Avatar de Desconocido

Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Oficio: más que una profesión


Cuando alguien realiza su trabajo con eficacia, se dice que tiene mucho oficio. Esto es más evidente aún en las ocupaciones artísticas, en las que “tener mucho oficio” puede suplir al ramalazo artístico, pero, sobre todo, ha de complementarlo. El talento, sin oficio, no es fácil que triunfe, y menos aún que mantenga a su propietario en lo más alto. Aparte de eso, el término “oficio” es tan polisémico que ha dado lugar a títulos de películas de lo más variado, como El santo oficio, Riesgos del oficio o El oficio de las armas. Por no hablar de esa recordada serie de la que más de una vez hemos hablado, Turno de oficio.

En nuestro teatro, como en todos los ámbitos, ese “oficio” del que hablamos tiene varios significados. Y algunos son exclusivos de Toguilandia, y además han tenido su propio y exitoso estreno como el Turno de oficio , un derecho del justiciable que se hace efectivos con el trabajo de grandes profesionales, o el papel de oficio

Por supuesto, las acepciones comunes de “oficio” también tienen su reflejo en nuestro mundo. Cuando somos eficaces y buenas profesionales también nos pueden decir que tenemos mucho oficio. Y, sin duda alguna, en esta nuestra comunidad, los oficios jurídicos son legión. La judicatura, fiscalía, abogacía, procura o laj son oficios, aunque sean mucho más que eso. Son parte del ejercicio de una función constitucional, la de administrar justicia, ahí es nada. Y sin cada una de esas partes, no hay todo.

Otro de los significados de “oficio” si no exclusivos de nuestro escenario, sí muy frecuentes en él, es en la acepción de la palabra referida a un documento dirigido desde el juzgado a determinadas autoridades o instituciones. Se emiten oficios destinados al Registro de la Propiedad, a la Policía o hasta a la Embajada, si toca. Es parte de esa manía que tenemos en Toguilandia de dar distintos nombres a los documentos que utilizamos. Como siempre me decía mi preparador, una empieza a estar en el mundo jurídico cuando descubre que auto es algo más que un vehículo automóvil. Y, por supuesto, cuando asume que hay más diligencias que la conducida por John Wayne

Pero si hay una acepción importante en nuestro teatro del término oficio, es la que va precedida por la preposición “de” y se refiere a una de las dos formas clásicas de iniciación del proceso penal: de oficio o a instancia de parte. Nos decían en la Facultad que el proceso de se inicia a instancia de parte cuando lo hace previa denuncia, y de oficio cuando la notitia criminis llega a conocimiento del Juzgado de cualquier otro modo. Pero no todo es tan sencillo.

En términos generales, se pude decir que hablamos de iniciación de un procedimiento de oficio cuando el órgano judicial o el Ministerio Fiscal lo inician sin necesidad de denuncia, sea del perjudicado o de terceros. Ahora bien, las cosas no son tan fñaciles. Porque, de un lado, en muchas ocasiones es el Ministerio Fiscal quien, al término de unas diligencias de investigación, formula la denuncia. El Fiscal procede de oficio, pero Su Señoría lo hace con la denuncia de la fiscalía, así que lo haría a instancia de una parte que no es, en realidad, ni quien ha sido perjudicado ni un tercero. Así que ahí queda la primera paradoja.

Otra paradoja la encontramos cuando, tras afirmar que, tras la actuación de la Policía, el juzgado abre diligencias de oficio, para luego explicar que el atestado policial tiene valor de denuncia. ¿En qué quedamos, entonces? ¿Inicia el juzgado por denuncia, aunque sea de la policía, o sin ella? Pues eso.

De otra parte, no siempre se puede iniciar de oficio, aunque se quiera. En nuestro ordenamiento jurídico existen algunos delitos que solo son perseguibles previa denuncia o querella del ofendido, como ocurre con las injurias o calumnias, o en algunos de los delitos leves, y otros que no la necesitan -aunque pueda haberla- como sucede con la gran mayoría de los tipos penales. Los primeros se llaman delitos privados y los segundos, públicos

No obstante, ni siquiera con esto se soluciona todo, porque, para acabar de liar las cosas, existen los delitos semipúblicos o semiprivados, esos que necesitan denuncia para comenzar, pero no para continuar, de modo que si la inicial denunciante se echa atrás, ya no tendrá la llave del del proceso en sus manos y este continuará. Aunque parezca mentira, en nuestro Derecho, un delito tan grave como la violación todavía depende de la existencia de denuncia, salvo algunos casos particulares de personas vulnerables como discapacitados o menores en que puede denunciar el Ministerio Fiscal. Y además, esa denuncia ha de ser de la víctima, y no vale la de cualquiera que haya tenido conocimiento del hecho o incluso que lo haya visto. Esto significa que si presenciamos una violación, o la tenemos grabada, pero la víctima no quiere denunciar, el autor se saldrá de rositas y no tendremos nada que hacer al respecto. Salvo, por supuesto, que se trate de menores o personas vulnerables porque en este caso siempre esta el comodín de la querella del Ministerio Fiscal. Pero esto no es así en los demás casos. Y suena absurdo, sin duda, y peligroso, porque un delincuente quedaría suelto, pero nuestro ordenamiento todavía arrastra algunas cosas de cuando los delitos sexuales se consideraban delitos contra la honestidad y era la víctima quine decidía si pasaba la “vergüenza” de denunciar o se callaba para siempre. Algo que hoy es difícil de entender. Tanto, que no parece tener demasiado sentido que el legislador considere bien jurídico a proteger la propiedad, cuyas infracciones como el robo o la estafa son delitos públicos, y no considere tan protegible la indemnidad sexual, cuyas infracciones dependen de la denuncia. Y es que aun nos queda avanzar en algunos temas.

Por último, y al hilo de todo esto, comentaré algo propio de la todología y redes sociales. Pasa cualquier cosa y siempre hay un listillo que pregunta que dónde está el fiscal para proceder de oficio. Es más, hay quien debe pensar que Twitter es una oficina de denuncias y que solo con leer las cosas debemos iniciar procedimientos a cascoporro. Y puedo asegurar que si abriéramos por todo lo que leemos en redes, no haríamos otra cosa en nuestra vida, ni en el juzgado ni fuera de él. Y eso, sin entrar en el tema de la competencia , ni mucho menos en el de la presunción de inocencia, que da para mucho más.

La otra cosa que me planteo cuando oigo o leo esos comentarios es por qué se empeñan en que abramos diligencias de oficio desde la fiscalía cuando los jueces y juezas pueden hacerlo también, y que además son a día de hoy quienes instruyen las causas. Pero, aparte estos detallitos, valdrían las mismas reflexiones hechas antes respecto de la fiscalía.

Y con esto, cierro el telón por hoy. Solo me falta el aplauso. Y, obviamente, es para quienes proceden de oficio siempre que deben hacerlo. Porque muchas veces las cosas solo acaban bien si empezaron bien y a tiempo

JAT: misterio con toga


         El mundo de los misterios, y las propia palabra que alude a ello, son imprescindibles en la historia del cine, del teatro y la literatura. Misterioso asesinato en Manhattan, El misterio de la dama blanca, Harry Potter y el misterio del príncipe son algunos de los muchos títulos de cine. El misterio de la Salem’s lot o El misterio de la cripta embrujada lo son de libros, y hasta hay series de televisión como Los misterios de Laura o El misterio de los Hunter. Sin olvidarnos de programas como La nave del misterio, con ese Iker que tanto juego nos da en nuestro teatro. Y es que el misterio siempre tiene su aquel.

En nuestro teatro los misterios suelen estar al otro lado de estrados, en los asuntos que investigamos y, sobre todo, en los que quedan sin resolver. Pero en algunas ocasiones, somos quienes habitamos Toguilandia los protagonistas de más de un misterio misterioso. De hecho, siempre que intento explicar la organización del Ministerio Fiscal a alguien no iniciado, acabo diciendo que es una cuestión de fe. Y ya se sabe que, como me decían en el colegio, fe es creer lo que no se ve,

Pero hoy vamos a dejar la fiscalía aparte. O casi, que siempre se cuela algo .Pero vamos a desentrañar uno de esos misterios insondables de la jurisdicción, la existencia de los -y las- llamados Jats. Y lo haremos de la mano y con el permiso de Amparo, una de estas misteriosas toguitaconadas, que dedicó un hilo de twitter a explicarlo, y, de paso, a inspirarme para este estreno.

Cuando yo entré en Toguilandia, en la noche de los tiempos, las cosas eran mucho más sencillas. Cuando se aprobaba la oposición de judicatura, tras la Escuela Judicial -que entonces era, por cierto, en Madrid- se elegía destino, que necesariamente era un juzgado mixto, de primera instancia e instrucción. El primer destino solía marcarnos una huella indeleble y, por supuesto, la bisoñez daba más de un disgusto que luego se solía solucionar. Gajes del oficio.

Por aquel entonces había que esperar un tiempo, variable según las circunstancias de creación de plazas y vacantes, para que quienes ocupaban esos juzgados mixtos ascendieran a magistrados y magistradas, y se fueran allá donde el azar decidiera. Insisto en lo del azar porque aquí el número de escalafón importaba poco: si ascendían 10 y te pillaba el décimo del corte, eras el último en elegir, aunque fueras el número 1 de tu promoción- Y si elegías el último, los destinos menos atractivos te esperaban. Y encima, con congelación -que no es estar sin calefacción sino no poder concursar a otro destino en un tiempo-, por lo que el pobre incauto que se fue al último rincón veía con importancia como quienes iban detrás se llevaban el gato al agua.

La cosa, que te obligaba a una mudanza forzosa cuando apenas habías empezado a instalarte donde fuera, con colegios e hipotecas incluidos, se intentó paliar con soluciones como la renuncia temporal al ascenso, pero era pan para hoy y hambre para mañana. Y al final, se arbitró algo que venía haciéndose en la carrera fiscal y era la envidia de quienes no conocían sus inconvenientes. Al ascender, podías quedarte en el mismo sitio donde estabas, cobrando el complemento de categoría, pero renunciando al aumento del de destino al no moverte de tu sitio. Esa solución, aparentemente ideal, tiene un gran inconveniente pasado el tiempo: perpetúa la inamovilidad en todos los sentidos, así que cuanto más tarde llegues a la carrera, más difícil es llegar a determinados destinos porque no nos mueve ni la grúa. Una circunstancia que determinará el destino de muchos magistrados y magistradas y en especial de nuestra protagonista. Pero vayamos por partes.

A todos estos avatares que hemos contado, se unen dos cuestiones más, la supresión de gran parte de los jueces sustitutos y el régimen de sustituciones forzosas y el parón radical en la creación de plazas que la crisis general y la endémica que afecta a los medios en justicia supusieron. Incluso, se llegaron a paralizar las entradas en funcionamiento de juzgados que habían sido ya creados. Y así las cosas, empezó a existir esa especie propia de Cuarto Milenio: los jueces y juezas sin juzgado. Esos seres que pasean sus togas como la capa del fantasma de la ópera por juzgados y tribunales de toda España.

Con estos mimbres, se creó como solución chapucerilla la figura de los JAT, jueces de adscripción temporal. Y, como tantas cosas temporales, tiene toda la pinta de ser defintiva, o casi. Con ello, arreglaban un doble entuerto: de un lado, utilizaban a todos esos jueces sin destino para cubrir huecos dejados por bajas de maternidad, enfermedad o excedencias y, de otro, desfacian el entuerto de la supresión de los sustitutos y sustitutas.

Pero, como todo, una cosa es el uso y otra el abuso. Y la chapucilla vino de maravilla para colocar a quienes salían de cada Escuela judicial, que perdían toda expectativa de un destino fijo donde echar raíces, y solucionaba la papeleta de marrones como juzgados paralelos para paliar la congestión judicial o solventar un asunto determinado o juzgados especiales para acciones preferentes y cosas parecidas que parecen de todo menos apasionantes.

De modo que, como decía, lo provisional se convirtió en eterno, y, contrariamente a la idea inicial, según la cual se trataba de plazas para quienes iniciaban sus pasos judiciales, empezaron a parecerles atractivas a a quienes llevaban años en la carrera y tenían nulas esperanza de llegar a un mejor destino o a la capital de provincia ansiada. Y claro, ver desde tu juzgado de pueblo como los recién llegados ocupan Audiencias o juzgados especiales, aunque sea con  carácter provisional, duele. Y por eso, juezas como nuestra protagonista acaban decidiendo, después de casi veinte años en la carrera, convertirse en JAT. Como si acabaran de empezar por ese destino incierto, pero con mucha más preparación y mérito.

Así que, como ella dice, ni son jueces sustitutos, ni en prácticas, ni acaban de salir de la Escuela Judicial, por más que esto último pueda halagar- Son jueces y juezas titulares, sin juzgado, que han renunciado a la inamovilidad a la que tenían derecho a favor de una promoción a la que también tienen derecho pero que temen que les llegará cuando las ranas críen pelo.

Me ha encantado saber, gracias a nuestra flamante Jat, que en Reino Unido existe algo parecido llamado “floating judges”. Y la verdad es que flotar, sí que flotan más de una vez. Porque tener que pasar de una jurisdicción a otra, de un destino a otro sin solución de continuidad, hace necesario tener muchos recursos jurídicos y mentales. Hay que reconocerlo.

Y con esto termino el estreno de hoy. El aplauso va dedicado, por supuesto, a quienes ejercen de Jat, especialmente después de muchos años de carrera, y en especial, a nuestra protagonista, Gracias, Amparo, pro prestarme la inspiración y tu hilo

Roscón de Reyes: que toque


         Es verdad que no hay demasiadas películas que se fijen en Los Reyes Magos. Más allá de la que lleva su propio nombre, y de algunas sobre la vida de Cristo, como Jesús de Nazaret, en que se dejan ver, la cultura audiovisual anglosajona nos ha abducido tanto que Santa Claus ha ganado por goleada en nuestra pantalas a nuestros magos de Oriente. Por lo que, de tradiciones anejas a ellos, como la del Roscón de Reyes, ni hablamos. Ellos se lo pierden

En nuestro teatro cada año escribimos nuestra carta a los reyes . Así lo hemos hecho desde este escenario sin que, en honor a la verdad, nos hayan hecho ningún caso. Ni varita mágica, ni bola de cristal, ni siquiera unos medios materiales decentes. Como mucho, unos cuantos bolis bic y unos posits de esos que se cotizan a precio de oro en Toguilandia., Y pare usted de contar.

Por eso este año he desistido. Ya no escribiré carta, sino que haré, como cuando era pequeña y me quería hacer pasar por la niña más buena del mundo, decir a Sus Majestades que me traigan lo que quieran, que ya saben lo que me gusta. Por algo son Magos ¿O no?

Sin embargo, voy a rescatar una tradición que no vivimos en Toguilandia, salvo en las casas particulares de cada cual, el Roscón de Reyes. Para quien no lo sepa, es un dulce típico con forma redonda donde la gracias está en que hay un regalo escondido, que toca por azar, y, además una especie de contrarregalo, que también toca por azar. Como el amigo y el enemigo invisible, vaya. El primero, además de su coste, te asegura suerte el año venidero y el otro te obliga, entre otras cosas, a financiar el roscón siguiente.

Hay diferentes variedades, como la Casca de reyes valenciana o la francesa Galette de Rois, pero la esencia es la misma, aunque no lo sean los ingredientes del dulce. En mi casa, incluso, hace mucho tiempo cambiamos el dulce por algún tipo de pastel sorpresa salado, por respeto a mi padre, que era diabético, y que luego hemos mantenido como tradición familiar. Y no sigo por ahí, que me pongo tonta y me conozco.

La cuestión es que voy a montar mi roscón imaginario y a asignar la suerte. Que, aunque en el original sea anónima, en este es como yo decida, que para eso es mi propia función, vaya.

El haba –esto es, el contrapremio- sin duda tiene que corresponder al Consejo General del Poder Judicial y, en concreto, a quienes entorpecen hasta impedir su renovación. Los responsables de semejante despropósito deberían arrostrar con el coste del roscón de los años venideros, es decir, asumir la responsabilidad por todas las decisiones que no se hayan tomados o las que se hayan tomado y serían diferentes de haberse renovado el órgano. Es sonrojante que sigamos en este bucle.

El premio bueno, el que augura buena suerte, se lo voy a asignar, de momento, a quienes han seguido al pie del cañón, inasequibles al desaliento, a la falta de medios y a la de medidas de protección en los tiempos más duros de la pandemia. Y como quiera que el roscón es mí, la sorpresa es que van a haber varias figuritas premiadas. Que para eso me erigido en pastelera real por un día.

La primera será para Sus Señorías jueces y juezas, magistrados y magistradas. Especialmente, para quienes han seguido acudiendo al juzgado de guardia cuando el mundo estaba parado, a pesar de que nadie les aplaudía desde los balcones. Y para quienes se veían constreñidas, en tiempo record, a tomar decisiones sobre asuntos que nunca hubieran pensado que verían, como estados de alarma o medidas de restricción por pandemia. En este caso, además, también me sacaré una haba extra, para ese Tribunal Constitucional de nuestros desvelos. Y no por decidir que el estado de alarma no era constitucional, porque tienen potestad para ello, sino por hacerlo un año más tarde, cuando de nada sirve. Y eso, en un caso teóricamente urgente, que ya sabemos que hay otros que duermen el sueño de los injustos y llevan camino de convertirse en La bella durmiente.

Por supuesto, no me olvido de la fiscalía, a la que hubiera puesto en primer lugar por razones obvias, por las mismas que me contengo, no vaya a pensar alguien que peco de subjetiva. Y si lo piensan, qué vamos a hacerle. Pero me vale lo mismo. Premio extra para quienes estuvieron, están y estarán al pie del cañón. Y ánimo

Ánimo y premio también para otros cuasi desconocidos, los LAJs. Solo cabe recordar al mundo que no hay juzgado que pueda funcionar sin su presencia, como tampoco puede funcionar sin todos y cada uno de sus funcionarios y funcionarias. Ni de los médicos forenses, que si no lo digo mis genes me torturarán por las noches y no es plan.

Y, por supuesto, otro de los premios especiales de nuestro roscón lo reservo para letradas y letrados del turno de oficio que, contra viento y marea, a pesar de que cobran tarde y mal, sirven pronto y bien. Y tiene que saberse, por más que lo diga una fiscal y que haya quienes e empeñe en fomentar el frentismo en vez del compañerismo. Allá ellos.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Que los Reyes traigan a cada cual lo que se merezca, y hasta un poquito más. Yo les dejo en suspenso el aplauso, a ver si así se portan mejor que otros años para los habitantes de Toguilandia. Que ya hemos tenido carbón más que de sobra.

Recapitulación: adiós, 2021


Otro año llega el fin de año, y los acordes de la canción de Mecano ya empiezan a llenarnos la cabeza. Un año más, que ojalá sea el último de esta pandemia que nos está volviendo la vida Del revés. Pero aprovecharé Lo que queda del día para para hacer un repaso del año. No han sido Los mejores años de nuestra vida, pero también ha habido cosas buenas. Y a eso vamos

            Nuestro teatro trató de sobrevivir al Covid, a los retrasos que había generado el confinamiento y a los que seguían generando las medidas restrictivas. Y en ello seguimos.

            Personalmente, no me puedo quejar, Este año he tenido el inmenso honor de que el trabajo que realizamos en la sección de delitos de odio, que dirijo, sea reconocido con la más alta distinción de las Cortes Valencianas, el premio Guillem Agulló, que valora el trabajo en relación a la lucha por la igualdad y contra los delitos de odio. Un momento que no olvidaré nunca, por más que la pena fuera que la reducción de aforo impidiera que estuviera todo el equipo que cada día están al pie del cañón. Mil gracias por esta ahí.

            También otra distinción me llenaba de alegría. El primer premio Malva, que reconoce la lucha por la igualdad y contra la violencia de género, y que otorga la Asociación de Dones Pregressistes de Benimámet. Casi nada.

            En lo que afecta a la literatura, 102 mujeres marcaron mi año. La primera de ellas solo una niña, Malika, la protagonista de Els cabells molt rulls mi última novela juvenil destinada, además de a entretener y emocionar, a reflexionar sobre los delitos de odio y la discriminación. Ojalá lo consiga. El libro se estrenaba en la flamante y recuperada feria del libro, que este año fue3, por motivos de la pandemia, en otoño en vez d en primavera.

            Las otras 101 mujeres protagonistas de mi año son las protagonistas de mis 101 valencianas frente a mi espejo. una antología de relatos sobre mujeres extraordinarias que vio la luz el día de la Mujer en el ICAV, que nos hizo de anfitrión y de mecenas. Otro de los momentazos a guardar en la memoria.

            Pero no solo he publicado libros en solitario. Mis relatos han formado parte de antologías de Generación Bibliocafé (relatos líquidos), de un compendio maravilloso llamado Habitaciones de paso, o de las diversas entregas de Visibilizarte. Y, que no se diga que no hablo también de Derecho, también hacía una pequeña contribución al Anuario de Derecho Civil de Tirant lo Blanch

            La literatura no paraba con eso de darme alegrías. Mis dos obras de teatro en valenciano presentadas al concurso de aproposits de Junta Central Fallera eran premiadas con sendos terceros premios tanto en categoría infantil como adulta. Un premio que me gusta especialmente por su relación con mis queridas fallas, y por ser en lengua valenciana, que tanto me gusta.

            Por su parte, Paiporta me daba alegría doble. De un lado, me hacía entrega del premio Carolina Planells de narrativa contra la violencia de género, que se había llevado mi relato Azogue () el año anterior. De otro, en noviembre conocía que otro relato mío, El tiempo que nos queda, quedaba finalista en la edición de este año del certamen. El año que viene ya os contaré la entrega de premios, por supuesto.

            Y una alegría especialísima fue la obtención por este blog del premio al mejor blog en categoría personal de los premios 20 minutos. Un honor que conseguía nuestro teatro después de haber sido nominado dos veces. Y es que, como dice el refrán, a la tercera va la vencida.

            Para acabarlo de redondear, poco antes de escribir este resumen, llegaba a mi conocimiento que había sido considerada una de las 25 mujeres más influyentes de España en 2021, concretamente, la novena. Esas cosas que no hay que tomar demasiado en serio, pero que siempre ponen contenta. Y así estoy yo.

            Y con esto, termino el último estreno del año. No me olvido del aplauso, que no podía ser otro que el dedicado a todas las personas que cada martes y cada viernes me leéis. Os espero a todas y todos el año que viene. No me faltéis

Tocar el cielo: #loteriadelamadrina


Un año más, mi toga, mis tacones y yo nos ponemos en modo solidario para colaborar con la Fundación Soledad Cazorla y su lotería de la madrina. Es una iniciativa cuyas ganancias -solo en el caso en que toque devolución, en los demás casos funciona como una lotería convencional- se destinan a financiar becas y sueños, como los de la protagonista de este cuento

Tocar el cielo

Señores pasajeros, les informamos que acabamos de tener un aterrizaje de emergencia. Gracias a la pericia y profesionalidad de la tripulación, nadie ha sufrido ni un rasguño, aunque la situación era límite

-¡Bravoooo! -aplaudía todo el pasaje del avión, ya sano y salvo, en la sala VIP del aeropuerto- ¡Bravo!

Y no solo eso -la megafonía continuaba informando- Además han llegado a su destino con apenas unos minutos de retraso.

             Fue una verdadera proeza, según decían, aunque a ella no le importaban demasiado las alabanzas. Había cumplido con su trabajo como una profesional, y eso era lo que más le satisfacía. Fue un largo camino el que recorrió desde que un día decidió que quería ser piloto de aviones. Primero, lo tomaron como un sueño infantil, y pensaron que ya se le iría de la cabeza. Luego, cuando la idea persistía cada vez con más fuerza, trataron de arrancársela. Que una mujer fuera piloto era difícil, pero que lo fuera ella era casi imposible.

            Sonrió, pensando en aquellos días. Y sonrió todavía más al ver la procedencia de la llamada que le indicaba su teléfono móvil.

            Mientras tantos, los pasajeros del vuelo 767 iban reponiéndose del susto

Menos mal que hemos llegado, y además a tiempo -dijo un joven delgado y nervioso- Mañana tengo algo importantísimo que hacer. Voy a hacer una donación de médula a mi sobrinita de nueve años, que tiene leucemia. Ya me hice las pruebas y soy compatible. Esa princesa se merece una oportunidad y yo puedo contribuir a que la tenga

Qué bonito -contestó otra de las pasajeras- Yo también necesitaba llegar, aunque por algo bien distinto. Mi padre está agonizando, apenas le quedan horas de vida, y me gustaría tanto despedirme de él…

Pues ya veis -intervino una señora de mediana edad- Yo no tengo motivos tan apremiantes. Pero e moría de ganas de llegar. Llevo ahorrando años para hacer este viaje para conocer a mis nietos. El mayor tiene ya cinco años y todavía no lo he visto nunca. El billete de avión es tan caro para mí…

Bueno, yo también tenía mucha urgencia -dijo una chica de aspecto tímido- Necesitaba llegar a tiempo para presentar mi descubrimiento, un medicamento que espero que pueda curar varias enfermedades. Tengo muchas esperanzas depositadas en ello.

             Toda aquella gente fue abandonando el aeropuerto mientras ella respondía el teléfono. La llamada le había devuelto a aquellos días terribles, cuando descubrió el cuerpo sin vida de su madre en la alfombra del salón. Aquel hombre en quine ella había confiado para rehacer su vida, la había destrozado. A ella le dijeron que su madre había marchado al cielo, un lugar donde estaría siempre protegiéndola. Tal vez por eso se le metió en la cabeza lo de ser piloto., porque albergaba la esperanza de poder tocarla otra vez, aunque solo fuera con la punta de los dedos.

            Pero se hizo mayor y mantenía ese propósito. No era solo un sueño de niña, sino su verdadera vocación. Cuando le dijeron que no sería posible porque la situación económica en que le había dejado la muerte de su madre no permitía unos estudios tan largos y tan caros, creyó que todo estaba perdido.

            Fue entonces cuando llegó su hada madrina. No tenía un taje brillan te, ni una varita mágica, y tampoco le hacía ninguna falta. Un fonde de becas que financiaba estudios para quienes, como ella, habían perdido a su madre por culpa de la violencia machista, se hizo cargo. En tiempo récord consiguió estar volando. Y sabía que en algún punto de ese cielo que recorría estaba su madre dándole ánimos.

            Respondió a la llamada

             Le habían propuesto ser una de las madrinas de ese fondo de becas que tanto hizo por ella. Por ella y por aquella niña que por fin tendría su trasplante, por el padre que se podría despedir de su hija, por la abuela que conocería a sus nietos y por todas las personas a los que el descubrimiento de aquella chica salvaría. Nada de eso sería posible si ella no hubiera pilotado aquel avión que a punto estuvo de estrellarse

– Me encantaría, Nada me haría más feliz

                Esta es una historia inventada, pero que podía ser real. Nuestra protagonista consigue su sueño gracias a una iniciativa como la que me trae hoy aquí, el Fondo de Becas Soledad Cazorla. Y podemos contribuir con un simple clic en el enlace para adquirir un décimo. Solo en el caso en que toque la devolución, la mitad se destinará a las becas, el resto puede hacernos ricas o ricos como cualquier otro décimo. O sea, que toca, aunque no toque

Y, por si yo no os he convencido, os traigo una ilustración de @madebycarol, hecha ex profeso para esta iniciativa. Si no os ablanda esto, es que sois de pedernal. Y estoy segura de que no es así

Aquí os dejo el enlace de nuevo, por si acaso

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

PD Podéis jugar a cualquier número de cualquier madrina, pero si lo hacéis al mío, me pongo todavía más contenta.

Navinécodtas: togas con sonrisas


              La Navidad es tiempo de exaltar nuestras mejores cosas, nuestros mejores valores. Y, si hablamos de lo mejor del mundo, el arte ha de estar ahí. Y el espectáculo convertido en arte, más aún. No hay navidad sin Love Actually, Qué bello es vivir y, por supuesto, sin El Cascanueces, un clásico que no puede faltar, especialmente si, como es mi caso, te gusta el ballet. Y, por supuesto, sin Sonrisas y lágrimas. Aunque en estos tiempos sea mejor escuchar el Jo jo jo de Santa Claus en todo momento.

            En nuestro teatro la Navidad también existe, y más allá de las decoraciones más o menos inspiradas de estanterías y mesas con espumillón y bolas de colores, siempre y cuando los expedientes les hagan un hueco. Y pese a todo, las risas también. Por eso, aunque ya son seis años de toguinavidades y cuentos navideños quería sacar la sonrisa de paseo que, con la que está cayendo, siempre viene bien.

            Contaba un compañero en twitter ayer mismo una anécdota que dice mucho de cómo están las cosas. Tiene su punto de risa, pero en su trasfondo tiene mucho más, aunque eso ya lo dejamos para mañana, como hacía Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. Decía mi amigo y compañero Carlos que el otro día pasaban por el Juzgado de guardia unas personas -que no eran ni los Reyes ni Papá Noel, que quede claro- preguntando, despacho por despacho, si podían llevarse los calefactores porque había un juzgado donde no tenían calefacción. La cosa tendría su gracia si no fuera un puro esperpento, en pleno mes diciembre y en pleno siglo XXI. Ojalá pudieran leer estas cosas quienes tienen en su poder la posibilidad de solucionarlas, y no hubiera que confiar en Santa Claus, que lo veo tejiendo a toda prisa bufandas y gorros con el escudo del Ministerio de Justicia. Para acabar de rematar el esperpento aclararé que esos calefactores son los que nos compramos, de nuestro bolsillo, cuando el sistema no tira lo suficiente para calentarnos. Y que incluso en algunos sitios se usan de trinqui porque se prohibió porque había sobrecargas de luz que incluso motivaron algún incendio.

            Y al hilo de la falta de medios, que da mucho de sí, me acuerdo ahora de otra anécdota que también viene a cuento. El otro día, como sucede con frecuencia, la videoconferencia no iba del todo bien. Exactamente, era conferencia, pero no video, es decir, que no se veía nada, aunque había sonido. Estaba en sala mi querido amigo y compañero Héctor , el primer fiscal invidente al que ya dediqué un post -y dedicaría todos los del mundo, por cierto- que, con el sentido del humor que le caracteriza, dijo con toda tranquilidad “pues mira qué bien, ahora estamos todos en igualdad de condiciones”. Y tenía más razón que un santo. A mí me dio la risa, pero a veces la gente se queda descolocada. A ver si aprendemos a normalizar de una vez, vaya.

            En estos momentos en que el dichoso coronavirus vuelve a hacer de las suyas, vuelve a cobrar actualidad un término que creíamos que estábamos desterrando pero que regresa a nuestras vidas como el día de la marmota, el confinamiento. Pero no sé por qué razón, ese corrector que a veces juega tan malas pasadas, se empecina con algunas cosas, como convertir a las personas confinadas en con confitadas, como si fueran esas frutas escarchadas tan propias de la Navidad. Y es que, como me dijo no hace mucho un testigo, el predictor juega muy malas pasadas. Andaba yo pensando en algún embarazo no deseado cuando me percaté que se refería al predictivo que corrige los textos y, en este caso, los WhatsApp. Y casi me caigo de la silla.

            Y a veces, ni siquiera se le puede echar la culpa. No hubiera colado en el caso de la imagen que ilustra este post, que habla por sí sola. Eso de que sea obligatorio consumar en la terraza tiene su aquel, Aparte de la ambigüedad de la frase, de la que una no sabe si es obligatorio tomarse algo, o si lo que es obligatorio es hacerlo en la terraza -no quiero ni pensar en la sanción por no hacerlo-, lo peor es a lo que se nos obliga. Que eso de consumar, según quién toque de partenaire, cambia mucho. No digo más por no pillarme los dedos, que nunca se sabe

            Tampoco tiene desperdicio el titular en que, por un obvio error, se refirió al toque de teta en vez de al toque de queda. Y menos mal que en este caso el Tribunal Superior de Justicia de turno lo rechazaba, porque si lo hubiera admitido aún hubiera dado para más chanzas. Y en algunas cosas no está la cosa para bromas.

            Para acabar, dejo una perla fina como remate de nuestro árbol de Navidad, aportada por otro compañero, que fue testigo presencial Estaba el fiscal de guardia dictando a una funcionaria algo que debía escribir en unas Diligencias urgentes y no acababan de entenderse. Ella, cada vez más nerviosa, consigue terminar su escrito y se busca la conformidad de quien le encomendó el trabajo y, cuando va a llamarlo, se dirige a él: “Señor Dur ¿está bien?”. Aún me río imaginando a cara del aludido.

            Y hasta aquí, los adornos de nuestro árbol de Navidad. El verdadero remate ha de ser el aplauso que doy a todas y cada una de las personas que se asoman a mi mundo toguitaconado. Muchas gracias y feliz Navidad

#cuentosdeNavidad : El armario


-¿Todavía te duele la herida? Te estás tocando la cicatriz

-Dolerme exactamente, no. Pero me molesta con el frío y con la humedad

-Tal vez deberías ir al médico para que le echara un vistazo. Hace demasiado tiempo para que se note

-No es para tanto, de verdad. Y, además, no me importa. Es más, me gusta notar esa sensación para recordar lo que pasó. No quiero olvidarlo ¿Sabes?

-No creo que lo olvides. Ni tú ni nadie de quienes lo vivimos.

                  Así era. Yo todavía podía recordar aquella llamada de teléfono, cuando los teléfonos pertenecían a una casa y no a una persona, y estaban unidos por un cable a esa casa de la que formaban parte. Fui yo quien descolgó el auricular y quien, tras identificarme ante mi interlocutor, recibí el mazazo. Mi hermana había recibido una paliza en la calle, a plena luz del día, y luchaba por su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital. No sabía por qué y, la verdad, tampoco me importaba, pero eso fue lo primero que mi padre preguntó cuándo escuchó la noticia de mi boca

-¿Una paliza en la calle, dices? ¿Y se sabe por qué?

-Faustino, por dios -dijo mi madre, enfadada- ¿Y eso qué importancia tiene ahora?

-La tiene, querida, la tiene, te guste o no. Y tú lo sabes perfectamente

          Yo no entendía nada. Mi hermana podía morir en cualquier momento y a mi padre parecía no importarle otra cosa que no fueran las circunstancias del suceso. Por desgracia, no tardé en entenderlo, aunque comprenderlo, no lo comprendí nunca.

            Al día siguiente la sección de sucesos del periódico daba todas las claves sobre la reacción de mi padre. Los golpes que le cayeron a mi hermana por la calle lo fueron al grito de “tortillera” “bollera de mierda” y similares. El periódico no ahorraba detalles, facilitados, al parecer, por testigos presenciales. Ella caminaba por la calle de la mano de otra mujer y eso fue suficiente para que se desencadenara la tragedia. Nunca encontraron a los autores, aunque tampoco creo que pusieran mucho interés en buscarlos. El acento se ponía en quién era mi hermana, quién era su familia y lo “inadecuado” de determinadas conductas, por más que el Código Penal acabara de despenalizarlas.

            Yo ignoraba si aquella chica con la que iba cogida mi hermana era su amiga, su amante o alguien que pasara por allí, pero tampoco tenía interés en saberlo. Solo quería que saliera del pozo donde estaba. Porque sus heridas curaron en el hospital, pero la persona que volvió a casa a hacer su convalecencia poco tenía que ver con la que salió unas semanas antes de casa a dar un paseo que le costó bien caro.

            La reacción de mi padre se exacerbó cuando vio lo publicado en el periódico, y las prioridades de sus preocupaciones propiciaron un alejamiento tan enorme de mi madre que nunca volvieron a estar juntos. Ella no le perdonó que le importara más el qué dirán qué la vida de su hija, y él no perdonaba a una hija que no respondía a lo que él esperaba de ella. A lo que esperaba, a su juicio, cualquier padre de cualquier hija.

            Nadie hablaba nunca en casa de la homosexualidad de mi hermana, pero flotaba en el aire sin nombrarla. También sin nombrarla supimos que fue la razón de su fulminante despido “por causas objetivas”, como lo fue del abandono de casi la totalidad de sus amistades, que jamás la visitaron. Solo acudía a verla una tal Mercedes, pero, cuando mi padre supo que era quien andaba cogida de la mano con ella aquel día, prohibió su entrada en casa,

            Eso precipitó la separación de mis padres, que ya venía cociéndose a fuego lento desde tiempo atrás. No obstante, mi madre parecía anclada todavía en algún punto del pasado donde mi hermana y su realidad tenían difícil encaje. O eso pensábamos.

            Llegó la Navidad, la primera tras lo que le ocurrió a mi hermana y tras la separación de mis padres. Pensaba que mi madre no estaría para celebraciones, pero me sorprendió desafiando la gravedad para subirse, un año más, al estante del armario donde guardaba los adornos navideños. No dejó ni uno dentro, y llenó la casa de espumillón y bolas de colores

-No has dejado nada en el armario

-Y así debe de estar, vacío.

            Mi madre miró fijamente a mi hermana cuando pronunció aquella frase y ella, por primera vez en mucho tiempo, levantó la cabeza. Fue entonces cuando mi madre se dirigió a nosotras y a mis hermanos, y nos dijo a toda la familia:

-Este año quiero que en Nochebuena vengáis todos con vuestras parejas.

-Sí, claro mamá, como siempre -dijo mi hermano- ¿No? Yo iré con mi mujer y Pablo con la suya y…

-Como siempre, no. He dicho con vuestras parejas. Las de todos

              De esta manera mi madre abría las puertas de su casa y de su vida a Mercedes, a quien tanto echaba de menos mi hermana.

-Ya os dije que había que vaciar los armarios por Navidad.

Tribunales consuetudinarios: por los siglos de los siglos


              Hay tradiciones que merece la pena conservar. Otras, no tanto, así que esas mejor cuanto más lejos. Pero, a veces, es necesario mirar al pasado para tomar impulso para el futuro. Y de eso el cine y el teatro saben un montón. Hay tradiciones que destrozan vidas enteras, como lo que le ocurría a La niña de luto o a las protagonistas de La casa de Bernarda Alba. Y hay otra que merece la pena conservar y cuidar. Y de esa vamos a hablar hoy.

            En nuestro teatro hay tradiciones a punta pala, hay que admitirlo. Algunas, sobre todo las referidas a formalismos se han convertido en costumbre inveterada y ya no desaparecen ni con agua caliente, aunque no siempre es necesario que desaparezcan. Pensemos en el caso de pedir la venia a la que ya dedicamos un estreno.

            Pero hoy, más que de costumbres jurisdiccionales, quería hablar de jurisdicciones. O, mejor dicho, de tribunales, más allá de los que vemos en Toguilandia. Porque esto de la Justicia se inventó hace muchos siglos.

            Esta semana se publicaba en el BOE el reconocimiento de dos tribunales consuetudinarios y tradicionales junto a los dos que ya existían, Todos por mi zona, en la Comunidad Valenciana, donde, junto con Murcia, copamos los reconocimientos de este tipo. Que, si hay que sacar pecho, se saca. Y sanseacabó.

            Lo bien cierto es que cuando yo estudiaba la carrera y luego la oposición, es esa época donde tener una máquina de escribir eléctrica era ser el no va más de la tecnología, nos hablaban de este tipo de tribunales y siempre nombraban el mismo, nuestro Tribunal de las Aguas de la vega de Valencia. Incluso estaba nombrado tal cual, en la Ley Orgánica del Poder Judicial, a pesar de existir desde Que, siglos antes que esta, lo que no dejaba de tener su punto entre folklórico y cultural.

            Pero era mucho más que eso. A pesar de que no había colegio de Valencia que se precie que no nos hubiera llevado una o varias veces de visita cultural a ver una sesión del Tribunal de las Aguas, es mucho más que una rareza que atrae al turismo. El Tribunal de las Aguas fue creado para resolver las disputas acerca del uso del agua de riego de las acequias y, de hecho, en las sesiones que celebra, se van llamando por turno a los denunciados de cada una de las acequias, si los hay. Hay que reconocer que no es fácil coincidir un día en que efectivamente haya juicio, pero eso no empecé para que cada jueves a las 12 en punto acudan a la puerta de los Apóstoles de la catedral y, sentados en semicírculo -en rogle– vayan recibiendo a los demandados y demandantes de cada una de esas acequias y resuelvan sus pleitos, si los hay. En los últimos tiempos, solo el confinamiento impidió esa convocatoria semanal. De hecho, la frase con la que el Presidente del Tribunal de las Aguas da y quita la palabra para moderar el debate ha pasado a nuestro acervo popular. Parle vosté i calle vosté -hable usted y calle usted- Nada de venias ni de mandangas.

            La imagen de un grabado del Tribunal de las Aguas reunido alrededor de una mujer y un hombre ataviados con el traje típico que, aparentemente, exponen su caso, la hemos visto hasta la saciedad. Es la que ilustra este estreno. En Valencia, fundamentalmente. No hay orla de Derecho, casal de falla, o local donde se practiquen bailes regionales que no disponga de una copia. También la hay, a tamaño gigantesco, en salones de bodas, bautizos y comuniones, en bares y en algunas casas particulares. La de mi madre entre ellas, que no se diga.

            A este tribunal oficialmente reconocido se unió el Consejo de Hombre Buenos de Murcia y ahora el Juzgado Privativo de Aguas de Orihuela y Pueblos de su Marco y el Tribual Comuner del Rollet de Gràcia de l’Horta d’Aldaia. De modo que el precepto de la Ley Orgánica del Poder Judicial que los reconoce ya se pude considerar de Los cuatro fantásticos. Porque fantástico es, desde luego, que una forma de dirimir conflictos tan antigua se mantenga en el tiempo.

            Estos tribunales forman parte de la jurisdicción, aunque sus miembros no pertenezcan al poder judicial. De hecho, sus decisiones son impugnables ante la jurisdicción ordinaria y, aunque no sea muy frecuente, se dan casos en que así ha sido. Además, tal conforme tenemos al pobre planeta no es de extrañar que las disputas por temas de aguas alcancen nuevos protagonismos. Nunca se sabe.

            La cuestión es que ahí están, sobreviviendo al paso del tiempo. Y bien está que nuestro Derecho los reconozca. Al César lo que es del César.

            Por eso hoy el aplauso será para ellos, para esos tribunales que han resistido el paso del tiempo. Y, por supuesto, para quienes lo han hecho posible. Gracias por mantener las tradiciones que sí vale la pena mantener,

Esperanza: seguimos adelante #PorEllas


Hoy nuestro escenario trae un relato con el que el ICAV conmemoraba el Día contra la Violencia de Género

Aquí os dejo a mi

Esperanza

(Publicado en mi antología Mar de Lija)

La llamé Esperanza porque siempre albergué la idea de que los nombres marcan a las personas. Yo me llamo Soledad, y creo que mi nombre define lo que ha sido mi vida en una sola palabra. Mi madre, que se llamaba Angustias, también podría dar fe de este convencimiento mío, y por eso, nada más quedarme
embarazada, intuí que sería una niña y decidí que se llamaría Esperanza, porque esperaba y deseaba con todas mis fuerzas que con ella todo cambiara, todo empezara a ser maravilloso, y que su vida fuera feliz…
Ahora me aferro a esa esperanza que lleva en el nombre, y ruego con todas las fuerzas que me quedan para que salga adeante. Me han dicho que no es fácil, que solo el tiempo lo dirá pero los obstáculos son muchos. Pero yo sé que Esperanza es
fuerte y tiene que conseguirlo. Tenemos que conseguirlo.
No me dejan verla, así que no puedo hacer otra cosa que imaginármela como una muñeca rota, débil y exánime. Y se me encoge el corazón tanto, que si no fuera por el amor que siento hacia ella dudaría de que el mismo no hubiera huido de mi cuerpo para siempre. Tampoco mi cuerpo me responde. Apenas puedo moverme de una cama que no es la mía, en una habitación blanca que no reconozco…
Pero no estoy tan mal, al menos no físicamente. Sé que esto es un hospital y que solo unos metros me separan de Esperanza, aunque no pueda verla. Trato de incorporarme, pero es en vano.

Con mucho esfuerzo, consigo llevar mi mano izquierda hasta mi cara, me toco y palpo un vendaje en mi mejilla…
De pronto, mi cara quebrada me empieza a doler por dentro y por fuera, y me golpea como una sacudida la imagen de lo que pasó. Cierro los ojos con fuerza, imploro que todo haya sido un mal sueño, aprieto el puño, pero nada. Las imágenes me torturan
con su crudeza y la vista de esta habitación blanca de hospital me confirma que se trata de una realidad y no de una pesadilla.
Y los recuerdos me transportan a ese momento aciago sin que yo pueda hacer nada por exorcizarlos.
Aquel día no tenía nada de especial. Yo había hecho lo mismo de siempre: cumplir con mi jornada de trabajo, volver a casa, cumplir con mi jornada de trabajo doméstico y sufrir el infinito cansancio que se estaba apoderando de mi vida desde hacía tiempo. La cena estaba preparada cuando él llegó, como siempre,
con cara de pocos amigos y dispuesto a ponerle pegas a todo, pero a mí aquello ya casi no me afectaba, porque era lo habitual.
El detonante esta vez fue una simple barra de pan, pero podía haber sido cualquier otra cosa.
El pan estaba duro, me dijo. A partir de ahí empezó un rosario de recriminaciones acerca de mi falta de habilidad para llevar una casa, para criar una hija, para cuidar un marido y que sé yo.
Yo, la verdad, desconecté, como hacía siempre que empezaba así, porque, de un lado, me sabía la cantinela de memoria y, de otro, tenía la sensación de que lo que no oía no me podía dañar. Sí, ya
sé, fui una boba, una cobarde y una grandísima estúpida, pero por más que quiera, ya no puedo dar marcha atrás…
Yo ni siquiera sabía de qué me estaba hablando cuando cogió el pan, el dichoso pan y, después de golpearlo una vez contra el mármol de la cocina, me lo partió en la cabeza. Y he de decir, de veras, que no estaba tan duro, aunque sé que eso ya da igual. Yole volví la espalda, me limpié una lágrima rebelde y me dispuse a continuar con la cena como si nada hubiera pasado. Estaba de espaldas a él y no pude ver qué hacía, pero escuchaba sus gritos desaforados como la banda sonora de mi vida. De pronto, se giró hacia donde yo estaba y, con el pan de la discordia en una
mano y un cuchillo jamonero en la otra, comenzó a berrearme con los ojos fuera de las órbitas, con esa cara de ido que desgraciiadamente había llegado a conocer tan bien

—Míralo, está duro como una piedra. No querrás que yo me coma eso. Ni con este cuchillo puedo cortarlo.
—Pero si es de hoy… —me atreví a protestar débilmente.
—Entonces ¿qué es lo que pasa? ¿Será que no funciona este cuchillo? Voy a probarlo a ver.

Las cosas se precipitaron. Él se abalanzó sobre mí con el cuchillo en la mano, y aun entonces, yo creía que no sería capaz de utilizarlo. Me quedé inmóvil, paralizada por el miedo y por lo absurdo del momento, y solo noté un fuerte escozor en la mejilla, y un líquido espeso que me corría por la cara, mi propia sangre, que lo manchaba todo. No sé si llegué a perder el conocimiento o fue un simple bloqueo, pero a ella no la vi hasta que me percaté de que estaba en el suelo, ensangrentada, y que no contestaba a lo
que le decía. Tenía la esperanza, como el nombre que ella llevaba, de que la sangre que la cubría fuera la mía, de que solo hubiera acudido a socorrerme… Invoqué a la Esperanza que lleva en su nombre, pero su nombre me falló. Esperanza yacía inconsciente en el suelo de la cocina, con la cara y el cuerpo lleno de sangre,
mientras él seguía gritando que toda la culpa era mía. Y lo era, es bien cierto, pero no por lo que él decía ni por nada que yo hubiera hecho, sino precisamente por lo que no había hecho.
Sus episodios de cólera eran tan frecuentes que me había acostumbrado a ellos como quien se acostumbra a una alergia: es molesto, incluso peligroso a veces, pero, pasado el episodio
de crisis, las aguas suelen volver a su cauce, solo hacen falta cuidados y prevención. Y eso era lo que yo hacía: atenazada sin darme cuenta por el miedo, trataba de que mi casa fuera la más limpia, la más ordenada; mis modales los más exquisitos, mi
hija la mejor educada… pero siempre había algo que no estaba bien. Y no me daba cuenta de que, precisamente, la que no estaba bien era yo.
Esperanza sí que se apercibía, aunque yo no supe o no quise verlo, y solo fui consciente de ello después del fatal momento. Desde la supuesta inmadurez de sus catorce años, supo ser mucho más madura que yo. Ahora sé que ella oía todo, veía todo, percibía todo, y que esos abrazos reconfortantes en los momen-
tos en que yo más los necesitaba no eran fruto de la casualidad.

Ella, sin decir nada vigilaba, controlaba todo, intentaba que yo nunca me quedara sola con él, inventaba mil excusas para no marcharse o para traer gente a casa que impidiera esas escenas a las que yo me había acostumbrado como si de una crisis alérgica
se tratara.
Ella supo intuir el drama, yo no, pero el drama, en cualquier caso, estalló. Fue el pan duro, pero podía haber sido cualquier otra cosa. Cuando Esperanza, salida de un escondite que aún no logro adivinar, vio a su padre con un cuchillo en la mano, no se lo pensó dos veces. Se lanzó sobre él como una furia, y
consiguió salvarme, pero a cambio acabó con el cuchillo clavado en su cuerpo.

Ahora ella está en otra lucha, batallando con todas esas fuerzas que guardaba escondidas por su propia vida. No he podido verla, no me lo permiten, pero sé que me está transmitiendo un mensaje, que me grita en silencio que actúe, que haga lo que no he hecho hasta ahora, que tome medidas contra él y salga adelante. Y no le voy a fallar, se lo debo a ella y me lo debo a mí misma. No me perdonaría que su sacrificio haya sido en vano.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, más de quince años. Hoy puedo decir que el sacrificio de Esperanza no fue en vano, que el momento en que ella cayó exánime en el suelo de mi cocina marcó un antes y un después en mi vida. Cuando tengo dudas, me palpo la mejilla, donde aún queda surco de la
cicatriz causada por el cuchillo que un día rajó mi cara. No quise que ningún cirujano plástico la arreglara. Quedó para siempre como la línea divisoria entre la que fui y la que soy ahora. Es la línea de Esperanza.

Fui capaz de denunciarle, de mantener el tipo, de sacar fuerzas de flaqueza y lograr que se hiciera justicia, aunque me costó años de psicólogo. Fui capaz de empezar una nueva vida, una vida marcada por ese nombre que me dieron al nacer, Soledad,
puesto que solo yo podía sacarme del abismo en el que me había ido metiendo.
Hoy estoy nuevamente en una habitación blanca de hospital, igual pero diferente a aquella en la que estuve el día en que volví a nacer. Hoy sostengo la mano de Esperanza que, tras muchos esfuerzos para que su debilitado cuerpo obedeciera a su fuerte
espíritu, ha dado a luz a una niña, mi nieta.
Esperanza y Justo, su pareja, que creen como creyó su madre un día que los nombres marcan la vida de las personas, han dado con el nombre adecuado. Ellos han decidido que la niña se llame Amor.

Negacionismo: al otrosí, otrono


                Hay personas que dicen a todo que no. Generalmente, es más fácil oponerse a todo y destruir, que intentar construir. Aunque hay que reconocer que también hay personas a las que les cuesta decir que no a algo. Aunque no me refiero a ellas sino a las que niegan por principio y caiga quien caiga. Cuentan que, en su día, el intérprete de James Bond dijo que sería su última película de la saga y como luego cayó en la tentación de repetir con el superagente, la frase de su esposa al respecto acabó siendo el título del filme, Nunca digas nunca jamás. No sé si esto es cierto o es una leyenda urbana, pero lo que sí es verdad es que cuesta mucho más encontrar títulos afirmativos que negativos. No me chilles que no te veo, No estas sola, No somos nada. O, simple y llanamente, No.

                En nuestro teatro el negacionismo está más presente de lo que en principio podíamos creer y a las siatodistas como yo, que me cuesta decir que no a cualquier cosa que me ofrezcan, se oponen los Noatodistas, que antes muertos que admitir algo. Como decía un amigo respecto a su hija, si llega a saber cómo iba a salir la chiquilla en vez de Lola la hubiera llamado María de la No. Igual de folklórico, pero mucho más cercano a la realidad.

                El primer negacionismo del que voy a hablar es uno al que, por desgracia, ya me he referido más de una vez, el negacionismo de la violencia de género. Hay personas, políticos y juristas entre ellos, que se empeñan el repetir una y otra vez que la violencia de género no existe, por más que las cifras de mujeres asesinadas y de las que cada día acuden a denunciar a Toguilandia lo desmienta. Y eso que, como es sabido, el silencio sigue siendo uno de los problemas de este delito, y se estima que solo se denuncian un 30 por ciento de los casos, de ahí que muchas de las mujeres asesinadas no hubieran denunciado. Pero, así y todo, hay quien erre que erre con que no cree en ello, como si se tratara del misterio de la Santísima Trinidad –en el que igual va y si que creen- en vez de una evidencia.

                Otro tipo de negacionismo con el que nos encontramos es el relativo a los delitos de odio . Hay negacionismo del Holocausto, por más que hayamos visto esas terribles imágenes de los campos de exterminio mil y una veces. Y hay negacionismo de otras matanzas genocidas. A este respecto, nuestro Código penal incluye esta conducta entre los delitos de odio, si bien ha de hacer referencia a delitos de genocidio, de lesa humanidad o de delitos cometidos contra personas y bienes en caso de conflicto armado, referirse a los motivos de discriminación que dan lugar a los delitos de odio y, además, como exigió en su día el Tribunal Constitucional, crear un ambiente de hostilidad contra el colectivo afectado.

 Por tanto, y mientras no se diga otra cosa, el negacionismo de los crímenes del franquismo no es delito a día de hoy, porque no hay un reconocimiento oficial de que se cometieran delitos de genocidio o de lesa humanidad. Tampoco lo sería el negacionismo de la violencia de género por similares razones, sin perjuicio de eventuales reformas legislativas que a día de hoy, no se han planteado.

Junto a estos tipos de negacionismo, surge con fuerza otro de especial importancia día de hoy, el negacionismo de las vacunas. Personalmente, no entiendo a quienes, teniendo en sus manos la posibilidad de anular o aminorar los efectos del Covid –u otras enfermedades-, no quieren aceptarlo. Para mí sería como operarse de menisco sin anestesia, como en el Salvaje Oeste, apretando los dientes y con un whisky, con la diferencia que el menisco roto no se contagia y el coronavirus sí. Todavía me sorprenden más quienes han centrado su negacionismo en esta vacuna y esta enfermedad cuando en su día se pusieron la triple vírica, y la cuádruple si hace falta, y se la han puesto a sus criaturas sin ningún problema. Luego vemos casos de arrepentidos cuando ya es tarde y están hospitalizados, pero hasta entonces ahí están, miguelboseando que es gerundio.

Por supuesto, hay más negacionismos igual de aluncinantes. El terraplanismo, por ejemplo, con lo caro que casi le cuesta la broma al pobre Copérnico. O la negación del cambio climático que como no venga un iceberg y se les derrita encima no sé cómo habría que metérselo en la cabeza a estos tipos. Pero haberlos, haylos.

En Toguilandia tenemos nuestros negacionistas más de andar por casa. En primer lugar, están esos acusados/investigados/condenados que se empeñan en repetir una vez y otra que ellos no fueron aunque tuvieran el cuchillo en las manos y la sangre de la víctima chorreando en su ropa cuando fueron detenidos. Hay tantos inocentes de esta clase que podrían llenar varios estadios de fútbol.

Y luego está el negacionismo de las defensas, que, aunque esté en su trabajo, no siempre es el mejor argumento. A mí, personalmente, me gustan más los escritos de defensa que delimitan otros hechos en contraposición a los de la acusación, que los que se limitan a un lacónico “niego, niego, niego” a todas las correlativas. Con referencia a esto siempre me acuerdo de un compañero que empezaba sus interrogatorios preguntando al acusado si no se llamaba Fulanito. El interfecto, sorprendo, decía que sí, momento en que mi compañero, con un sentido del humor un tanto peculiar, decía “como su abogado niega todo…” Y se quedaba tan fresco.

A mi me gusta especialmente algo que me contaron al principio de mis días togitaconados y que, aunque no he comprobado su veracidad, me sigue gustando. Decían que uno de esos noatodistas recalcitrantes contestaba “y respecto al Otrosí, Otrono”. Que no se diga. Aunque, Con relación a ese elemento tan sui generis de nuestro mundo llamado “otrosí” y que consiste en que añado esto y lo otro y lo de más allá, no puedo evitar caer en la tentación de algo que me ha llegado por una compañera de la carrera hermana en Twitter. Nada menos que un escrito donde, en lugar de “otrosi digo”, dice, y repite “artrosis digo”. Supngo que el autocorrector hizo de las suyas, pero yo aun me estoy riendo. Gracias, Amparo, por ese ratito.

Y con esto acabo por hoy. El aplauso se lo doy a todas las personas que, con paciencia infinita, se oponen a todos estos negacionismo y a alguno más. Espero que a lo que no os neguéis nunca sea a seguir leyéndome