el que tardarían en resolverlo. Y ojo, no solo ellos. También hay fiscales que hacen otro tanto, y abogados que recurren o piden inhibiciones dilatando el procedimiento. Y es que ante la acumulación de trabajo, la tentación es mucha. También he de decir que conozco jueces y juezas con fama de “quedárselo todo” aunque tengan duda de si les corresponde, por no plantear problemas y no tener que elevar cuestión de competencia para que la resuelva el superior jerárquico, que es el procedimiento que establece la ley para resolver el conflicto. No olvidemos que en Derecho todo es discutible.

Las normas de competencia tienen muchos perendengues. Y no solo en el ámbito penal. También en el civil, y en otros campos, dan para mucho, incluidos los de las jurisdicciones entre sí, que han de resolverse, en última instancia, por una sala de conflictos.

Los conflictos de competencia son distintos de las cuestiones de competencia, y estas a su vez de las de reparto, pero muchas veces tienden a confundirse, a mezclarse y a dar más de un quebradero de cabeza.

Por contar algún ejemplo, me referiré a casos de los más frecuentes. El primero de ellos, el de las llamadas querellas catalanas –aunque, visto lo visto, tal vez habrá que cambiarles el apodo por si las moscas-, consistentes en una querella criminal –como le gusta decir a alguna política de pro- por hechos que o frisan entre el ilícito penal o el civil o entran de lleno en el segundo, pero que mientras se averiguan, da para la práctica de diligencias de oficio, que le ahorran lo suyo a quien pretendiera pedirlas por la vía civil, y dan tiempo para que, entre bambalinas, las partes querellante y querellada vayan pergeñando acuerdos. Y más de un a vez los llevan a término cuando ya el proceso ha vislumbrado un tema penal, y acaban dejando al fiscal, como vulgarmente se dice, Con el culo al aire. O Solo ante el peligro, si se prefiere.

También son frecuentes, desde que empezaron a funcionar los juzgados de violencia sobre la mujer, las cuestiones entre los juzgados de instrucción y éstos. Decidir si las partes han tenido una relación se convierte a veces en una labor de ingeniería donde cada día de relación es oro. Recuerdo muy bien a un denunciado que nos dijo muy serio que él no tenía relación de afectividad alguna, porque aunque se acostaba con la denunciante, no le tenía ningún afecto. Tal cual. Y a otro que negaba a grandes gritos conocerla hasta ella dijo, con más gritos y ante la estupefacción de todos “Johny, si tú fuiste quien me desvirgó”, sin que nos diera tiempo a evitar que nos mostrara un tatuaje con el nombre del tal Johnny en salva sea la parte. Y, ante tales cosas, se lo pusieron difícil al juez de violencia para apartar de sí ese cáliz.

Pero tal vez las cuestiones más controvertidas son las relativas a las normas de reparto que, aunque hay quien piensa que sí, no son competencia en sentido estricto, ni requieren auto de inhibición ni intervención del fiscal. Como en cada partido las normas son distintas, a gusto del consumidor, he visto escudriñar expedientes para descubrir una diferencia de cinco minutos en la fecha de entrada, determinante de la asunción de un juzgado u otro, o rebuscar en antecedentes hasta el Pleistoceno, para poder mandar el expediente a otro juzgado que presuntamente conoció alguna vez de aquello.

Y, aunque tampoco sea competencia en sentido estricto, también los fiscales tenemos nuestros conflictos. Hay una norma, vigente en la mayoría de fiscalías, que dice que quien mete una vez el boli mete la pata para siempre, quedándose el asunto aunque cambie de juzgado. Confieso la alegría inmensa que me ha embargado alguna vez al comprobar que, perdida entre los miles de folios de una causa de varios tomos, descubro la firma de un compañero. Pero, como nada es tan sencillo como parece, luego vienen los problemas: que si esto lo despaché por vacaciones pero no era mío, que si la compañera estaba de baja pero a la vuelta le tocaba a ella, que si por un “visto” no hay que asumir una causa para siempre, que si el informe no es más que de trámite. O sea, todo un mundo donde parece que, como dije al principio, la regla acabe siendo “tonto el último”.

Pero es lo que hay. El problema es que mientras debatimos cuestiones de jurisdicción, de competencia, de reparto o de distribución, las causas viajan de una mesa a otra. Por eso, el aplauso lo daré precisamente a quienes asumen lo que les corresponde, y aún más, sin protestar y con una sonrisa de propina.  Que para discusiones ya tenemos más que suficiente.

Movilizaciones: #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad


movilizaciones

Por más que un artista tenga vocación y ganas, hay ciertas cosas que son necesarias para desarrollar su talento. Las personas, artistas o no, tienen la costumbre de comer, de ir al médico, necesitan realizar su trabajo en unas condiciones dignas y que se reconozcan sus derechos.  Sin nada de todo esto, el teatro no podía levantar el telón en cada función, o lo haría hecho jirones, con la mitad del elenco o en un patio con butacas desvencijadas. Y, claro, el público se quejaría. Y con razón. Hay que deshacer la casa que Esta casa es una ruina.

Y algo así nos ocurre en nuestro teatro. Pasa el tiempo, y seguimos viendo los mismos cortinajes de terciopelo año tras año, que no son sino un símbolo del tiempo en que, para muchas cosas, quedó anclada la Justicia. Y llega un momento en que hay que decir basta. Hasta aquí llegó la riada. Que ya está bien de reuniones, que mucho te quiero perrico, pero pan, poquico.

Y eso hemos hecho. Como quiera que estamos hasta las mísmisimas puntillas de nuestras puñetas de que cada vez que pedimos algo nos manden, valga la redundancia, a hacer puñetas, ha llegado el momento de pasar del dicho al hecho, aunque haya un buen trecho. Y por eso han empezado las movilizaciones.

Sé que mucha gente en la calle se preguntará por qué nos movilizamos. Que las interpretaciones son variopintas, desde que somos unos señoritos que queremos cobrar más hasta que somos unos quejicas. Y nada de eso. Aunque, por supuesto, reivindiquemos nuestros derechos laborales –faltaría más- no se trata de eso. Se trata de pedir unas condiciones dignas para que podamos ofrecer una Justicia digna a la ciudadanía, que esto no es otra cosa que un servicio público. Así que voy a tratar de explicar lo que pedimos, que tampoco es la luna, no vayan a creer.

En primer lugar, que se refuerce la independencia judicial, a la que ya dedicamos un estreno. Sin entrar a disquisiciones acerca de cuál es el sistema ideal para el Consejo General del Poder Judicial, hay una cosa en que estamos de acuerdo. Que el que hay, desde luego, no lo es. Y se ve así desde fuera, donde continuamente hay quejas de que está politizado, y desde dentro, en que los jueces no se sienten representados y siguen reclamando algo tan obvio como que se les ampare cuando son atacados, es decir, que les dejen trabajar en paz. Y que, a la hora de designar altos cargos, que, como dice la Constitución, prime el mérito y capacidad, y la igualdad de género,  y no nos quedemos con la sensación de que andamos en intrigas palaciegas propias de Las amistades peligrosas.

Otra de las cosas que se piden, y vergüenza da hasta decirlo, es que se modernice la Administración de Justicia. Resulta increíble que cuando el ciudadano quiere ejercitar sus derechos tropiece con montón de cosas con las que no tropieza el Estado a la hora de reclamárnoslas vía Hacienda. Los sistemas informáticos son neandertalianos, lentos e incompatibles entre sí, y lo del Papel 0 es una quimera que daría risa si no diera pena.

Y, por supuesto, necesitamos medios personales. No es asumible que la ratio de jueces y fiscales esté en el furgón de cola de Europa, tanto en número como en las condiciones laborales  y retributivas. No se trata de estar montados en el dolar, pero que hacer una guardia cueste dinero porque cobra más quien cuida mientras tanto a nuestros hijos e hijas que lo que percibimos debería sonrojar a cualquiera. Si muchas personas conocieran las nóminas de algunos jueces y fiscales, alucinaría. Y no hay que olvidar lo grande que es la responsabilidad de decidir, por ejemplo, sobre la libertad de las personas, y la continua exposición pública en que estamos cada vez que tomamos una decisión.

Y no solo se trata de sueldo. Se trata de cargas de trabajo, en muchos casos inasumibles, y de condiciones de vida, porque, aunque sea sorprendente, tenemos hijos e hijas, enfermedades, bajas y personas mayores a las que cuidar, como todo hijo de vecino. Y, sin embargo, ni siquiera tenemos reconocido el permiso de paternidad como el resto de la ciudadanía ni nos han repuesto los permisos que nos arrebataron en virtud de unos recortes que, en este aspecto, más eran una humillación que un tema económico. Porque mientras funcionarios de todas clases han recuperado moscosos, canosos, días azules y de todos los colores, para jueces y fiscales ha actuado Santa Rita al revés. Lo que se quita no se da.

Insisto en que se trata de estar en condiciones dar un mejor servicio, no de reclamaciones individuales. Por eso, por parte de los fiscales, hemos añadido a lo anterior la necesidad de que se suprima la limitación del plazo de instrucción mientras no vaya acompañada de medidas para hacerla posible. ¿Quiere esto decir, como he oido alguna vez, que nos negamos a que nos pongan plazos? Pues no. Lo que nos negamos es a que nos pongan la soga al cuello mientras sigue subiendo el agua a nuestros pies. Porque lo que se hizo en su día, por más que se hayan vanagloriado de ello, no fue sino darnos una colleja diciendo que las cosas caducan pero no darnos medios para evitarlo. Y eso no es que nos angustie, que también, sino que, como se ha advertido por activa y por pasiva, puede impedir la persecución de delitos complejos o dejar desprotegidas a víctimas. Tal como suena.

Y por supuesto que desde la carrera fiscal, además de reclamar la independencia judicial  –de la que, por cierto, somos garantes- reclamamos nuestra propia autonomía, incluida la presupuestaría. ¿No se le llena a tanta gente la boca diciéndonos que dependemos del gobierno, que obedecemos órdenes y todas esas cosas que estamos hasta las narices de oir? Pues vamos a cambiarlo. Que, por si no lo saben, tenemos un Reglamento de 1969, y ya es tiempo de darle un repasito, que lleva camino de convertirse en incunable.

¿Verdad que leído así es razonable? ¿Verdad que hasta nos quedamos cortos? Pensemos que quien tiene un divorcio pendiente, una reclamación de una deuda o está esperando una indemnización por un despido o por un accidente de tráfico seguro que prefiere tenerla hoy que mañana o pasado. Y no crean, nosotros también. Que les aseguro que a nadie le gusta tener los expedientes decorando su despacho y su casa, y hasta habitando sus sueños, como si fueran parte del escenario de nuestras vidas.

Y sí, es cuestión de dinero, pero no del nuestro, sino del Estado, que lleva sin crear juzgados ni plazas, por ejemplo, desde la noche de los tiempos y que tiene a los recién llegados sin plaza fija un montón de años, como  togas en el purgatorio. Aunque no solo es dinero. También son ganas, o dicho en términos políticamente correctos, voluntad política. Ni más ni menos.

Y ojo, que la cosa es tan importante que, por una vez, hemos conseguido algo inaudito en nuestro país: ponernos de acuerdo. Todas las asociaciones de las carrera fiscal y judicial, haciendo Lo imposible. Todos a una, Fuentetoguna.

Por último, hay que recordar que la unión hace la fuerza y dar un empujoncito al resto de los operadores jurídicos y a la ciudadanía entera para que nos apoyen, que la Justicia es cosa de todo el mundo. Y no lo digo yo, sino la Constitución, según la cual la Justicia emana del pueblo.

Por eso hoy, después de ponerme toga en alto, doy el aplauso a quienes se han plantado, y seguirán luchando para que esto funcione. Porque #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad.

Y como es de bien nacida ser agradecida, un aplauso extra a Lara por la foto de nuestra alter ego de Playmobil.

 

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