Día a día: siempre queda el humor


                No hay mejor receta para superar los problemas que el humor. El humor no cura las enfermedades, ni resucita a los muertos, pero ayuda a sobrellevar la tristeza derivada de estas situaciones. Quizás por eso la comedia es uno de los géneros más exitosos, por duros que sean los tiempos. ¿Quién no recuerda el Make ‘En Laugh de Cantando bajo la lluvia, con esa lección de optimismo para el cine y la vida?. La risa y mucho más es una buena fórmula para salir adelante, aunque tengamos Sonrisas y lágrimas por partes iguales. Ya el genial Chaplin nos mostraba en El gran dictador que el humor es un instrumento ideal incluso para los temas más duros. Y es que no podemos vivir sin reír, aunque a veces cueste.

                En nuestro teatro nos encontramos, junto a situaciones dramáticas, otras en las que no podemos evitar esbozar una sonrisa, incluso en las que pasamos verdaderos apuros para disimular la carcajada. Anécdotas y más anécdotas han sido tema de varias de nuestras funciones, pero siempre hay más. Como el rayo que no cesa en versión humorística y toguitaconada.

                Hace apenas unos días tuve una sesión de juicios de esas que constituyen un verdadero filón, y no he podido sustraerme a la tentación de compartirlo. Nos hallábamos a la espera de la acusada por una apropiación indebida respecto de la cuenta de la persona a la que cuidaba. Ya pensábamos que no llegaba y que celebraríamos en ausencia cuando su propia abogada nos alertaba de que estaba en la puerta esperando que le dejaran pasar debido a un incidente que había protagonizado. La señora había traído una bandeja de pasteles, una botella de vino y un bote de olivas caseras de su pueblo. Y aún consintió que le interceptaran el dulce y la bebida, pero lo de las olivas, ni hablar. Su letrada, tratando de calmarla, le dijo que aquello no podía llevarlo, que podía ser cohecho, a lo que la señora, muy ofendida, dijo que no llamara así a las olivas de su pueblo. Ni que decir tiene que al final consiguió convencerla y nadie probó las famosas olivas que, aunque no dudo que serían deliciosas, no era el momento ni el lugar de comprobarlo.

                En ese mismo juicio la testigo principal, al tiempo que perjudicada, nos pidió entrar con su hijo, porque necesitaba que le ayudara. Como no era testigo, le dejamos pasar, instándole a que se quedara en un discreto segundo plano. Pero no había hecho apenas mi primera pregunta cuando el hijo intervino diciendo que “tenía que traducir”, lo que nos extrañó porque la mujer parecía expresarse en perfecto castellano. Cuando escuchamos que lo que el hijo hacía era repetirle lo mismo pero a muchos decibelios más, lo entendimos. La señora no es que no hablara bien castellano, sino que estaba sorda. Por supuesto, lo solucioné hablando a gritos tan fuertes que tuvieron que entrar desde otra sala preguntando si nos pasaba algo. Prueba superada.

                Apenas un día antes, en la guardia, tuve otra experiencia inolvidable. Estábamos con un asunto de acoso a través de medios tecnológicos cuando vimos a una abogada esgrimiendo muy ufana unas fotocopias al preguntarle al acusado, Cuando oí su pregunta, casi me quedo muerta. Nada menos que le preguntaba si él le había enviado aquellos mensajes desde una cuenta que se había abierto a nombre de “Spam”. Ante nuestra reacción de estupor, se disculpó diciendo que no era muy ducha en TIC. Aunque la verdad es que no le hacía falta decirlo. Por obvio.

                Pero no solo me pasan cosas pintorescas a mí. Me cuenta un abogado amigo el show que presenció en un juicio por delito leve. El empezó su interrogatorio a la denunciante diciendo si “era cierto que..” No pudo acabar la fase al ser interrumpido por ella que, a voz en grito, le dijo “Es mentira por Dios y la Virgen que yo no miento”. Mi amigo le pidió, obviamente, a Su Señoría, que le dejara terminar la pregunta antes de negar la respuesta. Y es que ya dice el refrán que por la boca muere el pez.

                Otras veces es la palabrística de querer hacer las cosas complicadas la que lleva a meter la pata. No hace mucho veíamos en un estreno varios ejemplos, pero me topé con algunos más, Otra amiga abogada contaba en Twitter algo que escuchó en la tele respecto a la paliza que recibió un hombre. El reportero dicharachero dijo que a la víctima le dejó la cara desconfigurada. Y claro está que mi amiga y yo aún le damos vueltas para saber como pudo hacer semejante muestra de ingeniería o robótica. Y nos quedaremos con la duda, claro. Lo que no dudamos es que si el periodista hubiera optado por la palabra obvia y sencilla no nos hubiera proporcionado unas risas

                No es el único. En otro programa de televisión, a propósito de las joyas dejadas por una famosa en su herencia, las describió como muy sinuosas. Y ahí estaba yo imaginando collares con forma de serpiente cuando caí en la cuenta de que no era a eso a lo que se refería sin a algo mucho más sencillo. Eran, huelga decirlo, suntuosas.

                Y acabo con una casi metedura e pata por culpa del corrector que también hace de las suyas. Si no llego a repasar un escrito de acusación después de varias veces, no me hubiera dado cuenta que había deslizado un “gustazo” por “Gustavo”. Y poco gusto me hubiera dado descubrirlo cuando fuera irremediable.

                Y hasta aquí la función de hoy. El aplauso se lo daré a todas estas personas que nos dan esos ratos inolvidables, con todo mi cariño. Y, por supuesto, a mis amigos y amigas letrados cuya aportación ha sido fundamental en este estreno. Mil gracias de nuevo.

Transcripciones: con el CD hemos topado


                Las nuevas formas de comunicarnos y de guardar la información también llegan al mundo del escenario. Hoy en día, y más en las actuales circunstancias, junto al formato tradicional de teatro en escenario y cine en pantalla, conviven otros muchos modos de asistir a estrenos o ver películas o series. Las plataformas de contenidos están a la orden del día, y hoy quedan prácticamente para el recuerdo las películas en VHS  -o Beta- que un día poblaron nuestras ciudades de video clubs. Formaban parte de nuestra vida hasta el punto de que de estas grabaciones hablaban películas como Sexo, mentiras y cintas de video sin saber que estos artilugios quedarían tan obsoletos como en su día quedaron las películas de Super 8 o las que veíamos en el CineExin, que recordamos varias generaciones. Menos mal que siempre hay programas de Cachitos que nos recuerdan Tal como éramos

                En nuestro teatro, aunque tarde, también han llegado las grabaciones. Y pese a quien pese, han llegado para quedarse y convivir, aunque no sustituir, a nuestra puesta en escena tradicional, con sus estrados, sus togas y su banquillo de acusados.

                Pero algo que parece tan evidente, es constante fuente de problemas entre algunos de los habitantes de Toguilandia. En concreto, surgen fricciones entre Lajs y fiscales que muchas veces ha tenido que acabar resolviendo un juez, que ha de tomar partido como la niña a quien le preguntan si quiere más a papá o a mamá. No me gustaría ponerme en el pellejo de Su Señoría en estos casos, pero es lo que hay.

                En principio, para quien no sea habitual de nuestro toguitaconado mundo, puede resultar incomprensible que el hecho de grabar y transcribir –o no- lo grabado se convierta en un problema. Pero puede ser, y mucho. Y eso es lo que trataré de explicar sacando de mí a mi fiscalita interior y tratando de ser objetiva, que no siempre es fácil. Ya me las habré de ver con esa fiscalita, que se pone inaguantable si se enfada.

                Que los juicios se graban es algo que nadie pude discutir, entre otras cosas, porque ya es una imposición legal. Y la verdad es que, a la hora de informar sobre un recurso, o de resolverlo, resulta muy útil poder reproducir en tiempo real lo sucedido en la sala de vistas en vez de fiarnos a la memoria de las partes o al acta de los secretarios judiciales –hoy LAJs- que no siempre podían tomar nota de todo al pie de la letra, ni mucho menos, describir los matices de una declaración que, más de una vez, es la única prueba de cargo. Es verdad que tropezamos con los sempiternos problemas de medios, con cosas tan sencillas como que nos den una copia en CD y que el ordenador ya no tenga disquetera para reproducirlo, o que el programa sea diferente y no haya modo de ver lo que se quiere ver. Ya dedicamos un estreno a los CD y quedaría mucho por decir.

                Pero no todo son juicios, y ahí es donde surge el problema. Las declaraciones se toman como toda la vida, pero se graban, y su transcripción o falta de ella puede ser un verdadero problema a la hora de estudiarse la causa que, eso sí, adelgaza considerablemente. Ahí vendría la primera cuestión a plantearse, dado que la Ley de Enjuiciamiento Criminal todavía habla de folios, y de aumentar el plazo para el traslado cuando exceden los 1000. ¿Cómo se mediría eso si los folios solo dicen que se graba el acto?. Ahí lo dejo.

                Más allá de este detalle, que dice mucho de cómo son las cosas, la cuestión va más allá. En teoría, la existencia de medios técnicos de reproducción de imagen y sonido deberían resultar una ahorro de tiempo y esfuerzo para todo el mundo, pero, incardinados en un sistema del siglo XIX, en realidad no lo son para nadie.

                Me explico. Mientras se recibe declaración a investigados y testigos de un procedimiento, es necesario que haya alguien  -se LAJ o funcionario- controlando la grabación y dando fe de que lo que se graba es lo que está ocurriendo. Por lo tanto, no se escribe un acta, pero se permanece en la declaración el mismo tiempo. Posteriormente, cuando fiscal o partes han de estudiarse la causa para calificar o dictaminar, han de reproducir todo lo actuado, incluidos esos fragmentos de información de derechos y demás que llamamos “morralla” , además de muchas repeticiones. Y encima. hay que hacerlo con dos dispositivos, lo que convierte lo que antes costaba en cinco minutos, fácilmente, en una hora. Y eso sin contar los problemas técnicos que se han podido tener que salvar hasta conseguir reproducir la declaración o acto de que se trate, incompatibilidades de programas informáticos y autorizaciones varias incluidas. Total, que tampoco para quien va a utilizar esas grabaciones supone un ahorro de tiempo sino más bien lo contrario.

                La solución podría estar en solicitar la transcripción de las declaraciones, desde luego. pero eso ya supone una inversión de tiempo extra para quien tenga que hacerlo, y parece lógico que se niegue cuando la ley prevé la grabación. ¿Cómo se resuelve? Pues solicitándolo y, ante la denegación, ganado la enemistad del LAj en cuestión, interponer un recurso en que, como decía antes, su Señoría ha de inclinarse por la tesis de uno u otro, por papá o por mamá. Y, claro está, ha habido de todo.

                Y es que, conforme comentaba, el proceso no está configurado para eso sino para hacerlo todo en vivo y en directo, y estas cosas metidas con calzador distorsionan hasta el absurdo de conseguir lo que se trataba de evitar: sea cual sea la solución, alguien invierte más tiempo del que invertía antes.

                Y aún hay más. ¿qué pasa con el juicio oral en cuya causa las declaraciones se documentaron así? ¿Cómo mostrar el texto de las declaraciones, dar lectura a las mismas si el testigo ha fallecido o hemos de preguntar si reconoce su firma? ¿Cómo hacer ver que donde dijo digo dice Diego? Porque lo que está previsto es que, con el folio de la declaración delante, se haga, pero a ver cómo se monta para reproducir un CD, o el contenido de un pen, e ir buscando el minuto exacto. Resulta francamente difícil.

                La cosa se pone todavía más peliaguda en el procedimiento del Jurado, a pesar de que la ley no sea tan vieja como la de enjuiciamiento. En este procedimiento se regula de una manera muy estricta la aportación de testimonios para el acto del juicio, partiendo de la base de que sean documentos, y no cachitos de un soporte audiovisual que, además, según el tiempo transcurrido puede haber sido sustituido por otro.

                En la práctica, he visto resoluciones y acuerdo de todos los colores, pero siempre hay alguien insatisfecho. Aunque el verdadero problema es que quien resulte insatisfecho sea el justiciable, algo difícil de evitar cuando las leyes no se adecuan a los tiempos.

                Ojala la próxima ley dé una mejor solución a estas cosas que hoy son un quebradero de cabeza considerable. Ese día daré mi aplauso a quien lo solucione. Mientras tanto, queda en suspenso. Hay que querer igual a papá y a mamá.

Galleguismo: ni sí ni no


                Hay veces que la mejor salida ante una pregunta incómoda es dar una respuesta que no sea tal. Si se hace bien, puede convertirse en una obra maestra como el Ser o no ser de Hamlet. Ni si ni no es, incluso, el nombre de una película, como lo es la Historia de una indecisa, La duda o Dudas razonables. Y es que las cosas nunca están tan claras como parecen y a veces, mejor curarse en salud que meter la pata.

                Nuestro teatro, en principio, se caracteriza por tener que dar una respuesta a las cuestiones que plantea el justiciable. Una respuesta que no siempre satisface a las partes o, al menos, a una de ellas, pero que es respuesta, al fin o al cabo. O debería serlo.

                No obstante, no quiero seguir adelante sin hacer un guiño a mis amigos y amigas gallegos. Todo el mundo sabemos que es un estereotipo eso de que nunca se sabe si van o vienen, y que en esa hermosa tierra hay de todo, como en botica. Espero que lo tomen como un homenaje en tono distendido, como ya dijo en un tuit mi querida amiga y compañera Natalia, que fue la inspiradora de esta función y quien me ha dejado ese estupendo término: galleguismo jurídico.

                He de confesar que la primera muestra de este modo de responder, que no es en ningún caso exclusivo del Norte de la Península, la recuerdo durante los estudios y, especialmente, en la oposición. Todavía sonrío al recordar aquella escena en que esta toguitaconada, antes de serlo, muy seria, cantaba uno de los primeros temas a mi preparador diciendo: “pensamos que la teoría adecuada es tal”. Me miró muy serio y me preguntó: “¿lo piensas tú y quién más?”. Zasca en toda regla -aunque entonces nadie lo llamaba así- a mi pretencioso plural mayestático. Fue entonces cuando me proporcionó un truco que me fue muy útil en el examen, e incluso después. Cuando hay varias teorías, lo mejor es no tomar partido, y explicar ambas en tono neutro e, incluso, si hay que solucionar algún caso práctico –en mis tiempos, el último examen era práctico- y hay dudas en ese sentido, exponer cual sería la solución adoptando una u otra teoría sin asumir ninguno. Lo que yo llamaba la postura de distante reina del hielo, mucho antes de que Frozen viniera a hacerme la competencia.

                Pero, una vez entras en Toguilandia, el hielo tiende a derretirse y hay que mojarse. No hay Frozen que valga, y por eso algunas veces, los intentos de mantenerse neutra tiene su aquel. Siempre me viene a la cabeza cuando pienso en ello lo que hacía un compañero cuando el escrito de defensa consistía en un lacónico “Niego”. Con toda su retranca  -y él no era gallego- solía preguntar al acusado si se llamaba Antonio Pérez, Juan Ordóñez o Virtudes Martínez, según fuera su nombre. Cuando el interfecto, con cara de asombro, decía que sí, él respondía con un “ay, como su abogado lo niega todo” que dejaba a uno y otro de pasta de boniato. Y, desde luego, tenía razón. Si los hechos son “niego”, la consecuencia jurídica de “no son constitutivos de delito alguno” queda algo coja. O no, que yo también sé galleguear.

                Quienes sí son aficionados a decir una cosa y la contraria son nuestra clientela habitual, los investigados nuestros de cada día. Ay de ellos y ellas cuando quieren mantener una versión que no se sostiene y ay de sus pobres defensas cuando desoyen sus consejos y cuenta un cuento que no hay quien se trague, algo que ocurre más de una vez en esa última palabra con la que más de una acusado se fragua su propia condena.

                En cualquier caso, uno de los ejemplos más evidentes es el que viene combinado con la desmemoria selectiva. Todo el mundo hemos tenido la experiencia de alguien que no recuerda si estuvo en tal sitio, pero recuerda perfectamente que no cometió el delito de que se trate. O la gran paradoja del que no recuerda nada porque había bebido, pero recuerda con todo detalle que se trasegó entre pecho y espalda doce chupitos de Jack Daniels, un par de licor de coco, cuatro copas de Albariño -gallego también- y un par de carajillos de Ron Negrita.

                Pero, los casos más claros, son las de esos que ejercen totalmente de gallegos, aunque hayan nacido en Andalucía, y a la pregunta de si usted cometió estos hechos te espetan un “sí y no” que suele ir acompañado de un “le cuento”.  Normalmente, ese “le cuento” es una justificación de lo que sí cometió pero no quiere reconocer, pero a veces les quedan unas historias de lo más pintorescas. Como la de un acusado de pegar a su mujer que se empeñaba en decir que él lo que hacía no eran sino caricias, pero que, en cualquier caso, ni era su mujer ni estaba allí.

                A propósito de ello, escuché una de las explicaciones más curiosas que he oído. Se le preguntaba al acusado si había agredido a la persona con la que tenía una relación de afectividad. Respondió que sí y no, explicando que la había zarandeado pero no era su pareja. Como fue repreguntado por la circunstancia evidente de que vivían juntos, dormían en la misma cama y hacían desde hacía años vida marital, él respondió que así era, pero que no le tenía ningún afecto, así que nade de relación afectiva. Y se quedó tan pancho.

                Por supuesto, también desde la otra parte de estrados hay muestras de contradicciones y dudas evidentes. Algún que otro escrito de acusación y alguna que otra sentencia lo hacen, y hay que acudir al recurso de la aclaración si no queremos que las dificultades a la hora de ejecutar sean mayúsculas. Que en todas partes cuecen habas.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, sin duda, es para todas las gallegas y los gallegos a quienes dedico con todo cariño esta función. Y, por supuesto, el agradecimiento a Natalia por la idea. Espero que no haya dudas y os haya gustado el estreno. O no.

Palabrística: antes muerta que callada


         Hubo un tiempo, allá por el año 2004, en que en cualquier sitio se coreaba eso de Antes muerta que sencilla, la canción con que una niña pizpireta ganaba en la versión infantil un festival de Eurovisión que nos viene siendo esquivo desde el Lalala de Massiel y el Vivo cantando de una Salomé que, en vez de la cabeza del Bautista, presumía de los macarrones colgantes de su pijama de brilli brilli. Y es que la sencillez, por más que se impongan modas minimalistas, no es plato de gusto de muchas personas. Pocas cosas más expresivas que el título de una película, Lo más sencillo es complicarlo todo. Aunque a veces, menos es más, y un título llamado La isla mínima obtuviera un máximo de galardones.

         En nuestro teatro no siempre estamos en condiciones de elegir el estilo ampuloso o minimalista de cosas como decorados o instalaciones, pero sí que somos libres de escoger con nuestra más utilizada herramienta, la palabra. Y es que a veces nos empeñamos en complicar tanto las cosas que producen el efecto contrario del pretendido: lo más sencillo se vuelve incomprensible.

         Hace tiempo que quería hablar de un fenómeno cada vez más habitual, la palabrística. Se trata de un término que me he inventado -me encanta inventar palabras- para aludir a aquellas palabras que se alargan, complican o enredan innecesariamente. Desde luego, no es exclusivo de Toguilandia pero como aquí no callamos ni debajo del agua, nos resulta especialmente aplicable.

         Uno de los casos de palabrística que más rabia me da es el consistente en empezar las frases con un “yo diría que..” para expresar simplemente una opinión. Yo diría que este juicio está perdido, por ejemplo. Como una vez explicaba un maestro, si tu dirías algo no te quedes con las ganas, dilo y punto. Porque la frase está mal construida. Se trata de un condicional sin condición. Y eso no puede ser.

         Otro supuesto es el vicio consistente en estirar o adornar las palabras para que, supuestamente, suenen mejor. Decir explicitar en vez de explicar, visualizar o visionar en vez de ver, parlamentar en lugar de hablar o vocear en vez de gritar. Con lo bonito que es llamar a las cosas por su nombre.

         También muchas muestras de palabrística derivan de una moda. De repente, todo el mundo sabe de todo y, desde hace un par de veranos y muchos incendios, se usa la palabra perimetrar para aludir a rodear, aislar o fijar una zona concreta. La palabreja, por supuesto, no tiene cabida -aun- en la RAE, aunque poco les importa a quienes la usan para todo, sea un incendio o un cordón policial por una rave clandestina. Probablemente dejaron de estudiar mucho antes de que explicaran lo que es un perímetro en clase de Matemáticas.

         Ahora, con la que está cayendo, se usa a todas horas la palabra higienizar que, aunque sí que está admitida por el diccionario, no es otra cosa que “disponer o preparar un lugar conforme a las normas básicas de la higiene”. O sea, lo que ha venido siendo toda la vida limpiar, pero en fino. Faltaría más.

         Muy relacionado con ello está la nueva ciencia que va a implantarse en las facultades. Hablo, ni más ni menos, que de la mascarillología que hay quien le dejas a solas y es capaz de hacer un tratado de las diferencias entre higiénicas, quirúrgicas y fpp2 aunque de estas últimas nadie sabe a qué responden las siglas. Además, se dicen a toda velocidad, porque nunca se tiene del todo claro cuantas efes y cuantas pes van en la palabra.

         Pero si hablamos de expresiones que se han puesto de moda, hay una que se lleva la palma: poner en valor. Reconozco que cada vez que la oigo me rechinan los dientes. ¿Por qué no decimos “valorar” con lo bien que suena y lo claro que está?. Ahora bien, no caigamos en otro error frecuente, el de “valorar positivamente” que es una redundancia como la copa de un pino. Una cosa se valora o no se valora. Por eso no se pude valorar negativamente, un oxímoron evidente. Por cierto, otro término que se ha puesto de moda y en el que yo misma he caído como la fiscalita pedantilla que llevo dentro

         Hay veces que la pedantería acaba perdiendo a quien la usa, que llena sus frases de referencias a “a nivel de…” -solo se puede estar a a altura de algo, como a nivel del mar- o «en base a» -lo correcto en con base a- que estropean lo que querían decorar. Y ni que decir tiene de algo que escuché una vez y que aun me tiene hablando sola: “desde el punto de vista subjuntivo”. Se comenta solo

         Otro tanto ocurre con el uso excesivo de argot y tecnicismo, que convierten nuestros discursos en una jerga ininteligible. Siempre me acuerdo de aquel forense que a la pregunta de ·diga ser cierto” , respondió con toda frescura “ser cierto”. Y lo era, sin duda. Cierto, claro y meridiano.

         Solo me queda el aplauso. Y hoy se lo daré, sin asomo de duda, para quienes se resisten a la palabrística y siguen llamando a las cosas por su nombre. Porque, como dice siempre mi madre, al pan, pan, al vino, vino…y al sombrero chapeau

Valoración de la prueba: más fu que fa


         Todas las cosas tienen un valor, sin duda. Lo que ocurre es que no todo el mundo le da el mismo valor a una misma cosa. Las hay que tienen su precio objetivo, como todas aquellas personas a cuyas cabeza se ponía precio en las películas del Far West, en un cartel donde decía “Wanted” porque, sea como sea, La muerte tenía un precio. El cine ha sacado tanto partido de ello que son numerosos los títulos dedicado al valor de algo, material o inmaterial. El valor del tiempo, El valor de una promesa, El valor de la amistad, El valor de la ley, El valor del miedo y, por encima de todas las cosas, El valor del dinero. Poderoso caballero, sin duda.

         En nuestro teatro, por más que demos mucho valor a otras cosas, tenemos una valoración que tiene especial importancia: la valoración de la prueba. Que no es otra cosa que cómo se pondera la existencia de una o varias pruebas –o la inexistencia, en su caso- para concluir con un pronunciamiento absolutorio o condenatorio.

         Lo primero que hay que destacar es que la valoración es diferente según se trate de una jurisdicción u otra. Nada tiene que ver cómo se valora en un proceso penal, en el que rigen principios como el de presunción de inocencia o la búsqueda de la verdad material, con la jurisdicción civil, que, salvo materias de orden público como las relacionadas con menores, se rigen por el principio de la jurisdicción rogada. Es decir, la diferencia entre la actuación de oficio y la actuación a instancia de parte. Aunque sea con matizaciones.

         Ahora bien, las cosas cambian con el paso del tiempo y aunque nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal del siglo XIX siga sin acceder a su merecida jubilación, no es igual el momento para el que fue concebida que el actual. Me ha cedido un compañero -gracias Gregorio Mª Callejo- la joya de imagen que ilustra este post, un recorte de prensa de Barcelona de 1901, hace más de un siglo y dos pandemias que, haciendo la crónica de un robo de gallinas, hace una valoración tan técnica como expresiva. Ni fu ni fa. Podría decirse más fino, pero no más claro.

         En realidad, a lo que alude la ley procesal penal es a las reglas de la sana crítica, un concepto jurídico indeterminado y mucho menos claro que lo que decía el periodista de principios de siglo. En efecto, en Derecho Penal rige el principio de valoración de la prueba, exactamente lo contrario que el de prueba tasada, que atribuya un valor concreto a cada prueba. En el proceso penal, una sentencia condenatoria puede basarse en una o varias pruebas, sean las que sean. Incluso es larga y prolija jurisprudencia que sienta que la sola declaración de la víctima es suficiente por si misma para enervar la presunción de inocencia, siempre que cumpla determinados requisitos. Una doctrina que, por cierto, ni ha sido inventada para la viol3encia d género ni supone una inversión de la carga de la prueba, por más que así lo quieran hacer creer determinados sectores que niegan la existencia de la violencia de género.

         Eso sí, la sentencia que se base en una o varias pruebas debe motivarlo. Y motivarlo con algo más que ese ni fu ni fa tan expresivo. Es decir, que es fu o fa, condena o absolución. No caben puntos intermedios, aunque quepan condenas parciales.

         No obstante, eso no significa que se puedan aportar pruebas en cualquier momento, como ocurre en las películas americanas en que aparece el testigo sorpresa que todo lo cambia a última hora. Aquí hay que proponer las pruebas en tiempo y forma. Que la valoración de la prueba tendrá libertad, pero no libertinaje. Acabáramos.

         Sin embargo, en el proceso civil las cosas son diferentes. De la libertad se pasa al encorsetamiento, como la diferencia entre una jurisdicción que actúa de oficio a una que lo hace a instancia de parte, con las matizaciones que sean necesarias.

         Por ejemplo, si el demandado no acude o está en rebeldía en el proceso civil puede declarársele confeso y tener por reconocidos hechos que le perjudiquen, algo impensable en Derecho Penal, donde el derecho a declarar tiene rango constitucional y nunca puede entenderse como una confesión.

         Otro caso es el de los testigos, que en el proceso civil pueden ser tachados, mientras que en el penal, simplemente, se ponderará la causa que comprometa su imparcialidad -por ejemplo, si es familia- sin perjuicio de poder cometer el delito de falso testimonio, que nunca el de perjurio, que no existe en España.

         En definitiva, en un proceso civil la prueba depende del impulso de parte -aunque hay casos donde Su Señoría puede acordar diligencias finales- y en el proceso penal, al buscar la verdad material, el impulso de oficio es mucho más pronunciado. A lo que se suma que ese impulso viene representado en el proceso penal en gran parte por el Ministerio Fiscal, cuya intervención en el proceso civil, más allá de los temas de familia y menores, es mucho más escasa.

         Y con esto, acabo estas pequeñas pinceladas sobre valoración de la prueba. El aplauso lo daré hoy a quienes hacen esa complicada tarea, con una ovación extra para quien me proporcionó la imagen que me inspiró la idea. Espero que no os haya dejado que ni fu ni fa

Saludismo: más allá de la cortesía


                Cuando yo era niña, los sábados por la tarde siempre empezaban de la misma manera. Sentada ante el televisor, escuchaba a los Payasos de la tele preguntarnos a gritos aquel famoso “¿Cómo están ustedeeeeeeees?” que respondíamos, desde el otro lado de las pantallas de muchos hogares de España, con un “Bieeeen” acompañado de una sonrisa enorme. Saludar, y preguntar al interlocutor o intelocutora cómo se encuentra era algo tan automático que nadie se paraba a pensar en su significado. Decíamos “hola” y “adiós” a Don Pepito y a Don José con a misma naturalidad que, años más tarde, repetíamos el televisivo “Hasta luego Lucas” que hoy hemos sustituido por un “hasta luego Mari Carmen” que vale tanto como un comodín de la llamada para cualquier tipo de situación sorprendente. Hasta incorporamos el saludo al nombre de una niña de cómic, Hello Kitty. Y varias películas usaban el saludo o la despedida corteses en sus propios títulos. Sayonara, baby, Adiós a las armas, Buenos días Vietnam o Buenas noches y buena suerte.

                En nuestro teatro, la amabilidad no siempre está tan presente como debiera y, entre las prisas, los problemas y la falta de tantas cosas, a veces olvidamos lo más básico: saludar y preguntar cómo están las personas con las que trabajamos, de una manera fija o episódica, y, a ser posible, acompañar el saludo de una sonrisa

                No obstante, hoy habría que revisar todo esto. La palabra “saludar” significa “expresar afecto o cortesía al encontrarse con alguien” y proviene del latín “salutare”, esto es, “desear salud a alguien”. Desde hace ya mucho, usamos el saludo en otra de sus acepciones, la de presentar respeto, reverencia o urbanidad como fórmula de cortesía. A veces, nos conformamos con un rápido “hola” o un casi imperceptible gesto con la mano o con la cabeza, y en ocasiones ni eso. Pero, con la que esta cayendo, habría que volver a ese “desear salud» subyacente en la etimología del saludo. Así que, desde mi atalaya toguitaconada, y dada mi afición a inventar palabras, he decidido aportar una nueva, el saludismo, que sería algo así como saludar e interesarse por la salud de alguien al mismo tiempo.

                En estos días, todo el mundo coincide en que preguntar “cómo estás” o “cómo estáis en casa” es mucho más que una formula de cortesía. Hay verdadero interés. Porque lo que antes dábamos por sentado, la salud, ahora se ha convertido en un bien, si no escaso, si mucho más precario y frágil que antaño. El virus maldito acecha por todas partes y cualquiera puede caer en sus garras.

                Además, siento que este horrible coronavirus es como una suerte –o más bien desgracia- de ruleta rusa. No sabemos a quién le va a tocar contagiarse y a quién, ente la gente que se ha contagiado, le va a tocar padecerlo con mayor o menor intensidad y, en los peores casos, acabar con la muerte . A estas alturas, todo el mundo conoce casos inexplicables de familias enteras contagiadas menos uno de sus miembros, y de personas que lo han padecido con mucha gravedad sin pertenecer a grupos de riesgo, y viceversa. Ahí quedan, para la esperanza, esas imágenes de viejecitas nonagenarias que lo han superado pese a tenerlo todo en contra. Recuerdo, incluso, una señora que había padecido la gripe de 1918 y la de 2019, y a ambas había sobrevivido. Una campeona

                Vivimos con los dedos cruzados permanentemente. Empezamos cualquier conversación con una referencia a la salud –“¿estáis todos bien?”- y hasta los correos más formales o rutinarios comienzan con alguna frase en la que el remitente dice que espera que el destinatario se encuentre bien. Y ahora es de verdad, no como aquellas fórmulas formales de las cartas de antaño.

                No podemos cerrar los ojos. Cada día es más frecuente la suspensión de juicios, vistas y declaraciones porque alguna de las personas implicadas está en cuarentena o se ha contagiado. La nueva normalidad se ha convertido en una pesadilla donde vivimos permanentemente con el miedo en el cuerpo. Las mascarillas, el gel hidroalcohólico, las mamparas y las ventanas abiertas se han convertido en parte de nuestro escenario, y las pantallas han sustituido en gran parte a la presencialidad que era santo y seña de nuestras funciones. Ya ni siquiera se ven togas en letrados y letradas, ni en procuradores, y las salas de vistas han perdido la negra uniformidad de nuestros atuendos.

                Hubo un momento en que pensamos que esto acabaría pronto, y que recuperaríamos nuestra vida como premio a haber estado confinados tantos días. También era extraño conocer a alguien que se hubiera contagiado. Ahora, sin embargo, esa es la regla general. Todo el mundo tenemos a alguien cercano que ha pasado por ese trance, y ya hemos asumido que aun nos queda un poco más para recuperar nuestras vidas.

                Por eso, se incorpora a nuestro vocabulario otra fórmula que deja de ser de cortesía. A la despedida, más o menos formal, acompaña cada vez más un “cuídate” –o su equivalente en plural- que es un verdadero deseo. Hay que cuidarse porque cuidando de nosotros mismo cuidamos al resto.

                Esperemos que, cuando todo esto haya pasado, que pasará, al menos conservemos esa pizca de humanidad que habíamos perdido. Que el saludismo se quede para siempre. Y que el corrector no lo convierta en paludismo, que ya me lo ha hecho un par de veces.

               No me olvido del aplauso. El aplauso hoy no podría ser otro que el que dedica para quien cuida y se cuida. Todo el mundo es necesario. Y, por dios, no dejemos de cuidarnos. Ya queda menos.

Comunidades de propietarios: aquí no hay quien viva


                Los vecinos y sus conflictos pueden ser una inagotable fuente de inspiración para literatura y cine. Las series de vecinos son una apuesta casi segura, como demuestran ejemplos como Vecinos, Aquí no hay quien viva o La que se avecina. Y es que las comunidades de propietarios dan mucho de sí, y administrarlas se puede convertir e una continua aventura, más todavía si hay algún señor Cuesta con ínfulas de presidente o con alguien como el pescadero Recio que, como sabemos, no solo no limpia pescado sino que todo lo enreda. La Comunidad puede convertir nuestras vidas en una pesadilla, donde no faltan los Parásitos.

                En nuestro teatro las disputas entre vecinos, ya sean civiles o penales, dan mucho de sí. De hecho, el vecinismo ya tuvo su propio estreno, con un papel estelar de los extintos juicios de faltas, que tantas anécdotas jugosas nos aportaban. Por su parte, en lo tocante a leyes, hay una importante legislación que regula la propiedad horizontal, y algunos preceptos del Código Civil sobre distancias entre fundos, paredes medianeras, rejas remetidas y otras cosas difíciles de ver en las actuales ciudades, como el famoso enjambre de abejas que va al terreno del vecino o el árbol que arrastra el curso de las aguas.

                Pero el estreno de hoy no va a insistir sobre eso sino sobre otros protagonistas de nuestro teatro, aunque sea entre bambalinas, de quienes apenas se habla: los administradores de fincas. Y las administradoras, por descontado, que precisamente una de ellas, mi estimada Maribel, ha sido la inspiración de esta función.

                La imagen que la ilustra, aportada por ella, es todo un resumen de una época. Se trata de los Estatutos de una comunidad de propietarios del año 1974. Y, en este caso, lo de hablar de propietarios y no de propietarias no era por falta de uso de lenguaje inclusivo precisamente, sino porque no se concebía que la mujer fuera la propietaria. Por eso, para el caso de que lo fuera, había que prever reglas especiales. Así, decían: “las mujeres casadas propietarias de algún piso o local, podrán asistir a las Juntas y emitir voto, siempre que ostenten la debida licencia marital”. Ni que decir tiene que hoy algo así no solo es impensable, sino que se ve casi de ciencia ficción, pero no hace tanto tiempo en realidad. Y, para quien no lo sepa, la carrera a la igualdad ante la ley fue larga y plagada de obstáculos: las mujeres no solo no podían hacer eso sin licencia, sino tampoco cosas como viajar al extranjero, abrirse una cuenta corriente o adquirir un inmueble, entre otras. Por fortuna la licencia marital se abolió en 1975, pero todavía hubo que esperar a 1981 para poder hacer cosas tan sencillas como divorciarse. Y todavía hoy en día tenemos que luchar contra techos de cristal y brechas salariales que nos impiden llegara la completa igualdad.

                Me cuentan también de un tiempo en que se tenía que pedir permiso a la Delegación de Gobierno, porque se trataba de reuniones, y no fueran a resultan clandestinas o conspiratorias, que nunca se sabe dónde salta la liebre

                Pero todavía hoy quedan clichés curiosos, como me cuentan quienes se decían a esto. Cosas como decir que sean las mujeres las que escojan el color de la pintura de la fachada o la tela de los toldos, mientras los hombres se quedan hablando de las cosas serias, como las derramas. Y yo, como propietaria, recuerdo que cuando adquirí junto con mi marido un piso, me encontraba con la incómoda situación en que el administrador, un señor muy mayor, no quería hablar conmigo y siempre me preguntaba por él, que era con quien quería tratar los temas “serios”. Una vez trató de explicarme que los gastos a prorrata eran como si yo fuera al mercado y llevara un monedero que tuviera que ir distribuyendo. No le dejé seguir porque si le dejo acabar no respondo.

                Pero me temo que yo no soy la mejor de las copropietarias, porque mi experiencia me regala situaciones nada deseables. De hecho, mi presidencia, por riguroso turno, en nuestra segunda vivienda acabó en los juzgados, porque me vi obligada a denunciar a un copropietario por insultos y amenazas en mitad de la Junta. La cosa devino en un juicio de faltas donde el mejor de los testigos he de decir que fue el administrador, que ya no era aquel señor viejecito que me hablaba del monedero y el mercado.

                Y es que los conflictos vecinales llegan hasta el juzgado de guardia. Más de una vez me he visto recibiendo denuncias porque alguien había puesto un toldo de diferente color al acordado o porque había hecho un cerramiento indebido. Y hay que ver lo difícil que resulta explicar que esto se archive, Y es que las series de vecinos y su mantra de “demanda judicial” han hecho mucho daño.

                Y con esto cierro el telón de hoy. El aplauso, sin duda, para esos administradores y administradoras que tanto han de aguantar, y en especial a Maribel por darme la imagen y la idea. Que nunca tenga que decir que aquí no hay quien viva

#MiMejorMaestro: Saber latín


SABER LATÍN

Todavía no me explico qué fue lo que me llevó a coger aquel avión. Fue una reacción instantánea en cuanto recibí la llamada. Entré en Internet y me hice con el primer billete de avión a la ciudad donde nací, pagado además a precio de oro. No me importó lo más mínimo, tenía que llegar enseguida. Ni siquiera cuando me avisaron del nacimiento de mi sobrina tuve tanta celeridad. De hecho, no la conocí hasta que había cumplido seis meses.

         Lo cierto es que no veía a aquella mujer desde hacía años. Dudaba, incluso, si hubiera sido capaz de reconocerla si me la hubiera cruzado por la calle. Pero daba igual. Era a mí a quien habían llamado. Era mi felicitación navideña la que llevaba en su bolso, y era yo la única persona a quien pudieron avisar cuando encontraron a una anciana perdida y desorientada en mitad de la calle.

         Cuando llegué, estaba ingresada en una institución dependiente de los Servicios Sociales, a la espera de una decisión definitiva sobre su destino. A primera vista, poco quedaba de aquella mujer fuerte que, con su voz atronadora y su erudición, nos causaba una mezcla de admiración y temor. Tenía, como profesora universitaria, el poder para influir en nuestras vidas con un aprobado o un suspenso y lo utilizaba con moderación, pero sin temblarle el pulso. Ahora, sin embargo, le temblaba mucho más que el pulso y era como si hubiera encogido con la lavadora del tiempo, pero conservaba aquellos ojos feroces que todo el alumnado de Derecho de la época recordaba. Unos ojos jóvenes que quedaron atrapados en el cuerpo de una anciana

-Doña Adela, ¿sabe quién soy?

No recibí respuesta. Tampoco la esperaba. Era absurdo creer que una mujer en plena crisis de borrado de datos del disco duro de su mente, recordara a una de sus alumnas de hacía más de veinte años. Pero aun así confieso que me decepcionó. En mis ensoñaciones durante el vuelo, había imaginado la escena donde la vieja profesora de Derecho Natural reconocía a su alumna favorita y hallaba en ella la llave para recuperar sus recuerdos. Habría sido un bonito argumento para una película, pero la vida no era una película.

-¿Tiene usted alguna idea de dónde la podemos llevar, con quién contactar, si tiene familia?

La trabajadora social me apremiaba. No se atrevió a decirlo, pero estoy segura de que no entendía cómo alguien había volado tantos kilómetros para asistir a una mujer a la que no veía hacía más de diez años y con la que no tuvo más vínculo que el de profesora y alumna. En el fondo, yo tampoco lo entendía.

No pude evitar que me cayeran las lágrimas mientras asistía a los inútiles esfuerzos del personal para que Doña Adela les facilitara algún dato que les fuera útil. Pero apenas era capaz de articular algún monosílabo. Ni siquiera sabía su nombre.

De pronto, tuve una inspiración

-¿Recuerda, Doña Adela, la lata que nos dio con la definición de ley de Santo Tomás? Suspendía a quien no la sabía de memoria. “Ordinatio rationis ad bonum commune ab eo qui habet…

…curam communitatis promulgata

La voz de Doña Adela volvió a ser la de hacía tanto tiempo, cuando tenía en su lápiz el poder de mucho más que aprobar o suspender. Todas las personas que estábamos allí llorábamos a moco tendido ante la mirada perdida de ella.

Pedí permiso para llevármela conmigo un par de días, a ver si lograba que recuperase un poco más. A pesar de que era algo irregular, lo logré y, de pronto, me encontré en un apartamento alquilado en la misma calle donde había vivido toda mi juventud con una mujer a la que solo conocía de haberme dado clases.

Pero lo que Doña Adela había hecho con mi vida fue mucho más, Me inoculó un amor al Derecho Natural que marcó mi futuro. Nunca olvidé lo que ella me enseñó

-¿Sabe que trabajo en la ONU, Doña Adela? Me trasladó su pasión por defender los Derechos Humanos más allá de las fronteras. Le debo tanto…

No sé si me entendió, pero me pareció vislumbrar un brillo nuevo en sus ojos. El mismo brillo con el que nos hablaba en su día del pasado y del presente de la defensa de los derechos de todos los seres humanos, el brillo que guio mi vida profesional sin que yo fuera consciente de ello.

Pasados los dos días, la devolví a la institución sin haber conseguido gran cosa. Es cierto que a veces conversábamos a nuestro modo, un modo en que ella ponía las reglas, ajenas a las de tiempo y espacio que todo el mundo utilizaba. Pero no conseguí arrancarle ningún dato que pudiera ser útil para decidir su futuro inmediato.

Arreglé lo que pude para encontrarle una residencia donde la trataran bien. Tenía lo que la gente llamaba un “buen pasar” con su pensión de jubilación como profesora universitaria, pero eso no bastaba. Decidí que iría a visitarla siempre que pudiera, y me mantendría en contacto con ella.

Antes de tomar el avión de regreso a mi vida, fui a hacerle una visita. Me recibió en un sillón orejero. Parecía haber crecido varios centímetros desde que la había visto la última vez. Su mirada volvía a ser la de aquella profesora universitaria de entonces, y volvió a tener la voz atronadora que yo recordaba

-No olvide nunca a San Agustín

“Ratio divina…

…vel voluntas dei”

En el avión, ya de vuelta a mi vida, una noticia del periódico que hojeaba captó mi atención. El latín desparecía de los programas de estudios. Solo pude pensar en lo que me alegraba de que Doña Adela no lo supiera.

Quebrantamiento: cuando no importa nada


                Las fugas de presos son un tema tan peliculero como novelesco. Obras muy famosas han tenido por argumento escapadas de lugares de encierro, sean cárceles, campos de concentración o cualquier otro tipo de encierro. Títulos como La fuga de Logan, Fuga de Alcatraz, La gran evasión, La roca o Evasión o victoria y, por supuesto, El conde de Montecristo, dan buena fe de ello, aunque la lista podría ser mucho más larga. Pero, a diferencia de lo que suele ocurrir en la vida real, en las películas la fuga tiene un carácter heroico y sus protagonistas son personas estupendas condenadas injustamente, como ocurre -pido disculpas por adelantado por spoilear– en Cadena perpetua.

                En nuestro teatro las fugas de prisión se encuentran dentro del denominado delito de quebrantamiento de condena, que comprende todos los incumplimientos de penas impuestas en sentencia, y también los de medidas cautelares. Aquí, la primera paradoja. Para cometer el delito de quebrantamiento de condena no hace falta quebrantar una condena. En realidad, ni siquiera hace falta que exista una condena. Y es que en Toguilandia tenemos cosas difíciles de comprender.

                Cuando una baja de las novelas a la realidad toguitaconada, las cosas cambian mucho. Las fugas y motines en prisión se convierten en una rareza y los tipos de quebrantamiento de condena o medida cautelar son poco o nada novelescos. Además, sus protagonistas tienen poco que ver con las estrellas del celuloide y sus papeles de víctimas de la injusticia. Y es que, aunque hay un dicho según el cual la realidad siempre supera la ficción, no siempre hay hechos rocambolescos con que demostrarlo. Por fortuna, porque si no, no daríamos abasto.

                Hay varios tipos de quebrantamiento. El primero, vendría dado por el incumplimiento de una condena a pena privativa de libertad, o de una medida cautelar de la misma naturaleza. Ahí se incardinarían las fugas de preso de las películas, sean con condena por sentencia firme o sean preventivos , incluida la conducción o custodia. En realidad, lo que más vemos son incumplimientos de la localización permanente, cuando el condenado no está en el domicilio fijado para el cumplimiento de esta pena, o casos en que los penados no vuelven al centro penitenciario tras disfrutar de un permiso.

                A este respecto, recuerdo un par de anécdotas que, aunque tal vez he contado alguna vez, vienen al pelo. Aún no formaba parte yo de Toguilanda cuando, paseando con alguien que ya formaba parte de este mundo, fuimos abordados por un tipo nada amistoso que nos decía que le diéramos algo, que acababa de salir de la cárcel. Mi amigo, sin cortarse, le dijo una frase que a mí me dejó de una pieza. ¿Y qué quieres que te dé, un diploma?. El tipo se fue, no sé si sorprendido o desconcertado, pero yo confieso que pasé miedo. Y, mi amigo, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, también.

                En otra ocasión, cuando ya hacía tiempo que me había toguitaconado por primera vez, me encontré con algo bastante frecuente entonces por las inmediaciones de la estación. Se trataba de un chico pidiendo dinero porque tenía que volver a Picassent (centro penitenciario). Entonces fui yo quien me sorprendí a mí misma diciéndole que no se preocupara, que si no volvía solo seguro que vendrían a buscarlo. Ignoro si consiguió el dinero o se cumplió mi augurio, pero su cara de asombro fue de antología.

                Pero no todas las penas son de este tipo. Por el contrario, gran parte de los delitos de quebrantamiento hacen referencia a otras penas o medidas cautelares, sea alejamiento o cualquier otra. Al alejamiento, se le dedica un apartado específico, y, entre las demás, gana por goleada el incumplimiento de la obligación de abstenerse de conducir, vulgo, retirada del carnet. La verdad es que este delito, como los petit suisse, nunca viene solo. Suele acompañarse de sus hermanos la conducción bajo los efectos de drogas y alcohol y/o la conducción temeraria.

                En cuanto al incumplimiento de medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, tienen su propio apartado. Por lo frecuente -son gran parte de los delitos de los que se conoce en los Juzgados de Violencia de Género- y por lo específico. Y porque, además, da lugar consecuencias procesales específicas, como veremos.

                Aquí entramos ya en algo distinto, muy poco parecido a las fugas peliculeras más allá del denominador común de una resolución judicial incumplida. Por el contrario de lo que algunos pretenden hacernos creer, el quebrantamiento de medidas de alejamiento y prohibición de comunicación no es un delito exclusivo de la violencia de género Se extiende a toda la violencia doméstica y a todos los casos en que la pena o la medida acordada sea lo que la gente llama de nombres tan diversos como auto de alojamiento -solo faltaba tenerlo que alojar- , auto de escarmiento -no hace falta comentar más- o prohibición de no acercamiento -que acaba diciendo, por error, que hay que acercarse-. Entre las cosas curiosas, la de un detenido empeñado en explicarnos que él no había incumplido porque no estaba a 300 metros, que estaba a 250 y eso ya no estaba prohibido. Además de una florida casuística de los diferentes modos de comunicar y la variedad de mensajes con los que se pude cometer el delito. Incluido el del supuesto enamorado empeñado en que ella vuelva con él y que, además, emparenta con el delito de acoso.

                Consecuencia de este incumplimiento es la obligatoriedad, en el caso de que se trate de una medida cautelar -no una pena- de celebrar la comparecencia de prisión, que no significa que haya que decretar prisión obligatoriamente, desde luego. La segunda consecuencia es la posibilidad de decretar la prisión aunque no concurran los demás requisitos para hacerlo. La justificación es clara, al entender que el riesgo para la vida de la víctima se acrecienta en quien no respeta una resolución judicial-

                Por último, hay un tipo especial, relacionado con el control por dispositivos telemáticos -vulgo, pulseras – y que consiste en romperlos, inutilizarlos o no recargar la batería. Si, además de hacer esto, el autor se acerca a la víctima o comunica con ella, estará cometiendo dos delitos y no uno. O ese es, al menos, el criterio generalizado.

                Aprovecho además esta función para recordar que las órdenes de protección y los autos de alejamiento los pone y los quita el juez o jueza, generalmente con informe del Ministerio Fiscal. La víctima no tiene ese poder, que en muchos casos quiere arrogarse y en otros esgrimen ellos como causa. Asimismo, la beneficiaria de la orden no comete delito si consiente en que él se acerque o le hable. El único que incumple una orden es quien está obligado por una resolución judicial a cumplirla. Sea hombre o mujer, por supuesto

                Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso se lo dedico a quienes tienen que soportar, con paciencia y profesionalidad, las continuas detenciones de esos a quienes una resolución judicial se las trae al pairo.

Ortografía: cuándo serás mía


                Disculpadme el ripio, pero cuando decidí el título del estreno de hoy, me asaltó al subconsciente el estribillo de la canción de Bisbal, tal conforme hacen en el concurso de televisión que cada día presenta Arturo Valls. Basta cualquiera de las frecuentes palabras que en castellano acaban como el “Ave María” de la canción original, para que el público, presente o virtual, responda con el “¿cuándo serás mía?”, Y es que, en estos tiempos en que rige la cultura de lo instantáneo, el teclear deprisa y mal se impone demasiado. Aunque tampoco es cosa de ahora, claro, que ya en 1987 titulaban a una película Biba la banda.

                En nuestro teatro reconozco que muchas veces vemos más faltas de ortografía de las que quisiéramos. Y eso que ahora los ordenadores, los móviles y sus respectivos correctores nos lo ponen fácil, aunque de vez en cuando nos gasten más de una mala pasada, como ya vimos en un estreno de hace tiempo. Atrás quedaron los dictados con que nos machacaron a varias generaciones en el cole y en casa. Siempre recordaré -y no siempre con nostalgia- a mi madre agriándome las vacaciones con dictados de un libro que se llamaba Miranda Podadera y que jamás he vuelto a ver. Aunque he de reconocer que me sirvió. Al César lo que es del César y a mi madre, más aún.

                Confieso que la idea de este estreno me vino dada por un incidente de los muchos en que nos encontramos quienes navegamos por las redes sociales con frecuencia. Publicaba yo un inocente tuit sobre la nieve que caía en Zaragoza ese día, que coincidía con el aniversario de mi primer examen de la oposición, también con nieve y también en Zaragoza. Como quiera que no sé que es peor, si mis dedazos aporreando el pequeño teclado del móvil, o mis prisas primas hermanas de la precipitación, cometí el imperdonable error de dejarme una tilde en la palabra “hacía”. Algo que una tuitera -o tuitero, lo ignoro dado su valiente anonimato-, erigida en Fiscal General de la Ortografía, me afeó, instando poco menos a que me suspendieran de empleo y sueldo o me echaran directamente de la carrera. Por supuesto, desde ese día estoy haciendo penitencia de rodillas sobre mi toga, con orejas de burro, y un compendio de jurisprudencia en cada brazo. Al final de este estreno espero que el público sea generoso para alzarme el castigo.

                Desde que el mundo es mundo circula por ahí una anécdota, mitad chiste mitad leyenda urbana, sobre un levantamiento de cadáver que viene muy al hilo con este tema. Resulta que en tal levantamiento, que debió ser de un atropello de tren o de tranvía, la cabeza del interfecto estaba a varios metros del resto del cuerpo. Pues bien, dice el anecdotario que el subalterno preguntó si “arcén” -que era donde estaba la cabeza- se escribía con h o sin ella, a lo que el aludido, tras pensar un momento, reaccionó propinando una patada al cráneo y dijo “ponga que en la carretera”. Pues bien, no sé si este episodio de humor negro pasó en realidad o se trata de una invención, pero sí conozco múltiples casos donde una falta de ortografía nos ha hecho sangrar los ojos y ha dado lugar a más de un equívoco.

                Cuando yo estaba en la escuela judicial, uno de nuestros profesores, Siro García, nos hizo un curioso examen. Debíamos escribir la palabra “espurio” en una hoja de papel. No entendíamos demasiado, pero he de reconocer que hubo casi más “espúreos” que “espurios”, pese a ser la segunda la forma correcta. Quería demostrar el buen hombre algo que comprobé con el tiempo: que los errores pasan de unos documentos a otros hasta eternizarse. Pues bien, esto es lo que pasó con dicha palabra, recogida entre los requisitos que la jurisprudencia exige a la declaración de la víctima para tener virtualidad de enervar la presunción de inocencia. En muchísimas sentencias se citaba textualmente, incluido el error. Aunque semejante cosa no es exclusivo de sus señorías del Tribunal Supremo. Me cuenta un compañero de un señor que denunció el robo de una HAZADA y que tal insidiosa ortografía sobrevivió y pasó de la denuncia al atestado y de ahí al auto del juez. Por supuesto, la cadena se rompió con el escrito de acusación del fiscal, aunque no sabemos cómo fue la sentencia. Lástima.

                Las haches se hicieron, sin duda, para fastidiar. Lo hicieron con el de la Hazada y también con otro de nuestros clientes, que se escondió en un HARMARIO. No sé lo que pasará cuando salga de él, desde luego, pero, si se le discrimina, será por su ortografía y no por otra cosa.

                Otra compañera me habla de un atestado donde a las declaraciones de la señora que no recordaba, explican que tenía “el alceime”. Aunque no es la única enfermedad que da lugar a confusión y, si no, que se lo digan a quienes, siendo positivo en VIH, vieron escrito que eran VHS, como el vídeo de mis tiempos mozos. Y esa misma compañera aporta otra joya. La de un mensaje de una señora que pedía respecto a su marido diciendo “respétame que soy un ce rumano”. Eso sí, ignoro si después de eso la respetó o no.

                A veces son los correctores los culpables, o la excusa para justificar un fallo. Aporta otra compañera otra de estas anécdotas. Me cuenta que un juez bastante pomposo, a la par que peculiar en sus resoluciones, terminaba su parte dispositiva con un “debo delirar y declaro no haber lugar” impagable. Cabría preguntarse si más que el corrector, no le traiciOnaría el subconsciente.

                Y es que el subconsciente juega malas pasadas hasta en la forma de escribirlo. Su parentesco gramatical con “inconsciente” ha dado lugar a más de un juego de palabras bien jugoso. Aunque, muy relacionado, me quedo con lo que leí en un informe, que analizaba las cosas “desde el punto de vista subjuntivo”. Desde luego, escribiendo así auguro a su autor un futuro imperfecto.

                Los predictivos también son proclives a darnos disgustos. Los ertzainas se convierten en Hertzianas, a ver si así llegan más rápidos al lugar de los hechos. De la misma cepa es el cambio de «telemático” por “telepático” que es, como sabemos, la única manera de notificar en algunos casos, ondas hertzianas mediante.

                Hay, desde luego, faltas que hacen que duela la vista, como el testamento barbal cuya imagen me presta otro compañero, que no sabemos si era porque el testador tenía barba o verbo. Ahí es nada

                También dan mucho de sí las cosas que derivan de la coexistencia del castellano con otra lengua oficial Las faltas de ortografía en ambas lenguas van que vuelan, y los equívocos también. Algo así me sucedió cuando, en mi primer destino, leía un atestado por robo de “palets”. Yo me volví loca pensando qué importancia tendrían los palitos (palet es palito en valenciano) hasta que alguien me habló de los “palés” que se apilan en las obras, un término que viene del inglés “pallet” y que en castellano se escribe “palé”. Nada de palitos, por muy valiosos que fueran.

                Para acabar, un toque de actualidad. Os conmino a que veías el modo en que en algunos sitios se anuncian las medidas para evitar el covid. Idrogel, Higrojel o, lo que es mucho mejor, Nitrogel. Cualquier día salimos por los aires. Eso sí, con los huantes puestos, faltaría más

                Ahora ya me queda el aplauso. Y hoy, cómo no, dedicado a mis compañeras y compañeros que tanto han aportado en este estreno, y a quienes interactuaron con la Fiscal General de la Ortografía, también llamada Torquemada de las tildes. Gracias por convertir lo agrio en motivo de sonrisa. Ya queda solo saber si merezco que me levanten el castigo, aunque la cosa no empezara bien. Soy culpable, también, de haber escrito mal la palabra “ortografía” en el post en que pedía que me aportaran anécdotas. No tengo remedio