Carencias: pide un deseo


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Todas las personas tenemos deseos, ocultos o a la vista. De nuestros anhelos se nutre en mundo del espectáculo tanto por fuera como por dentro. ¿Quién no ha deseado emular a los protagonistas de cualquier historia? ¿Quién no ha deseado ponerse en la piel de quienes recorren la alfombra roja para recibir un Oscar, un Goya o lo que sea? ¿Quién no ha ensayado discursos imaginarios cuando recibía El premio?. Tal vez por eso haya tantas películas que plasman esos anhelos, quien pide Tres deseos, quien Quiere ser como Bekham o quien formula sus deseos al genio de la lámpara como Aladin.

Quienes habitamos en Toguilandia también tenemos nuestros propios deseos, grandes y chiquitos, personales y profesionales. De hecho, he de reconocer que la idea de este post me vino directamente de una señoria tuitera y de un reto que con el que a continuación me desafiaba otro tuitero amigo. Quejábase ella de que en Madrid no hay playa, vaya, vaya, como la canción de Los Refrescos -ojo, no, como creen algunos,  de Los inhumanos que, como valencianos, sí que tienen playa-Y decía que era lo que le faltaba a la capital del reino, expresando un deseo difícil de cumplir. Aunque no imposible, que en cuanto los reyes Magos me traigan la varita mágica que les pido todos los años, igual me pongo y le doy el capricho. Que no se diga de la generosidad toguitaconada.

Pero nuestros deseos no son siempre tan personales, ni tan teóricamente irrealizables. Ya antes de toguitaconarnos, somos ansia viva. Primero, por aprobar cada asignatura de la carrera y por acabarla -aunque sea en cuatro o cinco años como todo el mundo, y no en un ratito como parece que han hecho otros-, luego por encontrar nuestro hueco profesional. Si hay un ámbito donde los deseos son más constantes y apremiantes, ése es el de quienes opositan . Una se pasa varios años de su vida despertándose y acostándose con el deseo de aprobar, se examina con el deseo de que sea la última vez y cruza los dedos muy fuerte a lo largo del examen, cruzada de dedos que va acompañada de rezos a santos varios, que todo ayuda. Se desea fervientemente a la hora de sacar las bolitas que los temas sean propicios -y entran ganas de cortarse la mano si no lo son-, que el tribunal esté receptivo, que no hayan aprobado hasta ese momento tantos que no queden plazas ni tan pocos que denote la dureza extrema del tribunal, y hasta que no haya un partido de fútbol esa tarde no vaya a ser que les pillemos con ganas de irse. Y se desea, cómo no, que nuestro nombre aparezca en la lista de “aptos”. Y, si todos esos deseos no se cumplen, vuelta a empezar, preguntándonos dónde estará la dichosa lámpara de Aladino que conduzca a Toguilandia tras el grito de Abrete Sésamo.

Y, aunque en su día juráramos por todo el santoral que si nos era concedido ese deseo no volveríamos a pedir nada más en nuestra vida, la memoria es corta y, en nada, ya vamos buscando al pobre genio. Porque, otra de las cosas que más y con más fuerza se desean, es el acceso al puesto  anhelado.  En nuestro caso, a través del ansiado concurso que no siempre se convoca con la periodicidad que debiera, dando lugar a situaciones de interinidad verdaderamente angustiosas. Y no se trata de la ambición legítima de mejorar -o no solo de eso- sino de cosas tan básicas como poder compartir la vida con tu pareja, plantearte tener descendencia o, si se tiene, organizar la mudanza y los cambios de colegio y de vida. Casi nada.

También hay deseos de otro tipo, más ambiciosos o más de andar por casa. Cada día de nuestra vida profesional, si la cosa no cambia, exigimos que nos doten de medios que hagan de la Administración de Justicia un ámbito digno para cumplir nuestra función. Aquello de que #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad por lo nos pusimos de togas caídas y por lo que seguiremos reclamando. Y mientras tanto, lo traducimos en deseos tan triviales como que el ordenador se conecte de una puñetera vez en lugar de tardar una eternidad, que no se hayan acabado los posits y los bolis -salvo los verdes, que siempre hay- o que funcione el ascensor, la calefacción o el aire acondicionado cuando la temperatura lo hace necesario.

No obstante, en nuestro teatro, donde más se deja sentir el imperio de los deseos -además de en la oposición, por descontado- es en el Juzgado de Guardia. Cada vez que nos toca, nos colmamos de buenos deseos que ríanse ustedes de los propósitos navideños. «Que tengas buena guardia», como anhelo general que se desglosa en muchos pequeños anhelos. Que no entren muchos detenidos, que no soliciten muchas órdenes de protección, que no tengamos ningún habeas corpus que nos levante de la cama a horas intempestivas, que no tengamos que levantar un cadáver, que no haya entradas y registros que paralicen la guardia y por favor por favor por favor, que no entre esa denuncia que llevan varios días anunciando y que nos va a colapsar el Juzgado.

E, íntimamente relacionado, un tema que depende puramente del azar y que, por tanto, activa la maquinaria de los deseos como pocos: el reparto. Cuántas veces no habremos deseado que el tiempo corriera hacia atrás o hacia adelante para que no nos hubiera entrado ese asunto enorme y horroroso, o que tuviera un número par, o impar, o lo que sea, para que le correspondiera a cualquier otro u otra. Aunque también pude ser al revés, que nadie crea que solo queremos escaquearnos. Más de una vez he deseado con todas mis fuerzas que un determinado asunto me correspondiera porque me parecía atractivo, interesante o enriquecedor. Si bien hay que admitir que en estos casos puede hacerse realidad la máxima de “cuidado con lo que sueñas, no vaya a hacerse realidad”

Así que hoy el aplauso de este estreno habrá de ser compartido. De una parte, para quienes me retaron a escribirlo. De otra, a quienes cada día cruzan los dedos para que se cumplan sus deseos, con u recuerdo especial para los opositores y opositoras que se dejan la vida cada día quemándose las pestañas y pelándose los codos con apuntes y códigos. Que bien lo merecen y lo necesitan.

Y, por supuesto, con una ovación extra a @madebycarol1, fantástica ilustradora, una vez más, de este post

Aventuras: Tribulaciones de una fiscal en Fiscalía


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El género de aventuras es y ha sido siempre muy popular. Indiana Jones y todas sus secuelas, el Tras el corazón verde, todas las sagas galácticas de Star Trek o La Guerra de las Galaxias y hasta las Patoaventuras son éxito seguro. Y, por supuesto, Las Tribulaciones un chino en China . Pero también tienen otra característica. No deja de ser curioso comprobar en estas obras el paso del tiempo, cómo eran los efectos especiales, o los protagonistas en su día, y cómo son ahora. Un buen pulso al calendario.

Así que decidí hacer otro tanto en nuestro escenario. Rescaté retazos de un post publicado en otro lugar hace cuatro años y comprobar si La vida sigue igual.E invito a ello a quienes me lean. Pero no deis vuestro veredicto ahora, hacedlo al final de este relato de Un dia en Toguilandia.

Un día cualquiera. Salto de la cama, me trago un café a toda prisa quemándome la garganta, me aseo, me calzo –por supuesto- mis tacones y me dispongo a irme a trabajar, llevando de paso a mi hija al colegio, con una sola idea en la cabeza. Hoy va a ser el día. Sí señor. El día en que por fin voy a conseguir sentarme toda la mañana en mi despacho dispuesta a achicar la inundación de papel que han causado varios días en Sala ocupada con un larguísimo jurado, un par de guardias y tres días de servicios devolviendo aquellos que no pude hacer porque estaba en el jurado y los que debo para conseguir irme a un curso. Ahí es nada. Montañas y montañas de papel dispuestas a engullirme al primer descuido. Pero no me voy a dejar, vaya que no. Porque hoy es el día.

Decido tomarme un café mañanero con mis habituales compañeras de fatigas, madrugadoras como yo. O mejor, dos. Me espera una mesa atiborrada y estoy dispuesta a todo.

Subo al despacho. Las pilas de causas me miran provocadoras, como diciendo que no voy a poder con ellas. Les devuelvo una mirada desafiante. Buena soy yo para eso. Por si acaso, antes de sentarme, las amontono cuidadosamente, porque el equilibrio en el que permanecen es bastante precario. De reojo, echo una mirada furtiva a sus congéneres que descansan en el armario, advirtiéndoles con la mirada de que en breve les tocará el turno. Seguro.

Enciendo el ordenador. Le hago una caricia mimosa por encima del teclado para suplicarle que se porte bien, que no tarde más de un cuarto de hora en conectarse y que, si es posible, se cuelgue lo mínimo. Aunque no parece dispuesto a darme el gusto, hago caso omiso. Mientras se decide, preparo el fechador de mi cuño de” visto” y me dispongo a atizar unos cuantos al primero de los montones. Cuando aún no he puesto el primero, suena el teléfono. Como suele pasar, se han confundido, pero mientras, el ordenador parece que empieza a respirar. ¡Albricias!. Abro el correo. Me entretengo con un par de notas de servicio. Hay que hacer una estadística de no sé qué clase de cosas pendientes en los juzgados que llevamos cada uno. Decido hacerlo antes de que se me olvide y me voy a hablar con la funcionaria. Cuando vuelvo de darle las explicaciones oportunas, el ordenador se ha oscurecido, que tiene poca paciencia en tiempo de espera. Vuelvo a darle, mientras el cuño de “visto” me mira burlón. No le hago caso y estampo un par de cuños más. De pronto, llega el funcionario con cuatro recursos urgentes y una pila de notificaciones. Aparto lo que me había preparado y me pongo a ello. Firmo las notificaciones mientras el ordenador se anima a activarse de nuevo, así que le prometo no volver a abandonarle. Consigo terminar la firma y estoy a mitad del primer recurso cuando me avisan que hay un letrado que quiere hablar conmigo de una posible conformidad para el día siguiente. Así que vuelvo a apartar lo preparado, consigo encontrar el asunto de que me habla después de hacer un esmerado trabajo de arqueología entre los papeles de mi armario. Hablamos de la conformidad. Cuando voy a apuntar los términos, no encuentro ni un mísero post-it y me voy al armario de material, donde logro aprovisionarme de medio taco, aunque son de los mini y necesito usar tres. Asunto arreglado. En cuanto se va el abogado, me bajo al negociado de carpetillas, a buscar la que toca para anotar la conformidad. Me cuesta un poco, pero la encuentro. Todo en orden, así que vuelvo a mi despacho.

Le pido disculpas al ordenador por no haberle hecho caso y él me castiga con el látigo de su indiferencia hasta que, al cabo de veinte minutos, vuelve a dar señales de vida. He podido poner unos cuantos “vistos” más pero, al apartarlos, descubro esa terrible franja roja que hace que se pare todo lo demás: “causa con preso”. Horror de horrores. Vuelvo a reorganizar mi mesa, porque la prioridad es la prioridad, y me enfrasco en la lectura del expediente. Eso sí, de vez en cuanto doy una palmadita al ratón del ordenador para recordarle que estoy ahí y no vuelva a apagarse. Parece que funciona. Cuando llevo leída la mitad de la causa, suena otra vez el teléfono. Me piden información sobre una causa. Rebusco hasta encontrar la lista donde pone qué compañero lleva cada juzgado. Tras dos llamada al despacho, una al móvil y 3 whatsapps, logro hacerme con él. Resulta que ese día cambió la guardia y lo lleva otra compañera. Vuelta a empezar. Al final me manda un mensaje diciéndome que cuando pueda me llama, que está en juicios.

Vuelvo a la causa. Consigo leer unos cuantos folios más cuando llega una compañera. Tiene una duda de mi negociado. Le digo que se siente –una vez logro hacerme con una silla en otro despacho- y consigo hacerle sitio, a ella y a su abultado sumario, a duras penas. Después de un buen rato, llegamos a la conclusión de lo que se debe hacer y vuelvo a lo mío.

Un esfuerzo más y acabo de leerlo. Me concentro sin dejar de acariciar el ratón de cuando en cuando. Me llaman de mi juzgado. Que han encontrado a un imputado que estaba mucho tiempo en busca y captura y hay que hacer la comparecencia. Maldigo a quien le haya localizado, ya podía haberlo hecho un día antes, mientras yo estaba en juicios y hubiera tenido que ir un compañero. Dejo el boli dentro de la causa, en el punto donde la dejé, y subo a mi juzgado. Hago la comparecencia. De pronto, alguien se acuerda que había que explorar al menor y me pillan cuando ya había entrado en el ascensor. Vuelta atrás. A la exploración de menor. El ordenador de la sala multiusos adquiere vida propia y decide que hay que reiniciarse. Veinte minutillos más, mientras ya no sabemos qué contarle a la niña de ocho años que espera para ser oída. Finalmente, acabamos la declaración de la niña.

Otros cinco minutillos largos para coger el ascensor. En la puerta del despacho me encuentro a alguien cuya cara me suena, pero no ubico. Me saluda, encantado de la vida, e intenta una conversación amable mientras yo miro de soslayo los expedientes que me llaman desde la puerta de mi despacho. Me pregunta que “cómo está lo nuestro”. No tengo ni idea de quién es ni de qué narices será “lo nuestro”, pero esbozo la mejor de mis sonrisas y le contesto que “lo estoy estudiando”. Creo que he salido airosa del apuro y vuelvo a mi mesa.

Encima del expediente, haciendo equilibrios sobre el bolígrafo que había dejado, hay un par de faxes. Los miro, y miro horrorizada la pantalla del ordenador. No me ha perdonado la ausencia. Otra vez a empezar. No me arredro y pongo unos vistos más. Cojo el boli y sigo leyendo. Casi estoy acabando de leer, aunque aún no sé exactamente qué hacer con ella. En ese momento, me llama la compañera a la que buscaba antes y me cuenta la causa entera. Le doy las gracias, e informo a quien lo había demandado.

Al coger el móvil, descubro un montón de mensajes de mi hija. Que por favor, le imprima esto y aquello. Vuelvo a abrir el correo y logro imprimir los documentos.

Cuando tomo la decisión acerca de la causa con preso, miro la hora con espanto. A duras penas, consigo culminar el informe. Las causa apiladas se están riendo de mí, y las del armario les hacen los coros. A ellas se han unido unas cuantas compañeras, que han acudido a la fiesta en brazos de un funcionario mientras yo estaba en el juzgado. Y a mí no me hace ni pizca de gracia.

Así que, como Escarlata O’Hara, me voy, pensando que mañana será otro día. A Dios pongo por testigo de que mañana sí que será el día -digo mientras los procedimientos se burlan despiadadamente de mí- Y lo será, buena soy yo. ¿O no?

 

¿Cuál es el veredicto? ¿ha cambiado algo?. Lamentablemente, parece escrito ayer mismo, salvo el detalle de que mis hijas ya no necesitan que las lleve al colegio. Y lo peor es que podrían haberlo escrito hace diez años también, o incluso más

NOTA: Esta historia está basada en hechos reales. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Por eso pido el aplauso para quienes la protagonizan cada día del año.

 

Grafitis: muros expresivos


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El arte se manifiesta de muchos modos. Y también hay muchos modos de expresión que no son arte, por más que así pretendan vendérnoslos. El grafiti, es uno de esos casos en que se recorren todo el espectro entre lo que es arte y lo que no lo es en absoluto, aunado con una libertad de expresión con la que hace un cóctel a veces, perfecto, a veces explosivo y a veces simplemente desastroso. Al grafiti se han dedicado películas, como American Graffiti, Beat Street o Style Wars, y también han aparecido en otras, como la pintada de Los violentos de Kelly. Igualmente hemos visto más de una vez como pintadas que nada tenían de artísticas boicoteaban estrenos de películas o cualquier otro evento. Un medio de expresión que no se puede obviar hoy en día. Atrás quedaron los tiempos en que los carteles de películas o de obras de teatro se elaboraban pintando directamente sobre las paredes de los locales donde se veían, tal vez un precedente directo de los grafitis actuales.

   Nuestro teatro, con lo viejuno que es para tantas cosas, podría pensarse que prescinde de esta forma de expresión, pero no es así. Pintadas, grafitis y garabatos también se encuentran presentes en Toguilandia de uno u otro modo.

En primer término, los juzgados y tribunales han tenido ocasión de pronunciarse sobre ellos en distintas ocasiones. Muy frecuentes son los asuntos sobre pintadas en los vagones de ferrocarril que, por artísticas que resulten, acaban mereciendo una condena por delito de daños – o la extinta falta, según la cuantía-, aunque de todo hay en la jurisprudencia, como en la viña del señor.

Pero hay otras, bastante menos artísticas, que han dado lugar a anécdotas varias, y siguen haciéndolo. Mucho antes de toguitaconarme por primera vez, allá en mis años de facultad, recuerdo una pintada en el suelo de la acera que daba entrada al edificio, dedicada amorosamente a un profesor que no se caracterizaba ni por su simpatía ni por la generosidad en sus calificaciones. En letras gigantescas, decía, en una rima ripio que jugaba con la rima con su apellido, que “tiene el pito de niño”. Ignoro si tendría relación con algún silbato de su propiedad o con alguna parte de su anatomía y  si alguna vez se sintió ofendido por ello, pero lo cierto es que la pintada –que no pitada- presidió los estudios de generaciones enteras de licenciados y licenciadas en Derecho. Seguro que hay quien lo recuerda y puede confirmarlo.

Ahí no quedó mi relación con el arte urbano, qué va. A partir de mi debut en Toguilandia, empecé a ver las cosas de otra manera. Siempre me había planteado quién tendría la paciencia y las ganas de hacer declaraciones de amor -o de cualquier otra cosa- en los sitios más pintorescos e inaccesibles, dejando para la posteridad mensajes tan poco poéticos como “te quiero churri” con firma y rúbrica -Joshua y Marylys forever 1999, por ejemplo-. En mi ciudad, sin ir más lejos, los veía en las márgenes del río y siempre me preguntaban cómo lo harían para llegar hasta ahí y pintar semejante cosa. Mi curiosidad aún no ha sido satisfecha pero confieso que hubo una experiencia que me hizo dar más valor a esas declaraciones. Fue hace mucho tiempo, cuando tuve que ir a un levantamiento de cadáver en aquel mismo lugar. La juez de guardia y yo no tuvimos otro medio de acceso que bajar por una escalerilla en brazos de los bomberos, literalmente. Así que a partir de entonces reconozco mucho más el mérito de Joshua y de tantos otros Joshuas, y lo encendido de su amor.

Pero hete tú aquí que el amor, como tantas cosas, se acaba. Y que no hace mucho me encontré que en una solicitud de orden de protección la víctima pedía, además de las medidas cautelares  standard, como alejamiento y prohibición de comunicación, que se borraran todas las pintadas con las que el denunciado había sembrado la ciudad. No resolvimos, aunque le instamos a que lo pidiera en su momento como responsabilidad civil, a ver si cabía. Eso sí, comprobé los nombres y respiré aliviada al ver que no se trataba de Joshua ni de Marylys.

Como digo, el amor se acaba, pero las pintadas ahí quedan. Me cuenta una compañera que a lo largo de todo el camino que llevaba de un pueblo a otro, un habitual del juzgado se había dedicado a decorar con corazones cuantos contenedores había. Él debía pensar que era una bonita forma de recuperar el amor de la que fue su chica, pero debió pensarlo antes de tener su hoja histórico penal cuajada de condenas por maltratos y quebrantamientos. Contra eso no hay corazones que valgan, aunque la compañera me dice que no podía evitar acordarse de él cada vez que pasaba por allí y veía los contenedores decorados.

También vemos con cierta frecuencia el uso de este medio de expresión para cometer un delito. Sea de injurias o vejación injusta,  o sea de otros delitos como quebrantamiento o acoso, decorando las paredes de la casa o del trabajo a quien fue su pareja. Y no deja de tener su aquel el tener que hacer una pericial caligráfica donde el cuerpo de escritura sea la pared. Recuerdo a una mujer que estaba realmente angustiada porque su ex, día sí día también, pintaba las paredes del centro médico donde ella trabajaba llamándola de todo e incluso poniendo su número de móvil en una clase de porno venganza bastante cutre pero efectiva.

Aunque no todas las pintadas tienen relación con Cupido. Me comentan de la que por mucho tiempo estuvo en la fachada de unos juzgados con la leyenda “aquí murió la justicia”. Obviamente, no hay que ser Einstein que algún justiciable insatisfecho debió querer dejar su impronta para siempre, y no quiso hacerlo con una queja formal no fuera a ser que con eso del papel cero desapareciera como las palabras que se lleva el viento.

En el colmo de las pintadas curiosas, está la que más me ha impresionado en mi vida. Fue la que hizo un asesino con la propia sangre de su víctima en la pared de su casa, donde la había degollado. Algo propio de las películas más gore imaginables. Pero ya sabemos que la realidad muchas veces supera la ficción.

Pero, para no acabar este estreno con ese mal gusto de boca, dejaré algo dulce para el final. La pintada de la que me da noticia un compañero, con fotografía incluida, en que el enamorado dedica cada día a su amada con un “Buenos días, princesa”, que no se sabe muy bien si emulaba a Roberto Benigni en La vida es bella o respondía a un amor no correspondido.

Así que hoy, como no podía se de otro modo, el aplauso es para los compañeros y compañeras que con sus historias y fotografías, han contribuido a dar vida a este estreno. Mil gracias

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Curriculum: la carrera de la vida


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Me dice San Google que “currículum vitae” significa “carrera de la vida” –eso era fácil a poco que una haya estudiado latín en el Bachiller- y que se empezó a utilizar en la antigua Roma por contraposición a “curriculum honoris”, que hacía referencia a la carrera profesional. Curioso dato, teniendo en cuenta que hoy en día que ese curriculum, -o cv, como se conoce generalmente- hace casi siempre referencia a la carrera profesional o la vida laboral, y no a esa vida genérica a la que parecían aludir los romanos. Pero, sea como sea, en el mundo del espectáculo, como en tantos, es imprescindible presentar ese papelito donde se hace referencia a títulos, a dónde se obtuvieron, a experiencia profesional y a otras muchas cosas. Algo así como la historia personal de cada cual, de la que puede depender mucho. La biografía es tan importante que ha dado lugar a un subgénero propio, el biopic, lleno de ejemplos, que van desde La pasión de Juana de Arco a El hombre elefante, desde la agresiva El lobo de Wall Street a la hilarante La vida de Bryan, pasando por El Gran Gatsby, Patton, Ghandi, Malcom X, El último Emperador y muchas más.

En nuestro teatro, el currículum importa, aunque no  tanto como en otros sitios, y no, desde luego en el sentido tradicional. Dependiendo de a cuál de los lados de estrados nos coloquemos, la cosa es diferente.

Para quienes accedemos a Toguilandia por oposición –Jueces, Fiscales, Lajs, forense o funcionarios-, lo del currículum es relativo. La oposición  es libre y presidida, en principio, por una transparencia absoluta aunque de vez en cuando caigan nubarrones como ya comentamos en un estreno  no hace mucho. Nadie nos pide la más mínima referencia a nuestra historia anterior, más allá de acreditar estar en posesión del título de Derecho  –que, por quien no lo sepa, cuesta normalmente cuatro o cinco años, a pesar de las noticias de que hay quien hace nada se lo sacó en poco más de cinco minutos-. Más adelante, para concursar a destinos con lengua cooficial , hay que acreditar el conocimiento de tal lengua para adelantar unos pasitos en el escalafón, aunque este, de momento, sea un requisito aun no regulado para fiscales –sí para jueces, Lajs y funcionarios-. Y, aparte de eso, poco más hemos de aportar para los destinos de trinchera, salvo algunos casos de especialización en algunas jurisdicciones  para miembros de la judicatura – como Social, Contencioso, Mercantil, Menores- o para plazas en determinadas secciones para fiscales –como Menores o Violencia de Género-

Cuando la plaza a la que se aspira es  de algo más que trincherista, la cosa empieza a cambiar. Se ha de presentar el currículum y decidir, teóricamente, por los principios de mérito y capacidad tal como dice la Constitución, pero ahí hay mucha tela que cortar. La falta de un baremo de méritos hace que presentemos las cosas como buenamente sabemos, con el convencimiento, por desgracia, de que hay otros factores que influirán en esa decisión. No abriré ese melón de momento, aunque no descarto hacerlo algún día. Basta decir aquí que en esos currículums no reglados una se encuentra las cosas más pintorescas. Recuerdo el de un aspirante a Fiscal Jefe que incluía entre su méritos el haber sido pregonero de las fiestas de su pueblo, algo que me parece estupendo  y despierta mis simpatías –a folklórica no me gana nadie- pero que no aporta mucho a sus cualidades para el desempeño de la jefatura. Por cierto, el pueblo en cuestión ni siquiera pertenecía a la provincia ni la Comunidad Autónoma a la que aspiraba, cosas de la vida. y juro que me quedo con la duda de si incluir el cursillo de natación que hice de niña, la catequesis de la Primera Comunión o un lacito verde por buen comportamiento que me dieron en el parvulario.

Si hablamos de otros lados de estrados, la cosa puede cambiar. No cabe ninguna duda que para entrar en un  despacho de abogados de los de campanillas o en una empresa importante es preciso tener un currículum lo más abultado posible. Con conocimiento de idomas que, a ser posible, vaya más allá de pedir un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Y por supuesto con cursos, cursitos y cursillos y cómo no, con uno varios másters de postín. Que ya sabemos que el plan Bolonia ha traído consigo, entre otras cosas, una remasterización en toda regla. En sentido literal.

Y ahí la cosa empieza a ponerse resbaladiza. Podemos salir del ámbito de Toguilandia y encontrarnos con las cosas que nos encontramos últimamente. Aunque, a decir verdad, no se trata de salir de Toguilandia sino de acceder por otra puerta de entrada, la que usan quienes no llevan togas ni puñetas e interpretan otros papeles en nuestro teatro. Sin ánimo de hacer spoiler jurídico -o lo que es lo mismo, respetando los asuntos que están subiudice-, no deja de ser penoso que el modo de obtener determinadas titulaciones de las que se hace gala sea, cuanto menos, poco ortodoxo. Que visto lo visto, no descarto levantarme de la cama cualquier día y encontrarme que, sin saberlo ni ir ni siquiera a clase, me ha sacado un flamante máster en física cuántica o en técnica de macramé grado avanzado. Nuca se sabe, aunque, por si acaso, si algo así me ocurre, me abstendré de incluirlo en mi currículum ni de colgarlo en las paredes de mi despacho.

Lo que realmente me apena es pensar cómo se deben sentir las personas que, con un enorme esfuerzo en tiempo y en dinero, se encuentran con que otros logran lo mismo sin ese esfuerzo. Y no solo eso, sino que esas cosas devalúan los títulos y a las entidades que los expiden . Lo que se viene conociendo comúnmente por pagar justos por pecadores.

Por eso hoy, sin duda, el aplauso irá a dedicado a quienes invierten su tiempo en formarse y no solo en presumir de haberse formado. Que, aunque pueda parecerlo, no es lo mismo.

Twiteroteca:  Twitter University


 

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Hay un dicho según el cual todo el mundo tiene dentro un seleccionador nacional. Yo añadiría un jurista y un profesional de la medicina, que de estas cosas parece que todo el mundo sabe. Y, por descontado, el mundo del espectáculo no es ajeno. Cualquiera que vea una película o serie puede hacer de crítico twitero y ensalzarla o destrozarla a su antojo. No son Todos los hombres del presidente, pero sí Todas las gentes de twitter. Que no en balde ese presidente americano que parece que lleve acostado un gato en la cabeza –bloqueándole las neuronas, por cierto- utiliza twitter a modo de BOE.

Y es que no falla. Cada vez que hay un asunto judicial polémico, la red social del pajarito ve inundado su cielo de bandadas de “catedráticos” que en un nanosegundo tienen la capacidad de analizar los hechos, estudiar el expediente, hacer la calificación jurídica y poner la sentencia en solo 280 caracteres -y eso si no le da por tejer un hilo que ni Ariadna y su laberinto- sin haber pisado una facultad ni abierto un Código en su vida. Sentando cátedra, tal cual.

Yo, la verdad es que debo ser muy torpe. Porque, pese a haberme pasado más de media vida estudiando y otro tanto trabajando en esto, carezco de esa capacidad de adivinación. Y eso que he pedido a quien corresponda que me envíen la bola de cristal y/o la varita mágica, aunque sea a cobro revertido. Pero ni por ésas. No hay manera. Y sigo necesitando estudiarme bien las cosas para poder emitir una opinión.

Lo hemos visto en muchos casos. Con Diana Quer, con La Manada, con Juana Rivas y, por descontado, con la pléyade de asuntos de corrupción que invaden nuestro universo toguitaconil. También lo vimos con aquella supuesta violación en Málaga que luego no resultó tal pero ínterin pusieron a la juez y a la fiscal a caer de un burro. Salta la noticia, y todo el mundo parecía haber visto la grabación, leído la denuncia y escuchado las declaraciones. Y, por supuesto, conocía la legislación penal y procesal de cabo a rabo y sabía a pies juntillas lo que debía hacer el juez y el fiscal. Y al día siguiente, también sabían todo lo que se puede saber acerca de presunción de inocencia, diligencias de investigación y denuncias falsas. Y así, claro está, leímos todas las barbaridades que leímos. Como pasa siempre.

Y que no se me malinterprete. No abogo porque no se opine twitter o en cualquier otra red social o medio de comunicación, y hasta en la Hoja parroquial, si una quiere y le dejan. Yo misma lo hago, entre otros lugares, en este teatro toguitaconado, dentro de los límites correspondientes Es bueno, es sano y, lo que es más importante, es el libre ejercicio de un derecho constitucional, la libertad de expresión. Y además, hay opiniones muy sensatas y bien fundamentadas que más de uno y de una tendrían que leer con atención.

Pero cuidado con esas manifestaciones hechas demasiado a la ligera. En el fondo de unos hechos, siempre hay personas, a uno y otro lado, y el daño puede resultar irreversible. Y sobre todo, cuidado con dar pábulo a todo lo que se diga. Igual que siempre, hay que atender al sentido común, y pensar dos veces lo que se va a decir antes de abrir la boca o, en este caso, aporrear el teclado. Y, como dice el refranero, que es muy sabio, “a palabras necias, oídos sordos”.

Porque de lo contrario, ya sabéis, queridos estudiantes de Derecho y opositores varios: a olvidarse de Facultad, apuntes y Códigos, y a aprender en Twitter University. Que no en vano es el sitio con más catedráticos por metro cuadrado.

Por eso, el aplauso está hoy dedicado a quienes leen, reflexionan y piensan antes de darle a la tecla. Que las cosas en caliente, queman.

Días de asueto: ¿cerramos por vacaciones?


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Es propio del mundo del espectáculo el trabajar cuando la mayoría de la gente está de vacaciones. Ahí ni Vacaciones en familia ni Vacaciones fuera de ella, ni Vacaciones en Roma ni en ningún otro sitio. A las tablas, a los bolos y a las giras. A hacer, como se dice, el agosto. O al menos a intentarlo.

Pero ¿hay vacaciones en Toguilandia?. ¿O, como todo teatro que se precia, no echamos el cierre?. Veamos.

Agosto. Una entra en la Ciudad de la Justicia y casi no la reconoce. Diríase que una bomba nuclear ha pasado por allí y ha acabado con todo vestigio de vida togada. Y no togada, vaya. Y que solo quedamos algún que otro superviviente. Si esto fuera América, no me extrañaría nada ver la Estatua de la Libertad semienterrada y una manada de simios parlantes persiguiéndome. Pero, por suerte o por desgracia, Esto no es América y en todo caso podría esperarme ver asomando la punta del Miguelete. Pero ni eso. Aparentemente, no hay vestigio de vida judicial. Además, la puerta por donde entramos quienes aquí trabajamos está cerrada a cal y canto, nuestra cafetería está fuera de servicio y varios de los cuartos de baño están clausurados.

Y, cuando una piensa que está sola en esta mole, descubre un reducto de vida: el ascensor. O mejor dicho, el rellano donde se espera el ascensor. En singular, porque sólo funciona alguno de los varios que a pares pueblan el edificio. Y claro, los pocos seres humanos que continuamos allí, nos encontramos en el mismo sitio. Y agradecemos enormemente a la institución encargada del mantenimiento esa manera de cuidar nuestra sociabilidad. Porque, si no fuera por ellos, no haríamos amigos.

Pero el cariño con el que nos cuidan no acaba ahí, no vayamos a creernos. También están enormemente preocupados por nuestra salud. Porque ya se sabe, como dice el anuncio, quien mueve las piernas, mueve el corazón. Y por eso no nos arreglan los ascensores. Porque una vez fomentadas nuestras relaciones sociales, más de uno acaba optando por subir andando. Así que se matan dos pájaros de un tiro, hacemos ejercicio, y nos ahorramos la cuota del gimnasio, que no nos han dejado los sueldos como para dispendios.

Y todavía hay más. La preocupación por nuestra salud llega hasta el punto de haber inutilizado la puerta de acceso para el personal para que no salgamos a fumar, que les importan mucho nuestros pulmones, además de nuestro bolsillo, que algo ahorramos.

También evitan todo riesgo de constipado, gripe o enfriamiento, que nunca se sabe si acaban degenerando en neumonía. Por esa razón, el aire acondicionado tiene vida propia y hasta decide descansar cuando le viene en gana que, como dice mi madre, un resfriado en esta época del año tiene muy poca gracia. Una verdadera muestra de cuidado por el personal y prevención de riesgos laborales. Y, de paso, la posibilidad de cocinar cualquier cosa sin necesidad de hornillo en los despachos, que siempre viene bien si queremos entrenar para Masterchef toguitaconado, que se rumorea que en nada empiezan el casting

Y por si alguien creía que la preocupación se limita a nuestra salud física, nada de eso. Nuestra salud psíquica también importa, y probablemente de ahí que estén poniendo a prueba nuestra paciencia y nuestra templanza instándonos a soportar en todo momento los pitidos regulares de una alarma, que suena incansablemente, y que además debe tener las pilas del conejito de Duracell, porque no para. Método inigualable para trabajar nuestra capacidad de concentración y para un ejercicio de contención de la ira que seguro que nos va a ser muy útil. Y ojo, aunque me dicen que no la pueden quitar por seguridad, lo bien cierto es cuando suena no acude nadie. Si lo hicieran, tendríamos una legión de personal de seguridad apostada en la puerta de mi despacho. Verdad verdadera.

Pero si hay un verdadero núcleo de la vida judicial en agosto, ésa es el Juzgado de guardia. O mejor dicho, los juzgados de guardia, que ahí sí que estamos a pleno rendimiento todo el personal. Demasiado pleno, en mi opinión, que hay que ver qué mal gusto tienen los delincuentes que no se toman un descanso. Y por más que todo el mundo sepa que el mes de agosto es inhábil, ellos como Don erre que erre, a lo suyo. Que ni olas de calor ni un tsunami que hubiera les hacen desistir de Lo imposible

Y mira que lo habíamos advertido una y mis veces. Que nos quitaron los sustitutos y cada verano los echamos en falta, que nos hemos de suplir entre nosotros. Y, una guardia tras otra, al final una no sabe en qué día está. O más bien sí. En el Día de la Marmota. Pero eso sí, muy acompañada, Porque con el cierre de la puerta de acceso la de la guardia se convierte en vía obligada de entrada y salida, y aquello parece la Gran Vía de tan concurrido.

Así que nada. Si alguien se pasea por la Ciudad de la Justicia de Valencia estos días, que no se alarme, .que no ha sucedido ninguna desgracia. O, al menos, ninguna desgracia nueva. Y si quiere marcha, ya sabe, el rellano del ascensor o el Juzgado de guardia. Porque no cerramos por vacaciones, aunque haya quien crea que sí.

Y lo peor de todo es que ni siquiera para quienes están de vacaciones son vacaciones de verdad. Porque en realidad se trata, como ha señalado una compañera desde twitter, de unos días en que la asistencia al puesto de trabajo no es obligada, pero durante los cuales sigue entrando el papel –el digital y el real-, de modo que la vuelta es terrible. Que lo nuestro con el síndrome postvacacional es una verdadera pesadilla. Juro que a la vuelta las pilas de expedientes amenazan con hundir despachos y mesas. Y no es exageración. Por desgracia. Siempre me pregunto qué pasaría si a los médicos les dejaran los enfermos para cuando volvieran de vacaciones, por ejemplo. Pero esto es lo que hay mientras nadie se plantee cambiarlo.

Como los malos no descansan, los buenos tienen que trabajar. Aunque sea agosto. Por eso, mi aplauso es hoy para quienes siguen al pie del cañón. Aunque sea a punto de derretirse

 

 

Nombres: marcados por el destino


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Aunque no lo parezca, el nombre que nos ponen al nacer puede marcar la vida, para bien o para mal. Un nombre inadecuado puede dificultar una carrera artística, como le decían a la protagonista de Ha nacido una estrella
para obligarla a cambiarlo. Y es que sea el de verdad, el artístico o cualquier otro, es una cuestión importante. Tanto que hasta forma parte de algunos títulos. En el nombre del padre, Todos los nombres o El nombre de la rosa son buen ejemplo de ello.
De estas cosas sabemos mucho en nuestro teatro. Además de los alias, a los que ya dedicamos un estreno, tanto en nuestra vida toguitaconada común como en la que desarrollamos en el ámbito del Registro Civil, nos encontramos con anécdotas para dar y regalar.
Alguna vez he contado que a punto estuve de tener a mi hija, toga en ristre, en el camino que mediaba entre Fiscalía y la Audiencia Provincial. Y no sé por qué, en ese momento me dio por pensar que si nacía allí mismo y tenía que arroparla con la toga, no me quedaría otra que llamarla Raimunda. Menos mal que pude reponerme y tenerla en el hospital al día siguiente. Por supuesto, tras haber celebrado la sesión de juicios en Sala. Acabáramos.
Pero, como decía, hay nombres que marcan. Que un acusado se llame Cárcel de apellido, tiene su aquel, como lo tiene, por el contrario, llamarse Inocencio. También recuerdo un Prudencio acusado del entonces delito de imprudencia temeraria, como si fuera un chiste del colmo de los colmos. Y me cuentan de un habitual de los juzgados que se apellida Justicia Palacios, como si sus padres al juntarse hubieran tenido una premonición que ni Nostradamus Y me viene a la memoria una guardia hace mucho tiempo en que, decidido un coimputado a cantar La Traviata, djo que el autor había sido su compañero Angel Bueno. Y añadió, muy serio, que de bueno no tenía nada, y de ángel menos.
Al otro lado de estrados también se ven cosas curiosas. Me cuenta una compañera de una juez con apellidos Herencia Malpartida, que ya es. Y también sé de señorias que se llaman Justos o Justinas, algo que parece que determinó su destino desde la pila.
Por su parte, las modas y lo que se ve en películas y series tiene su influencia directa en este tema. Recuerdo en mi primera época de fiscal que empezaban a aparecer en las causas las Demelsas, Cristal, Rubí o Davinias, de series como Poldark o La Fundación o de culebrones eternos. Ahora me dicen que abundan las Shakiras, y hasta una Khalessi. Aunque respecto a esta última, comparto la reflexión de una compañera, que manifestaba su justa indignación porque no le hubieran puesto Daenerys de la Tormenta, como está mandado, que lo de Khalessi ya llegaría.
Las modas hacen que la gente marque para siempre a sus retoños con nombres como María del Cisne, que debió ser lo más en una temporada, aunque tiene el riesgo de comprobar si el cisne quedó en Patito Feo y no al revés.
Y es que pocos sitios como el Registro Civil para comprobar que a padres y madres es, a veces, para matarlos o poco menos. Todavía me acuerdo cuando vi la primera denegación de inscripción de un nombre, el de Skylab que pretendían los padres, y que el encargado del Registro se negó a inscribir por “extravagante, propio de un laboratorio espacial pero no de una persona”. Quizá ese mismo criterio de sensatez debieron haber tenido quienes consintieron que existiera un Alonso Alonso Alonso, Segundo Tercero o Melodía Barata, nombres todos ellos reales y que dicen mucho –y no demasiado bueno- de los padres al encajar el patronímico con el apellido que ya venía de serie. Y, otras veces, sin necesidad de apellidos curiosos, le atizan al niños un Lenin o Stalin que pobre de él como decidiera afiliarse a un partido de derechas.
Otras veces, es la suerte la que juega esas pasadas. Como la de un matrimonio en que los cónyuges se apellidaban, respectivamente, Oliva y Aceituno, tal como suena. O la de los que ostentan un apellido foráneo que aquí suena, cuanto menos, hilarante, como Kitemoko Panda, o Karamoko, de quienes llamarlos en la puerta de estrados es todo un momentazo, como cuentan otras compañeras. O el de Mohamed Chichi, o Yousef Tirititaum que, como dice un compañero , no se sabe si tiene frío o es fan del flamenco. Y otro patronímico curioso del que me llega noticia es el de un tal sr. Triki, que hacía que, cuando era llamado, la gente esperara la aparición del monstruo de las galletas recién llegado de Barrio Sésamo.
Verdaderos casos de mala suerte son los de una mujer apellidada Pendón, que denunciaba pintadas en su puerta con la palabra “puta” o el de un hombre apellidado Preguntegui Dudagoitia. Pero para colmo de los colmos, el de una funcionaria de la Generalitat catalana que, en estos tiempos que corren, carga con el nombre –no apellido- de María España.
Pero estas cuestiones pintorescas no son siempre culpa de los padres o del azar. A veces, la actuación de los propios afectados es la que crea la anécdota. Como un señor que, decidido a cambiar su nombre , Cojoncio, por otro, escogió el de Tiburcio para el cambio. O el de otro hombre, de nombre y apellido muy normal, que pretendía hacer valer su filiación respecto de alguien que, precisamente regentaba un bar llamado “El Pichina”. Y lo más curioso, un tal señor García que solicitaba ser “García de Valladolid” porque, obviamente, era pucelano, y no se conformaba con ser un García cualquiera.
Así que ahí queda eso, que Toguilandia da para mucho en lo que a nombres se refiere. Pero como este estreno no hubiera sido posible si mis compis que me han proporcionado estas anécdotas, el aplauso es hoy para ellos. En mi nombre y en el de quienes me lean, por supuesto. Mil gracias

Neuras: el síndrome de la panadería


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Hay cosas que dejan huella, sin duda. Y no siempre se trata de Algo para recordar, ni de Recuerdos maravillosos. Las huellas, a veces, consisten en un trauma o, al menos, en cosas que te dejan marcada para siempre. Y cualquier día, te encuentras saltando las rayas de los adoquines como el Jack Nicholson de Mejor imposible. Y si es así, todo en orden, siempre y cuando no lleguemos a emularlo hacha en mano en El Resplandor.

En este espacio toguitaconado hablamos sin parar de jueces y fiscales  -y menos, pero también, de LAJs , esos grandes desconocidos-, pero pocas veces nos entretenemos en saber el precio de llegar hasta aquí, el tributo satisfecho y, lo que es peor, los que quedan en el camino. Ya abordamos el esfuerzo que cuesta, y el tesón  necesario para alcanzar la meta. Pero quedan cosas por contar. Y me parecía justo hablar sobre ello.

Ya he contado otras veces que una de las secuelas que arrastro de mi ya lejano tiempo de opositora es la visita nocturna del ordenamiento jurídico dispuesto a aplastarme sin piedad. Aunque aun no lo ha logrado, todavía me despierto muchas noches con sudores fríos temiendo que semejante monstruo acabe conmigo. Y esto es solo un ejemplo. Tengo una compañera que no puede soportar ver en una película las rimbobantes puertas verdes y doradas de las salas del Tribunal Supremo donde nos examinábamos sin que le entren ganas de vomitar, y también hay quien ha desarrollado una fobia terrible a los cronómetros tras tantas horas de cantar temas amenazados por esos segundos traidores. Por no hablar de las manías que heredamos de aquellos tiempos, y con las que seguimos, en muchos casos inconscientemente, como la necesidad de escribir con un bolígrafo de punta fina con la que yo continúo guerreando, o la de tener un rotulador de determinado color o una regla para subrayar. Taras absurdas y aparentemente inofensivas que darían un buen tema a una tesis doctoral en psiquiatría.

Mientras estudiaba, alguien me dijo que todo iba bien mientras no cayera en la neura de los autobuses y las matrículas. Cuando me explicaron en qué consistía, me quedé consternada: ya era tarde para mí, al parecer. Consistía, ni más ni menos, en andar por la calle mirando los números de tales vehículos y comprobando que ese número de tema estaba bien anclado –o no- en mi cabeza. Horroroso. Y también estaban los dichosos consejos o trucos supuestamente infalibles con los que los temas se fijarían indeleblemente en nuestros cerebros, desde grabarlos y escucharlos en el coche, o por la calle, hasta ponérselos debajo de la almohada. Nada de nada, pero lo bien cierto es que, durante esos espantosos años, me he levantado innumerables veces de la cama sobresaltada porque algún artículo del Código Penal o Civil había huido de mi cabeza. Verdad verdadera.

Pero quizás la peor de las cuitas del opositor es lo que llamo el síndrome de la panadería, que le persigue durante todo el tiempo de estudio y aún después. No es ni más ni menos que esa frase aparentemente inocente que nuestra madre, o cualquier otro ser cercano, escucha en la cola del pan, y que nos trae a casa para amargarnos la existencia. “Fulanita dice que su vecino aprobó la oposición en seis meses”, “Menganita me ha contado que hay un preparador con el que nunca nadie ha suspendido” “Perenganito cuenta que no van a salir plazas en seis años” “Sotanito me ha dicho que si no tienes un buen enchufe te olvides, que la prima de su cuñada aprobó sin estudiar solo porque conocía a alguien muy importante”. Y, pan en ristre, espetan cualquiera de estas sentencias, u otras peores, y te dejan hundida en la miseria para horas. Y cuantas más horas desaprovechadas, menos temas aprendidos, ya se sabe. Pero es inevitable. Nadie se sustrae al síndrome de la panadería, que sigue y sigue incluso cuando ya se ha superado la oposición. Porque incluso en el momento de la elección -¿juez o fiscal?- parece pesar lo que puedan presumir tus padres en la panadería o en el súper. Y ahí, lamentablemente, perdemos los fiscales. Porque al público en general, le parece más importante y mucho mejor ser juez que fiscal. Faltaría más. Sospecho que más de uno y una hizo una elección incorrecta por esta razón u otra parecida.

Pero, bueno, si ha llegado ese momento, se supera el síndrome y mil que vinieran. Es un momento mágico, un momento en que crees que has vencido al mundo, el día D Y es un momento que deberíamos recordar con más frecuencia, siempre que el desasosiego, la desilusión o el desencanto nos vienen a visitar en nuestro trabajo. Aunque fuera solo por todos aquellos que, mereciéndoselo como el que más, se han quedado en el camino.

Hoy, más que nunca, creía oportuno contar todas estas cosas. Hay cosas que ponen en solfa la oposición y a quienes opositamos y arrojan la sombra de la duda sobre el proceso. Y después de todo lo que ha pasado tanta gente, de lo que siguen pasando y lo que está por venir, es terrible que la sombra de una injusticia nos salpique. Por eso, utilizo las tablas de este escenario para reivindicar la transparencia y que no haya ni sombra de opacidad. Déjennos que podamos confiar en el sistema. Seguro que no hace falta que diga más, porque a buen entendedor, ya se sabe.

Por todo ello, vaya desde aquí mi homenaje en forma de aplauso a todas las personas que tienen el coraje de seguir intentándolo. A quienes cada noticia de un posible cambio legislativo les oprime el estómago, a quienes se angustian mirando el número de los autobuses, a quienes están desarrollando fobias al cronómetro o alimentando una adicción eterna a los rotuladores fosforitos.

Yo me voy a buscar mi bolígrafo de punta fina no vaya a ser que si no lo encuentro, vuelva a por mi el ordenamiento jurídico esta noche. Que nunca se sabe.

 

 

 

Apocalipsis: puñetero fin del mundo


O MG

Desde que el mundo es mundo, la especie humana anda preocupada con la cuestión de cuándo dejará de serlo. Desde la crisis del milenio, de la que se han hecho eco muchas películas, hasta el famoso efecto 2000, que al final quedó en nada, el pánico a la llegada de Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis nos invade. El día del fin del mundo, El día de la bestia y hasta esos reflexiones ficcionadas de lo que vendrá a continuación como la de El día después, Blade Runner o El planeta de los simios, por citar algunas. Ya sabemos, Winter is coming…

En nuestro teatro, sin embargo, el fin del mundo llega, sin faltar, dos veces por año. Cuando llega el verano y cuando acaba el año natural. Y, aunque ya nos planteamos en otro estreno cómo sería el juicio final , no se trata de eso. Qué va. Se trata de algo mucho más pedestre. Nuestros particulares fines del mundo puñeteros. Y tan puñeteros.

Me explicaré, aunque a buen seguro cualquiera que transite con alguna frecuencia por Toguilandia ya sabe de qué hablo. De pronto, a todo el mundo le entra el ataque y es como si los expedientes estuvieran en llamas, o llenos de chinches, y hubiera que soltarlos a toda costa. Y para ello, por supuesto, practicar lo que sea y como sea, pero no cuando sea sino ya. Para anteayer.

Cuando empiezan los turnos de vacaciones, llega el síndrome del fin del mundo. Y, de repente, se crean unas autopistas imaginarias que hacen que las causas necesiten viajar, como las personas. Lo importante es que no estén en tu mesa cuando te vayas. Y eso es una regla universal estés donde estés y tengas el papel que tengas en nuestro teatro.

En los juzgados, surge la necesidad irremediable de mandar las causas a fiscalía, que siempre hay algún informe que pedir, y los famosos carritos de supermercado empiezan a llenarse como si no hubiera un mañana. A la recíproca, en fiscalía también nos entra el come-come, y es el momento de dar salida a todas esas causas que estaban ahí, agazapadas, esperando su momento. Nos invade el deseo apremiante de ver nuestra mesa limpia, y descubrir, al menos una vez al año, de qué color es la madera de que está hecha, normalmente cubierta con expedientes. Una experiencia enriquecedora, no digo yo que no. Igual hasta encontramos algún Código que creíamos perdido e incluso, albricias, un taco de pósits nuevecito. Todo es ponerse.

Por supuesto, no somos los únicos que sufrimos ese síndrome. Letrados y letradas, y también procuradores, sienten como el peso de los plazos es más apremiante que nunca. Y, en esa parte de estrados, sé de buena tinta –no en vano soy hija de abogado- que los clientes que estaban Missing durante mucho tiempo resurgen como el Ave Fénix con la pretensión de que se solucione en un mes lo que parecía no importarle un pimiento durante mucho tiempo. He oído llantos y lamentos de abogadas amigas contando que ese cliente que ni siquiera cogía el teléfono ahora no puede vivir sin hablar con su letrada cada cinco minutos. “Tendremos que dejarlo solucionado antes de las vacaciones…”, como si en vez de irse a la playa se fueran a Marte a los mandos de la nave nodriza.

Y lo peor no es eso. Lo peor es lo que ese movimiento produce un efecto secundario terrible, el de la causa del último día. Y así, ese último día en que podía entrarnos papel, entra, y con ganas. Un asunto con la terrible pegatina  de “causa con preso”, que equivale a una bomba con  temporizador, y que, traducido al castellano, significa que tendrás que alargar ese último día porque eso tiene que salir, sí o sí. Además, como la ley de Murphy es lo que tiene, la dichosa causa suele ser de varios tomos. Que estamos que lo tiramos, oiga. Hasta juro que a veces me parece a oír al vendedor de fruta que cada año destroza las siestas estivales en cualquier lugar de veraneo que, en lugar de anunciar el melocotón de Murcia, dulce como el caramelo o los cuatro melones cinco leuros, gritan “cuatro tomos para informe y una causa con preso, que me las quitan de las manos”. Cosas de mi imaginación, supongo. O no.

Y nada, que no hay manera. Otro año jurándonos que el año que viene no nos pasa, que me organizo mejor, que lo tendré todo controlado. Pero el síndrome del fin del mundo puñetero  es lo que tiene. Que es inevitable.

Así que hoy el aplauso lo dedico a todas las víctimas del síndrome del fin del mundo. Que los plazos les sean leves. La playa, como el cielo, puede esperar.

 

Desacuerdos: voluntades divergentes


desacuerdo

Como todo el mundo sabe, cada cual es hijo de su padre y de su madre. Un dicho universal que, no por obvio deja de tener sus consecuencias. Cada quien tiene sus ideas, su posicionamientos y su manera de gestionarlo, más o menos flexible. Seguro que no es fácil tomar las decisiones correspondientes a la hora de decantarse por un intérprete en un casting, a la hora de escoger cuál de los guiones propuestos se va a convertir en película y hasta a la hora de ponerle título. Como, a la recíproca, tampoco es fácil para el eventual público decidir en cuál de todas las opciones de la cartelera gasta su tiempo y su dinero, sobre todo si se va con alguien y las preferencias no coinciden. Es necesario llegar a acuerdos, aunque  a veces ser Divergentes o Rebeldes sin causa -o con ella- también sea necesario. Y el cine está lleno de homenajes a estas personas que se escaparon de la norma por no estar de acuerdo con las injusticias, como Ghandi, Nelson Mandela y tantos otros y otras.

En nuestro teatro los acuerdos y desacuerdos son el pan nuestro de cada día. Tanto a un lado del escenario como a otro, las muestras y las consecuencias de la conjunción de voluntades o la falta de ellas tienen su fiel reflejo.

Sin ir más lejos, el Derecho Civil nos da continuas muestras del acuerdo de voluntades por antonomasia, el contrato, regido por algo tan importante como la autonomía de la voluntad. Y en esa parte tan delicada como es el Derecho de Familia  se hace más patente que nunca el dicho popular de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio.

Del lado de los delincuentes, también el acuerdo juega un papel importante. Ya sabemos eso del plan preconcebido o aprovechamiento de idéntica ocasión que caracterizan el delito continuado, y las agravaciones, pasadas o presentes, de cuadrilla –siempre me encantó el término-, auxilio de gente armada o abuso de superioridad, que hacen más reprochable la acción cuando la cometen varias personas conjuntamente.

Pero, de ese lado del banquillo, donde más se ve la importancia del acuerdo es las formas de participación. Más allá del autor material, esto es, el que empuña la pistola o toma para sí lo que no es suyo, las otras personas que participan también tiene su responsabilidad, aunque su manos estén en apariencia limpias. Cooperadores necesarios, cómplices, inductores o encubridores tiene su cuota de culpa, y por tanto, de pena, según toque en cada caso. Y aquí no dejan de ser curiosas las cosas que pasan. Con tal de escaquearse, he visto a amigos desde la infancia negarse como el mismísimo San Pedro, sin necesidad de que cante el gallo, y no tres sino trescientas veces si hace falta. Recuerdo a un muchacho habitual de los juzgados que,  cuando iba a ser detenido por participación en un robo, se empeñaba en decirnos que él no conocía de nada al otro detenido. Comprobada su identidad y filiación, resulto que a quien decía no conocer de nada era nada más y nada menos que  su propio hermano. Lo mejor es que cuando le advertimos oportunamente de que conocíamos esa circunstancia, diciéndole que cómo no iba a conocer a su propio hermano, el muchacho se despacho con un “anda,¿ y solo por eso tenía que conocerlo?”. Claro que, él no contaba con la visita de la madre de ambos que, apostada a la puerta del juzgado de guardia -haciendo ídem-, preguntaba a todo el mundo si iban a soltar a sus chicos, con lo buenos que eran y lo unida que está la familia. Faltaría más. Le faltó decir eso de que la familia que delinque unida, permanece unida.

En el plano opuesto, allá donde las togas tienen puñetas, también hay desacuerdos. Algo que se ve especialmente en las salas de Audiencias y Tribunales, donde tiene que existir mayoría para tomar una decisión. Incluso cuando hay mayoría pero no unanimidad, quien disiente está en su derecho de hacerlo constar expresamente mediante un voto particular. Algo que ocurre en muchas ocasiones, pese a lo que se cree y lo que se ha dicho respecto de un controvertido voto particular en un reciente y mediático asunto.

También cuando quienes deciden no tienen toga ni puñetas, como ocurre en los juicios por jurado , es necesario estar un mínimo acuerdo en cada uno de los puntos controvertidos para llegar a una decisión. Tanto es así que si no existe se ha de disolver en jurado y volver a la casilla de salida.

Antes de llegar a ese momento, con o sin jurado, hay otra oportunidad de acuerdo, en la que participan Fiscal, partes  acusadoras, si las hay, y el acusado. Es la conocida conformidad , un instrumento muy útil por más que en ocasiones se vea como un mercadillo. Por eso aprovecho para repetir que esto no es una película americana, y no podemos hacer esos cambalaches que vemos en algunos filmes. En nuestro Derecho, cualquier oferta de rebaja de pena ha de estar dentro de los límites de la ley. Y tampoco pueden entrar en juego otras cosas, como pretendía un acusado, que decía que se conformaba si convencíamos a su churri de que volviera con él. Pero la churri debía tener muy claro que no quería ni verle porque al final no hubo conformidad.

Por último, no podía poner el The End a este estreno sin hacer referencia a lo que ocurre con los desacuerdos en Fiscalía. A pesar de que mucha gente insiste en vernos como soldaditos disciplinados y obedientes, las cosas no son así. Cuando un o una fiscal disiente con el criterio de su superior, las cosas no se limitan a un “señor , si señor” con taconazo incluido, sino que hay un mecanismo legal previsto en nuestro Estatuto para dirimir este desacuerdo. Se convoca Junta de fiscales y se exponen las posturas, debiendo asumir el parecer de la junta. Últimamente, hemos podido ver varios ejemplos en asuntos de sobra conocidos.

No obstante, siempre es deseable llegar a un acuerdo o, al menos, agotar las vías para intentarlo. Por eso, el aplauso de hoy es para quienes, con cintura y paciencia, ponen todo de su parte para alcanzarlos. Por más que cueste.