Esperanza: seguimos adelante #PorEllas


Hoy nuestro escenario trae un relato con el que el ICAV conmemoraba el Día contra la Violencia de Género

Aquí os dejo a mi

Esperanza

(Publicado en mi antología Mar de Lija)

La llamé Esperanza porque siempre albergué la idea de que los nombres marcan a las personas. Yo me llamo Soledad, y creo que mi nombre define lo que ha sido mi vida en una sola palabra. Mi madre, que se llamaba Angustias, también podría dar fe de este convencimiento mío, y por eso, nada más quedarme
embarazada, intuí que sería una niña y decidí que se llamaría Esperanza, porque esperaba y deseaba con todas mis fuerzas que con ella todo cambiara, todo empezara a ser maravilloso, y que su vida fuera feliz…
Ahora me aferro a esa esperanza que lleva en el nombre, y ruego con todas las fuerzas que me quedan para que salga adeante. Me han dicho que no es fácil, que solo el tiempo lo dirá pero los obstáculos son muchos. Pero yo sé que Esperanza es
fuerte y tiene que conseguirlo. Tenemos que conseguirlo.
No me dejan verla, así que no puedo hacer otra cosa que imaginármela como una muñeca rota, débil y exánime. Y se me encoge el corazón tanto, que si no fuera por el amor que siento hacia ella dudaría de que el mismo no hubiera huido de mi cuerpo para siempre. Tampoco mi cuerpo me responde. Apenas puedo moverme de una cama que no es la mía, en una habitación blanca que no reconozco…
Pero no estoy tan mal, al menos no físicamente. Sé que esto es un hospital y que solo unos metros me separan de Esperanza, aunque no pueda verla. Trato de incorporarme, pero es en vano.

Con mucho esfuerzo, consigo llevar mi mano izquierda hasta mi cara, me toco y palpo un vendaje en mi mejilla…
De pronto, mi cara quebrada me empieza a doler por dentro y por fuera, y me golpea como una sacudida la imagen de lo que pasó. Cierro los ojos con fuerza, imploro que todo haya sido un mal sueño, aprieto el puño, pero nada. Las imágenes me torturan
con su crudeza y la vista de esta habitación blanca de hospital me confirma que se trata de una realidad y no de una pesadilla.
Y los recuerdos me transportan a ese momento aciago sin que yo pueda hacer nada por exorcizarlos.
Aquel día no tenía nada de especial. Yo había hecho lo mismo de siempre: cumplir con mi jornada de trabajo, volver a casa, cumplir con mi jornada de trabajo doméstico y sufrir el infinito cansancio que se estaba apoderando de mi vida desde hacía tiempo. La cena estaba preparada cuando él llegó, como siempre,
con cara de pocos amigos y dispuesto a ponerle pegas a todo, pero a mí aquello ya casi no me afectaba, porque era lo habitual.
El detonante esta vez fue una simple barra de pan, pero podía haber sido cualquier otra cosa.
El pan estaba duro, me dijo. A partir de ahí empezó un rosario de recriminaciones acerca de mi falta de habilidad para llevar una casa, para criar una hija, para cuidar un marido y que sé yo.
Yo, la verdad, desconecté, como hacía siempre que empezaba así, porque, de un lado, me sabía la cantinela de memoria y, de otro, tenía la sensación de que lo que no oía no me podía dañar. Sí, ya
sé, fui una boba, una cobarde y una grandísima estúpida, pero por más que quiera, ya no puedo dar marcha atrás…
Yo ni siquiera sabía de qué me estaba hablando cuando cogió el pan, el dichoso pan y, después de golpearlo una vez contra el mármol de la cocina, me lo partió en la cabeza. Y he de decir, de veras, que no estaba tan duro, aunque sé que eso ya da igual. Yole volví la espalda, me limpié una lágrima rebelde y me dispuse a continuar con la cena como si nada hubiera pasado. Estaba de espaldas a él y no pude ver qué hacía, pero escuchaba sus gritos desaforados como la banda sonora de mi vida. De pronto, se giró hacia donde yo estaba y, con el pan de la discordia en una
mano y un cuchillo jamonero en la otra, comenzó a berrearme con los ojos fuera de las órbitas, con esa cara de ido que desgraciiadamente había llegado a conocer tan bien

—Míralo, está duro como una piedra. No querrás que yo me coma eso. Ni con este cuchillo puedo cortarlo.
—Pero si es de hoy… —me atreví a protestar débilmente.
—Entonces ¿qué es lo que pasa? ¿Será que no funciona este cuchillo? Voy a probarlo a ver.

Las cosas se precipitaron. Él se abalanzó sobre mí con el cuchillo en la mano, y aun entonces, yo creía que no sería capaz de utilizarlo. Me quedé inmóvil, paralizada por el miedo y por lo absurdo del momento, y solo noté un fuerte escozor en la mejilla, y un líquido espeso que me corría por la cara, mi propia sangre, que lo manchaba todo. No sé si llegué a perder el conocimiento o fue un simple bloqueo, pero a ella no la vi hasta que me percaté de que estaba en el suelo, ensangrentada, y que no contestaba a lo
que le decía. Tenía la esperanza, como el nombre que ella llevaba, de que la sangre que la cubría fuera la mía, de que solo hubiera acudido a socorrerme… Invoqué a la Esperanza que lleva en su nombre, pero su nombre me falló. Esperanza yacía inconsciente en el suelo de la cocina, con la cara y el cuerpo lleno de sangre,
mientras él seguía gritando que toda la culpa era mía. Y lo era, es bien cierto, pero no por lo que él decía ni por nada que yo hubiera hecho, sino precisamente por lo que no había hecho.
Sus episodios de cólera eran tan frecuentes que me había acostumbrado a ellos como quien se acostumbra a una alergia: es molesto, incluso peligroso a veces, pero, pasado el episodio
de crisis, las aguas suelen volver a su cauce, solo hacen falta cuidados y prevención. Y eso era lo que yo hacía: atenazada sin darme cuenta por el miedo, trataba de que mi casa fuera la más limpia, la más ordenada; mis modales los más exquisitos, mi
hija la mejor educada… pero siempre había algo que no estaba bien. Y no me daba cuenta de que, precisamente, la que no estaba bien era yo.
Esperanza sí que se apercibía, aunque yo no supe o no quise verlo, y solo fui consciente de ello después del fatal momento. Desde la supuesta inmadurez de sus catorce años, supo ser mucho más madura que yo. Ahora sé que ella oía todo, veía todo, percibía todo, y que esos abrazos reconfortantes en los momen-
tos en que yo más los necesitaba no eran fruto de la casualidad.

Ella, sin decir nada vigilaba, controlaba todo, intentaba que yo nunca me quedara sola con él, inventaba mil excusas para no marcharse o para traer gente a casa que impidiera esas escenas a las que yo me había acostumbrado como si de una crisis alérgica
se tratara.
Ella supo intuir el drama, yo no, pero el drama, en cualquier caso, estalló. Fue el pan duro, pero podía haber sido cualquier otra cosa. Cuando Esperanza, salida de un escondite que aún no logro adivinar, vio a su padre con un cuchillo en la mano, no se lo pensó dos veces. Se lanzó sobre él como una furia, y
consiguió salvarme, pero a cambio acabó con el cuchillo clavado en su cuerpo.

Ahora ella está en otra lucha, batallando con todas esas fuerzas que guardaba escondidas por su propia vida. No he podido verla, no me lo permiten, pero sé que me está transmitiendo un mensaje, que me grita en silencio que actúe, que haga lo que no he hecho hasta ahora, que tome medidas contra él y salga adelante. Y no le voy a fallar, se lo debo a ella y me lo debo a mí misma. No me perdonaría que su sacrificio haya sido en vano.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, más de quince años. Hoy puedo decir que el sacrificio de Esperanza no fue en vano, que el momento en que ella cayó exánime en el suelo de mi cocina marcó un antes y un después en mi vida. Cuando tengo dudas, me palpo la mejilla, donde aún queda surco de la
cicatriz causada por el cuchillo que un día rajó mi cara. No quise que ningún cirujano plástico la arreglara. Quedó para siempre como la línea divisoria entre la que fui y la que soy ahora. Es la línea de Esperanza.

Fui capaz de denunciarle, de mantener el tipo, de sacar fuerzas de flaqueza y lograr que se hiciera justicia, aunque me costó años de psicólogo. Fui capaz de empezar una nueva vida, una vida marcada por ese nombre que me dieron al nacer, Soledad,
puesto que solo yo podía sacarme del abismo en el que me había ido metiendo.
Hoy estoy nuevamente en una habitación blanca de hospital, igual pero diferente a aquella en la que estuve el día en que volví a nacer. Hoy sostengo la mano de Esperanza que, tras muchos esfuerzos para que su debilitado cuerpo obedeciera a su fuerte
espíritu, ha dado a luz a una niña, mi nieta.
Esperanza y Justo, su pareja, que creen como creyó su madre un día que los nombres marcan la vida de las personas, han dado con el nombre adecuado. Ellos han decidido que la niña se llame Amor.

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