Saludismo: más allá de la cortesía


                Cuando yo era niña, los sábados por la tarde siempre empezaban de la misma manera. Sentada ante el televisor, escuchaba a los Payasos de la tele preguntarnos a gritos aquel famoso “¿Cómo están ustedeeeeeeees?” que respondíamos, desde el otro lado de las pantallas de muchos hogares de España, con un “Bieeeen” acompañado de una sonrisa enorme. Saludar, y preguntar al interlocutor o intelocutora cómo se encuentra era algo tan automático que nadie se paraba a pensar en su significado. Decíamos “hola” y “adiós” a Don Pepito y a Don José con a misma naturalidad que, años más tarde, repetíamos el televisivo “Hasta luego Lucas” que hoy hemos sustituido por un “hasta luego Mari Carmen” que vale tanto como un comodín de la llamada para cualquier tipo de situación sorprendente. Hasta incorporamos el saludo al nombre de una niña de cómic, Hello Kitty. Y varias películas usaban el saludo o la despedida corteses en sus propios títulos. Sayonara, baby, Adiós a las armas, Buenos días Vietnam o Buenas noches y buena suerte.

                En nuestro teatro, la amabilidad no siempre está tan presente como debiera y, entre las prisas, los problemas y la falta de tantas cosas, a veces olvidamos lo más básico: saludar y preguntar cómo están las personas con las que trabajamos, de una manera fija o episódica, y, a ser posible, acompañar el saludo de una sonrisa

                No obstante, hoy habría que revisar todo esto. La palabra “saludar” significa “expresar afecto o cortesía al encontrarse con alguien” y proviene del latín “salutare”, esto es, “desear salud a alguien”. Desde hace ya mucho, usamos el saludo en otra de sus acepciones, la de presentar respeto, reverencia o urbanidad como fórmula de cortesía. A veces, nos conformamos con un rápido “hola” o un casi imperceptible gesto con la mano o con la cabeza, y en ocasiones ni eso. Pero, con la que esta cayendo, habría que volver a ese “desear salud” subyacente en la etimología del saludo. Así que, desde mi atalaya toguitaconada, y dada mi afición a inventar palabras, he decidido aportar una nueva, el saludismo, que sería algo así como saludar e interesarse por la salud de alguien al mismo tiempo.

                En estos días, todo el mundo coincide en que preguntar “cómo estás” o “cómo estáis en casa” es mucho más que una formula de cortesía. Hay verdadero interés. Porque lo que antes dábamos por sentado, la salud, ahora se ha convertido en un bien, si no escaso, si mucho más precario y frágil que antaño. El virus maldito acecha por todas partes y cualquiera puede caer en sus garras.

                Además, siento que este horrible coronavirus es como una suerte –o más bien desgracia- de ruleta rusa. No sabemos a quién le va a tocar contagiarse y a quién, ente la gente que se ha contagiado, le va a tocar padecerlo con mayor o menor intensidad y, en los peores casos, acabar con la muerte . A estas alturas, todo el mundo conoce casos inexplicables de familias enteras contagiadas menos uno de sus miembros, y de personas que lo han padecido con mucha gravedad sin pertenecer a grupos de riesgo, y viceversa. Ahí quedan, para la esperanza, esas imágenes de viejecitas nonagenarias que lo han superado pese a tenerlo todo en contra. Recuerdo, incluso, una señora que había padecido la gripe de 1918 y la de 2019, y a ambas había sobrevivido. Una campeona

                Vivimos con los dedos cruzados permanentemente. Empezamos cualquier conversación con una referencia a la salud –“¿estáis todos bien?”- y hasta los correos más formales o rutinarios comienzan con alguna frase en la que el remitente dice que espera que el destinatario se encuentre bien. Y ahora es de verdad, no como aquellas fórmulas formales de las cartas de antaño.

                No podemos cerrar los ojos. Cada día es más frecuente la suspensión de juicios, vistas y declaraciones porque alguna de las personas implicadas está en cuarentena o se ha contagiado. La nueva normalidad se ha convertido en una pesadilla donde vivimos permanentemente con el miedo en el cuerpo. Las mascarillas, el gel hidroalcohólico, las mamparas y las ventanas abiertas se han convertido en parte de nuestro escenario, y las pantallas han sustituido en gran parte a la presencialidad que era santo y seña de nuestras funciones. Ya ni siquiera se ven togas en letrados y letradas, ni en procuradores, y las salas de vistas han perdido la negra uniformidad de nuestros atuendos.

                Hubo un momento en que pensamos que esto acabaría pronto, y que recuperaríamos nuestra vida como premio a haber estado confinados tantos días. También era extraño conocer a alguien que se hubiera contagiado. Ahora, sin embargo, esa es la regla general. Todo el mundo tenemos a alguien cercano que ha pasado por ese trance, y ya hemos asumido que aun nos queda un poco más para recuperar nuestras vidas.

                Por eso, se incorpora a nuestro vocabulario otra fórmula que deja de ser de cortesía. A la despedida, más o menos formal, acompaña cada vez más un “cuídate” –o su equivalente en plural- que es un verdadero deseo. Hay que cuidarse porque cuidando de nosotros mismo cuidamos al resto.

                Esperemos que, cuando todo esto haya pasado, que pasará, al menos conservemos esa pizca de humanidad que habíamos perdido. Que el saludismo se quede para siempre. Y que el corrector no lo convierta en paludismo, que ya me lo ha hecho un par de veces.

               No me olvido del aplauso. El aplauso hoy no podría ser otro que el que dedica para quien cuida y se cuida. Todo el mundo es necesario. Y, por dios, no dejemos de cuidarnos. Ya queda menos.

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